Fernando Nombela. EROS & TÁNATOS

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(Toledo, 1978)

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A vueltas con Eros

He soñado, sueño que estoy a tu lado, y te beso muy suave en la boca. Despacio, muy lentamente. Cierro los ojos mientras huelo tu pelo. Pronuncio tu nombre, y en tu oído susurro: soy tu compañero, vamos juntos, dame la mano. Cojo tu mano. Ahora te quitaré la ropa, no toda. Con mucho cuidado. No tengo prisa. No tienes tiempo. Tendidos, con tiento, acaricio tu rostro con las yemas de mis dedos. Eres tan hermosa. Quisiera despertar siempre en tus ojos. Para siempre caer en ellos, como tú caes ahora en mis manos. Para siempre. La caricia de mi mano, mis labios te acarician. Mi boca en tu cuello, en tu pecho saborea la dureza templada, la tersa ternura de tus pezones. Me nutro de ti. Ya sólo vivo de ti. Sólo por ti, de tanta vida, me estoy muriendo. De tanto gozo, me estoy viviendo. Mi boca y tu boca, mi boca y tu ombligo, tu vientre y mi boca, y mi cara que te roza por encima de las braguitas, y entonces tu aliento sonoro y un escalofrío. Acaricio tus piernas. Dobla tus rodillas el deseo de mis labios. Beso tus muslos. Me gusta cómo hueles. También quiero saber a qué sabes. No tienes prisa. No tengo tiempo. Tenemos toda la eternidad por delante. Y mis dedos te tocan, mi rostro te toca, mi boca te toca; mis dedos, mi rostro, mi boca te tocan te palpan te pulsan te rozan. Lenta y suave, mi lengua donde tan suave eres. Ahí, donde no hay tiempo, quiero estar todo el tiempo. Ahí, donde no hay tiempo, y sí esta sed, sed de ti. Sola sed de tu agua, pues también te quiero así, líquida, mielosa, adentro mío, cálida copa de rocío iluminado por la luna, viento del sur que me trae brisa y locura, savia o jugo de la fruta más sabrosa, de la rama más fresca (después será tu carne, entreverada de alma, cuando yo esté dentro de ti, tú fuera de mí, envolviéndome; yo fuera de ti, tú dentro de mí, desbordándome: tú, mi piel y mi asombro). Y saciado, de tanta boca que alza, danza y me marea, ya no tengo sed (la tendré más tarde). Y lleno al fin de ti, feliz, felices, comienzo de nuevo, y te beso muy suave en la boca

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Exilio

 

No estar dentro de ti

es mi único exilio.

 

(de: A vueltas con Eros, de pronta publicación en la editorial Amargord)

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Paráfrasis

 

III

 

Aún

 

No,

no ha sido fácil,

vadear tantos ríos,

atravesar estaciones

sumergidas en la negación.

 

Lo que queda,

después de todo,

me atrevería a llamarlo

esencial. Por ejemplo:

estoy vivo.

 

Te amo.

(Jorge Riechmann)

[ I N É D I T O S ]

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Soñé la muerte

 

Soñé la luz que arde y fija el polvo y cristaliza la saliva que disparan contra los

desperados las serpientes del abandono

y las miradas que se reconocen sin antes haberse conocido

y estallaron las risas contra los muros de la nada

 

Soñé la fiebre que se alza eyaculando engrudo en el aire lisérgico de un cielo azul

deshabitado

donde llorarán los dragones de la última creación

y los poemas que escribí y después rompí bajo las leyes del fuego

y ceniza es lo que será diamante

y nunca más se supo

 

(…)

 

Soñé los brazos tatuados por las agujas orientales de la muerte lenta y

Soñé hongos y

Soñé peyote y

Soñé mares de verdes estrellas esculpidos

mientras se desprendían los dientes ennegrecidos por obra y gracia del basuco

y enfurecían las hormigas de la sobredosis

bajo la piel gélida de los cuerpos ahorcados

 

(…)

 

Soñé que nadie nos quería

y mendigábamos palabras que abrazan o destrozan

en el dorado inalcanzable de las estaciones de servicio

y un buen día se detuvo un coche y subimos

y nos condujo hacia la línea de sombra de un amanecer esquivo

y nadie dijo nada

 

(…)

 

Soñé que las pantallas

y las máscaras del lenguaje y los aparatos de televisión

eran lanzados por la ventana

y poco a poco comenzamos a mirarnos a los ojos

hasta por fin vernos

y era la (r)evolución

 

(…)

 

Soñé a contracorriente que encontraba al señor Kurtz remontando las aguas del río de la

vida y la muerte que se nos lleva

y el señor Kurtz eras tú

y era yo

y somos los hombres huecos

a contracorriente

a contracorriente las aguas del río

a contracorriente el río de la vida

a contracorriente las aguas del río de la vida

y la muerte que nos lleva

a contracorriente

 

(…)

 

Soñé que era el Narciso de las Leproserías

 

Soñé a Dostoievski leyendo una Biblia de hojas blancas como los glaucos cielos

imposibles de Siberia Sumergida

 

(…)

 

Soñé que el día 26 de abril de 1932 Hart Crane no divisaba las costas de Florida

sino que paseaba mirando al atardecer desde el puente más con más de esta Nueva York

sobre las aguas danzante

hasta tropezar con la sombra del corazón del hombre que le alejaría de las horribles

costas de Florida

donde otros cuerpos son hoy los que flotan inertes o se sumergen inertes

como el esmoquin reflectante de Mario de Sá-Carneiro

así que dame tu otra mano Hart

–sobre nosotros amanecerá Manhattan–

nadie sabrá que tres hombres caminaron las aguas del East River

sin amor desde el puente que cantabais

sin amor desde el puente que yo canto

sin amor desde el puente de Brookling

y nada más que sombras

 

(…)

 

Soñé que la infancia es el amuleto

 

(…)

 

Soñé que había asesinado a mi Ángel de la Guarda

 

(…)

 

Soñé que vida y poesía son inseparable aventura a vida o muerte

 

(…)

 

Soñé que yo era un niño perdido que cuidaba de otros niños perdidos

y era dichoso

y sin embargo esa lluvia algunas tardes

esa lluvia adentro

sin nombre

esa lluvia

mamá

 

(…)

 

Soñé todos los poemas que me quedan por escribir todos los libros por leer todos los

hombres y mujeres por descubrir todas las noches por vencer

todas las cuerdas oxidadas

y quise nunca más morir

¿me oyes?

nunca más

 

Soñé que vivíamos

y no era un sueño

y despertamos

En Santa Teresa, a 15 de julio de 2666

(15 de julio—27 de agosto de 2003)

(de: Soñé la muerte y otros poetas, 2011)

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Última fe

 

Creo que,

al menos mientras vivimos,

hay un bien imperecedero,

una suerte de dios,

en el hecho

de haber amado

alguna vez.

Esa es hoy

mi última fe,

el único motivo

por el cual

volvería a la vida.

