Octavio Paz. Lenguaje-espacio-tiempo

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(México, 1914-1998)

La fijeza es siempre momentánea. ¿Cómo puede serlo siempre? Si lo fuese, no sería momentánea —o no sería fijeza. ¿Qué quise decir con esta frase? Probablemente tenía en mientes la oposición entre movimiento e inmovilidad, una oposición que el adverbio siempre designa como incesante y universal: se extiende a todas las épocas y comprende a todas las circunstancias. Mi frase tiende a disolver esa oposición y así se presenta como una taimada transgresión del principio de identidad. Taimada porque escogí la palabra momentánea como el complemento de fijeza para atenuar la violencia del contraste entre movimiento e inmovilidad. Una pequeña superchería retórica destinada a darle apariencia de plausibilidad a la infracción de la lógica. Las relaciones entre la lógica y la moral son inquietantes: es turbadora la facilidad con que el lenguaje se tuerce y no lo es menos que nuestro espíritu acepte tan dócilmente esos juegos perversos. Deberíamos someter el lenguaje a un régimen de pan y agua, si queremos que no se corrompa y nos corrompa. (Lo malo es que régimen-de-pan-y-agua es una expresión figurada como lo es la corrupción-del-lenguaje-y-sus-contagios). Hay que destejer (otra metáfora) inclusive las frases más simples para averiguar qué es lo que encierran (más expresiones figuradas) y de qué y cómo están hechas (¿de qué está hecho el lenguaje? y, sobre todo, ¿está hecho o es algo que perpetuamente se está haciendo?). Destejer el tejido verbal: la realidad aparecerá. (Dos metáforas). ¿La realidad será el reverso del tejido, el reverso de la metáfora —aquello que está del otro lado del lenguaje? (El lenguaje no tiene reverso ni cara ni lados). Quizás la realidad también es una metáforta (¿de qué y/o de quién?). Quizás las cosas no son sino palabras: metáforas, palabras de otras cosas. ¿Con quién y de qué hablan las cosas-palabras? (Esta página es un saco de palabras-cosas). Tal vez, a la manera de las cosas que hablan con ellas mismas en su lenguaje de cosas, el lenguaje no habla de cosas ni del mundo: habla de sí mismo y consigo mismo. (Thoughts of a dry brain in a dry season). Ciertas realidades no se pueden enunciar, pero cito de memoria, “son aquello que se muestra en el lenguaje sin que el lenguaje lo enuncie”. Son aquello que el lenguaje no dice y así dice. (Aquello que se muestra en el lenguaje no es el silencio, que por definición no dice, ni aquello que diría el silencio si hablase, si dejase de ser silencio, sino…) Aquello que se dice en el lenguaje sin que el lenguaje lo diga, es decir (¿es decir?): aquello que realmente se dice (aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es ni silencio ni voz, aparece) es aquello que el lenguaje calla (la fijeza es siempre momentánea).

 

Vuelvo a mi observación inicial: por medio de una sucesión de análisis pacientes y en dirección contraria a la actividad normal del hablante, cuya función consiste en producir y contruir frases, mientras que aquí se trata de desmontarlas y desacoplarlas —desconstruirlas, por decirlo así—, deberíamos remontar la corriente, desandar el camino y de expresión figurada en expresión figurada llegar hasta la raíz, la palabra original, primordial, de la cual todas las otras son metáforas. Momentánea es metáfora —¿de qué otra palabra? Al escogerla como complemento de fijeza incurrí en esa frecuente confusión que consiste en atribuir propiedades espaciales al tiempo y propiedades temporales al espacio, como cuando decimos “a lo largo del año”, la “carrera de las horas”, el “avance del minutero” y otras expresiones de ese jaez. Si se sustituye la expresión figurada por la directa, aparecerá el contrasentido: la fijeza es (siempre) movimiento. A su vez, fijeza es una metáfora. ¿Qué quise decir con esa palabra? Tal vez: aquello que no cambia. Así, la frase podría haber sido: lo que no cambia es (siempre) movimiento. El resultado no es satisfactorio: la oposición entre no-cambio y movimiento no es neta, la ambigüedad reaparece. Puesto que movimiento es una metáfora de cambio, lo mejor será decir: no-cambio es (siempre) cambio. Al fin parece que he llegado al desequilibrio deseado. Sin embargo, cambio no es la palabra original que busco: es una figura de devenir. Al sustituir cambio por devenir, la relación entre los dos términos se altera, de modo que debo reemplazar no-cambio por permanencia, que es una metáfora de fijeza como devenir lo es de llegar-a-ser que, por su parte, es una metáfora del tiempo en sus transformaciones incesantes… No hay principio, no hay palabra original, cada una es una metáfora de otra palabra que es una metáfora de otra y así sucesivamente. Todas son traduccines de traducciones. Transparencia en la que el haz es el envés: la fijeza siempre es momentánea.

 

Empiezo de nuevo: si es un contrasentido decir que la fijeza siempre es momentánea, no lo será decir que nunca lo es. La luz del sol de esta mañana ha caído sin interrupción sobre la inmóvil superficie de la mesita negra que está en un rincón del patio de vecinos (al fin tiene una función en estas páginas: me sirve de ejemplo en una demostración incierta) durante el poco tiempo en que se despejó el cielo anubarrado: unos quince minutos, lo suficientes para mostrar la falsedad de la frase: la fijeza nunca es momentánea. El tordo plateado y oliváceo, posado en un filo de sombra, él mismo sombra afilada vuelto luz erguida entre y contra los diversos resplandores de los vidrios rotos de botella encajados en los bordes de un muro a la hora en que las reverberaciones deshabitan el espacio, reflejo entre reflejos, instantánea claridad aguzada hecha de un pico, una plumas y el brillo de un par de ojos; la lagartija gris y triangular, espolvoreada por una finísima materia apenas verdosa, quieta en una hendedura de otra barda de otra tarde en otro lugar: no una piedra veteada sino un trozo de mercurio animal; la mata de hojas frescas sobre las que de un día para otro, sin previo aviso, aparece un orín color de fuego que no es sino la marca de las armas rojas del otoño y que inmediatamente pasa por diversos estados, como la brasa que se aviva antes de extinguirse, del cobre al tinto y del leonado al requemado: en cada momento y en cada estado siempre la misma planta; la mariposa aquella que vi un mediodía en Kasauli, clavada sobre un girasol negro y amarillo como ella, las alas abiertas, ya una muy tenue lámina de oro peruano en la que se hubiese concentrado todo el sol de los Himalayas —están fijos, no allá: aquí, en mi mente, fijos por un instante. La fijeza siempre es momentánea.

 

Mi frase es un momento, el momento de fijeza, en el monólogo de Zenón de Elea y Hui Shih (“Hoy salgo hacia Yüeh y llego ayer”). En ese monólogo uno de los términos acaba por devorar al otro: o la inmovilidad solo es un estado del movimiento (como en mi frase) o el movimiento solo es una ilusión de la inmovilidad (como entre los hindúes). Por tanto, no hay que decir ni siempre ni nunca, sino casi siempre o casi nunca, solo de vez en cuando o más de lo que generalmente se piensa y menos de lo que esta expresión podría indicar, en muchas ocasiones o en rarísimas, con cierta constancia o no disponemos de elementos suficientes para afirmar con certeza si es periódica o irregular: la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza… Todo esto quiere decir que la fijeza nunca es enteramente fijeza y que siempre es un momento del cambio. La fijeza es siempre momentánea.

