Luis Miguel Hermoza. PUEBLO JOVEN

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(Trujillo, Perú – 1977)

 

V

Peces de dos cabezas sueltan burbujas

que en la superficie revientan

Niños de una cabeza les lanzan piedras

Es la única forma de cazarlos

a los niños

 

El puente cayó anoche

y ha dejado mi ciudad sumida

en una isla

 

Muchas horas dormimos pero también jugamos

a que podemos caminar sobre el agua

pierde el que se ahoga primero

en otras palabras el que se atreve

 

No hay tormentas

ni lluvia de granizo

 

No hay huracanes

que nos quiten el sueño

 

Recorremos la autopista

hasta la Cueva de Murciélagos

no tienen mucho que contarse pero hablan entre sí

y cuando se asustan apestan

 

Ellos salen de noche pero cada vez

quedan menos horas

 

 

VI

Perros callejeros van

por lo que queda de la calle

 

Sus familias desaparecieron cuando el cielo les cayó encima

otros perros se hicieron cargo de los restos

aves de rapiña de distintos colores

poblaron el cielo como una nube

gatos salvajes

hienas venidas del desierto

niños que buscaban comida

hasta que llegó la noche y con ella el olvido

 

Todos nos hacemos a un lado cuando llegan

si es que no nos escondemos

las veces que a lo lejos vemos el polvo que levantan

 

Entonces oramos a nuestra suerte que nos abandona

para que esta vez

no

lo haga

 

No son guerreros de ejércitos enemigos

Pero como si lo fueran

 

 

*

Podemos doblar barrotes con las manos

romper vidrios con los dientes

 

hacer polvo las rocas con los dedos

mover montañas

 

perforar paredes con el láser rojo de nuestros ojos

mandar de vuelta a casa las olas

 

las lluvias con sus tormentas bajo el brazo

la arena enloquecida con su vorágine en la espalda

 

las cumbres con sus barbas blancas en la maleta

derrumbar acantilados con la energía acumulada de nuestras palmas

 

derribar aves de hierro de un escupitajo

apagar volcanes con la orina

 

desviar tormentas con un soplo

incendiar bosques con un tronar de dedos

 

convertirlos en desiertos y los desiertos llenarlos de agua

secar los ríos

 

secar los lagos

bebernos hasta la última gota de las fuentes

 

eructar el pasado que comienza ahora

hacer vibrar las cuevas

 

hacer huir los animales

hacer caer los frutos verdes de un solo grito

 

hacer el amor cien veces antes de que la noche

caiga

 

ahogar en placenta cada una de nuestras consciencias

apagar los remordimientos como una vela

 

mirar el horizonte saber que es nuestro

porque sí es nuestro n u e s t r o

 

que es lo mismo a MÍO pero

cuando se abre la tierra y nos traga

 

pero cuando se abre la tierra y nos traga

pero cuando se abre la tierra

 

y nos

traga

 

de: Pueblo Joven
(Londres, Trafalgar Square, 2011;
México D.F., Cátedra Miguel Escobar G., 2012)

 

 

IV. en la pantalla de mi ordenador, tres adolescentes se disponen a desnudarse, tienen entre once y trece años y van a una escuela de New Auckland, todo esto lo sé porque he seguido la conversación que entablan con el mundo desde que la casualidad me hizo toparme con ellas, el mundo somos veintisiete individuos, la mayoría, como yo, anónimos y silenciosos, otros sin embargo seres de carne y hueso, adolescentes semidesnudos que además muestran sus caras y que esperan, con su inglés lleno de jerga, alentarlas hasta que nada las cubra, ellas responden al nick xxlovefallingyouxx y yo les creo, morado, el presidente, su mano impecable en alto está jurando por Dios, los seres vivos, los muertos que tuvimos y tendremos, su mentón como una melodía afilada frente a una ventana que da al río, las aguas corren lentas por el río, al final de la tarde el sol se refleja como un ojo de fuego que las entibia, pero es mentira, afuera hace un frío de inicios de primavera y el agua que baja recoge toda la severidad de las cumbres, Morgane toma café o té frente a otra ventana, tiene veintidós años y cuando no está de vacaciones va a la universidad de Aix-en-Provence, todos los jóvenes de la región dejan sus ciudades y pueblos para estudiar en Aix-en-Provence, se aburren, follan, y se vuelven a aburrir, se emborrachan, y ni bien pueden huyen, las chicas a países tropicales donde reposar los senos, los chicos a la gran ciudad que los espera con sus piernas abiertas que huelen a cloaca, todos nos internamos en las ciudades y como niños ahí crecemos y volvemos a crecer, hoy desenfundé un disco de Cocteau Twins y me acordé de mis amigos de la infancia, las naves que montábamos eran caballos que iluminaban la avenida polvorienta, había planetas sin nombre, habitantes sin alguna cosa, personajes que nunca antes habíamos visto y nunca más volveríamos a ver, algunos, de nosotros, se perdieron, es decir no regresaron, entre las selvas que saltaban de las esquinas como olas del pantano, troncos, moho y un carbunclo es lo que pudimos recuperar de ellos y lo que mostramos a sus familias como prueba, al acabar la tarde, nuestras madres o niñeras gritaban nuestros nombres desde la boca del pozo, sonrientes y pintadas parecían todas un eclipse, he escuchado cientos de veces Pandora, antes de dormir y al levantarme, cuando mi madre asomaba la cabeza para comprobar si aún dormía Arturo o no, cuando venía Grieg, Liszt y sus amigos compositores de nombres monosilábicos a beber y danzar, los he visto sacar la cabeza por las escotillas y vomitar, los he visto pegar gritos que rasgaban tímpanos, los he visto hablar con demonios que solo existían en sus cabezas, retozar en el lodo, destrozar cintas de los grupos que odiaban, los he visto reducir perros, robar libros, hacer rugir guitarras eléctricas, mear en los árboles de las casas que alojaban la fiesta, asesinar, desatar su odio, jugar a la pelota con una cabeza Maya, los he visto integrar sectas, copular, chatear, cantar boleros, partir por las vías del tren con una mochila en los hombros, crear una gran mentira que de decirla tanto terminaban creyendo, me siento orgulloso de ellos y de todo lo que hicimos y dejamos de hacer, también me siento orgulloso de estas tres chicas que muestran la vorágine de sus sexos y convierten la penumbra de nuestras habitaciones en un pequeño caos fluvial, la gente se lanza de las embarcaciones abandonando sus objetos personales que tragará el río, ellas siguen las indicaciones de un individuo, el más simpático de todos, que porta una máscara anti-gas, de alguna manera, me hacen pensar en los pequeños monstruos con los que me crucé cuando niño, con los que fui creciendo, un día me dejaron, un día decidieron no quedarse, pero cuando vuelven a rendirme una visita no queda cabeza que se parezca a algo, mi psicólogo me cuenta historias de terror, mi psiquiatra me receta pastillas de colores, mi psicoanalista me quiere cobrar 90 euros la hora, mi jefe dice que debo producir más, los caballos pastan en la jungla seca, las culebras buscan pareja entre los matorrales que prenden fuego, el agua se fue huyendo del ganado y el ganado no sabe qué hacer

