Sheila O’Hagan. Poemas

Sheila O'Hagan.jpg

(Dublín, ? – 2017)

 

Marte florecido

 

Por ejemplo si lloviera

en la Planicie de Crise

esas arenas ámbar

podrían engendrar cosas anfibias

en estanques mohosos

cinco ojos tal vez un abanico de miembros

sarcófagos helados dejarían escapar

los pájaros luminosos

vistos por los viejos astrónomos románticos

y en mares fríos

hombres peces susurrarían

mi amor oh mi amor

a las sirenas

 

puesto que dicen los sabios

un pequeño misil aquí

un temblor allá

y las blancas capas polares

se partirán

y el agua sepultada fluirá

en canales apacibles

por la faz arrugada

rumores de banco de bruma y cielo azul

Marte florecerá como un caleidoscopio

 

 

 

En la selva tropical

 

Primero el humo, vapores azules

sobre los árboles húmedos,

después un jadeo en la maleza;

astas de acero se precipitan,

una gran copa sobresaliente recibe la estocada,

un crujir de madera y brazos de raíz

afloran de la tierra sedienta;

los claros del cielo, flechas amarillas

atraviesan la oscuridad esmeralda.

 

 

 

El sueño del centurión

 

Los muertos, como rojas incisiones, son pájaros de fuego

entre los campos de flores de Panfilia.

Lo depositan solemnemente en la pira funeraria;

sus ojos doblegados por el sueño de la muerte.

 

Como el aire se une con el aire, su espíritu parte.

Puede verse. Es un ángel

con alas de origami que crujen suavemente.

Se remonta sobre el oro de los ríos

hasta ver desvanecerse el destello de las ciudades

y entra en el resplandor de Dios.

Ante una malla de cuerdas luminosas

la mirada de Dios lo retiene:

“Vuelve y sé mi mensajero”.

 

Vienen a quemar a los muertos.

Una aureola lo cubre.

Sus camaradas se inclinan y escuchan susurradas las palabras:

“¿No huelen el paraíso en mi toga?”.

 

 

 

© herederos de Sheila O’Hagan

© Gerardo Gambolini, de la versión al castellano

 

Thomas Kinsella. Tres poemas

thomas kinsella.jpg

(Dublín, 1928)

 

Ajenjo [1]

 

He vuelto a soñarlo: inmóvil de pronto

en la espesura, entre los árboles húmedos, aturdido,

temblando por momento, escuchando alejarse un eco apagado.

 

Un piso musgoso, casi incoloro, desaparece

bajo la recia lluvia entre las siluetas de los árboles.

Me esfuerzo, apreciando el eco un instante más.

 

Si pudiera conservarlo… familiar si pudiera conservarlo…

un árbol negro de doble tronco —dos árboles

que forman uno— eleva sus ramas confusas.

 

En su infinitesimal danza de crecimiento, los dos troncos

se han entrelazado por completo, su unión

una cicatriz lentamente retorcida, que reconozco…

Un rápido arco destella cruzando el aire,

una pesada espada en vuelo. Un golpe sordo:

el hierro se hunde en el corazón jadeante.

Volveré a soñarlo.

 

 

 

Ancestro

 

Estaba subiendo para decirle algo

y me detuve. Su perfil contra las cortinas

era viejo y sombrío como el de un ave de presa.

 

Fue su forma de posarse en el taburete,

mirando ensimismada, aferrando con una mano

la valla que rodeaba el escritorio

—o la cabeza inmovilizada por algo en su interior.

Y sin importarle nada ni nadie a su alrededor

allí, junto a los estantes.

Percibí un aroma tenue, almizclado y extraño.

 

Debí haber hecho algún ruido —dejó de mecerse

y cerró el puño en el regazo—; entonces se levantó,

bajó la tapa del escritorio y giró la llave.

Deslizó una pequeña botella debajo del delantal

y vino hacia mí, oscureciendo el pasillo.

 

Ancestro… entre cajas de dulces y frutas.

Su negro corazón…

¿Fue aquello un suspiro?

—rozándome al pasar en la penumbra,

el delantal recogido, atravesando las cortinas rojas

del lavadero hacia el cuarto de atrás.

