Milo de Angelis. Veremos domingo

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(Milán, 1951)

 

 

Contar los segundos, los vagones del Eurostar[1], verte

bajar del número nueve, el carrito, la sonrisa,

las palpitaciones, la noticia, la gran noticia.

Esto sucedió, en 1990. Sucedió, ciertamente

sucedió. Y antes de eso, el chapuzón en el Ticino,

mientras el balón desaparecía. Sucedió.

Hemos visto la apertura y el nacimiento de un instante.

Las hadas regresaban a las viviendas populares, el huracán

llenaba un cielo alucinado. Cada cosa estaba allí,

desierta y llena, para nosotros que esperamos.

 

 

 

*

Milán era asfalto, asfalto derretido. En el desierto

de un jardín se produjo la caricia, la penumbra

endulzada que invadió las hojas, hora sin juicio,

espacio absoluto de una lágrima. Un instante

en equilibrio entre dos nombres avanzó hacia nosotros,

se hizo luminoso, se posó respirando sobre el pecho,

sobre la gran presencia desconocida. Morir fue aquel

desmoronamiento de las líneas, nosotros allí y el gesto

por todos lados, nosotros dispersos en las

supremas tensiones del verano,

nosotros entre los huesos y la esencia de la tierra.

 

 

 

*

No es posible. El llanto que se transformaba

en una risa loca, las noches pasadas

corriendo por Via Crescenzago, persiguiendo el neón

de un quiosco. No es posible. No es tampoco nuestra

la palpitación de esperar la medianoche, esperar

hasta que la medianoche entra en su verdadero tumulto,

en el frenesí de todas las horas, de todas las horas.

No es posible. Uno solo es el tiempo, una sola

la muerte, pocas las obsesiones, pocas

las noches de amor, pocos los besos, pocas las calles

que nos alejan de nosotros, pocos los poemas.

 

 

 

*

Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda

la respiración se concentraba en el collar. Las sombras

de Lambrate[2] cerraron la puerta. Toda la habitación,

absorta, se convirtió en el primer latido. El negro

de tus cabellos contra el amarillo del último rayo.

Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.

El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba

ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único

y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía

permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.

 

 

 

*

No quedaba tiempo. La habitación había entrado en un vial.

Ya no era posible compartir la esencia. Ya no tenías

el collar. No te quedaba tiempo. El tiempo era una luz

marina entre las persianas, una fiesta de hermanas,

la herida, el agua en la garganta, Villa Litta[3]. Ya no había

día. La sombra de la tierra llenaba los ojos

con el miedo de los colores perdidos. Cada molécula

permanecía a la espera. Hemos visto el remiendo

de las manos. No había luz. Todavía nos siguen

llamando, juzgados desde una estrella que no se mueve.

 

 

 

*

En el verano del tiempo humano, en el último verano,

estaban todas las calles. La Prenestina

con sus rondas llegaba al mar

de Taranto vieja y a los jardines de Porta Venezia,

geografía de uniones inesperadas, tiempo que no se pierde,

todas las calles, todos los amores inmersos en uno solo

y renacidos, todos los pasos ante el portal, las miradas

en el intercomunicador, todas las voces, los acentos, las sílabas,

tú que salías sonriente con tu colbac

y caminabas decidida hacia el autobús.

 

 

 

*

Hubo un cumpleaños, al inicio, ciertamente.

Cinco velitas azules, los familiares que nunca vemos,

los vivas. Hubo, hubo todo aquello.

El decimoquinto fue en Monferrato, recuerdo,

con Luisella y Cristiana, el torneo de lucha en el Po,

el cuerpo vencido, el seno entrevisto. Ocurrió allí.

En el misterioso tumulto se formaba una osamenta, el sentido

de las horas truncadas. Todo estaba más cerca de la sangre

que del arco iris. Ocurrió. Ocurrió. Los ojos

buscaban, en la materia inquieta, una incisión.

En el rostro envejecido de una mujer, el mundo

entero se marchitaba. Luego, en una heroína, renacía. Leche

y cruz. Vía de los desaparecidos. Tarea escrita.

