Antonio Gálvez Ronceros. Ñito

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(Chincha Alta [Perú], 1932)

Un negrito de seis años a quien sus padres llamaban Ñito paseaba la tarde de un domingo por la plaza del poblado en compañía de su padre, que lo llevaba de la mano. De pronto a Ñito le pareció que se desataban truenos en la plaza. Miró hacia el lugar de donde parecían provenir los truenos y se dio cuenta de que eran gritos: en el espacio circular del centro de la plaza un negro corpulento le estaba gritando en la cara a un negro de cuerpo menudo. Por encima de los árboles más lejanos del inmenso campo que rodeaba el pequeño poblado, bandadas de pájaros se elevaban en alboroto y quebraban de continuo el rumbo como si no encontraran por dónde escapar.

Ñito tiró de la mano del padre para volver hacia atrás, pero este lo contuvo apretándole la suya.

—¿Qué te pasa, Ñito?— le dijo muy extrañado.

Señalando con espanto el centro de la plaza, Ñito exclamó:

—¡Ese hombe gandazo va a matá a ese hombe chiquito!

—No, Ñito —dijo el padre—, no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡Horita mimo lo va a matá! —Y Ñito se resistía a seguir avanzando.

—Cálmate, muchacho, cálmate. Te digo que no lo va a matá.

—¡Sí lo va a matá! ¡El hombe gandazo le ta guitando pa matalo! ¡Vámono pa la casa, tata, que yo no quiedo ve matá a una gente!

—Pero si naa va a pasá, Ñito.

Entretanto, el negro de cuerpo menudo permanecía sin inmutarse frente al otro, como si fuera sordo, y las demás personas que se hallaban en la plaza —tanto las que discurrían por la vereda que circundaba la plaza como las que lo hacían por las veredas que entre jardines marchitos convergían en el espacio circular del centro— no daban muestra de que la espantosa voz llamara su atención, como si tuvieran un tapón en los oídos.

—Vámono pa la casa, tata —rogaba Ñito, a punto de llorar.

—Te digo que naa va a pasá, muchacho.

De pronto el negro corpulento comenzó a carcajear. Eran carcajadas increíblemente poderosas, como escalonados estampidos, que retumbaban en la plaza y estremecían las casas alineadas en los cuatro lados. El de cuerpo menudo también había comenzado a reír y, a pesar de que la risa del otro impedía oír la suya, se sabía que estaba riendo por la mueca con que exhibía los dientes. Los perros que husmeaban por la plaza dieron un brinco como si hubieran pisado ascuas, retrocedieron un breve trecho y, con los pelos del lomo erizados, se desataron en ladridos. Luego, como ante un peligro cuya naturaleza no lograran entender, dejaron de ladrar y huyeron a la carrera, gimiendo como si los persiguieran a pedradas. Pero la gente de la plaza continuaba paseando indiferente.

—¡Horita ya lo mata, tata! —gritó Ñito.

—¿Mata? —dijo el padre— Pero si se tan riendo.

—Se tan riyendo poque al hombe gandazo seguro que le guta matá, y al hombe chiquito seguro que le guta que lo maten.

—No, no. No e así, Ñito. A naide le guta que lo maten.

—No, tata, el hombe chiquito ta contento poque sabe que ya va a morí. Fíjate cómo se riye.

La plaza dejó de retumbar y las casas de estremecerse: el negro corpulento había dejado de reír. El otro dejó de hacerlo unos segundos después. Ñito y su padre vieron entonces que los dos hombres, abrazados, se alejaron del centro, atravesaron la vereda circundante y luego la polvorienta calzada y entraron en una tienda de bebidas y comestibles de un lado de la plaza.

—¿Vite, Ñito, cómo no lo mató?

—E que seguro quial hombe gandazo no le guta matá gente al aire sino dento diuna casa. Y al hombe chiquito seguro que tampoco le guta que lo maten al aire sino metío en una casa. Po eso sian abrazao y han entrao ahi —Y mirando con insistencia hacia la tienda, los labios pálidos y temblorosos, rogó: —Vámono ya, tata, que horita nomá va a salí desa casa un hombe meto.