 

 

 

Lágrima

 

Me hicieron entrar a verla.

Un fleco de cuentas de azabache

tintineó en mis oídos

al traspasar la cortina.

 

Me envolvió una penumbra morada.

Mi corazón se contrajo

ante el olor de órganos en desuso

y un riñón putrefacto.

 

El negro delantal donde solía

hundir mi cara

estaba doblado al pie de la cama

en la última pálida luz que llegaba de la ventana.

 

[Ve y dile adiós]

y fui empujado

hacia los abismos insondables.

Giré la vista hacia ella.

 

Miraba el techo fijamente

y se empolvaba una mejilla, distraída,

reclinada contra el espaldar,

descansando hasta el próximo ataque.

 

Las mantas se plegaban tocando casi

su boca,

que las líneas de mal genio

subrayaban todavía. Su cabello gris

 

completamente suelto como el

de una joven, por toda

la almohada, mezclado con las sombras

que le cruzaban la frente

 

y junto a la boca y los ojos,

como una red sujetando su cabeza contra la cama

y cayendo enmarañados hacia la sombra

que carcomía el piso a mis pies.

 

No podía moverme al principio ni lo deseaba,

por miedo a que pudiera darse vuelta y me indicara

[la madre de mi propio padre]

con voz apremiante

 

—con algún feroz susurro lisonjero—

que me escondiera una última vez

contra ella, y me enterrara

en su fango reseco.

 

¿Debía besarla? Cuando besara

la humedad que avanzaba por

las paredes floreadas

de aquella fosa.

 

Pero debía besarla.

Me arrodillé junto al cuerpo en el lecho de muerte

y hundí mi cara en el frío y el olor

de su delantal negro.

 

Rapé y almizcle, los pliegues contra mis párpados

me transportaron a un sitio abandonado

que olía a ceniza: paredes y techos irreconocibles

crujían pareciendo respirar.

 

Me vi revolviendo cenizas apagadas

buscando algún vestigio

de calor, cuando a lo lejos

en las bóvedas, oí caer

 

una gota. Y encontré

lo que estaba buscando

—ni fuego ni calor,

ni alivio alguno,

 

sino su voz, suave, hablándole a alguien

sobre mi padre… “Dios lo ayude, derramó

grandes lágrimas allí junto a la máquina

por la pobrecita”. Gotas

 

brillantes sobre la tapa de madera

por mi pequeña hermana. Mi lamento de

cachorro cesó pronto,

con toda temprana conjetura

 

de triste melancolía y tedioso pesar

y permanece amargo en riguroso cautiverio.

¡Cómo lo sentía ahora—

su corazón latiendo en mi boca!

 

Resolló entrecortadamente,

empujó las mantas

y se estremeció con un gesto de cansancio.

Me incorporé

 

y dejé la habitación

prometiéndome que

la besaría realmente

cuando estaría realmente muerta.

 

Mi abuelo alzó apenas la vista del hogar

cuando asomé por la puerta, encogió los hombros

y volvió a clavar en el fuego

la mirada ausente.

 

Me quedé un momento a su lado,

incómodo, y salí hacia el taller.

Todavía había luz allí

y sentí que volvía a respirar.

 

La vejez puede digerir

cualquier cosa: la conmoción

ante las puertas del Cielo —la lucha que afrontamos

durante toda la vida.

 

Qué largo y duro se hace

hasta llegar al Cielo, a menos que uno,

como la pequeña Agnes,

se desvanezca en lágrimas tempranas.

 

 

© Thomas Kinsella, de los poemas.

© Gerardo Gambolini, de la versión al castellano.

 

 

N O T A

[1] Nombre de la estrella referida en el Apocalipsis [8, 10-11], en la que al caer a la Tierra transformó un tercio de las aguas en ajenjo, por lo cual los hombres se volvieron agrios y murieron.

Germán Carrasco. Metraje encontrado

1

 

Ventolerías

 

Pisagua. Porvenir. Quebrada de Camiña.

Cómo te gusta venir en pleno invierno

a los lugares más Marte del territorio

en donde los milicos relegaban a la gente.

 

¿Quieres llenar cada espacio del mundo,

como en The Cantos? ¿Bendecirlos?