 

 

 

*

En ti se reúnen todas las muertes, todos

los vidrios hecho pedazos, las páginas secas, los desequilibrios

del pensamiento, se reúnen en ti, culpable

de todas las muertes, incompleta y culpable,

en la vigilia de todas las madres, en la tuya

inmóvil. Se reúnen allí, en tus

débiles manos. Están muertas las manzanas de este mercado,

estos poemas regresan a su gramática,

a la habitación de hotel, a la cabaña

de aquello que no se une, alma sin descanso,

labios envejecidos, corteza arrancada del tronco.

Están muertos. Se reúnen allí. Han fallado,

han fallado en la operación.

 

 

 

*

El lugar inmóvil, la palabra oscura. Aquel era

el lugar designado. Adiós recuerdo de noches

luminosas, adiós gran sonrisa. El lugar era allí.

Respirar era una oscuridad de persianas, un estar primitivo.

Silencio y desierto intercambiaban el rostro y nosotros

hablábamos a una luz. El lugar era aquel. Los tranvías

casi no pasaban. Venus regresaba a su cabaña.

De la garganta guerrera se desprendían episodios. No dijimos

nada más. El lugar era aquel. Era allí

donde estabas muriendo.

 

 

 

 

*

Las naciones se ahogan, las torres se derrumban, un caos

de lenguas y de colores, traumas y nuevos amores,

entra en Bovisasca[4], elimina el siglo XX

de la soledad maestra, de nuestro verso

colgado en el vacío. Otras mujeres evitan

los desperdicios del mercado, en la nueva miseria

de este instante. Me siento en el café debajo de casa,

observo el paisaje de Sironi[5], en un solitario

doce de agosto, empiezo a convocar las sombras.

 

Observo nuevamente a mi padre en una ciudad de mar, un aire

a Belle Époque y una sonrisa extraviada de muchacho.

Y luego a Paoletta que sobre el tatami consiguió

la victoria a tres segundos del final. Y a Roberta

que ha dedicado su vida. Y a Giovanna,

en un silencio de hospital, cuando el tiempo

revela sus grandes paradigmas.

 

“Volverán vivos los amores tenebrosos

que en medio de los años dejaron

una espina, volverán, volverán luminosos”.

 

 

© Milo de Angelis, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

.

.

.

N O T A S

[1] Nombre comercial de los servicios ferroviarios de alta velocidad prestados por Eurostar Group y que comunican Londres con París y con Bruselas a través del Eurotúnel, ubicado en el Canal de la Mancha.

[2] Barrio de Milán situado en la periferia oriental de la ciudad.

[3] Edificio que se encuentra en el barrio de Affori construido hacia finales del siglo XVII a pedido del marqués Pier Paolo Corbella. Con el correr del tiempo sus jardines fueron creciendo hasta convertirse en uno de los lugares más pintorescos de la capital lombarda.

[4] Otro de los barrios de Milán, ubicado al norte y que pertenece al Municipio 9.

[5] Se refiere a uno de los cuadros de Mario Sironi (Sassari, 1885 – Milán, 1961), gran parte de su obra pictórica estuvo dedicada a los paisajes urbanos y zonas industriales enmarcadas en un contexto de angustiosa soledad y de un alienante sentido de progreso.

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Julio Ramón Ribeyro. Dichos de Luder

ribeyro

(Lima, 1929 – 1994)

 

*

—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.

—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.

 

 

*

—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.

 

 

*

—Un libro magistral —dice Luder— puede ser un agregado de frases banales, del mismo modo que con una sucesión de frases geniales no se hace un libro magistral. En el arte literario, curiosamente, el todo no es la suma de las partes.

 

 

*

—Grandes artistas son los que dan origen a una escuela —dice Luder—. Pero prefiero a los que desalientan con su obra toda tentativa de imitación.

 

 

*

Encuentran a Luder abatido ante una revista abierta.

—¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección!

—¿Y eso te molesta?

—¡Naturalmente! El gran arte consiste no en el perfeccionamiento de un estilo, sino en la irrupción de un nuevo estilo.

 

 

*

Le muestran un artículo en el que se habla de todos los escritores de su generación menos de él.

—Me libré de la redada —dice Luder.

 

 

*

—Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a uno.

 

 

*

—Literatura es impostura —dice Luder—. Por algo riman.

 

 

 

© herederos de Julio Ramón Ribeyro

de Dichos de Luder. Jaime Campodónico Editor. Lima. 1992.