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© Herederos de Octavio Paz

de: El Mono Gramático. Seix Barral. Barcelona. 2014

 

Luis Miguel Hermoza. PUEBLO JOVEN

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(Trujillo, Perú – 1977)

 

V

Peces de dos cabezas sueltan burbujas

que en la superficie revientan

Niños de una cabeza les lanzan piedras

Es la única forma de cazarlos

a los niños

 

El puente cayó anoche

y ha dejado mi ciudad sumida

en una isla

 

Muchas horas dormimos pero también jugamos

a que podemos caminar sobre el agua

pierde el que se ahoga primero

en otras palabras el que se atreve

 

No hay tormentas

ni lluvia de granizo

 

No hay huracanes

que nos quiten el sueño

 

Recorremos la autopista

hasta la Cueva de Murciélagos

no tienen mucho que contarse pero hablan entre sí

y cuando se asustan apestan

 

Ellos salen de noche pero cada vez

quedan menos horas

 

 

VI

Perros callejeros van

por lo que queda de la calle

 

Sus familias desaparecieron cuando el cielo les cayó encima

otros perros se hicieron cargo de los restos

aves de rapiña de distintos colores

poblaron el cielo como una nube

gatos salvajes

hienas venidas del desierto

niños que buscaban comida

hasta que llegó la noche y con ella el olvido

 

Todos nos hacemos a un lado cuando llegan

si es que no nos escondemos

las veces que a lo lejos vemos el polvo que levantan

 

Entonces oramos a nuestra suerte que nos abandona

para que esta vez

no

lo haga

 

No son guerreros de ejércitos enemigos

Pero como si lo fueran

 

 

*

Podemos doblar barrotes con las manos

romper vidrios con los dientes

 

hacer polvo las rocas con los dedos

mover montañas

 

perforar paredes con el láser rojo de nuestros ojos

mandar de vuelta a casa las olas

 

las lluvias con sus tormentas bajo el brazo

la arena enloquecida con su vorágine en la espalda

 

las cumbres con sus barbas blancas en la maleta

derrumbar acantilados con la energía acumulada de nuestras palmas

 

derribar aves de hierro de un escupitajo

apagar volcanes con la orina

 

desviar tormentas con un soplo

incendiar bosques con un tronar de dedos

 

convertirlos en desiertos y los desiertos llenarlos de agua

secar los ríos

 

secar los lagos

bebernos hasta la última gota de las fuentes

 

eructar el pasado que comienza ahora

hacer vibrar las cuevas

 

hacer huir los animales

hacer caer los frutos verdes de un solo grito

 

hacer el amor cien veces antes de que la noche

caiga

 

ahogar en placenta cada una de nuestras consciencias

apagar los remordimientos como una vela

 

mirar el horizonte saber que es nuestro

porque sí es nuestro n u e s t r o

 

que es lo mismo a MÍO pero

cuando se abre la tierra y nos traga

 

pero cuando se abre la tierra y nos traga

pero cuando se abre la tierra

 

y nos

traga

 

de: Pueblo Joven
(Londres, Trafalgar Square, 2011;
México D.F., Cátedra Miguel Escobar G., 2012)

 

 

IV. en la pantalla de mi ordenador, tres adolescentes se disponen a desnudarse, tienen entre once y trece años y van a una escuela de New Auckland, todo esto lo sé porque he seguido la conversación que entablan con el mundo desde que la casualidad me hizo toparme con ellas, el mundo somos veintisiete individuos, la mayoría, como yo, anónimos y silenciosos, otros sin embargo seres de carne y hueso, adolescentes semidesnudos que además muestran sus caras y que esperan, con su inglés lleno de jerga, alentarlas hasta que nada las cubra, ellas responden al nick xxlovefallingyouxx y yo les creo, morado, el presidente, su mano impecable en alto está jurando por Dios, los seres vivos, los muertos que tuvimos y tendremos, su mentón como una melodía afilada frente a una ventana que da al río, las aguas corren lentas por el río, al final de la tarde el sol se refleja como un ojo de fuego que las entibia, pero es mentira, afuera hace un frío de inicios de primavera y el agua que baja recoge toda la severidad de las cumbres, Morgane toma café o té frente a otra ventana, tiene veintidós años y cuando no está de vacaciones va a la universidad de Aix-en-Provence, todos los jóvenes de la región dejan sus ciudades y pueblos para estudiar en Aix-en-Provence, se aburren, follan, y se vuelven a aburrir, se emborrachan, y ni bien pueden huyen, las chicas a países tropicales donde reposar los senos, los chicos a la gran ciudad que los espera con sus piernas abiertas que huelen a cloaca, todos nos internamos en las ciudades y como niños ahí crecemos y volvemos a crecer, hoy desenfundé un disco de Cocteau Twins y me acordé de mis amigos de la infancia, las naves que montábamos eran caballos que iluminaban la avenida polvorienta, había planetas sin nombre, habitantes sin alguna cosa, personajes que nunca antes habíamos visto y nunca más volveríamos a ver, algunos, de nosotros, se perdieron, es decir no regresaron, entre las selvas que saltaban de las esquinas como olas del pantano, troncos, moho y un carbunclo es lo que pudimos recuperar de ellos y lo que mostramos a sus familias como prueba, al acabar la tarde, nuestras madres o niñeras gritaban nuestros nombres desde la boca del pozo, sonrientes y pintadas parecían todas un eclipse, he escuchado cientos de veces Pandora, antes de dormir y al levantarme, cuando mi madre asomaba la cabeza para comprobar si aún dormía Arturo o no, cuando venía Grieg, Liszt y sus amigos compositores de nombres monosilábicos a beber y danzar, los he visto sacar la cabeza por las escotillas y vomitar, los he visto pegar gritos que rasgaban tímpanos, los he visto hablar con demonios que solo existían en sus cabezas, retozar en el lodo, destrozar cintas de los grupos que odiaban, los he visto reducir perros, robar libros, hacer rugir guitarras eléctricas, mear en los árboles de las casas que alojaban la fiesta, asesinar, desatar su odio, jugar a la pelota con una cabeza Maya, los he visto integrar sectas, copular, chatear, cantar boleros, partir por las vías del tren con una mochila en los hombros, crear una gran mentira que de decirla tanto terminaban creyendo, me siento orgulloso de ellos y de todo lo que hicimos y dejamos de hacer, también me siento orgulloso de estas tres chicas que muestran la vorágine de sus sexos y convierten la penumbra de nuestras habitaciones en un pequeño caos fluvial, la gente se lanza de las embarcaciones abandonando sus objetos personales que tragará el río, ellas siguen las indicaciones de un individuo, el más simpático de todos, que porta una máscara anti-gas, de alguna manera, me hacen pensar en los pequeños monstruos con los que me crucé cuando niño, con los que fui creciendo, un día me dejaron, un día decidieron no quedarse, pero cuando vuelven a rendirme una visita no queda cabeza que se parezca a algo, mi psicólogo me cuenta historias de terror, mi psiquiatra me receta pastillas de colores, mi psicoanalista me quiere cobrar 90 euros la hora, mi jefe dice que debo producir más, los caballos pastan en la jungla seca, las culebras buscan pareja entre los matorrales que prenden fuego, el agua se fue huyendo del ganado y el ganado no sabe qué hacer

