Yulino Dávila. ulmaria o ichu (goce del ermitaño)

Yul 3 a 75

(YD – Perú)

 

 

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© Yulino Dávila, del poema.

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Dolors Lluy. Efectos secundarios

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Elefantes, ballenas y árboles

 

Conozco una orilla donde los árboles van a morir.

Sus troncos se clavan en la arena

y desde lejos se confunden con

esqueletos de mástiles.

Quizás pertenezcan a antiguas embarcaciones

soterradas que descubren caprichosos los vientos,

aunque es una incógnita el cómo llegaron ahí.

 

Es habitual que las ballenas mueran en grupo,

dicen que por un extraño trastorno,

y utilizan para nombrarlo nombres complejos

y causas aún más complejas.

Pero tú y yo sabemos que eso no es cierto,

que se entregan dichosas a su destino

en un particular cortejo nupcial.

 

El mar es una necrópolis donde yacen los pecios

y se afincan continentes perdidos,

a cuyas entrañas acuden voluntarios

los que desean morir con dignidad.

 

Los elefantes no llegan al mar, pero desean hacerlo

y por ello levantan sus cementerios junto a inmensos

depósitos de agua a los que se dirigen

cuando la muerte está cerca.

Los guía su instinto, la memoria colectiva

que les recuerda dónde está el sustituto de su paraíso.

 

Los animales y los árboles no se suicidan,

acuden sin temor a su cita con la muerte.

Un sexto sentido les avisa de cuando llega su hora,

sin rebeldía ni oposición, sin cuestionarse por qué.

Y mueren sabiendo que sus restos serán útiles a otros.

 

Los hombres no perciben la señal de que ha llegado

su momento de morir.

Los hombres se sucidan —en contra de su propia naturaleza—,

generalmente por miedo. Miedo a asumir sus propios errores.

Miedo al rechazo, al dolor, miedo a sí mismos.

O bien, se resisten a morir con tratamientos y oraciones,

en un necio propósito de retrasar lo que es inevitable.

 

Del mismo modo, tan solo el hombre yace bajo tierra.

 

 

 

Diez negritos

 

Temo desaparecer si continúo

en la casa familiar,

que nos vayamos desvaneciendo todos

poco a poco.

Es posible que de algunos

aparezcan los cuerpos,

pero de otros no.

Que nos busquen por

los rincones y los cuartos,

el garaje y la cocina y no den con nosotros.

 

Desaparecer.

 

De uno a uno.

Como un barco de niebla

al disiparse,

o como los personajes de

una novela de Agatha Christie.

 

Aunque es peor nuestro caso:

todos somos inocentes.

Aquí no es necesario tender

trampas, ni acusarse los unos

a los otros.

Tampoco hay que descubrir

al culpable.

Todos conocemos

—perfectamente—,

el nombre de nuestro asesino.

 

 

 

Agua

 

En alguna otra existencia

estoy segura

de haber sido Agua.

 

Agua de (a)mar

de lluvia

o de escarcha.

 

Y es posible que aún hoy

continúe siendo Agua.

 

Gota de sudor,

de saliva

o de lágrima.

 

Pero, de cualquer modo:

Agua.

 

Tu recuerdo también es

Agua.

Porque ya no hueles.

Ya no sabes.

Ya no manchas.

 

 

© Dolors Lluy, de los poemas.

de: Efectos secundarios. Ediciones Vitrubio. Madrid. 2017.