Lucrecio. DE RERUM NATURA

Lucrecio

(c. 99 a. C. – c. 55 a. C.)

 

No debes creer asimismo eso de que los dioses tengan su santa casa en alguna parte del mundo; porque la naturaleza de los dioses, sutil y muy alejada de nuestros sentidos, a duras penas con la inteligencia del alma se advierte; como ella escapa a toques y palpamientos de manos, nada realmente palpable debe ser que nos toque, pues no puede tocar lo que a su vez no puede tocarse; también por tanto las moradas de ellos deben ser diferentes de las nuestras y de materia sutil; estas cosas más adelante te las demostraré hablando por extenso. [1]

 

Decir además que por causa de los hombres los dioses decidieron disponer la naturaleza preclara del mundo y que por eso conviene alabar su obra como merece, pensar que será eterna e inmortal, y que no es lícito que aquello que según una antigua razón divina a los pueblos de hombres se les ha cimentado en tiempo eterno se lo intente con algún ataque remover de sus asientos o de palabra se ofenda y el conjunto desde su base lo echemos abajo, y otras doctrinas por el estilo que se imaginen y aquí se añadan, Memio[2], es un disparate: pues ¿qué recompensa puede nuestro agradecimiento ofrecerle a los inmortales y felices para que por causa nuestra se pongan a hacer alguna cosa? O ¿qué novedad pudo seducir a quienes antes estaban tranquilos hasta el punto que luego quisieran cambiar su precedente conducta? Pues parece que debe alegrarse con una situación nueva aquel a quien la angustia molesta; pero a quien nada incómodo le pasa en un tiempo anterior en que llevaba una vida estupenda, ¿qué podría despertar en él tal deseo de novedad? ¿Y qué hubiera de malo en que no nos creasen? ¿O es que, digo yo, la vida estaba postrada entre tinieblas y penas hasta que lanzó su brillo el engrandamiento inicial de las cosas? Porque quienquiera que ya nació debe intentar permanecer en la vida, mientras en ella lo retenga placer lisonjero; pero quien nunca saboreó el deseo de vivir ni estuvo en el lote, a ese ¿qué daño le hace que no lo crearan?

 

Además un ejemplo de la producción de seres y la propia noción de hombre ¿de dónde a los dioses se les metió primero, de manera que supieran y en sus adentros vieran qué pretendían hacer?, o ¿cómo se conoció alguna vez el poder de los principios y de qué eran capaces al cambiar unos con otros el orden, si la naturaleza por su cuenta no suministró un modelo de creación? Porque es que muchos primordios de seres[3], de tantos modos empujados ya desde tiempo infinito por golpes y arrastrados por sus propias masas, constantemente se movía, se juntaban de muchos modos y así ensayaban todo aquello, fuera lo que fuera, que al agruparse entre sí pudieran crear, que no es de extrañar que incluso desembocaran en tales posiciones y llegaran a tales trayectorias como las que ahora manejan el conjunto este de los seres, renovándolos.

 

Supongamos que desconociera yo cuáles son los primoridios de la realidad; pese a ello, me atrevería a confirmar, a partir de las propias explicaciones sobre cielo, y a manifestar, a partir de otras muchas cosas, que en modo alguno obra de dioses dispuso en favor de nosotros la naturaleza de las cosas: de tan grandes fallos es ella responsable. Para empezar, de cuantas tierras cubre el empuje enorme del cielo, al menos la parte que dominan montañas y bosques de alimañas, que ocupan pedregales e inmensos pantanos y el mar que mantiene alejadas regiones costeras, casi dos terceras partes de ahí además el calor ardiente o la continua caída de nieve se las roabn a los mortales; lo que de campo queda la propia naturaleza con su vigor lo cubre de abrojos si el esfuerzo humano no lo impide, acostumbrando, en busca del sustento, a resollar con el azadón en la mano y romper el suelo con la presión del arado: <después, en efecto, los muchos primordios de seres que dentro se esconden,> [4] si, volteando con la reja terronales fecundos y montando el suelo de la tierra, no los empujamos a nacer, no podrían por propia iniciativa salir a los aires claros; y a veces pese a ello los cultivos logrados con gran esfuerzo, cuando ya verdean por los sembradíos y todos florecen, o los agosta con sus excesivos calores el sol desde la altura, o los arrasan lluvias repentinas y frías heladas, y rachas de viento en recio torbellino los maltratan. Además, ¿por qué la naturaleza cría y acrecienta la raza espantosa de las fieras? ¿Por qué las estaciones del año traen sus epidemias? ¿Por qué acá y allá suceden muertes prematuras? Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males. Crecen de otra parte piaras y manadas y fieras variopintas y no tienen necesidad de sonajas ni a ninguna hay que suministrarle las fierecillas mimosas y entrecortadas de un ama de cría, y tampoco exigen cambiarse de ropa según la estación del año; no tienen, en fin, necesidad de armas ni de altos muros que protejan lo suyo, pues la tierra sola y la naturaleza fabricadora de seres todo para todos en abundancia producen.