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V. una mañana descubrí algo nuevo en mi cara, en la punta de mi nariz había un punto dorado, resplandecía como un pequeño sol sobre una gran montaña, que derrite la nieve y la convierte en río donde solo los peces escamas de bronce sobreviven, osos, zorros y marmotas acometían con sus acciones cotidianas que les demandaban sus respectivas supervivencias, era un sol de inicios de primavera, no me preocupé, salí a la calle, saludé a mi amigo el cojo que vende suerte, al jorobado que vende fruta, al tuerto que vende almas, juntos parecían una banda de rock en busca de bajista, pero esta vez los saludé por separado, de camino a la estación cayó una tormenta en la que desde luego no traía paraguas, así que me empapé bajo el toldo de un comercio abandonado, que tampoco resistió la violencia del agua ni de su amigo el viento que lo arrancaron de cuajo y volando se lo llevaron hasta otra península, por un momento la gente corrió despavorida a refugiarse bajo lo que fuera, un sombrero sin copa, un poste sin electricidad, la entrepierna peluda de una madre que además es callejera sin calle ni paseantes, sin esquina ni Pedro, la barriga llena sin corazón contento que asomaba de la fiesta de la niña-medio-adulta, chambelán y un río rosado se deslizaban por debajo de la puerta, todos desaparecieron y no vi ni un alma, los imaginé bien protegidos y cobijados, durmiendo otro sueño, de noche desperté, el pequeño día continuaba ahí como zanahoria que cuelga, resplandeciendo en mi nariz sin vergüenza, yo continué mi camino entre las calles inundadas, abandonadas y malolientes de las ciudades, Lima, Barcelona, París, Budapest, que en su momento dieron a más de uno en el pecho como un flechazo que desangra hasta la última gota pero que ahora no son más que nombres en el mapa confuso de cualquier memoria, yo juraría, LO JURO, juraría que las vi incendiarse bajo una batalla que no era otra cosa que lluvia de fuego que caía una tarde en plena hora de la cena de un día tan festivo como familiar, el pavo, el cerdo, la lechuga, el cuy, el puré de manzana, lo que fuese que conformase el bolo alimenticio del momento se atragantó ante nuestra sorpresa, la ceniza y el desierto se los llevó el viento, la palabra y el grito los arrastró el agua, escuché a una señora decir qué bello es el olor a tierra mojada por la lluvia, a un señor pedir vino y, entre gritos, reclamarle al camarero que no le había traído el pan, su acento era de otro mundo, y así fue, se fue tras su último cigarrillo como un parpadeo sin dejar propina, en el parque, niñas y niños de colores discutían por tocar mi bola, yo les dejaba hacer frente a las sonrisas complacidas de sus padres infieles y despreocupados, así se me pasó la tarde, entre el pasto y las caricias de los niños, babeé, a la mañana siguiente, el pequeño sol ya no lo era tanto pero en mi nariz continuaba, bajo él corrían búfalos y caballos salvajes de cuyas bocas salía fuego, corrían para aplacarlo en las aguas tibias del río donde todas las especies confluyen, había ciervos y zebras, zorros y avestruces, bisontes, jirafas y leones, cocodrilos y todo lo que pudiese perder la cabeza de un mordisco y que viviese a cincuenta kilómetros a la redonda, con mi sábana caliente pegada a mi nariz salí a buscar comida al pueblo, esa noche dormí, con las puertas y ventanas abiertas, el viento me leyó libros antiguos, me acarició con sus yemas antes de introducírmelas, el médico me dijo que se trataba de un cáncer que había hecho metástasis, me dio cuatro semanas de vida, una por cada sinfonía de Bhrams

 

de: II
(Lima, Nos Es Nada ed., 2013)

 

 

*

ayer después de comer salí a buscar los poemas completos de

Trakl el incestuoso el perro que se mató a los 27

amaba a su hermana y su

 

hermana le correspondía hacían el amor como culebras y

como culebras vivían lamían el suelo

de las habitaciones más

 

silenciosas de su tibio hogar y oscuras y húmedas cuanto más

pestilentes mejor: les aseguraba que nadie

fuera con las narices

 

a meterlas en sus agujeros no obstante siempre hay un/unahijo

/hijadeputa introduce la cabeza con los ojos

por delante afirma son focos

 

que puede ver en la oscuridad que puede que lo sabe Hölderlin

me lo dijo es decir me lo susurró yo lo leía tirado

en la cama sin haberme

 

duchado por tres días sosteniendo su edición bilingüe 500

páginas con bacterias rojas que lamían mi

cuerpo mientras el cielo

 

que amenazaba con caer no caía yo dejaba que recorriesen

cada poro cada milímetro cuadrado entre poro

y poro su banquete era

 

yo Hölderlin me recordó que alguna vez tuve a Trakl entre

mis manos sucumbí a su edición también

bilingüe que leí entre

 

temblores [hace años]: —¡qué fácil olvida la gente! —y tenía

razón: fácilfácil me levanté furioso y entré

en la ducha ¿cómo era

 

posible que lo hubiese olvidado? por respeto a los que no

me conocen me bañé por respeto a mis

antepasados me bañé

 

muertos están apestan de cualquier forma sin embargo lo hice

por ellos bajo las aguas realicé cálculos:

amigos enemigos conocidos

 

desconocidos todos y cada uno de aquellos con los que me

crucé hacía 10 años pasó por mi mente eran

sospechosos eran culpables

 

recordaba el libro tirado como un holgazán al lado de mi cama

en el pequeño cuarto de Barcelona como una

biblia al lado de La Biblia

 

era tan real podía tocarlo entonces apareció un agujero en mi

pecho que el agua pronto comenzó a recorrer

unos dirán lavándome yo

 

diré vaciándome frente a mi hamburguesa con queso a través

de la ventana vi el cielo furioso casi negras las

nubes corrían llevaban

 

todo lo que puede llevar una nube a dónde sea que vaya

el aire electrificado hacía ver los seres vivos

luminosos los pájaros eran

 

estrellas titilantes los árboles cabelleras resplandecientes las

cebollas puntos de luz por un momento fue

gracioso dudé pero salí ni

 

bien puse el pie en la vereda la amenaza se hizo agua

 

sobre MÍ

sobre MI MÍ

 

 

*

hace un par de días en la ciudad de los 9000000 alguien

cometió un atentado murieron 200 embutidos

enteros jamón chorizo

 

butifarra todo tan cancerígeno que mata sabotea cuelga

gotea grasa un poco de queso patatas fuego:

tienes ya una raclette

 

por algún lugar acontece una batalla al norte de la ciudad

los disparos se suceden nadie los ha escuchado

pero lo sabemos las

 

granadas se lanzan intuimos los gritos las maldiciones

hablaban lenguas ancestrales en toda su

descomunal potencia: —no

 

es mi novio —dijo gritó ¿quién va a creerle ahora? ¿qué dirá

su familia? ¿quién tomará su declaración?

