Joan Salvat-Papasseit. Toda la añoranza de mañana

Joan_Salvat-Papasseit

(Barcelona, 1894 – 1924)

 

Ahora que estoy en cama

enfermo,

estoy bastante contento.

—Mañana me levantaré            quizás,

y heos aquí lo que me espera:

 

Unas plazas relucientes de fulgor,

y unas vallas con flores

bajo el sol,

bajo la luna al atardecer;

y la muchacha que trae la leche

que tiene una cabecita ligera

y lleva un pequeño delantal

con los bordes hechos con encaje de bolillos,

y una risa fresca.

 

Y también aquel niño que gritará el diario,

y que sube a los tranvías

y los baja

corriendo.

 

Y el cartero

que si pasa y no me deja ninguna carta me angustia

porque no sé el secreto

de las otras que lleva.

 

Y también el aeroplano

que me hace levantar la cabeza

como si me llamara una voz de la azotea.

 

Y las mujeres del barrio

madrugadoras

que atraviesan de prisa hacia el mercado

con sendos cestos amarillos,

y que regresan

con las coles sobresaliendo,

y a veces es la carne,

y de otro unas cerezas rojas.

 

Y después el vendedor

que saca la tostadora de café

y comienza a girar la manivela,

y que llama a las chicas

y les dice: — ¿Eso es todo?

y las chicas sonríen

con una sonrisa clara,

que es el bálsamo que sale de la esfera a la que él da vuelta.

 

Y todos los chiquillos de la vecindad

que harán demasiado ruido porque será jueves

y no irán a la escuela.

 

Y los caballos acompasados

y los carreteros dormidos

bajo la vela en punta

que danza en la línea de la rodada.

 

Y el vino que hace tanto no he bebido.

 

Y el pan

sobre la mesa.

 

Y la olla dorada,

humeando.

 

Y vosotros              amigos,

porque me vendréis a ver

y nos miramos felices.

 

Todo esto bien me espera

si me levanto

mañana.

 

Si no pudiese levantarme

nunca más,

heos aquí lo que me espera:

 

—Vosotros quedaréis,

para ver lo bueno que es todo:

y la Vida

y la Muerte.

 

 

 

© Herederos de Joan Salvat-Papasseit

© Reinhard Huamán Mori y Elena Roig Torres, de la versión al castellano

 

 

Salvador Espriu. Las horas

(Santa Coloma de Farnés, 1913 - Barcelona, 1985)

(Santa Coloma de Farnés, 1913 – Barcelona, 1985)

 

Espera

 

Entonces diré: “Cimas y nubes

y tierras en la lejanía y la lenta

herida del río y el incendio

del cielo, muchos crepúsculos

sobre el desierto y los viejos árboles

amados como dioses, para los hombres

aún retornan.

Pero yo que esperaba este día,

he aquí que estoy muerto”.

 

 

 

Otoño

 

El viento, los bosques

mueren besando la lenta

luz de la tarde.

Ejércitos de noche vienen

por caminos solitarios.

 

 

 

Árbol

 

Yo te soñé majestad invisible

que planea por el viejo nombre de cada cosa.

Arraigado en el dolor de la ceniza,

sólo un hombre, te llevaba, sepulcro,

padre muerto, dentro de mí, en silencio,

y te llamaba con palabras de viento,

de antiguos milenarios que encienden la ira.

No has respondido nunca al clamor y me dejabas

temeroso en la noche, fuego secreto, flama alta,

árbol Dios en la noche.

 

 

 

Nueva claridad

 

Ante mis horas, la altivez

de un viejo cántico que siento en la lejanía

de noche, de humo, de soledad velada.

¿Qué oscuro recuerdo dominará para siempre?

Vuelve la intacta serenidad del alba.

 

 

 

Secuencia

 

Desde ayer, y ya sin vestigios

de algún dolor fiel que te acompañe

donde estás perdido. Flama extinguida, ceniza

de unas palabras que del todo morían.

Tu recuerdo, luz de lejanas tardes.

 

 

 

Memoria

 

Escucho siempre

tu eterno silencio

en la montaña.

Otros tiempos, otras horas

hacen difícil el recuerdo.

 

 

 

Camino de mar

 

A la conquista

de servidumbres de príncipe,

ánima, nave, viajera,

vas al azar, sin luz,

por la lucha de un día.

Y al otro,

todo ya es tiniebla.

 

 

 

Bajo la lluvia

 

Bajo la lluvia,

árboles, camino, silencio,

vidas lejanas.

Sin pesar miro

cómo desaparece mi paso.

 

 

 

Lluvia

 

No viene de ninguna parte. ¿Partir?

No hay palabra mágica que rompa

esta costumbre del ojo, este silencio

sonoro de dardos. La primavera, el lujo

de los años y de la luz, ahora se perdía

en el camino vencido. Las esperanzas

han muerto a tiempo. Todo es de nuevo perfecto

a lo largo del vacío: la lenta lluvia

no va a ninguna parte.

 

 

 

Mensaje

 

—De lejanas riberas heladas,

de la memoria fiel de la noche, donde no arraiga

el vago sueño de la esperanza,

ver por ti, ve por ti, pequeño hombre.

 

Mira cómo te rodea el triunfo de los asfódelos,

mira cómo avanza la dama

sin ojos, la barca

del viejo solitario.

 

Ve por ti, ve por ti. A mostrarte,

por todo el silencio del mar, el régimen

fiel de la noche, donde florecen

pálidamente, triunfantes, los asfódelos.

 

 

 

Tierra negra

 

Reposa del camino. Bajo el ojo de oro

el reino es infinito. En la llanura

de calma y soledad el viento se adormece.

 

Río arriba, entre muros de desiertos,

viene la barca del dios. Mil estandartes

flamean en los mástiles, radiantes de sol.

Sacerdotes remadores cantan viejos himnos

al señor de la muerte, mientras hieren

el lodo, las gruesas aguas.

 

Esta luz, la paz de este largo día,

son tuyas, caminante, si la amplia tierra

del trigo eterno te llama por tu nombre.

 

 

 

Omnis fortasse moriar

 

El anochecer está lleno de sangre, y no sé qué combate

magnifica el largo plañido del poniente, detrás las cimas.

De lo profundo de unos ojos ciegos he visto cómo surge el perro

maligno de la noche y corre por los amplísimos

caminos del miedo, ladrando mi muerte.

¡Oh, el pájaro que no canta, el bosque silencioso,

príncipe dormido, viento! Ahora caeré solo

y no más seré nombre, ni recuerdo, ni dolor.

Escucho como se marchan las claras voces

de la hoja y el agua, ama el último corazón,

poco a poco me siento hermanado con el fango.

 

 

 

Quisiera decirlo con mis labios de viejo

 

Con sufrimiento he visto. Ya no recuerdo el mar.

Recorro el último surco, después vendrá el desierto.

Bajo clarísimos cielos, escucho cómo el cielo

me dice el nombre ganado, aquel nombre mío: “Nadie”.

Serán tiempos de reposo, y me decanto a mirar

por última vez la luz de un largo poniente.

Ahora, sin miedo alguno, me alejaré,

noche adentro, Dios adentro, por la arena y la sed.

 

 

 

© Herederos de Salvador Espriu

Reinhard Huamán Mori, de la versión al castellano