¿Filmarlos? ¿Darles tarjeta verde, visa de existencia?

“No quiero llenar el mundo con mi presencia,

me busco y te busco en esos lugares. En la intemperie

se escucha mejor el propio rezo, aunque no sé rezar

y creo que cuando uno cree hacerlo

en realidad una se habla a sí misma”.

No hay que ocupar cada palabra existente. Para qué

¿De dónde nace esa idea colonialista y atropelladora?

Voracidad. Samsara. Mejor

siente el viento. Te lo traduzco:

 

NO HAY QUE OCUPAR PALABRASSS

HAY QUE OCUPAR PALASSSSSSSSSS

HAY QUE OCUPAR LUGARESSSSSSS

 

como Pisagua o Porvenir.

 

Tomas. Conquistas. Equipos. Visitas.

El sol ilumina el lenguaje por dentro

El sol es un gato montés luminoso

que enciende los senderos a su paso

Ustedes se reúnen a trabajar y a comunicarse.

A meditar y a trabajar el cuerpo.

De la palabra al cuerpo.

De la palabra a la acción.

A terreno.

 

Cuerpo y terreno.

¿Quieres dejar en cada rincón la luz

de tu presencia?

¿Quieres iluminar los lugares sombríos con tu presencia?

¿Por eso incluso estás conmigo.

por el contraste brutal con mi grisura?

 

Aquí no manda dios sino el viento

y da la impresión de que no hay nadie

en las casas. Por ahí un niño juega solo.

Hay un pequeño museo croata:

los instrumentos rústicos, rifles y botellas de whisky

de gente aperrada y loca que buscaba

migajas de oro en el fin de la galaxia.

 

2

 

Pisagua

 

Un hombre se fugó de la cárcel de Pisagua. Su intención no era escaparse, no hay cómo: mar por un lado, desierto por el otro. Se fugó para no darles el gusto de ser torturado y hablar, o presenciar torturas. Lo encontraron en el muelle, en cuyos pilares se posan hoy los cormoranes y le dieron un tiro. De alguna manera, fue su triunfo.

……………………………………………………………………………………………………

En las orgías de Heliogábalo había un caballo de bronce hueco en donde éste metía a un esclavo o esclava. Luego recalentaba con fuego el caballo para que los alaridos agónicos de la víctima fueran la música de fondo de la orgía y dieran la impresión de relinchos. Hubo uno de esos esclavos que no quiso ser la música de fondo, y se obligó a no emitir sonido alguno. Murió sin dar ese gusto a Heliogábalo. Similar al fugitivo de Pisagua, fue su triunfo.

……………………………………………………………………………………………………

El pueblo está lleno de automóviles abandonados de los años 70 y 80 deportivos, de colección. Se echaban a perder y como Iquique está lejos, hay cuestas y es difícil el transporte a Pisagua, salía más a cuenta dejarlos abandonados y comprar uno nuevo en Iquique, zona libre de impuestos. La aerodinámica en estos automóviles espera la carcoma del tiempo de la misma manera que en Porvenir –al otro extremo del país– se oxida un barco. Porvenir, donde van a buscar trabajo los que no lo encuentran en ningún otro lugar, y que son capaces de habitar el frío y tener aptitud para la inmensidad. No aptitud para alardear con la inmensidad ni para intentar reproducir su extensión y su inefabilidad sino para interiorizarla, un espacio que se reproduzca dentro de la mente.

 

 

 

Costa y cordillera

 

una pareja siempre tendrá la oportunidad

de huir al hielo a los glaciares al oxígeno

en caso que algo se destemple

luego de 5, 7 o 50 años de matrimonio.

Ahí podrán fugarse y soñar

que son pumas o güiñas o zorros,

o mejor: un hombre y una mujer de hielo

que enfrían todo pensamiento que anulan

la esclavitud de los sentidos

y luego se derriten y son agua

pura que baja hacia el valle.

 

 

 

Las sobras y huellas de oruga del trajín neoliberal

 

Las sobras y huellas de oruga del trajín neoliberal

Y que alguien trata de vender en un paño

apoyado en un poste a la salida de la estación Retiro

se confunden con la basura que arrincona el viento

en el vértice de la reja de 70 cm. de la plaza.

