Casia de Constantinopla. Versos

casia.jpg

(ca. 810 – ca. 867)

 

Ama a todos. Mas en todos no confíes.

 

En un estúpido el conocimiento

es otra estupidez.

 

Mejor en verdad la uva                caída de lo justo

que la recolección               de la injusticia impía.

 

Mejor para el necio no nacer nunca

y, si aparece

sobre la tierra, no ser bautizado,

sino al instante ser               al Hades enviado.

 

Mejor ser derrotado               que vencer sin razón.

 

Mejor lo poco y bueno por ley justa

que lo máximo por               la ilegalidad.

 

Entenderse un sensato con estúpidos

no puede sostenerse,

pues se agotará por su oposición,

¿cómo habría de vencer su atrevimiento?

Es preferible compartir pobreza

con personas sensatas

que ser rico con tontos e ignorantes.

Ojalá que Cristo me concediera

sobrellevar lo malo

junto a hombres bien prudentes y muy sabios

antes que disfrutar

al lado de necios irracionales.

 

Es mejor que un furtivo amor la guerra,

pues cualquiera está de ella prevenido,

pero a él, en cambio, se ve uno arrastrado.

 

Todo lo forzado se altera rápido,

mientras lo natural resiste eterno.

 

Preferible es una gota de fortuna

en buena lógica

al obsequio de una belleza excesiva.

 

Se sobrepone el sexo               de la mujer a todo:

con la verdad testigo de ello es Esdras.

 

¿Deseas alabanzas?               ¡Haz cosas encomiables!

 

 

 

© Óscar Prieto Domínguez, de la versión al castellano.

de: Poemas. Ediciones Cátedra. Madrid. 2019.

 

Anuncios

El mito de Sísifo. Albert Camus

albert-camus.png

(Mondovi, 1913 – Villeblevin, 1960)

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si damos crédito a Homero, Sísifo era el más sabio y más prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, propendía al oficio de bandido. No veo contradicción en ello. Difieren las opiniones sobre los motivos que lo llevaron a ser el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha ante todo cierta ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le extrañó su desaparición y se quejó a Sísifo. Este, que estaba enterado del rapto, ofreció a Asopo informarlo de todo, a condición de que le diera agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Y en castigo acabó en los infiernos. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, que liberó a la Muerte de manos de su vencedor.

Cuentan también que Sísifo, en trance de muerte, quiso poner imprudentemente a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojase su cuerpo insepulto a la plaza pública. Sísifo fue a parar a los infiernos y allí, irritado por obediencia tan contraria al amor humano, consiguió permiso de Plutón para regresar a la tierra y castigar a su mujer. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a disfrutar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, no quiso regresar a las sombras infernales. Nada consiguieron llamadas, cóleras y advertencias. Durante muchos años siguió viviendo delante de la curva del golfo, el mar resplandeciente y las sonrisas de la tierra. Fue preciso un decreto de los dioses. Mercurio vino a agarrar al audaz por el pescuezo y, arrebatándolo a sus goces, lo devolvió a la fuerza a los infiernos, donde su roca estaba ya preparada.

Se habrá comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no rematar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. Nada nos dicen sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. En el caso de este, vemos solamente todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, empujarla y ayudarla a subir por una pendiente cien veces recomenzada; vemos el rostro crispado, la mejilla pegada contra la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de greda, un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de este prolongado esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, llega a la meta. Sísifo contempla entonces cómo la piedra rueda unos instantes hacia ese mundo inferior del que habrá de volver a subirla a las cumbres. Y regresa al llano.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. ¡Un rostro que pena tan cerca de las piedras es ya de piedra! Veo a ese hombre bajar con pasos pesados aunque regulares hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esa hora que es como un respiro y que se repite con tanta seguridad como su desgracia, esa hora es la de la conciencia. En cada uno de esos instantes, cuando abandona las cimas y se hunde poco a poco hacia las guaridas de los dioses, Sísifo es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Lo trágico de este mito estriba en que su héroe es consciente. ¿En qué quedaría su pena, en efecto, si a cada paso lo sostuviera la esperanza de lograrlo? El obrero actual trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero solo es trágico en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la amplitud de su miserable condición: en ella piensa durante el descenso. La clarividencia que debería ser su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se supere mediante el desprecio.

Si el descenso se hace ciertos días con dolor, puede hacerse también con gozo. La palabra no es exagerada. Me imagino otra vez a Sísifo regresando hacia su roca, y el dolor existía al principio. Cuando las imágenes de la tierra se aferran con demasiada fuerza al recuerdo, cuando la llamada de la felicidad se hace demasiado apremiante, entonces la tristeza se alza en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, es la propia roca. Una angustia inmensa es demasiado pesada de llevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas. Edipo, por ejemplo, obedece primero al destino sin saberlo. A partir del momento en que sabe, su tragedia comienza. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único lazo que lo ata al mundo es la fresca mano de una jovencita. Una frase desmesurada resuena entonces: “Pese a tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me llevan a juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoyevski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado de escribir algún manual de felicidad. “¿Y cómo así? ¿por caminos tan angostos…?” Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. El error consistiría en decir que la felicidad nace forzosamente del descubrimiento absurdo. A veces ocurre que el sentimiento de lo absurdo nace de la felicidad. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esa frase es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que no todo está agotado, no ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que deberá arreglarse entre los hombres.

Todo el gozo silencioso de Sísifo está en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su casa. De la misma manera el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, manda callar a todos los ídolos. En el universo que de pronto ha recobrado su silencio se alzan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamadas inconscientes y secretas, invitaciones de todos los rostros, son el reverso necesario y el precio de la victoria. No hay sol sin sombra, y es menester conocer la noche. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior o al menos no hay sino uno, que juzga fatal y despreciable. En lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en el que el hombre se vuelve sobre su vida, Sísifo, regresando hacia su roca, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado con su muerte. Así, persuadido del origen plenamente humano de cuanto es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

¡Dejo a Sísifo al pie de la montaña! Uno siempre recupera su fardo. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. También él juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esa piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

 

 

© herederos de Albert Camus.

de: El mito de Sísifo. Alianza Editorial. Madrid. 2018.

© Esther Benítez, de la versión al castellano.

Las fatrasies de Beaumanoir*

bestiario bosco

El jardín de las delicias (detalle) – El Bosco

 

I

El canto de una rana

Sana una ballena

En el fondo del mar,

Y una sirena

Llevaba el Sena

Por encima de San Omer;

Un mudo vino a cantar

Sin pronunciar palabra, en alta voz.

Si no hubiese sido por Warnaviler [1]

Se habrían ahogado en la vena

De una cabeza de jabalí.

 

 

II

El pie de una cresa

Golpeó a un león

Tanto que le hirió.

La medula de un junco

Cogió un limo

Que se enfureció;

Desgraciado ladrón le gritó

He aquí el pico de un chorlito

Que tan bien los separó

Que la pluma de un ganso

Todo París transportó.

 

 

III

Vi todo el mar

Reunirse en la tierra

Para hacer un torneo,

Y guisantes para triturar [2]

Sobre un gato hicieron montar

A nuestro rey.

Entonces vino no sé qué

Que Calais y San Omer

Cogió y colocó sobre un broche,

Obligándoles a retroceder

Sobre el monte San Eloy.

 

 

IV

Un gran arenque ahumado

Había sitiado Gisors

Por una y otra parte,

Y dos hombres muertos

Vinieron de refuerzo

Trayendo una puerta;

Si no hubiese sido por una vieja jorobada [3]

Que iba gritando “¡Afuera!”

El grito de una codorniz muerta

Los hubiera atrapado con gran esfuerzo

Debajo de una capa de fieltro.

 

 

V

La grasa de un pollo

Engullía un caldo claro

Pont y Verberie.

El pico de un gallito

Traía sin pleito

Toda Normandía.

Y una manzana podrida

Tanto golpeó a mazazos

París, Roma y Siria,

Que las hizo despojos;

Nadie comió que no riese.