 

William Faulkner. Sobre la crítica

william faulkner

(New Albany [Misisipi], 1897 – Byhalia [Misisipi], 1962)

Walt Whitman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura. Y aun así, ¿qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogidos estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? Ni siquiera han intentado inculcarle una reverencia por sus misterios (despojando así a la crítica incluso de su valor emocional —¿y de qué otro modo vas a controlar al rebaño si no es mediante sus emociones?, ¿hubo alguna vez alguna multitud lógica?—). De modo que no hay tradición, no hay espíritu de equipo: todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

 

Ni siquiera intentan moldear sus opiniones por él. Es cierto, resulta poco apreciado el moldear la opinión de alguien en su lugar, pero es un agradable pasatiempo el cambiar su opinión de una falacia a otra, por el bien de su alma. El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya —la superioridad de la mano sobre el ojo—. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar difíciles arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras que espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute de su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose unos a otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

 

El crítico americano permanece ciego, no solo su público sino también él, respecto a la esencia principal. Su negocio se ha convertido en gimnasia mental: se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus mentes vuelan libres ante la vistosa ampulosidad de la pirotecnia. ¿Quién no ha oído esta conversación?:

“¿Has visto el último… (escoja usted mismo)? Jones Brown está bien esta vez; él… humm, ¿cuál es ese libro? Una novela, creo… lo tengo en la punta de la lengua, de algún tío. En cualquier caso, Jones se refiere a él como un boy scout estético. Es bueno: tienes que leerlo”.

“Sí, lo haré: Brown siempre está bien, ¿te acuerdas de cuando dijo de alguien: ‘Un loro que no podía volar y que nunca había aprendido a maldecir’?”

Y aun así, cuando le preguntas por el nombre del autor, del libro o acerca de qué trata, ¡no te lo puede decir! Él tampoco lo ha leído, o no solo no le ha conmovido sino que ha esperado a leer a Brown para formarse una opinión. Y Brown no le ha ofrecido ninguna opinión en absoluto. Quizá el propio Brown no tenga ninguna.

 

¡En Inglaterra hacen este tipo de cosas mucho mejor que en América! Por supuesto que en América hay críticos igual de juiciosos y tolerantes y sólidamente preparados, pero con pocas excepciones no tienen estatus: las revistas que establecen el estándar los ignoran; o ante condiciones insoportables, ignoran a las revistas y viven fuera. En el número reciente de The Saturday Review el señor Gerald Gould, reseñando El jugador oculto[1] de Alfred Noyes dice:

“La gente no habla así… No refleja la forma de hablar común de la gente común; lo que generalmente resultaría pálido… al dar tantísimos detalles resulta confuso”.

 

Aquí está la esencia de la crítica. Tan exacta y clara y completa: no hay nada más que decir. Una crítica que no solo el público, sino también el autor, puede leer con provecho. ¿Pero qué habría hecho el crítico americano ante esto? ¿Quién de nuestros árbitros literarios habría dejado pasar esta oportunidad de referirse al señor Noyes como un “boy scout estético” o alguna otra cosa igual de pretenciosa e irrelevante?, ¿y qué lector cogería el libro con una mente imparcial, sin un ligero malestar de paternalismo y compasión… no hacia el libro, sino hacia el señor Noyes? Uno de cada cien. ¿Y qué escritor, con su propia convulsión al sufrimiento, su propio impulso a calificar de tábano a todo papel que le hostigue, podría obtener algún provecho o sustento de ser denominado una boy scout estético? Ninguno.

 

Cordura, esa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa critica al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmenes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

 

Tal como es, la competición se vuelve encarnizada. El escritor no puede empezar a competir con el crítico, está demasiado ocupado escribiendo y también está orgánicamente incapacitado para la contienda. Y si tuviese tiempo y se armase adecuadamente, sería injusto. El crítico, una vez que se ha convertido en un hábito para sus lectores, es considerado infalible por ellos; y su contacto con ellos es suficientemente directo como para permitirle tener siempre la última palabra. Y con el americano la última palabra es la que tiene peso, es la definitiva. Probablemente porque le da la oportunidad de decir algo de sí mismo.

 

 

N O T A S

[1] The Hidden Player, Frederick A. Stokes Company, Nueva York, 1924 [N. del T.].