Nunca he sabido para qué sirven esas rejas

si hasta los perros las saltan con facilidad

ni sé para qué sirve lo que venden

o si lo logran vender.

 

Partes de radios,

una hebilla sin pasador,

la mitad de un globo terráqueo,

juguetes

sin su control remoto

y mutilados,

cuadernos usados por alumnos anónimos

libretitas de cosas pedidas fiado.

 

¿Qué piensa el que vende eso?

¿Acaso piensa que lo va a vender?

¿Que dos huellas de oruga se van a cruzar

como las huellas de una bicicleta

con las ruedas mojadas

y que el botón único perdido en el mundo

va a dar por fin con su familia

como en un melodrama japonés infantil?

 

¿Es una actitud zen de espera

o una forma de entablar una especie

de plan para establecer una conversación,

como me imagino esperan los que venden libros

toda la tarde en una manta

sin que nadie compre?

 

¿Y qué atuendo va a llevar la chica pobre

en todas las fiestas venideras,

en todos los terremotos venideros?

 

¿No es eso la historia de la literatura?

¿No es eso la poesía?

¿Intentar vender algo del todo inservible

o tal vez mostrarlo como en un museo?

 

¿No hay algo de poeta de verdad

en ese desquiciado maloliente

que ofrece fotocopias con poemas

escritos en letra cursiva

a la salida del cinematógrafo,

del que huimos?

 

¿Por qué siempre, además,

aparecen estos chiflados

a la salida del cinematógrafo?

Ese lugar sagrado por la oscuridad

y el anonimato de la audiencia

 

 

¿Por qué a la gente le gustan tanto

esos chiflados: que el divino anti cristo,

que la stella, que rodrigo lira,

que los personajes de bolaño,

que panero, etc? A quienes no les dieron

ni una sopa caliente en vida y ni hablar

de una ayudita terapéutica de índole alguna?

 

El tremendo esfuerzo que hay que hacer

para ser normal, Germán, escuchame bien che,

¿Sabés que es heroico ser normal, no?

Nítido de palabra y de mirada, no?

En Bs As era una anciana que se ponía

a la salida del Centro Cultural San Martín.

Nunca hay poemas realmente sorprendentes

en esa gente. Los he leído. Por ahí alguna imagen.

 

En tanto, el Estado, la prensa y algunos comerciantes

insisten en las ventas fomento impactos cifras

rankings ratings. Quizás ahí están las dos imágenes

lejanas y precisas de las que habla Godard,

puede que me equivoque:

1) unos burócratas, comerciantes y operadores

que hablan de fomento a la lectura, ventas

y hasta de bestsellers sobre-modulando y de traje

y 2) estos vagabundos y majaretas que leen

agendas ajenas del año pasado.

El sujeto del carrito manicero p ej compró

una libreta de anotaciones de abarrotes y precios:

y eso lee.

Bueno, en ese caso tuvo éxito el que recogió

esa libreta de la basura: pudo venderla. Y la libretita

encontró un lector. Y el lector descifró

 

como los que pescan en un lago y esperan pacientes

toda la noche bajo la luna y hablan en monosílabos

o como los que instalan una editorial

en un país no ilustrado en el culo del mundo

cuya población no alcanza a cubrir sus necesidades básicas.

 

Como los que piensan que la reutilización o el reciclaje

son una realidad posible, puede ser

pero las grades industrias contaminan ríos, glaciares

y hacen desaparecer especies y montañas en un día.

O como quienes creen que alguien que perdió

un repuesto, un enchufe, una pata de muñeca

o la pieza de un tocadiscos del todo descontinuado

encontrará al remoto objeto que la desea, a la máquina

que existe en alguna parte y que no funciona

por la falta de ese enchufe, esa piecita, esa aguja específica,

esa pierna de muñeca que se dispersó

por el mundo o el país como en un juego

de mecano y exilio o quiebre amoroso

 

¿Podrá ese enchufe hembra discontinuo

encontrar a su macho discontinuo

y mandarse una gozosa enchufada

con chispas que provoquen un corto circuito

debido a la ansiedad del encuentro amoroso

desperdiciado por dos personas que se aman?

