Poemas. Paul Guillén

(Ica, 1976)

 

El cinema de Satán

a Julián Petrovick

 

Él ha venido a sentarse a tu costado. Sabe que debe retirar su pierna postiza. Su cojinillo guarda una tolvanera de balines anaranjados y rojos. Sus ojos secos miran el orvallo. Las miradas cruzadas, serradas las cabezas de todos los ángeles, en una salvilla llena de vasijas plateadas están servidas las cervices e iliacos. El cérvido se ufana de su potencia con la lengua para sanar sus heridas infestadas de gusanos azules. Sus patas posteriores han sido confeccionadas con varios cuerpos de perros de presa, mastines nevados, el perro de Pávlov, urogallos, ojos de manta rayas, sus patas anteriores son de cal, cinabrio, cáncamo y zinc. Sus ojos ahora están gelatinosos el magnetismo que irradian no me hace dudar de todos sus nombres. Todos sus nombres guardan su rostro. No puedes mirarlo de frente. La luz muerta que despide tiene el olor de la peste negra. Veo sus fauces, a lo lejos, llenas de sangre. Un andrógino desenrosca su miembro argénteo y lo hierve dentro de su estómago con algunos sábalos, róbalos y sabiolas. El festín empieza cuando el ángel de la S se enrosca en el bajo vientre del cabrón Y LO HACE DELIRAR. ÉL VE SU CONTINUO SERRALLO EN EBULLICIÓN DE LAS MÁS PROFUNDAS VERIJAS Y LO LAME. TODO ES ÉXTASIS EN ESE MUNDO SUBTERRÁNEO.

 

 

 

La historia prohibida del comunismo

 

Carne humana con gusanos rojos y azules: hay una pareja de rusos sentados junto a la calavera de su realpolitik e Isabel ya sabía de su apariencia cavernaria y de sus latidos debajo de la enagua. Los enanos sangrientos con los saxofones creando eones. Luces de oro líquido que se impregnan en tus pupilas. Todo silogismo es ilógico porque de lo que se trata es de un travelling continuo que gira y gira como una noria de agua (y nos mojamos todos). Isabel, la vecina de Ezequiel, apoya a los nazis de Oxapampa. Ahora, quién traerá la miel que chorrea por la carretera tal si fuera la sangre de un accidente a 3000 kilómetros por hora. Ahí no podríamos encontrar siquiera huesos que roer o pedazos de sesos pegados en el asfalto que lamer y qué sería de nosotros sólo ver pasar los ómnibus rumbo a la cordillera y sus llantas estropeadas harían el ruido propicio para una guerra silenciosa y étnica.

 

 

 

Los ahorcados

a José Pancorvo

 

Góngora Gólgota pinta los campos con tus estrellas

Pacen los carpos y amatistan los falderones

La gota de mi abuelo no es el mismo ganglio

Que pende de tu cuello agrietado

Glándulas gladiolan los glaciares

Giróvagas los glaucos edulcorados

Breve estrofa del decir con la garganta

Argéntea línea de la gonorrea

Más gambica que los grandes almanaques

Glaciar de la mente glaucomada

Entonces la poesía era como glosa

De gibaceo

Gragea de oro líquido inhumana

La poesía era como glándula dispersa

Como una S enroscada a tu garganta

Garfios gluten las cabezas de las ollas

Los ojos bien gnómicos

Una vez más la poesía era azul como la nada

Los cráneos de los desposeídos giraban

En la girándula

Gramíneas alumbraban el horizonte

El banquete final de la escollera

Una sopa de sesos bien negra

Satán en el rompeolas deglute los cráneos

& trastorna el paso de los cometas

Todo el cosmos se enrumba hacia otro tridente

Todo el tiempo se agrieta

Cincel negro de la penumbra

La poesía era oscura como virgen

La poesía era oscura

como línea negra del horizonte

 

de: Historia secreta(2008)

 

 

 

Catleya

(LLRL)

 

¡Que se distienda como luz de estrella,

Y sea luz cuajada que dormita

En la satisfacción de la catleya!…

Martín Adán: Diario de poeta

 

Cuál es esa flor que habita en tus ojos

Y se niega a mostrarse

Cuál es esa flor que en tus pestañas

Florece como pétalos violetas

Cuál es esa flor que miro

Todos los días

Y no puedo alcanzar

¿Esa flor vive dentro de ti

O dentro de mí?

