Archibald MacLeish. CONQUISTADOR [fragmento]

archibald-macleish

(Glencoe, 1892 – Boston, 1982)

 

Prefacio de Bernal Díaz a su libro

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

Soy un hombre ignorante: y este sacerdote este

Gómara con su escrito, basura aprendida en la academia

 

Los latines pomposos los festines apropiados

Los grandes nombres la decoración imperial

Las hermosas batallas y los valientes muertos

 

Las marchas triunfales los salvajes pueblos indios

Las conquistas sitios incursiones guerras campañas

(y un ojo siempre en los relatos actuales)

 

Él con su famosa historia de Nueva España—

Este sacerdote es un entendido: no un ignorante:

Y yo pobre: sin oro: sin valor:

 

Mis tierras desiertas en Guatemala, mi higuera

Los filosos arbustos: las espinas de mis uvas: mis hijos

ya crecidos: barbudos: el mayor

 

Rompiéndose la cintura en los prostíbulos

Y una joven por casar y todos ellos gruñendo en casa

Con la mirada india en sus ojos como si asesinaran un gato:

 

Y este profesor Francisco López de Gómara

Sin hijos; sin pobreza: y yo un viejo: más de ochenta:

Agotado por las noches sin dormir: bisoño en el arte

 

De combinar bellas palabras para construir una historia:

Y él es un hombre joven: de prestigio: iluminado

Por el buen dormir: hábil en los trazos del lápiz—

 

Soy un ignorante un viejo enfermo: ciego

Con la sombra de la muerte sobre mi cara y sólo mis manos me guían:

y él no es ignorante: no está enfermo—

 

¡Pero

Yo peleé esas batallas! ¡Aquellas fueron mis hazañas!

Esos nombres que escribe citándolos como lo haría un estudioso

Nombres en Heródoto —muertos y sus guerras para leer—

 

Esos fueron mis amigos: aquellos muertos mis compañeros:

Yo: Bernal Diaz: llamado Del Castillo:

Bautizado en mis primeros combates El Galán:

 

Estoy aquí al final del día con la sensación

De la oscuridad que se avecina: trasladando mi silla:

Pensando demasiado cómo las palomas girarían

 

Al atardecer durante mi juventud y en el aire extraño:

Pensando demasiado en mi viejo pueblo de Medina

Y en el polvo de España y el olor de una verdadera lluvia:

 

Yo: pobre: ciego por el sol: contemplé

Con estos ojos esos combates: vi a Moctezuma:

Vislumbré a los ejércitos de México en marcha:

 

El viento recargado en sus ropajes: los rostros pintados: las plumas

Flotando en el aire iluminado: vi la ciudad:

Caminé de noche sobre esas piedras: en los sombríos cuartos

 

Escuché el tintineo de mis talones y a los murciélagos chillar:

Yo: pobre como soy: fui joven en ese país:

Esas palabras fueron mi vida: esas letras transcritas

 

Fríamente sobre el papel con la tinta dividida y el impulso

De tercos pulgares: esas huellas en mis dedos:

Esas letras dan forma a mi vida…

 

¡Y cacé

En el oeste pájaros desconocidos de hermosas alas!

 

Los ancianos deberían morir con el paso del tiempo:

Pues lo triste no es la muerte: lo triste

 

Es la derrota para la vida cuando los vivientes mueren:

Todo aquello que fue delicioso al paladar: desvaneciéndose:

El canto y las marchas bajo el sol: las tierras lluviosas:

 

Los fugaces amores: el sueño: los despertares: el soplido

De los vientos: todo aquello que conocimos:

Todo ello finalmente arrastrado tal como

 

El agua se lleva las hojas río abajo: y los pocos—

Tres o cuatro de nosotros que lo recuerdan—

Muertos: y ese tiempo se detuvo como una vieja melodía:

 

¡Y los jóvenes y brillantes maestros con el amargo tiple

Lo entienden todo como si fuera un juego antiguo!

Y el mohín del arte en sus labios como la pepa de un limón—

 

“Ese aburrido veterano celoso de su fama”

¿Qué es de mi fama o de la fama de aquellos mis compañeros?

Sus tumbas son los estómagos de los indios: suyos son los vergonzosos

 

sepulcros en la tierra salvaje: en el polvo impío:

Nadie sabe donde descansan sus huesos: y muy pronto

Extranjeros cavarán para mí una tumba en el suelo rocoso:

 

Aún mis hijos tienen una oscura extrañeza en ellos:

Perros indios ladrarán en mi tumba al atardecer:

¿Qué es de mi fama? Pero en aquellos días: el resplandor

 

Del sol: el viento: el paso

De la luna sobre noches vertiginosas: el aguanieve

En el pasto seco, el olor del polvo en que dormíamos—

 

Esas cosas eran reales: esos soles nos entibiaron:

Era salmuera en la boca: la más amarga espuma:

Tierra: agua para beber: pan para ser comido—

 

No el sonido de una palabra como en el escrito de Gómara:

No el pasado: un año: el nombre

De una batalla perdida –“el Emperador Carlos volvió a casa

 

Ese año: y ese fue el año, el mismo

Que pelearon en Flandes y que el Duque fue colgado”—

Las fechas del imperio: ¡el cráneo seco de la fama!

 

Nada sino nuestras vidas: los días de nuestras vidas: éramos jóvenes entonces:

El poderoso sol se alzaba entre árboles densos:

Bebíamos en las fuentes: las correas de nuestras espadas descolgadas:

 

Vimos la ciudad levantada sobre el azul de un mar interior,

Con torres entremedio: y Moctezuma coronado de verde

Caminaba entre jardines de sombra: y zigzagueantes abejas:

 

Y las jóvenes portaban sobre sus negros cabellos las cestas tejidas

De flores: sus senos libres: y los cazadores

Cargaban en sus hombros garzas con sus plumas erizadas:

 

Fuimos los primeros en hallar esa hermosa ciudad:

Marchamos tras el nombre de un rey: cruzamos las Sierras:

Enfrentamos adversidades desconocidas: hambre:

 

La muerte por cuchillo de piedra: sed: anduvimos

en las corrientes amargas: hasta que llegamos a esas aguas:

Empinadas eran las torres en el aire revuelto:

 

Fuimos señores de todo aquello…

Pero el tiempo nos ha dado un escarmiento:

La muerte ha subyugado a la mayoría: penas y dolores,

Enfermedades y días terribles llenan nuestras vidas:

 

Ahora incluso nuestra juventud nos ha sido arrebatada:

Ahora nuestras hazañas son palabras: nuestras vidas crónicas:

Después nadie se acordará de la noche lluviosa:

 

¡Cómo puede un hombre enfrentar la voluntad de Dios

Y los días y el silencio!

En el mundo anterior a nosotros,

Ni en Cuba ni en las islas de más allá—

 

Ni Fonseca mismo, esa puta perezosa—

Ni el Consejo la Audiencia ni aún los indios—

Sabían de la tierra en el oeste: ellos rodearon la Florida,

 

Recorrieron las islas con el soplo de los desnudos vientos del polo:

Alcanzaron la Vieja Tierra y las costas interiores:

Vieron el sol hundirse en la entrada del golfo:

 

Nadie había navegado hacia el oeste y retornado hasta Córdova:

Yo iba en ese navío: Alvarez lo pilotaba:

Confiando en la suerte: guiándose por el ocaso delante suyo:

 

Buscando después de 3 semanas tierra

Pero no hubo avistamiento en ese océano:

Los indios limpios: usando delicadas fajas:

 

Cabo Catoche lo llamamos, “cones catoche”—

Entonces los sentimos gritarnos sobre la crecida del océano:

Muchos ídolos tenían en devoción,

 

Algunos de mujeres, otros acoplados en sodomía:

Seguimos navegando: llegamos a Campeche:

Ahí junto al dulce pozo ellos encendían el fuego con madera:

 

Palabras como Castilán se escucharon en su discurso:

Nos advirtieron mediante señas irnos antes que los leños se quemaran:

Así que retrocedimos hacia las suaves playas:

 

Sus botes nos seguían de cerca: partimos:

Después sopló un norte con fina neblina:

Avanzamos hacia Potonchán a través del hervidero de los estrechos:

 

Ahí nos atacaron cruzando el verde de los campos de maíz:

Tres veces me flecharon y cincuenta de los nuestros murieron

Y todos fuimos heridos y dos capturados enloquecidos

 

por el dolor, y corrió viento y el polvo se alzó,

Y la sed agrietó nuestras lenguas y delante nuestro

El océano corrompió los pozos donde el río corre:

 

Y dimos la vuelta y el viento nos condujo a Florida:

Ahí en la tierra descubierta en las marchitas literas—

Al lado del océano nos encontramos con indios que amenazaban con guerra:

 

Así que regresamos medio muertos a las islas:

Y Córdova murió: y le escribimos a Velásquez—

Diego el Gobernador— redactamos una carta: y dijimos—

 

“Excelencia: hay tierras en el oeste: el paso

Es limpio para la navegación: están cubiertas las vergüenzas de los hombres:

Las casas son de albañilería: tienen oro: las cestas

 

Son pintadas con hierbas: las mujeres son castas en el amor”—

Y mucho de ese tipo que no recuerdo:

Y Velásquez tomó el crédito por ese descubrimiento:

 

Y a nosotros nos quedaron sólo nuestras heridas: y teníamos suficiente de ellas:

Y Fonseca Obispo de Burgos (porque así era llamado)

Presidente del Consejo: escribió al Emperador

 

Contándole las maravillosas noticias de un solo golpe:

Y ni una palabra de nuestras hazañas o nuestros dolores o nuestros combates:

Y Carlos se fue: y la pobre reina Juana encerrada

 

En Tordesillas haciendo sonar la matraca:

Y Barbarroja lamiéndose el mentón en Argel:

Suficientes problemas había en España con todo eso

 

El Cardenal agonizando y Sicilia en todos los oídos—

Suficientes problemas sin ahora tener estas nuevas tierras por conquistar

estos desnudos indios prisioneros ovejas salvajes esquiladas:

 

Y los que regresamos de los países del oeste—

No podíamos yacer en nuestros pueblos recordando el sonido del mar:

No teníamos descanso en nuestros pensamientos: éramos jóvenes entonces:

 

Mirábamos hacia el oeste: recordábamos los árboles extraños

Elevados en las riberas de ríos desconocidos

Y las nubes como colinas en al aire que nuestros ojos habían visto:

 

Y Grijalva fue el próximo en navegar y nosotros que estábamos vivos—

Nosotros que teníamos equipo para nuestra carne y oro por encontrar

Y una vieja lanza en el establo con el mango astillado—

 

Nos embarcamos y navegamos con la primera ola:

Y peleamos en Potonchán durante ese viaje: recuerdo

Las langostas cubriendo la tierra como un falso brillo en ella:

 

Huían haciendo un sonido estridente como el de las flechas:

A veces confundíamos el zumbido de los dardos con el de las langostas:

A veces cubríamos nuestras bocas con los escudos al oírlas venir:

 

Recuerdo que nuestros combates fueron perjudicados por las langostas:

Y ese viaje que hicimos al río Tabasco:

Vimos las trampas y aún así entramos y el humo

 

Del océano sobre la barra: y llenamos los barriles ahí:

Fue la primera vez que escuchamos de esa tierra lejana—

“Colúa” decían “México” –nosotros que habíamos pedido

 

Oro en aquella costa ese atardecer sobre las arenas:

“Colúa” decían: apuntando hacia el ocaso:

Hicieron un signo con manos solemnes:

 

Después: norte: en el océano: y los barcos navegando

Vimos la empinada montaña de nieve en el cielo:

La contemplamos como si fuéramos hombres despertando de un sueño asombroso:

 

Y ese viaje fue que regresamos a la Isla:

Bien recuerdo la costa y el sonido de ese lugar

Y el olor a humo sobre las dunas y el viento agonizando:

 

Bien recuerdo los muros y el espeso olor

De la sangre recién derramada en el aire: muchos

Vieron a los sacerdotes con sus pequeños y arrogantes rostros:

 

Vieron los pechos de los niños muertos y a los ídolos adornados

Con los secos despojos de corazones como cáscaras de cigarras

Y sus ojos humanos y sus lenguas pintadas

 

Y suplicaron a la Sagrada Madre de Dios:

Y algunos de los que estuvieron ahí fueron perforados en la piedra:

Y los cuerpos de algunos devorados por bestias salvajes:

 

Ninguno de nosotros en sus corazones sospechaba

El mal por venir pues habría abandonado la tierra entonces:

Pero los destinos de los hombres están velados y no se muestran:

 

Sólo más tarde en la vejez cuando el tiempo se acaba

La tierra retrocede y el camino aparece:

Y al día siguiente navegamos y el océano se volvió contra nosotros

 

Y nuestro pan estaba sucio de gorgojo y era escaso,

Y comenzaron las lluvias y las judías apestaban en las cacerolas,

Y nosotros soldados estábamos hartos de las cosas del mar:

 

Así que regresamos de ese viaje por la gracia de Dios:

Y no se hablo de nada más en Cuba:

Y gentilhombres vendieron sus granjas para ir a los descubrimientos:

 

Y nosotros que habíamos peleado en los pantanos sin comida—

Nos sentamos en la plaza bajo las palmeras en el verde crepúsculo

Con delicadas muchachas sobre nuestras rodillas y la noche para perder:

 

Nosotros que habíamos peleado en esas tierras…

 

Y el elocuente Gómara:

Los profesores con sus plumas: las educadas lenguas de la fama:

Qué escribieron sobre nosotros: pobres soldados:

 

Aquellos que fuimos heridos casi siempre sin paga:

Aquellos que morimos y fuimos arrojados fríos dentro de sacos de pan:

El estómago descubierto: las aves sobre nosotros: flotando por días:

 

Y nadie recuerda quién era el que murió allí

Ya fuera de Burgos o Yuste o Villalár:

¿Dónde escribieron nuestros nombres? ¿Qué dijeron de nosotros?

 

Ellos bautizan a las ciudades en honor a reyes que no tienen cicatrices:

Ellas fijan los nombres de los grandes en el tiempo—

Los obispos los ricos generales gallos en armas:

 

Esos con el vidrio frío en sus ojos y los finos modales:

Los nacidos líderes de hombres: las voces resonantes:

Les dan las tierras por tumbas: la llaman América

 

(¿Y quién ha escuchado de Vespucio en esta tierra

o abajo por el lado de sotavento o hacia la Habana?)

Y nosotros que peleamos aquí: que con gran dificultad

 

Cubrimos las poderosas ciudades de esta tierra—

¿Qué somos? ¿Cuando vendrá nuestra fama?

Un viejo de pueblo en la colina

un puñado

 

De polvo bajo la hierba seca de Otumba

 

Nombres desconocidos

 

manos que se desvanecieron

rostros

 

Muchos perdidos del día

 

incontables

 

Vidas olvidadas

 

hazañas honradas en extraños

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

 

 

 

© Manuel Illanés, de la versión al castellano

© Herederos de Archibald MacLeish

 

Yves Bonnefoy. Teatro

NOBEL-LITTERATURE-BONNEFOY

(Tours, 1923 – París, 2016)

 

 

I

Te contemplaba al correr en las terrazas

Te contemplaba luchando contra el viento

El frío sangraba en tus labios

 

Y te vi romperte y gozar al estar muerta, ¡oh!, más bella

Que el relámpago, cuando ensucia los límpidos cristales de tu sangre

 

II

El verano envejeciendo te resquebrajaba con un monótono placer, despreciábamos la embriaguez imperfecta del vivir,

 

Más bien la yedra, decías, las ataduras de la yedra a las piedras de su noche: presencia sin término, rostro sin raíz.

El último cristal alegre que el manto solar destroza, antes en la montaña ese pueblo donde morir.

Más bien el viento…

 

III

Era un viento más fuerte que nuestros recuerdos,

Estupor de ropajes y gritos pétreos – y tú pasabas delante de esas flamas

La cabeza cuadrada las manos partidas y todo

En búsqueda de la muerte sobre los tambores jubilosos de tus gestos

 

Era el día de tus senos

Y reinabas así fuera de mi cabeza.

 

 

IV

Me despierto, llueve. El viento te atraviesa, Douve, tierra resinosa dormida cerca de mí. Estoy en una terrasa, en un agujero de la muerte.

Grandes perros de follaje se estremecen.

El brazo que sostienes, a veces, en una puerta, me ilumina a través de los tiempos. Pueblo de brasa, a cada instante te veo nacer, Douve.

 

A cada instante morir.

 

 

V

El brazo que levantamos, el brazo que giramos

No son más que un instante en nuestras cabezas duras,

Mas desechados los rastros de fango y vegetación

 

No queda más que el fuego del reino de la muerte.

La pierna desmantelada adonde entra el gran viento

Llevando con él las regaderas

Que sólo alumbrarán la entrada de este reino,

Gestos de Douve, gestos todavía más lentos, gestos oscuros.

 

 

¿Qué palidez te aflige, río subterráneo, qué arteria se rompió en ti, en donde el eco retumba con tu caída?

 

Ese brazo que levantas muchas veces se abre, se inflama. Tu rostro retrocede. ¿Qué niebla me arrebata tu mirada?

Lento acantilado de sombras, frontera de la muerte.

 

Los brazos mudos te acogen,

Árboles de otra ribera.

 

 

VII

Herida confundida entre las hojas,

Pero sobrecogido por la sangre de pistas que se pierden,

Cómplice todavía del vivir.

 

Te vi atorada al término de la batalla

Titubear en los confines del silencio y el agua,

Y la boca manchada con los últimos astros

Romper de un grito el horror de velar en la noche.

 

O levantar en el duro aire a veces como una piedra

Un lindo gesto de hulla.

 

 

VII

La música absurda comienza en las manos, en las rodillas,

Luego es la cabeza que revienta, la música se afianza en los labios, su seguridad entra por la vertiente oculta del rostro.

 

Ahora se dislocan las maderas faciales. Ahora procedemos a desgarrarnos la vista.

 

 

IX

Blanca sobre un plafón de insectos mal iluminado, de perfil

Y tu vestido manchado por el veneno de las lámparas.

Te descubro extendida,

Tu boca más alta que un lago que a lo lejos se disuelve en la tierra.