 

 

 

© Herederos de William Faulkner

© David Sánchez Usanos, de la traducción.

de: William Faulkner. Discursos y ensayos. Capitán Swing Libros. Madrid. 2012

Antonio Gamoneda. Sobre los hongos

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(Oviedo, 1931)

 

Plinio y otros autores piensan que los hongos son enfermedad de los árboles, una especie de sarna por abrasamiento del sol y corrupción del rocío, sin otra utilidad que ayudar a los seborreicos en el desprendimiento de la caspa, y Dioscórides, seguido por Laguna, derrama fantasía afirmando la indomable ponzoña de los que nacen cerca de clavos con herrumbre, paños podridos, cueva de serpiente o agua infecciosa.

Siendo verdad que la muerte anda suelta entre los hongos, no lo es esta condenación universal. Tienen razón, en modo general, Dioscórides y Laguna, declarando venenosos a los que cambian de color y terminan siendo violáceos o negros al ser cortados; no yerran avisando que el cornezuelo del centeno gangrena la cresta de los gallos y, en los hombres racionales, los dedos y narices y todos los lugares donde prosperan los sabañones; es verdad que son innumerables los hongos maléficos y, entre ellos, como reina tenebrosa, la amanita faloide, vulgo meaperros, que, enfriando el cerebro, mata en seis horas de convulsiones tetánicas, pero esto no ha de servir para negar, en muchos otros, sus potencias saludables, algunas de las cuales quedan ya dichas, ni las temibles maravillas que, con alguna inocencia, proclama el códice de Kratevas.

Relata este que, habiendo acompañado a Diofanto en una expedición al Quersoneso, tuvo ocasión de trato con pastores de caballos que del Septentrión asiático descendían a Crimea para comerciar con pieles desconocidas en las orillas pónticas. Estos pueblos eran tártaros y obedecían a chamanes que guardaban secretas algunas substancias, y estas eran parte de su dignidad y fuerza. Se decía que tales substancias contenían poder de visión antes y después del instante y en todos los lugares de la tierra, por lejanos que fuesen, hasta alcanzar los montes y lagos donde se esconden los dioses y los muertos.

La naturaleza de los chamanes era conocida, pero no podía decirse entre los suyos porque el nombre llevaba consigo la causa activa por la cual estaban vivos y muertos al mismo tiempo y en sus ojos no había distinción entre lo visible y lo invisible. Era sabido que descendían de unos a modo de dioses, que, en tierras y tiempos también innombrables, habían sido derrotados por seres aún más fuertes.

Con estos chamanes, así lo confiesa, quería tener comercio Kratevas, y debió de lograrlo porque hace promesa de dar cuenta de ello en un códice distinto, que no llegó a escribir o que se ha perdido, y porque ya en este habla de una sera de hongos que, envueltos en turba, se multiplicaban con el calor del camino en su regreso a Pérgamo. Estos hongos, según el hilo de los nombres y la ciencia botánica, eran la amanita muscaria (llamada así porque mueren las moscas que entran en su aura) que brota en el verano asiático y, en Siberia, es una existencia sagrada. También se encuentra entre nosotros y no es imposible hallarla en la profundidad de los hayedos. Los catalanes la llaman rey tiñoso.

Y dice Kratevas finalmente:

    ..   “Los frutos asiáticos se conservaron frescos en la turba que yo mismo humedecía con aguas limpias, y, pasada una lunación, pedí a Mitríades tres hombres de los que retenía en Amasia para las obras públicas, y lo hice porque estos pertenecían a naciones tibarenas y cálibes, próximas y semejantes a la de los pastores nómadas que visitaban el Cáucaso. Eran medianos de estatura pero tenían la espalda fuerte y completos los dientes. Ya en mi casa, hice que les quitaen las cadenas y que los custodiasen en patios separados.