.

.

V. una mañana descubrí algo nuevo en mi cara, en la punta de mi nariz había un punto dorado, resplandecía como un pequeño sol sobre una gran montaña, que derrite la nieve y la convierte en río donde solo los peces escamas de bronce sobreviven, osos, zorros y marmotas acometían con sus acciones cotidianas que les demandaban sus respectivas supervivencias, era un sol de inicios de primavera, no me preocupé, salí a la calle, saludé a mi amigo el cojo que vende suerte, al jorobado que vende fruta, al tuerto que vende almas, juntos parecían una banda de rock en busca de bajista, pero esta vez los saludé por separado, de camino a la estación cayó una tormenta en la que desde luego no traía paraguas, así que me empapé bajo el toldo de un comercio abandonado, que tampoco resistió la violencia del agua ni de su amigo el viento que lo arrancaron de cuajo y volando se lo llevaron hasta otra península, por un momento la gente corrió despavorida a refugiarse bajo lo que fuera, un sombrero sin copa, un poste sin electricidad, la entrepierna peluda de una madre que además es callejera sin calle ni paseantes, sin esquina ni Pedro, la barriga llena sin corazón contento que asomaba de la fiesta de la niña-medio-adulta, chambelán y un río rosado se deslizaban por debajo de la puerta, todos desaparecieron y no vi ni un alma, los imaginé bien protegidos y cobijados, durmiendo otro sueño, de noche desperté, el pequeño día continuaba ahí como zanahoria que cuelga, resplandeciendo en mi nariz sin vergüenza, yo continué mi camino entre las calles inundadas, abandonadas y malolientes de las ciudades, Lima, Barcelona, París, Budapest, que en su momento dieron a más de uno en el pecho como un flechazo que desangra hasta la última gota pero que ahora no son más que nombres en el mapa confuso de cualquier memoria, yo juraría, LO JURO, juraría que las vi incendiarse bajo una batalla que no era otra cosa que lluvia de fuego que caía una tarde en plena hora de la cena de un día tan festivo como familiar, el pavo, el cerdo, la lechuga, el cuy, el puré de manzana, lo que fuese que conformase el bolo alimenticio del momento se atragantó ante nuestra sorpresa, la ceniza y el desierto se los llevó el viento, la palabra y el grito los arrastró el agua, escuché a una señora decir qué bello es el olor a tierra mojada por la lluvia, a un señor pedir vino y, entre gritos, reclamarle al camarero que no le había traído el pan, su acento era de otro mundo, y así fue, se fue tras su último cigarrillo como un parpadeo sin dejar propina, en el parque, niñas y niños de colores discutían por tocar mi bola, yo les dejaba hacer frente a las sonrisas complacidas de sus padres infieles y despreocupados, así se me pasó la tarde, entre el pasto y las caricias de los niños, babeé, a la mañana siguiente, el pequeño sol ya no lo era tanto pero en mi nariz continuaba, bajo él corrían búfalos y caballos salvajes de cuyas bocas salía fuego, corrían para aplacarlo en las aguas tibias del río donde todas las especies confluyen, había ciervos y zebras, zorros y avestruces, bisontes, jirafas y leones, cocodrilos y todo lo que pudiese perder la cabeza de un mordisco y que viviese a cincuenta kilómetros a la redonda, con mi sábana caliente pegada a mi nariz salí a buscar comida al pueblo, esa noche dormí, con las puertas y ventanas abiertas, el viento me leyó libros antiguos, me acarició con sus yemas antes de introducírmelas, el médico me dijo que se trataba de un cáncer que había hecho metástasis, me dio cuatro semanas de vida, una por cada sinfonía de Bhrams

 

de: II
(Lima, Nos Es Nada ed., 2013)

 

 

*

ayer después de comer salí a buscar los poemas completos de

Trakl el incestuoso el perro que se mató a los 27

amaba a su hermana y su

 

hermana le correspondía hacían el amor como culebras y

como culebras vivían lamían el suelo

de las habitaciones más

 

silenciosas de su tibio hogar y oscuras y húmedas cuanto más

pestilentes mejor: les aseguraba que nadie

fuera con las narices

 

a meterlas en sus agujeros no obstante siempre hay un/unahijo

/hijadeputa introduce la cabeza con los ojos

por delante afirma son focos

 

que puede ver en la oscuridad que puede que lo sabe Hölderlin

me lo dijo es decir me lo susurró yo lo leía tirado

en la cama sin haberme

 

duchado por tres días sosteniendo su edición bilingüe 500

páginas con bacterias rojas que lamían mi

cuerpo mientras el cielo

 

que amenazaba con caer no caía yo dejaba que recorriesen

cada poro cada milímetro cuadrado entre poro

y poro su banquete era

 

yo Hölderlin me recordó que alguna vez tuve a Trakl entre

mis manos sucumbí a su edición también

bilingüe que leí entre

 

temblores [hace años]: —¡qué fácil olvida la gente! —y tenía

razón: fácilfácil me levanté furioso y entré

en la ducha ¿cómo era

 

posible que lo hubiese olvidado? por respeto a los que no

me conocen me bañé por respeto a mis

antepasados me bañé

 