 

Estar derrotado que el ser invencible fusiona,

Presencia recuperada en la antorcha del frío,

Oh vigilante siempre te descubro muerta,

Douve diciendo Fénix, yo velo en este frío.

 

 

X

Yo veo Douve extendida. En lo más alto del espacio carnal yo lo siento crujir. Los oscuros príncipes apuran sus mandíbulas por este espacio donde las manos de Douve se desenvuelven, con los defectos de sus sillas cambiados a un lienzo gris que la enorme araña descubre.

 

XI

Cubierta del manto silencioso del mundo,

Recorrida por rayos de una araña vivaz,

Ya sumiso al devenir del arena

Y toda dividida escupe conocimiento

 

Ataviada para una fiesta en el vacío

Y los dientes descubiertos como para el amor

 

Manantial de mi muerte presente insostenible

 

 

XII

Yo veo a Douve extendida. En la ciudad escarlata del aire, donde combaten las ramas sobre su rostro, donde las raíces encuentran el camino en su cuerpo —irradia un gozo estridente de insectos, una música          espantosa.

Por los pasos oscuros de la tierra, Douve devastada, desbordante, se alegra de la luminaria nudosa de las mesetas.

 

 

XIII

Tu rostro esta noche iluminado por la tierra,

Mas veo tus ojos que se corrompen

Y la palabra rostro ya no tiene sentido.

 

El mar interior iluminado por las águilas circundantes,

Esta es una imagen.

Te conservo fría en una profundidad donde las imágenes no se sostienen más.

 

 

XIV

Yo Veo a Douve extendida. En una habitación blanca, los ojos envueltos de yeso, boca vertiginosa y las manos condenadas a la yerba prolija

Que la inundan por todas partes.

Se abre la puerta. Una orquesta se acerca. Y los ojos          a un lado, del tórax aterciopelado, con cabezas frías con pico, con mandíbulas, la inundan.

 

 

XV

Oh, dotada de un perfil que azuza la tierra,

Te veo desaparecer.

 

La yerba desnuda sobre tus labios y el resplandor del sílex

Inventan tu última sonrisa,

 

Ciencia profunda donde se calcina el viejo bestiario cerebral.

 

 

XVI

¡Morada de un fuego sombrío donde convergen nuestros pasos! Sobre esas bóvedas

Te veo resplandecer, Douve inmóvil, cogida en la red vertical de la muerte.

 

Douve genial, revirad: cuando al paso de los astros del espacio

Fúnebre, ella accede lentamente a los niveles inferiores.

 

 

XVII

El barranco ya traspasa tu boca,

Los cinco dedos ya se dispersan en riesgos del bosque,

La primigenia cabeza ya entra hundida entre las hierbas,

La garganta ya se disfraza de nieve y de fiera,

Los ojos ya ventean sobre aquellos pasajeros de la muerte y somos nosotros en ese viento y en esas aguas en el frío.

 

 

 

XVIII

Presencia exacta que ninguna flama hasta ahora había sabido domar ;

Emisario del secreto frío; vívido, de esa sangre que renace y se intensifica a donde se desgarra el poema,

 

Era necesario que tú así parecieras en los sordos límites, y de un sitio fúnebre donde tu luz atenúa, que sufras la prueba.

 

Oh, más bella y la muerte infunde en tu sonrisa, ¡Me atrevo ahora a encontrarte,

Sostengo el brillo de tus gestos.

 

 

XIX

El primer día de frío nuestra cabeza se escapa

Como un prisionero huye en el ozono mayor,

Pero Douve en un instante esta flecha retumba

Y destruye en la tierra las palmas de su cabeza.

 

Así habíamos creído reencarnar nuestros gestos,

Pero negada la cabeza bebemos de aguas heladas,

Y los lazos mortecinos se pavoneen de tu sonrisa,

Hendidura intentada en la profundidad del mundo.

 

 

© Herederos de Yves Bonnefoy.

© Omar Rubio, de la versión al castellano.

 

Théatre

I

Je te voyais courir sur des terrasses, / Je te voyais lutter contre le vent, / Le froid saignait sur tes lèvres. // Et je t’ai vue te rompre et jouir d’être morte ô plus belle / Que la foudre, quand elle tache les vitres blanches de ton sang.

II

L’été vieillissant te gerçait d’un plaisir monotone, nous méprisions l’ivresse imparfaite de vivre, // « Plutôt le lierre, disais-tu, l’attachement du lierre aux pierresde sa nuit : présence sans issue, visage sans racine. / « Dernière vitre heureuse que l’ongle solaire déchire, plutôt dans la montagne ce village où mourir. // « Plutôt ce vent… »

III

Il s’agissait d’un vent plus fort que nos mémoires, / Stupeur des robes et cris des rocs – et tu passais devant ces flammes / La tête quadrillée les mains fendues et toute / En quête de la mort sur les tambours exultants de tes gestes. // C’était le jour de tes seins / Et tu régnais enfin absente de ma tête.

IV

Je me réveille, il pleut. Le vent te pénètre, Douve, lande résineuse / endormie près de moi. Je suis sur une terrasse, dans un trou de la mort. / De grands chiens de feuillage tremblent. // Le bras que tu soulèves, soudain, sur une porte, m’illumine à travers / les âges. Village de braise, à chaque instant je te vois naître, Douve. // A chaque instant mourir.

V

Le bras que l’on  soulève et le bras que l’on tourne / Ne sont d’un même instant que pour nos lourdes têtes, / Mais rejetés ces draps de verdure et de boue / Il ne reste qu’un feu du royaume de mort. // La jambe démeublée où le grand vent pénètre / Poussant devant lui des têtes de pluie / Ne vous éclairera qu’au seuil de ce royaume, / Gestes de Douve, gestes déjà plus lents, gestes noirs. / Quelle pâleur te frappe, rivière souterraine, quelle artère / en toi se rompt, où l’écho retentit de ta chute ? // Ce bras que tu soulèves soudain s’ouvre, s’enflamme. Ton / visage recule. Quelle brume croissante m’arrache ton renard ? / Lente falaise d’ombre, frontière de la mort. // Des bras muets t’accueillent, arbres d’une autre rive.

VII

Blessée confuse dans les feuilles, / Mais prise par le sang de pistes qui se perdent, / Complice encor du vivre. // Je t’ai vu ensablée au terme de ta lutte / Hésiter aux confins du silence et de l’eau, / Et la bouche souillée des dernières étoiles / Rompre d’un cri l’horreur de veiller dans la nuit. // O dressant dans l’air dur soudain comme une roche / Un beau geste de houille.

VIII

La musique saugrenue commence dans les mains, dans les / genoux, puis c’est la tête qui craque, la musique s’affirme sous / les lèvres, sa certitude pénètre le versant souterrain du visage. // A présent se disloquent les menuiseries faciales. A présent / l’on procède à l’arrachement de la vue.

IX

Blanche sous un plafond d’insectes, mal éclairée, de profil / Et ta robe tâchée du venin des lampes, / Je te découvre étendue, / Ta bouche plus haute qu’un fleuve se brisant au loin sur la terre. // Être défait que l’être invincible rassemble, / Présence ressaisie dans la torche du froid, / O guetteuse toujours je te découvre morte, / Douve disant Phénix je veille dans ce froid.

X

Je vois Douve étendue. Au plus haut de l’espace charnel je l’entends / bruire. / Les princes-noirs hâtent leurs mandibules à travers cet espace / où les mains de / Douve se développent, os défaits de leur chair se muant / en toile grise que l’araignée massive éclaire.

XI

Couverte de l’humus silencieux du monde, / Parcourue des rayons d’une araignée vivante, / Déjà soumise au devenir du sable / Et tout écartelée secrète connaissance. // Parée pour une fête dans le vide / Et les dents découvertes comme pour l’amour, // Fontaine de ma mort présente insoutenable.

XII

Je vois Douve étendue. Dans la ville écarlate de l’air, où combattent les branches sur son visage, où des racines trouvent leur chemin dans son corps – elle rayonne une joie stridente d’insectes, une musique / affreuse. // Au pas noir de la terre, Douve ravagée, exultante , rejoint la lampe / Noueuse des plateaux.

XIII

Ton visage ce soir éclairé par la terre, / Mais je vois tes yeux se corrompre / Et le mot visage n’a plus de sens. // La mer intérieure éclairée d’aigles tournants, // Ceci est une image. / Je te détiens froide à une profondeur où les images ne prennent plus.

XIV

Je vois Douve étendue. Dans une pièce blanche, les yeux cernées de plâtre, bouche vertigineuse et les mains condamnées à l’herbe luxuriante / qui l’envahir de toutes parts. // La porte s’ouvre. Un orchestre s’avance. Et des yeux à facette, dês thorax pelucheux, des têtes froides à becs, à mandibules, l’inondent.

XV

O douée d’un profil où s’acharne la terre, / Je te vois disparaître. // L’herbe nue sur tes lèvres et l’éclat du silex / Inventent ton dernier sourire, // Science profonde où se calcine / Le vieux bestiaire cérébral.

XVI

Demeure d’un feu sombre où convergent nos pentes ! Sous ces voûtes / je te vois luire, Douve immobile, prise dans le filet vertical de la mort. / Douve géniale, renversée : quand au pas des soleils dans l’espace / Funèbre, elle accède lentement aux étages inférieurs.

