Lai de Doon. [Anónimo]

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Son muchos los que conocen el lai de Doon. No hay ni un solo buen arpista que no sepa su melodía. En cuanto a mí, os voy a contar la aventura que hizo que los bretones llamaran a este lai Doon.

Me parece, si recuerdo bien,  que hace mucho tiempo vivía cerca de Edimburgo, en el norte, una doncella asombrosamente bella y cortés. Había heredado aquel reino y no había en él otro señor. Vivía en Edimburgo porque era el lugar que más le gustaba y era llamado el Castillo de las Doncellas, a causa de ella y de sus doncellas.

La doncella de que os hablo se llenó de orgullo a causa de su riqueza, y despreciaba a todos los hombres del país. No había ninguno, por mérito que tuviera, a quien ella quisiera tomar por esposo y amar, ni siquiera aceptar sus ofrecimientos porque no quería someterse a nadie a causa de su matrimonio. Los prohombres de su reino iban continuamente a suplicarle que tomara marido, pero ella rehusaba siempre.

—Nunca tomaré marido —decía—, a no ser que logre por mi amor hacer en un solo día el trayecto desde Southampton hasta donde yo vivo. A este sí le aceptaré. De esta manera pensaba librarse de un marido y que la dejaran en paz; pero esto no podía quedar así.

Cuando los del país lo supieron, es verdad todo lo que os voy contando, muchos de ellos quisieron intentarlo por los caminos que solían tomar. Montaban caballos resistentes, fuertes y buenos para ir más de prisa y no retrasarse. Pero también fueron muchos los que no pudieron continuar ni acabar la jornada. Otros lo conseguían, pero quedaban agotados y desfallecidos. Al llegar al castillo ponían pie a tierra y la doncella se dirigía a ellos y les colmaba de honores, luego les conducía a sus aposentos para que pudieran reposar. Entonces les tenía preparado un lecho que, con sus confortables sábanas y colcha era para ellos una trampa mortal, pues ellos, cansados y exahustos, se acostaban y se dormían, y en aquel cómodo lecho morían mientras dormían. Los chambelanes los encontraban muertos y lo contaban a su señora y esto la llenaba de felicidad, porque así se había vengado de ellos.

Los rumores acerca de esta orgullosa doncella llegaron hasta muy lejos. Al otro lado del mar, en Bretaña, un caballero oyó hablar de esto. Era valiente y noble, prudente, cortés y atrevido; este caballero se llamaba Doon. Tenía un buen caballo llamado Bayart que era muy veloz: no lo hubiera cambiado ni por dos castillos. Por la confianza que le tenía, el caballero quiso intentar la prueba para saber si podía conseguir a la doncella y su reino. Atravesó el mar y llegó a Southampton, desde allí envió un mensajero a la doncella para decirle que había llegado al país y que enviara alguno de sus privados para que atestiguaran que había partido el día fijado. Cuando ella hubo recibido al mensajero le envió, muy a disgusto, a sus hombres y fijó e indicó el día en que él debía llegar a su país.

Un sábado por la mañana Doon se puso en camino de tal manera que al atardecer ya había hecho todo el trayecto de una jornada. Llegó a Edimburgo, donde fue recibido con grandes manifestaciones de júbilo. Entre los caballeros y los sirvientes no hubo ni uno solo, importante o no, que no le sirviera, le honrara y le acogiera con agrado. Cuando hubo hablado con la doncella fue conducido al aposento para descansar si lo deseaba. El caballero ordenó que le trajeran ramas secas y que luego le dejasen reposar porque estaba muy cansado del viaje. Hicieron lo que él les ordenó y él cerró la puerta y la atrancó, ya que no quería que nadie le espiase. Hizo fuego con el eslabón y se arrimó a la hoguera para calenmtarse; no se acostó en toda la noche en el lecho que le habían preparado. Por muy cansado y agotado que estuviera, si en aquel lecho tan confortable se acostaba pronto le sucedería un gran mal. El que se acuesta sobre duro sufre menos y recobra sus fuerzas con mayor facilidad. Por la mañana cuando amaneció fue a la puerta para desatrancarla, luego se acostó en el lecho y se tapó; tan a gusto estaba que se durmió. Los que debían guardar aquel aposento creían que lo encontrarían muerto, pero cuando lo vieron sano y salvo se pusieron muy alegres y contentos. En las primeras horas de la mañana se levantó y se vistió; quería ir a hablar con la doncella y pedirle que cumpliera su promesa. Ella le contestó:

—Amigo, no puede ser. Todavía vais a soportar una cosa más vos y vuestro caballo. Tendréis que ir en un solo día tan lejos como lo que pueda volar un cisne. Luego os aceptaré sin reservas.