muertos están apestan de cualquier forma sin embargo lo hice

por ellos bajo las aguas realicé cálculos:

amigos enemigos conocidos

 

desconocidos todos y cada uno de aquellos con los que me

crucé hacía 10 años pasó por mi mente eran

sospechosos eran culpables

 

recordaba el libro tirado como un holgazán al lado de mi cama

en el pequeño cuarto de Barcelona como una

biblia al lado de La Biblia

 

era tan real podía tocarlo entonces apareció un agujero en mi

pecho que el agua pronto comenzó a recorrer

unos dirán lavándome yo

 

diré vaciándome frente a mi hamburguesa con queso a través

de la ventana vi el cielo furioso casi negras las

nubes corrían llevaban

 

todo lo que puede llevar una nube a dónde sea que vaya

el aire electrificado hacía ver los seres vivos

luminosos los pájaros eran

 

estrellas titilantes los árboles cabelleras resplandecientes las

cebollas puntos de luz por un momento fue

gracioso dudé pero salí ni

 

bien puse el pie en la vereda la amenaza se hizo agua

 

sobre MÍ

sobre MI MÍ

 

 

*

hace un par de días en la ciudad de los 9000000 alguien

cometió un atentado murieron 200 embutidos

enteros jamón chorizo

 

butifarra todo tan cancerígeno que mata sabotea cuelga

gotea grasa un poco de queso patatas fuego:

tienes ya una raclette

 

por algún lugar acontece una batalla al norte de la ciudad

los disparos se suceden nadie los ha escuchado

pero lo sabemos las

 

granadas se lanzan intuimos los gritos las maldiciones

hablaban lenguas ancestrales en toda su

descomunal potencia: —no

 

es mi novio —dijo gritó ¿quién va a creerle ahora? ¿qué dirá

su familia? ¿quién tomará su declaración?

hay un video unas

 

animaciones una infografía y un relator en la tele no la veo

pero no hay forma de escapar no creo en lo que

se cuenta ni de lo que se

 

muestra y esto desde luego no le importa un carajo a

nadie: —Hölderlin si hay algo cierto es que

estamos en peligro sea

 

quien sea el malo sea quien esté en el frente el viajero

que se ha sentado a mi costado huele a pólvora

sus axilas huelen a pólvora

 

de su entrepierna sube humo amarillo sus zapatos están

a punto de estallar es guerrero y va vestido

de civil me miro en el

 

reflejo de la ventana soy una piña con detonador que se

arregla la peluca el vagón del tren está vacío y

este criminal ha decidido

 

sentarse a mi costado recorremos juntos los 15 minutos entre

La Défense y Châtelet-Les Halles la estación

más segura de Francia

 

ahora hoy día en este instante el asesino en serie me sigue

cuando me levanto el asesino en serie se

detiene junto a mí frente

 

a la puerta este asesino en serie baja conmigo toma la misma

escalera eléctrica que yo se dirige a mi misma

salida camina tras de mí

 

el sabueso y en la puerta principal me abandona siento que lo

extraño siento que lo quiero: —desconocido ven

sigue mi camino

 

desconocido acompáñame ayúdame a soportar la lluvia

que lava mi ciudad-lago que arrastra

perros marmotas cae

 

como si nos odiara

AGUA en el charco

cántaro al AGUA

 

 

de: Tan igual pero distinto
[ I N É D I T O ]

 

 

 

Juan Ojeda. Crónica de Boecio

(Chimbote 1944 - Lima 1974)

(Chimbote 1944 – Lima 1974)

 

He oído las voces, he oído los clamores,

absurdamente sostenidos como en una feria.

He comprendido el propósito y la argucia,

y todas las cosas hacia atrás revolviéndose.

El dolo preside en el consejo de los hombres y sólo la futilidad.

 

Oh el tiempo, el tiempo de morir

y sobre la tierra una ausencia de dioses.

Hurtas voces

para el día que no amarás, y cuando lo puro te anuncia

no hallas en tu paso sino un camino mondo.
 

Sobre el reseco musgo de ruinas se arrastra el día,

quebradizo como imposible vuelo de crisálida.

Dioses.

Y sumergir gastados brazos en la irrealidad del camino,

chapotear entre alas rotas, gajos de luz dura,

mano de criptas que se elevan la garra humedecida de sombras.

 

 

“En un puñado de polvo juzgarás el reino, y caminaremos

sin pregunta posible que aplaque nuestro desconcierto”.

 

 

Oh, este es un tiempo de prodigios. Escarbamos

las anchas tierras con manos seguras,

y nada hay allí que nos consuele. Duras astillas

de algún viejo cráneo, sucio por los cuervos,

este horrible viento que baja de las colinas próximas,

arrastrando el hedor de los muertos, y no hay consolación.

 

 

Todo se oscurece presagiando la muerte del día, y ya no habrá

más días sobre la tierra árida, o no habremos nosotros.

 

 

¿Cómo los dioses custodian lo eterno? ¿Quiénes

oprimen con gravedad el sentido del mundo?

Dioses. Dioses.

Los he visto danzar con movimientos horribles:

el viento removía el seco polvo de la Tierra Colorada,

y yo huía enloquecido, soportando las revelaciones.

 

 

Arrastrarse hasta esos maderos hundidos,

el agua del mar dejando una fetidez maldita,

y hundirse entre el agua y la arena.

“Soporta, soporta este Reino”.

 

 

Oh, es el exilio.

¿Pero dónde contemplaré un Origen

que ordene este universo absurdo?

La vida desciende en medio de las cosas,

vacía y sorda, y un ojo atento

rueda a contemplar el osario del mundo

y se anuda como un viejo vicio a cada objeto improbable.

Pero ya sabemos que todo lo real es precario,

y en qué sentido.

 

Así, oh alma mía, abstente de indagar o abandona el camino.

 

¿De quién es esa torpe mano que bate, angustiada, las sombras?

 

Oh, escucho todavía el vano estrépito de las voces que huyen.

 

Así, pues, qué sabias palabras no podrán importunarnos, qué gestos

que no posean avara suficiencia en medio del Caos,

 

y cómo viviremos estos días sin desesperarnos, y cómo hablar

y en qué sentido.