Si tan sólo pudiera tocarla

El cielo se abriría para los dos

Tanta dicha es imposible

De imaginar

 

(inédito)

 

© Paul Guillén, de los poemas

 

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Sinestesia. Alejandro Neyra

Alejandro Neyra (Lima, 1974)

Aquí donde usted está leyendo «Aquí donde usted está leyendo» (no es un truco, no se sienta engañado ni mucho menos escéptico) yo veo un rectángulo rojo con dos cuadrados verdes al medio, simétricamente alineados. Por encima de aquel rectángulo, un pequeño triángulo bermellón. Quizás para usted la diferencia entre rojo y bermellón –color que se acerca al granate– sea insignificante. Para mí es esencial.

¿Intentar explicárselo de mejor manera? No sé si se pueda. Al momento de escribir esto las imágenes se suceden incontables en mi mente. Y comprendo perfectamente que mente no es tampoco un término que se entienda sencillamente. La sinestesia es simplemente un fenómeno que algunas personas (entre el 3 y el 5 por ciento de toda la gente en el mundo) sufren. Sufrir es una palabra complicada pero real. Incluso para un sinestésico como yo. Para mí sufrir es un círculo de un azul casi negruzco con un punto naranja al medio. El contraste entre ambos colores –que son complementarios según me han explicado alguna vez– es sufrir para mí.

Puede que esto le resulte intrascendente o excesivo. Para mí no lo es. Así como yo –imagine usted que somos 3 o 5 entre 100 personas, de modo que debe conocer usted a alguno de nosotros, aunque quizás él o ella no lo sepa– hay gente que imagina palabras como colores, colores como sonidos, sonidos como sensaciones táctiles. La explicación científica es relativamente simple: en algún momento de nuestro desarrollo como seres humanos, aún en el útero materno, los sentidos –cinco, seis, quizás más que no hayamos llegado a comprender o controlar– se separan en nuestro cerebro, que es una pequeña masa que va creciendo y se va especializando ya desde entonces. En algunas personas como yo esta evolución o especialización no se completa. No sé si ese pueda ser el término adecuado. Completar es para mí algo así como un clip, un sujeta-papeles de un color entre violeta y morado (lo siento, nuevamente quizás para usted eso no sea relevante), que se abre y se cierra al mismo tiempo. Y para usted es un término concreto que puede imaginar mejor como un candado que se cierra o sabe Dios.

Pero bueno, ¿ha escuchado usted de Chris Langan? Es un guardaespaldas –lo que muchos llaman bouncer (es curioso, pero para mí ambas palabras, que quizás usted perciba como similares en español e inglés, para mí son muy distintas en cada uno de esos idiomas; tal vez porque mi sinestesia tenga que ver con las letras y no con los significados en sí, pero no podría asegurárselo ahora). Yo lo conocí hace un tiempo. Chris es el hombre con el coeficiente intelectual (IQ dice él, pronunciando aiquiú) más alto del planeta. No es broma. Pregúnteselo a alguien culto o búsquelo en Internet. El es la persona más inteligente del mundo (bueno, de toda la gente que haya pasado alguna vez por aquel test, pues quién sabe en alguna parte haya algún ser humano con el coeficiente más alto; puede que en Laos o en Perú, por nombrar dos sitios exóticos, haya alguien con un coeficiente más alto).

Conocí a Langan en Johns Hopkins. Nosotros –un grupo de sinestésicos– estábamos pasando unas pruebas realmente curiosas –tratando de calificar colores, formas, sonidos, sabores y sensaciones del tacto– cuando Chris entró. No sé si ustedes conocen su historia. De niño fue abandonado por su padre. Su madre lo crió con su nuevo esposo, quien lo golpeaba por ser un niño listo, que alardeaba de saber más que aquel hombre. Por eso se dedicó a hacer muchos ejercicios, a ir al gimnasio a cargar pesas y esas cosas. Es un tipo inmenso, la verdad. Tiene ya casi cincuenta y sigue siendo un tipo robusto, uno de esos a los que no te gustaría chocar el auto, o derramarle un vaso de cerveza jamás. Pero Chris, además de ser un hombrón, es un tipo sencillo, cuyo cerebro funciona a mil por hora. Quizás lo hayan visto en la televisión, en alguno de esos programas sensacionalistas. Yo que lo vi de frente puedo asegurarles que se trata de alguien distinto. Una persona verdaderamente especial. No por nada supongo que su IQ es de entre 190 y 210. ¿Pueden imaginarlo? Para que se den una idea, Einstein tuvo un coeficiente de 180…