hay un video unas

 

animaciones una infografía y un relator en la tele no la veo

pero no hay forma de escapar no creo en lo que

se cuenta ni de lo que se

 

muestra y esto desde luego no le importa un carajo a

nadie: —Hölderlin si hay algo cierto es que

estamos en peligro sea

 

quien sea el malo sea quien esté en el frente el viajero

que se ha sentado a mi costado huele a pólvora

sus axilas huelen a pólvora

 

de su entrepierna sube humo amarillo sus zapatos están

a punto de estallar es guerrero y va vestido

de civil me miro en el

 

reflejo de la ventana soy una piña con detonador que se

arregla la peluca el vagón del tren está vacío y

este criminal ha decidido

 

sentarse a mi costado recorremos juntos los 15 minutos entre

La Défense y Châtelet-Les Halles la estación

más segura de Francia

 

ahora hoy día en este instante el asesino en serie me sigue

cuando me levanto el asesino en serie se

detiene junto a mí frente

 

a la puerta este asesino en serie baja conmigo toma la misma

escalera eléctrica que yo se dirige a mi misma

salida camina tras de mí

 

el sabueso y en la puerta principal me abandona siento que lo

extraño siento que lo quiero: —desconocido ven

sigue mi camino

 

desconocido acompáñame ayúdame a soportar la lluvia

que lava mi ciudad-lago que arrastra

perros marmotas cae

 

como si nos odiara

AGUA en el charco

cántaro al AGUA

 

 

de: Tan igual pero distinto
[ I N É D I T O ]

 

 

 

A los pobres, ¡matémoslos a palos! Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

(París, 1821 – 1867)

 

Me había recluido durante quince días en mi habitación, rodeándome de los libros entonces de moda (hará dieciséis o diecisiete años); es decir, de los libros en los que se trata del arte de hacer a los pueblos felices, buenos y ricos, en veinticuatro horas. Había, por lo tanto, digerido —esto es, engullido—, todas las lucubraciones de todos aquellos empresarios de felicidad pública —de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de aquellos que los persuanden de que son todos reyes destronados. No resultará sorprendente que estuviese entonces en un estado de espíritu próximo al vértigo o a la estupidez.

Tan solo me había parecido que, recluido en el fondo de mi intelecto, sentía el oscuro germen de una idea superior a todas las fórmulas caseras, cuyo diccionario había recorrido no hacía mucho. Pero tan solo era la idea de una idea. Algo infinitamente vago.

Y salí con una enorme sed, pues el gusto apasionado por las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Conforme entraba a una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno o la de un Demonio que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger [1]?

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél solo se le manifiesta para prohibir, advertir e impedir; mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates solo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpeándole fuerte la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como hubiese derribado a aquel débil sexagenario de una patada lo suficientemente fuerte para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un bistec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi como aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera podido sospechar en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así pues, con mi enérgica medicina habíale devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico [2], le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.[3]

 

 

de: Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales. Ediciones Cátedra. Madrid. 2005.

© José Antonio Millán Alba, de la versión al castellano.

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Notas

[1] Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica la obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science psychologique à celle de l’historie.

[2] Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del Estoicismo con Zenón de Elea.

[3] Edición póstuma; poema rechazado por la Revue Nationale en 1865. En el manuscrito, el final de este poema terminaba con la siguiente pregunta: “¿Qué dice a esto, Ciudadano Proudhon?”.

 

 

Emil Cioran. San Pablo

cioran

(Răşinari, 1911 – París, 1995)

……….Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsable de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.

……….De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo ni el acento elegiaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, histeria, jadeos de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.

……….Ni Lao-Tsé ni Buda invocan un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.

……….¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo… supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Solo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.

……….Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad —su sentimiento predominante— se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la “verdad”, se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso, san Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.

……….Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones, de las que se guardaba mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la “verdad”, en la que no se interesaban en los “casos”. Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera, debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.

……….La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la Antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizás sus odios se hubieran suavizado. Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.

 

……….Un Judío no judío, un Judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarían sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.

……….Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y enseguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se inflingen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.

……….Una civilizacvión podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir… Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.

……….Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos “enemigos de las Musas”, de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.

……….Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en “corazones”. El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término, repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.

……….El crepúsculo greco-romano era empero digno de otro enemigo, de otra empresa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar el estoicismo! Si este hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces, a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pensar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquella no convienen a esta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra a quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. ¡Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el “ideal” y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

 

 

 

© Herededos de Emil Cioran.

© Fernando Savater, de la versión al castellano.

de: Adiós a la filosofía y otros textos. Alianza editorial. Madrid. 2016.

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Como un río de piedras. Raúl Zurita

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(Santiago de Chile, 10 de enero de 1950)

 

La enorme costra de sal le otorgaba al desierto esa blancura delirante que solo pueden comprender los locos, los fanáticos o los puros. El tajo del horizonte se cortaba al borde como un abismo, y el cielo comenzaba a remontar desde él suavemente, sin prisa, curvándose hasta alcanzar esa impertérrita lozanía que posee todo aquello que nunca ha dependido del error de la mirada. Se puede afirmar entonces que ese marco está de fondo, inmutable y perfecto, no horadado por el dolor, la pasión o la agonía del hombre que había llegado hasta dos veces y miraba.

 

Era también la luminosidad del salar encegueciéndolo. Entre su propio nacimiento y la blancura del desierto habían pasado minutos o años, daba lo mismo; el resplandor sin memoria que lo inundaba todo atestiguaba que esas nociones son recientes y que jamás han residido en la profundidad de las cosas. Alguna vez el océano había cubierto por completo las extensiones de ese territorio mostrándole de paso lo nimio de su respiración, de su hálito afanoso y corto que no obstante contenía todo el misterio de la vida. La transparencia del aire parecía emerger así desde la textura del paisaje otorgándole a esa planicie un tinte irreal donde él era apenas un tono más, un simple capricho de la luz que lo engañaba con la ilusión de una sombra. La sensación de irrealidad se estrellaba sin embargo con un núcleo duro e impenetrable, anclado en el fondo de sí, cuyo peso lo tiraba hacia abajo pegándolo al suelo como si en ese punto se hubiera concentrado toda la fuerza de gravedad de la Tierra.

 

Se había recostado boca arriba, con los brazos abiertos, sobre la larga llanura de sal, y si alguien en ese momento lo hubiese visto habría recordado la forma de una cruz, de una cruz botada y oscura. Era como si la Tierra entera subiera desde el centro de ella hasta chocar con su espalda mientras que la inmovilidad de sus brazos extendidos parecía afirmar que el dolor se opone también a la rotundez de las cosas, a la extensión del horizonte y de los paisajes, y que los milenios o instantes anteriores en que el mar se retiró dejando conchas de moluscos y peces fosilizados en las cumbres, no podían sin embargo, con toda su majestuosidad y grandeza, alterar un solo segundo del sufrimiento del ser que allí yacía.