 

Oh alma mía, nada queda ya sobre la tierra

que hayas odiado con cierta humillación, la dorada máscara

que repite el esplendor de aburridos gestos

aprendidos, sin duda, para consolarnos

y no hay consolación.

 

Oh, es el exilio.

Y no obstante,

sobre nobles manuscritos convertí mis ojos al sabio ejercicio,

y allí todo era tan desolador como la misma realidad.

¿Acaso alimenta al espíritu el errante curso de los astros?

Oh, toda verdad hedía como un tiesto de ramas muertas.

 

 

Así, hemos elegido, tal vez, un lenguaje que los dioses,

ahítos ya de días, abominan con innoble desencanto.

Tierra de los dioses que el hombre habita,

y bajo el murmullo del tiempo una muerte segura.

Pero los dioses se cuidan de ser demasiado terrestres,

Y esa es nuestra futilidad.

 

“Entre la realidad y la irrealidad

conocerás el Reino”.

 

Y sabemos ciertamente

Que el tiempo es menos real que los sueños, y chapoteamos

con nuestras pobres voces en un tiempo perdido.

 

Ahora los hombres sólo hablan una lengua falsa, ¿los escuchas?

Nada hay allí que pueda servirte, todo es como una burla

o una insidiosa pesadilla.

 

Ya hemos levantado sobre los días hórridos un tiempo más puro,

y no escuchamos sino las obcecadas voces de los desgarrados.

 

 

 

 

© Herederos de Juan Ojeda

Cibeles bajo la aurora (Korybantes). Martín Rodríguez-Gaona

(La Oficina Ediciones, 2013)

(La Oficina Ediciones, 2013)

 

 

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es
limpio, todo tu cuerpo será luminoso.

 

3 a.m. Tenue envuelve el tiempo en

La Guillotina.

Hacían chistes

sobre a quiénes verían y si acaso

tomaban precauciones.

“No es fácil comunicarse así, pero

   tampoco es preciso.

Todos los sonidos.

Ninguna letra”.

En otro instante u orden

   espacial, eso

hubiese significado, aunque,

en contra de lo que dijiste,

los cuerpos

se desgastan.

 

“Llega con hablar en voz muy baja,

sin articulaciones

como si uno de nosotros

(por ejemplo, la mujer) estuviese

suspendida

en el aire,

y el otro (acaso un hombre),

estuviese en el agua pero

sin sobresalir—”

Escucha

con atención lo que dice, intuye

y se aferra a lo vivido

—sueños, contradicciones y reveses—

que no corresponden

a una persona

sino con toda una época.

Sin ansia, casi

carente de deseo: espero

lo que ya se ha dado

y lo que la probabilidad dice

volverá a ocurrir.

 

“Sé bastante poco de ti. Nada, en fin,

sabemos uno del otro,

aunque tampoco sea necesario.

Me caes muy bien,

pero por el momento no podemos ser ni amigos

ni amantes”

 

“El contraste definitivo, fragante

y nervioso,

su centro vivo, palpitante, abierto

a mi dominio

y deleite—

Espasmos,

golpes

repetidos que contienen

tus ojos en mis ojos…”

“¡Me abrumas!”

“Siempre

me sedujeron tus brumas…”

Es modesta aunque a la vez

segura y ambiciosa. Mezcla

de lo que otros opinan

y ella quiere.

 

La mirada no se reconoce

en la mía o en ninguna, apenas

guarda vestigios

de algo que fue suyo.

 

“Me gustaría brindar contigo,

quizá

por la ganancia de lo perdido”.

 

No sabe de arrepentimientos

o grandes cismas,

ni de la injusticia

que, de pronto, empieza a crecer

en sus manos.

 

“Mañana por la mañana iré

a un seminario en la calle Hortaleza.

Si te parece, podemos vernos después

y así te devuelvo

las gotas—”.

“Yo solo quiero mirarte

como tú alguna vez me miraste”

 

Adora el lujo y la rebeldía—

 

La culpa existe,

pero no congela. Tan solo demuestra

la naturaleza

de una persona que sabe

serle fiel

a lo que tiene por bueno

en la vida.

 

Si aún creyera posible

una imagen de moderna

poesía hindú:

Los hijos son inevitables

como la página que sucede al cuento

en el que los amantes

se transforman

en pájaros o árboles.

 

“Los dos teníamos por momentos

el rostro de la sangre, es decir,

ningún rostro…

Es la parte

de realidad con la que me quedo”.

 

“Ante la conclusión de su tiempo,

los nobles alejandrinos

se quitaban las vestiduras y las joyas, dejaban

el palacio-escenario, y se fundían

en la multitud anónima…”

 

El final es un sentido, un lugar

tibio como su sexo,

el instante en el que

la incertidumbre muere.

 

 

Cegado por la puesta de sol,

un dolor tenue

entre hombro y nuca.

Perdona

que no seas para mí

más de lo que eres:

Un cuerpo

cuya voluntad no poseo.

 

 

 

[Para escuchar el poema en voz del propio autor,
dar click al link]

 

 

© Martín Rodríguez-Gaona, del poema.

Tomado de Madrid, línea circular. La Oficina Ediciones. 2013.

Salmos de invierno. Mario Montalbetti

(Lima, 1953)

(Lima, 1953)

 

a

treinta tardes solo revelando secuencias de dolor

que a nadie atraen

 

puedo oler tu retracción cada vez que avanzo

en verdad huyo

 

la sombra de tus perros son huecos en la tierra

 

busco las cadencias inauditas de tu bulla

y sonrío

 

no solo lo he perdido todo

también sé dónde se ha ido

 

 

b

sea esta tarde naturaleza de la que no puedo escapar

lluvias viento nimbos

 

he vivido en una casa vacía por demasiado espacio

en un solo instante

 

a falta de caracolas marinas me acerco piedras al oído

y escucho las extrañas meditaciones de los fósiles

 

escucho y no me dicen nada

 

algún día veré tu rostro y sabré lo que ocultas

 

¿acaso mi colección de padres

que hicieron lo imposible por hacerme sentir

 

cosas en las que no pienso?

