John Coltrane. A Love Supreme (una plegaria)

(Hamlet, 1926 – Nueva York, 1967)

 

Haré todo lo que sea digno de Ti, Oh Señor.

Todo tiene que ver con eso.

Gracias, Dios.

Paz.

No hay otro.

Dios es. Es tan hermoso.

Gracias, Dios. Dios es todo.

Ayúdanos a superar nuestros miedos y debilidades.

Gracias, Dios.

En Ti todo es posible.

Lo sabemos. Dios nos hizo así.

Mantén los ojos en Dios.

Dios es. Él siempre fue. Él siempre será.

Sin importar que… Dios es.

Él es clemente y misericordioso.

Es más importante que te conozca.

Palabras, sonidos, sermones, hombres, recuerdos, pensamientos,

temores y emociones —tiempo— Todo está relacionado…

todo hecho de uno… todo hecho en uno.

Santificado sea Su nombre.

Ondas de pensamiento—ondas de calor—todas las vibraciones—

todos los caminos conducen a Dios. Gracias, Dios.

Su manera… es tan sublime… es gentil.

Es misericordiosa —gracias, Dios.

Un pensamiento puede producir millones de vibraciones

y todas regresan a Dios… Todo lo hace.

Gracias, Dios.

No temas… ten fe… gracias, Dios.

El universo contiene muchas maravillas. Dios es todo.

Su manera… es tan maravillosa.

Pensamientos—acciones—vibraciones, etc.

Todo regresa a Dios y Él lo purifica.

Él es clemente y misericordioso… Gracias, Dios.

Gloria a Dios. Dios vive.

Dios es.

Dios ama.

¿Soy aceptable ante sus ojos?

Todos somos uno en Su gracia.

El hecho de que existamos es reconocimiento

de Ti, oh Señor.

Gracias, Dios.

Dios lavará todas tus lágrimas…

Él siempre lo ha hecho…

Él siempre lo hará.

Búscalo cada día. De todas las maneras, busca a Dios cada día.

Entonemos todos los cantos hacia Dios

a quien toda alabanza es debida… Alabado sea Dios.

Ningún camino es fácil, pero todos ellos

vuelven a Dios.

Con todos compartimos a Dios.

Todo está con Dios

Todo está contigo.

Obedece al Señor.

Santificado sea.

Somos de una sola cosa… la voluntad de Dios…

Gracias, Dios…

Yo he visto a Dios —he visto lo impío—

nadie puede ser más grande —nadie puede compararse con Dios.

Gracias, Dios.

Él nos volverá a crear… Él siempre lo ha hecho y

siempre lo hará.

Es verdad —santificado sea Su nombre— gracias, Dios.

Dios respira a través de nosotros plenamente…

tan suave que apenas lo percibimos… empero,

es nuestro todo.

Gracias, Dios.

ELACIÓN—ELEGANCIA—EXALTACIÓN

Todo proviene de Dios.

Gracias a Ti, Dios.

                                        AMEN

Diciembre, 1964

 

© herederos de John Coltrane

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

Frida Lara Klahr. Ánima errante

(México D.F., 1950 – Morelia, 2011)

 

Olor a oscuro

 

Aquí la noche es oceánica huele lo oscuro

tiene un olor a peces del lago que agonizan

con mis dedos mido su silencio

cuando es tierra es callada

avanza lenta y siento su vientre

con mis yemas lo toco y sube y baja y suda

Amamanta a los hambrientos es negra y cóncava

me da su negra leche y se me agria

loba de obsidiana aparta de mí este cáliz.

 

Dónde irán mis huesos cuando los metas en el cántaro

si está trabado nervio a nervio con correas arterias

mis cabellos azules a la tierra roja con mis dedos largos

y mis pies y mis ojos ávidos

a mi corazón          Todo de odio en odio hilvanado.

¿Y de quién es culpa, del trasgresor que ató mi amor

o mis huesos ácidos en odios enlutados?

 

 

 

Crece el reflejo

 

Antes de llegar al frío secreto

a la soledad sin memoria sin aciertos

devanaré mi silencio

hurgaré en mi centro en mí en mi secreto

 

Yo deambulé entre puro espejo

toda imagen que amé no tenía detrás

ni cuerpo; me rompí las manos a caza de espejos

 

Llené de amor la niebla

para que al caer la lluvia me cubriera.