 

Extendido sobre esa sequedad tórrida, sus ojos semicerrados alcanzaban a adivinar la encandilante claridad del cielo, pero ni siquiera como algo que las palabras o los sentidos pudiesen describir, sino más bien como esa mudez que toman los hechos si se tiene la impresión de que están ocurriendo en sueños. De esa manera, como un sueño que lo fuese arrastrando, se le venían encima las caras que alguna vez sintió cerca porque intuía, aunque en ese momento no lo supiera, que en las formas de estos farellones estaba más presente el torbellino de los rasgos humanos que en los vestigios siempre relativos de la vida. Esas dos soledades entonces, la del hombre y la del desierto, se estrellaban como dos bloques dejando apenas un mínimo resquicio entre ellos, una línea casi inexistente de aire para la existencia de los otros.

 

El que escribe conoció a esos otros. Los vio asomarse en el pequeño antejardín de una casa con un magnolio joven y luego vio la pureza de esos cuatro rostros (una abuela con un niño de corta edad aferrado a su falda, una madre a la que llamó Ana, una hermana menor a la que llamó Ana María) que se alejaban disolviéndose en un enjambre de sucesos y tiempos donde tal vez lo único permanente era la necesidad nunca colmada de una estación con olor a jazmines, de una primavera incontrarrestable y definitiva. También vio la fotografía enmarcada en metal donde un hombre vestido con esmero sostiene en brazos a su hijo de meses y lo mira. En la imagen el cielo es blanco y por un momento la fijeza de ambos recuerda el fulgor opaco de los peces petrificados en las rocas.

 

Es la misma granulosidad del desierto, del salar redondo e inmenso. Tendido sobre él, la enceguecedora superficie le rememora el olor del océano, ese olor pretérito que una vez lo copó todo. A lo lejos, apenas audible, le pareció oír el sonido de unas trompetas y recordó entonces que aunque la elegancia de su traje lo hacía ver mayor, en la fotografía su padre tendría a lo sumo veintinueve, treinta años. Ahora, agrapado a la tierra con los brazos abiertos, como si el planeta entero fuera su crucifijo, le había parecido que esa cara lloraba sobre la suya y le habló. Era un grito a las nubes, al aire, largo, como un río de piedras.

 

 

© Raúl Zurita, del texto.

de El día más blanco. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2016.

El último vampiro

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No conozco a nadie que ignore lo que es un vampiro, en cualquiera de sus representaciones y, por muy descabellado que parezca, no hay necesidad de ser tan naif para poner en duda la existencia de estas criaturas. Curiosamente, el vampiro es una de las creaciones más aberrantes y maravillosas surgida de los rincones más recónditos de nuestro subconsciente. Es, en efecto, una poderosa y perturbadora alegoría sobre nuestros temores instintivos y, lo que es mejor, ha sabido adaptarse con mucho éxito a nuestra exasperante realidad. Tan cómodos nos sentimos unos con otros que hasta compartimos los mismos espacios: nos vemos regularmente en jugueterías, iglesias, supermercados; en la televisión o en los libros. Algunos, incluso, se han reunido en sociedades, como The Hollywood Vampires, un célebre club de copas de la pasada centuria presidido por Alice Cooper, el único superviviente de aquella glamurosa estirpe.

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A mediados de 1970 el Rainbow Bar and Grill era no solo uno de los garitos más intensos y visitados de Sunset Strip, sino que era el lugar indicado para acabar la fiesta… o para empezarla. Allí, separados del resto de los mortales y congregados en un oscuro loft, se daban cita, noche tras noche, un selecto grupo de músicos entre los que se encontraban Keith Moon, Micky Dolenz (The Monkees), Harry Nilsson, John Lennon, Ringo Starr, Bernie Taupin, entre otros, atraídos por el exceso, el rock o, como recuerda su presidente, simplemente para ver cómo aparecería vestido Moon: a veces de Adolf Hitler, otras de la reina de Inglaterra o como una apabullante mucama francesa. Empero, el tiempo es implacable y no hace nunca distinciones, ni siquiera para los vampiros, y de aquellos exuberantes aquelarres solo queda la leyenda y una placa honorífica en el Rainbow Bar con los nombres de sus díscolos integrantes. La época dorada del rock llegaría a su fin pocos años después, tras el deceso de muchos de ellos y ya nada volvería a ser igual.

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Hoy, tras cuatro décadas de letargo, los vampiros vuelven a ser noticia y no precisamente por sus pasadas gestas alcohólicas, sino por su música. En su afán por rendir tributo a sus caídos camaradas Alice Cooper lidera una vez más The Hollywood Vampires, ahora reencarnados en un supergrupo, acompañado por Joe Perry y Johnny Depp en las guitarras. El resultado es un álbum homónimo con nuevas y potentes versiones de aquellos temas que han inmortalizado a grandes bandas e intérpretes como The Doors, Led Zeppelin, Jimi Hendrix, Pink Floyd o T. Rex. La fuerza y la entereza del proyecto se sostiene íntegramente lair_of_the_hollywood_vampiresen los hombros de Alice Cooper, quien es el único nexo entre el pasado y el presente de la banda y su presencia es vital, además, para su futuro. Contrario a lo que muchos puedan suponer, el origen de esta grabación no responde a un espontáneo impulso comercial, ya que muchas de las canciones han sido perfiladas y trabajadas en las diversas giras que Cooper ha realizado en los últimos años. Sin ir muy lejos, podemos escuchar, por ejemplo, “My Generation”, “Foxy Lady” o “Break On Through (To The Other Side)” en el directo Raise the Dead: Live From The Wacken, de 2014. Asimismo, su gusto por los covers queda reflejado en algunos de sus compilatorios donde encontramos temas de Hendrix, de The Beatles o de Spirit.

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Sabe más el Diablo por viejo…
Un álbum de versiones no es tarea fácil, hay que tener mucha pericia e inteligencia para evitar caer en la mera copia o en la reproducción ramplona. Se trata, por tanto, de forjar algo nuevo con unos parámetros previamente establecidos, a los cuales hay que moldear sin deformar y cuidarse mucho de no cortar el vínculo con la versión original. Nunca. Hay que saber hacer nuestro algo que no lo es, imprimiéndole nuestra propia personalidad sin alterar la esencia de la canción. Ese es el verdadero gran reto que Hollywood Vampires ha conseguido superar.

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Si bien los temas incluidos no se distancian mucho de su clásico ritmo, hay que señalar que el riesgo está en que captan y recrean el espíritu y la atmósfera originales, introduciendo certeras modificaciones en los arreglos y acelerando la velocidad en los tempos. Gracias a ello la banda ha podido conseguir un sonido más pesado y limpio en las guitarras, potenciando los riffs y unificándolo todo bajo un mismo estilo. Ciertamente, de lo que este álbum puede alardear es de coherencia y de destreza, cualidades casi siempre ligadas a la experiencia, puesto que pasar de la psicodelia al power pop o del glam al jazz-rock no es algo que muchos puedan conseguir… con éxito, me refiero. Lo que escuchamos, entonces, es un álbum de rock de la vieja escuela, en el que la tríada instrumental tiene el predominio: unas estridentes guitarras, un bajo distorsionado y una resonante batería. En la simplicidad descansa su solidez.