XVII

Le ravin pénètre dans la bouche maintenant, / Les cinq doigts se dispersent en hasards de forêt maintenant, / La tête première coule entre les herbes maintenant, / La gorge se farde de neige et de loups maintenant, / Les yeux ventent sur quels passagers de la mort et c’est nous / dans ce vent dans cette eau dans ce froid maintenant.

XVIII

Présence exacte qu’aucune flamme désormais ne saurait restreindre ; / convoyeuse du froid secret ; vivante, de ce sang qui renaît et s’accroit / où se déchire le poème, // Il fallait qu’ainsi tu parusses aux limites sourdes, et d’un site funèbre / où ta lumière empire, que tu subisses l’épreuve. // O plus belle et la mort infuse dans ton rire ! J’ose à présent te rencontrer, je soutiens l’éclat de tes gestes.

XIX

Au premier jour du froid notre tête s’évade / Comme un prisonnier fuit dans l’ozone majeur, / Mais Douve d’un instant cette flèche retombe / At brise sur le sol les palmes de sa tête. // Ainsi avions-nous cru réincarner nos gestes, / Mais la tête niée nous buvons une eau froide, / Et des liasses de mort pavoisent ton sourire, / Ouverture tentée dans l’épaisseur du monde.

Historias curiosas. Claudio Eliano

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Libro I

  1. Aristóteles afirma que el cisne es un animal que tiene muchos y hermosos hijos, pero que también es de temperamento fogoso. En efecto, a menudo se encolerizan y se lanzan a la lucha, llegando, incluso, a matarse entre ellos. El mismo autor afirma que los cisnes también luchan con las águilas. Lo hacen para defenderse, pues no son ellos los primeros en atacar. Que son aves canoras es algo que se repite constantemente, pero yo nunca he escuchado cantar a un cisne y, probablemente, nadie lo haya hecho nunca. Pero la creencia general es que cantan. Y se dice, en efecto, que es en el momento final de su vida cuando su voz es más bella y armoniosa. Los cisnes también cruzan el mar y vuelan sobre la superficie marina sin que sus alas se cansen.

 

 

  1. Cuando arribó la nave de Delos [1] y llegó el momento de ajusticiar a Sócrates, Apolodoro [2], un compañero de Sócrates, se acercó a la prisión para traerle una cara túnica de lana finamente tejida y un manto de las mismas características. Le pidió que, tras vestirse con la túnica y envolverse en el manto, bebiese la cicuta. Argumentaba que no se vería privado de un buen entierro si moría así vestido, pues en efecto, con tales ropas su cadáver sería expuesto con toda dignidad. Esa fue la petición que Apolodoro le hizo a Sócrates. Pero este no admitió su propuesta, sino que dijo a quienes estaban con Critón, Simias y Fedón: “¿Y cómo puede Apolodoro tener una justa opinión de mí si está convencido de que, incluso tras este amistoso brindis que me ofrecen los atenienses y después de beber ese veneno, seguiré siendo Sócrates? Pues si cree que yo seré ese cuerpo que dentro de poco será arrojado a sus pies y yacerá muerto, está claro que no me conoce”.

 

 

 

Libro II

  1. Alejandro tuvo ocasión de ver su propio retrato pintado por Apeles en Éfeso, pero no elogió el cuadro como se merecía. En cambio su caballo, que Alejandro había llevado ante el cuadro, relinchó al ver el caballo que había en aquella pintura como si este fuera real. Y Apeles dijo: “Rey, mira, el caballo parece que entiende más de pintura que tú”.

 

 

  1. Tras la victoria obtenida sobre los persas, los atenienses establecieron por ley que se organizaran peleas de gallos en el teatro, en la fecha del aniversario, sufragadas con fondos públicos. Cuál fue el origen de esta ley, ahora lo contaré. Cuando Temístocles condujo sus tropas contra los bárbaros vio unos gallos que se estaban peleando. No contempló aquella escena sin sacarle provecho. Detuvo al ejército y dijo a sus soldados: “Ni por la patria ni por sus dioses ancestrales ni por las tumbas de sus antepasados se sacrifican estos gallos, como tampoco por la gloria, la libertad o por sus hijos, sino para evitar la derrota y no ceder, así, ante su enemigo”. Con aquellas palabras dio ánimos a los atenienses. Y quiso conservar el recuerdo de aquella escena a la que habían asistido y que los animó a ser valientes, con la mirada puesta en trabajos similares.

 

 

  1. Platón, hijo de Aristón, al principio se dedicó a la poesía y escribió un poema épico, pero de inmediato lo quemó por considerarlo despreciable, pues en comparación con los poemas homéricos vio que el suyo era muy inferior. Se dedicó entonces a la tragedia y preparó una tetralogía. Quiso ponerla en escena e incluso llegó a repartir los papeles entre los actores. Mientras acudía al certamen de las Dionisiacas tuvo ocasión de escuchar a Sócrates y quedó absolutamente seducido por el canto de aquella sirena. No solo renunció al certamen, sino que finalmente desechó la idea de componer tragedias y se consagró a la filosofía [3].

 

  1. Los cretenses ordenaron que los niños de nacimiento libre aprendieran las leyes acompañadas de una melodía para que, seducidos por la música, las retuvieran en la memoria con mayor facilidad y para que, en el caso de que cometieran algún acto prohibido, no pudieran excusarse en la ignorancia. Como segunda materia de enseñanza ordenaron que aprendieran los himnos a los dioses; y en tercer lugar, los elogios de los grandes hombres.

 

 

Libro III

  1. Los peripatéticos dicen que durante el día el alma, sometida al cuerpo, está atada a él y no puede contemplar la verdad en su pureza, pero que de noche, liberada de estas servidumbres y tomando forma esférica en el tórax, adquiere capacidad profética. De aquí nacen los sueños.

 

  1. Cuando Troya fue capturada los aqueos se compadecieron de la suerte de los prisioneros e hicieron esta proclama típicamente griega: cada uno de los hombres libres tendrá derecho a llevarse consigo una de sus propiedades, la que quiera. Eneas cogió a sus dioses patrios y se los llevó, despreciando todo lo demás. Los griegos, encantados con el acto de piedad de aquel hombre, le concedieron permiso para que cogiera una segunda propiedad. Este cargó sobre sus hombros a su padre, que era muy anciano, y se lo llevó consigo. No menos admirados por este gesto le dejaron todas sus propiedades, reconociendo que, ante hombres piadosos que se conducen con respeto a los dioses y a sus parientes, incluso los enemigos naturales se vuelven civilizados.

 

 

Libro IV

  1. Janto, el poeta lírico (era mayor que Estesíroco de Hímera) [4] dice que originalmente la hija de Agamenón no se llamaba Electra, sino Laódice. Pero cuando Agamenón fue asesinado y Egisto se casó con Clitemnestra asumiendo la realeza, a ella, que permanecía soltera y envejecía virgen, los argivos la llamaron Electra porque carecía de marido y no había conocido el lecho nupcial.

 

 

Libro V

  1. He aquí una ley ática: quien encuentre un cuerpo humano sin sepultura debe siempre echarle tierra encima y sepultarlo mirando a poniente. Observan también esta otra costumbre: no se debe sacrificar un buey de labranza que haya trabajado bajo el yugo, ya fuese tirando de un arado o de un carro, porque ese buey debe ser considerado también como un campesino y compañero de fatigas humanas.

 

  1. Cierta tradición pretende que la mala fama de Medea es infundada: que no fue ella quien mató a sus hijos [5], sino los corintios. Dice esta tradición que la leyenda sobre la mujer de la Cólquide y su drama los inventó Eurípides a petición de los corintios, y que la mentira acabó por prevalecer sobre la verdad gracias al talento del poeta. Se afirma que por aquel crimen contra aquellos niños, incluso hoy en día, los corintios siguen sacrificando en su honor, como si les rindieran el tributo debido [6].

 

 

Libro VI

  1. Cuentan que el eunuco Bagoas, de origen egipcio, organizó una conspiración contra aquel Artajerjes, también llamado Ocos. Muerto y despedazado el rey, fue arrojado como alimento para los gatos. En su lugar se enterró a otra persona, a la que se otorgó un puesto en la tumba real [pues dicen que fueron muchos sus sacrilegios, especialmente en Egipto]. Pero a Bagoas no le bastó con haber matado a Ocos, sino que mandó hacer las cachas de su espada con sus fémures, dando así testimonio de su carácter sanguinario. Bagoas odiaba a Ocos porque, como ya antes había hecho Cambises, también él, durante una visita a Egipto, había matado al buey Apis.

 

 

Libro VII

  1. La mayoría de las mujeres romanas están acostumbradas a llevar los mismos zapatos que sus maridos.

 

 

José Manuel Cortés Copete, de la traducción y notas.

Tomado de Historias curiosas. Valdemar. Madrid. 2015.

NOTAS

[1] La peregrinación anual a Delos era una rememoración ritual del mito de Teseo y el Minotauro. El héroe ateniense, enviado a Creta, fue capaz de matar al Minotauro y eliminar el terrible tributo que la ciudad pagaba: catorce jóvenes, siete varones y siete muchachas. Platón, Fedón 58 a-c. Mientras la nave estaba ausente en la ciudad se desarrollaban ritos de purificación, quedando prohibidas las ejecuciones de los condenados.