 

Más fácil sería comprar

aún más ítems  nuevos hechos en oriente

a los que no les falte ninguna pieza

–pero les faltará, tarde o temprano–

para llenar el mundo. O Comprar

perfumes o cosas falsificadas

que venden dos sujetos que se dieron el trabajo

de elaborar un discurso elocuente

y vestirse de traje y corbata

¿Venderán alguna cosa falsificada

para poder por lo menos almorzar por ejemplo?

 

Me senté en un boliche en Retiro

y escuche varias conversaciones.

Hasta hubo uno que decía

muy serena y racionalmente

que mucho mejor era delinquir

Al menos, Azúa y Carreño venden libros:

a veces toman el paños con rapidez de pumas

y arrancan de Carabineros por las galerías de San Diego.

 

3

 

Versos e imágenes encontradas en el mercado persa

 

 

Usar metraje ajeno

y con eso hacer un poema

 

Tomar historias ajenas

no como el viejo del saco o la bruja

roban niños y recuerdos

 

Pequeñas resurrecciones

de la historia y la imagen

 

Las metáforas son siempre las mismas

según algunos. No lo sé:

se supone que los ríos son el tiempo

pero podrían ser la posibilidad de fuga

desde un pueblo asfixiante

hacia mar abierto:

los ríos son una autopista de agua

así como las venas

son autopistas de sangre

por eso ella lava la ropa y su cuerpo

para una travesía larga con su amado.

 

 

© Germán Carrasco, de los poemas.

© Tiziana Panizza, de los fotogramas.

de: Metraje encontrado. Editorial Hueders. Santiago de Chile. 2018.

 

Elvira Hernández. Poemas

hernandezelvira

(Lebu [Chile], 1951)

 

NN

como abrazos y piernas entumidas

como alguna muñeca descabezada

como esa mano hecha añicos con sus tendones al aire

como un ojo muerto y otro de vidrio empañado

como un maniquí de tienda pobre o

un vestido endurecido

como ese revoltijo del Patio 29

como el vaivén grisáceo que se arrastra

 

caminamos por Santiago

y quizás eso no importe ene

 

 

 

Quiero que la crítica diga

que mi poesía es del sur realista-austral

neorrealista como un ladrón de bicicletas

y el realismo mi única imaginación

 

también que a veces siento que el realismo

corrompe mi pretendida realidad

 

 

 

Nadie ha dicho una palabra sobre la bandera de Chile

en el porte……………………………………………..en la tela

en todo su desierto cuadrilongo

no la han nombrado

La Bandera de Chile

ausente

La Bandera de Chile no dice nada sobre sí misma

se lee en su espejo de bolsillo redondo

espejea retardada en el tiempo como un eco

hoy muchos vidrios rotos

trizados como las líneas de una mano abierta

se lee

en busca de piedras para sus ganas

 

 

 

Siempre leo noticias en los diarios

 

Para José Luis Mangieri

 

Una vez vi que la cabeza de Lenin se había

subido al piano y tocaba todas las teclas.

Después la vi por el suelo. Se cayó.

 

He visto páginas en blanco, ojos en blanco,

estómagos y cerebros en blanco, ningún

glóbulo blanco, hombres de blanco, blanqueos

al por mayor y mucha gente levantando bandera blanca.

 

Hojeo de ojeada. Paso por los puzzles,

los consejos caseros, los horóscopos.

 

No veo ningún artículo sobre el azar del espacio

y el Zar del Tiempo.

 

 

 

Hojas quemadas

 

no nos deshacemos por agua como pensaba Heráclito

ascendemos por la humareda de nuestros huesos

las ardidas hojas de un libro que nadie leyó

sobrevolando en sueños las islas del río Océano

contamos con los dedos congelados los renglones de este aire

el humo _ volutas de nada más que originario humus

los ramales de sangre con sus terrones granates

nosotros _ los que en este territorio fuimos también

cuerpos celestes.

 

 

 

Herbario

niña

en descuajamiento

ultra-ajada

desmenuzable

fina hierba

desmembrada

en suma desflorada

¿qué clase de flor es?