 

 

VI

Un dado aturdido [4]

Llevaba San Denis

Sobre Montdidier,

Y una perdiz

Arrastraba París

Por encima de San Richier.

He aquí el pie de un chorlito

Sobre el campanario de Senlis,

Que tan fuerte ha empezado a gritar

Que ha aturdido a todos

Los burgueses de Montpellier.

 

 

VII

Una gran carpa

Arrastraba Oise

Por encima de un alto monte,

Y una vieja tabla

Sobre una toesa

Transportó Hautmont.

Un palmo de circunferencia

Pesa cuarenta moyos de trigo

Sobre el castillo de Clermont,

De modo que una ciruela marchita

Todo el monte hartó.

 

 

VIII

Catorce viejos mendigos

Trajeron ramas

Para hacer un combate

Contra dos enanos,

Que tenían en las manos

La boca de un horno,

Y así tuvieron al mejor,

Por lo que carbones apagados

Le arrojaron alrededor,

De manera que se quemaron las manos

Sobre la cúpula de una torre.

 

 

IX

La cabeza de un pescado

Por la noche se despierta

Para amasar pasta,

Y una corneja

Tomó una canasta;

Pero fue una locura,

Pues diecinueve colmenas de abejas

Acudieron a la maravilla;

Se dieron golpes por todos lados

Cuando un chorlito

De un bastonazo los ha separado.

 

 

X

Una vieja camisa

Tiene su voluntad puesta

En saber pleitear,

Pero una cereza

Se ha puesto delante

Para injuriarla;

Si no hubiese sido por una vieja cuchara

Que había recuperado su aliento,

Y traía un vivero,

Todo el agua del Támesis

Habría entrado en un cesto.

 

 

XI

Gornais y Ressons [5]

Vinieron a Soisson

A coger Boulogne,

Y tres avispas muertas

Sobre tres pasteles

Se comieron a los franceses;

Entonces vino Auxerre

Corriendo sobre dos estacas,

De manera que Chalons [6] y Blois

Huyeron hasta Mons

Hacia Hainaut [7] por Orleáns [8].

 

 

© Antonia Martínez Pérez, de la edición y de la versión al castellano

de: Fatrasies, Fatras y Resveries. Barcelona. PPU. 1988

 

 

N O T A S

* Les Fatrasies de Beaumanoir se han conservado en los folios 112v.º y 114r.º del manuscrito de la Biblioteca Nacional de París (fond. français, anc. 7609).

[1] Granja perteneciente al autor.

[2] “Les pois pilés”, señala Dufournet. Sur le Jeu de la Feuillée. París. Seder. 1977. p. 35, era una especie de puré de guisantes que servía para curar la locura que se encontraba en la poesía satírica y en el teatro cómico.

[3] “Vielle torte”. Puede haber calambur, así podemos entenderlo como “vieja jorobada” o “vieja torta”.

[4] “Des”. Según el índice de Porter, op. cit., “des” no es un sustantivo, sino un artículo indeterminado.

[5] Sornais. Por Gornais, Gounay-Sur-Aronde, según el indicado índice de Porter. Igual con Ressons, pero en este duda de que se trate de Ressons-Sur-Matz.

[6] Chaälons. Chalons-Sur-Marne, siempre según Porter.

[7] Henau. Le Hainaut, Porter, op. cit.

[8] Orelois. Porter, en el citado índice, considera que podría tratarse de los habitantes de Orleáns. Por su parte, Zumthor, en “Essai d’analyse des procédés fatrasiques”. Romania. LXXXIV. 1963., coloca este término entre los nombres geográficos considerándollo como la comarca de Orleáns.

 

Condesa (¿Beatriz?) de Día. Poemas corteses

trovadoras.jpg

 

Ab joi et ab joven m’apais

 

De alegría y juventud me sacio

y alegría y juventud me sacian

porque mi amigo es el más alegre,

por lo que yo soy graciosa y alegre;

y ya que con él soy sincera,

bien pretendo que conmigo sea sincero,

que nunca de amarlo me abstengo,

ni tengo corazón para hacerlo.

 

Mucho me place, desde que sé que es el más valiente

aquel que más deseo que me posea,

y ruego a Dios que le dé felicidad

a aquel que primero lo trajo hacia mí;

y no crea a ninguno de los que le censuran,

salvo a quien le advierte

que se recibe a medida

de lo que se ha hecho.

 

Una dama que mire el buen valor,

bien debe poner su intención

en un caballero valiente y cortés

desde que conoce su valor;

y que ose amarle abiertamente:

porque de una dama que ama sin esconderse

los valerosos y los valientes

no dirán más que bien.

 

Yo he escogido un hombre valioso y cortés,

cuyo valor mejora y aumenta,

generoso, recto y prudente,

que tiene juicio y sensatez.

Le ruego que me crea,

y que nadie pueda hacerle creer

que yo he cometido jamás falta hacia él;

y no encuentro en él ningún defecto.

 

Amigo, vuestro valor

los valientes y los valerosos conocen,

por eso yo os suplico darme,

si os agrada, vuestra protección.

 

 

 

A chantar m’er de so quieu non volria

 

Ahora deberé cantar de lo que no querría,

tanto me lamento del que soy amiga,

pues le amo más que a cualquier cosa en el mundo;

pero no valen ante él ni piedad ni cortesía

ni mi belleza ni mi valor ni mi juicio,

porque soy engañada y traicionada

como si sucedería si fuera poco agraciada.

 

Me conformo pensando que jamás y de ningún modo

cometiera equívoco hacia vos, amigo,

sino que os amo más de lo que Seguis amó a Valensa,

y me agrada venceros en amor,

amigo mío, porque sois el mejor;

sois orgulloso conmigo en las palabras y en los modos,

mientras que os mostráis amable con todos.

 

Me sorprende cómo hacia mí vuestro corazón se muestra duro,

amigo, por lo que tengo razón para dolerme;

no es justo en absoluto que otro amor os aparte de mí,

sea lo que sea lo que os diga o conceda;

¡y recordad cuál fue el inicio de nuestro amor!

El señor Dios no quiera

que sea mía la culpa de la separación.

 

La noble virtud que habita en vuestro corazón

y el alto valor que poseéis me intimidan,

pues no conozco dama, cercana o lejana,

que, dispuesta a amar, no sea atraída por vos.

Pero vos, amigo, tenéis tanto juicio

que bien debeis reconocer la más perfecta;

y acordaros de nuestro pacto.

 

Deben ayudarme mérito y nobleza

y la belleza y aún más la sinceridad de ánimo,

por ello os mando allá donde moráis

esta canción, que sea mi mensajera;

y quiero saber, mi gentil y bello amigo,

por qué sois tan altanero y cruel conmigo:

no sé si por orgullo o mal talante.

 

Más aún quiero que os diga el mensajero:

por demasiado orgullo mucha gente ha sufrido gran daño.

 

 

 

Fin ioi me don’ alegranssa

 

La alegría cortés me da felicidad,

por ella canto más gozosamente

y no me produce pesar

ni me causa ninguna preocupación

saber que quieren mi mal

los falsos y viles envidiosos,

y sus palabras malévolas no me atemorizan:

al contrario, soy dos veces más dichosa.

 

No tienen de mí atención alguna

los envidiosos maledicentes,

porque ninguno que esté de acuerdo con ellos

puede ser honrado;

ellos se parecen

a la nube que se expande,

por la que el sol pierde sus rayos;

yo no amo a la gente villana.

 

Y vosotros, celosos maledicentes,

no creáis que yo estoy dudosa,

o que alegría y juventud me desagradan,

por el hecho de que el mal os debilite.

 

 

 

© Mª Milagros Rivera Garretas & Ana Mañeru Mendez, de la versión al castellano.

de: Las trovadoras. Poetisas del amor cortés. horas y Horas editorial. Madrid. 1997.