El caballero pidió un aplazamiento para que Bayart descansara y para reponer él también sus fuerzas. Tres días después acabó el plazo y Doon se puso en camino. Bayart corría y el cisne volaba. Fue un prodigio que el caballo no se hiciera daño porque el cisne no podía, volando, seguir la marcha de Bayart. Por la noche llegaron a un castillo muy rico y Doon se albergó muy bien y su caballo tuvo cuanto quiso. Permaneció allí todo el tiempo que deseó y cuando tuvo ganas se encaminó a Edimburgo para reclamar lo que se le había prometido. La doncella no podía seguir adelante en su falsedad y convocó a todos sus barones. Aceptó sus consejos y tomó a Doon y le hizo señor de su país.

Cuando se hubo desposado con la doncella, Doon reunió su corte, noble y suntuosa, durante tres días. El cuarto día se levantó al alba, hizo traer su caballo y encomendando su mujer a Dios le dijo que quería volver a su país. La dama se puso a llorar y demostró gran dolor porque su amigo se iba. Le imploró con piedad, con dulzura, pero sus palabras no causaron ningún efecto. Le suplicó que se quedara, pues si no parecería traición, pero el no quiso oír hablar de nada más, tan impaciente estaba por marcharse.

—Señora —le dijo— me voy y no sé si os volveré a ver nunca más. Os dejo encinta y tendréis un hijo, lo sé. Quedaos con mi anillo de oro. Cuando sea mayor se lo daréis y le recomendaréis que lo guarde porque por este anillo me podrá encontrar. Enviadlo al rey de Francia, a su corte, para que lo eduque y enseñe.

Le entregó el anillo y ella lo tomó; no se entretuvo más y se fue en seguida. Ya se había ido y ella ha quedado muy triste y lamentándose mucho; y es verdad, estaba encinta.

Cuando nació su hijo sus amigos se pusieron muy contentos. La dama cuidaba del niño y le rodeó de afecto hasta el día en que el niño supo cabalgar y cazar en el bosque. Entonces le entregó el anillo de su padre pidiéndole que lo guardase. El muchacho fue equipado convenientemente y lo enviaron al rey de Francia. Llevó oro y mucha plata y supo distribuir con generosidad. En la corte se le tenía gran afecto por la esplendidez de sus dones, y tenía, además, todas las cualidades. Se quedó en Francia mucho tiempo, hasta que el rey lo armó caballero y se fue de allí en busca de fama participando en los torneos de los alrededores y en los de más lejos. Y no sé de ningún combate en el que no quedara vencedor. Todos los caballeros le amaban mucho y su fama era extraordinaria porque no había en todo el país hombre más valeroso. Le rodeaba una gran compañía de caballeros. El joven caballero fue al Mont Saint Michel, en Bretaña, para participar en un torneo, pues quería conocer a los bretones. Ningún caballero tomaba parte en tantos torneos como él y ninguno ganaba con solo la fuerza de sus brazos un botín mayor.

Su padre estaba al otro lado del campo, lleno de impaciencia por justar con el joven. Con la lanza levantada se colocó en su sitio envidiando el valor de su adversario. Se lanzaron con gran ímpetu uno contra otro y se asestaron terribles golpes, y el hijo derribó al padre. Si hubiera sabido que aquel era su padre mucho se hubiera apenado, pero no sabía quién era y tampoco Doon le había reconocido.

Le había herido gravemente en el brazo. Al acabar el torneo Doon hizo venir al joven para hablar con él y este acudió espoleando su caballo. Doon le interpeló:

—¿Quién eres, buen amigo, que me has derribado del caballo?

El joven contestó:

—Señor, no sé cómo ha sucedido; los que allí estaban deben saberlo.

Ante estas palabras Doon le dijo:

—Rápido, enséñame las manos.