—¿Qué tas diciendo, muchacho? No, Ñito. Tú tuavía ere muy chiquito y no compriendes mucha cosas ni conoces a la gente que vive acá ni a toa la que vive en el campo. Ese hombe gandazo e don Filemón Lirio, el único que tiene su casa al oto lao: dede ariba viene bajando al lao del río una culeirba e cerros que son purita roca. Y entre lo cerros y esa oría baja tamién una lonja e tierra llena e pieras. Con mucho taibajo don Filemón Lirio ha limpiao una partecita desa lonja y ahi siembra. Y a un laíto ha hecho su casa y ahi vive solo poque e un hombe solo. Y cuando alguien quiede hablá algún asunto con él, tiene quiacelo dede la oría dete lao poque nue faci cruzá el agua del río. Y puel mimo motivo don Filemón Lirio contesta dede la oría del oto lao. Y po la ditancia y puel ruido delagua, la convesación tiene quiacese guitando. Y en el verano comuel ruido se vuerve loco po la cargazón diagua, se tiene que guitá como siel gañote quisieda salise del pecuezo. Nuay día que a don FIlemón Lirio le fartre con quién ponese a guitá de oría a oría. Y ete modo diablá ya se le quedó prendío en el gañote. Po eso, aunque no se encuente en su oría, ya no puee hablá diotro modo. En cualquié lugá onde eté convesando, don Filemón Lirio habla con vo de trueno como sietuviera en la oría del oto lao del río. Se le nota, sobe too, los domingos cuando viene al pueblo y se pone a convesá en la plaza con alguno e sus amigos. Ya too saben quiasí habla, hata lo muchachos con do o tre añitos má que tú. Po eso ya no llama la atención. Pero tú no lo sabías poque e la pirmera ve que te taigo a pasiá en la plaza, y a mí no se me ocurió quial oílo hablá podías pensá lo que pensate… que le guitaba al oto poque luiba a matá. Don Filemón Lirio solo taba convesando. Y si depué rieron ha sido pualgo gracioso quél debe de habé dicho. Y sian abrazao poque son amigos que deben de habé etao muy contentos. Y de contentos han entrao a esa pulpería a remojá el gargüero con uno vasos de vino. Así, pue, que diay no va a salí ningún hombe mueto. lo que va a salí van a sé do hombes posirbemente mariados… Po esa bullaza que le sale del gañote, a don FIlemón Lirio lian pueto un sobenombe: Vo de Buro. Perfiero que lo sepas po mí y no pualgún muchacho, que entre muchachos nace la tentación malcriá de queré guitá el sobenombe a su dueño. Que no setiocura, pue, Ñito, decile algún día Vo de Buro, poque entonce iría a nuetra casa a dame la queja y yo no quiedo enemitame con naide po malcriadece de hijos.

Ñito se había calmado.

Dieron todavía una vuelta alrededor de la plaza y en seguida atravesaron la polvorienta calzada y salieron del ámbito de la plaza por una estrecha calle que iba directamente a las afueras. La calle, como las demás, era un terral con modestas casas de fachadas arruinadas por el polvo, y pronto la dejaron atrás y con ello el pequeño poblado y entraron en un ancho camino orillado de árboles frondosos que se internaba en línea recta en el campo. Por su trazo recto el camino ofrecía a la vista toda su profundidad: tenía apariencia de interminable, pues en su lejanía era solo un puntito que parecía estar en el otro lado del mundo. Iban de regreso a casa.

La marcha por aquel camino no tenía cuándo acabar, pero se hacía menos fatigosa gracias a la sombra que brindaban con generosidad las dos hileras de árboles y gracias también a la hojarasca que impedía que la arenisca del suelo retuviera las pisadas. Ñito y su padre se desviaron por un angosto sendero cercado de arbustos, y el ancho y recto camino siguió adelante, quién sabe hasta dónde.

Desde que habían salido de la plaza caminaban en silencio. Al fin uno de ellos habló. Fue Ñito:

—Tata…

—¿Sí?

—¿Si yo le guitara Vo de Buro a don Filemón Lirio…

—¡Cómo, Ñito! —lo interrumpió el padre, sorprendido—. ¿Acaso no entendite lo que te dije?

—Sí, tata, sí entendí.

—¿Y entonce po qué se lo vas a guitá?

—No se lo vua guitá, sino que yo quiedo sabé.

—Sabé qué.

Hablaban sin detener el paso.

—Si yo le guitara Vo de Buro —dijo Ñito— y él juera a nuetra casa a darte la queja, ¿su vo tumbaría la casa?

—No —dijo el padre. Pero luego, dudando de que Ñito hubiera quedado convencido del motivo por el que no debía gritarle a don Filemón Lirio su sobrenombre, creyó que esta era la oportunidad de ser más persuasivo—. Güeno… —agregó— Creo que sí… Sí, su vo tumbaría la casa.

De nuevo el silencio.

Tras largo trecho, Ñito volvió a hablar:

—Tata…

—¿Sí?

—Yo no quiseda viví nunca al oto lao de riyo.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque si yo vivo allá, cuando seya gande se cayerá esa casa po cuadquié cosa que yo diga.

—No te peorcupes que no vivirás allá.

—Poque yo no quiedo que cuando seya gande y un domingo me ponga a convesá en la plaza, se asuten lo niños y se epanten lo perros.

—No te peorcupes, Ñito, que no vivirás allá.

—¿Entonce, tata, nunca iremo a viví al oto lao del riyo?

—Así e, Ñito. Siempe seguidemo viviendo en la casa que ahoda ocupamo.

—¿Y entonce cuando yo seya gande seguidé con mi vo chiquita y degadita?

—Sí, clado que sí. Seguidás con tu vo chiquita y degadita.

—¡Ta güeno, tata! —dijo Ñito, feliz.

Ya estaban llegando a casa y el perro que criaban les salió al encuentro, agitando la cola y haciendo piruetas. Era un perro de tamaño mediano. Mientras el padre entraba en la casa, Ñito se agachó, abrazó al animal y se sintió inundado de dicha con el contacto de ese cuerpo tibio y palpitante. Luego le cogió las patas delanteras y se irguió. El perro quedó sobre las patas traseras, con la cabeza a la altura de la de Ñito.