 

(de: En esta luz nosotros, 2014)

 

Las tres palabras secretas (anónimo alquímico)*

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Capítulo I

Las cualidades de la Piedra Filosófica

La Piedra de la cual se produce esta operación contiene en sí todos los colores. Es, en efecto, banca, roja de un rojo ardiente, más amarilla que ninguna, celeste, verde, oscura. En esta piedra están contenidos los cuatro elementos. Tiene la cualidad del agua, del aire, del fuego y de la tierra. Alberga veladamente el calor y la sequedad y en ella se manifiesta el frío y la humedad[1]. Lo que debemos hacer es ocultar aquello que es manifiesto y hacer manifiesto aquello que permanece oculto. El contenido oculto, esto es calor y sequedad, es un aceite y este aceite es seco: es esta sequedad, y no otra, la que tiñe, porque solo el alkali[2] tiñe. Lo que se muestra de modo manifiesto es algo frío y húmedo, un humo acuoso que corrompe. Se debe hacer, por tanto, que aquella humedad y aquel frío sean equitativos al calor y a la sequedad para que el fuego no se evapore: porque en el medio de aquella humedad y de aquel frío hay una pequeña parte de calor y de sequedad, por lo que aquello que es frío y húmedo debe acoger el calor y la sequedad que estaban ocultos en el interior, convirtiéndose en una única sustancia. Aquel frío y aquella humedad son el humo acuoso que corrompe y del que ya hemos hablado, pues la humedad acuosa y ardiente corrompe el cuerpo y lo vuelve de color negro. Todas estas imperfecciones deben ser destruidas en el fuego mediante sus diversas gradaciones.

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Capítulo II

Las propiedades de la Piedra

Este es el Libro de las Tres Palabras, el libro de la piedra preciosa, que es un cuerpo aéreo y volátil, frío y húmedo, acuoso y ardiente y que lleva dentro de sí el calor, la sequedad, el frío y la humedad: algunas de estas virtudes están ocultas, otras manifiestas. Y como lo que está oculto puede tornarse manifiesto, así lo que es manifiesto puede volverse oculto por virtud divina, el calor como la sequedad. De hecho, los filósofos persas[3] sostienen que el frío y la humedad acuosa y ardiente no van a la par con el calor y con la sequedad: porque estos destruyen a los primeros por virtud divina. Entonces este espíritu se transforma en un cuerpo excelentísimo que no evapora al fuego y fluye como el aceite: es la tintura viva que se multiplica, confiere peso, colora, da esplendor y consolida, bellísima, penetrante, protectora y perpetua, la que a todo vence y es preciosa como el sol.

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Capítulo III

El calor y la sequedad que se encuentran ocultos en la humedad y en el frío

La admirable obra de las tres palabras es la obra de la piedra preciosa en la que se encuentran el frío y la humedad acuosa y ardiente, mientras que oculto en ella yace el calor: pero estas tres palabras son leídas e interpretadas de otra manera por algunos, de modo que podemos volver oculto aquello que es manifiesto y manifiesto lo que permanece oculto. Lo oculto es de la naturaleza del sol y del fuego, es el aceite más precioso de todas las cosas ocultas, tintura viva, agua perpetua, que vive y que se conserva en lo eterno, vinagre de los filósofos, espíritu penetrativo[4]; lo oculto es lo que tiñe, añade y revive, aquello que rectifica e ilumina a todos aquellos que han muerto y los hace resurgir[5], porque su calor y su sequedad no evaporan al fuego. En cambio el fuego acuoso y ardiente evapora al fuego y se destruye.

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Capítulo IV

La transformación del espíritu en cuerpo y del cuerpo en espíritu

Para que sea completamente manifiesto aquello que está oculto el espíritu de lo húmedo y del frío debe ser transformado en cuerpo. A su vez, este cuerpo debe ser transformado en espíritu. Luego nuevamente el espíritu debe volverse cuerpo: entonces se volverán amigos el frío y la humedad, el calor y la sequedad. Por eso sostienen los filósofos persas que es admirable el modo en que esta se produce, pero que puede suceder por virtud de Dios, con dulce equilibrio regulado por el fuego con moderación. La duración de este proceso es de dos días más siete. De hecho, el dos se puede entender por el tres, el cinco por el dos, pero el tres no puede comprenderse[6]. Estas son las tres palabras preciosas, ocultas y manifiestas concedidas no a los malvados, impíos ni infieles, sino más bien a los fieles y a los pobres, desde el primero hasta el último.

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Capítulo V

Los planetas y las obras que sus imágenes realizan sobre el mercurio

Digo, por tanto, que en el mercurio se llevan a cabo las obras de los planetas y sus imágenes se reflejan en sus partes, como los planetas mismos operan en el feto, influyendo de modo diverso en los partos[7]. De hecho, durante el primer mes, cuando el semen es acogido en el útero, opera Saturno, congelando y manteniendo la materia en una única masa con su frío y su sequedad. En el segundo mes obra Júpiter, haciéndola madurar con su calor hasta formar una masa de carne denominada embrión. En el tercer mes rige Marte que se encuentra activo en los opuestos de la materia y con su calor y su sequedad divide y separa aquella masa, delineando las extremidades. En el cuarto mes el Sol, como señor, hace penetrar el espíritu y así el feto comienza a vivir. En el quinto mes opera Mercurio que produce las cavidades y las aberturas que permiten la respiración. En el sexto mes Venus dispone ordenadamente las cejas, los ojos, los testículos, etc. En el séptimo mes la Luna, con su frío y su humedad, expele al feto que, si nace, entonces puede vivir, pero si no nace sufre y se debilita. El octavo mes es nuevamente regido por Saturno con su frío y sequedad quien posibilita que el feto sea retenido en el útero: si nace, entonces no puede vivir. En el noveno mes opera también Júpiter quien, nutriéndolo con su calor y su humedad, devuelve al feto su fuerza: así, al final del noveno mes puede nacer y vivir bien. Esta es la verdad. El agua mantiene durante tres meses al feto en el útero, el fuego otros tantos lo custodia, el aire lo nutre por tres mes también: el cumplimiento se da cuando la preciosa sangre, que nutre por el ombligo, empieza a subir hacia los senos de la madre y que luego de los dolores del parto adquiere el color de la nieve. No se abre la vía de salida al niño hasta que no pueda soportar el aire. Cuando finalmente sale abre la boca y puede ser amamantado.

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Capítulo VI

La observación de los planetas en la obra de la alquimia

Debemos comprender qué significan estos tres meses. Esto se debe aprender con la mente aguda y debemos mantenerlos unidos y extraer el dos: sin el dos no se comprende el tres, pero por el tres en este contexto se comprende el dos más siete. Por eso todos aquellos que desean aprender este arte aguzan el ingenio para descubrir el tesoro de las tres palabras: en ellas está oculta la completa preparación y la virtud de la piedra, que contiene calor y homunculus-in-a-vialsequedad, sequedad que es aceite vivo, tintura viva, sequedad teñida y profundidad de las tinturas, es decir, calor y sequedad que se unen[8]. Todos aquellos que han podido ver esto en su principio han comprendido la palabra que ha sido pronunciada y aquellos que han escuchado las tres palabras han tenido gran maravilla. Esta es su explicación: como desde el principio de la concepción hasta el nacimiento del niño cada planeta da su propia imagen a la parte establecida, según el decreto de la virtud creadora divina, así yo, Rachaidebi, afirmo, en verdad, que en todas las operaciones alquímicas cada planeta produce su propia imagen en el lugar establecido, hasta que la obra llega a su cumplimiento y nace artificialmente la alquimia[9]. Pero si debo decir la verdad con mayor claridad, ella nace naturalmente según el movimiento de todos los planetas, como Dios mostró en el protoplasto[10] y posee la naturaleza de todas las tinturas: así nace el mercurio, que contiene en sí los cuatro elementos y la naturaleza de todas las tinturas de acuerdo a sus grados. En la obra de la alquimia muchos se equivocan y pocos alcanzan la meta. En efecto, sobre esta obra influye la danza de la Luna y el círculo del Sol. Tres son los grados: el primero es débil, el segundo es estable y el tercero perfecto. Tres son los puntos determinados: el primero, cuando el Sol entra en Aries y está en su exaltación[11]; el segundo cuando el Sol está en Leo; el tercero cuando el Sol está en Sagitario. El círculo del Sol es de 28 años, en 19 años la alquimia obtiene su mineral y los demás, que se encuentran enumerados en la tabla de la alquimia. Del número de la danza de la Luna hemos descubierto los grados, de nueve a doce, y de uno a dos, de ciento sesenta y tres a veinticuatro. Siete los hemos descubierto en el círculo del Sol. Comprendemos, por tanto, por qué la obra de la alquimia se cumple de acuerdo con estos grados[12].