(DE RERUM NATURA, libro V, versos: 146-233)

 

 

© Francisco Socas, de la edición y versión al castellano.

de: La Naturaleza. Editorial Gredos. Madrid. 1982.

 

 

N O T A S

[1] Lucrecio no hablará de los dioses y sus cosas extensamente como aquí promete (largo sermone). De ello pueden aducirse varias explicaciones: a) el poema, como algunos pretenden, está inacabado; b) el autor mientras componía su obra tuvo la imagen del resultado pretendido diversa de la que logró en la ejecución; c) en realidad toda la fundamentación racional del mundo (lib. V) y de los fenómenos celestes (lib. VI) es una suerte de molde negativo que plasma en la mente del lector lo que no son los dioses. U. Pizzani, Il problema del testo e della composizione del De rerum natura di Lucrezio, Roma, 1959, págs. 174-180, sostiene, conforme al supuesto ‘c)’, que el poeta promete tratar de las recién mencionadas sedes de los dioses (el cielo) y no de su naturaleza.

[2] Es muy probable que se trate del noble Gayo Memio (Caius Memmius). Su biografía es más rica en datos que la del poeta y no es imposible que fuera su mecenas; véase B. K. Gold, Literary Patronage in Greece and Rome, Chapel Hill, Londres, 1987, págs. 50-54.

[3] Átomos.

[4] El texto entre paréntesis angulares es traducción de un añadido o suplencia de A. García Calvo.

Una palabra para el verano. Yorgos Seferis

Seferis

(Esmirna, 1900 – Atenas, 1971)

 

Hemos vuelto otra vez al otoño; el verano

como un cuaderno que nos cansa escribir, queda

lleno de tachones dibujos barruntados,

signos de interrogación al margen, hemos vuelto

a la estación de los ojos que miran

en el espejo bajo la luz eléctrica

labios cerrados y hombres extranjeros

en los cuartos en las calles bajo los pimenteros

mientras los faros de los coches masacran

miles de pálidas máscaras.

Hemos vuelto; partimos siempre para volver

a la soledad, a un puñado de tierra, a las manos vacías.

 

En algún momento amé la avenida Singrú

el doble balanceo de la gran calle

que nos dejaba milagrosamente en el mar,

el eterno mar; para que nos lavara los pecados;

amé a algunos desconocidos

hallados de pronto al terminar el día,

hablando solos como capitanes de una armada hundida,

prueba de que el mundo es grande.

Y sin embargo amé estas calles, estas columnas;

a pesar de haber nacido en la otra orilla, junto

a las cañas y los juncos islas

sobre cuya arena había agua para que saciara su sed

el remero, a pesar de haber nacido junto

al mar que enredo y desenredo entre mis dedos

cuando estoy cansado —no sé ya dónde he nacido.

 

Aún queda la amarilla esencia el verano,

y tus manos que rozan medusas en el agua

tus ojos de pronto abiertos, los primeros

ojos del mundo, y las grutas marinas;

pies desnudos en la tierra roja.

Aún queda el rubio efebo de mármol el verano

un poco de sal que se reseca en el hueco de una roca

unas cuantas agujas de pino tras la lluvia

dispersas y rojas como una red agujereada.

 

No entiendo estos rostros no los entiendo,

a veces imitan a la muerte y luego otra vez

brillan con la vida queda de una luciérnaga

con un precario esfuerzo, sin esperanza,

apretados entre dos arrugas

entre dos mesitas de café manchadas

se matan uno al otro, menguan

se pegan como estampillas a los vidrios

los rostros de la otra tribu.