 

Bret Harte. El socio de Tennessee

Bret_Harte.jpg

(Albany, 1836 – Camberley, 1902)

Creo que nunca llegamos a saber su verdadero nombre, aunque es cierto que ignorarlo nunca fue un inconveniente social para nosotros porque, en 1845, en Sandy Bar era frecuente rebautizar a los hombres. A veces, el nuevo apelativo se inspiraba en algún detalle distintivo del vestir, como en el caso de Jack Vaqueros; o en alguna costumbre peculiar, como en el de Bill Bicarbonato, porque el pan que comía llevaba una cantidad desproporcionada de bicarbonato de soda; o en algún desliz desafortunado, como en el del Pirata de Hierro, un hombre tranquilo e inofensivo que se ganó ese título por pronunciar mal “pirita de hierro”. Tal vez esto fuera el germen de una heráldica rudimentaria, aunque me inclino a pensar que, en aquella época, el verdadero nombre de un hombre dependía únicamente de lo que dijera él.

—¿Y dice que usted se llama Clifford? —preguntó Boston con mucha guasa a un tipo apocado que acababa de llegar—. ¡El infierno está lleno de Cliffords!

Después presentó al infortunado, que en realidad se llamaba Clifford, con el sobrenombre de Charly Arrendajo, insultante inspiración del momento que le quedó para siempre.

Pero volvamos al socio de Tennessee, a quien no conocimos por ningún otro nombre más que este título dependiente; hasta mucho más tarde no llegamos a saber que tenía una existencia propia, diferente y separada. Al parecer, en 1853 salió de Poker Flat con destino a San Francisco en busca de una mujer para casarse. No pasó de Stockton. En ese lugar lo atrajo una joven que atendía la mesa del hotel en el que comía. Una mañana le dijo algo que a la joven le hizo sonreír con cierta chispa, romperle coquetamente en la cara, cuando la miraba con seriedad y sencillez, después volvió a salir victorioso, con más tostadas encima. Aquella misma semana los casó un juez de paz y volvieron a Poker Flat. Comprendo que podría dar más detalles de este episodio, pero prefiero referirlo tal como lo contaban en Sandy Bar, en los barrancos y las cantinas, con un gran sentido del humor por lo que hace a los sentimientos.

Poco se sabe de su felicidad conyugal, tal vez se deba a que un buen día Tennessee, que a la sazón vivía con su socio, aprovechó la oportunidad de decirle algo a la novia por su cuenta y riesgo, castamente… hasta Marysville en esta ocasión, adonde la siguió Tennessee y donde se pusieron a jugar a las casitas sin la mediación de un juez de paz. El socio de Tennessee se tomó la pérdida de su mujer con seriedad y sencillez, a su estilo. Pero, para asombro de todos, cuando Tennessee volvió a Marysville sin la mujer de su socio, pues ella había sonreído a otro y se había retirado una vez más, su socio fue el primero en darle la mano y recibirlo con afecto. Los muchachos que se habían congregado en el cañón para presenciar el tiroteo se indignaron muchísimo, como es natural. Habrían expresado la indignación con sarcasmo si no lo hubiera impedido cierta mirada que les echó el socio de Tennessee, una mirada totalmente carente de sentido del humor. Lo cierto es que era un hombre serio que se aplicaba al detalle práctico en los momentos difíciles con una diligencia bastante fastidiosa.

Entretanto, en el pueblo se enconaban los sentimientos en contra de Tennessee: se sabía que era jugador y se sospechaba que robaba. Su socio también se vio comprometido, pues la única explicación posible de que siguieran siendo amigos después del episodio con su mujer era que estuvieran conchabados en el delito. Finalmente, los pecados de Tennessee salieron a la luz. Un día, camino de Red Dog, alcanzó a un desconocido. Después, el desconocido contó que Tennessee le había hecho pasar un buen rato contándole anécdotas y recuerdos, pero que, ilógicamente, concluyó diciéndole:

—Y ahora, jovencito, me vas a dar el puñal, las pistolas y el dinero, porque, verás, estos instrumentos pueden traerte complicaciones en Red Dog, y el dinero es una tentación para los maleantes. Creo que has dicho que vives en San Francisco. Procuraré hacerte una visita.

Hay que reconocer que Tennessee tenía una fluida vena humorística que no se secaba ni en plena negociación mercantil.

Fue su última hazaña. Red Dog y Sandy Bar hicieron causa común contra este salteador de caminos. Le dieron caza con su misma medicina. Cuando lo tenían rodeado, echó una carrera desesperada por todo Bar descargando el revólver contra la multitud que se encontraba a la puerta del saloon Arcade, y siguió corriendo hacia el cañón del Oso; pero al final del desfiladero lo detuvo un hombre de baja estatura que iba en un caballo gris. Se miraron un momento en silencio. Ninguno tenía miedo, estaban seguros de sí, eran independientes; eran dos ejemplares de una civilización que en el siglo XVII se habría calificado de heroica, pero que en el siglo XIX no pasaba de temeraria.

—Qué llevas, pregunto —dijo Tennessee en voz baja.

—Dos sotas y un as —dijo el otro, también en voz baja, al tiempo que enseñaba dos revólveres y una faca.

—Paso —contestó Tennessee.

Y, con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y regresó con el que lo había atrapado.

Hacía calor aquel atardecer. La brisa fresca que solía levantarse a última hora tras la montaña del chaparral no llegaba es noche a Sandy Bar. El pequeño cañón estaba cargado de olores resinosos recalentados y los maderos podridos de Bar exhalaban efluvios hediondos. En el campamento, la actividad febril y las fieras pasiones del día no se habían apagado todavía. A lo largo de la orilla del río unas luces se movían sin cesar, sin reflejarse en la turbulenta corriente. Las ventanas del viejo desván de la oficina de Correos destacaban como ojos brillantes sobre la mesa negra de los pinos; decidiendo la suerte que correría Tennessee. Y, por encima de todo esto, recortada contra el oscuro firmamento, se alzaba la Sierra, lejana, indiferente, coronada de estrellas aún más lejanas e indiferentes.

El juicio de Tennessee fue tan justo como era de esperar de un juez y un jurado que se sentían obligados hasta cierto punto a aquel veredicto que justificara las irregularidades cometidas en la detención y la formulación de cargos. La ley de Sandy Bar era implacable, pero no vengativa. La emoción y los sentimientos personales de la persecusión ya habían pasado; con Tennessee sano y salvo en sus manos, se dispusieron a escuchar pacientemente cualquier argumento en su defensa, aunque estaban convencidos de antemano que sería inútil. No tenían la menor sombra de duda, pero preferían conceder al acusado el beneficio de alguna que pudiera surgir. Persuadidos de que merecía la horca por principios generales, le concedieron más oportunidades de defenderse de las que el temerario y audaz preso parecía desear. El juez estaba más angustiado que el acusado, el cual, completamente despreocupado por lo demás, se divertía a costa de la responsabilidad que les había echado encima.

—No voy a seguirles el juego —era la respuesta que daba invariablemente, de buen humor, a todas las preguntas.

El juez, quien también era quien lo había detenido, lamentó un momento no haberlo matado de un tiro esa mañana “allí mismo”, pero enseguida dejó de pensarlo por tratarse de una debilidad humana indigna de un juez. Sin embargo, cuando llamaron a la puerta y dijeron que el socio de Tennessee quería hablar a favor del reo, no vaciló en admitirlo sin dilación. Es posible que para los miembros más jóvenes del jurado, que ya estaban aburridos de tanto pensar, fuera un alivio.

Pues, en realidad, no era un tipo imponente, sino de baja estatura, aunque fornido, de cara cuadrada, extraordinariamente colorado por efecto del sol; llevaba un mandilón y pantalones a rayas, salpicados de barro rojo, tenía, en fin, una pinta que hubiera resultado curiosa en cualquier circunstancia y que ahora era incluso ridícula. Cuando se detuvo para depositar en el suelo el pesado morral que llevaba, parece ser, por lo que se constata parcialmente en las leyendas e inscripciones, que la tela de los remiendos de los pantalones no estaba pensada en principio para menester tan ambicioso. Sin embargo, el socio se adelantó con toda solemnidad y, después de dar un apretón de manos a cada uno de los presentes con pomposa cordialidad, perplejo y serio como estaba, se limpió la cara con un pañuelo de un color ligeramente más claro que su piel, apoyó una manaza en la mesa en busca de apoyo y se dirigió al juez con las siguientes palabras:

—Pasaba por aquí —dijo, a modo de disculpa— y se me ocurrió entrar un momento a ver qué tal le iban las cosas a Tennessee, aquí, mi socio. Hace calor esta noche. No recuerdo una noche tan calurosa en Bar.