[2] Apolodoro es uno de los más fieles seguidores de Sócrates, caracterizado por su simpleza, pero absolutamente entregado al maestro, al que acompañó en el tribunal y en la cárcel. Era llamado irónicamente “el blando”, aunque en realidad resultaba una persona de trato rudo para todos salvo para Sócrates. Platón, Banquete 172-3.

[3] Diógenes Laercio, III 5: Platón quemó la tragedia después de haber oído a Sócrates. Bajo el nombre de Platón se han conservado algunos poemas que son aceptados como auténticos. E. Diehl, Antologia Lyrica graeca, I, Leipzig, 1925, págs. 87 y ss.

[4] De este poeta solo se conoce la reelaboración de algunos de sus temas que hizo Estesíroco.

[5] Medea mató a sus propios hijos, habidos en el matrimonio con Jasón, para vengarse de su marido, enamorado de Glauce, hija del rey de Corinto.

[6] Pausanias, II 3, 6-7, recuerda esta tradición corintia según la cual fueron los ciudadanos de Corinto quienes mataron a los hijos de Medea para vengarse de la muerte de Glauce. Todavía en su tiempo era posible ver la estatua de la hechicera de la ciudad.

Carta de Penélope a Ulises. Ovidio

Francesco+Primaticcio,+Ulises+y+Penélope,+v.+1560.

“Ulises y Penélope” (Francesco Primaticcio, 1563)

 

Esta te la manda tu Penélope, insensible Ulises, pero nada de contestarla: ¡vuelve tú en persona! Ha caído Troya, en verdad aborrecible para las mujeres dánaas —¡pero ni Príamo, ni Troya entera, se merecían tanto!

¡Ay! ¡Ojalá que al acercarse su barco a las costas lacedemonias se hubiera ahogado el adúltero en una furiosa tempestad! [1] No me habría quedado postrada y fría en la cama que dejaste, ni me quejaría de lo lentos que se me hacen los días aquí abandonada, ni el paño que cuelga del telar habría cansado mis manos de viuda intentando engañar las largas horas de la noche. ¿Cuándo no he temido peligros más graves que los verdaderos? El amor es cosa llena de angustias y de miedos.

Me imaginaba a violentos troyanos dispuestos para atacarte, y solo de oír el nombre de Héctor me ponía pálida; o si alguien contaba que Héctor había vencido a Antíloco [2], Antíloco era la causa de mis miedos; o si era que el hijo de Menecio había caído víctima de equivocadas armas, lloraba de pensar que hubiera podido salir mal la treta. Que la sangre de Tlepólemo había dado su calor a la lanza del licio: con la muerte de Tlepólemo se me renovaba la angustia. En una palabra, cada vez que asesinaban a alguno del ejército aqueo, el corazón de enamorada se me helaba en el pecho.

Pero el dios [3] ha sido justo y buen guardián de mi casto amor: Troya se ha convertido en cenizas y mi marido está a salvo. Los príncipes argólicos han vuelto, sahúman los altares, se ofrece el botín extranjero a los dioses de nuestra tierra. Las recién casadas hacen agradecidas ofrendas porque sus maridos han vuelto con vida; ellos cantan los destinos de los troyanos, vencidos por los suyos: se impresionan sus asustadas muejres y los ancianos venerables, la mujer está pendiente del relato que sale de boca de su marido. Y alguno hay que en la mesa dibuja los encarnizados combates, pintando con unas gotas de vino todo Pérgamo: “Por aquí pasaba el Simunte, aquí está la tierra del Sigeo, aquí se alzaba el altivo palacio del anciano Príamo; allí acampaba el Eácida [4], allí Ulises, aquí el cuerpo mutilado de Héctor espantó a los caballos desbocados”. Todo eso se lo había contado ya el anciano Néstor a tu hijo, cuando fue a buscarte,mientras que él me lo contó a mí. También nos contó cómo murieron a hierro Reso y Dolón [5], y cómo al uno lo traicionó el sueño y al otro tus argucias. ¡Te atreviste, ay, olvidado y más que olvidado de los tuyos, a entrar en los cuarteles de los tracios durante una emboscada nocturna, y a masacrar de golpe a tantos hombres con ayuda de uno solo! [6] En cambio antes eras mucho más prudente y no te olvidabas de mí. El corazón no me dejó de palpitar asustado hasta que me contaron que los caballos ismarios [7] te llevaron vencedor entre las filas del ejército aliado.

¿Pero a mí de qué me sirve una Ilión destrozada por vuestros brazos, o que ahora sea escombros lo que fue antes su muralla, si yo sigo igual que estaba mientras Troya resistía, si tengo que estar privada de mi marido para siempre? Pérgamo es ceniza para las otras: sólo para mí sigue en pie lo que ahora es tierra que su vencedor y propietario ara con los bueyes del botín; ya son sembrados lo que fue Troya y, madura para la hoz, rebosa exuberancia la tierra abandonada con sangre frigia; los arados recurvos despedazan los huesos mal sepultados de los guerreros, la hierba esconde poco a poco las ruinas de las casas; tú, de los vencedores, no estás aquí y no puedo saber por qué tardas, o en qué parte del mundo te escondes, hombre sin corazón.

Cada marinero que pone su viajera nave rumbo a estas cosaras sale de aquí después de que yo le pregunte mil cosas de ti y le confíe una carta de mi puño y letra para que te la dé si te llega a ver en algún sitio. He indagado en Pilos, campos del antiguo Néstor, hijo de Neleo; pero de Pilos solo me llegaron vagos rumores; he indagado también en Esparta, pero tampoco Esparta sabía algo seguro. ¿En qué país vives, o a dónde, insensible, te has retirado? Más me valdría que la muralla de Apolo [8] estuviera aún en pie (y luego, ay, me irrito, casquivana, con mis propios deseos) porque sabría en dónde combates [9] y solo tendría miedo de la guerra y compartiría mi llanto con el de otras muchas. No sé qué tengo que temer, pero como loca, todo me da miedo y ancho campo se abre a mis cuidados. Todos los peligros que encierra el mar, todos los peligros de la tierra, se me vuelven posibles causas de tu retraso. Y mientras hago tontamente esas cábalas, puede que ya seas esclavo de un amor extranjero, con esa liviandad vuestra. Quizás hasta le estés contando a otra lo cazurra que es tu mujer que la única finura que entiende es la de cardar la lana. Ojalá me equivoque y el viento se lleve este reproche, y que no quieras, libre para volver, quedarte lejos.

Mi padre Icario me exige que abandone mi cama de viuda y no deja de maldecir tu incomprensible demora. ¡Que maldiga todo lo que quiera! Soy tu muejr y así se me debe llamar: “yo, Penélope, seré siempre la esposa de Ulises”. Pero al final él se conmueve por mi fidelidad y mis pudorosos ruegos y entonces por su cuenta pone freno a sus arrebatos. Me rodean un tropel de libertinos duliquios, samios, otros que son de la alta Zacinto, que me acosasn, que mandan en tu palacio sin que nadie pueda impedirlo; destrozan tu patrimonio y con él mi corazón. ¿Para qué contarte de Pisandro, de Pólibo y del cruel Medonte y de las codiciosas manos de Eurímaco y Antínoo y de todos los que estás alimentando con riquezas que te han costado sangre, por culpa de tu vergonzosa ausencia? Hasta Iro el mendigo y Melantio, el que llevaba a apacentar el ganado, se suman a tu perdición, el colmo ya de tu deshonra. Nosotros somos tres seres indefensos: tu esposa, una débil mujer; Laertes, un anciano y Telémaco, un niño. Al chico han estado apunto de matármelo estos días atrás en una conspiración, por intentar ir a Pilos, contra el parecer de todos. ¡Que los dioses concedan, yo se lo pido, que, sucediendo por su orden nuestras muertes, cierre él mis ojos y cierre también los tuyos! Lo mismo ruegan el boyero y la vieja nodriza y, el tercero,el fiel encargado de la pocilga [10]. Pero Laertes, como hombre que ya no está para empuñar armas, no es capaz de sostener el gobierno, rodeado de enemigos; a Telémaco le llegará, si conserva la vida, la hora de ser hombre, pero por ahora necesitaría la ayuda de su padre para conservarla. Tampoco yo tengo fuerzas para echar de palacio a los enemigos; ¡tienes que venir tú, nuestro puerto y nuestro altar de salvación! Aquí tienes a tu hijo y quieren los dioses que lo conserves, que en sus tiernos años debía estar aprendiendo todo lo que su padre pudiera enseñarle. Piensa también en Laertes: él retrasa su última hora tan solo para que tú le cierres los ojos. Y yo a mi vez, que era una muchacha cuando me dejaste, por muy pronto que vengas parecerá que estoy hecha una vieja.

 

 

© Ana Pérez Vega y Bartolomé Segura Ramos, de la versión al castellano.

Tomado de Textos mitológicos. Editorial Gredos. Madrid. 1982

Notas

[1] Paris en su viaje en busca de Helena.

[2] Antíloco no murió a manos de Héctor sino de Memnón (Odisea IV 187 y ss.).

[3] El amor.

[4] Aquiles.

[5] Se refiere al episodio en que Ulises y Diomedes asesinan al espía Dolón y roban los caballos del rey tracio Reso.