 

La desnudez de amor fue mi esqueleto

Inventé y saturé a los aires de labios

y de piernas a las tardes y a las noches.

Hice cuerpos cálidos a los días y sus tardes

pero no se puede hacer amar a las sombras

ni a los espejos.

 

Cuanto más alimentas de palabras

a las cosas y a las sombras más desnudez, más avidez

más hambre

Ahora rodeada de espejos que solo tienen reflejos

de una inmensa soledad

de una mentira y de ningún recuerdo

crece el reflejo yo lo parí es mi obra

él me devora.

 

 

 

Es mucho más de lo que somos

 

No era ni él ni ella

Era el espacio que estremece

sus materias: soles,

Con sus trigos, jazmín, sus bosques

El crepúsculo ardiendo

Tarde a tarde tierra

El oleaje de noche con sus

ocotes encendidos

La copa de las noches derramando el vino

La cúpula de los árboles

con sus vientos en delirio

Las voces y silencios ecos

boca: frutas

Todo el amor

Vertido en

Lámparas de aceite de los vivos

y las ceras encendidas de los muertos,

Los cirios que alimentan a la tierra

Los cimientos de la noche

La simiente del espacio: las estrellas,

espantadas y danzando

Eternamente

Alquimia celeste:

Era, Eva, eras, eres, es

Aves ves.

 

 

 

Siempre Judas

 

Judas el eterno Judas.

¿Por qué si el beso es la prolongación de la piel

en el otro cuerpo?

¿Por qué si es el único injerto verdadero?

Si es el arco de la alianza

 

¿Por qué si en el espacio infinito

solo dos seres tocan un punto único?

 

Es el instante de sembrar el gozo

cuando los pies se alzan y la columna se eriza

como la luz en el talle del aire

en el acto del relámpago.

 

¿Por qué Judas

siempre que se cimbran dos cuerpos

en la sombra

en la siembra

siempre

sierpe

sombras en el monte olivo del deseo?

 

 

 

Alquimia

 

Soy un candelabro de cobre con siete lirios

encendidos si me ve

si mira me duplico

y entre mis piernas un jardín florido.

 

En las noches cuando en silencio caminas

caen las uvas y

somos dos copas de oro y un solo vino.

 

En el verano lo riegas y basta un soplo

en otoño

y todo un campo de flores amarillas

mis brazos tornasolados mis pies

danzan y soy su campo su jardín florido.

En la espiral de otoño nos quebramos

y el invierno poco propicio

no deja otra alternativa

que aventarte mi corazón amatista.

En invierno el vino se petrifica

no importa se oye el advenimiento

en el frío cantar del invierno.

 

 

… Y también amo las cosas que los hombres crean

porque están impresas las cosas

que han callado

porque son las palabras sin letras

de un íntimo alfabeto

aún más mudo que la mudez

pero más intenso

más nuestro

O la palabra que desenvainamos

y es indefensa

y sin embargo a nosotros perfora

más que un incógnito virus

porque no mata sino la fe

en los otros

o la validez de abrigo

que abrigamos con palabras

para pedir auxilio

y se queda presa en la palabra

Y sé que queda en nosotros

y se muere de frío.

 

 

© herederos de Frida Lara Klahr

 

Ko Un. Nostalgia

(Kunsan, 1933)

Cuando niño, de pie en la playa de mi pueblo,
a menudo contemplaba el mar esmeralda.
Las olas venían azotando hacia mí
          y yo siempre retrocedía.
No podía ir a su encuentro
y el mar era simplemente el mar.
Los tendederos se estiraban con el peso;
la ropa, tendida, aleteaba y volaba.

La enfermedad que sufro hace tanto tiempo,
nacida de las ropas lavadas (banderas de otro mundo)
y el mar (cuerpo de este mundo)
infectó a mi delicada hermana que se vestía de terciopelo
hasta que finalmente fue enterrada para siempre,
profundamente, bajo el seno de una paulownia.
Mi hermana no tenía un amor por quien clamar;
solo "¡Dios!, ¡Dios!",
          o algunas veces "¡Padre!".
Con mi pálido cuerpo oía yo un sollozo,
un campo de cañas crujiendo en sus venas.