El joven no se comportó como un villano y se quitó los guantes en seguida y le extendió y le mostró las manos. Cuando Doon se las vio reconoció el anillo que le había dado a su mujer y su corazón se llenó de gozo y de felicidad. Gracias al anillo que había visto reconoció a su hijo, porque él era su hijo, él lo había engendrado. En presencia de todos, tomó la palabra y explicó:

—Muchacho, me di perfecta cuenta mientras hoy nos enfrentábamos que eras de mi linaje. Eres muy valiente. Jamás me había derribado del caballo el golpe de ningún caballero y nunca me derribará nadie ni me asestará un golpe tan fuerte. Abrázame, que soy tu padre. Tu madre es una mujer muy orgullosa; tras unas pruebas muy difíciles pude conseguirla y después de haberme casado con ella me fui y nunca la he vuelto a ver. Le entregué este anillo de oro diciéndole que te lo diera cuando te enviara a Francia.

Se abrazaron y besaron manifestando un gran gozo. Se alojaron en el mismo albergue y luego se dirijieron a Inglaterra. El hijo llevó al padre hasta su madre, que tanto lo amaba y deseaba su vuelta. Para recordar la historia de Doon, la de su buen caballo y la de su hijo al que tanto amaba y la de las cabalgadas de una jornada que tuvo que hacer por el amor de la dama, los bretones hicieron la melodía de un lai que se llama Doon.

 

 

de: Nueve lais bretones y La sombra de Jean Renart. Ediciones Siruela. Madrid. 1987.

Isabel de Riquer, de la edición y versión al casellano.

 

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Siri Hustvedt. Paralelos hermafrodíticos

La estadounidense Siri Hustvedt gana el Premio Princesa de las Letras

(Northfield, 1955)

1.

Las filas de nubes, trenzadas sobre el cobertizo y las líneas telefónicas,

se desenredan

y caen talladas, lentamente, mientras avanza la noche.

Dispone de su propio tiempo para trenzarse

y romperse, precisa y transformada,

mientras el clima perdido en una tormenta eléctrica

prendió en fuego el granero.

Tardó horas en derrumbarse y el techo colgaba de los pilares.

Fue un final confuso.

Se quemó y soltó humo durante toda la tarde

y la estructura de piedra se quedó absolutamente erguida—

como los padres de aquel imbécil, asombrados

por la ingenuidad que mostraba ante su propia destrucción.

 

2.

La pena es tan muda

como aquel niño que vagaba por el pastizal

y se adentró en el bosque, se acostó y encontró sumideros

donde sentarse con los pantalones mojados dos veces,

pálido como Jesús en la cruz

con pestañas blancas

y los ojos rojos y un sexo monstruoso

que arrastraba en pañales.

No podían dejarlo en ningún sitio,

entraba y salía del granero

con un palo para pegar a las gallinas, y los dientes

tan bellos, como en la tele,

enamorado de velas y fogatas. Dios mío,

ese niño repugnante corría hacia la luz.

 

3.

Los padres no dijeron nada pero se quedaron,

separadas historias de un pecado vulgar, cerca del edificio ardiente,

con su responsabilidad mermada,

mientras dieron las diez

y alguien agarró al niño chamuscado, a ambos niños

en una manta, envuelto y bautizado generosamente una vez,

de bata larga y blanca con el encaje de la hermana.

Más tarde, el espacio se volvió solemne, una hoguera

en el jardín de atrás, familiar y extraño como el viejo granero,

rústico y desangelado,

como el deseo vivo en ese cuerpo inactivo e hinchado.

A veces la niña de los Lunestad juega allí.

Ella mecía una piedra pequeña, tiznada, como si fuera una muñeca,

hasta aburrirse y dejarla caer.

 

 

© Siri Hustvedt, de los poemas

© Julia Piera y Chiara Merino, de la versión al castellano

de: Leer para ti. Bartleby Editores. Madrid. 2007.