[6] Diomedes.

[7] Los caballos de Reso, los animales que Ulises y Diomedes habían ido a robar; ismarios, del monte Ísmaro, en Tracia, significa simplemente tracios.

[8] La muralla de Troya, construida por Apolo y Neptuno.

[9] Alusión a otros posibles combates que detalla abajo, contra el mar o en tierra, incluidos posibles lances amorosos con otras mujeres; la militia Amoris es un motivo amatorio típicamente elegíaco.

[10] Eumeo.

Leyendas de Formentera. José Luis Gordillo Courcieres

Faro de La Mola

Faro de La Mola

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La cabeza

Cuenta el tracio Soféneto que, cuando Ciro el Grande, en el año 546 antes de Jesucristo, conquistó la capital de Lidia (después de un sitio “adornado de cruentos combates”), dio a sus guerreros autorización para el saqueo. Iniciada la rapiña en la ciudad, un soldado persa encontró escondido al rey Creso —al que no reconoció— y al hijo de este, mudo de nacimiento. Ya iba a matar con su espada el soldado a Creso, cuando el muchacho, excitado por la amenaza del arma sobre el padre, gritó milagrosamente: ¡No le hieras! ¡Es Creso! Con lo que le salvó la vida.
Concluye Soféneto comentando que hay en los hombres poderes sobrenaturales, y cómo las situaciones de peligro los despiertan, y también las grandes pasiones. Dice asimismo que Ciro, al conocer el prodigio, agasajó al vencido Creso.

 

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscura cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miseria en la Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos estos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar a la isla: llovieron hormigas, un viento del sur acercó una extraña enfermedad (o quizás no fue el viento, sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn), se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina Es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras los miembros de una u otra tribu no sobrepasaran los confines determinados para las comunidades (límites que casi exactamente constituían la mitad del este y la mitad del oeste de la isla), ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en lo que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, la más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al fin triunfó uno de los grupos —ni sabemos cuál, ni importa— y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y que así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado como estaba, todavía le temieron y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros.

Temores religiosos impedían que las matanzas (aquellos no eran sacrificios) se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes —contamos a los vencedores y a los vencidos—residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. El condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha hábilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada por la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza siguió aparentemente viva. Los ojos trazaron casi un semicírculo mirando a la gente allí agrupada, y la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: —Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto…

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno de ellos había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del jefe decapitado. (Esos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses).

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido por el nombre de Sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiera a la excepcional panorámica que desde aquel sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, en concreto, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra “mirada”; y que el lector escoja el origen del topónimo.

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El cazador

“Quizás las más bellas leyendas son las que nacen del amor; pero, con seguridad, las mejor recordadas son las que produjo el miedo”.
(Roiz de Belascolain)

 

Ahora le llaman Es Bosc de la Pujada; pero hace cientos de años lo llamaban es Bosc d’es Diable. Me refiero, claro está, a esa parte de pinar desmedrado que hoy día queda a la derecha de la carretera —según se sube a La Mola—, poco después de sobrepasando el inicio de la corta desviación que conduce a dos modernas urbanizaciones hosteleras.

Cuando sucedió lo que voy a relatar aquel rincón del bosque, desde el monte de sa Talaia al mar, era impenetrable; siglos de respeto por parte del hombre habían hecho crecer allí una espesura en la que se entrelazaban el pi bord, el pi ver, la savina, el ginebre, el raspai, la mata, el matapoll, la espinalera… en una maraña de tales características que constituía el reducto salvador de todos los animales del bosque, cuando eran perseguidos por  los cazadores armados de ballestas. Dicen las viejas —las consabidas viejas que cuentan estas leyendas— que el respeto sentido por los habitantes de Formentera hacia aquel marañal partía de haber observado que era el único lugar de la isla donde se daba un determinado arbusto de escaso porte llamado garrover d’es diable. (Pongámoslo más claro diciendo que ese arbusto no es otro que el denominado en latín anagyris foetida y en español altramuz hediondo). Tal vegetal, como el lector avisado ya habrá supuesto, tiene unas hojas de las que se puede decir cualquier cosa, excepto que de ellas emanen aromas gratos. Y como produce unos frutos relativamente parecidos a las algarrobas, han dado en llamarlo garrover, solo que las mismas viejas a las que arriba hemos aludido sostienen que si al algarrobo verdadero lo hizo Cristo para regalo del hombre, a este otro algarrobo repulsivo lo hizo el diablo para contrarrestar la bondad del divino don. Vamos, una de las que se llaman acciones de oposición eterna.

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(Caló d’Es Mort)

De los comentarios que anteceden se deduce que nada de extraño había en que una parte de bosque tan agreste, tan intrincada, tan llena de barrancadas, tan espesa en leños, tan oscura y además poseedora en exclusiva de ejemplares de un arbusto denominado algarrobo del diablo, fuera llamada, como queda dicho, es Bosc d’es Diable.

Aconteció, pues, que un cazador morisco acechaba ya durante muchas lunas a un negro jumento salvaje, y que, siempre que estaba a punto de alcanzarlo, este lo esquivaba refugiándose en el bosque del diablo. Al igual que hacen todos los caminantes, que en lugar de atajar por el bosque lo rodean sin penetrar en él, al igual que hacen los pastores, que silbaban para recoger el rebaño cuando las cabras y las ovejas se acercaban a aquella espesura y retrocedían, nuestro cazador abandonaba la persecusicón apenas la pieza había atravesado los lindes de la zona prohibida. Y no es que este hubiera sido hitada, es que sus límites eran tan evidentes, tan manifiestos, como si de una finca murada se tratase. El cazador era joven, era audaz y era vigoroso; pero el miedo crea fronteras incluso para el vigor, la audacia y la juventud.

No obstante, a medida que, con unas u otras variantes, huyendo desde el norte o desde el sur, se repetía la burla, crecía también en nuestro hombre el afán de apoderarse del negro jumento y domeñarlo. Naturalmente, lo quería vivo, y eso le impedía hacer uso de su ballesta, de forma que solo lazos y trampas eran las armas que empleaba conta la codiciada pieza. Mas tanto progresó su interés, alimentado lateralmente por la burla de que creía ser objeto por parte de tan inferior animal, que un infausto día, en lugar de pararse por el linde del marañal, penetró con osadía en él, violando la reserva del bosque. Al seguir la pista que la pieza iba dejando, se internó en el secreto paraje; avanzó tanto que llegó a oír el mar, lo que indicaba que estaba ya más cerca de la costa que del camino desde el que había entrado. Rabioso, dos veces intentó disparar su ballesta; lleno de ira, ya no quería apresar vivo al asno salvaje, sino matarlo. Pero entre la maraña no resultaban eficaces los virotes. Por otra parte, era muy difícil avanzar, pues debido a los arañazos de las ramas sangraba por la cara, los brazos y las piernas; y mal le defendía la ropa desgarrada. El jumento, inexplicablemente, podía pasar por lugares que luego se cerraban al cazador. Detenerse para afinar la puntería suponía el riesgo de perder al animal de vista. Al fin, ya muy cerca del acantilado, en un reducido claro del bosque, se topó con la pieza parada, vuelta cara a él. Y dicen que entonces el asno le habló.

Un hedor insoportable siguió a las increíbles y obscenas palabras de la bestia. A continuación el bosque se oscureció y, simultáneamente, para mayor contraste se fue haciendo una luz misteriosa, como un halo flamígero, alrededor del perseguido jumento: el cazador comprendió que tenía ante sí la abominable figura del diablo que le increpaba y amenazaba. Sintió el joven tal terror que dejó caer la ballesta; un nunca imaginado largo escalofrío le recorrió la espalda; las piernas le temblaban, blandas; el sudor de la carrera se le había helado. Entonces el maligno avanzó hacia él lentamente, seguro del trágico final de aquel encuentro. Buscando el cazador la que se le daba más fácil salida del lugar, corrió alocado por el barranco, hacia la mar. Cambiados los cometidos, era ahora el diablo quien le perseguía. Aullando de pavor, el joven corrió con desespero al acantilado, buscó una bajada por la que llegar al agua —pues se le antojaba a él que en la mar podía estar su salvación— y, finalmente, perdió el equilibrio, dio un salto imposible y cayó rodando, rebotando por las rocas hasta la pedregosa orilla donde las olas rompen ruidosas a la menor marejada.

Al sitio donde el cazador se despeñó le llaman hoy Caló d’Es Mort. Y en el borde del derrumbadero persisten visibles unas huellas, como de pezuñas, que las viejas —véase al principio de este relato a qué viejas me refiero— dicen que son las que dejó el diablo en su persecusión. Todo el que vaya allí puede verlas.

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© José Luis Gordillo Courcieres.

Tomado de Leyendas de Formentera. Ediciones Cosmos. Valencia. 1976.

Cantando con el puño

cubierta 33 rpm

(Malpaso ediciones, 2015)

 

De todas las artes la música es la que mejor se ha compenetrado y adaptado a la rutina de nuestras vidas. Prácticamente no hay día en la que no notemos su omnívora y expansiva presencia, un poco como aquella sombra que genera nuestro cuerpo sin que pueda evitarlo, siempre detrás de nosotros, intentando acorralarnos. Es, a su vez, la más adecuada cuando se trata de encarnar el sentir de una multitud, aunando voces para expresar colectivamente anhelos y emociones, pero sobre todo, para verbalizar nuestros miedos, descontentos y malestares. En pocas palabras, para entonar nuestra disconformidad. Bajo estos preceptos, Dorian Lynskey publica 33 revoluciones por minuto [1], una amplia y bien documentada historia de la canción protesta que abarca las últimas siete décadas de nuestra época.