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El modo en el que este trabajo está estructurado es bastante conocido por Alice Cooper, quien ha preferido volcar sus esfuerzos apostando por un álbum conceptual antes que por la fácil recopilación de viejos éxitos. El disco abre con “The Last Vampire”, una lectura de un pasaje del Drácula de Bram Stoker: “Children Of The Night”, en la tétrica voz de Sir Christopher Lee, quien en su momento encarnó con maestría al más famoso de los vampiros. La sensación de oscuridad y de peligro está muy bien ambientada no solo por la entonación grave de las palabras de advertencia de Lee, sino también por los efectos sonoros que las acompañan, propios de las películas de terror de los 50. Este recurso había sido ya utilizado por Cooper en su primer trabajo como solista: el muy bien valorado Welcome To My Nightmare, publicado en 1975, que cuenta además con la participación de Vincent Price en la voz en off para dar ese tono lúgubre y claustrofóbico que hasta ahora recordamos. Fue tan grande su repercusión que pocos años después Price repetiría la experiencia, esta vez en el súper ventas Thriller, con el que Michael Jackson obtendría la subyugante corona de Rey del Pop.

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Por fortuna, las sorpresas continúan a medida que nos adentramos en el álbum. Sigue al texto de Stoker uno de los temas con mayor pegada del conjunto y que no es un cover: “Raise The Dead”. Eso gracias a sus efectivos riffs y a una explosiva percusión. La energía y la contundencia que de ella emana hacen prever la vitalidad y la intensidad con la que el grupo encarará el resto del disco y para ello es necesaria la participación de “otros vampiros”. El primer invitado es Zak Starkey, descendiente en primera línea de uno de los genuinos Hollywood Vampires: Ringo Starr, nada menos que uno de los Fab Four. Para esta ocasión Zak se pone al frente de la batería en “My Generation” y así honrar tanto a su padre como a Keith Moon, y lo hace de modo impecable. Sin mucho delay pero con más distortion la nostalgia por aquellas lejanas noches resulta gratamente evidente y contagiosa gracias a la soberbia interpretación de este clásico de The Who. No es fortuita, por tanto, su elección como primer cover del disco.

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Entre los títulos que suscitan mayor interés está “Whole Lotta Love”, de Led Zeppelin, tema emblemático del cuarteto británico. Sin embargo, nos encontramos en el punto más irregular del álbum, ya que en una arriesgada apuesta la guitarra de Jimmy Page del inicio se ve reemplazada por la armónica de Alice Cooper y unos sintetizadores que suenan al ralentí, buscando llegar a la pausa que antecede la irrupción de la batería de Zak Starkey, quien marcará el retorno al tempo original de la canción. Pese a contar con los magníficos agudos de Brian Johnson (AC/DC) en las voces, esta versión presenta muchos efectos de estudio y es la única del conjunto que tiene un sonido un tanto artificial, pues la sensación que deja es la de que todo está muy bien calibrado, como ocurre en un laboratorio. Un dato curioso sobre esta canción: el famoso riff de Page proviene del tema “You Need Love”, compuesto por Willie Dixon en 1962 e interpretado por Muddy Watters. Posteriormente, en 1966, fue versionado por Small Faces y retitulado “You Need Loving” en el que sobresale la fuerza vocálica de Steve Marriot, siendo luego emulada punto por punto por Robert Plant. De estos providenciales hurtos nació “Whole Lotta Love”, el resto es historia.

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(Republic Records, 2015)

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Ahora bien, a pesar de que en esta ocasión The Hollywood Vampires no logran emular el ímpetu de los Zeppelin, se resarcirán muy bien con “Itchycoo Park”, precisamente de Small Faces, en gran parte debido a la cadencia punk que consiguen las guitarras de Depp y Tommy Henriksen, uno de los músicos que acompaña a Alice Cooper en sus giras. Al respecto, este último recuerda que además de su música y de sus alocadas fiestas, los Led Zeppelin acrecentaron su fama de salvajes por arrasar con los hoteles en los que se hospedaban. Empero, lo que el público desconoce es que los verdaderos campeones fueron los Small Faces, quienes hicieron de esta práctica todo un arte, llegando incluso a ser vetados en muchos hospedajes durante sus giras por Europa. Basta observar sus bruscos cambios de ritmo tan típicos en sus interpretaciones o las enérgicas piruetas de Steve Marriott en la guitarra para hacernos una idea de su talento destructivo.

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Generación perdida
Notorias son también las versiones en honor a Harry Nilsson, poseedor de una abrumadora y brillante destreza musical difícil de superar por cualquier mortal. “One/Jump Into The Fire” es un medley en el que destaca la voz de Alice Cooper, sobre todo en la parte de “Jump Into The Fire”, cuya ronca entonación en los coros se acopla a la perfección con los soberbios agudos de la guitarra de Robby Krieger. Además del guitarrista de The Doors, colaboran también Perry Farrell (Jane’s Addiction) en las voces, Bob Ezrin en teclados y el siempre-bien-acomodado Dave Grohl (Foo Fighters) en la batería. Es importante señalar que Nilsson es el prototipo del talento desperdiciado y ahogado en alcohol, pues su altísima capacidad creativa solo se vio superada por el pánico escénico y su tendencia autodestructiva e irresoluta, marcas innegables de cualquier genio. Supo ganarse la admiración de muchos, entre ellos la de The Beatles, con quienes mantuvo una envidiable y muy estrecha amistad a lo largo de los años. De hecho, solía llegar al Rainbow Bar acompañado de John Lennon, quien se encontraba en el apogeo de su famoso “Lost Weekend”, esos fantásticos y productivos 18 meses separado de Yoko Ono en los que editó tres álbumes (Mind Games, Walls And Bridges y Rock ‘n’ Roll) y produjo otros tantos más, como Pussy Cats, del propio Nilsson. Pese a no aparecer registrada en los créditos, el medley finaliza con la primera estrofa de “Coconut”, otra de las conocidas canciones de Harry Nilsson.

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La versión de “Cold Turkey”, escrita por John Lennon e interpretada por Plastic Ono Band, está también entre las más logradas, ello en parte a la sobriedad en los solos de Joe Perry y a los astillosos zumbidos que consigue. El vínculo entre el ex Beatle y Cooper se remonta hasta 1969, cuando ambos coincidieron en el Toronto Rock and Roll Revival, festival en el que actuaría la plana mayor del rock, entre ellos Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Bo Diddley, Little Richard, Gene Vincent o The Doors. Fue allí donde tuvo lugar el conocido incidente de la gallina, lo cual hizo que Alice Cooper —como banda en aquel entonces— se robara la atención de la prensa mundial. Son muchas las versiones que circulan, pero por lo que puede verse en el vídeo una gallina blanca es lanzada desde el escenario por Cooper, siendo luego despedazada por un desquiciado y enajenado público que se la devolvió a trozos.

