Oda a un vino viejo. Henrik Nordbrandt

Henrik Nordbrandt

(Frederiksberg, 1945)

 

El vino que maduró en las laderas de las montañas

tardíamente aquel verano en que nos conocimos

está ya dorado y lleno de regustos

como los que siguen a una borrachera, evaporado como años al sol

y la brisa nocturna mira dentro de mí con su follaje de álamo:

Estoy cansado

como si mi corazón fuese un petromax encendido

derribado en un jardín ajeno

donde viajo a través de la melancolía manchada de tierra

de familias desaparecidas

como un circo ambulante, construido tan artísticamente

dentro de la botella que vacié

y tan inclinado que indefectiblemente tengo que confundirme

con mi primo segundo.

Pronto bailaré en la plaza, vestido de blanco

con un esqueleto fosforecente pintado en la tela

y susurraré palabras apasionadas al oído de las niñas de 16 años

que dándose el brazo dividen la oscuridad que gotea

aceite sexual

a través de los numerosos vinagres burbujeantes de finales de verano

que han contendio demasiado tiempo fuertes hierbas aromáticas.

 

Han pasado siete años, amor mío, y yo sigo aquí

aprendiendo los primeros pasos de baile

mientras el recuerdo de ti se marchita como el arce

en el patio del museo

y papeles con besos estampados que una vez fueron ardientes

son sacados por el viento de edificios en ruinas y arrastrados por

húmedos terraplenes de vías férreas

para ser recogidos por un hombre con un bastón

rematado en una punta de hierro.

Y tengo la sensación de que la oscuridad

ha empezado a utilizarme como a una esponja

que retira una triste capa de grasienta suciedad de todas

las brillantes superficies

mientras mis cuatro sentidos restantes se agarran entre sí

desesperadamente como las cuatro partes de una cruz:

una sombra de la ventana que da al umbroso valle

donde vuelve a ser primavera.

 

Te he engañado veinte veces, esta es

la vigésima primera.

Un hotel particularmente dudoso en una callejuela sucia

donde todas aquellas con las que te he engañado

están gimiendo en brazos de todos los muchos

con los que me has engañado.

Y camas de hierro con ruedas, citas de la Biblia bordadas

y pozales llenos de condones usados y desparramados a patadas

en el barro que verdece

me hacen estallar en gimoteos histéricos

como un cartero sobrecargado

mientras las sábanas, húmedas por una profusión de juegos sexuales,

definden la silueta de un río cuyas riberas

han sido arrastradas por la corriente

y donde flotan pálidos fetos en un oscuro torrente

a diez centímetros bajo la superficie.

—Pero nos vamos a una fiesta y damos la espalda al panorama

para vestirnos en la oscuridad con ruido de cucarachas.

 

¡Oh, Victoria! A pesar de lo poco que nos hemos visto

en los últimos tiempos

pronto podré dejarte entrar en la larga

fila de danzantes

y ponerte una rosa en el vestido sobre tu pecho izquierdo

y una gardenia blanca detrás de tu oreja derecha

mientras coloco el brazo en tu delgada cintura

y te beso ardientemente

seguido por incontables miradas admirativas procedentes

de la caseta de tiro, de la tómbola y de los carruseles:

Allí no hay nadie que haga una pareja tan fantástica

como nosotros, ni de lejos.

Tu cimbreante cuerpo es como la blanca melena del saúco

que palpita, sacudida por un tono azul e inaudible

en el viento de fines de verano

donde el mío es como garabatos de roble o de olivo

ramas endurecidas al fuego

y tengo que atravesarte como corta la seda una tijera

y desparramar tus miembros a lo largo de la línea de tu sonrisa.

Es lo que se exige aquí de nosotros, de estos extranjeros

con sus ridículas tradiciones

que devoran nuestro aspecto como la levadura a la miel, hasta que

haciendo eses, se tambalean y caen.

 

La resurrección y el triunfo de la carne sobre el alma

es lo que celebramos aquí:

Una vida, más vieja que nosotros, nos va cubriendo poco a poco

para vomitarnos en forma de sangre sobre muros sucios

y una vieja doncella que ha sobrevivido todas las decepciones

todas las pérdidas

empieza a acercarse a la superficie con torpes brazadas

hasta que estallamos en fina espuma.

Y lo que queda en las tinieblas de tu rostro

son solo los caminos bajo el follaje del álamo,

del verano solo la plaza vacía, donde los músicos

duermen roncando tumbados entre sus instrumentos,

del vino solo la botella

y de mí solo la mano que agarra el vaso vacío:

Mis dedos pintados en el vaso

las líneas que se ponen a escribir por su cuenta.

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© Henrik Nordbrandt, del poema

© Francisco Uriz, de la versión al castellano

de: Nuestro amor es como Bizancio. Lumen. Barcelona. 2003.