………“Ofrecí al primero de ellos cinco frutos frescos y pequeños, y este, que entendía de nuestras lenguas y conocía, a lo que se ve, la especie frutal me rogó un día de plazo para poder comerlos antes del amanecer, ‘a la hora de hacer sonar las flautas’, dijo, tomado quizás por la sabiduría de los recuerdos. Así lo hice y, al día siguiente, masticados los frutos, vi en media hora que le provocaban vómitos y que los retenía apretando los dientes. Después empezó a mecer acompasadamente la cabeza y a cantar en lengua desconocida; más tarde, se desnudó, y su miembro estaba rígido, y bailó en modo giratorio hasta que su cuerpo no pudo sostenerse y cayó en un gran sueño del que despertó en diez horas, y, habiéndole yo preguntado, besó mis manos y me hizo relato de cómo había remontado suavemente un gran río y llegado a su país en tiempo solar de recolección, y encontró a los suyos en salud, incluso a los muertos muy antiguos. Luego, había bebido espuma dorada con los jóvenes y, según la costumbre, yacido dulcemente con su hermana en el lecho y acariciado los cabellos de su madre.

………“Al segundo le puse en las manos cinco frutos entre pequeños y grandes, y rehuía dos que le hice tragar por la fuerza. No tuvo vómitos, sin embargo. Vi aumentar el diámetro de sus pupilas, que fulgían en la oscuridad como si el fuego abriese círculos en sus ojos consumiendo las partes del agua. Habiéndole ofrecido un cuenco de leche fresca, la derramó con violencia y, en sus movimientos, que eran como danza convulsa, ponía gran fuerza corporal, de modo que hubo instantes en que vi sus piernas por encima de mi cabeza. Durante algún tiempo, se inmovilizó vigilante, y pude darme cuenta de que sentía los pasos y el olor de las mujeres de la casa que abandonaban sus lechos, de la misma forma que un animal cuyo oído y olfato le avisaran agudísimos. De pronto, comenzó a sollozar y, después, a pronunciar palabras incomprensibles sumidas en alaridos, al tiempo que con las uñas abría sus propias carnes. Hubo un tiempo en que pareció sosegarse, pero solo fue el necesario para orinar varias veces en el regazo formado por sus manos y beber el líquido, caliente y amarillo como el de una acémila, el cual debía llevar consigo la substancia frenética, ya que fue a más aullando y, con inalcanzable ligereza, trepó sobre el medianil de los claustros y se perdió en la profundidad de la casa, donde, más tarde, los criados lo hallaron ahoracado por sí mismo.

………“Hice que el tercero, después de mostrárselos, comiese, majados, cinco frutos grandes, los que, aterrorizado, quería rechazar, y pronto presentó síntomas de paroxismo mediante durísimas convulsiones en las que se oía la contracción de los huesos al tiempo que sus globos oculares salían de entre los párpados y manaban sangre sus oídos. Al cabo de estas violencias, se derrumbó como un animal corpulento y, ahogado en sus propios líquidos, dejó de latir.

………“Pude saber, pues, que el fruto asiático es causa de locura feliz o de desesperanza y muerte según la cantidad, y pensando en la alegría y salud del primer cálibe, al que mantuve en mi casa largo tiempo y por ella me seguía silencioso y prudente como un animal agradecido, quise sentir en mí la suavidad de tales sueños, para lo cual, en el secreto de mi cámara y antes de un amanecer, puse en mi boca dos frutos pequeños y limpios, los cuales eran amargos como hiel de perro, pero dejaban finalmente una gran frescura que se extendió por todo mi cuerpo de modo que llegué a notar algún frío, y, más tarde, lo que me pareció vaciamiento de espíritus, como si estos, sin hacerse sentir, saliesen del corazón y se aquietasen suspendidos sobre mi cuerpo.

………“Quedaba en mí una alegría sin causa que no cesó al sobrevenir fuertes náuseas, que contuve como había visto hacer al cálibe, y, habiendo cesado, vi los muros verdes de la cámara arder en su geometría, y que, de un gran espacio, descendían hacia mí, sin llegar a tocarme, sucesivas pirámides de luz que no cegaba porque era a la vez poderosa y sutil. Estas pirámides salían unas de otras, habitadas por colores ante los que nada eran los colores de la existencia. Después vi construcciones de oro que crecían incesantes, y sobre ellas se cernían grandes pájaros blancos que se movían con lentitud precisa y semejaban astros vivientes. Sentí también una música que carecía de divisiones y en su razón y grados no era distinta del silencio, y mi cuerpo participaba de sus átomos, los cuales se movían componiendo vientos pacíficos.