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Menos traumáticas fueron las ocasiones que tuvo en común con otro de los caballeros de su Majestad, Sir Paul McCartney, cuya intervención en este álbum se da por partida triple: además de tocar el bajo y el piano se anima también a hacer un dúo con Cooper en “Come And Get It”. Esta composición fue pensada como opción para Abbey Road, pero al final fue descartada. McCartney se la ofrecería posteriormente a la banda galesa Badfinger, quienes la hicieron suya acelerando el tempo. Debido a esta leve variación la canción logró ubicarse en el top ten de los rankings americanos y británicos. El mérito de la interpretación de The Hollywood Vampires es que supera las precedentes porque el ritmo está mucho mejor sostenido e intensificado. Aquí la batería desempeña un rol desequilibrante, junto con las voces, porque resalta más que los otros instrumentos y la potencia ganada hace olvidar la candidez con la que fue grabada hace casi cinco décadas.

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Uno de los momentos estelares del disco es el medley dedicado a The Doors: “Five To One/Break On Trough (To The Other Side)”, con el que los vampiros rasguñan el cielo. Es bien sabido que el sonido característico del cuarteto californiano provenía en buena parte de los teclados de Ray Manzarek y del ecléctico ritmo de la guitarra Robby Krieger (gran amante del flamenco), pero también de la singular batería de John Densmore, cuya percusión se inclinó siempre más hacia el jazz que hacia el rock. La perfecta cohesión de estos disímiles estilos, además de las poéticas letras de Jim Morrison y de sus extravagantes excesos dentro y fuera de los escenarios, convirtieron al grupo en uno de los hv-logomás influyentes y decisivos de la historia. Conscientes de este complejo virtuosismo las versiones que escuchamos presentan significativas y acertadas modificaciones. Una de ellas es la intervención de tres guitarristas: Krieger en la principal, en tanto que Henriksen y Depp se muestran muy solventes en el acompañamiento. Asimismo, se atenúa el sonido de la farfisa para dar mayor consistencia a las guitarras. Hay incluso pasajes en los que estos instrumentos suplen a la farfisa haciendo más pesada y ruidosa la interpretación. Si bien ninguno de los integrantes de The Doors formaron parte de The Hollywood Vampires la razón por la que se les rinde homenaje —en palabras de Alice Cooper— es porque, al pertenecer justo a la generación anterior de músicos, son considerados como sus hermanos mayores. De hecho, Cooper solía impostar la voz en sus inicios imitando los graves de Morrison y con el tiempo mantuvieron un vínculo estrecho entre ellos… y el alcohol, por supuesto.

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Ocurre lo mismo con la inclusión de “Manic Depression” de Jimi Hendrix, pues aunque tampoco fue un vampiro original, nunca está de más rendirle un sentido y merecido tributo. La fascinación de Cooper por Hendrix no es solo hacia su música o a su innovador legado, sino porque fue Jimi quien, sin saberlo, le ofreció su primer canuto de marihuana. Después de eso, a mi modo de ver, no existe nada ni nadie en este mundo —ni en ningún otro— que pueda romper tal unión.

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El tercer y último medley, “School’s Out/Another Brick In The Wall (Part 2)”, responde a la intención de celebrar la infancia y los primeros pasos de cinco imberbes muchachos que hicieron del rock una deslumbrante y perturbadora puesta en escena. Ellos transformaron el rock en Espectáculo. En el discurso que Rob Zombie diera el día de la introducción de la Alice Cooper band al Rock and Hall of Fame recalcó que antes de ellos el rock era sinónimo de rebeldía, pero que adolecía de villanos. Mientras que todos soñaban con el reconocimiento y el masivo agrado del público, Alice Cooper molestaba y exasperaba no solo porque su cínica propuesta musical resultaba irritante, sino porque su estética, en una sociedad abrumada por hippies, idealistas y activistas, era excesivamente repulsiva, excepto para Frank Zappa, quien les ofreció su primer contrato de grabación en 1969. Con ellos llegó el Shock-Rock y fue tanto el terreno andado en tan solo cuatro años que en 1973 conquistaron el mundo con un ambicioso álbum: Billion Dollar Babies, el cual rompió todos los récords de recaudación gracias a una fastuosa y exhaustiva gira de la mano de The Rolling Stones. Fueron muchos los hits de la banda, desde luego; empero, “School’s Out” continúa siendo una de sus más aplaudidas y vigorosas composiciones y nunca ha faltado en su repertorio ni tampoco en el de Alice Cooper como solista… Mucho menos ahora como vampiro.

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En esta nueva versión volvemos a escuchar al tándem vocal Cooper-Brian Johnson, pero con Slash (Guns N’ Roses) en la guitarra principal, en tanto que Neal Smith y Dennis Dunaway —dos de los fundadores de la Alice Cooper band— hacen lo propio en la batería y en el bajo, respectivamente. Tal como sucediera en la grabación de 1972, Bob Ezrin repite como productor y guía en la elaboración de ambos discos. Fue, por cierto, idea suya la incorporación del coro infantil que escuchamos en la mezcla original y resultó tan efectivo que hizo lo mismo siete años después para una de las canciones de The Wall: “Another Brick In The Wall (Part 2)”, otro de los himnos de Pink Floyd. Una feliz coincidencia, en este caso, es que estos dos temas formen parte del medley vampiro y no desentonan en ningún momento, sino todo lo contrario, el resultado es una simbiosis perfecta; así, mientras los instrumentos van al compás de “School’s Out”, el dueto hace lo propio con el clásico de Pink Floyd.

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El broche final, por otro lado, no es un cover, sino una composición propia y son varias las manos las que se reparten su autoría: Alice Cooper, Johnny Depp, Tommy Henriksen, Bob Ezrin y el también productor Bruce Witkin. Me refiero a la laudatoria “My Dead Drunk Friends”, una pieza muy bien conseguida cuyo ritmo oscila entre una cadencia mortuoria y la típica canción popular de cantina, ideal para esas frías noches de copas entre amigos.

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(Cooper, Perry, Depp)

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En líneas generales, Hollywood Vampires es un álbum que hace gala de un sonido impecable y limpio, con una setlist elegida con especial tino y pulcramente mezclada. No obstante, comparte la misma paradoja de las producciones de estudio de Alice Cooper: los temas se oyen mucho mejor en concierto, ya sea por la catarsis que produce tocarlos con el amplificador al máximo o por su definida contundencia interpretativa. Así lo confirmamos en su debut en el macro festival Rock In Rio en 2015 o en los siguientes directos que el supergrupo ha venido ofreciendo desde la aparición del disco. Un claro ejemplo de su potencia en vivo se aprecia en “I Got A Line On You” de Spirit o en la infalible “Jeepster” de T. Rex que tienen la cualidad de invitar al público a moverse. Esto ha contribuido a que su repercusión y recepción hayan sido verdaderamente grandes, motivo por el cual The Hollywood Vampires han incorporado más títulos para sus restantes presentaciones, algunos de los cuales aparecen en la edición deluxe lanzada solo para descarga. Estos son “I’m A Boy”, de The Who; “Seven and Seven Is”, una joya de Love ya versionada anteriormente por Cooper para su álbum Special Forces de 1981, y “As Bad As I Am”, acreditado a Depp, Henriksen y Witkin.

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En el pequeño booklet que encontramos en el interior del álbum hay una frase expiatoria firmada por Bernie Taupin y que no por manida carece de certeza: “but rather than dwell on the negatives, wouldn’t it be better to remember what the dead gave us and what the living can still contribute?”. Al fin y al cabo, ¿no es ese el mejor aliciente para querer ser un vampiro?