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Capítulo VII

Explicación de las tres palabras

Volvamos a la explicación de las tres palabras en las que consiste todo el arte. Agua: se dice que por tres meses mantiene el feto en el útero. Aire: lo nutre por tres meses. Fuego: también lo conserva por el mismo período de tiempo. Todo lo que aquí se ha dicho es verdadero, por analogía, sobre el mercurio. Esta palabra, este discurso, este término oscuro así se esclarece y permite comprender la verdad. Diversa es la naturaleza en la mujer embarazada y en el mercurio, pero esto ha sido descubierto por la semejanza del calor que hay en el útero: se estima que sea un fuego de treinta y dos grados[13]. Por lo que esta tercera sentencia “El fuego también lo custodia” es oscura: muchos se equivocan en este punto y entran, sin saberlo, en la región de la tierra, porque de tres grados toman dos y de estos dos son extraídos los demás. De esta forma el libro está dividido en una red de treinta y dos partes y en estos grados se cumple por completo la tercera palabra, de la que tanto se habla. El primer grado completa al aire y al agua. El segundo completa todo aquello que hemos dicho y más. Este es el don de Dios.

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Capítulo VIII

Los grados del Fuego

El filósofo del rey de los persas y del príncipe de los romanos dijo: “Divide las tres palabras en dos partes y a estas divídelas a su vez en dos partes y de estas dos provienen los treinta y dos grados”, que son aquellos dentro de los cuales se delimita el fuego, llamadas partículas de fuego. Ellas son señaladas por las porciones del arca[14] que se divide en treinta y dos partes y son llamadas almec. Todos estos grados se encuentran dispersos en las dos primeras partes, que son los dos términos y al ser divididos en cuatro partes se subdividen a su vez en treinta y dos: así el primer grado es la partícula de fuego, albechir, y es única y simple tanto es así que se la define como “casi nada”. Es el fuego ligero con el cual comenzamos a comprender el mercurio al rojo, cuando los maestros persas lo llevaron a la muerte con sutil ingenio y dos palabras se alcanzan en seis maenchen. Luego se obtiene la tercera palabra, que es oscura: muchos yerran y pierden la cabeza por ella. El filósofo del rey de los persas dijo: “Dividámosla por la mitad”. La mitad está hecha de tres maenchen y está regida por dos grados, que son dos partículas de fuego. Por tanto, estas tres palabras se cumplen en veintidós maenchen regido por ocho grados de fuego. El tercer término es de veinte maenchen gobernado por dieciséis grados. El cuarto es de veinticuatro maenchen y de cuatro días y es regido por treinta y dos grados, es decir, partículas, de fuego. Así todos los fetosfilósofos persas. Alabado sea Dios y su santo nombre. Esto ha sido dicho del fuego temperado a propósito de las tres palabras sobre la naturaleza de la mujer embarazada, tenida como ejemplo del fuego necesario para el mercurio.

Todos estos términos se dividen a la mitad porque entre ellos son veintitrés manahen y siete diethen: al final del primer término abre el tesoro y proyecta lo que has encontrado: pero si se eleva y emite humo cuando lo deposites sobre una lámina incandescente, entonces no está todavía listo. Vuelve a meterlo al fuego de dieciséis, pues contiene ocho grados de fuego y luego abre de nuevo el tesoro y ponlo en una lámina caliente para ver si todavía se eleva y emite humo, ya que en ese caso tampoco estará listo. Vuelve a meterlo al fuego de veinte, el que contiene dieciséis grados, y abre el tesoro y si aún desprende humo todavía no está cocido. Entonces ponlo a fuego de veinticuatro maenchen y cuatro diethen, que contiene treinta y dos grados: ahora sí estará lista la piedra preciosa que funde, verde o color oro o amarillo o rojo. Por ello sea alabado Dios y su santo nombre, que es bendito sobre todos los nombres, por este su santo don.

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Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano.

de: Alchimia. I testi della tradizione occidentale. Arnoldo Mondadori Editore. Milán. 2006.

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NOTAS

[*] Este tratado de origen incierto es atribuido, junto con el Liber secretorum alchimiae, al primer alquimista árabe, el califa omeya Khãlid ibn Yazid ibn Mu’awiya, quien —como narra el prólogo del Testamento de Morieno— habría recibido de este último la enseñanza de la alquimia y, según al-Nadim, habría sido el primer autor de obras alquímicas en árabe, además de supervisar la traducción de escritos griegos sobre la transmutación. El elemento relevante en el Liber trium verborum, que fue de gran influencia en la tradición occidental postmedieval, es la unión entre alquimia y astrología, efectuada a través de la mediación de la embriología. El paralelo entre la creación de la piedra filosofal y el embarazo, puesto en conocimiento en el texto bizantino atribuido a Cleopatra y recuperado por Morieno, está aquí resumido por la descripción de la influencia de los planetas. Empero, al contrario de la relación lineal entre planetas y meses del embarazo aceptados por la medicina astrológica, la influencia planetaria sobre la alquimia es “explicada” mediante una enigmática fórmula numerológica, la cual parece ser la raíz de las “tres palabras” y que llevan a especulaciones simbólicas hasta la fecha no investigadas.

[1] La dinámica oculto/manifiesto aquí propuesta, según la cual los contrarios se encuentran en los contrarios y que una pequeña parte de calor y sequedad que está en el interior del frío y la humedad hace posible la conjunción entre las partes opuestas, es otra cosa gracias a las relaciones entre las cualidades ilustradas en el cuadro de los elementos, según los cuales las transformaciones de estos son posibles a partir de la pertenencia de una cualidad (calor, humedad, etc.), a dos elementos contiguos, como cualidad principal o propia de uno y como cualidad secundaria o perteneciente al otro (el fuego, caliente y seco, está contiguo a la tierra, seca y fría, pero también al aire, húmedo y caliente; mientras que el agua, fría y húmeda, está contigua al aire, húmedo y caliente, y a la tierra, seca y fría).

[2] En su significado más genérico el término se refiere a las cenizas, la sustancia quemada que no puede ya adherirse al fuego y con ella se preparaban las “tinturas” en la alquimia griega.

[3] Tanto los filósofos persas, como los “filósofos hindúes” que encontramos en el texto atribuido a Razi conocían de los motivos orientales añadidos sobre la alquimia que procedían de los textos griegos. Sobre la figura de Kalid, quien posteriormente se denominará Rachaidebi, cfr. Ruska, Arabische Alchemisten. I; Lory, Alchimie, pp. 12-16; Halleux, Les Textes, p. 65. Pero sobre el Liber trium verborum hay pocas noticias: Ruska, pp. 49-50 se limita a observar que el contenido del texto concierne a la posición de los planetas en el desarrollo de las operaciones alquímicas, mientras que Halleux simplemente señala la diferencia entre las dos ediciones, confiriendo mayor credibilidad a la que utilizó. A nuestro juicio no existen estudios sobre este texto, por lo que la unión entre las tradiciones astrológica y alquímica es un tema muy relevante y no menor, pese al antiguo paralelismo entre planetas y metales, ya que también —junto con el motivo de las “tres palabras” misteriosas— tendrá un amplio desarrollo a partir del tardo Medioevo con la unión entre la alquimia y la tradición oculta.