Adolfo Bioy Casares. Cuervo y paloma del doctor Sebastián Darrés

LITERATURE-ADOLFO BIOY CASARES-2

(Buenos Aires, 1914 – 1999)

Yo no me asombro de nada, porque mi aprendizaje transcurrió en el estudio de Sebastián Darrés. Produjo el foro argentino profesionales de mayor talento, pero ninguno tuvo una envergadura y clientela comparada a la suya, por la calidad y cantidad de crápulas. La circunstancia de que tal gentuza acudiera a nuestro doctor sugiere una afinidad que no ocultaré bajo loas dictadas por una gratitud intempestiva; sin embargo, por aquello de que un hombre es dos, o por el ansia de irnos de donde estamos y de ser lo que no somos, o porque ni siquiera en dechados de vileza veremos la perfección, la verdad es que Darrés había constituido un hogar ejemplar; no solo ejemplar: rígidamente burgués, con una buena señora al frente, doña Agustina, y tres niñas que nunca fueron jóvenes y que el sábado a la tarde, a la hora del oporto y las vainillas, tocaban música para los invitados. Yo le guardaba rencor al pobre viejo, no tanto por la rutina del trabajo ni por la índole de los clientes, vigorosos cuervos que criábamos en el estudio, entre los que no faltaba el individuo pintoresco, sino por las reuniones del sábado, por el oporto y las vainillas (de las que siempre dijeron: “No son como las de antes”) y por las tres hijas feas, en las que recelaba, como el zorro en la carroña, una trampa. ¿Por qué, si no alentaba la esperanza abominable de casarme por lo menos con una hija, ese hombre famoso me invitaría a su tertulia, a mí, el pinche del bufete? El pinche, para vengarse de tanto honor, olvidaba a Carmen, a Aída y a Norma, que así se llamaban las señoritas, y platicaba con la dueña de casa. No era tonta doña Agustina; aun sospecho que añoraba, como una patria desconocida, pero que clama desde la sangre, ese mundo de aventuras, que en su manera más ingrata se manifestaba en el estudio del doctor Darrés. Como tampoco era fea la señora, en ocasiones me figuré que si ella tuviera un poco menos de edad y yo un poco más de coraje… Me apresuro a declarar que gozo de carácter serio y que si no moví un dedo para concluir con el celibato de las hijas, también me jacto de jamás comprometer la reputación de una madre, concepto que encumbro.

Hubiera sido paradójico que por obra de gente buena la desgracia golpeara este hogar. No lo permitieron los dioses. Cuando sonó el tiro justiciero, descubrimos que lo disparó un chantagista de poco seso, al que de tarde en tarde el estudio extorsionaba, por principio y para mantener la disciplina. Me pregunto si este breve acto habrá saldado la considerable deuda del doctor Darrés con la gente de mal vivir; aunque a juzgar por lo desorientados que andaban los granujas en los días que liquidamos el estudio, la deuda debía ser mutua; rondaban por la lechería de la esquina, por el garage donde acude cuanto jubilado contiene el barrio, por la misma fonda de la media cuadra, con esa cara de hormigas apabulladas, a quienes pisotearon el hormiguero.

Desde luego asistí al velorio. La señora me dijo que su marido siempre me miró con aprecio. Iluminaba, probablemente, la escena el mágico nimbo de una herencia de millones, pues me sorprendí meditando que en la casa faltaría un hombre; encontré que las hijas no eran tan desabridas y me vinieron a la memoria las últimas palabras que el viejo hipó entre mis brazos, cuando lo tenía medio reclinado en el suelo, contra la jaula del ascensor: “No abandone a mis palomas” (acaso por afectación al apego, llamaba así a las mujeres de su familia).

Para acatar el mandato me prodigué en visitas de pésame, hasta el mismo día en que no fue tan fácil entrar en la casa. Las reuniones del sábado, que en otros tiempos yo había execrado, se convirtieron en  motivo de nostalgia. Lo que más las recomendaba era la comodidad. Ahora, para visitar a la familia Darrés, había que llamar por teléfono y poco menos que inventar un pretexto. Por cierto, la desidia me adormeció. Brutalmente desperté a los diez meses, cuando llegó a mis oídos el rumor, confirmado en el bar y en los baños del club, de que doña Agustina, tras de literalmente cubrirlo de calcetines que importaba de Francia y de corbatas de seda natural, se había casado con el Ñato Acosta. ¿Quién, en Buenos Aires, ignoraba la catadura del Ñato? No me atrevo a jurar que nuestra respetable matrona. Por mi lado lo prontuarié como sigue: cliente del estudio, silueta inevitable de todo género de garito, confitería y dancing, eventual traficante de alcaloides. Acosta vivía habitualmente del trajín de la pobre rubia apodada Pez Limón y el año pasado estuvo a punto de ir preso, cuando montó una agencia dedicada a la venta de pasajes para un imaginario crucero a Tierra Santa. ¡Ay de las palomas del doctor Darrés! En este amargo trance ¿cómo las protegería su campeón? Barajando posibilidades, valoré la conjetura de que palabras o hechos míos, contrarios a sus torvos intereses, llegaran a conocimiento del citado Acosta, verdadera bala perdida, y resolví mantenerme al margen de la cuestión, porque a menudo un mediador resulta perjudicial para las mismas partes. Confieso, por lo demás, que me arriesgué a lanzar el vaticinio de que a la familia Darrés podría ocurrirle cualquier cosa.