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© Reinhard Huamán Mori, del artículo.

Publicado en Operación Marte. México. 31.I.2017.

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Fernando Nombela. EROS & TÁNATOS

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(Toledo, 1978)

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A vueltas con Eros

He soñado, sueño que estoy a tu lado, y te beso muy suave en la boca. Despacio, muy lentamente. Cierro los ojos mientras huelo tu pelo. Pronuncio tu nombre, y en tu oído susurro: soy tu compañero, vamos juntos, dame la mano. Cojo tu mano. Ahora te quitaré la ropa, no toda. Con mucho cuidado. No tengo prisa. No tienes tiempo. Tendidos, con tiento, acaricio tu rostro con las yemas de mis dedos. Eres tan hermosa. Quisiera despertar siempre en tus ojos. Para siempre caer en ellos, como tú caes ahora en mis manos. Para siempre. La caricia de mi mano, mis labios te acarician. Mi boca en tu cuello, en tu pecho saborea la dureza templada, la tersa ternura de tus pezones. Me nutro de ti. Ya sólo vivo de ti. Sólo por ti, de tanta vida, me estoy muriendo. De tanto gozo, me estoy viviendo. Mi boca y tu boca, mi boca y tu ombligo, tu vientre y mi boca, y mi cara que te roza por encima de las braguitas, y entonces tu aliento sonoro y un escalofrío. Acaricio tus piernas. Dobla tus rodillas el deseo de mis labios. Beso tus muslos. Me gusta cómo hueles. También quiero saber a qué sabes. No tienes prisa. No tengo tiempo. Tenemos toda la eternidad por delante. Y mis dedos te tocan, mi rostro te toca, mi boca te toca; mis dedos, mi rostro, mi boca te tocan te palpan te pulsan te rozan. Lenta y suave, mi lengua donde tan suave eres. Ahí, donde no hay tiempo, quiero estar todo el tiempo. Ahí, donde no hay tiempo, y sí esta sed, sed de ti. Sola sed de tu agua, pues también te quiero así, líquida, mielosa, adentro mío, cálida copa de rocío iluminado por la luna, viento del sur que me trae brisa y locura, savia o jugo de la fruta más sabrosa, de la rama más fresca (después será tu carne, entreverada de alma, cuando yo esté dentro de ti, tú fuera de mí, envolviéndome; yo fuera de ti, tú dentro de mí, desbordándome: tú, mi piel y mi asombro). Y saciado, de tanta boca que alza, danza y me marea, ya no tengo sed (la tendré más tarde). Y lleno al fin de ti, feliz, felices, comienzo de nuevo, y te beso muy suave en la boca

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Exilio

 

No estar dentro de ti

es mi único exilio.

 

(de: A vueltas con Eros, de pronta publicación en la editorial Amargord)

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Paráfrasis

 

III

 

Aún

 

No,

no ha sido fácil,

vadear tantos ríos,

atravesar estaciones

sumergidas en la negación.

 

Lo que queda,

después de todo,

me atrevería a llamarlo

esencial. Por ejemplo:

estoy vivo.

 

Te amo.

(Jorge Riechmann)

[ I N É D I T O S ]

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Soñé la muerte

 

Soñé la luz que arde y fija el polvo y cristaliza la saliva que disparan contra los

desperados las serpientes del abandono

y las miradas que se reconocen sin antes haberse conocido

y estallaron las risas contra los muros de la nada

 

Soñé la fiebre que se alza eyaculando engrudo en el aire lisérgico de un cielo azul

deshabitado

donde llorarán los dragones de la última creación

y los poemas que escribí y después rompí bajo las leyes del fuego

y ceniza es lo que será diamante

y nunca más se supo

 

(…)

 

Soñé los brazos tatuados por las agujas orientales de la muerte lenta y

Soñé hongos y

Soñé peyote y

Soñé mares de verdes estrellas esculpidos

mientras se desprendían los dientes ennegrecidos por obra y gracia del basuco

y enfurecían las hormigas de la sobredosis

bajo la piel gélida de los cuerpos ahorcados

 

(…)

 

Soñé que nadie nos quería

y mendigábamos palabras que abrazan o destrozan

en el dorado inalcanzable de las estaciones de servicio

y un buen día se detuvo un coche y subimos

y nos condujo hacia la línea de sombra de un amanecer esquivo

y nadie dijo nada

 

(…)

 

Soñé que las pantallas

y las máscaras del lenguaje y los aparatos de televisión

eran lanzados por la ventana

y poco a poco comenzamos a mirarnos a los ojos

hasta por fin vernos

y era la (r)evolución

 

(…)

 

Soñé a contracorriente que encontraba al señor Kurtz remontando las aguas del río de la

vida y la muerte que se nos lleva

y el señor Kurtz eras tú

y era yo

y somos los hombres huecos

a contracorriente

a contracorriente las aguas del río

a contracorriente el río de la vida

a contracorriente las aguas del río de la vida

y la muerte que nos lleva

a contracorriente

 

(…)

 

Soñé que era el Narciso de las Leproserías

 

Soñé a Dostoievski leyendo una Biblia de hojas blancas como los glaucos cielos

imposibles de Siberia Sumergida

 

(…)

 

Soñé que el día 26 de abril de 1932 Hart Crane no divisaba las costas de Florida

sino que paseaba mirando al atardecer desde el puente más con más de esta Nueva York

sobre las aguas danzante

hasta tropezar con la sombra del corazón del hombre que le alejaría de las horribles

costas de Florida

donde otros cuerpos son hoy los que flotan inertes o se sumergen inertes

como el esmoquin reflectante de Mario de Sá-Carneiro

así que dame tu otra mano Hart

–sobre nosotros amanecerá Manhattan–

nadie sabrá que tres hombres caminaron las aguas del East River

sin amor desde el puente que cantabais

sin amor desde el puente que yo canto

sin amor desde el puente de Brookling

y nada más que sombras

 

(…)

 

Soñé que la infancia es el amuleto

 

(…)

 

Soñé que había asesinado a mi Ángel de la Guarda

 

(…)

 

Soñé que vida y poesía son inseparable aventura a vida o muerte

 

(…)

 

Soñé que yo era un niño perdido que cuidaba de otros niños perdidos

y era dichoso

y sin embargo esa lluvia algunas tardes

esa lluvia adentro

sin nombre

esa lluvia

mamá

 

(…)

 

Soñé todos los poemas que me quedan por escribir todos los libros por leer todos los

hombres y mujeres por descubrir todas las noches por vencer

todas las cuerdas oxidadas

y quise nunca más morir

¿me oyes?

nunca más

 

Soñé que vivíamos

y no era un sueño

y despertamos

En Santa Teresa, a 15 de julio de 2666

(15 de julio—27 de agosto de 2003)

(de: Soñé la muerte y otros poetas, 2011)

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Última fe

 

Creo que,

al menos mientras vivimos,

hay un bien imperecedero,

una suerte de dios,

en el hecho

de haber amado

alguna vez.

Esa es hoy

mi última fe,

el único motivo

por el cual

volvería a la vida.

 

(de: En esta luz nosotros, 2014)