[4] Las aquí enumeradas son las cualidades del agua sulfúrea o divina.

[5] Se ha tocado ya el tema de la resurrección en el tratado de Cleopatra y en los Septem tractatus Hermetis: metáfora del proceso de fluidificación final de la sustancia perfeccionada, pero es también motivo de gran referencia en el contexto de la tradición religiosa tales como la islámica y la cristiana, orientadas por una concepción escatológica de la salvación, en donde el tema de la resurrección de los cuerpos es el elemento sobresaliente. cfr. también el Libro de la misericordia, cap. LXXI.

[6] Este enigma numerológico se relaciona con el paralelismo instituido mucho después entre la obra alquímica y la formación del feto.

[7] La influencia de los planetas en varios meses del embarazo es una de las partes especiales de la medicina astrológica árabe y este tema pasará a la medicina occidental, en textos como De secretis mulierum, atribuido a Alberto Magno: cfr. Ch. Burnett, “The planets and the development of the human embryo”, en The Human Embryo. Aristoteles and the Arabic and European Tradition, ed. G. R. Dunstan, University of Exeter Press, Exeter, 1990, pp. 95-112. Al mercurio como materia prima de la obra alquímica, sujeto a todas las transformaciones posibles, le corresponde el planeta Mercurio, que en la tradición astrológica de matriz islámica es considerado capaz de influir sobre las cuatro cualidades elementales, mientras que cada uno de los otros planetas se combina con un elemento.

[8] La virtud de unir, que en la dinámica elemental natural pertenece al frío auxiliado por lo húmedo, es posible artificialmente por el calor, que en la naturaleza es una fuerza que separa, ayudado por la sequedad. Esto ha sido también analizado por Freudenthal: The Problem of Cohesion.

[9] Alchimia, como en el Testamento de Morieno y en otros textos traducidos del árabe, indica el producto de la obra, además del arte.

[10] La comparación entre el producto de la obra alquímica y Adán nos lleva hasta Zózimo y será luego retomado en el siglo XIII por Roger Bacon, quien subraya el equilibrio elemental del cuerpo y la longevidad del protoplasto: en ambos casos falta la peculiar conexión de naturaleza astrológica.

[11] “Exaltación” es un término técnico de la astrología que indica la relación entre un signo y un planeta y entre los cuales hay una afinidad completa (por ejemplo Cáncer y la Luna): cuando el planeta se encuentra en tal signo su capacidad de irradiar su propia influencia es máxima.

[12] El vínculo entre obra alquímica y astrología está presente tanto en la cultura islámica como en la latina.

[13] La escala de medida de estos grados nos es desconocida. A ello se añade la formulación oscura de la última parte del capítulo, que parece aludir a algo como un dispositivo gráfico relativo a la gradación del calor, y también a dispositivos (tablas) análogas a las utilizadas por astrónomos y La parte final del presente capítulo podría provenir de los astrólogos. Recordamos que del Liber trium verborum no se conoce el original, que se supone que es árabe (entre los diversos autores denominados Kalid hay alguno considerado de origen árabe: cfr. Ferguson, Bibliotheca Chemica, I, pp. 448-50, que se confiere a este autor el nombre de Rachaidebi). La unión entre numerología y ciencia alquímica ha sido ampliamente estudiada en relación a los escritos de corpus giabiriano, pero sin alusiones al texto que aquí nos interesa, por Paul Krauss, Pierre Lory y Syed N. Haq.

[14] El término, que parece tener relación con el “tesoro” de la última parte del capítulo, probablemente indica al recipiente en el que se pone el “mercurio”, materia de la obra alquímica, que es sometido después a un fuego incrementado de modo progresivo según sus proporciones y que, en la formulación que tenemos, resultan incomprensibles.

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Bestimenta. Óscar Pirot

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(México, 1979)

 

CISNE

 

El cisne no llora en su muerte sino canta

el cisne no llora porque sabe que la muerte es un canto

una música en la que el silencio

juega un solo que dura toda la vida.

 

 

 

FUGA

 

Una libélula

enquistada en el tiempo

rompe a volar.

 

 

 

CONTAGIO

 

Un grano de arena contiene todo el desierto

por eso la cigarra le canta al oído

 

para que todos

y nadie

la escuchen.

 

 

 

UNICORNIO

 

De mi pecho salió de pronto un unicornio blanco

que al desgarrar mi tórax

corrió velozmente derramando el paisaje

que en mí dormía

 

no soy

sino una huella más

en su camino.

 

 

 

 

CARRERA

 

El caballo y el jinete

desaparecen de sí mismos

y reaparecen de nuevo

en un único animal:

 

el viento.

 

 

 

NODRIZA MARSUPIAL

 

Desgarro suavemente el marsupio del silencio

 

me hago con todas sus crías

y dejo que maduren en mí

 

cuando ya han bebido de mis ubres

(ya limpias de cualquier murmullo)

corro y las devuelvo a su antigua madre

que

–como un gesto de invaluable gratitud –

me adopta y entonces

me quedo a vivir con ellas.

 

 

 

PECES

 

Y es que los peces duermen con los ojos abiertos porque no tienen párpados

sueñan hacia fuera para que su corta memoria onírica

sirva como red a cualquier atisbo de realidad mientras roncan

 

o quizá viven siempre en una penumbra intelectual

en una duda que les impide discernir lo real de lo soñado

 

siguen el mismo comportamiento que las palabras

nunca cierran los ojos ni siquiera cuando sueñan

por eso podemos verlas

porque nos miran

porque nunca dejan de hacerlo

ni siquiera cuando naufragan

y dejan de decirnos

 

la palabra es un ojo sin párpados

 

su sueño es la escritura

su realidad el silencio.

 

 

 

PULPO

 

Para ahuyentar a mi depredador

arrojo este charco de tinta

 

y entonces fosforezco en su mirada

 

me vuelvo visible en lo invisible.

 

 

 

INFANCIA CON PATOS

 

 

*Cito: los patos trazan ondas que intervienen la caligrafía del río, se dijeran barquitos emplumados comiéndose el pan que les arrojo junto a mi padre desde una lancha en la que vamos como lámparas sin rumbo, se dijeran velas a flote en carne vítrea, se dijeran pliegues desde oscura transparencia, hálitos, presencias casi, ánimas dentro de la sangre, se dijeran visiones gemelas a su silencio. – fin de la cita.

 

 

 

© Óscar Pirot, de los poemas

Osvaldo Lamborghini. La Divertidísima Canción del Diantre (anexos)

lamborghini

(Buenos Aires, 1940 – Barcelona 1985)

 

1

El cuerpo tiene un órgano metafórico,

es el lugar de todas las transmutaciones,

es el lugar poético por excelencia, el ano,

en el sentido que es el lugar

donde el niño y la niña

se encuentran todavía, subrayando todavía,

sin el corte, sin la diferencia de sexos.

El lugar metafórico, el ano,

mierda, niño, regalo, pene,

todo ahí es intercambio.

Incluso una gran mujer,

mujer de Nietzsche,

mujer de Rilke,

casi mujer de Freud:

Lou Andreas Salomé,

habló de la vagina como

eternamente

arrendada al ano.

 

 

 

2

¿De qué color, coliflor, amada mía,

será tu corazón?

Verde, o seguramente lila.

Selecta caña,

si la vista no me regaña.

