Luis Miguel Hermoza. PUEBLO JOVEN

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(Trujillo, Perú – 1977)

 

V

Peces de dos cabezas sueltan burbujas

que en la superficie revientan

Niños de una cabeza les lanzan piedras

Es la única forma de cazarlos

a los niños

 

El puente cayó anoche

y ha dejado mi ciudad sumida

en una isla

 

Muchas horas dormimos pero también jugamos

a que podemos caminar sobre el agua

pierde el que se ahoga primero

en otras palabras el que se atreve

 

No hay tormentas

ni lluvia de granizo

 

No hay huracanes

que nos quiten el sueño

 

Recorremos la autopista

hasta la Cueva de Murciélagos

no tienen mucho que contarse pero hablan entre sí

y cuando se asustan apestan

 

Ellos salen de noche pero cada vez

quedan menos horas

 

 

VI

Perros callejeros van

por lo que queda de la calle

 

Sus familias desaparecieron cuando el cielo les cayó encima

otros perros se hicieron cargo de los restos

aves de rapiña de distintos colores

poblaron el cielo como una nube

gatos salvajes

hienas venidas del desierto

niños que buscaban comida

hasta que llegó la noche y con ella el olvido

 

Todos nos hacemos a un lado cuando llegan

si es que no nos escondemos

las veces que a lo lejos vemos el polvo que levantan

 

Entonces oramos a nuestra suerte que nos abandona

para que esta vez

no

lo haga

 

No son guerreros de ejércitos enemigos

Pero como si lo fueran

 

 

*

Podemos doblar barrotes con las manos

romper vidrios con los dientes

 

hacer polvo las rocas con los dedos

mover montañas

 

perforar paredes con el láser rojo de nuestros ojos

mandar de vuelta a casa las olas

 

las lluvias con sus tormentas bajo el brazo

la arena enloquecida con su vorágine en la espalda

 

las cumbres con sus barbas blancas en la maleta

derrumbar acantilados con la energía acumulada de nuestras palmas

 

derribar aves de hierro de un escupitajo

apagar volcanes con la orina

 

desviar tormentas con un soplo

incendiar bosques con un tronar de dedos

 

convertirlos en desiertos y los desiertos llenarlos de agua

secar los ríos

 

secar los lagos

bebernos hasta la última gota de las fuentes

 

eructar el pasado que comienza ahora

hacer vibrar las cuevas

 

hacer huir los animales

hacer caer los frutos verdes de un solo grito

 

hacer el amor cien veces antes de que la noche

caiga

 

ahogar en placenta cada una de nuestras consciencias

apagar los remordimientos como una vela

 

mirar el horizonte saber que es nuestro

porque sí es nuestro n u e s t r o

 

que es lo mismo a MÍO pero

cuando se abre la tierra y nos traga

 

pero cuando se abre la tierra y nos traga

pero cuando se abre la tierra

 

y nos

traga

 

de: Pueblo Joven
(Londres, Trafalgar Square, 2011;
México D.F., Cátedra Miguel Escobar G., 2012)

 

 