 

 

 

Yo, Elvira Hernández, la del barco estertor, la

 

que no tiene lugar ni contactos en la Corte, la

que se rompe la piel para salir de sí misma, la

que se droga con el veneno del pasado, la

que tendría que desaparecer

 

pronto

se hace humo con un pitillo de sueños

…………………………………………………..

cabeza vendada

ojos cerrados

peregrina

un rincón de “A Brasileira”

un pessoa bloody mary doble

un brindis solitario en el boulevard

del Chiado

 

autora de sí misma

camina por la Collique de San Sebastián

repitiendo a media lengua: aitor, aitor

como si dijera: “Padre, por qué me has abandonado”

otro brindis

 

 

 

El horizonte no tiene perspectivas

es una línea que le ha mentido a la imaginación

hasta el cansancio

nos ha mentido y mentido en un círculo vicioso

nos ha dorado la perdiz

nos ha hecho la guerra a muerte

y aquí estamos tirando línea

cuesta arriba

como burro de carga

 

 

 

© Elvira Hernández, de los poemas

© Álvaro Hoppe Guíñez, de la fotografía

Poemas. Pedro Lastra

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(Quillota, Chile, 1932)

 

Balada

 

Perch'i' no spero di tornar giammai,

ballatella, in Toscana

Guido Cavalcanti

 

Pues cada uno tiene su Toscana

A la cual sabe como Cavalcanti

que no regresará,

que busque en su memoria la música

de un álamo en la tarde,

el destello

de una hoja al caer sobre la hierba húmeda,

el pasaje de un pájaro de altura

que atraviesa sin fin la misma nube,

aves música nubes

extraviadas desde hace mucho tiempo

allá lejos

en región de penumbra o desdicha.

 

 

 

Meditación de Teseo

 

Si las islas que están ahí se unieran

por una vez, si el cielo

que tú miras pasar

fuera el mismo

por una vez,

si el Minotauro fuera por una vez el ángel

que tú llamas en sueños,

bastaría tu nombre y no habría palabras.

 

 

 

Reivindicación del astrolabio

 

El astrolabio ha caído en desuso

y hoy todos celebran la eficacia

de los instrumentos modernos.

Yo sostengo que se trata de un error lamentable

en el que los antiguos no cayeron jamás

(el sol era un pretexto).

Aunque no lo dijeran

no ignoraban

que el astrolabio mide la altura del amor,

de las estrellas

que su poder instala en el espacio.

 

 

 

Mester de perrería

 

Asiduo de mí mismo sobrevivo

encerrado con llave y cerradura,

negando como Pedro la figura

que más me abruma cuanto más la esquivo.

 

Busco sobrellevarla y hasta escribo

la agilidad del agua que me apura

la vida como el mar (la matadura

de la luna y del sol al rojo vivo).

 

Escribo los ladridos a la luna

y al mar y al sol y a otros elementos,

o exalto el modo de las perrerías

 

con que la noche me ha embarcado en una

palabrera piragua de lamentos

por ella y mis trabajos y mis días.

 

 

 

Nostradamus

 

El futuro no es lo que vendrá

(de eso sabemos más de lo que él mismo cree)

el futuro es la ausencia

que seremos tú y yo

la ausencia que ya somos

este vacío

que ahora mismo se empecina en nosotros.

 

 

 

El azar

 

¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo

(ya que amo esos lugares)

serías aquel nombre, la figura que eres

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

existirías tú,

persistiría

la presencia que soy, la que me has dado?

 

 

 

Con letras indecisas

 

Omar Cáceres dice

que escribió su poema

con letras indecisas.

Muchos años después

yo leo en otro mundo

su afilado decir

de la desolación,

cuando escuchaba afuera

la raudal despedida

del auriga nocturno.

Y esa voz me recuerda

los días por venir:

ellos serán ovejas

en la boca del lobo

que las está esperando

sin memoria ni encono,

simulando dormir

en otras vecindades.

 

 

 

Adagio

 

¿Cómo llegué hasta aquí?

Veo muertos

que alimentan la lluvia:

es su trabajo.

Solo yo ignoro el mío en este valle

de arenas corrosivas

que el agua lleva y trae

lentamente,

y destruyen la casa

en donde sigo inmóvil

escuchando

el rumor de allá afuera:

no me deja dormir,

tampoco recordar

o saber

cómo llegué hasta aquí,

cómo puedo salir.