 

todo esto no debiera sorprenderme

 

especialmente ahora que el tiempo ha cambiado

y una brisa helada me destiempla los dientes

 

 

c

siento en la piel las emanaciones de tu severidad

 

me olvido

es un hábito

 

tus gestos vacíos

son familiares como el primer rostro

¿por qué los asocio entonces con un viento de fuego

 

que arrasa con los frutos del árbol?

 

entre todos estos desiertos hay un desierto eterno

que solo desertando

puede mi corazón desertar

 

 

d

si quieres ganar el cielo primero debes saber perderlo

 

recoge por ejemplo un clavo

e imagina el agujero del que provino

 

¿qué dijo brodsky? que reconocemos a nuestros hermanos

no por sus rostros

 

sino por sus espaldas

en las colas que forman en los confesionarios

 

la vida pasa como pasa la corriente

cuando agarras un cable pelado

 

arroja el clavo

guarda el agujero

 

arroja el agujero al suelo

 

 

e

ezequiel es un buen nombre pero debió ser desierto

y no profeta

 

buscando visiones como turista tras un souvenir

 

ya que tenemos ojos

suponemos que hay algo que ver

 

pero no hay nada que ver

 

o lo que tenemos que ver

no se ve con los ojos

 

por eso si lo ves mátalo

si me ves mátalo

 

si te ves en el espejo

y te reconoces

 

anda por una cuerda y verás por fin

que lo que querías ver no tiene forma

 

ni color ni número

 

 

f

las palabras que son como pozos que contienen su propia ausencia

¿dónde están?

 

entre letras          en los espacios ciegos          en la fruta picada

pero también

en el ojo de la orca          en la boca de la hostia          en la carne acecinada

 

la esperanza se parece tanto a la desesperación

 

déjame oír el mar sin terror

 

sean nuestras conversaciones

salsas que se reducen hasta el silencio

 

 

g

sentado entre montañas como una navaja

afilada por un solo lado

acaricio el rostro del trueno hago añicos las cataratas

 

10 000 lunas duermen sobre 10 000 cráneos

buscando la saturación azul en el cielo

 

cada paso cruza el río

pero solo la suma de todos los pasos

es la otra orilla

 

las mareas del regocijo y la pena

no tienen dominio sobre esta carnicería

 

ofréceme una sombra que dure

 

también la oscuridad

viaja a la velocidad de la luz

 

 

h

¿qué resta sino girar en las tardes

la rueda de los rezos a las puertas

de la muerte? ¿o la observación

del sol? pero uno sigue hablando

cada vez más solo diciendo menos

por decir algo a las puertas de la muerte

 

ahora que todos lo saben ahora todos

saben a lo mismo

 

por eso morimos siempre cuando morir

ya no es necesario

 

a las puertas de la muerte

 

 

z

el desierto es mi pastor todo me falta

 

 

 

© Mario Montalbetti

Tomado de Lejos de mí decirles. Poesía reunida, Aldus, 2013

Miguel Ildefonso. Pequeñas historias

(Lima, 1970)

(Lima, 1970)

 

 

LX

 

Ella duerme a mi lado

de espaldas a la ventana.

Es de día en los objetos

que habitan este desnudo mundo.

Velas usadas, piedras marinas,

botellas de plástico.

Si hubiera épica en este tiempo,

habría una espada de hierro

y un caballo afuera esperándonos.

Pero ya no somos amantes.

Su sueño se va

a otros libros más suaves.

 

 

 

LXI

 

Creer en la tierra, no en los ojos.

Creer en el sol, no en la sombra.

Creer en la obra, no en el autor.

Y ebrio iba los lunes a casa,

oliendo a conversaciones muertas,

los fuegos artificiales

de una fiesta patronal.

Volvía a una casa que ya no era mi casa.

Dejaba mis tres llaves en el cadáver de mi pantalón.

Me tiraba en una cama pequeña y dura.

Una polilla al lado de la lámpara,

la mataba,

la miraba.

Su color beige, sus patas peludas

dobladas por la muerte.

Y sus alas brillantes también enjutas.

Y dos ojos negros grandes

con antenas que no habrían percibido a tiempo,

en su torpe vuelo,

las garras de mi ebriedad.

Creer en la palabra no en el amor.

Creer en la muerte no en la vida.

Creer en el idiota no en dios.

Y dudar dudar dudar…

de lo que alguien que no conoces

dice sobre el creer

o en todo caso

si solo tienes una milenaria fe,

ruega por nosotros los pecadores.

 

 

 

LXIII

 

Escribo en una celda. No sé dónde estoy. Dónde queda esta prisión. Ni hace cuánto que estoy aquí. La luz entra por las rejas de una pequeña ventana. Y junto a la cristalina luz el grito del mar, el grito de una ciudad, el grito de los condenados a la libertad. Duermo cuando no escribo. A veces escupo sangre. Pero eso lo utilizo también para escribir. A veces se asoma por la ventana un ángel. Rostro de alguna muchacha que amé hacía años cuando vagaba atravesando puentes y rieles de trenes. No sé si vaya a salir de aquí. Escribo para no pensar en que llegará ese momento. Mi voz es más fuerte dentro del silencio de mis pulmones atados en la garganta. He visto nacer y fugar de aquí a arañas, polillas, zancudos, cucarachas, moscas. He visto convertirse en estalactita mi amargo sudor. Escribo inclusive cuando es de noche y solo la luz de una solitaria estrella titila arriba de la ventana. Es un poco triste todo esto, pero es mejor que nada.

 

 

 

LXVIII

 

Déjalo. Es un pájaro que cruza el río, su ciudad, su laúd de cristal forrado, su ojo fotográfico, sus nebulosas estancias. Déjalo. Y piensa que tuvo pies, y que ya no vibra su chaqueta bajo el turbión de las alas de un generoso cielo, proscrito de luz. Quiso más color para las aves, para esas aves que enlutan la ciudad. Su delgadez se confunde con los alambres de los techos. En el atrevido sol de frente, como corriente bajo las garras, puentes que detuvo su dolor, supo que amaba los colores más que a la realidad. Entonces déjalo picando las bancas, las hojas húmedas en el mármol de abedules y geranios, de las casas roídas, estampadas en cuadros y huertos. Pudiera ser que no midiera sus pasos, su vuelo duraba días, azul o violeta, borroso su paradero final. Ruega por él. Ruega por los que van muriendo con las bombas. Ruega por los que no ruegan. Ruega por el hijo de dios que nunca vio a su padre. Y métete al cine. Cierra los ojos. Trata de que no salgan las lágrimas.