IV. en la pantalla de mi ordenador, tres adolescentes se disponen a desnudarse, tienen entre once y trece años y van a una escuela de New Auckland, todo esto lo sé porque he seguido la conversación que entablan con el mundo desde que la casualidad me hizo toparme con ellas, el mundo somos veintisiete individuos, la mayoría, como yo, anónimos y silenciosos, otros sin embargo seres de carne y hueso, adolescentes semidesnudos que además muestran sus caras y que esperan, con su inglés lleno de jerga, alentarlas hasta que nada las cubra, ellas responden al nick xxlovefallingyouxx y yo les creo, morado, el presidente, su mano impecable en alto está jurando por Dios, los seres vivos, los muertos que tuvimos y tendremos, su mentón como una melodía afilada frente a una ventana que da al río, las aguas corren lentas por el río, al final de la tarde el sol se refleja como un ojo de fuego que las entibia, pero es mentira, afuera hace un frío de inicios de primavera y el agua que baja recoge toda la severidad de las cumbres, Morgane toma café o té frente a otra ventana, tiene veintidós años y cuando no está de vacaciones va a la universidad de Aix-en-Provence, todos los jóvenes de la región dejan sus ciudades y pueblos para estudiar en Aix-en-Provence, se aburren, follan, y se vuelven a aburrir, se emborrachan, y ni bien pueden huyen, las chicas a países tropicales donde reposar los senos, los chicos a la gran ciudad que los espera con sus piernas abiertas que huelen a cloaca, todos nos internamos en las ciudades y como niños ahí crecemos y volvemos a crecer, hoy desenfundé un disco de Cocteau Twins y me acordé de mis amigos de la infancia, las naves que montábamos eran caballos que iluminaban la avenida polvorienta, había planetas sin nombre, habitantes sin alguna cosa, personajes que nunca antes habíamos visto y nunca más volveríamos a ver, algunos, de nosotros, se perdieron, es decir no regresaron, entre las selvas que saltaban de las esquinas como olas del pantano, troncos, moho y un carbunclo es lo que pudimos recuperar de ellos y lo que mostramos a sus familias como prueba, al acabar la tarde, nuestras madres o niñeras gritaban nuestros nombres desde la boca del pozo, sonrientes y pintadas parecían todas un eclipse, he escuchado cientos de veces Pandora, antes de dormir y al levantarme, cuando mi madre asomaba la cabeza para comprobar si aún dormía Arturo o no, cuando venía Grieg, Liszt y sus amigos compositores de nombres monosilábicos a beber y danzar, los he visto sacar la cabeza por las escotillas y vomitar, los he visto pegar gritos que rasgaban tímpanos, los he visto hablar con demonios que solo existían en sus cabezas, retozar en el lodo, destrozar cintas de los grupos que odiaban, los he visto reducir perros, robar libros, hacer rugir guitarras eléctricas, mear en los árboles de las casas que alojaban la fiesta, asesinar, desatar su odio, jugar a la pelota con una cabeza Maya, los he visto integrar sectas, copular, chatear, cantar boleros, partir por las vías del tren con una mochila en los hombros, crear una gran mentira que de decirla tanto terminaban creyendo, me siento orgulloso de ellos y de todo lo que hicimos y dejamos de hacer, también me siento orgulloso de estas tres chicas que muestran la vorágine de sus sexos y convierten la penumbra de nuestras habitaciones en un pequeño caos fluvial, la gente se lanza de las embarcaciones abandonando sus objetos personales que tragará el río, ellas siguen las indicaciones de un individuo, el más simpático de todos, que porta una máscara anti-gas, de alguna manera, me hacen pensar en los pequeños monstruos con los que me crucé cuando niño, con los que fui creciendo, un día me dejaron, un día decidieron no quedarse, pero cuando vuelven a rendirme una visita no queda cabeza que se parezca a algo, mi psicólogo me cuenta historias de terror, mi psiquiatra me receta pastillas de colores, mi psicoanalista me quiere cobrar 90 euros la hora, mi jefe dice que debo producir más, los caballos pastan en la jungla seca, las culebras buscan pareja entre los matorrales que prenden fuego, el agua se fue huyendo del ganado y el ganado no sabe qué hacer

.

.