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Este voluminoso trabajo de casi mil páginas está dividido en 33 capítulos y en cada uno se analiza una canción que está muy ligada con algunos de los episodios más sombríos y trágicos que han marcado gran parte del siglo XX e inicios del actual. El método utilizado es bastante sencillo y certero: rastrea el origen y la motivación por los que el tema fue compuesto, interpreta su mensaje valiéndose del contexto en que apareció y, por último, valora su incidencia y repercusión. Este procedimiento permite gestionar y capitalizar mejor el ingente cúmulo de información que maneja Lynskey, conocido periodista y crítico musical en The Guardian. Asimismo, su prosa precisa y expositiva contribuye a dilucidar y explicar las complejas situaciones políticas en las que —y por las que— nace una canción, brindándonos una visión panorámica y completa de todo el entramado sociocultural que entraña y oculta cada gobierno.

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Parte del éxito del libro se debe a que la selección de canciones se rige más por un criterio histórico que musical, independientemente de su calidad o de la resonancia y

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(Dorian Lynskey)

trascendencia del grupo o solista. Las circunstancias en las que la protesta toma por asalto la música popular suelen ser sombrías y angustiantes, son momentos en los que la población siente que la vida pende de un hilo y no queda más alternativa que mostrar los dientes y alzar las manos en pos de un frente común. En este contexto el que mejor y más rápido canaliza la frustración, la desesperación y la ira del pueblo es el canto. Desafortunadamente, una vez superado el problema o la amenaza estas canciones son como peces fuera del agua. Le ocurre a la gran mayoría, pues desaparecen sin poder evitarlo. Algunas, en cambio, se verán encasilladas y volverán a ser escuchadas y entonadas solo en épocas de tormenta, como sucede con ciertos mitos mesiánicos. Otras, muy pocas en realidad, logran reciclarse y sobreviven a su tiempo a cambio de sacrificar esa potente carga reivindicativa que la hiciera tocar el cielo, convirtiéndose en mero entretenimiento o reliquia para las nuevas generaciones.

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América negra
Si bien son mayores los méritos que los deméritos de esta investigación, resulta bastante sorpresivo que la definición ofrecida sobre la canción protesta sea muy vaga e imprecisa, pues es concebida tan solo como una forma de música popular. Sin embargo, y a continuación, Lynskey se resarce al señalar que aunque “Strange Fruit” —compuesta originalmente por el comunista Abel Meeropol— no fue pionera en su género (ya que la protesta y la música conforman una asociación antiquísima), sí fue la primera “que trasladó un mensaje político explícito al mundo del espectáculo”, gracias a la vívida y magistral interpretación que hiciera Billie Holiday en el Café Society, en 1939. Al finalizar la canción los ojos de Lady Day se toparon con un auditorio paralizado y en sepulcral silencio, hirviendo en el remordimiento provocado no solo por su adolorido timbre de voz, sino más bien por las cruentas imágenes que emanaban de esas tres breves estrofas: cuerpos negros tendidos de una cuerda, inertes… lacerados, vejados y pudriéndose al sol, en total contraste con el bucólico paisaje del sur estadounidense. Una escalofriante y retorcida condena al racismo cuidadosamente envuelta con aquel bello lirismo que aún a día de hoy es capaz de estremecernos y conmovernos.

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En cierto sentido la historia de la canción protesta es también la historia musical de la Norteamérica negra: a lo largo de la primera parte del libro se observa que los grandes motores de descontento y frustración fueron la segmentación racial y el desprecio hacia este colectivo, acciones que vienen desde muy lejos en el tiempo. Durante la esclavitud la única vía de escape permitida a los negros fue el canto, de ahí que los himnos espirituales dieran paso, adaptados en clave, a las primeras canciones de protesta. Ya una vez abolida, muchos de aquellos cantos gozaron de una nueva vida al ser incorporados en manifestaciones o discursos, como hiciera Martin Luther King quien insertaba algunas letras en sus disertaciones. Así ocurrió con “We Shall Overcome” [2], tema que acabó por convertirse en el himno por excelencia contra la segregación racial y que gozó de gran popularidad a comienzos de los 60, durante la encarnecida lucha por los derechos civiles. Lamentablemente, este perdió impulso con los años, pues fue poco lo que se cosechó a favor de la igualdad, por lo que el “Venceremos” era ya visto como un lema fallido y desfasado.

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A medida que la represión se tornaba aún más férrea la ola de violencia, como consecuencia, crecía cada vez más y el baño de sangre alcanzó nuevas cotas. Una de ellas tuvo lugar la fatídica mañana del 15 de septiembre de 1963, en el que un miembro del Ku Klux Klan hizo estallar el sótano de una iglesia en Birmingham, Alabama, donde murieron cuatro niños negros. La furia y la indignación que Nina Simone sintió quedó musicalizada en “Mississippi Goddam” desbancando el esperanzador tema de Sam Cooke “A change is gonna come”, ineficaz frente a la barbarie que se perpetraba día tras día.

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(Nina Simone)

Resulta irónico que para algunos los 60 fueran los años del amor y de las flores, cuando en realidad fueron excesivamente convulsos, humillantes y desmoralizantes; ni siquiera el hit reivindicativo y pegadizo de James Brown “Say It Loud (I’m Black and I’m Proud)” tuvo el efecto esperado entre la gente, tanto blanca como negra, de ahí su fracaso. Por desgracia, las cartas ya estaban echadas, pues hacia el final de la década la extensa lista de víctimas contaba con tres nombres ilustres: John F. Kennedy, Malcolm X y Martin Luther King y con ellos moría también cualquier posibilidad de cambio y de conciliación.

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En pie de guerra
Otro de los acontecimientos que avivaron y vigorizaron la canción protesta fue la guerra de Vietnam, aquel trauma bélico que se alargó 20 años y que supuso el resquebrajamiento de la fe y de la moral del sistema político y social estadounidense. A nivel interno la atmósfera en el país estaba muy próxima a la de una guerra civil, mientras que externamente el conflicto con el David asiático mermaba la economía, pero sobre todo, las expectativas de vida que tenían los desorientados jóvenes americanos, atrapados entre el fatalismo y la desesperanza. Como era de esperar las manifestaciones pacifistas contaron también con su propia lista de éxitos e iconos antibelicistas, entre ellos Bob Dylan y John Lennon, la cúpula de la música popular de la época.

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La “militancia” de Dylan fue bastante breve, pues sus canciones protesta más célebres fueron compuestas entre enero de 1962 y octubre de 1963. Hablamos de “Blowin’ in the Wind”, “A Hard Rain’s a-Gonna Fall” o de “Masters of War”, que lo encumbraron muy rápido como uno de los grandes mitos del folk. La gran ironía es que a partir de entonces se vio encasillado y atrapado en su nuevo estatus de cantante antisistema y contestatario, del que públicamente renegó. Le costó muchos años poder desprenderse de esas etiquetas y al hacerlo se convirtió en el verdugo del renacimiento folk: cuando reemplazó la guitarra acústica por una eléctrica en aquella memorable edición de 1965 del Newport Festival su rechazo y hartazgo era bastante claro y directo. Dylan pasó de héroe a villano en cuestión de segundos. A partir de entonces el folk perdió fuerza, su hijo más ilustre se la había arrebatado.

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(Robert Zimmerman)

John Lennon, en tanto, encarnó la protesta más utópica y cursi sin reparar a veces en ciertos detalles un tanto contradictorios y que Lynskey, con sorna, no pasa por alto: en el video de “Imagine” lo vemos en su mansión tocando un impecable piano blanco de cola mientras le escuchamos cantar “Imagine no possessions, I wonder if you can”. Una estampa inconfundible de la izquierda caviar. Empero, entre los muchos atributos a resaltar es que como músico Lennon siempre tuvo un don para hacer que sus melodías sean eternas e inolvidables, prueba de ello es que sus canciones por la libertad y el alto a la guerra son las más versionadas y entonadas hasta ahora, pese al idealismo chicloso que exhalan. Quien diga lo contrario miente con descaro.

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Por otro lado, uno de los grandes mitos que Dorian Lynskey echa por tierra es el férreo compromiso por parte de los bandas de rock con la protesta de su tiempo. Todo lo contrario. Parece mentira, pero más allá de grabar algún tema con alusiones sociales o pacifistas, como pudieron hacerlo The Beatles, The Rolling Stones, The Doors o Alice Cooper, lo cierto es que el rock no participó en ninguna de las grandes manifestaciones que tuvieron lugar entre 1963 y 1975. Por ejemplo, más allá de sus apariciones en el Festival de Woodstock, ni Jimi Hendrix ni Janis Joplin volcaron su atención a lo que ocurría en las afueras de su hábitat musical y personal. Entre los pocos que sí lo hicieron está Country Joe and the Fish con su tema “I-Feel-Like-I’m-Fixin’-to-Die-Rag”, uno de los más icónicos de Woodstock y con el que inicia la segunda parte del libro. Otros capítulos y canciones en los que se analiza Vietnam son: “War” de Edwin Starr, “Give Peace a Chance” de Plastic Ono Band, “Ohio” de Crosby, Stills, Nash and Young o la increíble “The Revolution Will Not Be Televised”, del poeta y músico Gil Scott-Heron. Asimismo, la paranoia y las confabulaciones —aquellos representativos y coloridos souvenirs que la Guerra Fría produjo sin cesar— siguieron durante los 80. La administración de Reagan es también revisada en los capítulos “Holiday in Cambodia” de The Dead Kennedys, “Two Tribes”, de Frankie Goes to Hollywood sobre la amenaza de la devastación nuclear, así como la conocidísima “Exhuming MacCarthy” de R.E.M.