 

Caminamos juntos, compartimos el pan y el sueño

probamos la misma amargura de la separación

construimos nuestras casas con las piedras que tuvimos

tomamos las barcas emigramos regresamos

hallamos esperando a nuestras mujeres

apenas nos reconocieron, nadie nos reconoce.

Y los compañeros se vistieron las estatuas se vistieron las desnudas

sillas vacantes del otoño, y los compañeros

mataron sus propios rostros; no los entiendo.

Aún queda el desierto amarillo el verano,

olas de arena que refluyen al círculo final

el golpe de un tambor implacable interminable

ojos en llamas que se hunden en el sol

manos que como pájaros rayan el aire

saludando a las filas de los muertos en posición de firmes

manos perdidas en un punto que no sé determinar y me domina:

tus manos que rozan la ola libre.

 

Otoño, 1936

 

 

© herederos de Yorgos Seferis

© Selma Ancira y Francisco Segovia, de la versión al castellano

de: Mythistórima. Poesía completa. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2012

Simbolismo general del OJO. Juan Eduardo Cirlot

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(Barcelona, 1916 – 1973)

Es muy posible que los procesos de simbolización se puedan mostrar, pero no demostrar; por el momento esto constituye una dificultad, aunque no la prueba de su falsedad. En el último extremo, simbolismo es conexión y la evidencia de ciertas asociaciones no será negada por nadie, especialmente en los tiempos presentes que han sido testimonio del quebrantamiento de la infalibilidad de la ciencia, cual puede comprobarse leyendo a Poincaré y Heisenberg. La analogía es la ley suprema por la cual se rige todo simbolismo; esta relación no presupone la monovalencia, pero menos aún la polivalencia desorganizada; es decir, un símbolo nunca equivale a una sola realidad profunda, pero tampoco sirve para expresar y significar toda realidad. La ordenación que sustenta su función es la que podemos denominar, mientras se encuentre otra mejor, polivancencia serial.

 

Así, estableciendo series de contraposiciones como: cielo, infierno; bien, mal; luz, oscuridad; vista, ceguera; vigilia, sueño; blanco, negro; amarillo, azul, etc., se patentiza que una misma identidad o, más bien, analogía liga los miembros de cada serie. Nunca se concebirá la ceguera como relacionada con el color blanco, la luz y la vigilia; ni se considerará el color negro como la expresión de la luminosidad. A esta base analógica se une el poder asociativo de los símbolos; la situación espacial, el número, el color, la posición, tienen valor per se y los símbolos se modifican por ese coheficiente de agregación. En este sentido, los ojos colocados en la proa de una nave tendrán sentido distinto que si aparecen en su parte posterior; los ojos pintados en negro ofrecerán un matiz distinto de los diseñados en rojo; los ojos en las palmas de las manos irán cargados de una emoción muy distinta de los que se hallen en la frente; los que se ordenen en forma de rueda se distinguirán de los que aparezcan en desorden; y así podríamos proseguir nuestro análisis indefinidamente. Suponiendo que los ojos equivalgan, fundamentalmente, a visión (luz, bien, fuerza física y espiritual emanación de la energía cósmica) y que la rueda sea un símbolo del tiempo cíclico y del infinito, no cabe duda de que los ojos dispuestos en círculo o en espiral, como los de la cola del pavo real, tendrán un significado complejo dimanado de la interacción de ambos componentes.

 

Por otro lado, la estructura del símbolo es muy rica en estratos, y así cada efigie simbólica expresa, además de la idea básica y general, valores de la época en que apareció, de la raza y cultura en que fue utilizada y propagada; Grecia, cuyo papel histórico consistió en disminuir lo simbólico e irracional en beneficio del pensamiento lógico, especificó en sus personajes míticos el desprecio que sentía por todo heterotopismo y cómo la multiplicidad de un órgano, que para los hindúes era símbolo infalible de superpotencia actual (Siva, Indra), para los helenos casi constituía una tara (Argos) absolutamente ineficaz. Con un criterio casi mecánico, en todo caso cuantitativo, redujeron a uno el número de ojos de aquellos seres a los que conceptuaban infrahumanos y solo dotados de fuerza material. Basándonos en esto, podríamos producir la asimilación siguiente: 1er ojo, igual a la fuerza física; 2do, a la energía moral e intelectual (en Grecia, ya suficiente para la divinidad); 3er ojo, equivalente a lo que, en simbolismo de los números, se denomina 5ta esencia, es decir, exceso sobre lo suficiente.