………“Todas aquellas cosas eran tan verdaderas que, puestas al lado de los seres y materias de la convivencia natural, estos no serían más que apariencias vacías. No parecía existir tampoco el tiempo; sin embargo, en cierto punto, empecé a descender y lo hacía creyendo que aquel abismo no cesaría nunca en su profundidad, mas no fue así porque, sin advertir el modo, me encontré caído y desnudo en mi  cámara, y, aún dentro del sueño, pude escuchar mi propio llanto.

………“No queriendo despertar, me arrastré hasta alcanzar el vaso de plata que contenía aún algunos pequeños frutos, y comí tres de ellos y volví a estar libre de pesadumbre. Entonces, mis visiones entraron en mudanza: sentí ríos anchos y profundos en los que mi cuerpo era uno con su caudal, y en ellos pude llegar a una tierra blanca y carente de sombras, que, siempre en silencio, fue poblándose de animales sin especie y de seres humanos cuyos rostros eran y no eran los de algunos muertos amados. Se sentía que el tiempo de la eternidad era menos que un relámpago y, quizás por ello, que aquella existencia se daba en grados de naturaleza desconocida, aunque sus formas sin peso se inclinaban a la tristeza.

………“En este lugar, comencé a sentir, sin llegar a verlo, un vapor que se extendía sobre arenales y ruinas y estaba formado por agregación de espíritus. Y supe que aquello no era otra cosa que el futuro mortal, que aquí se entendía como pasado. Pude ver la ruina de las naciones pónticas y que, en el espesor de la niebla, no se distinguía la consistencia de los reyes de la de los esclavos, sino que todos eran parte informe de una misma desaparición.

………“Otra vez sentí mi llanto y, habiéndose sumido la niebla, me encontré cerca de las ruinas y, dentro de ellas, pude ver cómo, también llorando, Pysto, el servido gálata de Mitríades, muy envejecido, hacía entrar su cuchillo en la garganta del señor, y este era un pálido anciano que, sintiendo entrar el acero, solo manifestaba indiferencia, como si contemplase una inmensidad vacía.

………“La sangre de Mitríades avanzaba creciente hacia mí, y, con el temor de ver también mi propia muerte, desperté”.

 

 

 

© Antonio Gamoneda, del texto.

de: Libro de los venenos. Ediciones Siruela. Madrid. 1997.

Herta Müller. La oración fúnebre

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(Niţchidorf, Rumania, 1953)

 

En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra.

Apagué el televisor.

Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.

Llevaba su vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía en traje de novio. Solo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba sudando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.

En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.

En las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera en verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de  arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.

El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante unas semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.

El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.

El otro hombrecillo borracho siguió hablando:

Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante unas semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.

El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.

Luego colocó una piedra gruesa sobre el ataúd.

El predicador estaba junto a una cruz de mármol blanco. Se dirigió hacia mí. Tenía ambas manos sepultadas en los bolsillos de su hábito.

El predicador se había puesto en el ojal una rosa del tamaño de una mano. Era aterciopelada. Cuando llegó a mi lado, sacó una mano del bolsillo. Era un puño. Quiso estirar los dedos y no pudo. Los ojos se le hincharon del dolor. Rompió a llorar en silencio.

En tiempos de guerra uno se entiende con sus paisanos, dijo. No aceptan órdenes.

Y el predicador colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.

De pronto se instaló a mi lado un hombre gordo. Su cabeza parecía un tubo y no tenía cara.

Tu padre se acostó durante años con mi mujer, dijo. Me chantajeaba estando yo borracho y me robaba el dinero.

Se sentó sobre una piedra.

Luego se me acercó una mujer flaca y arrugada, escupió a la tierra y me dijo ¡qué asco!