A principios de abril fue la boda de doña Agustina y no había finiquitado mayo cuando mi vaticinio empezó a cumplirse, ineluctablemente. Primero me dijeron que el Ñato Acosta ya había dilapidado, en juego y en juergas, alrededor de un millón de pesos de la viuda; después, ante mis propios ojos, bordeando el lago de Palermo en una voiturette con ruedas de color naranja, riendo de oreja a oreja, pasó Acosta rodeado de un ramillete de bulliciosas rubias: imagen que vino a confirmar, de modo más intuitivo que lógico, la primera noticia. Otras novedades trajeron mis informantes: no todo marchaba a la perfección en casa de doña Agustina; había continuas peleas entre los cónyuges y lo más triste es que la señora, por su parte muy enamorada, estaba increíblemente segura del afecto de su joven marido, aunque en más de una ocasión debió apelar al recurso de excluirlo del dormitorio, tras de cuya puerta cerrada ella se ocultaba a derramar lágrimas. Luego el final se precipitó. Ominosamente un diálogo oído en el club obró en mi ánimo como augurio. Estábamos en los baños, desnudos. Bajo la ducha de enfrente yo tenía a ese canallita de Acosta. Un consocio le preguntó:

—¿Es verdad que doña Agustina te echó de la casa?

—No te preocupes —contestó el Ñato—. Ya me llamará. Es querendona la vieja y cuando pase otra noche sin mí en su cama se pondrá a bramar como una loba.

Pudo la señora enterarse de este desplante o de cualquiera de los que por jactancia festiva repetía entonces entre amigotes el Ñato, que no era delicado con la intimidad de nadie; lo cierto es que doña Agustina muy pronto nos dejó atónitos: entabló juicio de divorcio. El resto ustedes lo saben. A las pocas horas, Acosta se había ahorcado con una de sus famosas corbatas de seda natural.

 

 

 

© herederos de Adolfo Bioy Casares

de: Una muñeca rusa / El lado de la sombra. RBA editores. Barcelona. 1994

 

Nahui Ollin. Imágenes

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([Carmen Mondragón] Ciudad de Máxico, 1894 – 1978)

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La vida bajo la sensación de vacío

 

—Como la vida es monótona, nada me cautiva, todo me aburre.– Soy una víctima de la necesidad de amar y de comprender esa prisión que es este mundo. Ese suplicio se debe a que nada me es suficiente. He amado tanto que todas mis fuerzas se han agotado; ya no tengo amigos: mis intimidades son demasiado secretas para que alguien las penetre. Todo me es indiferente; no ambiciono nada, ni siquiera la muerte.

—Nada me es nuevo, he abusado demasiado de mis sensibilidades. Tengo un deseo ardiente de correr como una insensata a través de una selva virgen, allá gritaría con todas las fuerzas de mi alma, lloraría un mes, un año, hasta recaer en la tranquilidad, allá pensaría mucho, ya no vería a nadie y estaría sola con todo un nuevo mundo maravilloso tal como soy; y no tendría más escalofríos al oír las palabras que no dan remedio a mi mal. Recuerdo Francia, ¡oh! Francia querida, lugar de ilusiones, me moriría si no te volviera a ver. Hace mucho tiempo que dejé el mundo, quiero apartarme de los humanos para vivir en la soledad de tus multitudes. París, ¡oh! Paraíso de toda inteligencia grande o pequeña, eres huésped complaciente de un palacio de magias que se llama París.–