—Yando —le habló, mirándolo a los ojos—, tú no te epanta de mí poque mi vo e chiquita y degadita, ¿verdá? —El perro, moviendo de modo persistente el cuerpo y la cola, le lamía las manos y a veces la cara. Ñito, de lo dichoso que se sentía, decidió hacer de la voz de don Filemón Lirio un juego divertido mediante un remedo de esa voz. Sabía que nadie podía alcanzar su potencia terrible. Por eso se propuso no gritar: simplemente, decir algo engrosando la voz. Entonces, entrando en simulación, arrugó el ceño, puso en el perro una mirada torva y agregó: —Pero si mi vo juera como la del hombe del oto lao del riyo… —La voz le brotó tan disonante que nadie hubiera podido reconocer en ella su habitual voz infantil. Al instante el perró alzó las orejas, fijó una mirada de perplejidad en los ojos de Ñito e inmovilizó el cuerpo, como si tuviera la certeza de que en lugar de Ñito hubiera un extraño. Luego pareció dudar porque, inclinando repetidas veces a uno y otro lado la cabeza, le fue recorriendo con la mirada diversas zonas del rostro, y acabó por volver a fijar la mirada en los ojos de Ñito y quedarse enteramente quieto. Pero ahora la mirada no era de perplejidad: en su lugar se había clavado el temor, como si luego de examinarle el rostro hubiera llegado a la conclusión de quien estaba frente a él era un Ñito diferente, un Ñito que él nunca había conocido: un Ñito malvado. Y como si el instinto le advirtiera que se hallaba ante un peligro cuya causa fuera para él inexplicable, dio un tirón para desprenderse de las manos que lo sujetaban. No lo logró. En seguida hizo un brusco y desesperado movimiento hacia atrás con todo el cuerpo. Tampoco pudo desasirse. Entonces apartó la cabeza a un lado, como si no pudiera soportar la mirada que tenía encima y emitió un gemido lastimero. Ñito, que acabó por advertir el injusto sufrimiento que su inocente broma había inflingido a ese pobre animal que tanto quería, sintió una pena tan grande que, abatido por el remordimiento, se apresuró a decirle: —Mentira, Yando. Mentira, mentira, Yandito. Esa vo era de a mentira. No te asutes, Yandito —Al oír de nuevo la voz que conocía y amaba, el perro se reanimó y pronto comenzó a agitar el cuerpo y a mover la cola. Entonces Ñito, que aún lo tenía asido de las patas delanteras, hizo que estas reposaran sobre sus hombros y en seguida estrechó al animal entre sus brazos, al punto que le decía: —No tengas ñiedo, Yandito, que mi vo siempe será chiquita y degadita poque nunca iré a viví al oto lao del riyo.

 

 

 

© Antonio Gálvez Ronceros, del texto.

de: Monólogo desde las tinieblas. Peisa. Lima. 2009.

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Ricardo Sumalavia. La ofrenda

Ricardo Ricardo Sumalavia (Lima, 1968)

Olenka estaba preparando sus maletas cuando recibió la carta. Despegó los bordes del sobre y lo abrió con cuidado, sin romperlo, y extrajo una hoja delgada de papel, de esas donde se copian moldes de manualidades o se envuelven chocolates o galletas de la suerte. La letra del texto era irregular: a veces inclinada a la izquierda, ancha y moldeada, otras a la derecha, con prisa, y algunas caprichosamente verticales. A ella no le costó descubrir que la cambiante caligrafía se determinaba por el propio mensaje que se había trazado. Después de tanto dato trivial y formulismos que anteceden a las desgracias, llegó a las letras verticales. En ellas leyó que su padre, o Javier, como aparecía en el papel, se hallaba muy enfermo. No continuó leyendo. Se dijo que aquello era una patética ironía. Esa misma mañana había recibido una llamada telefónica desde Lima que le informaba que su padre había muerto. Se llevó la carta al rostro y se cubrió con ella como si fuera un pañuelo. No quiso pensar ni decir nada; solamente aspiraba el recién percibido olor a canela que emanaba del papel.

Recién en el avión rumbo a Lima pudo darse cuenta de que había dejado olvidada la carta sobre la consola, en la sala de su departamento. Y por más que intentó, no consiguió recordar una sola palabra, ni siquiera aquella caligrafía tan curiosa que finalizaba con la rúbrica de Marina, la mujer de su padre. Lo único que permaneció en ella era el olor a canela. «Debe ser de Marina», pensó. «Supongo que es un olor perfecto para una mujer de su edad». Sonrió por esa ocurrencia. Solo la había visto un par de veces: en el momento que le fue presentada por su padre y el día en que ellos se casaron. «En aquella ceremonia estuve cerca de él por última vez», recordó.

Luego del entierro, Olenka se obligó a pensar que todo había terminado. Las condolencias, los saludos, los abrazos y despedidas de los amigos y familiares que dejó de ver por muchos años se habían sucedido apaciblemente. Fueron pocos los que trataron de indagar por la estadía de ella en el extranjero. Y gracias a las formalidades como respuesta, pronto Marina y Olenka consiguieron estar a solas. Regresaron juntas a casa y se quedaron en la sala, descansando sobre unos mullidos sillones con muchos cojines de plumas. Ellas, a su manera, estaban rendidas. Marina inclinó su cabeza, la apoyó en el respaldar del sillón y se durmió rápidamente. «Estará muy cansada», pensó Olenka, arrebujándose en su sitio, abrazando uno de los cojines, también cediendo al sueño con facilidad. Cuando despertó, no pudo evitar que sus movimientos también despertaran a la esposa de su padre. Ambas se asombraron de lo tarde que era. «Pronto anochecerá», dijo Marina.