 

 

 

LXXV

 

Tirado en el cemento,

una calle sucia,

silbando en la neblina

del invierno claro

y lleno de sinestesias,

allí ve a dios

que también gusta de la música.

Dios le dice para ir

a beber en la cantina

de donde lo habían botado.

La razón de que ahora

estuviera en el suelo.

Él se echa a andar con el Creador.

Entran a la cantina.

Él piensa que con dios igual

lo volverían a echar,

pero no.

Se vio distinto.

Tenía alas como un ángel.

Dios es astuto (pensó).

Pidieron dos vasitos de Whisky.

Dios sacó un papelito con coca,

le invitó al hombre.

Al rato eran muy amigos,

realmente estaban felices.

Dios sabe hacer las cosas (pensó).

Y qué distinto fue todo

desde entonces.

 

 

 

CIV

 

En tus manos encomiendo este poema

con la luz que regenta la oscuridad del mundo,

los vastos dolores que ciñen los remansos,

fragor y descanso teñidos de rojo carmesí.

Y las tardes moradas que revientan sobre pétalos del miedo,

cansados perros tendidos en la sombra de humildes casas.

Y los traslados de la siembra en espera de la tormenta,

eclipse y desazón,

niños escribiendo en la arena la lección del día.

Trueca del camino que se erige a la luz de otro horizonte.

Te dije que encomiendo este poema

al digestivo cielo que retrata lo prohibido,

ilimitado lamento que se entibia en las cocinas

de aquellas humildes moradas.

¿Será entonces tu espíritu mi cuerpo ausente en este reino

de sombra, de humo, de nada?

 

 

 

CLXI

 

Somos planetas que perduran en una canción de la radio. Las estalactitas cantan su ópera subterránea. Somos desperdicios cósmicos provenientes de glaciares, de elementos radioactivos. El amor es el movimiento de esos elementos que crean y destruyen. Sueños en nuestras pupilas y bandas de aves que migran a nuestros cuerpos vegetales, minerales sólidos, líquidos, gaseosos. Somos fulgor de azar y agujeros negros. Un tema de Pink Floyd en la radio. Una cena romántica en una estrella mediana. Un satélite comerciando con la nada. Estancia en magros hoteles de supernovas. Y otra vez la destrucción.

 

 

 

CLXIX

 

Las palabras pesan más que la sangre.

Todos venimos a dejar una piedra

en la sombra de algo,

raíz y materia apagada.

Los labios de las prostitutas del muelle

dejan besos en las paredes.

Los despojos de Baudelaire.

Aquí pesca Juan Carlos Onetti

su breve madera de viejo cautivo,

la cálida cama de una mosca.

Porque muerto camina el sobreviviente

de la guerra.

El apátrida entra a un restaurant,

pide algo del menú;

luego se va y ve sumirse en los versos

de su propio poema.

Todos vivimos entre gente que sube y baja

de los buses.

Todos llegarán a sus casas a tiempo

para encender el televisor.

Solo la luz de este silencioso valle

fecunda las calles del exilio.

La escritura rueda en la carretera.

Lleno de viento seco tocas

la paca y se cierra.

Y dios también cierra los ojos a estas horas.

 

 

 

CLXX

 

La poesía es otro mundo. Es posible allí dejar de escribir. Tan solo una palabra bastaría

para salirse de ese otro mundo. Es por eso que salgo todas las mañanas, camino a mi bar favorito, pido una botella de cerveza, leo el periódico y espero que un ángel me conduzca a la morada de su dios. Bastaría la voluntad para cambiar de hábito. Pero la poesía es otro mundo donde solo se mueve una mano para mover ciudades enteras, guerras, parques, equipos de fútbol. Todos vivimos un mundo diferente. Todos somos un mundo diferente. (Este es el mensaje subyacente.) Ahora tomémonos de las manos. Seamos niños. Seamos animales.

 

 

© Miguel Ildefonso, de los poemas.

© Dalia Espino, de la fotografía.

Rodolfo Hinostroza. Toda la poesía

La familia Hinostroza

La familia Hinostroza

Después de la publicación de Consejero del lobo, en 1965, y Contra Natura, en 1971, la poesía de Rodolfo Hinostroza mantuvo un largo silencio, salvo esporádicas apariciones en revistas durante los años que siguieron. Pese a que estos libros le valieron a su autor el reconocimiento internacional, ya que gracias a Contra Natura obtuvo el premio Maldoror de Poesía, convocado por Seix Barral, fue poco comprensible que Hinostroza dejara pasar más de tres decenios sin publicar un poemario.

Así, en 2005, Hinostroza sorprendió a propios y extraños con una nueva colección de poesía: Memorial de Casa Grande, y al año siguiente Nudo Borromeo y otros poemas, libros que, junto con sus antecesores, encontramos ahora reunidos en Poesía completa, edición a cargo de Fernando de Diego, profesor de la Universidad de Ottawa y uno de los principales estudiosos de la poesía del peruano.

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Genealogía del Lobo

Si bien Consejero del lobo y Contra Natura fueron reeditados con algunos poemas inéditos o poco conocidos en 2003 y 2002, respectivamente, la crítica aún esperaba un nuevo pronunciamiento del poeta. Así, en 2005, Hinostroza rompe este mutismo de 34 años al publicar Memorial de Casa Grande, libro que no solo muestra un distanciamiento cronológico frente a sus antecesores, sino también en lo concerniente a la estructura y ritmo de los poemas.

