Una “raison de coeur”. John Barth

John Barth

(Cambridge, Maryland, 1930)

 

Así es, yo pago cada día la cuenta del hotel, y también me registro cada día, pese al hecho de que el hotel ofrece precios semanales y mensuales e incluso de temporada para los huéspedes que residen a largo plazo. No se trata de ninguna excentricidad, amigo mío, ni de ninguna señal de tacañería por mi parte: tengo una razón excelente para hacerlo, pero es una raison de coeur, si me permite, una razón del corazón y no de la cabeza.

Indudablemente así; literalmente así. Escucha: once veces se contrajo el músculo de mi corazón mientras yo escribía las cuatro palabras de la frase anterior. Quizás seiscientas veces desde que empecé a escribir este breve capítulo. Setescientos treinta y dos millones, ciento treinta y seis mil trescientas veinte veces desde que vine a este hotel. Y no menos de mil setenta millones seiscientas treinta y seis mil ciento sesenta veces ha latido mi corazón desde un día de 1919, en Fort George G. Meade, cuando un médico militar, el capitán John Frisbee, me informó, durante el transcurso de mi examen médico para darme la baja, que cada suave latido que emitía mi enfermo corazón podía ser el último. Este hecho —que habiendo empezado esta oración, quizás no viva lo suficiente para terminarla; que habiéndome servido una copa, quizás no viva para beberla, o que puede el líquido pasar por la lengua de un hombre vivo para llegar al estómago de un muerto; que habiéndome dormido, podría no despertarme— ha sido durante treinta y cinco años la condición de mi existencia, el gran hecho de mi vida: ya lo había sido por dieciocho años, o quinientos cuarenta y nueve millones sesenta mil cuatrocientas ochenta latidos, para el 21 o 22 de junio de 1937. Este es un interrogante inmenso en sus mil formas insignificantes (habiendo oído tic, ¿oiré toc?; habiendo servido, ¿podré hacer la volea?; habiendo puesto azúcar, ¿pondré crema?; si me pica, ¿me rascaré?; si toso, ¿volveré a hacerlo?), en respuesta al cual se han orientado todos mis pensamientos y mis actos, todos mis sueños y energías. Este es el problema para el cual esta mañana, después de haberlo intentado tres veces antes sin resolverlo, me había despertado con la clave, gratuitamente, gratis, ¡como si nada! Este interrogante, el hecho de mi vida, es, lector, también, el hecho de este libro: el interrogante que, ahora contestado y aún por explicar, contesta, lector, todo, lo explica todo.

Bueno, tal vez no todo, o al menos quizás no claramente. Por ejemplo, no explica directamente por qué elegí y elijo pagar mi cuenta a diario, cada mañana, en vez de semanalmente o por temporada. Te ruego que no pienses que temo morir y perder el dinero si he pagado por adelantado: podría perder dinero, pero tener miedo a perder dinero, jamás. Yo no tengo nada parecido a la señorita Holiday Hopkinson, mi vecina nonagenaria y miembro fundadora del CED, que compra sus vitaminas diarias en el frasco más pequeño posible —para ella el verdadero tamaño económico—  y duerme completamente vestida, los brazos cruzados fúnebremente sobre el pecho, a fin de causar con su muerte el menor problema posible a los demás. No, yo pago mi dólar cincuenta cada mañana para recordarme —¡en caso de olvidarme!— que le estoy alquilando otro día a la eternidad, pagando el interés en tiempo prestado, alquilando mi cama por las dudas de que viva para dormir allí una vez más, al menos por el principio de otra noche. Me ayuda a mantener una perspectiva correcta, me recuerda que los planes a largo plazo, al menos para mí, no tienen ningún valor.

Seguro que nadie quiere vivir como si cada día pudiera ser el último cuando en realidad hay alguna posibilidad de que simplemente se trate del siguiente. Incluso en mi posición, uno necesita algo para equilibrar lo perentorio de una existencia de un-día-por-vez, una vida a plazos. De allí que mi Investigación, tal como yo la veo e incluso para prepararse adecuadamente para su inicio, requeriría más vidas de las que necesita un perezoso monje budista para llegar al Nirvana. En efecto, mi Investigación es eterna; es decir, procedo como si poseyera la eternidad para investigar. Y debido a que los procesos que persisten largo tiempo tienden a convertirse en fines en sí mismos, para mí es suficiente dedicar una hora al trabajo, o dos horas de trabajo a mi Investigación cada noche después de la cena, a fin de sentirme un poco fuera del tiempo y de los latidos del corazón.

De modo que empiezo cada día con un gesto de cinismo y lo cierro con un gesto de fe; o si tú prefieres, lo empiezo recordándome que, al menos para mí, los fines y los objetivos no tienen ningún valor, y lo termino demostrando que ese hecho carece de significado. Un gesto de temporalidad, un gesto de eternidad. En la tensión entre estos dos gestos, yo he vivido una vida adulta.

 

 

© John Barth

de: La ópera flotante. El Aleph Editores. Barcelona. 2002.

© Marcelo Covián, de la versión al castellano