—¿Por qué no vamos al café Los Montes? —propuso Olenka, sorprendiéndose ella misma de hacer aquella invitación y de recordar tan fácilmente el nombre de ese lugar.

Al principio Marina no supo qué decir, pero terminó aceptando. Fueron a la cochera y en medio de risas nerviosas aceptaron que ninguna de ellas se atrevería a conducir el auto de Javier (Olenka se incomodó de llamar a su padre por su nombre delante de Marina, pero era una costumbre que no abandonaría). Marina cerró las puertas del auto, no sin un ligero estremecimiento ante cada portazo: echó las llaves sobre una mesa y salió con Olenka hacia la calle, dispuesta a tomar un taxi. Durante el camino charlaron sobre los procedimientos que le continúan a los entierros. Se pusieron de acuerdo en que era necesario que Olenka se quedara unos días en la casa, hasta encaminar los trámites de la repartición de los bienes de su padre. Después permanecieron en silencio hasta llegar al café.

Ocuparon una mesa en el segundo nivel del establecimiento por sugerencia de Olenka: un espacio pequeño y cálido. Marina tomó la iniciativa y habló con soltura. Mencionó diversos nombres, personas que se vinculaban directamente con Javier. Aunque le costaba cada vez más prestarle atención, Olenka trataba de escucharla. Tenía la impresión de que algún conocido en su infancia, sin idea alguna de lo sucedido a su padre, entraría al café y le haría muchas preguntas sobre el actual estado de su familia. Para evitar esta distracción, captó un nombre al azar, Miguel, y preguntó:

—¿Quién es Miguel?

—Fue el secretario de tu padre…, de Javier —corrigió Marina—. Lo conoció hace tres años en la universidad. Era su alumno. Al parecer no era el mejor de la clase, pero Javier siempre lo vio tan metódico y convincente en sus apreciaciones que pronto se hicieron amigos. No fue de extrañarse esa amistad, era natural que a su edad Javier se proyectara en aquel muchacho.

—Parece que lo sacaste de un tratado de psicología —Olenka intentó una broma, una pésima broma—.

—Lo sé.

—¿Se lo dijiste a Javier en algún momento?

—No. No fue necesario. —Marina se acomodó en su asiento, tomó un sorbo de café y prosiguió: —Lo cierto es que se convirtió en su secretario. Yo ya no estaba para esas cosas y necesitaba más tiempo para mi trabajo en la revista. La idea me pareció perfecta. Miguel iba a la casa por las tardes, de tres a seis, y se encargaba de los archivos. Siempre fue muy meticuloso y no permitió que ningún papel se quedara sin catalogar ni fichar. Con su ayuda, Javier consiguió en un año recopilar y corregir muchos ensayos dispersos y decenas de conferencias, que se publicaron en ediciones impecables, también al cuidado de Miguel.

—Por lo que me cuentas, ya podría detestar a ese joven —interrumpió Olenka—1.

—Celos de hija única —dijo Marina, con poco convencimiento—.

—Cosas que se aprenden, ¿qué le voy a hacer?

—Es curioso, Javier una vez también dijo que podía aprender ciertos sentimientos.

—¿Y cuándo lo dijo?

—Después de que aparecieran sus publicaciones; cuando Miguel empezó a frecuentar la casa acompañado de una chica, Estela.

—No me digas más. ¿Tuviste celos de esa Estela?

—Algo que aprendí de tu padre.

—Vaya, estamos a mano.

—No tan rápido, cariño. No tan rápido.

—…

—Estela es una muchacha realmente disparatada. Siempre anda en líos increíbles. Hasta ahora no sé cómo se le ocurrió a Miguel llevar a esa chica a la casa y menos a Javier aceptarla. Bueno, en realidad, sí sé la razón. Ella es muy simpática —Marina se calló para aclarar la imagen que estaba recordando.— Eso, tiene mucha simpatía.

—¿Acaso no es bonita?

—Fíjate que no. Pero tiene a todos de vuelta y media. En la casa le dictaba a Miguel los informes y apuntes que Javier garrapateaba horas antes. Parecía que entre ellos había un acuerdo de adolescentes para mantener a esa muchacha leyendo aquellos papeles con una dicción de primariosa. Yo los miraba hacer esas chiquilladas desde mi escritorio. Y cuando ellos terminaban sus trabajos, los tres se ofrecían para llevar y recoger mi correspondencia de la casilla postal. Solo Javier regresaba. Digamos que esa fue su rutina durante mucho tiempo. Sin embargo, por esos mismos días, hubo otro cambio; la salud de Javier se quebrantó y le empezaron a sobrevenir una serie de malestares que lo anularon muy pronto en su trabajo. Visitamos muchos médicos, pero no conseguimos un diagnóstico preciso y su deterioro fue irreversible. Su único momento favorable era en el estudio, con la presencia de Miguel y Estela. Ni siquiera daba sus clases en la universidad.