V. una mañana descubrí algo nuevo en mi cara, en la punta de mi nariz había un punto dorado, resplandecía como un pequeño sol sobre una gran montaña, que derrite la nieve y la convierte en río donde solo los peces escamas de bronce sobreviven, osos, zorros y marmotas acometían con sus acciones cotidianas que les demandaban sus respectivas supervivencias, era un sol de inicios de primavera, no me preocupé, salí a la calle, saludé a mi amigo el cojo que vende suerte, al jorobado que vende fruta, al tuerto que vende almas, juntos parecían una banda de rock en busca de bajista, pero esta vez los saludé por separado, de camino a la estación cayó una tormenta en la que desde luego no traía paraguas, así que me empapé bajo el toldo de un comercio abandonado, que tampoco resistió la violencia del agua ni de su amigo el viento que lo arrancaron de cuajo y volando se lo llevaron hasta otra península, por un momento la gente corrió despavorida a refugiarse bajo lo que fuera, un sombrero sin copa, un poste sin electricidad, la entrepierna peluda de una madre que además es callejera sin calle ni paseantes, sin esquina ni Pedro, la barriga llena sin corazón contento que asomaba de la fiesta de la niña-medio-adulta, chambelán y un río rosado se deslizaban por debajo de la puerta, todos desaparecieron y no vi ni un alma, los imaginé bien protegidos y cobijados, durmiendo otro sueño, de noche desperté, el pequeño día continuaba ahí como zanahoria que cuelga, resplandeciendo en mi nariz sin vergüenza, yo continué mi camino entre las calles inundadas, abandonadas y malolientes de las ciudades, Lima, Barcelona, París, Budapest, que en su momento dieron a más de uno en el pecho como un flechazo que desangra hasta la última gota pero que ahora no son más que nombres en el mapa confuso de cualquier memoria, yo juraría, LO JURO, juraría que las vi incendiarse bajo una batalla que no era otra cosa que lluvia de fuego que caía una tarde en plena hora de la cena de un día tan festivo como familiar, el pavo, el cerdo, la lechuga, el cuy, el puré de manzana, lo que fuese que conformase el bolo alimenticio del momento se atragantó ante nuestra sorpresa, la ceniza y el desierto se los llevó el viento, la palabra y el grito los arrastró el agua, escuché a una señora decir qué bello es el olor a tierra mojada por la lluvia, a un señor pedir vino y, entre gritos, reclamarle al camarero que no le había traído el pan, su acento era de otro mundo, y así fue, se fue tras su último cigarrillo como un parpadeo sin dejar propina, en el parque, niñas y niños de colores discutían por tocar mi bola, yo les dejaba hacer frente a las sonrisas complacidas de sus padres infieles y despreocupados, así se me pasó la tarde, entre el pasto y las caricias de los niños, babeé, a la mañana siguiente, el pequeño sol ya no lo era tanto pero en mi nariz continuaba, bajo él corrían búfalos y caballos salvajes de cuyas bocas salía fuego, corrían para aplacarlo en las aguas tibias del río donde todas las especies confluyen, había ciervos y zebras, zorros y avestruces, bisontes, jirafas y leones, cocodrilos y todo lo que pudiese perder la cabeza de un mordisco y que viviese a cincuenta kilómetros a la redonda, con mi sábana caliente pegada a mi nariz salí a buscar comida al pueblo, esa noche dormí, con las puertas y ventanas abiertas, el viento me leyó libros antiguos, me acarició con sus yemas antes de introducírmelas, el médico me dijo que se trataba de un cáncer que había hecho metástasis, me dio cuatro semanas de vida, una por cada sinfonía de Bhrams

 

de: II
(Lima, Nos Es Nada ed., 2013)

 

 

*

ayer después de comer salí a buscar los poemas completos de

Trakl el incestuoso el perro que se mató a los 27

amaba a su hermana y su

 

hermana le correspondía hacían el amor como culebras y

como culebras vivían lamían el suelo

de las habitaciones más

 

silenciosas de su tibio hogar y oscuras y húmedas cuanto más

pestilentes mejor: les aseguraba que nadie

fuera con las narices

 

a meterlas en sus agujeros no obstante siempre hay un/unahijo

/hijadeputa introduce la cabeza con los ojos

por delante afirma son focos

 

que puede ver en la oscuridad que puede que lo sabe Hölderlin

me lo dijo es decir me lo susurró yo lo leía tirado

en la cama sin haberme

 

duchado por tres días sosteniendo su edición bilingüe 500

páginas con bacterias rojas que lamían mi

cuerpo mientras el cielo

 

que amenazaba con caer no caía yo dejaba que recorriesen

cada poro cada milímetro cuadrado entre poro

y poro su banquete era

 

yo Hölderlin me recordó que alguna vez tuve a Trakl entre

mis manos sucumbí a su edición también

bilingüe que leí entre

 

temblores [hace años]: —¡qué fácil olvida la gente! —y tenía

razón: fácilfácil me levanté furioso y entré

en la ducha ¿cómo era

 

posible que lo hubiese olvidado? por respeto a los que no

me conocen me bañé por respeto a mis

antepasados me bañé

 