 

Simbolismos complejos del tipo de la asociación ojo y herida (diosa Lhamo del Tibet), o bien, ojo y sexo (Indra), tienen una profundidad mística que llega a las honduras del ser y lo intenta explicar en sus despliegues más insondables. Casi relacionaríamos el ojo de la mula de Lhamo con la herida del Amfortas parsifaliano y con el griego y misterioso Filoctetes, cuyo sentido profundo no ha sido aún, que sepamos, suficientemente analizado. Las “heridas divinas”, siempre de matiz sexual, conciernen a la caverna de donde la luz y la sangre nacen confundidas. Por otra parte, la analogía superior entre el macrocosmos (universo) y el microcosmos (hombre), no debe ser olvidada; ella explica la conexión entre el ojo y el sol; entre la multiplicidad de ojos o de heridas y el mundo estelar, cuyas figuras son aún, pese a la astrología, un misterio más hondo que el del destino humano.

 

En la última instancia, por debajo de todos los sentidos simbólicos expuestos, encontramos todavía otro. El espíritu penetrante, el hombre como mensajero del ser, en su actividad y propagación puede sentir la oposición del mundo en uno de estos tres aspectos: como cerrada imposibilidad de avance (agnosticismo, sentimiento de Caverna, de Frobenius); como abertura y libertad gozosa (activismo, sentimiento de Lontananza, del mencionado antropólogo) o como reflejo de sí mismo, y respuesta (religión deísta); podríamos especificar simbólicamente estas tres “situaciones esenciales” en los objetos correlativos: pared, ventana, espejo. El muro de las lamentaciones, hebreo, nos daría el mejor ejemplo cultural del sentimiento de impotencia frente al infinito; el disco de jade con un agujero central, chino, nos lleva al sentimiento de actividad posibilitada, los ojos místicos de todos los símbolos considerados llevan implícita la idea de espejo con la simbolización mencionada de respuesta del infinito a la pregunta humana. Por esta causa creemos que las imágenes de dioses alojadas en nichos, de India, como los ojos en sus cuencas, son otros símbolos del espejo cósmico. Y la capacidad del ojo reside, aparte de este simbolismo, en su superior potencia emotiva, que deriva del efecto sádico de su desplazamiento. Pues, finalmente, en todo heterotropismo, lo que más llama la atención y sacude el sentimiento es la aparición inesperada, el irracional efecto de milagro, de cosa prohibida, temida y a un mismo tiempo deseada, que constituye el ojo extraordinario y fascinador, escapado de su órbita anatómica.

 

No queremos terminar este opúsculo sin insistir en nuestra afirmación preliminar, y es que toda búsqueda de sentidos simbólicos debe ser considerada, aun hoy, como hipótesis plausible. La diversidad casi insondable de fenómenos englobados por la psicología individual, colectiva y mitológica, lo reciente de las investigaciones sobre el inconsciente, que derivan de la filosofía de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche, con un siglo de existencia a lo más, no permiten seguridad excesiva, aun cuando autorizan la esperanzada posibilidad de una síntesis. Las sobredeterminaciones de los símbolos, sus sentidos secundarios, desdoblados, complican hondamente el problema. Así, para Jung, “el ojo representa evidentemente el seno materno… en cuanto a la pupila del ojo es un niño. Así el gran dios vuelve a ser niño, penetra en el seno materno para renovarse”. Sea como fuere, adviértase que este significado no disiente del dado por nosotros, antes lo ratifica y enriquece con una nueva dimensión.

 

 

© Herederos de Juan Eduardo Cirlot

de: El ojo en la mitología. Su simbolismo. Madrid. Huerga y Fierro editores. 1998.

 

Unica Zürn. Qué hermosa era la vida

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(Berlín, 1916 – París, 1970)

 

El señor Musenius llevaba muriéndose todo el invierno.