—¿Fue entonces cuando murió?

—Así es. Ese día yo estaba en mi escritorio terminando de cerrar algunos sobres mientras Javier me observaba, contemplativo, sin escribir una sola línea. Miguel y Estela aún no habían llegado y todo parecía mantenerse en quietud. Terminé de sellar el último sobre y, al levantar la mirada, descubrí a Javier desfallecido al pie de su mesa de trabajo. Me levanté temblorosa y avancé con torpeza. Quise llegar hasta él pero me desmayé de pronto. Cuando recobré el conocimiento había mucha gente desconocida en el estudio. Pregunté por Javier y me contestaron de la peor manera que habían querido llevarlo a una clínica, pero que había muerto en el camino. Otra vez sentí desvanecerme y, recién entonces, me di cuenta de que Miguel y Estela me sostenían de los brazos.

Al salir del Café Los Montes caminaron unas cuantas calles. Llegaron hasta muy cerca de la universidad donde Javier había sido profesor y Marina dijo que era probable que Miguel se encontrara por ahí. Y, en efecto, él apareció en su auto por una avenida principal. Olenka reconoció haberlo visto en el velorio y el entierro, a una prudente distancia de los familiares. Se acercó a ellas y se ofreció a llevarlas. Olenka, sin embargo, se negó instintivamente y dijo con amabilidad que prefería caminar un poco más.

—Ve tú —le dijo a Marina, y continuó caminando sin esperar una respuesta.

Olenka bajó por las escaleras y se dirigió directamente al estudio. Recién había despertado de una siesta y quiso leer un poco, sentada en el sillón que solía ocupar su padre. A través del vidrio de la puerta pudo ver que Miguel se encontraba en el estudio y de nuevo experimentó aquella sensación del día anterior al salir del café, cuando descubrió que él no era ningún muchacho, como lo calificaba Marina. Era un hombre delgado, alto y sumamente atractivo. También resaltaba una ligera inclinación de su cuerpo hacia delante que se pronunciaba por un cigarro siempre en los labios.

—Hola —dijo Olenka con voz muy baja, tratando de no sorprenderlo. Él estaba colocando unos libros en el estante.

Miguel volteó e hizo una exagerada reverencia. «Hola», escuchó ella; pero no era la voz de él, era Estela. Estaba hundida en el sillón de su padre, jugando con sus dedos en un rítmico traqueteo sobre el escritorio.

—Ella es Estela, mi amiga.

—¿Cómo estás? —Olenka supo muy bien que con la presencia de esa muchacha nada marcharía adecuadamente. Decidió salir de ahí de inmediato y agregó: solo quería escoger un libro.

—Toma uno de estos. Son muy buenos —dijo Estela, mostrando varios libros apilados sobre el escritorio cerca de ella—. Olenka se aproximó, tomó un título cualquiera y salió del estudio. Al llegar a las escaleras, un repentino vértigo la obligó a sostenerse de la baranda. Enseguida le sobrevinieron arcadas que difícilmente pudo contener. Aspiró una gran cantidad de aire y solo entonces pudo librarse del intenso olor a canela que había brotado de Estela.

Uno de los días en los que Olenka se pasaba gran parte de la tarde leyendo en el estudio, llegaron Miguel y Estela. Ella, en un impulso, salió por la puerta que da al jardín y se recostó en la pared, ocultándose cerca del marco de aquella puerta. Estuvo allí lo suficiente para escucharlos hablar de trivialidades, quedarse en silencio mientras Miguel ordenaba unas fichas, discutir, forcejear un poco, oír los resoplidos de él y las canciones que Estela tarareaba. En el momento que Olenka por fin optó por rodear la casa para poder entrar nuevamente, se detuvo en un rapto de curiosidad y echó una mirada al estudio. Entonces los pudo ver haciendo el amor sobre la tupida alfombra, acompasadamente. El atisbo solo duró unos segundos; no obstante, en ellos Olenka descubrió, entre la redondez y firmeza de los pechos de Estela, una insólita protuberancia callosa. Era un corpúsculo turgente que de modo extraño armonizaba con los movimientos de Estela e imantaba los deseos de Miguel, atrayéndolo embriagado hacia una inusitada ofrenda.

Esta visión obligó a Olenka a retroceder unos pasos. Todavía perturbada tuvo que sujetarse del alféizar para evitar un traspié. En este intento dio media vuelta y halló a Marina en un extremo del amplio jardín, recostada en una tumbona, viendo con calma la escena. Marina solo atinó a agitar el brazo, como cuando se saluda o despide.

El teléfono timbró repetidas veces antes de que Marina levantara el auricular.

—Es para ti, Olenka. Miguel quiere hablar contigo —dijo mientras tapaba la bocina con una mano—.

—¿Conmigo? ¿Y qué quiere?

—¿Cómo voy a saberlo? Toma, habla.

—¿Sí? Hola… Dime… Claro, cómo no… ¿a las cinco te parece bien?… perfecto entonces… ¿Y Estela?…Ya, entiendo… Hasta luego, pues —dijo Olenka y colgó—.