Mencioné a Chris Langan porque para muchos es un farsante. Pero yo lo he visto y he hablado con él. Es real. No sé que puedan pensar ustedes de eso. Pero para mí alguien real es algo así como un cuadrado de un azul pálido, casi plomizo. Eso es real. Ese es alguien real. Y Chris es así. Cuando me miró a los ojos me dijo que veía en mí –dentro de mí, quizás– algo especial. Y yo pensé en eso que me decía y por primera vez imaginé algo distinto. En lugar de ver una figura, escuché un sonido breve pero intenso. Algo así como una de esas campanas que suenan en las peleas de box cuando se inicia un asalto. Una pegada en el cerebro que me hizo ver –literalmente– algunas pequeñas estrellas sin color (¡sin color! Algo que nunca me había sucedido).

Si hablo de Chris Langan es porque me parece que es un buen ejemplo de alguien que la gente cree un impostor pero es real (real, real como un cuadrado plomo-azulado). Nosotros los sinestésicos somos así también. La gente nunca nos cree. Quizás usted mismo ahora no crea absolutamente nada de lo que lee. Pero le propongo algo. Trate de imaginar lo que acabo de decir. Imagine que no cree absolutamente nada de lo que lee. Imagine “absolutamente” y luego “nada”. ¿Es usted capaz de imaginar algo? No mienta. Nadie lo observa ahora. Piense en “absolutamente nada”. Y ahora trate de explicármelo. Trate de decirme lo que piensa. Quizás imagine usted también una esfera de un crema tan tenue que casi no existe. Piénselo de nuevo. No se asuste. No se ha convertido usted en un fenómeno de la naturaleza. Todos somos capaces de pensar en absolutamente nada.

© Alejandro Neyra, inédito.


Oquendo sobre Luis Loayza

Luis Loayza y Abelardo Oquendo en Ginebra

Luis Loayza y Abelardo Oquendo en Ginebra

Cuadernos de Composición

El avaro apareció en una colección de libritos, folletitos, un proyecto editorial que se llamó Cuadernos de composición, y también la primera edición de la obra de Loayza sale bajo el nombre de este sello. Después, no me acuerdo si fue antes o después. Fue antes, antes de El avaro apareció una publicación que hicimos con Loayza que también se llamaba Cuadernos de Composición, cuya idea era convocar escritores, cuatro por vez, que escribieran sobre un mismo tema [como las composiciones de colegio]. Entonces, el asunto era darles un tema a los escritores para que escribieran sobre eso. Hicimos uno nada más, uno con el tema de la estatua, y claro, uno de los textos de El avaro aparece titulado “La estatua”. En el primer “Cuaderno” colaboramos Loayza, Sebastián Salazar Bondy, Alejandro Romualdo y yo. Después la cosa fracasó porque la gente no se animaba, ya que no quería que los comparáramos con los otros, como una especie de competencia para ver quién había escrito mejor, entonces no les interesó mucho el tema. Y hubo solamente ese par de publicaciones con el sello de Cuadernos de composición. Este relato que aparece en los “Cuadernos” es el mismo que luego aparece en El avaro, porque además hubo muy poca diferencia de tiempo entre una cosa y otra. Él ya tenía esos textos escritos. Sí, además él, tramposamente, o ventajosamente, mejor, fue el que propuso el tema, ya lo tenía listo.

Carácter

Lo peculiar en él es que parece una persona asocial, ¿no es cierto?, pero no es nada asocial. Es una persona como cualquier otra, muy sociable, muy buen conversador, gentil, muy amable con las personas. Lo que pasa es que no le gusta, no le gustan grupos grandes, no le gusta aparecer, no le gusta ser el centro de atención, y es más bien retraído, de pocos amigos. No impopular, porque no lo es, no lo era tampoco. Esto lleva a que nunca haya dado una entrevista, a que no le interese absolutamente si hablan o no hablan de él. Le tiene completamente sin cuidado. No se ha promocionado nunca, el ejercicio de la literatura para él es realmente una vocación a la que responde cuando le provoca. Nunca se ha forzado a escribir, o sea, si a él le provoca escribe. Ahora lleva varios años sin escribir, le pregunté últimamente en París si tenía algún proyecto y me dijo tener allí unas cosas pero que todavía no se había animado a ponerse a trabajar. Yo espero que lo haga porque no está trabajando absolutamente en nada. Ya se jubiló de las Naciones Unidas, él trabajaba en Ginebra en la ONU, pero ha seguido trabajando por contratas, hasta que decidió irse a París; se compró un departamento allí y ha abandonado Ginebra y no va a recibir más contratos.