 

 

 

© Pedro Lastra, de los poemas.

 

Como un río de piedras. Raúl Zurita

raul-zurita

(Santiago de Chile, 10 de enero de 1950)

 

La enorme costra de sal le otorgaba al desierto esa blancura delirante que solo pueden comprender los locos, los fanáticos o los puros. El tajo del horizonte se cortaba al borde como un abismo, y el cielo comenzaba a remontar desde él suavemente, sin prisa, curvándose hasta alcanzar esa impertérrita lozanía que posee todo aquello que nunca ha dependido del error de la mirada. Se puede afirmar entonces que ese marco está de fondo, inmutable y perfecto, no horadado por el dolor, la pasión o la agonía del hombre que había llegado hasta dos veces y miraba.

 

Era también la luminosidad del salar encegueciéndolo. Entre su propio nacimiento y la blancura del desierto habían pasado minutos o años, daba lo mismo; el resplandor sin memoria que lo inundaba todo atestiguaba que esas nociones son recientes y que jamás han residido en la profundidad de las cosas. Alguna vez el océano había cubierto por completo las extensiones de ese territorio mostrándole de paso lo nimio de su respiración, de su hálito afanoso y corto que no obstante contenía todo el misterio de la vida. La transparencia del aire parecía emerger así desde la textura del paisaje otorgándole a esa planicie un tinte irreal donde él era apenas un tono más, un simple capricho de la luz que lo engañaba con la ilusión de una sombra. La sensación de irrealidad se estrellaba sin embargo con un núcleo duro e impenetrable, anclado en el fondo de sí, cuyo peso lo tiraba hacia abajo pegándolo al suelo como si en ese punto se hubiera concentrado toda la fuerza de gravedad de la Tierra.

 

Se había recostado boca arriba, con los brazos abiertos, sobre la larga llanura de sal, y si alguien en ese momento lo hubiese visto habría recordado la forma de una cruz, de una cruz botada y oscura. Era como si la Tierra entera subiera desde el centro de ella hasta chocar con su espalda mientras que la inmovilidad de sus brazos extendidos parecía afirmar que el dolor se opone también a la rotundez de las cosas, a la extensión del horizonte y de los paisajes, y que los milenios o instantes anteriores en que el mar se retiró dejando conchas de moluscos y peces fosilizados en las cumbres, no podían sin embargo, con toda su majestuosidad y grandeza, alterar un solo segundo del sufrimiento del ser que allí yacía.

 

Extendido sobre esa sequedad tórrida, sus ojos semicerrados alcanzaban a adivinar la encandilante claridad del cielo, pero ni siquiera como algo que las palabras o los sentidos pudiesen describir, sino más bien como esa mudez que toman los hechos si se tiene la impresión de que están ocurriendo en sueños. De esa manera, como un sueño que lo fuese arrastrando, se le venían encima las caras que alguna vez sintió cerca porque intuía, aunque en ese momento no lo supiera, que en las formas de estos farellones estaba más presente el torbellino de los rasgos humanos que en los vestigios siempre relativos de la vida. Esas dos soledades entonces, la del hombre y la del desierto, se estrellaban como dos bloques dejando apenas un mínimo resquicio entre ellos, una línea casi inexistente de aire para la existencia de los otros.

 

El que escribe conoció a esos otros. Los vio asomarse en el pequeño antejardín de una casa con un magnolio joven y luego vio la pureza de esos cuatro rostros (una abuela con un niño de corta edad aferrado a su falda, una madre a la que llamó Ana, una hermana menor a la que llamó Ana María) que se alejaban disolviéndose en un enjambre de sucesos y tiempos donde tal vez lo único permanente era la necesidad nunca colmada de una estación con olor a jazmines, de una primavera incontrarrestable y definitiva. También vio la fotografía enmarcada en metal donde un hombre vestido con esmero sostiene en brazos a su hijo de meses y lo mira. En la imagen el cielo es blanco y por un momento la fijeza de ambos recuerda el fulgor opaco de los peces petrificados en las rocas.