La comitiva fúnebre estaba en el extremo opuesto de la fosa. Bajé la mirada y me asusté, porque se me veían los senos. Sentí mucho frío.

Todos tenían los ojos puestos en mí. Unos ojos vacíos. Sus pupilas punzaban bajo los párpados. Los hombres llevaban fusiles en bandolera, y las mujeres desgranaban sus rosarios.

El predicador se puso a juguetear con su rosa. Le arrancó un pétalo color sangre y se lo comió.

Me hizo una señal con la mano. Me di cuenta de que tenía que decir unas palabras. Todos me miraban.

No se me ocurría nada. Los ojos se me subieron por la garganta a la cabeza. Me llevé la mano a la boca y me mordí los dedos. En el dorso de mi mano se veían las huellas de mis dientes. Unos dientes cálidos. Por las comisuras de los labios empezó a gotear sangre sobre mis hombros.

El viento me había arrancado una de las mangas del vestido, que ondeaba ligera y negra en el aire.

Un hombre apoyó su bastón de caminante contra una gruesa piedra. Apuntó con un fusil y disparó a la manga. Cuando cayó al suelo ante mi cara, estaba llena de sangre. La comitiva fúnebre aplaudió.

Mi brazo estaba desnudo. Sentí cómo se petrificaba al contacto con el aire.

El predicador hizo una señal. Los apausos enmudecieron.

Estamos orgullosos de nuestra comunidad. Nuestra habilidad nos preserva del naufragio. No nos dejamos insultar, dijo. No nos dejamos calumniar. En nombre de nuestra comunidad alemana serás condenada a muerte.

Todos me apuntaron con sus fusiles. En mi cabeza retumbó una detonación ensordecedora.

Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una.

Mi madre había vaciado todas las habitaciones.

En el cuarto donde habían velado el cadáver se veía ahora una gran mesa. Era una mesa de matarife. Encima había un plato blanco vacío y un florero con un ramillete ajado de flores blancas.

Mamá llevaba puesto un vestido negro y transparente. En la mano tenía un cuchillo enorme. Se acercó al espejo y se cortó la gruesa trenza gris con el cuchillo enorme. Luego la llevó a la mesa con ambas manos y puso uno de sus extremos en el plato.

Vestiré de negro toda mi vida, dijo.

Encendió uno de los extremos de la trenza, que iba de un lado a otro de la mesa. La trenza ardió como una mecha. El fuego lamía y devoraba.

En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo. Apenas podía caminar de hambre. De noche me metía a rastras en un campo de nabos. El guardián tenía un fusil. Si me hubiera visto, me habría matado. Era un campo silencioso. El otoño tocaba a su fin y las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.

No volví a ver a mi madre. La trenza seguía ardiendo. La habitación estaba llena de humo.

Te han matado, dijo mi madre.

No volvimos a vernos por la cantidad de humo que había en la habitación. Oí sus pasos muy cerca de mí. Estiré los brazos tratando de aferrarla.

De pronto enganchó su mano huesuda en mi pelo. Me sacudió la cabeza. Yo grité.

Abrí bruscamente los ojos. La habitación daba vueltas. Yo yacía en una esfera de flores blancas ajadas y estaba encerrada.

Luego tuve la sensación de que todo el bloque de viviendas se volcaba y se vaciaba en el suelo.

Sonó el despertador. Era un sábado por la mañana, a las seis y media.

 

 

© Herta Müller

© Juan José del Solar, de la versión al castellano.

Milo de Angelis. Veremos domingo

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(Milán, 1951)

 

 

Contar los segundos, los vagones del Eurostar[1], verte

bajar del número nueve, el carrito, la sonrisa,

las palpitaciones, la noticia, la gran noticia.

Esto sucedió, en 1990. Sucedió, ciertamente

sucedió. Y antes de eso, el chapuzón en el Ticino,

mientras el balón desaparecía. Sucedió.

Hemos visto la apertura y el nacimiento de un instante.