—Miguel vendrá a las cinco. Quiere charlar un rato.

Aunque Marina no le dio importancia a lo que ella le decía, Olenka se sintió algo estúpida por haberle dado explicaciones.

—Marina.

—Dime.

—¿Tú escribiste la carta para comunicarme que Javier había enfermado?

—No. Javier no quiso que te enteraras, pero Miguel y Estela me dijeron que no me preocupara, que ellos se encargarían de avisarte.

A continuación, Marina abrió un cuaderno, anotó algunas frases, después unas cifras y se detuvo a examinarlas con detenimiento. Olenka la dejó en lo suyo y subió a su cuarto.

Olenka y Miguel fueron hasta la terraza para sentarse en unas sillas de mimbre que circundaban una frágil mesa redonda. Allí encontraron una jarra de limonada muy fría y un recipiente con galletas. Sonrieron, pues sabían que se trataba de un detalle de Marina.

—No podía esperar nada menos de Marina —dijo él.

—Yo tampoco. Aunque, la verdad, todavía no sé cuánto pueda esperar de ella; yo la he tratado muy poco.

—Ocho años fuera de Lima es demasiado, ¿no crees?

Ella se admiró por la impertinencia del comentario, pero no quiso hacer notar su malestar.

—Tienes razón. Es mucho tiempo y creo que me lamento de ello— respondió mientras intentaba coger una galleta del recipiente—.

Miguel movió la cabeza aprobando todo lo que ella decía e inmediatamente dirigió el rumbo de la charla hacia otros temas. A Olenka le pareció una treta muy obvia, pero prefirió continuar con esta. Se dijo a sí misma que disfrutaba la compañía de este hombre.

Hablaron varias horas. Al entrar la noche se habían terminado las galletas y la limonada. Ella fue a la cocina en busca de una botella de vino que luego bebieron entre anécdotas risibles y maledicencias sobre personajes públicos de la televisión. Olenka lo escuchaba atenta a la desmedida gestualidad con que Miguel acompañaba sus palabras. No obstante, entre copa y copa, cuando él echaba su extenso cuerpo hacia atrás para reírse y después lo retornaba a su habitual inclinación, Olenka no pudo evitar que se presentaran ante ella fugaces imágenes obscenas de él, manipulando y disfrutando la deformidad de Estela.

Miguel le propuso ir a un restaurante concurrido y cercano. «Conviene cambiar de ambiente», le precisó. Ella solo aceptó con la condición de descorchar otra botella de vino y beber unas copas.

—Es un trato —aseveró él—. Voy a la cocina a traerlo de inmediato. No olvides que yo conozco esta casa mejor que tú.

Se puso de pie y se mostró descomunal y cómico ante aquella mesa tan pequeña. Él dijo algo gracioso y, moviendo sus hombros en un paródico baile, fue a la cocina. Olenka, movida por un arrebato de ansiedad, no quiso esperarlo y resolvió darle el alcance. Las luces de la casa aún no habían sido encendidas y ella tropezó con todo. A cada tropiezo daba pequeños gritos nerviosos que intentó ahogar tapándose la boca.

—Por aquí— gritó Miguel desde la cocina.

Ella llegó hasta la puerta y se apoyó en el quicio. Buscó el interruptor y, apenas se iluminó el lugar, dio una rápida mirada dentro. No logró encontrarlo. Tampoco se inquietó; ni siquiera al dar unos cuantos pasos y advertir de inmediato que las pisadas de Miguel se detenían detrás de ella. Se mantuvo quieta, alerta y divertida; aguardando ser tomada. Intempestivamente él la sujetó de los brazos, la llevó hacia una pared blanca y lisa y la obligó a apoyar la mejilla, los pechos y el vientre en aquella superficie fría. La mantuvo cercada con su cuerpo. Ella sentía que le restaba el aire, que la iba hundiendo en un sopor que solo se iría disipando mientras él se frotaba en ella. Luego él le permitió girar y pronto, sin dejar de besarse, entre las ansias y la agitación, se libraron de algunas prendas. Él, siempre sosteniéndola de las nalgas, la levantó hasta su altura y le permitió a ella encaramarse, separando las piernas y acoplándose con furor, consiguiendo su deseada posición entre la pared y el cuerpo de Miguel. Solo entonces Olenka empezó a morderse los labios y presionarlos a cada movimiento brusco de sus caderas, disfrutando del ritmo que le proponía.

De repente, en medio de las turbulencias de su cuerpo, Olenka consiguió percatarse de que alguien entraba a la cocina. Ella no mostró ningún azoramiento al descubrir que era Estela quien se les aproximaba pausadamente, sosteniendo un cuchillo en una de sus manos. Prefirió continuar sus movimientos con el mismo goce, con esa oscura furia contenida, y no alertó a Miguel. Ambas se observaron. Olenka, ya sin control de sí, separó los labios y bajó la mirada con debilidad, hasta detenerla en el punto donde debía estar la turgencia en Estela, en medio de ese pecho agitado. Luego la vio levantar el brazo, tomar impulso y dejar caer todo su peso sobre el cuchillo que se iba enterrando en la espalda de Miguel, con aparente lentitud y seguridad. Él parecía no entender lo que sucedía, ni aceptar el creciente dolor. Todavía quieto, sus ojos permanecieron interrogantes hacia una Olenka extasiada. Él quiso decirle algo, pero su cuerpo quedó suspendido. Ni siquiera pretendió voltear; tan solo se exigió un último intento para concentrar sus fuerzas y sostenerse en pie unos cuantos segundos más. Finalmente, sus ojos se entornaron y empezó a desvanecerse. Estela no se detuvo a contemplarlos; se marchó con naturalidad, sabiéndose observada por Olenka, que aún embriagada se dejaba arrastrar hasta el suelo por el inmenso cuerpo del hombre; prefiriendo quedarse inmóvil y sin voluntad, como abrigada por la piel de un gran oso.

