A los pobres, ¡matémoslos a palos! Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

(París, 1821 – 1867)

 

Me había recluido durante quince días en mi habitación, rodeándome de los libros entonces de moda (hará dieciséis o diecisiete años); es decir, de los libros en los que se trata del arte de hacer a los pueblos felices, buenos y ricos, en veinticuatro horas. Había, por lo tanto, digerido —esto es, engullido—, todas las lucubraciones de todos aquellos empresarios de felicidad pública —de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de aquellos que los persuanden de que son todos reyes destronados. No resultará sorprendente que estuviese entonces en un estado de espíritu próximo al vértigo o a la estupidez.

Tan solo me había parecido que, recluido en el fondo de mi intelecto, sentía el oscuro germen de una idea superior a todas las fórmulas caseras, cuyo diccionario había recorrido no hacía mucho. Pero tan solo era la idea de una idea. Algo infinitamente vago.

Y salí con una enorme sed, pues el gusto apasionado por las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Conforme entraba a una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno o la de un Demonio que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger [1]?

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél solo se le manifiesta para prohibir, advertir e impedir; mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates solo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpeándole fuerte la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como hubiese derribado a aquel débil sexagenario de una patada lo suficientemente fuerte para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un bistec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi como aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera podido sospechar en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así pues, con mi enérgica medicina habíale devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico [2], le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.[3]

 

 

de: Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales. Ediciones Cátedra. Madrid. 2005.

© José Antonio Millán Alba, de la versión al castellano.

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Notas

[1] Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica la obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science psychologique à celle de l’historie.

[2] Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del Estoicismo con Zenón de Elea.

[3] Edición póstuma; poema rechazado por la Revue Nationale en 1865. En el manuscrito, el final de este poema terminaba con la siguiente pregunta: “¿Qué dice a esto, Ciudadano Proudhon?”.

 

 

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La Biblia moderna

(Vaso Roto, 2014)

(Vaso Roto, 2014)

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Resulta difícil de creer —para algunos, sobre todo—, pero hasta la invasiva irrupción de Internet en nuestras vidas, el acceso al conocimiento solía darse principalmente a través de enciclopedias, atlas, diccionarios y otras publicaciones de “primera necesidad” que ocupaban un lugar especial en casa o en la de algún otro familiar o amigo. Este era el kit básico de “primeros auxilios y supervivencia”, repartido entre gruesos tomos y colecciones, con el que bregábamos año tras año hasta la consecución de aquella victoria pírrica que es la educación secundaria.

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Entre esos imprescindibles volúmenes había uno que destacaba por su formato y su sobria presentación, así como por su carácter hereditario o por su mera función de paliativo espiritual: la Biblia. Algunas ediciones nos resultaban vistosas por su encuadernación en piel, la textura del papel o por los dorados que relucían en el lomo, la cubierta y en los bordes de las páginas, justificando su presencia y su valor milenario. Hoy en día continúan siendo pocas las obras que, ya sea por genialidad o trascendencia, cuentan con el privilegio y el feliz consenso de ser publicadas de esta manera. Una de ellas es, sin objeción alguna, Las flores del mal, de Charles Baudelaire.

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En esta ocasión, Vaso Roto ha reeditado con mucho tino este clásico de la poesía francesa, ofreciéndonos una nueva y loable versión al castellano por parte del poeta cubano Manuel J. Santayana, quien ha dedicado su esfuerzo en mantener no solo la rima y la versificación, sino también los “signos expresivos allí donde el poeta los colocó”, casi siempre suprimidos en anteriores traducciones. Sin embargo, el atractivo principal lo constituye su robusta y elegante figura: un singular cofre de 16 x 18 cm. de tapa dura con los bordes exteriores de color rojo, que contiene los poemas tanto de la primera edición, aparecida en 1857, como de aquella censurada —aunque ampliada— de 1861; además de aquellos que fueron añadidos a modo póstumo en 1868. Asimismo, la cubierta y las guardas han sido convenientemente ilustradas con fotografías de Fiona Morrison Porta, basadas en retratos de Baudelaire.

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Es innegable la profunda influencia que Las flores del mal continúa ejerciendo en la poesía contemporánea: su aparición marca un antes y un después para los poetas occidentales, es la gran línea que divide lo antiguo de lo moderno, como ocurre con los Testamentos. A lo largo del tiempo su autor, un ángel caído en desgracia, se ha visto denostado y reivindicado, señalado y sacralizado, pues supo ver en el hastío, el escepticismo y la bajeza humana un cristalino manantial en el cual revitalizarse, cuando lo único que existía entonces era un extenso desierto plagado de retoricismos y de poéticas agotadas que no hacían más que morderse la cola.

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Gran visionario, su monocromática retina reprodujo aquellos oscuros y decadentes escenarios que se escondían en las grandes ciudades, efigies sublimes del progreso. Baudelaire nos habla, no sin desazón, del plomizo hervidero por el que transitan el desapego y la miseria, encarnados en personajes anónimos confundidos entre la multitud, “a través del tumulto de las urbes rugientes”. El hombre de la modernidad, víctima o antihéroe —o ambos al tiempo— está personalizado en cada loco, mendigo, prostituta, anciano o minusválido que deambula por esa “Hormigueante ciudad” llamada París.

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Según las diversas temáticas que aborda, Las flores del mal puede leerse también como un profundo descenso moral, espiritual, físico y psicológico, de ahí que continúe tan actual entre nosotros, pese a que la musicalidad y el ritmo de la poesía de hoy ha ampliado sus registros. Maestro y precursor, será siempre recordado por cantar con la misma devoción al vino, a los gatos o al mismo Satanás. Su fijación por la mujer exótica y por las bajas pasiones lo encumbraron como el poète maudit por antonomasia, aún cuando todo esto haya supuesto su propia ruina. Y es que para llegar hasta el Parnaso hay que pasar por el infierno, indefectiblemente.

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Son estas, por tanto, algunas de las principales razones por las que el presente libro no puede faltar en nuestras estanterías. De hecho, así como en algunos hogares hay más de una Biblia, sé de otros tantos en los que conviven más de un ejemplar de Las flores del mal sin que ello suponga un conflicto. Dentro del amplio y colorido jardín de las traducciones al español que circulan, la de Vaso Roto se erige como una tentadora y muy atractiva opción a tener en cuenta: los pétalos amarillos que cercan la mirada de Charles Baudelaire en la cubierta intensifican la provocación y el desafío que este poemario todavía despierta entre nosotros, hypocrites lecteurs.

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© Reinhard Huaman Mori, del texto

Publicado en Periódico de Poesía. nº 82. Septiembre de 2015