Hizo una breve pausa pero, como nadie se ofreció a seguir hablando del tiempo, recurrió de nuevo al pañuelo y se enjugó el rostro diligentemente.

—¿Tiene algo que decir a favor del preso? —preguntó el juez por fin.

—Eso es —dijo el socio de Tennessee, aliviado—. Vengo como socio de Tennessee… Hace cuatro años que lo conozco llueva o truene, en lo bueno y en lo malo, en la prosperidad y en la adversidad. No siempre hacemos las cosas de la misma forma, pero no hay nada en él, no hay picardía que haya cometido que no sepa yo. Y usted me dice, dice usted, confidencialmente, de hombre a hombre, dice que si tengo algo que decir a favor  de este hombre. Y yo le digo, digo yo, confidencialmente, de hombre a hombre, ¿qué tiene uno que decir a favor de su socio?

—¿No tiene nada más que alegar? —preguntó el juez, impaciente, al percibir tal vez que una peligrosa corriente de comprensión empezaba a ablandar al jurado.

—Lo dicho —prosiguió el socio de Tennessee—. No soy yo quién para decir nada en contra de mi socio. Pero a ver, ¿de qué se le acusa? Resulta que Tennessee necesita dinero, lo necesita mucho, y no quiere pedírselo a su viejo socio. Entonces, ¿qué hace Tennessee? Va por un desconocido y lo pilla. Y usted va por él y lo pilla; el empate está servido. Y yo le pregunto a usted, qué es un hombre justo, y a todos ustedes, caballeros, que también son justos, si no es verdad lo que digo.

—Preso —dijo el juez interrumpiéndolo—, ¿tiene algo que preguntar a este hombre?

—¡No! ¡No! —se apresuró a decir el socio de Tennessee—. En esta mano voy solo. Vayamos al fondo de la cuestión. La cosa es que Tennessee, aquí presente, se la ha jugado gorda a un forastero en este campamento nuestro. Entonces, ¿qué hay que hacer? Unos dirían que si tal, otros que si cual. Traigo aquí mil setecientos dólares en pepitas de oro y un reloj, es toda mi fortuna y ¡no se hable más!

Y, antes de que alguien pudiera levantar la mano para evitarlo, el socio vació el morral encima de la mesa.

Puso la vida en peligro un momento. Un par de hombres se levantaron, unos cuantos echaron mano al arma que llevaban oculta y solo un gesto del juez impidió que aplicaran en la práctica la idea de “a la ventana con él”. Tennessee se echó a reír. Y, aparentemente ajeno a la conmoción, el socio aprovechó la oportunidad para limpiarse la cara otra vez con el pañuelo.

Cuando las aguas volvieron a su cauce y con mucha prosopopeya retórica se dio a entender al hombre que el delito de Tennessee no podía perdonarse con dinero, se le puso la cara de un rojo sangre y los que más cerca estaban de él vieron que la ruda mano con la que se apoyaba en la mesa le temblaba ligeramente. Vaciló un momento y lentamente volvió a guardar el oro en el morral como si no terminara de comprender el elevado sentido de la justicia del que hacía gala el tribunal, y estaba perplejo, pues creía que no había ofrecido bastante dinero. Entonces, volviéndose al juez, le dijo:

—Esta mano la jugaba yo solo, sin mi socio.

Saludó al jurado con una inclinación de cabeza y se disponía a irse, pero el juez lo llamó otra vez.

—Si tiene algo que decirle a Tennessee, hable ahora.

Por primera vez en la noche, Tennessee y su curioso defensor cruzaron una mirada. Tennessee sonrió enseñando unos dientes blancos y dijo:

—¿Eucherd, amigo mío! —Y le tendió la mano.

El socio le dio un apretón y dijo:

—Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar para ver qué tal iban las cosas. —Soltó la mano sin fuerza y añadió—: Hacía calor esta noche.

Se limpió la cara una vez más y, sin añadir otra palabra, se retiró.

Nunca volvieron a verse en esta vida, pues el incomparable insulto de pretender sobornar al juez Lynch, que por muy parcial, débil o estrecho de miras que fuera, al menos era incorruptible, despejó cualquier sombre de duda que pudiera quedarle al mítico personaje a propósito del sino de Tennessee; y, al rayar el alba, lo condujeron convenientemente escoltado al encuentro con su final en la cima del monte de Marley.

cubierta albaDe cómo lo afrontó y se negó a decir una palabra, de su indiferencia, así como de la perfección con la que la junta lo preparó todo, dio cuenta puntualmente el Red Dog Clarion (rematando el artículo con una advertencia moral y ejemplar para futuros malhechores) el propio director, que estuvo presente y a cuya pluma vigorosa con mucho gusto remito al lector. Sin embargo, de lo que no se dio cuenta, pues no era materia de lección social, fue de la hermosa mañana de mediados de verano, de la bendita amistad entre la tierra, el aire y el cielo, de la vida que despertaba en los bosques libres y en los montes, de la jubilosa renovación de la promesa de la naturaleza y, sobre todo, de la serenidad infinita que emocionaba a todos y cada uno. Con todo, cumplimentada la débil y ridícula hazaña por la que la vida, con todas sus posibilidades y responsabilidades, abandonó a la cosa que colgaba entre la tierra y el cielo, los pájaros cantaron, las flores florecieron y el sol brilló con la misma alegría que antes, y seguramente el Red Dog Clarion tenía razón.

El socio de Tennessee no formaba parte de la comitiva que rodeaba el funesto árbol. Pero, cuando dieron media vuelta para dispersarse, les llemó la atención una aparición insólita: una carreta tirada por un burro parada al lado del camino. Al acercarse, enseguida reconocieron a la venerable Jenny y la carreta de dos ruedas que eran propiedad del socio de Tennessee, con las que se llevaba los escombros de su yacimientos; y, a pocos pasos de la carreta, al dueño en persona sentado al pie de un castaño, secándose el sudor de la cara. En respuesta a una pregunta, dijo que había ido a buscar el cuerpo del “defunto”, “con el permiso de la junta”. No quería “meter prisa a nadie”, podía esperar. No trabajaba ese día y, cuando los caballeros hubieran terminado con el “defunto”, se lo llevaría.

—Si alguno de los presentes —añadió, a su manera sencilla y seria— quiere asistir a la función, puede quedarse.

No sé si por el sentido del humor que, como ya he dicho, caracterizaba a Sandy Bar, o por algo de orden más elevado, pero el caso es que tres cuartas partes de la comitiva aceptó la invitación sin pensarlo.

Era mediodía cuando el cadáver de Tennessee fue depositado en brazos de su socio. Cuando la carreta se acercó al árbol fatídico, vimos que acarreaba una caja tosca, alargada (hecha, al parecer, con una artesa de filtrar oro), llena hasta la mitad de  corteza y conos de pino. Además, estaba adornada con ramas tiernas de sauce y perfumada con ramilletes de agujas de pino. Colocaron el cadáver en el ataúd, el socio de Tennessee lo cubrió con una lona alquitranada, montó solemnemente y, con los pies en las varas de la carreta, arreó a la burra. Inició la marcha despacio, al paso decoroso característico de Jenny incluso en circunstancias menos solemnes. Los hombres, entre bromas y veras, pero siempre con guasa, echaron a andar al lado de la carreta, unos delante y otros detrás del acogedor catafalco. No sé si porque el camino se estrechaba o por respeto y compostura, los que iban delante dejaron pasar la carreta y formaron detrás en parejas, avanzando todos al mismo paso, con la actitud circunspecta de un séquito formal. Jack Folinsbee, que empezó a tocar burlonamente una marcha fúnebre con un trombón imaginario, desistió ante la falta de éxito, quizá por carecer de la capacidad del verdadero humorista para conformarse con la gracia de sus propias ocurrencias.