© Ricardo Sumalavia


Sinestesia. Alejandro Neyra

Alejandro Neyra (Lima, 1974)

Aquí donde usted está leyendo «Aquí donde usted está leyendo» (no es un truco, no se sienta engañado ni mucho menos escéptico) yo veo un rectángulo rojo con dos cuadrados verdes al medio, simétricamente alineados. Por encima de aquel rectángulo, un pequeño triángulo bermellón. Quizás para usted la diferencia entre rojo y bermellón –color que se acerca al granate– sea insignificante. Para mí es esencial.

¿Intentar explicárselo de mejor manera? No sé si se pueda. Al momento de escribir esto las imágenes se suceden incontables en mi mente. Y comprendo perfectamente que mente no es tampoco un término que se entienda sencillamente. La sinestesia es simplemente un fenómeno que algunas personas (entre el 3 y el 5 por ciento de toda la gente en el mundo) sufren. Sufrir es una palabra complicada pero real. Incluso para un sinestésico como yo. Para mí sufrir es un círculo de un azul casi negruzco con un punto naranja al medio. El contraste entre ambos colores –que son complementarios según me han explicado alguna vez– es sufrir para mí.

Puede que esto le resulte intrascendente o excesivo. Para mí no lo es. Así como yo –imagine usted que somos 3 o 5 entre 100 personas, de modo que debe conocer usted a alguno de nosotros, aunque quizás él o ella no lo sepa– hay gente que imagina palabras como colores, colores como sonidos, sonidos como sensaciones táctiles. La explicación científica es relativamente simple: en algún momento de nuestro desarrollo como seres humanos, aún en el útero materno, los sentidos –cinco, seis, quizás más que no hayamos llegado a comprender o controlar– se separan en nuestro cerebro, que es una pequeña masa que va creciendo y se va especializando ya desde entonces. En algunas personas como yo esta evolución o especialización no se completa. No sé si ese pueda ser el término adecuado. Completar es para mí algo así como un clip, un sujeta-papeles de un color entre violeta y morado (lo siento, nuevamente quizás para usted eso no sea relevante), que se abre y se cierra al mismo tiempo. Y para usted es un término concreto que puede imaginar mejor como un candado que se cierra o sabe Dios.

Pero bueno, ¿ha escuchado usted de Chris Langan? Es un guardaespaldas –lo que muchos llaman bouncer (es curioso, pero para mí ambas palabras, que quizás usted perciba como similares en español e inglés, para mí son muy distintas en cada uno de esos idiomas; tal vez porque mi sinestesia tenga que ver con las letras y no con los significados en sí, pero no podría asegurárselo ahora). Yo lo conocí hace un tiempo. Chris es el hombre con el coeficiente intelectual (IQ dice él, pronunciando aiquiú) más alto del planeta. No es broma. Pregúnteselo a alguien culto o búsquelo en Internet. El es la persona más inteligente del mundo (bueno, de toda la gente que haya pasado alguna vez por aquel test, pues quién sabe en alguna parte haya algún ser humano con el coeficiente más alto; puede que en Laos o en Perú, por nombrar dos sitios exóticos, haya alguien con un coeficiente más alto).

Conocí a Langan en Johns Hopkins. Nosotros –un grupo de sinestésicos– estábamos pasando unas pruebas realmente curiosas –tratando de calificar colores, formas, sonidos, sabores y sensaciones del tacto– cuando Chris entró. No sé si ustedes conocen su historia. De niño fue abandonado por su padre. Su madre lo crió con su nuevo esposo, quien lo golpeaba por ser un niño listo, que alardeaba de saber más que aquel hombre. Por eso se dedicó a hacer muchos ejercicios, a ir al gimnasio a cargar pesas y esas cosas. Es un tipo inmenso, la verdad. Tiene ya casi cincuenta y sigue siendo un tipo robusto, uno de esos a los que no te gustaría chocar el auto, o derramarle un vaso de cerveza jamás. Pero Chris, además de ser un hombrón, es un tipo sencillo, cuyo cerebro funciona a mil por hora. Quizás lo hayan visto en la televisión, en alguno de esos programas sensacionalistas. Yo que lo vi de frente puedo asegurarles que se trata de alguien distinto. Una persona verdaderamente especial. No por nada supongo que su IQ es de entre 190 y 210. ¿Pueden imaginarlo? Para que se den una idea, Einstein tuvo un coeficiente de 180…

Mencioné a Chris Langan porque para muchos es un farsante. Pero yo lo he visto y he hablado con él. Es real. No sé que puedan pensar ustedes de eso. Pero para mí alguien real es algo así como un cuadrado de un azul pálido, casi plomizo. Eso es real. Ese es alguien real. Y Chris es así. Cuando me miró a los ojos me dijo que veía en mí –dentro de mí, quizás– algo especial. Y yo pensé en eso que me decía y por primera vez imaginé algo distinto. En lugar de ver una figura, escuché un sonido breve pero intenso. Algo así como una de esas campanas que suenan en las peleas de box cuando se inicia un asalto. Una pegada en el cerebro que me hizo ver –literalmente– algunas pequeñas estrellas sin color (¡sin color! Algo que nunca me había sucedido).