muertos están apestan de cualquier forma sin embargo lo hice

por ellos bajo las aguas realicé cálculos:

amigos enemigos conocidos

 

desconocidos todos y cada uno de aquellos con los que me

crucé hacía 10 años pasó por mi mente eran

sospechosos eran culpables

 

recordaba el libro tirado como un holgazán al lado de mi cama

en el pequeño cuarto de Barcelona como una

biblia al lado de La Biblia

 

era tan real podía tocarlo entonces apareció un agujero en mi

pecho que el agua pronto comenzó a recorrer

unos dirán lavándome yo

 

diré vaciándome frente a mi hamburguesa con queso a través

de la ventana vi el cielo furioso casi negras las

nubes corrían llevaban

 

todo lo que puede llevar una nube a dónde sea que vaya

el aire electrificado hacía ver los seres vivos

luminosos los pájaros eran

 

estrellas titilantes los árboles cabelleras resplandecientes las

cebollas puntos de luz por un momento fue

gracioso dudé pero salí ni

 

bien puse el pie en la vereda la amenaza se hizo agua

 

sobre MÍ

sobre MI MÍ

 

 

*

hace un par de días en la ciudad de los 9000000 alguien

cometió un atentado murieron 200 embutidos

enteros jamón chorizo

 

butifarra todo tan cancerígeno que mata sabotea cuelga

gotea grasa un poco de queso patatas fuego:

tienes ya una raclette

 

por algún lugar acontece una batalla al norte de la ciudad

los disparos se suceden nadie los ha escuchado

pero lo sabemos las

 

granadas se lanzan intuimos los gritos las maldiciones

hablaban lenguas ancestrales en toda su

descomunal potencia: —no

 

es mi novio —dijo gritó ¿quién va a creerle ahora? ¿qué dirá

su familia? ¿quién tomará su declaración?

hay un video unas

 

animaciones una infografía y un relator en la tele no la veo

pero no hay forma de escapar no creo en lo que

se cuenta ni de lo que se

 

muestra y esto desde luego no le importa un carajo a

nadie: —Hölderlin si hay algo cierto es que

estamos en peligro sea

 

quien sea el malo sea quien esté en el frente el viajero

que se ha sentado a mi costado huele a pólvora

sus axilas huelen a pólvora

 

de su entrepierna sube humo amarillo sus zapatos están

a punto de estallar es guerrero y va vestido

de civil me miro en el

 

reflejo de la ventana soy una piña con detonador que se

arregla la peluca el vagón del tren está vacío y

este criminal ha decidido

 

sentarse a mi costado recorremos juntos los 15 minutos entre

La Défense y Châtelet-Les Halles la estación

más segura de Francia

 

ahora hoy día en este instante el asesino en serie me sigue

cuando me levanto el asesino en serie se

detiene junto a mí frente

 

a la puerta este asesino en serie baja conmigo toma la misma

escalera eléctrica que yo se dirige a mi misma

salida camina tras de mí

 

el sabueso y en la puerta principal me abandona siento que lo

extraño siento que lo quiero: —desconocido ven

sigue mi camino

 

desconocido acompáñame ayúdame a soportar la lluvia

que lava mi ciudad-lago que arrastra

perros marmotas cae

 

como si nos odiara

AGUA en el charco

cántaro al AGUA

 

 

de: Tan igual pero distinto
[ I N É D I T O ]

 

 

 

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Giovanni Collazos. El tísico bolchevique

(Lima, 1977)

(Lima, 1977)

 

Espolón

Soy el agujero de la carne que no encuentra su hueso, esa roseta que va presenciando la infancia, rodeado de astutos gusanos que se alimentan del corazón vaporoso. Uno que se detesta salvaje con ojos cielorraso, comiendo claveles para el aliento paseante con sus peces muertos. ¿De qué puedo quejarme? ¿Quién desmenuza mi dengue y desaparece en el mar? ¿Cuánto de Lima llovizna por mi rostro? Soy afortunado por la tristeza heredada, por la calvicie en manos de mujeres a las que no renunció ni denunció por todas las bombas de los hospitales donde habitaba mi cráneo. Es la naturaleza de las prisiones, es el error de la música con su dorso que eriza la angustia de estos tambores, la música sin pies, la música demolición, con su medida profunda para encender los senos que provocan los mares. Soy el que entrega el misterio para su combustión. Las hogueras peregrinas fabulan para canonizarme, pero yo sólo quiero morir con el paisaje.