Tu excremento es un puro viaje

femenino.

Niño, el excremento femenino,

la raya continúa y abarca,

el buque parte

hacia una una

primavera entrada en años.

 

Te escribo desde el descrédito.

Yo no hice una obra, hice

una experiencia, experience.

Al margen, yo te amo como se ama

al rumor heteróclito,

el clítoris todavía todavía

de la página aún no escrita,

manejo de los sinónimos.

¡Lo que es la lengua castellana!

Afirmación que hay, débese, entender

en estos términos:

Lo que es: la lengua castellana.

Y no mi pésima

bragueta.

Nocturno, nocturno, nocturno.

 

La política llegó, llegó a los ánimos

y entramos como yegua sudada.

Hay que ver lo que son estos campos,

hay que ver el trébol partido

y el municipio de un otario.

Hay que ver la luna, el sol, la aguada

allí donde beben los caballos

bien pero bien de mañana,

y esto ya lo dije en otro lado.

 

Si pudieras, che, estar conmigo,

si yo pudiera acariciarte el pelo

con la dolorosa trenza del m’hijita,

si pudiera mirar tu mano, decirme:

en otro momento besaré su mano.

Pero solo me importan los ángeles

y los dialectos del paraíso.

 

 

 

3

La Divertidísima Canción del Diantre,

pertenece a una modernidad alterna

—no, nada de alternativa—, y es una historia.

Si yo supiera pensar —no, nada de escribir—

archivarla en mi memoria

la instancia de su modulación, alterna,

comprendida en una balanza donde el peso

de la vanguardia:

dos puntos más dos puntos

igual no igual es nulo.

Tranquilamente mis errores planean en un plan

bajo, lo siento, de pasar al guion

—ya ocurrió: ese coronel cinematógrafo,

el cine y su Instituto Nacional hasta las heces

de los cuerpos de un batallón de granaderos

enterrados en los hielos —eternos—

desde la Campaña de los Andes.

 

Éste es el peso nulo de mi haber:

igual, no igual.

Enseñar, en Vermont,

inconsciente y barroco, ¿mejor?

¡Oh, Jerry!

(Ha introducido

en mi parturienta cama

su pelambre, entre mis piernas entalcadas,

donde yo escribo, y lame, y lame.)

La Argentina es azul, Pringles, y cuando ríe

Jerry acaba, eyacula, Frank Brown. ¿Y?

Mis imágenes, diantre

vuelven a estabilizarse en el cine picante

de una conciencia culpable.

Igual, no igual.

A ver si vamos a creer, a ver,

que hemos progresado tanto como para no tener

una conciencia culpable.

¡Oh, Jerry!

 

 

 

 

© Herederos de Osvaldo Lamborghini.

de: Poemas 1969-1985. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2015

Lola Andrés. La matanza

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(València, 1961)

 

¿Soy yo el que está ahí abajo?

[...] Qué extraño, qué curioso es verse morir.

Ray Bradbury, Crónicas marcianas

 

I

Los postulados

de una congregación

a menudo admiten

un nexo en la palabra dada

y he aquí:

 

si se origina un tumulto

producido por pánico o confusión

cabe ocultarse

también cabe

utilizar el camuflaje

esto es

entrarse en otro ente

y comulgar en forma

y comportamiento

 

así la voz

la representación del gesto

lo insinuante —oh sí—

la esfera de bondad

la contención

la bruma inigualable del carácter

cuanto valor sopese la mirada

el ángulo entreabierto

de las piernas —distancia equilibrada—

cualquier ente admitiría

—oh sí—

un implante acerado en su derrota

 

un pánico perdido podría

resquebrajar el verde de las hojas.

 

 

II

Una de ellos.

 

Los observas,

como si tu pertenencia

a la manada te quemara,

como si

tu pupila saliese de tu ojo

y ardiendo —no cenizas aún—

sintiera ese partirse

—la doblez,

la grieta.

 

Ves, en la opacidad,

la rigidez del hambre,

ese nicho de carne

que todavía

respira las mañanas.

 

En llamas,

tu pupila revienta

y te lo dice:

mira cuánta pureza

desorientada, erguida.

 

Escuchas sus gemidos

adelantando el cierre

de la luna nueva.

 

Oyes

tu pupila —ya ceniza—,

la grieta de tu carne,

la inminente obstrucción

de tu circuito.

 

Crece la horda

en la resquebrajadura de tu estómago.

 

Una de ellos. Hora

es de acrecentar también la grieta.

 

Y romperte.

 

Mira

las dos entrelazadas mansedumbres

que te quedan.

 

 

III

La jácena

se quiebra.

 

Las astillas

son viejas

y mojadas

secuencias de tiempo.

 

Un sinfín

de pequeños corazones

clavados

ahora

—sangre en la grieta,

en la rotura

ojos, carne, piel.

 

Se atenazan los siglos,

el tiempo rompe,

cuartea lo nacido, la criatura

lívida que husme en sus entrañas.

 

Gruñen por su muerte,

rasgan a los otros,

los aplastan

por un segundo más

de respiración,

de posibilidad: ahora

una luz cenital

regresa de la tarde

y la vida se ensancha

como un trueno en el cielo.

 

 

IV

Llevas sangre del otro

y sangre tuya.

 

Nacida la mañana, te retuerces.

 

Calibras el dolor, los desgarros.

 

Hueles, todavía,

y ves

la gran matanza.

 

Muchos yacen

inertes, rotos.

 

Tú vives

amputada —la piel es poca cosa.

 

Guardarás la tragedia

en tus colmillos

—puede que en adelante

humilles al destino

devorando al gran macho

que ahora

desprecia al inocente.

 

Se develan certezas,

consumida la voz,

la extrañeza se ocupa del aliento.

 

Un momento te das

para la vida: brisa,

otros seres abriéndose

a la luz, sonidos

cerca y lejos —no sabrías.

 

La matanza, recuerdas,

la matanza terrible, obscena,

la matanza cayendo

en una zanja

 

—sola.

 

Un momento

y aprietas el dolor, hundes la carne

en un pozo profundo que permita

ecos reconocibles.

 

La cuna piadosa

de la pequeña

cuida

de los ojitos quietos,

abandonados

al albur de su sueño.

 

 

V

La lluvia, de pronto

llueve.

 

Oh, ese aroma

de tierra, tus huesos

niños hueles.

 

La tierra ahí

engullendo nostalgia.

 

No existía el viaje,

los trenes eran

costas de cinabrio

o

arrecifes en cúpulas.

 

Entonces, cuando la lluvia,

se colmaba el futuro,

chupabas el ansia

de los caballos jóvenes.

 

Tus heridas

se elevan —el olor

de los tiempos

te calman, silenciosos—,

qué has venido a buscar,

en qué viaje,

que reventó tus ojos,

tu carne, tu esqueleto.

 

En un escalofrío,

los que aún sobreviven,

entrelazan sus bocas

y comienza

algún canto

de estremecidos tonos.

 

Sales, salen,

limpiáis cada rotura,

queda

el estruendo.

 

 

 

© Lola Andrés, de los poemas.

de Travesía. Ediciones contrabando. Valencia. 2016

Robert Duncan. Poemas

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(Oakland, 1919 – San Francisco, 1988)

 

El segador [1]

 

Creado por los poetas para cantar mi canción,

o creado por mi canción para cantar.

 

La fuente de la canción debe extinguirse.

 

Durante todo el día, la noche de la música se cierne

sobre el abeto, se balancea y brilla.

Oh, muéveme a que no cante

porque mi deseo es permanecer en silencio con mi primer Señor.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Glorioso es el sol ardiente.