Si hablo de Chris Langan es porque me parece que es un buen ejemplo de alguien que la gente cree un impostor pero es real (real, real como un cuadrado plomo-azulado). Nosotros los sinestésicos somos así también. La gente nunca nos cree. Quizás usted mismo ahora no crea absolutamente nada de lo que lee. Pero le propongo algo. Trate de imaginar lo que acabo de decir. Imagine que no cree absolutamente nada de lo que lee. Imagine “absolutamente” y luego “nada”. ¿Es usted capaz de imaginar algo? No mienta. Nadie lo observa ahora. Piense en “absolutamente nada”. Y ahora trate de explicármelo. Trate de decirme lo que piensa. Quizás imagine usted también una esfera de un crema tan tenue que casi no existe. Piénselo de nuevo. No se asuste. No se ha convertido usted en un fenómeno de la naturaleza. Todos somos capaces de pensar en absolutamente nada.

© Alejandro Neyra, inédito.


Renato Gómez. Poemas

Renato Gómez (Lima, 1977)

Renato Gómez (Lima, 1977)

 

 

Tu ano es el centro de una religión difusa. De mi ano tu mayor instinto,

un chorro marrón de masa que ya no palpita. Si no fueran heces tal vez

cúmulos de sangre y semen, consumidos bultos que encarno acaso;

devenir el invasor de mi propia sangre, el miembro invertido que jamás opera.

Si encontrara este dolor una extensión de carne a su costado abierto.

Si diera a este dolor el sentido secreto del sueño santo, la natividad y el rito,

sometido a encontrar a Dios al temblor de tus rodillas.

 

 

Y si me saliera en forma de pene y volviera a entrar

y salirme por la boca mientras eyaculo, cuánta similitud entre

la materia gris y mi caca. No sin embargo, cuánta similitud

entre la materia gris y mis intestinos. Pero cuál es el estómago

del cerebro; ahora hay un ente blando ajustado a tu cintura,

una constante flexión de masa que repica como yegua.

A duras penas sigues siendo la ingestión del día,

la prieta faz de luz que ya no rebota.

Eres una bestia, la bestia pura.

 

 

Al roce gotea transparente.

Se inflama mientras quisiera ser vagina.

Abre más y más la boca hasta partirse un instante

sin dejar de ser glande pero vagina.

El resto de un conocimiento vano coagula

en tu frente, antecede al roce pero un día radiante,

celeste, tu mierda vencerá la gravedad y Dios tragará

su propia caca, brotada de mi frondoso culo.

 

 

Pero qué padece tu raza que no la mía

si yo también sudo y cobijo liendres,

si me sale caca y mi moco compite

con el tuyo al borde de las mismas junturas.

Pero qué padece tu raza que no la mía

si tu piel se quiebra y destiñe el resto,

apesta a desprestigio y victoria paria.

De otra parte encima mío peores traumas configuran.

 

 

Que con esfuerzo te sea Jesús

y logres alzarte sobre el resto

en un latido ancho de caca dorada.

Nacido en la paria, qué grado de iluminación

te será necesario; resta una falta de carácter en las heces.

De mi primera boca ya no queda rastro,

así yo incontrastable a elemento e inerte

pero mutuo es el goce solo si tú me engendras

el asco perpetuo por todo lo que empujas a tu cuerpo

por todo lo que atreve a mecerse en tu cuerpo.

Llego a creer que la vida se aquieta cuando respiras.

Volverás en bestia pura que jamás podrá rendirse,

y ya no volveremos a alzarnos,

y ya no quedaremos nosotros.

 

 

Dios es un amor en el bajo vientre.

Nos crece ancho, embrutece y toca.

Nódulos y centellas rellenan su boca,

no deja grumos. Su cada orificio confina

un jadeo que nos reúne por cada fragmento

de piel, desde cada milímetro de pelo. Como

si viviéramos en una curva inabarcable

y al filo de esta nalga hubiera

un punto inquieto de luz y este punto fuera

de luz pero luz de caca, vetado al riesgo de todo

lenguaje, su impecable marcha contra lo que

quieres hacer tuyo, ser la primera extensión

de grasa que se recompone.

Una fe incapaz de sostenerme oscila

en tu lengua. Lo que esta toca vuelve

nueva extremidad. Inhalas

y tu pensamiento se extiende

por la falanges y falangetas

hasta suceder en otra dimensión

como un aleteo que se extingue.

 

 

EL RESTO NO FUE PERFECTO

 

 .