Cuando pueda contemplar el horizonte sin una palabra que me turbe, ¿me bastará el océano entero para distraer, sumergir mis dos ojos en el mar? Necesito interrogar a mi espíritu, comprenderlo. En mi casa vivo muriendo, navegando por el océano sin saber adónde, sin hallar las miradas de mis padres o de mi familia. Detesto el yugo, sea el que sea y venga de donde venga. Quiero ser, conservar mis sensaciones en un invernadero caliente como mi corazón.–

¿Por qué escribir todavía, haciendo garabatos siempre sobre una hoja de papel? Mi mano quiere traducir mis pensamientos; el infinito puede resumirse en una frase, una hoja, un libro, una biblioteca, nosotros no podemos comprender tampoco el infinito, y los vocablos, las palabras que sirven apenas para expresar las necesidades de nuestro cuerpo son elementos inadecuados para alcanzar una distancia sub límites, una duración sin fin. Ésta es la razón por la que, al querer traducir mis pensamientos en palabras, ellas son opacas, sin armonía alguna como la de los sonidos. Las vibraciones de nuestro cerebro llegan así a este otro mundo que no es nuestro infinito.–

 

 

 

La arena que cubre la pirámide de Bronce

 

La arena que cubre la pirámide de Bronce,

es la arena de un desierto que aterra

—y cuando se levanta, pesa como una ola inmensa que aplasta—

y va subiendo hasta cubrir el bronce de la pirámide

—que no tiene espíritu—

Y su materia va sepultándose sin defensa alguna

bajo la fuerza de la arena de un desierto que aterra.

—De un desierto que ocupa un ínfimo espacio

en un enorme continente,

de un desierto que quema la materia que no tiene espíritu.

—La materia que va sepultando la arena que cubre la pirámide de Bronce.

 

 

 

Bajo la mortaja de nieve duerme la Iztatzihuatl en su inercia de muerte

 

«Bajo la mortaja de leyes humanas, duerme la masa mundial de mujeres, en silencio eterno, en inercia de muerte, y bajo la mortaja de nieve— son la Iztatzihuatl,

en su belleza impasible,

en su masa enorme,

en su boca sellada

por nieves perpetuas,–

por leyes humanas.–

Mas dentro de la enorme mole, que aparentemente duerme, y sólo belleza revela a los ojos humanos, existe una fuerza dinámica que acumula de instante en instante una potencia tremenda de rebeldías, que pondrán en actividad su alma encerrada, en nieves perpetuas, en leyes humanas de feroz tiranía.– Y la mortaja fría de la Iztatzihuatl se tornará en los atardeceres en manto teñido de sangre roja, en grito intenso de libertad, y bajo frío y cruel aprisionamiento ahogaron su voz; pero su espíritu de independiente fuerza, no conoce leyes, ni admite que puedan existir para regirlo o sujetarlo bajo la mortaja de nieve en que duerme la Iztatzihuatl en su inercia de muerte, en nieves perpetuas».

 

 

© herederos de Carmen Mondragón

 

Thomas Kinsella. Tres poemas

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(Dublín, 1928)

 

Ajenjo [1]

 

He vuelto a soñarlo: inmóvil de pronto

en la espesura, entre los árboles húmedos, aturdido,

temblando por momento, escuchando alejarse un eco apagado.

 

Un piso musgoso, casi incoloro, desaparece

bajo la recia lluvia entre las siluetas de los árboles.

Me esfuerzo, apreciando el eco un instante más.

 

Si pudiera conservarlo… familiar si pudiera conservarlo…

un árbol negro de doble tronco —dos árboles

que forman uno— eleva sus ramas confusas.

 

En su infinitesimal danza de crecimiento, los dos troncos

se han entrelazado por completo, su unión

una cicatriz lentamente retorcida, que reconozco…

Un rápido arco destella cruzando el aire,

una pesada espada en vuelo. Un golpe sordo:

el hierro se hunde en el corazón jadeante.

Volveré a soñarlo.

 

 

 

Ancestro

 

Estaba subiendo para decirle algo

y me detuve. Su perfil contra las cortinas

era viejo y sombrío como el de un ave de presa.

 

Fue su forma de posarse en el taburete,

mirando ensimismada, aferrando con una mano

la valla que rodeaba el escritorio

—o la cabeza inmovilizada por algo en su interior.

Y sin importarle nada ni nadie a su alrededor

allí, junto a los estantes.