 

Es la misma granulosidad del desierto, del salar redondo e inmenso. Tendido sobre él, la enceguecedora superficie le rememora el olor del océano, ese olor pretérito que una vez lo copó todo. A lo lejos, apenas audible, le pareció oír el sonido de unas trompetas y recordó entonces que aunque la elegancia de su traje lo hacía ver mayor, en la fotografía su padre tendría a lo sumo veintinueve, treinta años. Ahora, agrapado a la tierra con los brazos abiertos, como si el planeta entero fuera su crucifijo, le había parecido que esa cara lloraba sobre la suya y le habló. Era un grito a las nubes, al aire, largo, como un río de piedras.

 

 

© Raúl Zurita, del texto.

de El día más blanco. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2016.

Manuel Illanes. Exilios

(Santiago de Chile, 1979)

(Santiago de Chile, 1979)

.

Exilios II

.

(Tahuantinsuyo)

.

Jagger y Richards entonan un coro de alabanza interminable a la sal de la tierra

.

.

 

I

.

A la orilla del mundo,

enterrada en el cauce seco

de la Historia & sus meandros,

la sal de la tierra habita

 .

en cubículos de 3 x 3

donde se cruzan felinos deseos

& el incesto es el nombre de una sobrina

pronunciado sordamente en los labios.

 .

Ocasos de cerveza barata,

un grasoso paraíso en restaurants de Independencia.

.

La sal de la tierra se multiplica

ignorando las pálidas fronteras,

brazos morenos, perfil quechua.

 .

—Pero tesón, siempre tesón!

& a veces, ligero remanso,

un domingo tibio de mayo

en que rojas flores de plástico

atemperan la atmósfera.

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II

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Voces de carnaval en la calle,

forasteros asando blandos

muslos de pollo, carcajadas ásperas

& el hálito de La Vega

en las esquinas del atardecer,

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como si la felicidad hubiera extendido

repentinamente el golpeteo de sus címbalos

por este valle de lágrimas.

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Fastos entre los creyentes

de la Señora de Santa Rosa,

patrona de los suplicios & las causas perdidas.

 .

Alineados junto a los pasos cebra,

como un tumultuoso rebaño

que se precipita hacia los mercados,

 .

insensibles al brusco corte del aire,

el metálico latigazo de los vehículos

lanzados a toda velocidad por la costanera

 .

—música tropical en el ambiente,

la yunta de las rodillas sosteniendo apenas del hambre.

.

Los címbalos de la felicidad

golpean las puertas del día & la sal de la tierra

 .

agita pañuelos de victoria que son vislumbres de estío,

aleluyas en la tibieza desoladora de mayo.

 .

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III

 .

A la orilla del mundo,

viboreando sobre caminos más estrechos

que el espinazo de una garza reseca,

 .

bajo la estrella del descampado,

el despido redactado en el viejo español

del hambre, esa perra babeante.

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Comedores de ajo y rocoto

de mueca tan impasible

como la que vislumbramos en los rostros

de los patronos de los puertos,

.

frías figuras de cerámica

cubiertas de guirnaldas en que se reúne,

como una ola que revienta su espuma rabiosa,

toda la miseria del balneario,

el fervor de las caletas y el pescador

para beneficio del estercolero.

 .

Tormenta en el cielo,

el amor marcha entre las ciudades

con su paso vacilante,

husmeando el aroma del abismo,

ese que como un caballo mojado

asciende desde grutas terribles.

 .

A la orilla del mundo

los comedores de rocoto,

centellas en la penumbra.

 .

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IV

 .

Ignorantes del hado,

servidores de un mundo que balbucea

en el idioma de la violencia

y cierra la salida de la prisión,

cauce seco de la Historia & sus meandros.

Impecables, hijos pródigos en el día de la madre.

Porque este es un canto de amor,

no un remedo de canto.

Victoria es poder murmurar

madre, Lima, en estos días sin justicia.

Y las rosas fulgentes, plásticas,

atadas más que conducidas en las manos,

rojas como la sangre con que se tiñeron los sueños

de la raza en cavernas anteriores a la crónica,

entibian hoy, calientan con su estampa

la atmósfera desoladora de mayo.

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© Manuel Illanes, de los poemas.