Clases de derecho

Sus textos circularon mucho en manuscritos entre el círculo de amigos. Yo conocía El avaro antes de que se publicara, y también lo conocían algunos condiscípulos suyos de la Facultad de Derecho de la Católica. En varios de esos textos, casi todo el “Vocabulario”, por ejemplo, fueron escritos durante las clases de derecho. Luego él nos enseñaba lo que había escrito entre las clases.

Lima

Él venía a Lima hasta que murieron sus padres. Después de muertos sus padres no ha vuelto y no piensa venir; hace como 20 años que no viene. Es muy apegado, eso se puede ver en sus textos, muy apegado al recuerdo. Sus placeres, más que los placeres de la vida, son los placeres de la memoria. Él tiene un profundo afecto, una vinculación muy afectiva a la Lima, a la Miraflores que conoció, sobre todo en la que vivió, y también a ciertas personas. Lo que veía en sus continuas visitas bienales a Lima, era, bajo algunos aspectos, una decadencia; bajo otros aspectos, el paso arrollador de lo que llaman progreso. Entonces, Miraflores empezaba a cambiar y no precisamente para mejora. Por ejemplo, la avenida Pardo era una preciosa avenida con ficus y con casas grandes. Pero claro, las pistas eran muy estrechas y el tránsito se hacía absolutamente imposible. Fue creciendo el parque automotor, como le dicen, y además a raíz de los ficus, que son árboles muy poderosos, malograban las pistas y las veredas, empezaban a quebrarlas, a empujarlas y les hacían ondulaciones y eso era insostenible, por ello había que cortar. La avenida Benavides, ahora llena de edificios, estaba con esos ranchos miraflorinos tan bonitos, con sus jardines adelante, tenía una doble vereda, luego se tiraron los árboles abajo, se amplió la pista para satisfacer las necesidades del tránsito, empezaron a desaparecer las casas y a aparecer los edificios. Lima se convirtió en una cochinada. Lima era el lugar al que uno iba en corbata al centro. Entonces, todo eso lo afectaba realmente y en un momento dijo “para qué voy a volver a Lima si lo único que hago es dejar que devaste mi memoria”. Es un rasgo de profunda afectividad que tiene, pero se cuida mucho de demostrarlo, es muy íntimo.

Revistas

La colección Cuadernos de composición la inventamos Loayza y yo. Nosotros fuimos y le pedimos a Romualdo y a Sebastián y apareció este único número. Quisimos seguir haciéndolo, pero no encontró acogida, además queríamos una cosa barata, que tenga pocas páginas y la financiábamos nosotros. Lo mismo la revista, ese primer número lo financió Loayza. Invirtió el sueldo que le acababan de pagar y publicamos el primer número de Literatura. Después hicimos otra revista que tiene el record en el Perú, ya que por lo general mueren en el número uno. Esta murió en el número cero. Sacamos un número de prueba que se llamó Proceso, y esa revista la sacamos Mario Vargas, Loayza, Sebastián, Hugo Neyra y yo. La significación no estaba en una cosa gradual, que es un proceso, sino en el proceso judicial. Pensábamos procesar aquí a la literatura peruana, pero se murió en el número cero.