Percibí un aroma tenue, almizclado y extraño.

 

Debí haber hecho algún ruido —dejó de mecerse

y cerró el puño en el regazo—; entonces se levantó,

bajó la tapa del escritorio y giró la llave.

Deslizó una pequeña botella debajo del delantal

y vino hacia mí, oscureciendo el pasillo.

 

Ancestro… entre cajas de dulces y frutas.

Su negro corazón…

¿Fue aquello un suspiro?

—rozándome al pasar en la penumbra,

el delantal recogido, atravesando las cortinas rojas

del lavadero hacia el cuarto de atrás.

 

 

 

Lágrima

 

Me hicieron entrar a verla.

Un fleco de cuentas de azabache

tintineó en mis oídos

al traspasar la cortina.

 

Me envolvió una penumbra morada.

Mi corazón se contrajo

ante el olor de órganos en desuso

y un riñón putrefacto.

 

El negro delantal donde solía

hundir mi cara

estaba doblado al pie de la cama

en la última pálida luz que llegaba de la ventana.

 

[Ve y dile adiós]

y fui empujado

hacia los abismos insondables.

Giré la vista hacia ella.

 

Miraba el techo fijamente

y se empolvaba una mejilla, distraída,

reclinada contra el espaldar,

descansando hasta el próximo ataque.

 

Las mantas se plegaban tocando casi

su boca,

que las líneas de mal genio

subrayaban todavía. Su cabello gris

 

completamente suelto como el

de una joven, por toda

la almohada, mezclado con las sombras

que le cruzaban la frente

 

y junto a la boca y los ojos,

como una red sujetando su cabeza contra la cama

y cayendo enmarañados hacia la sombra

que carcomía el piso a mis pies.

 

No podía moverme al principio ni lo deseaba,

por miedo a que pudiera darse vuelta y me indicara

[la madre de mi propio padre]

con voz apremiante

 

—con algún feroz susurro lisonjero—

que me escondiera una última vez

contra ella, y me enterrara

en su fango reseco.

 

¿Debía besarla? Cuando besara

la humedad que avanzaba por

las paredes floreadas

de aquella fosa.

 

Pero debía besarla.

Me arrodillé junto al cuerpo en el lecho de muerte

y hundí mi cara en el frío y el olor

de su delantal negro.

 

Rapé y almizcle, los pliegues contra mis párpados

me transportaron a un sitio abandonado

que olía a ceniza: paredes y techos irreconocibles

crujían pareciendo respirar.

 

Me vi revolviendo cenizas apagadas

buscando algún vestigio

de calor, cuando a lo lejos

en las bóvedas, oí caer

 

una gota. Y encontré

lo que estaba buscando

—ni fuego ni calor,

ni alivio alguno,

 

sino su voz, suave, hablándole a alguien

sobre mi padre… “Dios lo ayude, derramó

grandes lágrimas allí junto a la máquina

por la pobrecita”. Gotas

 

brillantes sobre la tapa de madera

por mi pequeña hermana. Mi lamento de

cachorro cesó pronto,

con toda temprana conjetura

 

de triste melancolía y tedioso pesar

y permanece amargo en riguroso cautiverio.

¡Cómo lo sentía ahora—

su corazón latiendo en mi boca!

 

Resolló entrecortadamente,

empujó las mantas

y se estremeció con un gesto de cansancio.

Me incorporé

 

y dejé la habitación

prometiéndome que

la besaría realmente

cuando estaría realmente muerta.

 

Mi abuelo alzó apenas la vista del hogar

cuando asomé por la puerta, encogió los hombros

y volvió a clavar en el fuego

la mirada ausente.

 

Me quedé un momento a su lado,

incómodo, y salí hacia el taller.

Todavía había luz allí

y sentí que volvía a respirar.

 

La vejez puede digerir

cualquier cosa: la conmoción

ante las puertas del Cielo —la lucha que afrontamos

durante toda la vida.

 

Qué largo y duro se hace

hasta llegar al Cielo, a menos que uno,

como la pequeña Agnes,

se desvanezca en lágrimas tempranas.

 

 

© Thomas Kinsella, de los poemas.

© Gerardo Gambolini, de la versión al castellano.

