Elvio Romero. Paraguay bajo el cielo

Elvio Romero

(Yegros, Paraguay, 1926 – Buenos Aires, 2004)

.
Y aun vosotros,
resquicios ignorados, sitios despavoridos,
fabulosos confines de mi encendida patria:
¿aún seguiréis así, hacinados,
hurtándonos del pecho material inflamable,
dejándonos la misma voz profunda
como ráfaga usable para mejores días,
estas gargantas secas, despiadadas,
como un torrente antiguo de todas las llanuras?
.
¿Qué hay, valles profundos,
qué hay entre vosotros y mi sangre,
soledosos arcones, patios inmemoriales,
que así, sin posible reposo,
busco quemar la voz en nuestra luz temible?
¿Qué habéis hecho de mí que cuando toco el pecho
buscando un pecho de hombre
toco llanuras áridas, parajes solariegos,
un espeso y viviente follaje conmovido?
.
¿Qué habéis hecho de todos vuestros hijos,
con qué desasosiego desplomasteis la noche
sobre el granito férreo de sus hombros;
con qué cruel arcilla modelasteis sus torsos,
en fragor de qué yunques vegetales sus manos
que ya parecen árboles andantes,
activas vestiduras de raíces fragantes?
.
¡Bien sé que ahora poco
o nada valdría la voz si no llevara
un puñado siquiera de ese fragor intacto
que bruñe el consumido rumor de vuestra música,
la herencia enloquecida del polvo y del escombro
que horada vuestros límites de sombra,
sin que nos duela el alto ramaje castigado,
sin que nos acometa una sed
de rabiosas centellas!
.
Estos ácidos frutos
de violentas pasiones, de zumos desabridos
que ahora masticamos al trajinar el polvo,
irremediables frutos de penuria y recuerdos:
¿acaso han madurado bajo el reloj de arena
de estos años difíciles
o es que son el resumen intacto y poderoso
de vuestra savia trágica y oscura
que nos arredra el fondo caliente de la sangre?
.
¡Pero qué amargo pozo,
pero qué amargo pozo si alguna vez dejara
de nutrirse en nosotros de un aliento terreno;
qué amargo andar gozando claror de albas ajenas,
no padecer la fiebre
de esos hendidos y hoscos territorios lejanos,
de la infalible luna lívida y polvorienta!
.
¿No es acaso posible
que nos topemos siempre, cara a cara,
con puntual asistencia bajo el ciclo perpetuo
de las constelaciones, que hablemos largamente
mordiendo la presencia de todo lo que es nuestro,
librándome a los rumbos ignorados
que me abran las fronteras —despejadas de sombra—
de vuestro corazón penoso y desolado?
.
¿No es acaso posible que
todo salga de los innominados
límites calcinados de las tierras sedientas:
la libertad, la vida, el viento de los montes soleados,
el agua que en la fuente de la mano extendida
pudiera reflejar las estrellas remotas,
lo que hace falta al hombre, el simple pan,
el iris del cenit encendido,
las anchas rutas para sus aventuras?
.
¿Aún seguiréis así,
desmoronando barro fragoroso en las manos,
aún así, fabulosos,
consternados paisajes taciturnos,
labrando nuestros rostros, asediando a la sangre
y aposentando en ella frisos de sufrimientos
y dando a cada cual un gesto,
un verdadero gesto de gravedad solemne,
de austeridad paciente e inmemorial?
¡Ay! ¡Surtidme de centellas!
Llenadme la garganta de un tallo más profundo,
de una voz con un e o de golpeados tambores
con que pueda calar las más graves honduras,
catar la faena dura del humus que en la noche
verifica las gotas de sudor en la tierra.
.
Abridme el brocal ciego de vuestro gran silencio.
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¡Dejadme en el fervor como me habéis dejado
para siempre en la vida!
..
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de: Contra la vida quieta. Elvio Romero. Editorial Candaya. Barcelona. 2003.

 

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