El camino pasaba por el cañón del Oso, que a esa hora ya estaba cubierto de luto y de sombras. Las secuoyas lo flanqueaban en fila india, con los pies calzados en la tierra roja, derramando una bendición rudimentaria sobre el féretro. Una liebre, sorprendida en total holganza, atisbaba entre los helechos de la orilla del camino el paso del cortège. Las ardillas trepaban rápidamente en busca de una altaya segura en las ramas más altas, y los arrendajos azules abrían las alas y echaban a volar delante de ellos como una avanzadilla, hasta que llegaron a las afueras de Sandy Bar y a la cabaña solitaria del socio de Tennessee.

Ni en circunstancias más halagüeñas habría parecido un sitio alegre. No faltaba nada de lo que distingue la construcción de nidos de los mineros californianos: el emplazamiento nada pintoresco, las formas toscas y carentes de atractivo, los detalles de mal gusto, todo sumando al deterioro y la decadencia. A pocos pasos de la cabaña había un cercado rústico que, en los pocos días que duró la felicidad conyugal del socio de Tennessee, hacía las veces de jardín, pero ahora estaba invadido por los helechos. Al acercarnos, nos sorprendió descubrir que lo que habíamos tomado por un intento reciente de cultivar la tierra era en realidad tierra suelta alrededor de una fosa poco profunda.

La carreta se detuvo antes de llegar al cercado y el socio de Tennessee, rechazando la ayuda que le ofrecían con la misma sencillez y confianza en sí mismo que había mostrado desde el principio, se cargó el rudo ataúd a la espalda y lo depositó él solo en el interior de la fosa. Después clavó un tablón a modo de tapa, se subió al montoncillo de tierra, se descubrió la cabeza y lentamente se limpió la cara con el pañuelo. A los presentes les pareció el preludio de un discurso, así que se distribuyeron entre los tocones y las piedras y se sentaron a esperar.

—Cuando uno —empezó a decir el socio de Tennessee hablando despacio— se ha pasado el día corriendo en libertad, ¿qué es lo más normal que puede hacer? Pues volver a casa. Y, si no está en condiciones de volver, ¿qué puede hacer su mejor amigo? Pues ¡traerlo! Y aquí está Tennessee, que se ha pasado todo el día corriendo en libertad y ahora lo hemos traído a casa. —Hizo una pausa, cogió una piedra de cuarzo, la frotó escrupulosamente contra la manga y prosiguió—: No es la primera vez que me hago cargo a la espalda como me habéis visto hacer ahora. No es la primera vez que lo traigo a esta casa cuando no podía hacerlo él solo; no es la primera vez que Jinny y yo lo esperamos en aquella cuesta, lo recogemos y lo traemos a casa cuando no podía ni hablar y ni siquiera me reconocía. Y ahora que es la última vez, ¿por qué…? —Hizo otra pausa triste para su socio. Y ahora, caballeros —añadió bruscamente, al tiempo que cogía una pala de mango largo—, se acabó la función; les estoy agradecido, y Tennessee también, por las molestias que se han tomado.

Rechazó de nuevo las propuestas de ayuda y se puso a llenar la tumba dando la espalda a la gente, que, después, de unos momentos de vacilación, empezó a retirarse. Cuando cruzaron el promontorio que ocultaba la cabaña de la vista de Sandy Bar algunos se volvieron a mirar y creyeron ver al socio de Tennessee sentado sobre la tumba, con el trabajo hecho y la pala entre las rodillas, tapándose la cara con el pañuelo rojo. Otros, en cambio, decían que, a esa distancia, no se distinguía el pañuelo, y este punto quedó sin aclaración.

 

En la relación que siguió a la agitación febril de aquel día, el socio de Tennessee no cayó en el olvido. Se hizo una investigación en secreto quer lo exoneró de toda sospecha de complicidad con los delitos de Tennessee y arrojó algunas dudas sobre su cordura. Sandy Bar se propuso ir a hacerle una visita para darle el pésame, con torpeza pero con buena intención. De todos modos, a partir de entonces el hombre empezó a perder la salud y la fuerza visiblemente y, cuando llegó la estación de las lluvias a su debido tiempo y en la tumba de Tennessee empezaron a despuntar las primeras hojas de hierba, el socio cayó en cama.

Una noche, cuando la tormenta agitaba los pinos de cerca de la cabaña, que barrían el tejado con sus finos dedos, y abajo se oía el rugido de las crecidas aguas del río, el socio de Tennessee levantó la cabeza de la almohada y dijo:

—Hay que ir a buscar a Tennessee, tengo que enganchar a Jinny a la carreta.

Y se habría levantado de la cama si no se lo hubiera impedido la persona que lo cuidaba. Siguió forcejeando, intentando hacer lo que le dictaba la imaginación.

—Hala, Jinny, tranquila, muchacha, tranquila, amiga mía. ¡Qué noche tan oscura! Ten cuidado con los surcos. Y búscalo, búscalo bien, chiquilla. Porque ya sabes que a veces, cuando lo ciega el alcohol, se cae como una piedra en medio del camino. Sigue todo recto hasta el pino de la cima del monte. ¡Ahí! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! Viene hacia aquí, claro, solo, sobrio, con la cara brillante. ¡Tennessee! ¡Socio!

Y así se encontraron de nuevo.

 

 

© Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, de la versión al castellano.

de: Cuentos del Lejano Oeste. Alba editorial. Barcelona. 2017.

 

Hans-Georg Gadamer. La filosofía griega y el pensamiento moderno

gadamer

(Marburgo, 1900 – Heidelberg, 2002)

 

La filosofía griega y el pensamiento moderno: he aquí un tema que la filosofía alemana se ha planteado desde siempre. Se ha hablado directamente de la grecomanía del filosofar alemán, y es seguro que la expresión no es válida solamente para Heidegger o la escuela neokantiana de Maburgo. También lo es para el gran movimiento del idealismo alemán, el cual, inspirado por Kant, por Fitche, Schelling y Hegel, emprendió un retorno inmediato a los impulsos de pensamiento de la dialéctica platónica y aristotélica. No obstante, esta confrontación constituye, de modo particular, un reto para el pensamiento moderno en un doble sentido. Por un lado, no debería olvidarse nunca que filosofía griega no se refiere a filosofía en ese sentido estricto que hoy día asociamos con la palabra. “Filosofía” mentaba todo lo que tuviera interés teórico y, por ello, científico, y no hay duda de que fueron los griegos quienes, con su propio pensar, dieron paso a una decisión que tuvo consecuencias para la historia universal y decidieron el camino de la civilización moderna creando la ciencia. Lo que distingue a Occidente, a Europa, al llamado “mundo occidental” de las grandes culturas hieráticas de los países asiáticos es, precisamente, esta irrupción del querer saber que va asociado a la filosofía griega, la matemática griega, la medicina griega y toda su curiosidad teórica. De modo que la confrontación del pensamiento moderno con el griego es para todos nosotros una especie de encuentro con nosotros mismos.