En su juventud el segador tala el grano vivo.

Vemos el brillo de la curva ardiente de su guadaña.

Su extenuante labor nos abate

aún en vida.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

No arrases las cuerdas de mi oscura lira,

mi cuerpo, música. Acalla

el árbol de tu corazón, pues deseo

ir hacia mi Señor invalorable.

La Tumba de las Musas en el mármol de la piel

es como un monumento a la canción,

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Toda la noche el pestilente segador asesina.,

Desaparecemos bajo el filo de su guadaña.

Nuestra juventud se siega a diario como el trigo

de los campos de nuestro primer Señor.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Pero mira, glorioso es el sol ardiente.

El Segador derriba mi ardiente juventud.

Me arranca de mi primer Señor

mientras aún vivo.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

 

 

Adoración a la Virgen

 

La muda estatua de la Virgen se yergue

entre los susurros de las formas sombrías.

El llamado mágico se extiende

más allá de su figura envuelta en la adoración de la luz.

La sólida madera del druida, magia-contenida

de una virginidad viviente, muestra a través de un baño dorado

el rojizo lustre de oro.

 

Los amantes del poetaen el pasillo de la tarde

entran en el clamor de las tenues campanas

que redoblan, redoblan la caída de la noche.

Esperan, perturbados,

como si la rígida imagen de la Virgen fuese a revivir

y a hablar. El milagro parece inminente.

 

Ella no es inocente, pero, virgen,

ha conocido a Dios. Su ropaje

vuela, se extiende y queda atrapado

en una batalla con el aire que lo rodea,

tallado de asombro y pintado de oro.

 

A ella su hijo no se le apareció.

A nosotros, que no lo conocimos

se nos apareció, como un pálido baldur [2]

en el madero sangrante.

 

Camino con mi amante. Nos entristecemos por un tercero.

Un tercero camina con nosotros. Esplendor herido.

No ya puro, sino transformado. Pero más.

Lleva nuestras heridas, lágrimas que son sangre,

coronas que son espinas.

 

Oh aureolada Madre, cúranos a

mi amante y a mí. Ave

María llena de gracia.

 

La imagen solitaria de la Virgen se

articula llena de gracia.

Sostiene al Niño Mago

como una exclamación.

 

Perdona, perdónanos en nuestro amor y cúranos.

 

La madera de druida perturba.

Habla por debajo de la hoja de oro.

Su desdicha es más antigua de lo que imaginamos.

El oro, Su sangre, sobre el rígido ropaje

nos concede la gracia.

 

Los poetas amantes sienten su contacto

como si ese contacto les fuese robado a sus corazones.

 

 

 

Los albigenses [3]

 

Nos movemos como dragones aletargados.

El espíritu de nuestro Señor se mueve por el universo

que nos habló de cosas diabólicas.

Oímos crujir la luminosidad de una serpiente.

 

Mira cómo se inflama el esplendor mundano.

La oscuridad de nuestro Señor es de odio vegetal.

 

Los espíritus de la Luz se mueven en la oscuridad.

Se esfuerzan para poder tocar. Tenemos algunas noticias,

tenues memorias, de su castidad.

 

Sé de una serpiente sabiduría de la sangre,

del sufrimiento, de la magia coital.

La luz de nuestro espíritu se vacía

en la piel. El útero,

el sol rojo-sangre, el universo,

brilla con presencias malignas,

ángeles de un fuego leproso.

 

El espíritu del deseo se mueve en todas las cosas animadas,

una belleza que brilla en las hojas de los árboles.

 

El Papa de Roma admirable por sus masacres

es Lucifer. Él se repite, se repite en nosotros, crea

su imagen diabólica. La novia entrega la lacra

de su forma diabólica y quiere conocer

la diabólica masculinidad de su novio.

Comen el cuerpo de nuestro Señor.

Gólgota cabalga con la mirada fija en ese paraíso.

 

Los amantes del poeta mientras copulan saben

que el dragón surge de todas las cosas.

Se consumen en la cólera de un Dios colérico.

Negro es el momento más bello del día más brillante.

 

Oh déjame morir, pero si me amas, déjame morir.

Tu agonía y tu furia hieren mi segunda vida.

 

Iré al origen de la luz olvidada.

Los Dorados se mueven en reinos invisibles.

Si pudiéramos conocer su castidad. Nos esforzamos para tocar.

El consuelo de Dios se extingue con la vida.

Nos estiramos, nos estiramos para detenerlos.

Se vuelven invisibles para nuestro deseo.

 

Oh déjame morir, pero si me amas, déjame morir.

 

 

 

Poesía desordenada

 

No un desarreglo de los sentidos [4] pero sí, hay otro sentido oculto del significado en todo des-orden. Des en su orden significa. ¿Qué me imaginé que sería el idioma? No un mito, excepto por la verdadera tarde mítica, un ambiente o preconcepción en el mejor de los casos la oscuridad de una noche verdadera. Ningún visionario excepto cuando la visión es real en su intensidad —esta es una escena en el sentido de las palabras—. Pero una choza de palabras primitiva para nuestra naturaleza. El idioma en su desorden natural.

 

Al no estar en la historia parecemos vivir en y ya no encima de la tierra. Y el lector como un viajante preocupado tal vez vea “esa tenue luz en la vasta oscuridad del bosque” y venga a nuestra puerta, a indagar adentro y se siente por una noche al titilar de nuestras oraciones, oyéndonos contar un relato en algún lugar del que no quiero acordarme hacia un así era una vez que relatamos. Y sería parte de ese reino de la historia al que él tal vez nunca pueda volver a regresar otra vez. Regresar para encontrar el lugar, ya no puede reconocer su entorno.

 

Lo que me imagino es una poesía hilada por una tarde como un todo hilado con la malla de una lana gastada. Y alejada, en esa eterna cabaña en el lugar más profundo del bosque de esos relatos que se cuentan alrededor de una hoguera. Lo que me imagino es un viejo chal gastado, sin ninguna importancia terrenal, una poesía otra vez reducida a sus hilos. El entretenimiento de una tarde sin gran importancia. Habla en un cuarto vamos hacia donde venimos. Una interrogación aislada. El discurso que si fuera oído no le hubiera molestado al oyente no haberlo oído.

 

Ahí no podría haber tiempo para el deseo o para la ambición estructural, uno solo escucharía las posiciones relativas, lapsos y divisiones, amontonadas, entretejidas y decisiones.

 

Un poeta que se sienta a la luz de las palabras como un gato a la luz moteada del sol en una ventana. Donde está él en la oración es ahí. Y escucha mientras su poesía dibuja su escuchar.

 

 

 

El comienzo de la escritura

 

una composición

 

Empezar a escribir. Continuar finalmente para escribir. Escribir finalmente para continuamente empezar.

 

Para superar el comienzo. Para superar la urgencia. Para superar el escribir escribiendo.

 

Sin nunca superar el comienzo. Ahora escribir escribiendo. No superar el comienzo.

 

*

El amor es a veces adelante e incluir. El amor es a veces superar y no comenzar. El amor como una parte constante de algunas composiciones es imaginar la expansión del amor para incluir el comienzo como continuación.

 

Deseo : no en el escribir. Urgencia : en el no escribir. Mentir en la espera de no escribir. El deseo es lo anterior no el comienzo del principio. La urgencia es un no sentir que finalmente comienza.

 

*

Cuando me imagino el no superar sino el incluir, el amar toma el lugar del deseo. Cuando diariamente me imagino comenzando continuamente, ser no es más re-formar sino repetir.

