Lena Pappá. Espejos

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(Atenas, 1932)

 

I

Los espejos muchos

y la persona una.

 

 

II

Mar radiante

mi espejo

y en el fondo de su fulgor yo

de pie ahogada.

 

 

III

Ciertos momentos me asomo,

busco en su interior mi cara

como una vez la reprodujo vigorosa

bellamente viva

—y él me devuelve

una desconocida, borrosa, desleída, engañosa

en su traidora brillantez

de mercurio

 

 

IV

Millares de espejos

para la imagen.

Para el alma

todavía

ninguno

 

 

V

Los espejos múltiples

me multiplico también yo.

Debes tener valor

para mirar

tus múltiples rostros

que te seducen

y te turban

con la repetición de los enigmas.

 

 

VI

Navegándome a mí misma

me esfuerzo

por fondear en mi verdad.

El espejo

unas veces puerto otras vorágine

jamás pude gritar

“Eureka”.

 

 

VII

Huiste: el espejo quedó espléndida

insondable fosa.

 

 

VIII

Qué esplendorosa soledad

el espejo.

 

 

IX

Mágicos todos los espejos

cuando en ellos te miras

sonriendo.

 

 

X

En los espejos oxidados de la memoria

vi

cómo la verde risa, mis frescos

ojos extáticos

el lozano ídolo del mundo

brillaba como la luna

en los telarañosos espejos muertos

vi

cómo me esperaban inmarchitables

la menta de mi madre

los besos mentolados de los azules amores

en los viejos mutilados espejos

vi

la onírica mirada de mi blanco

ángel bueno

antes de que la oscureciera el negro tiempo.

 

 

 

© Lena Pappá, de los poemas

© José Ruiz, de la versión al castellano

de: Palabras de vidrio. Los Vientos. Barcelona. 1984.

 

Kostas Steryopulos. Poemas

kostas

(Atenas, 1926)

 

Al otro lado de la verja

 

Sobre el hilo de una araña brilla y se balancea la luz

como en un columpio imaginario,

tras algunos signos y engendros que presagian un invierno tan grave,

la ligereza del viento te trae algunos recuerdos.

 

Una música tan lejana y tan profunda—

mas qué cabe esperar…

 

¡Tiempo ha que conozco este jardín!

Fresco corría el aire de la hojarasca,

antes de que las ramas quedasen reducidas a esqueletos

y antes de que espinas y culebras lo invadiesen todo.

Las umbrías arboledas plagadas de pájaros.

Los arriates bien granados y llenos de colorido.

 

Esta soledad te trae todavía

ladridos apenas perceptibles y sonidos nocturnos,

los perros que a tu sueño acompañaban

y recordaban “bucólicas vidas en el campo“,

y después de todo, solo queda el silencio en la llanura.

 

Ya no puedo dormir y despertar reposado.

Me falta la Gran Ignorancia,

me falta el sueño de la bestia.

Y quedé al otro lado de la verja,

del lado de tanto silencio y soledad,

viendo este jardín con más años que yo.

 

(Siempre te gustaron los jardines en ruinas.)

 

 

 

 

El sol de la medianoche

 

“Es la fe…”
(“A los Hebreos”, 11,1)

 

Como el sol de la medianoche,

descendamos.

No es el sol; es su reflejo,

que todavía luce, cuando aquel ya se ha puesto.

 

Abandonaré nuevamente la esperanza de que pase por el “ojo de la aguja“.

Con sus plumas empapadas la naturaleza no puede volar,

llevando en moléculas de materia algo del alma de los antepasados.

 

Descendamos.

 

Nuestros ojos que anhelan ver,

nuestros labios impacientes para saborear.

Linaje pecador,

olvidamos incluso la maravilla.

Nuestras manos en perpetuo movimiento, dispuestas a agarrar.

 

¿Quién se encuentra en lo más alto y en lo más bajo

en medio de calaveras desnudas,

que observan ya con las cuencas vacías de sus ojos?

La guapísima con la rosa y la calabaza bizca.

El cráneo de Yorick y de Alejandro Magno.

 

Es la fe la garantía de lo que se espera,

la prueba de las cosas que no se ven.

¿Cuánto más hondo sumergirme?

No hay otro lugar por donde pueda escapar.

 

Descendamos,

descendamos aún más.

Esta luz no cesa.

 

 

© Kostas Steryopulos, de los poemas.

© Javier Sanz Becerril, de la versión al castellano.

de: El sol de la medianoche. Visor Libros. Madrid. 1999.