—Hijo mío —solía decir—, no te rías de mí, pero sé muy bien que moriré pronto y, después de todo, no tiene nada de particular, ¿verdad? —paseábamos por los estrechos senderos que rodeaban la rosaleda, la nieve cubría la desnudez del jardín y Musenius me hablaba de su muerte. Tosía ligeramente y se sonreía de mi preocupación.

—Yo nunca me atrevería a reírme de usted, señor Musenius. Es solo que no puedo imaginar que vaya a morirse. Estaríamos perdidos sin usted. Y piense qué sería del jardín, de la casa sin usted. Es inconcebible. Los manzanos, sin usted; las rosas, si usted faltara.

—Las rosas, sí, desde luego… —asintió Musenius—, aunque sería lo único. Pero entremos, quiero regalarle una cosa muy bonita.

Se adelantó hacia la casa, silenciosa bajo su carga de nieve. De la chimenea salía humo que ascendía al aire quieto del anochecer. Dentro el ambiente era cálido y acogedor y Musenius dejó de toser. Mi amigo era alto, robusto, ancho de hombros, con cabeza de león, expresión firme y melena blanca.

—Esto es un regalo para usted —dijo, entregándome una tabaquera de barro—. Dentro tiene un pequeño depósito que se llena de agua y, debajo, se pone el tabaco, que así se mantiene fresco, suave y aromático. No hay mejor tabaco. Y todo lo hace esta vieja tabaquera —entonces Musenius se dio media vuelta y se alejó, y por el gesto de la espalda noté que estaba cansado y que ahora deseaba quedarse solo.

Musenius siguió saliendo al jardín todos los días. Llegó marzo. Mi amigo andaba siempre de un lado a otro, con un cestino en el que llevaba hilos, cordeles y podadoras. Una tarde lo encontré subido a una escalera. Estaba recortando las puntas secas de las ramas del manzano.

—Señor Musenius —le dije—, no debería usted subirse a la escalera.

—¿Por qué no? —me preguntó secamente.

—Porque puede caerse —yo sostuve la escalera que se estremecía y crujía bajo su peso.

—Puedo caerme —dijo Musenius y, con la cabeza entre las ramas, levantó la mirada al cielo—. No le entiendo —exclamó entonces—. ¿Puede imaginar muerte más hermosa? ¿Dónde mejor que aquí, entre los árboles?

Aquella noche me acosté temprano. Aún se recortaba sobre las nubes la negra silueta de los viejos árboles y trinaban pájaros cuando empezó a oírse un murmullo grave y un poco trémulo que fue creciendo hasta quebrarse en una monótona melodía. El canto llenó por completo mi habitación. Fuera, junto a la ventana, estaba Musenius, cantando una de sus tristes baladas de Bohemia. Cuando terminó, le di las gracias y le pregunté qué canción era aquella.

—Una canción de amor de mi tierra, que canté por primera vez hace sesenta años; pero ella no me quiso —rió—. Dios mío, qué hermosa era la vida, cuántas tonterías, qué candor, qué gozo… —murmuró algo más que no entendí. Se había sentado en el banco que estaba delante de la ventana.

—Ahora debería acostarse —dije. Había tanto silencio frente a la ventana que creí que se había dormido.

—Ah, vamos, quiere decir que puedo pillar un resfriado y morirme; pero imagine, un juglar que muere cantando, ¿no le conmueve? —entró en casa tosiendo y riendo. Abril lo pasó Musenius escribiendo cartas. Tenía siete hermanas ancianas y cada una recibió una jovial carta de despedida.

Una mañana de principios de mayo, Musenius se quedó en la cama. Nosotros, preocupados, entrábamos a preguntarle cómo se encontraba, y nos respondía que hacía años que no se encontraba tan bien.

—Haced muchos pasteles y café bien cargado, y traedme un par de manzanas invernizas y vino de grosella, y venid todos, porque vamos a celebrar una fiestecilla, ¿qué os parece?

Musenius, con su mejor camisón, estaba sentado en la cama, rodeado por todos los de la casa, familiares y huéspedes, y contaba anécdotas de juventud derrochando buen humor. Solo una vez se puso serio aquel último día, y fue al pensar en las rosas. Entonces meneó la cabeza con gesto de duda.