En este pensamiento, al encontrarse en casa del hombre en el mundo, la correspondencia interna entre el volverse de casa (heimischwerden) y el hacerse uno mismo de la casa (sich-heimisch-machen) que distingue al artesano, al experto, al creador de nuevas configuraciones y formas, al technites, al hombre que domina una técnica, significa, a la vez, encontrar un sitio propio. Para ello, es menester encontrar el espacio libre que le abre la configuración en medio de una naturaleza previamente dada, una totalidad del mundo ordenada ella misma en formas y configuraciones. Así, en el alba griega, la filosofía es un hacerse cargo por el pensamiento de la enorme situación de expósito del hombre en el ahí, en esa delgada apertura de un espacio de libertad que el todo ordenado del ciclo natural le permite al querer y el poder humanos. Pero precisamente de esta situación de expósito se hace consciente el pensar, y es lo que le lleva a plantear preguntas tan tremendas como: ¿Qué había en el inicio? ¿Qué significa el que algo sea? ¿Qué significa que no haya nada? ¿Significa algo nada? Plantear estas cuestiones es el comienzo de la filosofía griega, y sus respuestas fundamentales son: physis, ser-ahí-desde-sí, en el orden del todo, y lógos, intelección e inteligibilidad de este todo, incluido el lógos de la destreza humana. Pero, de este modo, la imagen griega de la filosofía se halla en las antípodas de la ciencia moderna, y no solo como la precursora que abrió el camino a la capacidad y dominio teóricos. Es de la confrontación entre el mundo comprensible y el mundo dominable de lo que nos hacemos conscientes en el pensamiento griego.

Esta fue la gran irrupción que comenzó en el siglo XVII con la creación de la mecánica galileana, la reflexión de la nueva voluntad y el nuevo camino de conocimiento por los grandes investigadores y pensadores de esa centuria. El mundo se convierte ahora en objeto de una investigación metodológica por el planteamiento de la moderna ciencia experimental, concebida matemáticamente y que trabaja abstrayendo y aislando. Si se quiere dar una fórmula para esta novedad, puede decirse que se trataba de una renuncia al antropomorfismo de la consideración griega del mundo. Por magníficamente simple y convincente que fuera la física de la tradición aristotélica, que nos cuenta que el fuego va hacia arriba porque es su naturaleza querer estar arriba y que la piedra cae hacia abajo porque está en su sitio cuando está abajo —esta interpretación articulada desde el hombre y su comprensión de sí mismo era, como sabemos, y no puede ocultársele a nadie que pertenezca a nuestro mundo moderno, un encubrimiento antropomórfico de la posibilidad de acceso al mundo y de dominar el mundo por medio del conocimiento.

Si a la ciencia moderna no le mueve ningún interés cualquiera que seguir, sino la técnica, la forma, el hacer, cambiar, construir por medio de su propio modo de acceso al mundo, entonces, la herencia de la antigua filosofía sigue existiendo: en el hecho manifiesto de que queremos considerar nuestro mundo como un mundo comprensible y no dominable, y nos sentimos forzados a considerarlo así. Al contrario que el constructivismo de la ciencia moderna, que solo considera conocido y comprendido lo que puede reproducir, el concepto griego de ciencia está caracterizado por la physis, por el horizonte de la existencia, que se muestra desde sí y regulada en sí misma, del orden de las cosas. La pregunta que se plantea por la confrontación del pensamiento moderno con esta herencia griega es, entonces, hasta qué punto la herencia antigua ofrece una verdad que se nos mantiene oculta bajo las particulares condiciones de conocimiento de la Edad Moderna.

Si hay una palabra que nos muestre la diferencia que aquí se manifiesta es la palabra “objeto”. En los extranjerismos “objeto” y “objetividad”[1] nos parece que es un presupuesto obvio del concepto epistemológico el que conocemos “objetos”, es decir, que, en el modo de un conocimiento objetivo, los llevamos a conocimiento en su propio ser. La cuestión que nos plantea la tradición y la herencia antiguas es la de hasta qué punto hay una frontera para esta empresa de objetivación. ¿No hay una inobjetualidad de principio que, con una necesidad interna a la cosa, se sustrae al acceso de la ciencia moderna? Quisiera intentar ilustrar con algunas pruebas que, de hecho, el legado actual y permanente del pensamiento griego es ser consciente de las fronteras de la objetivación.

Me parece que el ejemplo que nos puede guiar en este tema es la experiencia del cuerpo. Lo que llamamos “cuerpo” no es, desde luego, la res extensa de la definición cartesiana de corpus. El modo de manifestarse el cuerpo no es la mera extensión matemática. Se sustrae de modo esencial a la objetivación, pues, ¿cómo sale la corporalidad al encuentro del ser humano? ¿No lo hace en su estar enfrente y, por ende, en su posible objetividad, cuando es una función perturbada? Se hace notar como la perturbación de verse entregado a la propia vitalidad, en la enfermedad, el malestar, etc. El conflicto que se plantea entonces entre la experiencia natural del cuerpo, ese misterioso proceso por el que uno no percibe que se encuentra bien y sano, y el esfuerzo de dominar el malestar por medio de la objetivación, es un conflicto que experiementa todo el que se ve alguna vez en la situación del objeto, en la situación del paciente tratado con medios técnicos. La comprensión que nuestra medicina moderna tiene de sí misma se expresa cuando se quieren hacer dominables con los medios de la ciencia moderna las perturbaciones, las rebeliones de la corporalidad contra la objetivación.

En verdad, el concepto de “objetividad” y el de “objeto” son tan extraños para la comprensión inmediata por la que el hombre se intenta hacer un hogar en el mundo que los griegos no tenían ningún concepto para ella, lo que es muy significativo. Apenas podían hablar de una “cosa”. La palabra griega que solían usar en este ámbito era la palabra, no del todo extraña para nosotros, pragma, es decir, aquello con lo que se está enredado en la práctica de la vida, lo que no se opone y se enfrenta, pues, como algo a superar, sino aquello en lo que nos movemos y con lo que tenemos que ver. Esta es la orientación que ha quedado marginada en el dominio moderno del mundo, estructurado por la ciencia, y en la técnica fundada sobre ella.

Un segundo ejemplo —y tomo aquí uno particularmente provocativo— es la libertad del ser humano. También ella tiene esa estructura que califico de inobjetualidad esencial. Cierto es que esto no se ha olvidado nunca del todo, y el mayor pensador que haya habido de la idea de la libertad —me refiero a Kant— desarrolló con toda conciencia, frente a la orientación fundamental de la ciencia moderna y de su conocimiento teórico, precisamente la idea de que la libertad no puede captarse ni demostrarse con las posibilidades teóricas de conocimiento. La libertad no es un factum de la razón, algo que tenemos que pensar porque no podemos comprendernos en absoluto si no nos pensamos como libres. La libertad es el factum de la razón.

Sin embargo, en el ámbito de la acción humana no solo existe este caso límite de toda objetividad. Creo que los griegos estaban en lo cierto cuando ponían, junto al factum de la razón, el estar socialmente formados, el ethos. Ethos es el nombre que Aristóteles encontró para ello. La posibilidad de la elección consciente y de la decisión libre está soportada siempre por algo que ya somos desde siempre —y no somos “objeto” para nosotros mismos—. Me parece que uno de los grandes legados del pensamiento griego para nuestro pensar es que la ética griega, basado en este fundamento de la vida vivida realmente, le dejaba un amplio espacio a un fenómeno que apenas existe en la Edad Moderna como tema de reflexión filosófica; me refiero al tema de la amistad, de la philía. Es esta una palabra que ha llegado a tener para nosotros una resonancia conceptual tan estrecha que tendremos primero que ampliarla para saber qué es lo que se quería decir con ella. Quizás sea suficiente con acordarse de la cálebre expresión pitagórica: “Los amigos lo tienen todo en común”. En la reflexión filosófica, la libertad es un título para la solidaridad. Pero la solidaridad es una forma de experiencia del mundo y de la realidad social que no se puede tener, que no se puede planificar por un apoderamiento objetivador, ni tampoco se puede producir por medio de instituciones artificiales. Pues, por el contrario, la amistad precede a todo posible valer y obrar de las instituciones, de los órdenes económicos y jurídicos, las costumbres sociales; los sostiene y los hace posibles. El jurista no es el último en saber esto. Me parece que éste es el aspecto de verdad que, en este caso, el pensamiento griego vuelve a tener preparado para el pensamiento moderno.