La primavera siguiente se retrasó un poco;
se quedó apenas en el patio y partió.
Todavía quedaban
algunas flores tardías.
Las azaleas blancas la recordaban
especialmente,
          hasta que llegó el verano.
Durante todo el verano comí tierra y lloré.
La lluvia caía a raudales.
Detrás del pueblo las anchas tierras labrantías se llenaban de sal,
bajo las profundas aguas.
¡Un mundo de agua!
Las casas flotaban, nadaban.
Mi hermana era más hermosa que nunca
y vino el otoño.
¡Así es! Realmente, sí, en verdad
el otoño era ella.
En el agua fría en que me lavaba, las arrugas nacían
en mi frente joven y tierna.
Una vez que terminaba de lavarme
el otoño pretendía ser el cielo,
          allí, llorando.
Entonces, un lejano silbido de tren se oía con fuerza
y el otoño se hacía todavía más profundo.
Cuando solo algunas hojas quedaban en los árboles
y nosotros nos convertíamos en árboles desnudos del otoño,
mi hermana hablaba con las hojas.
Sin instrucción alguna ni conocimientos poéticos,
          hablaba bastante bien.
Y todo el tiempo, debajo de la tierra,
las raíces retozaban en jardines de agua clara
como debían.
          Ciertamente,
el cielo era el reino del paraíso,
aunque pretendía ser nuestro mundo.
Gritaba y era más azul que nunca.
Dejé de lavar mis ojos.
En alguna parte,
mi destino me esperaba silencioso, una y otra vez.

Mi hermana empezó a toser
y poco a poco me llené de aflicción.
Alcé la cabeza y miré fijamente
las obras de la Naturaleza, pero mis pies no se movieron.
La senectud sería mi última venganza.
Un día, mi hermana tosió sangre.
No pude soportarlo, no pude sollozar.
Ella la tapó con sus faldas que la envolvían
          antes de derrumbarse.
Ese día vi por primera vez
lo que estaba escondido en mi hermana.
En su virginidad se encerraba
todo el flujo y el reflujo del mar vecino.
Desde entonces mi sueño fue el sueño marchito de mi hermana.
Su cuarto se llenaba con los vibrantes tímpanos
de los vivos y de los muertos.

Noche a noche yací despierto, junto a su puerta,
hora tras hora vagando.
El día que ella se quitó su chaleco de terciopelo
para prolongar las horas de su feliz vida,
yo anduve caminando por la invernal orilla,
          yendo          y          viniendo,
y regresé.
En la primavera temprana del año siguiente
la pálida mano de mi hermana cayó,
como si señalara el tendero vacío
todo adornado con gotas de niebla
y ella diera su adiós al mundo.
No derramé ninguna lágrima
pero me recosté en su almohada blanca como de porcelana
y seguí su muerte algún tiempo
          antes de regresar.
Dentro de su ataúd estaba muy oscuro;
dudé que fuese mi hermana
o yo
o alguna alegría.


© Ko Un, del poema

© Paciencia Ontañón de Lope & Sung-Chul Suh, de la versión al castellano

de: Fuente en llamas. Ediciones Linteo. Ourense. 2005.

Clarice Lispector. Amor

clarice lispector

(Chechelnik, 1920 – Río de Janeiro, 1977)

 

Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción.

Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían. Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida.

Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.

En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido.

Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.

El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.

El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada.

La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír —como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada —el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados.

Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.

Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.

La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran.

Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.

Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.

Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.

Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.

Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.

La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.

De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.

A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande.

Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.

Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.

En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.

Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.

Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.

Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante y ella se sentía mareada.

Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.

Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal —¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?— se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, —dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos… Tengo miedo —dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado. Mamá —exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó. No dejes que mamá te olvide —le dijo. El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.

Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?

No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.

Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado y, torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo —¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.

Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.

Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua —estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.

Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.

Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros. Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.

Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.

¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.

—¿Qué fue? —gritó vibrando toda.

Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:

—No fue nada —dijo—, soy un descuidado —parecía cansado, con ojeras.

Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.

—¡No quiero que te suceda nada, nunca! —dijo ella.

—Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote —respondió él sonriendo.