Las hadas regresaban a las viviendas populares, el huracán

llenaba un cielo alucinado. Cada cosa estaba allí,

desierta y llena, para nosotros que esperamos.

 

 

 

*

Milán era asfalto, asfalto derretido. En el desierto

de un jardín se produjo la caricia, la penumbra

endulzada que invadió las hojas, hora sin juicio,

espacio absoluto de una lágrima. Un instante

en equilibrio entre dos nombres avanzó hacia nosotros,

se hizo luminoso, se posó respirando sobre el pecho,

sobre la gran presencia desconocida. Morir fue aquel

desmoronamiento de las líneas, nosotros allí y el gesto

por todos lados, nosotros dispersos en las

supremas tensiones del verano,

nosotros entre los huesos y la esencia de la tierra.

 

 

 

*

No es posible. El llanto que se transformaba

en una risa loca, las noches pasadas

corriendo por Via Crescenzago, persiguiendo el neón

de un quiosco. No es posible. No es tampoco nuestra

la palpitación de esperar la medianoche, esperar

hasta que la medianoche entra en su verdadero tumulto,

en el frenesí de todas las horas, de todas las horas.

No es posible. Uno solo es el tiempo, una sola

la muerte, pocas las obsesiones, pocas

las noches de amor, pocos los besos, pocas las calles

que nos alejan de nosotros, pocos los poemas.

 

 

 

*

Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda

la respiración se concentraba en el collar. Las sombras

de Lambrate[2] cerraron la puerta. Toda la habitación,

absorta, se convirtió en el primer latido. El negro

de tus cabellos contra el amarillo del último rayo.

Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.

El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba

ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único

y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía

permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.

 

 

 

*

No quedaba tiempo. La habitación había entrado en un vial.

Ya no era posible compartir la esencia. Ya no tenías

el collar. No te quedaba tiempo. El tiempo era una luz

marina entre las persianas, una fiesta de hermanas,

la herida, el agua en la garganta, Villa Litta[3]. Ya no había

día. La sombra de la tierra llenaba los ojos

con el miedo de los colores perdidos. Cada molécula

permanecía a la espera. Hemos visto el remiendo

de las manos. No había luz. Todavía nos siguen

llamando, juzgados desde una estrella que no se mueve.

 

 

 

*

En el verano del tiempo humano, en el último verano,

estaban todas las calles. La Prenestina

con sus rondas llegaba al mar

de Taranto vieja y a los jardines de Porta Venezia,

geografía de uniones inesperadas, tiempo que no se pierde,

todas las calles, todos los amores inmersos en uno solo

y renacidos, todos los pasos ante el portal, las miradas

en el intercomunicador, todas las voces, los acentos, las sílabas,

tú que salías sonriente con tu colbac

y caminabas decidida hacia el autobús.

 

 

 

*

Hubo un cumpleaños, al inicio, ciertamente.

Cinco velitas azules, los familiares que nunca vemos,

los vivas. Hubo, hubo todo aquello.

El decimoquinto fue en Monferrato, recuerdo,

con Luisella y Cristiana, el torneo de lucha en el Po,

el cuerpo vencido, el seno entrevisto. Ocurrió allí.

En el misterioso tumulto se formaba una osamenta, el sentido

de las horas truncadas. Todo estaba más cerca de la sangre

que del arco iris. Ocurrió. Ocurrió. Los ojos

buscaban, en la materia inquieta, una incisión.

En el rostro envejecido de una mujer, el mundo

entero se marchitaba. Luego, en una heroína, renacía. Leche

y cruz. Vía de los desaparecidos. Tarea escrita.

 

 

 

*

En ti se reúnen todas las muertes, todos

los vidrios hecho pedazos, las páginas secas, los desequilibrios

del pensamiento, se reúnen en ti, culpable

de todas las muertes, incompleta y culpable,

en la vigilia de todas las madres, en la tuya

inmóvil. Se reúnen allí, en tus

débiles manos. Están muertas las manzanas de este mercado,

estos poemas regresan a su gramática,

a la habitación de hotel, a la cabaña

de aquello que no se une, alma sin descanso,

labios envejecidos, corteza arrancada del tronco.