Y luego, un tercer fenómeno, conectado con esto: me refiero al papel que juega la autoconciencia en el pensamiento moderno. Como es sabido, el auténtico eje del pensar moderno es que la autoconciencia posee el primado metodológico. Para nosotros, el conocimiento metodológico es un proceso autoconsciente que ejecuta cada paso bajo su autocontrol. Así, desde Descartes, la autoconciencia es el punto en el que la filosofía se hace, por así decirlo, con su última evidencia y le proporciona a la certeza de la ciencia su última legitimación. Pero, ¿no tenían razón los griegos cuando veían que la autoconciencia es un fenómeno secundario frente a la entrega y apertura al mundo que llamamos conciencia, conocimiento, apertura a la experiencia?¿No nos ha enseñado precisamente el desarrollo moderno de la ciencia a abrigar algunas dudas al respecto a las afirmaciones de la autoconciencia? Nietzsche decía, frente a aquella duda radical de la fundamentación cartesiana del conocimiento, que hay que dudar hasta el fondo. Freud nos enseñó cuántas máscaras de las tendencias vitales se esconden en la autoconciencia. La crítica social y la crítica de las ideologías nos han mostrado cuántas certezas de la autoconciencia consideradas obvias e incuestionables no son sino reflejos de otros intereses y realidades. En breve: que la autoconciencia posea el primado incuestionado que le atribuye el pensamiento de la Edad Moderna es algo que puede, con justicia, ser puesto en duda. También aquí me parece que el pensamiento griego, en el magnífico autoolvido con el que piensa el propio poder pensar, la propia experiencia del mundo como el gran ojo abierto del espíritu, ofrece una aportación principal para limitar las ilusiones del autoconocimiento.

A partir de aquí, observaremos un último ejemplo, que va más lejos y que precisamente ha pasado a primer plano en la discusión de la filosofía contemporánea, y al que, como los anteriores, solo con coerción y violencia es posible retener desde el concepto de objetividad y de objetivación: me refiero al fenómeno del lenguaje. El lenguaje es, me parece, uno de los fenómenos más contundentes de la inobjetualidad, en la medida en que un autoolvido esencial caracteriza al carácter de ejecución del hablar. Hay siempre una deformación técnica cuando la tematización moderna del lenguaje ve en este un instrumentario, un sistema de signos, un arsenal de recursos comunicativos, como si estos instrumentos o medios de hablar, palabras y expresiones, estuvieran preparados en una especie de reserva y solo hubiera que aplicarlos a algo con lo que uno se encuentra. Aquí, la contraimagen griega es de una evidencia avasalladora. Los griegos ni siquiera tenían una palabra para decir lenguaje. Solo tenían una palabra para la lengua como órgano que produce sonidos —glotta— y una palabra para lo que se comunica en el lenguaje: lógos. Con lógos tenemos a la vista exactamente eso a lo que el autoolvido interno del lenguaje se refiere de modo esencial, el mundo mismo evocado por el hablar, elevado a la presencia, puesto en la disponibilidad y en la participación comunicativa. En el hablar sobre las cosas, las cosas existen ahí; en el hablar unos con otros se estructura el mundo y la experiencia del mundo que tiene el hombre, no en una objetivación que, frente a la transmisión comunicativa de las intelecciones de uno a las intelecciones de otro, invoca la objetividad y quiere ser un saber para todo el mundo. La articulación de la experiencia del mundo en el lógos, el hablar unos con otros, la sedimentación comunicativa de nuestra experiencia del mundo, que lo abarca todo lo que podemos intercambiar unos con otros, forman una forma del saber que, junto al gran monólogo de las ciencias modernas y su creciente acopio de potencial de experiencia, representa todavía la otra parte de la verdad. El tema de la confrontación de la idea moderna de ciencia con el pensamiento de la filosofía griega posee, pues, una duradera actualidad. Pues se trata de informar, en el sentido etimológico, los grandiosos resultados y logros técnicos de la ciencia empírica moderna dentro de la conciencia social y la experiencia vital del individuo y del grupo. Sin embargo, esta información no sucede, en definitiva, por los métodos de la ciencia moderna y su camino de autocontrol permanente. Se ejecuta en la praxis de la vida social misma. Tiene que recoger siempre en su responsabilidad lo que se halla dispuesto en el poder del ser humano, y ha de defender los límites impuestos a la razón humana, y a los que esta se opone con su propio poder y temeridad. No hace falta demostrar que, en este sentido, también para el ser humano de nuestros días, el mundo comprensible, el mundo en el que se es de casa, sigue siendo la última instancia, por más que la industria y la técnica moderna se extiendan por todo el globo.

 

 

© Herederos de Hans-Georg Gadamer.

© Antonio Gómez Ramos, de la versión al castellano.

de: El inicio de la sabiduría. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona. 2001.

 

 

N O T A

[1] Las palabras Objekt y Objektivität, de origen latino, suenan evidentemente como extranjeras al oído alemán, a diferencia de Gegenstand, formada a imagen de la palabra latina. [N. del T.]

Layli Long Soldier. Poemas

lls-winter-2012.jpg

 

Wakȟályapi

 

  1. palabra comúnmente usada para café.
  2. literalmente significa cualquier cosa que es hervida. Como en hervir los cuellos blancos[1], hervir la atadura esperando que afloje. Como en el día, al tiempo que sopla, hervirá los rígidos árboles. Como en la sangre hirviendo, lo que no era suave, traza un camino a través del músculo a la cara. Como en el músculo que hierve separado del cartílago. Como en la olla, con los cuellos blancos y el cartílago. Como en una olla hirviendo sobre la que estás doblado, mirando. Como lo mezclará en tu cabeza igual que las raíces de un árbol. Como en el árbol, debajo del que dejaste algo enterrado. Prefiriendo ser enterrado antes que la furia del hervor. O en el conejo que atraparon, el conejo que hirvieron. Como en el conejo que vino por la noche, la mandíbula de tu patio. Como en la cena que comiste, el mordisqueado hueso de conejo. Como en la sangre hirviente que realmente nunca ves. Como en las adelfas que crecen sobre la valla metálica, donde se mezclan las raíces del árbol y las de las adelfas. Hervido y hervido como en un estofado, los cuellos y el conejo y los fuertes del árbol. Como en el conejo en la jaula afuera bajo el sol. Como en el calor, a medida que hervía el conejo moría. Como en los cheques y los extractos de cuenta que Mamá hirvió en la cocina. Como en la eliminación de la deuda; una ceremonia, un hervor. Como en el dinero eran solo números, debíamos comer y no malgastar. Como en los dos conejos hervidos que recuerdas de aquel verano: uno que fue atrapado, el otro indefenso de pelaje negro —tu pequeño y negro conejo mascota que olvidaste mover a la sombra. Como en lloraste en tu habitación infantil, cómo pudiste olvidarlo. Como en la grácil sombra que era olas de adelfas. Como en las burbujas en el agua, que provienen de este hervor. Como en algo tan liviano, ahora sin sangre debajo.

 

 

 

Waȟpániča

 

Empiezo una línea sobre los white buttes[2] que doblan los cincelados rostros y que se conectan con pétreos párpados en la noche, pero lo dejo. En su lugar, empujo mi amor hacia este mundo y te envío una carta de verano. Del buzón a la puerta, lees las comas en voz alta. Me he convertido en una esposa de agua embotellada coma de delineador negro en la pestaña coma y mangas en la muñeca. Estas semanas sola sola sola coma arrastro mi cuerpo a una mesa con sillas vacías y a veces no puedo detener el impulso de ordenar. Sola sola indico siéntate coma come y escribo con detalle para silenciar un eco coma la ruptura de una línea de falla.

*

Quería escribir sobre waȟpániča una palabra traducida al inglés como pobre coma que con mayor exactitud significa estar destituido no tener nada propio. Pero esta noche no puedo convencerme a mí misma de blandir un desgastado martillo por la pobreza para golpear las condiciones de esa lenta frustración. Así que pregunto ¿qué más hay ahí por oír? Una coma me indica dividir la oración. A darle pausa. La coma ordena una secuencia de elementos la coma es la cesura misma. La coma me interrumpe, silencio.