En Memorial apreciamos que la versificación épica y potente, tan característica del autor, son dejados de lado para dar paso a un verso narrativo, mucho más coloquial y popular, producto de la incursión novelística del poeta. Nos encontramos, entonces, con un lenguaje desprovisto del hermetismo de sus anteriores libros, sin la excesiva carga metafórica y sin la inclusión de referencias eruditas y astrológicas. La línea temática del libro son las diferentes generaciones de la familia Hinostroza desde su alejamiento de Huaraz, capital del departamento de Ancash, al norte de Lima, y su nueva, pero difícil, vida en la capital peruana.

Cada uno de los poemas nos retratan una Lima de principios de siglo XX, con sus callejones y el criollismo propios de los barrios capitalinos, así como las peripecias y vicisitudes de los familiares de la voz poética, quienes, lenta y paulatinamente, van perdiendo su identidad provinciana. Esto sucede como consecuencia de la migración y del terremoto que asoló Ancash, destruyendo Casa Grande y con ella los recuerdos y las raíces familiares, provocando el olvido de sus tradiciones: “Casa Grande se derrumbó hasta los cimientos / en el terremoto del ’70, / que provocó 70.000 víctimas en Huaraz: / (…) / El apacible Huaraz de mis abuelos / desapareció, con sus antiguos fastos, / sus fondos, sus casonas, sus saraos, / sus añosas familias, sus costumbres”.

De una manera directa, los poemas de Memorial pueden leerse como fiel reflejo de las oleadas migratorias del campo a la ciudad que cambiaron por completo la fisonomía de Lima, tanto geográfica como económicamente. Muchas de las familias provincianas llegaban la mayor de las veces sin respaldo económico alguno, haciendo de su estadía en la capital una lucha por la diaria supervivencia. Así lo comprobamos en “Los tíos de Huaraz”, primer poema del libro: “Hasta que vino la debacle, / y mis abuelos tuvieron que dejar Casa Grande, / y Huaraz, para instalarse en Lima en 1922 / con sus 11 hijos / porque le habían prometido a Isidro / una senaduría por Ancash / que nunca se concretó puedes estar seguro / porque a los misios les dan siempre la espalda / en la fría Capital.”

Cubierta de Poesía completa (Visor, 2008)

Cubierta de Poesía completa (Visor, 2008)

Sin embargo, en cada poema, a pesar de las adversidades, nos damos cuenta de la fortaleza y de la unión familiar vehementes en su lucha por abandonar el sustrato marginal que su condición socioeconómica les adjudicaba: “En el infierno de Lima ya instalados / los 11 hermanos fueron solidarios / en la pobreza, y se dieron la mano / cada vez que pudieron / creían que ‘la unión hace la fuerza’ / y siempre trabajaron y vivieron en mancha / y donde iba uno, iban todos los tíos”.

El abuso y el maltrato hacia la mujer es otro de los temas abordados en los poemas de Hinostroza. Este mal endémico, tan arraigado en gran parte de la población masculina latinoamericana, es retratado sin censura en dos ocasiones distintas. En “Las bodas de tía Luchita”, Lucía, la abuela de la voz poética, se encontraba consagrada a Dios, pero tuvo que dejar los hábitos para contraer matrimonio con uno de los principales acreedores de Augusto Ruiz-Huidobro, su padrastro, quien además de ser ludópata era alcohólico: “Y esta fue la primera mano que Augusto ganó, / y que Lucía perdió, / y la sacaron del convento a los 18 años / sin permitirle que se ordene de monja, / directamente de la celda, al Tálamo / Nupcial. Salió deshecha en lágrimas / pero valiente frente a su destino / y además convertida en experta cocinera.”

En “Los tíos de Huaraz”, la tía Berta y sus hijos son víctimas de la violencia por parte de su marido, quienes luego de muchos años de maltratos y una vez mayores, le devolvieron la paliza a su progenitor: “A Berta el marido Miguel le pegaba a la mala. / Le pegaba con el puño cerrado, como a hombre, / hasta desfigurarle el rostro a puñetazos / con zapatos blanquinegros de caniche la pateaba, / con hebilla de correa le pegaba, con encono la pisaba, / ante sus 8 hijos aterrados que recibían parte de violencia / (…) / Hasta que los hijos ya crecidos / un día lo esperaron en la esquina / y le rompieron el alma a cabezazos, / puñetes y patadas / y lo mandaron al hospital del Seguro Social / con varios huesos rotos y sin dientes”.

Asimismo, los poemas también nos retratan el progreso económico a base de mucho esfuerzo y ayuda común de los Hinostroza. De ser una familia emigrante y pobre, pasan a formar parte no solo de la clase media limeña, sino también se convierten en simples y comunes capitalinos, atrapados en la despersonalización y la frialdad con que tratan las grandes urbes a sus ciudadanos: “Los Hinostroza de Huaraz nos hemos pues fundido / en el ancho río de la Clase Media / que nos abrió los brazos generosamente, / como a todos los desamparados de este mundo, / los que vienen de abajo y los que caen de arriba, / y nos perdimos en el anonimato / caótico de la ciudad de Lima / con sus 8 millones de habitantes.”

De este modo, Memorial de Casa Grande nos ofrece la historia de las generaciones de la familia Hinostroza, nos habla de la muerte y de la vida, como sucede en el último poema, “Con el sol en los órganos”, quizás el mejor del libro. En él se esgrime una reflexión sobre el genoma humano y el destino de la humanidad, en un tono dramático como en todo el libro, ya que este nuevo lenguaje de Hinostroza es aún capaz de emocionar y conmover a los lectores: “La vida siempre es más: sus estrategias / son más inteligentes que la muerte / ‘Que con callado pie todo lo iguala’”.

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Lost and found

En 2006, Rodolfo Hinostroza vuelve a sorprendernos con un nuevo título: Nudo Borromeo y otros poemas. Este libro reúne antiguos escritos fechados en diferentes épocas de la vida del autor que fueron publicados en varias antologías y revistas. Sin embargo, no todos los textos de esa edición se encuentran en Poesía completa, ya que faltan importantes poemas como “Canción de la inglesa” o “Rito de purificación”, este último seleccionado por el antólogo Leonidas Cevallos en Los nuevos, de 1967.