 

 

N O T A

[1] Nombre de la estrella referida en el Apocalipsis [8, 10-11], en la que al caer a la Tierra transformó un tercio de las aguas en ajenjo, por lo cual los hombres se volvieron agrios y murieron.

Parménides de Elea. Poema (frag. 1)

Parménides

(Elea, 530 a. C. y el 515 a. C)

 

Las yeguas que me llevan, tan lejos como alcance mi ánimo

me transportaban, una vez que en su arrastre me abocaron al camino de múltiples palabras

de la deidad, el que con respeto a todo lleva por él al hombre que sabe.

Por él era llevado, pues por él me llevaban las muy discretas yeguas

que tiraban del carro; mas el camino unas muchachas lo marcaban.

El eje, en los bujes producía un ruido de siringa,

al rojo (pues se veía urgido por dos tornátiles

ruedas a uno y otro lado), cuando se apresuraron a escoltarme

las jóvenes, hijas del Sol —dejada atrás la morada de la noche—,

hacia la luz, tras haberse destocado la cabeza con sus manos.

Allí están las puertas de las sendas de la Noche y del Día

y las enmarcan dintel y umbral de piedra.

Situadas en el éter, cubren el vano con grandes portones;

las correspondientes llaves las tiene Justicia pródiga en dar pago.

Las muchachas, hablándole con suaves palabras,

las convencieron hábilmente para que el cerrojo con fiador

de las puertas en un vuelo descorriese. Y de los portones;

el vasto hueco dejaron al abrirse, una vez que los muy broncíneos

quiciales giraron en sus quicios, el uno tras el otro,

provistos como estaban de espigas y clavijas. Por allí, a su través

en derechura guiaban las muchachas carro y yeguas por el camino real.

Y la diosa me acogió, benévola. En su mano mi mano

diestra tomó. Y así me dirigió la palabra y me decía:

Joven acompañante de aurigas inmortales,

llegado con las yeguas que te traen a nuestra casa,

salud, que no fue un hado malo quien te impulsó a tomar

este camino (pues es cierto que está fuera de lo hollado por los hombres),

sino norma y justicia. Preciso es que todo lo conozcas,

tanto el corazón impertubable de la verdad bien redonda,

como placeres de mortales en que no cabe verdadera convicción,

aunque, aún así, lo aprenderás, como preciso era

que las apariencias sean genuinamente, permeando todas a través de todo.

 

 

© Alberto Bernabé, de la versión al castellano

de: Poema. Fragmentos y tradición textual. Ediciones Itsmo. Madrid. 2007.

 

Lena Pappá. Espejos

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(Atenas, 1932)

 

I

Los espejos muchos

y la persona una.

 

 

II

Mar radiante

mi espejo

y en el fondo de su fulgor yo

de pie ahogada.

 

 

III

Ciertos momentos me asomo,

busco en su interior mi cara

como una vez la reprodujo vigorosa

bellamente viva

—y él me devuelve

una desconocida, borrosa, desleída, engañosa

en su traidora brillantez

de mercurio

 

 

IV

Millares de espejos

para la imagen.

Para el alma

todavía

ninguno

 

 

V

Los espejos múltiples

me multiplico también yo.

Debes tener valor

para mirar

tus múltiples rostros

que te seducen

y te turban

con la repetición de los enigmas.

 

 

VI

Navegándome a mí misma

me esfuerzo

por fondear en mi verdad.

El espejo

unas veces puerto otras vorágine

jamás pude gritar

“Eureka”.

 

 

VII

Huiste: el espejo quedó espléndida

insondable fosa.

 

 

VIII

Qué esplendorosa soledad

el espejo.

 

 

IX

Mágicos todos los espejos

cuando en ellos te miras

sonriendo.

 

 

X

En los espejos oxidados de la memoria

vi

cómo la verde risa, mis frescos

ojos extáticos

el lozano ídolo del mundo

brillaba como la luna

en los telarañosos espejos muertos

vi

cómo me esperaban inmarchitables

la menta de mi madre

los besos mentolados de los azules amores

en los viejos mutilados espejos

vi

la onírica mirada de mi blanco

ángel bueno

antes de que la oscureciera el negro tiempo.

 

 

 

© Lena Pappá, de los poemas

© José Ruiz, de la versión al castellano

de: Palabras de vidrio. Los Vientos. Barcelona. 1984.