Están muertos. Se reúnen allí. Han fallado,

han fallado en la operación.

 

 

 

*

El lugar inmóvil, la palabra oscura. Aquel era

el lugar designado. Adiós recuerdo de noches

luminosas, adiós gran sonrisa. El lugar era allí.

Respirar era una oscuridad de persianas, un estar primitivo.

Silencio y desierto intercambiaban el rostro y nosotros

hablábamos a una luz. El lugar era aquel. Los tranvías

casi no pasaban. Venus regresaba a su cabaña.

De la garganta guerrera se desprendían episodios. No dijimos

nada más. El lugar era aquel. Era allí

donde estabas muriendo.

 

 

 

 

*

Las naciones se ahogan, las torres se derrumban, un caos

de lenguas y de colores, traumas y nuevos amores,

entra en Bovisasca[4], elimina el siglo XX

de la soledad maestra, de nuestro verso

colgado en el vacío. Otras mujeres evitan

los desperdicios del mercado, en la nueva miseria

de este instante. Me siento en el café debajo de casa,

observo el paisaje de Sironi[5], en un solitario

doce de agosto, empiezo a convocar las sombras.

 

Observo nuevamente a mi padre en una ciudad de mar, un aire

a Belle Époque y una sonrisa extraviada de muchacho.

Y luego a Paoletta que sobre el tatami consiguió

la victoria a tres segundos del final. Y a Roberta

que ha dedicado su vida. Y a Giovanna,

en un silencio de hospital, cuando el tiempo

revela sus grandes paradigmas.

 

“Volverán vivos los amores tenebrosos

que en medio de los años dejaron

una espina, volverán, volverán luminosos”.

 

 

© Milo de Angelis, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

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N O T A S

[1] Nombre comercial de los servicios ferroviarios de alta velocidad prestados por Eurostar Group y que comunican Londres con París y con Bruselas a través del Eurotúnel, ubicado en el Canal de la Mancha.

[2] Barrio de Milán situado en la periferia oriental de la ciudad.

[3] Edificio que se encuentra en el barrio de Affori construido hacia finales del siglo XVII a pedido del marqués Pier Paolo Corbella. Con el correr del tiempo sus jardines fueron creciendo hasta convertirse en uno de los lugares más pintorescos de la capital lombarda.

[4] Otro de los barrios de Milán, ubicado al norte y que pertenece al Municipio 9.

[5] Se refiere a uno de los cuadros de Mario Sironi (Sassari, 1885 – Milán, 1961), gran parte de su obra pictórica estuvo dedicada a los paisajes urbanos y zonas industriales enmarcadas en un contexto de angustiosa soledad y de un alienante sentido de progreso.

Julio Ramón Ribeyro. Dichos de Luder

ribeyro

(Lima, 1929 – 1994)

 

*

—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.

—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.

 

 

*

—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.

 

 

*

—Un libro magistral —dice Luder— puede ser un agregado de frases banales, del mismo modo que con una sucesión de frases geniales no se hace un libro magistral. En el arte literario, curiosamente, el todo no es la suma de las partes.

 

 

*

—Grandes artistas son los que dan origen a una escuela —dice Luder—. Pero prefiero a los que desalientan con su obra toda tentativa de imitación.

 

 

*

Encuentran a Luder abatido ante una revista abierta.

—¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección!

—¿Y eso te molesta?

—¡Naturalmente! El gran arte consiste no en el perfeccionamiento de un estilo, sino en la irrupción de un nuevo estilo.

 

 

*

Le muestran un artículo en el que se habla de todos los escritores de su generación menos de él.

—Me libré de la redada —dice Luder.

 

 

*

—Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a uno.

 

 

*

—Literatura es impostura —dice Luder—. Por algo riman.

 

 

 

© herederos de Julio Ramón Ribeyro

de Dichos de Luder. Jaime Campodónico Editor. Lima. 1992.