Ella continuó sin fuerzas en sus brazos. Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste. —Es hora de dormir —dijo él—, es tarde. En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir.

Había terminado el vértigo de la bondad.

Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.

 

 

© herederos de Clarice Lispector

© Haydée M. Jofré Barroso, de la versión al castellano

 

Eduardo Anguita. El conocimiento perturba

 

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(Yerbas Buenas, 1914 – Santiago de Chile, 1992)

 

Debajo del agua encima de la tierra
En los bosques para el tacto en el fuego
Sobre o entre el cielo transformado en el peor ahogo
Bajo las miradas asfixiantes de los seres
Entre las hojas siempre verdes listas a escuchar
En medio de las sombras los cuerpos de la luz
En el mundo o el sueño
El hombre roba lo que puede a la verdad

 

Muy náufrago soy pero no ceso en mi trabajo
De poner calor al frío agua a la aspereza
Mi trabajo es verdaderamente inmoral
Hasta el momento de morir nadie descansa
Equilibrando contrapesando queriendo saber
Con nuestro orgullo que quiere tomar parte en la naturaleza
Con nuestros vestidos contra la desnudez
Nuestras palabras contra el silencio
Nuestra población contra la soledad
Nuestro andar contra la vejez
Sólo logramos creer en algo difuso
Porque en ese difuso estarnos presentes
Pero con nuestro saber solo logramos
Robar algo a la verdad
Equilibrar todo negar el desorden verdadero

 

(Sin duda, es lamentable nuestro afán impurificador. El astrónomo, el físico, el paleontólogo son los peores canallas Dormid, señores: dejad nuestra admirable confusión natural en donde deben moverse las plantas con su calor primitivo, interceptarse los astros sin clasificación y las flores romper el paso por nuestra sien: Hombres que aman la mugre de un falso conocimiento; sólo logran ensuciar con su aliento lo que podrían contemplar frente a frente, en el éxtasis, o en el sueño, que son buenos medios de contacto).

 

Las abejas en su catre de bronce
los gallos inventando juegos sobre el mármol
los gobiernos intranquilos la revolución como moscas
a los cristales de la sordera no llames
volemos entre las ampolletas qué campanadas más tontas
róbale a la verdad róbale una cinta

 

El hombre nace en el movimiento
Todo equilibrio toda detención
Irrealizan el mundo en su pura impureza
El cielo que cubre todas estas cosas
Estas pequeñas luchas trascendentes
Podría decir

 

‘No llevándote nada de mí
llevas mi mayor parte’
Pero en vez del cielo hablamos nosotros
Y en vez de la hormiga salada —para nuestra desgracia—
La sal detiene los alimentos.

 

© herederos de Eduardo Anguita

 

Blanca Wiethüchter. Poemas

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(La Paz, 1947 – Cochabamba, 2004)

 

Rapsodia primera

 

a caballo desciendo del sueño,

y sin saberlo

hacia un febril paisaje

poblado de oscuras potestades.

 

fue un día en que miraba ciega

la medida del vasto cielo que cubría la isla,

al soplo de los vientos del norte

que aquí convocan

los cautos fuegos de verano.

¿cómo imaginar, la presencia de un gran mal altivo?

ardoroso, como pozo negro en el mar

dispuesto, como volcán,

a echar piedras encendidas

langostas voraces sobre campo labrado.

 

¿cómo imaginar entonces

los faroles de la muerte

al interior de la isla?

ilusa de mí

sin lámpara de ojo precoz.

 

al descansar bajo la sombra

de un frondoso molle de perlas escarlata

el soplo velado de un vanidoso viento

levanta la seda azul

que cubre mis ojos arrogantes.

una paloma cenicienta cruza el cielo del país

de norte a sur, de norte a sur.

¿sabes tú que las palomas grises son de mal agüero? ¿lo sabes tú?

y no vas a creerlo, como para confirmar

el signo malhadado

tres cuervos me arrebatan las joyas

que adornaban mi bandera

un no sé quién me coloca

un racimo de uvas amargas

en la palma de mis manos,

como si fueran ellas vasijas vacías.

pero fueron los lirios los que me urgieron retornar a mi morada.

fueron los lírios.