*

Día del padre coma no estoy contigo. Miro tu foto en blanco y negro coma mi esposo en una camisa de terciopelo coma tu cabello atado y tus ojos en el rostro de nuestra hija que duerme. Cuando escribo coma me acerco a la gente que quiero conocer coma a la lengua que quiero hablar.

*

Luego un amigo comenta Cuando hablamos coma signos de interrogación rayas líneas pequeños puntos negros no palpitan ni se agitan en el aire ante nosotros coma en realidad es el ascenso y el descenso de la voz que debemos capturar para que signifique algo en la escritura. Inclinando su cabeza hacia la página con alguna línea vulnerable añade Y ¿no es interesante cómo una coma es capaz de volcar una frase al sentimentalismo?

*

Así que desarmo la mecánica coma cómo marcar el sonido el movimiento musical en la página. Observo la compasiva coma ralentizar la singular mente de dos amantes. Cuando no podemos decir lo que pensamos la coma enfriará suspirará ensalivará un sobre por nosotros. Porque la lengua de una coma es imparcial, paciente.

*

Aunque no me siento obligada a decidir si pobre realmente significa ásperas manos polvo y bocas manchadas de caramelo los dientes de una niña de la casa de al lado las estanterías de Hamburger Helper[3] en los ultramarinos el apelmazado pelaje de un perro el asiento de una camioneta arrastrado hasta el suelo del salón aquellos niños jugando en la carcasa de un auto un ratón en el suelo de madera mi escalofrío aplastante por el hantavirus un rancio olor un caballo masticado desgarrado su espina dorsal expuesta la multitud de bienhechores sus bonachonas fotos el calor el frío los borrachos que pasamos saludando con dólares una vez más esta noche un golpe en la puerta las historias que nadie aquí puede impedir que se cuenten en las que estoy enterrada. Esta es la forma más barata de ser pobre que decido es el aceite en la superficie que estoy tentada de decir. Pero un amigo afirma que cualquiera que afirme que la pobreza no trata de dinero nunca ha estado enfermo del estómago sobre cómo gastar sus últimos 3 dólares coma en leche o en gasolina o la mitad en ambos con dos niños en el asiento trasero mirando. Estoy de acuerdo con dejar aquí los significados y las discusiones sobre la pobreza con la cabeza metida en la puntuación, respiro.

*

Porque waȟpániča significa no tener nada propio. Nada. Sin embargo, tengo la intención de que la coma signifique lo que tenemos así que me detengo a recordar que es verdad que un niño actúa mejor cuando está muy unido a un padre antes de los cinco años coma íntimamente. Cerca de ti coma nuestra hija cierra sus ojos y ambos descansáis vuestras cabezas lagos azul oscuro coma cristal antiguo sobre la almohada. Ella conservará esto. Y si es cierto que lo que empieza como un problema se duplicará hasta el final levantará su cabeza como un punto en nuestra oración entonces admito que me desempeño mejor con la música entre el ascenso y el descenso de la voz. No obstante indago en mis bolsillos cajones de la cómoda estanterías de libros coma meticulosa búsqueda coma porque debo escribir para verlo coma cómo imploro a un diccionario para saber cuál es nuestra palabra para pobre coma en una lengua que me atrevo a llamar mi lengua coma quien soy. Un frío aplastante mi boca manchada solo aceite en la superficie coma porque me siento waȟpániča me siento sola. Pero esta es una traducción indirecta por lo cual no puedo decir lo que pienso coma el dolor meta-oracional de ser pobre en lengua.

 

 

 

MIENTRAS ella escribía un poema sobre él, él es pariente mío. Ella es una poeta laureada, me da la mano. Cuando ellos eran jóvenes, dice, él tuvo una historia en la escuela india. ¿En serio? Quiero preguntar por la historia. Pero no lo hago y me admiro de cómo la tensión cincela el detalle en la memoria. Recuerdo su mano en la cremallera de plástico de su chaleco, la escultura de sus nudillos un hueso en su muñeca. ¿Cuánto debería decirme, cuánto debería retener? La veo preguntarle a su ser superior. Él se rompió de la manera en que nosotros queríamos, ella ofrece. No he terminado el poema dice. Ahora que nos hemos conocido tal vez lo haré. Te enviaré una copia si lo hago. Pese a que no ha sido enviado, pese a que nunca se lo pediré, imagino el incidente —a él, rompiéndose como quería el resto de nosotros— cómo esto se ve en la página del poema;

 

 

 

MIENTRAS me canso. Por mi esfuerzo de relacionar el esfuerzo de la afirmación: “Mientras los pueblos nativos y los colonos no nativos se embarcaron en numerosos conflictos armados en los cuales, desafortunadamente, ambos tomaron vidas inocentes, incluyendo mujeres y niños”. Me canso

de embarcarme en numerosos conflictos, me canso de la palabra ambos. Ambas como mujer y como niña de aquel Mientras. Ambas palabras y juegos de palabras, agazapadas en los diccionarios. Cansada de comprender agotada, debilitada, exhausta, con las fuerzas reducidas por la labor. Aburrida. En un diccionario de Lakota, cansada es watúkȟa clama el diccionario. En esta entrada, encuentro el término watúkȟayA que significa agotar a alguien o algo, por ejemplo cansar un caballo por no saber cómo llevarlo adecuadamente. ¿Estoy watúkȟa o yo watúkȟayA? Llamo a mi padre para preguntarle

y confirmar mis descubrimientos. Cómo se dice “cansada”, él responde “bluǧo”. Si quieres decir “muy cansada” es “lila bluǧo”. Esta es la manera de mi familia —la manera Oglala— de decir cansado, y quien mejor conoce lo que significa cansado que la gente. Cuánta labor

para darle significado a lo que es real. Realmente, mido un metro 77 centímetros. Realmente duermo en el lado derecho de la cama. Realmente me despierto después de ocho horas y mis ojos penden como cuadrados gris pizarra. Realmente estoy bluǧo. Realmente, escalo el lomo de las lenguas, las cabalgo hasta extenuarlas —tal vez tiro de las riendas cuando quiero decir avanza. Tal vez espoleo sus lados cuando lo que quiero decir es abajo. Eso importa. Estoy lila bluǧo. Atascada, quiero liberarme. Liberarme del impulso de escribir: Cuidado, un caballo no es referencia a mi herencia;

 

 

 

MIENTRAS una mujer que conozco dice que vio en las noticias un reportero informó del fuego de una casa en la cual cinco niños ardieron quizás también su padre ella no se acuerda con exactitud pero recuerda la cámara en la cara de la madre la cara de la madre lloriqueando su hipo y gemido ella se inclina hacia mí dice que nunca supo entonces en aquellos tiempos ese año este país en el estado del norte en el que creció era tan joven ella nunca lo vio antes nadie nunca le habló sobre ellos se refiere a los indios dice y sigue y sigue, pero en aquel momento frente a la tele dice fue como abrir una caja dejada en su puerta abrirla para ver lo que había dentro mientras dice lo comprendió a través del rostro de esa madre puedes creerlo y la dejé terminar queriendo que alguien lo dijera pero ella odiaba decirlo o eso me dijo admitiendo cómo ella nunca supo hasta entonces que ellos podían sentir;

 

 

 

© Layli Long Soldier, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano.

Publicado en Quimera, nº 414. Barcelona, junio 2018

 

 

N O T A S

[1] Denominación usada para los “trabajadores de cuello blanco”, esto es, oficinistas o administrativos.

[2] Butte es la denominación dada en Estados Unidos y Canadá a una prominente colina aislada, con una pequeña cima plana y con los laterales muy pronunciados. El “White Butte” es el punto natural más alto en el estado de Dakota del Norte, mide 3,508 pies de altura (1,069 m.) y está ubicado en el condado de Slope.

[3] Producto alimenticio empaquetado, propiedad de General Mills que se vende como parte de la marca Betty Crocker. Es, principalmente, pasta con sobres de salsa en polvo y condimentos.