 

Un gigante del día se despierta.

Un gigante de la noche se duerme.

 

¡Ser un universo! ¡Ser un universo!

Absorto en su continuo hablar.

Ser regresado al sueño.

 

Cuando me imagino a mí mismo como amante

el Amor está otra vez aquí, aquí digo,

hace su aparición durante el Día una vez más

desde el simple anhelo, pertenecer

al decir.

 

La mañana se transforma

silenciosa como las palabras al hablar:

un soliloquio de silencios audibles.

 

*

¡Un soliloquio! ¡Un soliloquio!

tanta frivolidad al hablar con los diferentes colores de luz, con las tretas

de personas imaginadas, en persona.

 

El gran Funcionario engreído rueda su eterna existencia como rueda

un bidón

sobre las medidas de un sueño desordenado.

Un habla desordenada.

 

 

 

Origen

 

O: Trabajo el idioma como un salto de agua trabaja la roca, para encontrar un curso, y así, ciegamente. En esto no soy un creador de las cosas, pero si fuera un creador, creador de un camino. Por el camino en sí mismo. Está muy bien hablar de que el agua tiene su destino en el mar, y así imaginarse llegar casi a conocer el curso; pero el mar es solo el fin de los caminos, si pudiese la corriente encontrar un curso más lejano, continuaría. Y vasto como es el idioma, no es el final sino la resistencia por la cual el poema puede moverse, mientras fluye o baila o se embarra en el tiempo, inventándolo en la marcha y no obstante solo continuar hasta donde se rompe la resistencia del idioma.

Cuando tenía unos doce años, supongo que sería aproximadamente la edad de Narciso, me enamoré del arroyo de una montaña. Allí, de lo más intenso durante todo el verano, me quedé mirando a su límpido correr frío, conocí el pleno dolor del anhelo. Ser de ello, enteramente estar fuera de mi ser y entrar en el Otro claro elemento imposible. La imaginación, vieja tergiversadora de la forma, se expande dolorosamente para concebir la forma amada.

Entonces todo serpentea y hace un fondo común, se apresura, constante inconstancia, no sabemos de dónde sale como torrente del arroyo, todo precipitación de los sentidos y del insecto a través del tiempo del ser —me estimula; como si el pulso de mi piel sangrienta, del boqueo de un aliento a otro aliento (como un pez fuera del agua) hubiera otro continuum, un arroyo como un murmullo regular, claro y hondo, allí abajo, un fluir de aguas. Escribo esto solo para explicar alguno de los viejos dolores que el anhelo revive cuando otra vez aprehendo la corriente del lenguaje, se precipita sobre la ruta o sobre los estanques, las energías vacantes debajo del significado, se esconde de nuestros propósitos. A menudo, mientras leo o escribo, regresa el más pleno dolor, y veo u oigo o casi conozco el más puro elemento de la claridad, un movimiento pronunciado, una precipitación absoluta en el curso de su propio camino, que hace que aún desde las mismas palabras de mi bolígrafo un elemento extranjero que ansío —como reino o salvación o libertad— pero nunca se sabe.

 

 

 

A menudo se me permite regresar a un prado

 

como si fuera una escena imaginada por la razón,

que no es mía, pero es un lugar creado

 

que es mío, tan cercano al corazón,

un pastizal eterno plegado en toda su idea

así hay un vestíbulo allí dentro

 

eso es, un lugar creado, producido por la luz

desde donde las sombras que se forman caen.

 

Desde donde se caen todas las arquitecturas que soy

digo que se asemejan al Primer Amado

cuyas flores arden para alumbrar a la Dama.

 

Ella eso [5] es la Reina Bajo la Colina

cuyas huestes son un disturbio de palabras dentro de las palabras

es decir, un campo plegado.

 

Es solo un sueño donde la hierba sopla

hacia el este en contra del origen del sol

en una hora, antes de que baje el sol

 

en cuyo secreto vemos el juego de los niños

un corro de rosas dicho.

 

A menudo se me permite regresar a una pradera

como si fuera una de las propiedades de la razón

ciertos límites detienen previniendo el caos,

 

ese es el lugar del primer permiso,

eterno presagio de lo que es.

 

 

 

© Herederos de Robert Duncan

© Marta López-Luaces, de la versión al castellano y de las notas.

Tomado de Tensar el arco y otros poemas. Antología poética (1939-1987). Bartleby Editores. Madrid. 2011.

NOTAS

[1] Personaje masculino con que en inglés y otras lenguas anglosajonas se representa a la Muerte.

[2] Baldur: dios de la justicia, de la luz y de la verdad en la mitología nórdica, hijo de Odín y de Frigg. Tras un sueño que teme que resulte profético, su madre hace prometer a todos los objetos y las criaturas de la Tierra que jamás le harán daño a Baldur. Todas las criaturas se avienen a la promesa, excepto el muérdago, que tiempo después será el causante de la muerte del dios —aunque muy probablemente el muérdago solo fuera la forma que tomara el vengativo Loki para darle muerte—. Ante el inmenso dolor de Frigg, Hermodur, el divino mensajero, parte en su caballo de ocho patas al Reino de los muertos, con la intención de rescatar a Baldur y volverlo a la vida. Hel, la diosa de las tinieblas, le promete liberar a Baldur solo si se logra que absolutamente todas las criaturas de la Tierra, sin excepción, lloren por él. Todas las criaturas lo lloran, excepto una gigante —otra de las posibles metamorfosis de Loki para seguir haciendo el mal—. Pero la promesa de que algún día, cuando el mal ya no existan en la Tierra, Baldur volverá a la vida, es precisamente el elemento del relato que lo une tanto a la “suspendida muerte” del Rey Arturo, como a la Resurrección de Cristo, con la que Duncan lo asocia en el poema.

[3] Movimiento religioso declarado herético por la Iglesia católica que se extendió en la región de Languedoc durante el siglo XII. La cruzada albigense (también conocida como cruzada contra los cátaros) fue un conflicto armado que tuvo lugar entre los años 1209 y 1244 y que comienza por iniciativa del papa Inocencio III con el apoyo de la dinastía de los Capetos, reyes de Francia.

[4] Alusión a la poética de Arthur Rimbaud quien, en su Carta del vidente, propone “un sistemático arreglo de los sentidos”.

[5] Aquí Duncan presenta dos pronombres de sujeto en tercera persona, el femenino y el neutro. De ahí la traducción como “Ella eso”.

Joseph Sheridan Le Fanu. Carmilla [fragmento]

carmillaa

“Conocerá usted, sin duda, esa aterradora superstición extendida por Estiria Superior e Inferior, Moravia, Silesia, la Serbia turca, Polonia e incluso Rusia: la superstición, así debemos llamarla, del vampiro”.

Una extrañísima angustia

.

Cuando entramos en el salón y nos sentamos a tomar nuestro café y chocolate, aunque Carmilla no tomó nada, parecía estar totalmente recobrada, y Madame y Madmoiselle de Lafontaine se unieron a nosotras y jugamos una partidita de naipes en el curso de la cual papá vino a por lo que él llamaba su “taza de té”.

Cuando hubo terminado el juego, se sentó junto a Carmilla en el sofá, y le preguntó con cierta inquietud si desde su llegada había tenido alguna noticia de su madre. Ella dijo:

—No.

Le preguntó, entonces, si sabía adónde podría mandarle una carta.

—No sabría decirlo —respondió ella, ambiguamente—, pero he estado pensando en dejarles; han sido ya demasiado hospitalarios y amables conmigo. Les he causado innumerables molestias, así que quisiera tomar un coche mañana y enlazar con la diligencia para ir en su busca; sé dónde la puedo encontrar en última instancia, aunque no me atrevo a decírselo.