 

vuelve a casa. me digo, vuelve a casa

mientras presiento la miseria

de un ácido paraíso de hojalata.

 

en el umbral de lo que fue toda mi gloria

se habían anclado los más insólitos caprichos.

en el centro del patio encolumnado

rodeado de coloridos despojos,

desaires y deshechos de años

un mal olvido acumulaba trajes

como laderas de basura.

y debajo de esta infecta colina

casi despedazado,

un cajón de tumultuosas voces

briznas de palabras, hojarasca, envolturas

confundiendo al más despierto.

irreconocible es el lazo que las unía.

 

el magnífico salón: una ruina

vapores de espesos insecticidas

envenenando la atmósfera.

los muebles en discordia

como gritos de seres arrancados de su sitio

colinas de cenizas, montañas de insultos: insanos, insalubres.

oscura cosecha de una ácida colmena.

 

ahí estaban. feroces las enemigas secretas.

espectros de lo que soy. ahí estaban.

sentadas en el comedor de ébano.

harapientas, mendigando la luz

de mis mejores días.

hurtando felicidad ajena a su desgracia.

corrompiendo la luz con su opaca presencia.

ahí estaban. las mujeres pordioseras.

las mujeres silenciadas.

las mujeres perturbadas.

 

ah fuenestas hermanas,

los suburbios nos han capturado

bajo las turbias incubaciones

de otras voces rencorosas.

así no podremos vivir más entre nosotras.

¿quién lavará el limo

de nuestros ojos encendidos?

¿con qué agua? ¿de cuál manantial?

si el tallo se corrompe no habrá flor reluciente ni fruto sosegado.

ay nefastas criaturas, las tinieblas no pueden ser nuestra mejor alianza

oh muchachas, si el tallo se corrompe ¿quién cuidará de la flor?

para encender el fruto ¿dónde las dulces manos jardineras?

 

salí a la calle dando de gritos.

las largas avenidas sólo diseñaban las rutas de un violento cielo.

un estruendo de piedras lloraba por los senderos antiguos.

sólo el cementerio yacía mudo. sólo el cementerio nada decía

porque ahí se aplican

ciertas medidas desconocidas.

 

 

 

Reposo

 

Entro en mi casa

y me alojo en su centro

esperando la temperatura

que enmudece los ruidos inútiles.

 

En un andar del silencio

comienza el mundo

en un olor a fuego

en una hoja

en un cambio de sábanas

en una gana de hacer cosas

no siempre precisas.

 

Ya no soy la misma

y mis pasos en la voz

resuenan más oscuros.

 

Otro es el sol que arde

en los crepúsculos que contemplo

viajera inmóvil

pienso

sólo quiero cuidar de lo vivo

y tener luz

para él

y mis niñas.

 

 

 

Luminar

 

luminoso amor que todo lo transformas

de qué astro, de qué luz, de qué vida

has venido

¿de dónde?

por qué cerro, por qué ladera, por qué montaña

has bajado

¿por dónde?

para amarte como te amo

para amarte como te amo ¿de dónde has venido?

 

luminoso amor que das claridad a mi vida

de qué eternidad, de qué olvido vienes

para que olvide como me olvido

del ayer, del ahora y del mañana.

con solo mirar tus ojos en mis ojos

tu ola me lleva al olvido de mí,

¡oh dulce resplandor de estos días!

 

dime cuándo has pulsado el mundo con mano fuerte

para disponer como dispones

otro aire en el rumor de las horas

otro olor en el polen de la vida

un fulgor de flor

en el filo horizonte de la noche.

 

 

 

Rapsodia quinta

 

Algo amoroso está ocurriendo.

Las amapolas se desnudan en compañía

y los deleites de los pájaros

encienden cópulas nocturnas.

 

Algo amoroso sucede, Daniela

y ya no puedo asegurarte

si la que yo fui hace algunos días

tomando jugo de durazno, contigo

existe todavía.

Ya no puedo hacerme cargo del pasado.

No se ha caído la noche al suelo

pero sé decir que algo poderoso

se ha instalado en los vientos

que cruzan por los patios de mi casa.

Y se suceden fuegos en la luz

y una plenitud de flor en mi sangre.

 

 

 

© herederos de Blanca Wiethüchter