—Aunque me parece que aún es temprano, me gustaría que fuerais a ver cómo están. Ven, hijita, toma esto —dijo a la nieta, dándole la podadora—. Córtame una rosa, pero date prisa.

Se quedó esperando, apoyado en los codos, y todos callamos al verlo tan anhelante. La pequeña, quizás por atolondramiento, no trajo solo una rosa sino que toda la mata del rosal. Nosotros lo miramos con temor.

—Bien hecho. Así tendré algo a lo que asirme —hundió la cabeza en la almohada y, después de mirarnos uno a uno, risueño y ya soñoliento, se puso el rosal en la cara, como escondiéndose de nuestras miradas. Aspiró una vez, profundamente, como si las rosas ya hubieran florecido, y el aliento huyó entre sus labios, en silencio.

 

 

© herederos de Unica Zürn.

© Ana María de la Fuente, de la versión al castellano.

de: El trapecio del destino y otros cuentos. Ediciones Siruela. Madrid. 2003.

 

Poemas. Pedro Lastra

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(Quillota, Chile, 1932)

 

Balada

 

Perch'i' no spero di tornar giammai,

ballatella, in Toscana

Guido Cavalcanti

 

Pues cada uno tiene su Toscana

A la cual sabe como Cavalcanti

que no regresará,

que busque en su memoria la música

de un álamo en la tarde,

el destello

de una hoja al caer sobre la hierba húmeda,

el pasaje de un pájaro de altura

que atraviesa sin fin la misma nube,

aves música nubes

extraviadas desde hace mucho tiempo

allá lejos

en región de penumbra o desdicha.

 

 

 

Meditación de Teseo

 

Si las islas que están ahí se unieran

por una vez, si el cielo

que tú miras pasar

fuera el mismo

por una vez,

si el Minotauro fuera por una vez el ángel

que tú llamas en sueños,

bastaría tu nombre y no habría palabras.

 

 

 

Reivindicación del astrolabio

 

El astrolabio ha caído en desuso

y hoy todos celebran la eficacia

de los instrumentos modernos.

Yo sostengo que se trata de un error lamentable

en el que los antiguos no cayeron jamás

(el sol era un pretexto).

Aunque no lo dijeran

no ignoraban

que el astrolabio mide la altura del amor,

de las estrellas

que su poder instala en el espacio.

 

 

 

Mester de perrería

 

Asiduo de mí mismo sobrevivo

encerrado con llave y cerradura,

negando como Pedro la figura

que más me abruma cuanto más la esquivo.

 

Busco sobrellevarla y hasta escribo

la agilidad del agua que me apura

la vida como el mar (la matadura

de la luna y del sol al rojo vivo).

 

Escribo los ladridos a la luna

y al mar y al sol y a otros elementos,

o exalto el modo de las perrerías

 

con que la noche me ha embarcado en una

palabrera piragua de lamentos

por ella y mis trabajos y mis días.

 

 

 

Nostradamus

 

El futuro no es lo que vendrá

(de eso sabemos más de lo que él mismo cree)

el futuro es la ausencia

que seremos tú y yo

la ausencia que ya somos

este vacío

que ahora mismo se empecina en nosotros.

 

 

 

El azar

 

¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo

(ya que amo esos lugares)

serías aquel nombre, la figura que eres

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

existirías tú,

persistiría

la presencia que soy, la que me has dado?

 

 

 

Con letras indecisas

 

Omar Cáceres dice

que escribió su poema

con letras indecisas.

Muchos años después

yo leo en otro mundo

su afilado decir

de la desolación,

cuando escuchaba afuera

la raudal despedida

del auriga nocturno.

Y esa voz me recuerda

los días por venir:

ellos serán ovejas

en la boca del lobo

que las está esperando

sin memoria ni encono,

simulando dormir

en otras vecindades.

 

 

 

Adagio

 

¿Cómo llegué hasta aquí?

Veo muertos

que alimentan la lluvia:

es su trabajo.

Solo yo ignoro el mío en este valle

de arenas corrosivas

que el agua lleva y trae

lentamente,

y destruyen la casa

en donde sigo inmóvil

escuchando

el rumor de allá afuera:

no me deja dormir,

tampoco recordar

o saber

cómo llegué hasta aquí,

cómo puedo salir.

 

 

 

© Pedro Lastra, de los poemas.