—Ni sueñe siquiera cosa semejante —exclamó mi padre, con gran alivio por mi parte—. No podemos permitirnos el perderla de este modo y no consentiré que nos abandone, a menos que sea bajo el cuidado de su madre, que tuvo la bondad de consentir en que usted se quedara con nosotros hasta que ella volviera. Me sentiría realmente feliz si supiera que usted tiene noticias suyas; pero, esta noche, lo que se dice de los progresos de la misteriosa enfermedad que ha invadido los alrederores es aún más alarmante; y, mi hermosa huésped, la responsabilidad, sin contar con la opinión de su madre, me pesa mucho. Pero haré lo que pueda; y una cosa es segura: no debe pasársele por la imaginación dejarnos sin una precisa indicación de su madre a tal efecto. Sufriríamos demasiado separándonos de usted para que consintamos en ello tan fácilmente.

—Mil gracias, caballero, por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo con rubor—. Han sido todos demasiado amables conmigo; pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en su hermoso château, bajo su cuidado y con el trato de su querida hija.

A esto él, galantemente, con sus anticuadas maneras, le besó la mano sonriendo, complacido con aquellas palabras.

Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.

—¿Piensas —le dije finalmente— que siempre confiarás plenamente en mí?

Se volvió en redondo, sonriendo, pero no respondió. Tan solo siguió sonriéndome.

—¿No me vas a responder? —dije—. Eso es porque no puedes darme una respuesta agradable; no debería habértelo preguntado.

—Haces muy bien en preguntarme eso, o cualquier otra cosa. No sabes hasta que punto te quiero, ni puedes imaginar una confianza mayor. Pero estoy atada por unos votos; ninguna monja los ha hecho la mitad de terribles. Y todavía no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a ti. Se acerca ya el momento en que habrás de saberlo todo. Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy. Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte u odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.

—Otra vez vas a empezar a hablar de ese modo absurdo, Carmilla —me apresuré a interrumpirla.

—No voy a hacerlo, aun siendo tan tonta como soy y estando llena de caprichos y fantasías; por amor a ti hablaré como una sabia. ¿Has estado en algún baile?

—No. Cuéntamelo. ¿Cómo son? Debe de ser realmente maravilloso.

—Casi lo he olvidado; hace tantos años…

Me reí.

—No eres tan vieja. No puedes haber olvidado tu primer baile.

—Lo recuerdo todo… si hago un esfuerzo. Puedo verlo todo igual que los buzos ven lo que tienen arriba, a través de un medio denso, ondulante, pero transparente. Esa noche ocurrió una cosa que emborronó la imagen y difuminó sus colores. Casi me asesinan en mi cama; me hirieron aquí —se llevó la mano al pecho— y ya no he vuelto a ser la misma.

—¿Estuviste a punto de morir?

—Sí, muy cerca de morir… De un amor cruel… Un amor extraño que estuvo a punto de arrebatarme la vida. El amor ha de tener sus sacrificios. No hay sacrificio sin sangre. Ahora vayámonos a dormir. Me siento tan fatigada… No puedo levantarme ni para cerrar la puerta con llave.

Estaba tendida, con sus pequeñas manos hundidas en su abundante y ondulada cabellera que enmarcaba sus mejillas, y su cabecita sobre la almohada. Sus ojos brillantes seguían todos mis movimientos, acompañados de una especie de sonrisa tímida que yo no alcanzaba a descifrar.

Le di las buenas noches y me deslicé fuera de la habitación con una sensación incómoda.

A menudo me pregunté si nuestra bonita huésped rezaba sus oraciones. Desde luego, yo no la había visto nunca de rodillas. Por la mañana, nunca bajaba hasta mucho después de que hubieran terminado nuestras plegarias familiares, y por la noche jamás abandonaba el salón para asistir a nuestros breves rezos vespertinos en la sala.

De no haber salido casualmente en una de nuestras charlas despreocupadas el que la habían bautizado, habría tenido mis dudas de que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el que nunca le había oído decir una sola palabra. Si yo entonces hubiera conocido mejor el mundo, esa particular dejadez o antipatía no me habría sorprendido tanto.

Las preocupaciones de la gente nerviosa son contagiosas y las personas de temperamento similar acabarán sin duda, al cabo de un tiempo, por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave el dormitorio, tras meterme en la cabeza todas sus caprichosas inquietudes sobre atacantes nocturnos y asesinos al acecho. Había adoptado también sus precauciones consistentes en efectuar un breve registro por toda la habitación para quedarme tranquila y asegurarme de que en ella no se había “apostado” ningún asesino o ladrón al acecho.

Una vez tomadas tan sabias medidas me metía en la cama y me dormía. En mi habitación había siempre una luz encendida. Era esta una vieja costmbre que databa de mis primeros años y de la que nada  me habría inducido a apartarme.

Fortificada de este modo podía descansar con tranquilidad. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones oscuras u oscurecen las iluminadas y sus personajes realizan sus entradas y salidas a su placer y se ríen de los cerrajeros.

Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una extrañísima angustia.

carmillaNo puedo calificarlo de pesadilla, porque tenía plena conciencia de estar dormida. Pero tenía igualmente conciencia de encontrarme en mi habitación, tendida en mi cama, precisamente tal como realmente estaba. Vi, o imaginé ver, la habitación y su mobiliario exactamente tal como los acababa de ver; solo que había mucha oscuridad, y advertí que algo se movía por el pie de la cama, algo que, en un primer momento, no pude distinguir con precisión. Pero no tardé en percibir que se trataba de un animal negro como el hollín parecido a un gato monstruoso. Me pareció que tendría como cuatro cinco pies de largo, ya que medía tanto como la alfombra junto al hogar cuando pasó sobre ella; y continuamente iba y venía con la elástica y siniestra inquietud de un animal enjaulado. Yo no podía gritar, aunque, como podrá suponer, estaba aterrada. Su paso iba haciéndose cada vez más rápido y la habitación cada vez más oscura; finalmente, se volvió tan oscura que ya no pude ver nada en ella, salvo sus ojos. Lo sentí saltar ágilmente sobre la cama. Los dos grandes ojos se acercaron a mi rostro y súbitamente sentí un dolor punzante, como si dos grandes agujas separadas por una pulgada se me clavaran profundamente en el pecho. Me desperté dando un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que ardía en ella durante toda la noche y vi una figura femenina erguida al pie de la cama, un poco hacia el lado derecho. Llevaba un vestido oscuro y suelto, y el cabello le caía sobre los hombros, cubriéndolos. Un bloque de piedra no hubiera podido estar más inmóvil. No había en ella el menor signo de respiración. Mientras yo la miraba, la figura pareció cambiar de sitio, encontrándose entonces más cerca de la puerta; luego, cuando estuvo ya junto a ella, la puerta se abrió y aquello salió de la habitación.

Entonces me sentí aliviada y capaz de respirar y de moverme. Mi primera idea fue que Carmilla me había gastado una broma y que yo me había olvidado de cerrar la puerta con llave. Corrí hacia la puerta y me la encontré, como de costumbre, cerrada por dentro. Tenía miedo de abrirla: estaba horrorizada. Me metí en la cama de un salto y me tapé la cabeza con las sábanas, permaneciendo así, más muerta que viva, hasta el amanecer.

 

 

 

© Herederos de Joseph Sheridan Le Fanu

© Emilio Olcina, de la versión al castellano.

Tomado de Carmilla. Madrid. Alianza Editorial. 2016.