Según la psicología lacaniana, el término “nudo borromeo” hace referencia al enlace conformado por tres aros unidos entre sí, que representan los tres registros psíquicos del ser: lo real, lo imaginario y lo simbólico. Partiendo de este concepto, Hinostroza, cuya obra ha estado siempre influenciada por el psicoanálisis, compone “Nudo Borromeo”, en septiembre de 1980, poema en el que se advierte la eterna pugna del sujeto por aprehender la realidad. Esto es posible únicamente gracias a la escritura del poema, que va más allá de la ilusoria realidad cotidiana: “El sentido de la experiencia debe encontrarse allí / Y yo debo entonces perseverar en el poema / El Otro que yo he sido el Otro que estoy siendo / me debe ser designado en el poema”. En esta composición de largo aliento, la voz poética no tiene certeza de nada, todo se muestra dudoso y sospechoso: “Más acá del Edén donde no hay luz ni noche / Sino incredulidad en cada gesto / Como quien sobrevive sin saberlo / Y hay un valle que cierra el horizonte / Un río que la brisa acerca / Y una mujer desnuda en la terraza / Tomando el sol / Nada es real salvo Lo Real”.

Por otro lado, Poesía completa recoge aquellos poemas que formaron parte de diversos proyectos truncos del poeta. Tenemos, por ejemplo, “La Papisa exaltada”, “El Colgado”, “El Papa en los rompeolas” y “Rueda de la Fortuna”, pertenecientes a Tarot, libro que Hinostroza extravió en Francia. Además, se incluyen los relatos poéticos, escritos en la década del 60, antes de la publicación de Contra Natura, como “Relato de Odiseo” y “Relato de Otelo”. Asimismo, figuran en esta edición de Visor los poemas sueltos “Crónica”, “Paisaje con infante”, “El que regresa”, “Escena prima”, “Adolescente que despierta”, “Con una camioneta llena de chicos somnolientos” o “Para llegar a Nazca”, entre otros.

En suma, cada una de las composiciones recogidas en Poesía completa sirve al lector para hacerse una mejor idea del derrotero poético de Hinostroza, uno de los poetas vivos más importantes de Occidente. Así, tras un escueto prólogo de Fernando de Diego, podemos deleitarnos con la poesía del peruano, repasando los diversos registros escriturales que nos ofrece su obra: desde Consejero del lobo, con su discurso rebelde e idealista ante la crisis de los misiles en Cuba; pasando por Contra Natura y el desencanto ante el fracaso de la revolución y el derrumbe de las utopías sociales y políticas; hasta el autobiográfico y laudatorio Memorial de Casa Grande que, creemos, no será el último aullido de Rodolfo Hinostroza.

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Fotografía: Archivo Caretas

Texto: Reinhard Huamán Mori

Publicado en Guaraguao, Nº 28. Barcelona, verano 2008

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Renato Gómez. Poemas

Renato Gómez (Lima, 1977)

Renato Gómez (Lima, 1977)

 

 

Tu ano es el centro de una religión difusa. De mi ano tu mayor instinto,

un chorro marrón de masa que ya no palpita. Si no fueran heces tal vez

cúmulos de sangre y semen, consumidos bultos que encarno acaso;

devenir el invasor de mi propia sangre, el miembro invertido que jamás opera.

Si encontrara este dolor una extensión de carne a su costado abierto.

Si diera a este dolor el sentido secreto del sueño santo, la natividad y el rito,

sometido a encontrar a Dios al temblor de tus rodillas.

 

 

Y si me saliera en forma de pene y volviera a entrar

y salirme por la boca mientras eyaculo, cuánta similitud entre

la materia gris y mi caca. No sin embargo, cuánta similitud

entre la materia gris y mis intestinos. Pero cuál es el estómago

del cerebro; ahora hay un ente blando ajustado a tu cintura,

una constante flexión de masa que repica como yegua.

A duras penas sigues siendo la ingestión del día,

la prieta faz de luz que ya no rebota.

Eres una bestia, la bestia pura.

 

 

Al roce gotea transparente.

Se inflama mientras quisiera ser vagina.

Abre más y más la boca hasta partirse un instante

sin dejar de ser glande pero vagina.

El resto de un conocimiento vano coagula

en tu frente, antecede al roce pero un día radiante,

celeste, tu mierda vencerá la gravedad y Dios tragará

su propia caca, brotada de mi frondoso culo.

 

 

Pero qué padece tu raza que no la mía

si yo también sudo y cobijo liendres,

si me sale caca y mi moco compite

con el tuyo al borde de las mismas junturas.

Pero qué padece tu raza que no la mía

si tu piel se quiebra y destiñe el resto,

apesta a desprestigio y victoria paria.

De otra parte encima mío peores traumas configuran.

 

 

Que con esfuerzo te sea Jesús

y logres alzarte sobre el resto

en un latido ancho de caca dorada.

Nacido en la paria, qué grado de iluminación

te será necesario; resta una falta de carácter en las heces.

De mi primera boca ya no queda rastro,

así yo incontrastable a elemento e inerte

pero mutuo es el goce solo si tú me engendras

el asco perpetuo por todo lo que empujas a tu cuerpo

por todo lo que atreve a mecerse en tu cuerpo.

Llego a creer que la vida se aquieta cuando respiras.

Volverás en bestia pura que jamás podrá rendirse,

y ya no volveremos a alzarnos,

y ya no quedaremos nosotros.

 

 

Dios es un amor en el bajo vientre.

Nos crece ancho, embrutece y toca.

Nódulos y centellas rellenan su boca,

no deja grumos. Su cada orificio confina

un jadeo que nos reúne por cada fragmento

de piel, desde cada milímetro de pelo. Como

si viviéramos en una curva inabarcable

y al filo de esta nalga hubiera

un punto inquieto de luz y este punto fuera

de luz pero luz de caca, vetado al riesgo de todo

lenguaje, su impecable marcha contra lo que

quieres hacer tuyo, ser la primera extensión

de grasa que se recompone.

Una fe incapaz de sostenerme oscila

en tu lengua. Lo que esta toca vuelve

nueva extremidad. Inhalas

y tu pensamiento se extiende

por la falanges y falangetas

hasta suceder en otra dimensión

como un aleteo que se extingue.

 

 

EL RESTO NO FUE PERFECTO

 

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