 

 

 

El matadero

Sus noches son caletas de cieno, con aceitosas aguas que ensanchan las sombras de los hombres comunes y sus raudales cantos de solistas exprimidos. Madrid y sus habitantes topos. Madrid y su agosto de engranaje que sangra hurones, con su gesto hondo suplicante oliendo a pimiento en la despensa de una letrina. Y yo que no me voy de este párpado, no me dejan, me atrapan las lámparas amontonadas sobre la sangre del ojo y su granero de gata que hacina mi pluma; al momento de la partida, la ciudad se remueve y estalla el viento que escribe mi profecía. Madrid y su crespón devoto, su mujer frutal, su lecho de selva anochecida con sus labios melocotoneros; el olor de sus piernas me lleva a la incertidumbre, al calor invernadero, me lleva al borde de la cornisa ausencia, al abismo donde quiero lanzarme. Madrid, en agosto, siempre es una ciudad desierto, llena de soledad y calles carnívoras que vegetan o tal vez sea yo quien ha expulsado a los que me habitan, para dejar de ser estancia, lugar y miedo.

 

 

 

Acróbata

Porque el amor es una canción que se evapora

un fuego pueril a las cinco de la mañana

con su viento macilento en el azul de unos pezones

como garúa incurable sobre el enfermo

un clavel desplomándose

en el reguero abrazo de carne virulenta

ausente de belleza que desmenuza el latón de este pecho

¿quién se ha trenzado en él?

¿quién sigue su instinto y se alegra por terminar en su sombra?

se sabe de la muerte antes de ser cadáver

su afasia flamea por la saliva

con su boca labrada acaba minúscula en la noche

te arrastra en caderas como raíces estrujantes

en el vacío codicioso en el vacío del ceño

de la sonrisa ronca que desala la lengua

ese no sé qué quimérico y ruinoso

sólo es un muñón de madera

equilibrista

que arde y te destruye.

 

 

 

Circular

Quise separar el sueño del no ser

evitar el tropiezo con el mismo acto

pero he confiado mi abrazo

para sentirme sostenido por un perfume de mar

donde despertaba con rojas tormentas

ahora se amontonan los actos contradictorios

los senos que sacudían los edificios se arropan al miedo

los muslos caminos hacia la puerta se alejan de las preguntas

la significancia dejó de pertenecer a mi cuerpo

mi centro precario se desmorona en el ángulo impreciso de tu tobillo

y me repito y me repito

caigo lento como bestia que echa raíces en el aire

en la intermitencia de un fósforo encendido

en la certeza de los buques insomnes que me atacan

bajo el calcinante golpe de tu lumbre.

 

 

 

Palisandro

Tengo tal necesidad de su carne que mi lucidez se ha petrificado

en los poros bolcheviques de sus labios

adquirí la facultad embriagadora opulenta de senos

de frutas ausentes de bosques

convalezco en el lenguaje

y mi gesto convulso sufre de carbón y de mujer

como llamarada de un destino habitante

ahuyente en la tormenta de mi diván soñoliento

como niño palpando la neblina padezco

la sed de un barco

la ingrata ceniza del gusano henchido de tumba y tiempo

vestido de azote y hojarasca

con la tristeza elástica de los catres

como potro con holgura desvarío trompetas

de la boca desierto de su jazz insania de abandono

de la concertina distancia que reduce los huesos

en este viento lento viento tiempo viento muslos que se anidan

en la piedra de mi boca

y me hallo mutilado en toda la sonrisa

¿por qué la vida crucifica continentes entierra horizontes mata carcajadas?

¿por qué se traga pájaros y desvela el sonido del ciprés?

vaciar el dolor como vaciar la música de los ríos como

vaciar la rompiente de la ola como vaciar

un volcán con todas

sus pedrerías.

 

[ INÉDITOS ]

© Giovanni Collazos, de los poemas.