[Lima, 09 de diciembre de 2004]

Fotografía: Archivo diario El Peruano

Tres pequeñas historias. Gonzalo Málaga

Gonazalo Málaga (Puno, 1968)

Gonazalo Málaga (Puno, 1968)

 

Lima, 6:00 p.m. I

Regreso a casa mientras se encienden luces en las calles. Una mujer camina por la vereda del frente, la veo, va envuelta en ropas anchas, en un abrigo y una larga falda de lana; avanza encogida por el frío, con la cabeza cubierta por una pañoleta; en los brazos sostiene algo que cubre del viento con una frazadita blanca. Alguien aparece corriendo detrás de ella; alguien que grita: ¡agárrenla! ¡está loca! Ella empieza a correr, rápidamente cruza la pista a unos metros de mi. Otra persona grita: ¡quítenle el bebé! Y otra más: ¡Está loca! ¡Se lleva un bebé que no es suyo! Un borracho saca un cuchillo de entre las ropas e intenta clavárselo cuando ella pasa, rápidamente, a su lado. La mujer sigue corriendo, pero dos personas más la interceptan: no puede zafarse, por más que lo intenta. Nos acercamos, la rodeamos. Alguien le quita la pañoleta, descubriendo su rostro: vemos que ella es en realidad un hombre. La sorpresa nos dura poco, ¡hay que quitarle el bebé!, pensamos todos. Se resiste; y en el forcejeo la cabeza del bebé se desprende: es una piedra que cae y agrieta el cemento del piso; el cuerpo descabezado es un fardo de ropa. Nos quedamos inmóviles: testigos inútiles de una escena absurda. Volvemos a caminar en silencio. Atrás queda el hombre vestido de mujer, que llora acariciando una piedra.

 

5

María, soy Felipe… vas a despertar dentro de poco; ¿crees que estás soñando? Amelie está en el hospital, esperando que la operen, ¿lo sabías? Ni Lucía ni yo iremos a visitarla. ¿Recuerdas nuestras salidas cada quince días? ¿…y las largas caminatas en que nos separábamos y cada grupo competía por llegar antes a algún lado? Tienes ojeras grandes, María, aunque no lo creas eso te hace más bella. ¿Sabes que tus compañeros de trabajo hablan muy bien de ti?, a pesar de que te encuentran un poco extraña. Me gustaste mucho la primera vez que te vi, en el carro que nos llevaba a Marcahuasi; pero luego vi a Lucía y eso cambió mi vida. ¿Sabes que desde que apareció ella no estuve con nadie más? A pesar de Amelie, que nos hacía bromas y nos seguía a todos lados. Lucía empezó a pensar que Amelie quería separarnos… ¿te lo dijo alguna vez? Ese día entró dos veces a nuestra carpa, sin avisar, dijo que para ver si queríamos cigarrillos. No le hicimos caso, la segunda vez creo que nos reímos, nos reímos muy fuerte, luego Lucía me dio un beso larguísimo. Lo que ocurrió después, a la puesta del sol, no fue un accidente, estábamos a un metro del borde, fue Amelie, ella nos empujó. No le hemos dicho nada, no hemos ido a buscarla; pero si vas al hospital dile que la estamos esperando, que ya no falta nada.

 

7

Seguramente me recuerdas, yo estaba en el último año de la Escuela de Bellas Artes cuando tú recién ingresabas; yo era el que recubría de pintura a sus modelos para luego estamparlas en posturas forzadas sobre los lienzos. Lo hice porque sabía que no tenía las habilidades que vi en muchos desde mi primer año, por eso decidí hacer algo distinto, y a todos les pareció original… me gradué con honores, lo sabes. Calificaron mis obras de esculturas sobre tela, las equipararon a libros que guardaban la dicotomía de la luz y la oscuridad; mis cuadros eran como las hojas del libro del bien y del mal, decían, al ver los cuerpos, dolorosamente flexionados, de mis modelos desnudas. Pero después de salir me avergoncé de mis obras, sentía que eran una farsa, y yo el farsante más grande. Me deprimí mucho. Creo que quise matarme… Empecé a enseñar en la escuela, y apareció Tomás; él me hizo sentir nuevamente como un artista; verlo, ver cómo me veía con tanta atención en las clases, era como si alguien me agarrara a mordisquitos e hiciera sentir vivo cada centímetro de mi cuerpo. Pero había algo que no me decía, que tuve que preguntarle muchas veces, porque me veía y no me decía nada. ¿Qué quieres? ¿qué quieres?, le insistía mientras salían los demás. Él callaba y me veía y se iba… hasta el día en que nos citamos cerca de su casa… él me vio nuevamente, de esa misma manera, se me acercó más y, sosteniendo una cuerda en ambas manos, me dijo: “siempre he deseado matar a alguien”.

 

Autor: Gonzalo Málaga