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Un Reino dividido
Mientras que Estados Unidos se desangraba en los 60, en Inglaterra, en cambio, la sangre no había llegado al río, pues gozaba de una mayor estabilidad económica y sonreía optimista una vez superada la austeridad de la posguerra. Es por ello que hacia 1965 la protesta de las bandas británicas “era más libertaria que combativa” [3]. El rock británico se caracterizó por su energía irreverente y su inconformidad ante el orden tradicional imperativo, pero en realidad nunca hubo una gran amenaza contra la cual unirse y luchar. Lynskey indica que en “My Generation”, por ejemplo, The Who defendía el derecho a divertirse alegremente. En esa línea, Paul McCartney confesó ese mismo año en una entrevista a NME: “Es verdad que no nos gustan las canciones protesta, porque no somos de los que van predicando por ahí y, además, dejamos a otros la tarea de mandar mensajes de ese estilo”. Tras la invasión británica algunos grupos terminaron implicándose —aunque de modo tangencial— con las causas políticas americanas, en parte porque la vida en su antigua colonia se les hacía menos aburrida y simplona. Sobre esto comenta Mick Jagger: “En Norteamérica las bandas de rock se han politizado mucho. Se expresan abiertamente sobre la Guerra del Vietnam. Pero cuando regreso a Inglaterra todo es completamente distinto, tan tranquilo y plácido”. Al fin y al cabo, todo artista siempre preferirá sumergirse en un océano que en una piscina, de ahí que muchos acabaran residiendo en Estados Unidos, sobre todo, porque este no dejaba de ser un mercado rentable y nada desdeñable.

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Sin embargo, en el mundo contemporáneo la bonanza socioeconómica es ante todo un bien perecedero. De ahí que a mediados de los 70 el descontento y el rechazo por la mala gestión política que tenía al Reino en crisis se tradujo en una rebeldía descreída y estéticamente provocadora: había llegado el punk para quedarse y portaba la anarquía como emblema. A diferencia de las bandas predecesoras, los punks no tenían reparo en admitir que su música era de protesta. Basta escuchar el arrollador Nevermind the Bollocks para advertir que por donde pasaban los Sex Pistols terminaba ardiendo en llamas, incluyendo ellos mismos. En contrapartida, The Clash, otra de los estandartes del punk británico, era portador de una protesta más mesurada, más familiar y conocida para el hombre común, pero también contradictoria y naif en su prédica.

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(London Calling)

Lynskey los define de una manera muy poética, aunque demoledora: “Podían ser torpes e ingenuos en cuestiones políticas, pero sus flaquezas eran inseparables de sus mejores atributos: ambos surgían de una ambición atropellada y a muerte por conectar con su público y vivir con sus contradicciones. […] Fueron la única banda de punk dotada de cierto heroísmo, una cualidad tan anticuada y potencialmente ridícula como sugestiva”.

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Curiosamente, si Norteamérica estuvo presidida por Ronald Reagan durante toda la década del 80, Margaret Thatcher hizo lo propio en el Reino Unido y juntos formaron el tándem capitalista más letal que el hemisferio occidental haya conocido. Bajo estas circunstancias era esperable que la canción protesta continuara muy latente entre las masas, cuya insatisfacción se incrementaba a diario. Para Dorian Lynskey, el tema que mejor refleja ese agrio sentimiento es “How Does It Feel?”, una dura condena a la guerra de Las Malvinas. Gracias a ello, Crass se convirtió en los nuevos abanderados de la desolación política británica. Para mala suerte de esta banda, su innegociable compromiso político fue su cruz, ya que pasaron a ser reconocidos como los portavoces del desencanto generacional y su propia música quedó en segundo plano. El autor cierra el capítulo con una reflexión penosa y amarga a la vez: “El de Crass quizás sea el fracaso más triste y noble de los que aparecen en este libro. Vivieron los ideales que expresaban en sus canciones, nunca cedieron ni un ápice y, aún así, acabaron disgregándose con una sensación de derrota y abatimiento, sin conocer las semillas que habían sembrado”.

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Los 80 también vieron la llegada de la protesta a los grandes estadios, y fue allí donde U2 consolidó su popularidad y afiló su discurso. Linskey toma la canción “Pride (In the Name of Love)”, inspirada en la figura de Martin Luther King, como eje de este capítulo. No obstante, reserva su interés a señalar cuán perjudiciales fueron los conciertos benéficos para la canción protesta, enfatizando uno en particular: el Live Aid, celebrado el 13 de julio de 1985 y que tuvo lugar en forma simultánea tanto en Londres como en Filadelfia [4]. El motivo de su realización se debió a la escasez y a la hambruna que asolaba a casi toda África, en un intento de desinteresado altruismo por parte del Primer Mundo. Lo rocambolesco de la situación era que gran parte del público prefería pensar que la desgracia africana se debía más a diferentes causas (Dios mediante) y no a la pésima gestión política o al saqueo capitalista que llevaba siglos arrasando el continente negro. Para colmo de males, la implicancia de algunos grupos con la protesta era más bien una pantomima, pues se subieron al carro solo para beneficiarse de la audiencia y del momento e hicieron la vista gorda con la problemática en cuestión. Es indignante, pero a muchos de ellos les importó más salir bien en las fotos y hacer creíble su preocupación que abrir la boca y manifestarse. Empero, este nunca fue el problema de U2 —mucho menos el de Bono— quienes siempre se han mostrado muy comprometidos con las causas sociales. Ahora bien, encuentro que hubiese sido más arriesgado y celebrado esgrimir un análisis del tema “Sunday Bloody Sunday”, no solo porque esta es una de las canciones más aclamadas de U2 y nunca falta en su repertorio en vivo, sino porque reflexiona y señala inquisitivamente la violenta situación de Irlanda del Norte. Además, nunca viene mal escuchar la opinión de un londinense como Linskey sobre este irresuelto y vergonzoso conflicto.

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La peculiaridad de este capítulo es que no se centra solo en los irlandeses, sino que comparte también sus páginas con Bruce Springsteen, uno de los pocos artistas aún capaces de congregar multitudes en estadios. El americano fue la encarnación del proletario, del trabajador incansable cuya aura salvaje le concedía cierta autenticidad dentro del viciado mundo del espectáculo. No obstante, uno de sus barcos insignia acerca del desencanto popular no fue bien comprendido y causó el efecto contrario. En “Born in the USA” Springsteen hace público su rechazo hacia la política de Reagan, pero en realidad fueron pocos quienes lo advirtieron, en gran parte debido a sus arreglos: su melodía a escala mayor con unos teclados triunfantes y marciales, además de los ásperos rugidos del cantante daban la sensación de estar escuchando una grandilocuente oda a la supremacía estadounidense, sin olvidar tampoco la bandera de fondo en la portada del álbum, al estilo del general Patton de George C. Scott. En suma, el tema acabó siendo manipulado y hoy es un clásico en las campañas electorales, y es que cada vez que lo oímos no dejamos de asociarlo con aquella imagen tricolor y estrellada del orgullo norteamericano.

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En vías de extinción
Paulatinamente, los decenios posteriores marcaron el inicio del declive de la canción protesta, pese a que el segregacionismo, las crisis económicas y las guerras a lo ancho del globo continúan floreciendo. La quinta y última parte de 33 revoluciones por minuto da cuenta de iniciativas aisladas, se trata más bien de algunos ramalazos esporádicos y circunstanciales en comparación con los movimientos reivindicativos anteriores. A inicios de los 90 se empezaba a vislumbrar el fracaso de la protesta colectiva, ya que tras años de luchas y muertes los cambios sociales eran ínfimos. Siendo honestos, son pocos los que creen que una manifestación masiva es efectiva, sobre todo en la edad virtual en la que vivimos. El cinismo y el descaro viven sus horas álgidas y se prevé que este mal tiempo se siga prolongando: las humanidades tienen casi un pie fuera de las universidades, la cultura contempla atónita y maniatada cómo se reducen sus espacios en los medios de comunicación, la tecnología dificulta cada vez más la interacción física entre nosotros, los fanatismos religiosos vuelven a cruzar fronteras y hoy en día es más frecuente presenciar el hundimiento económico de una nación que el de un transatlántico en mitad del océano.

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Fue bastante fugaz el eco que produjo la protesta de Rage Against The Machine (“Sleep Now in the Fire”) en su intento de paralizar Wall Street, pues para entonces la banda de Tom Morello estaba muy bien integrada en la industria musical de la que tanto renegaba.

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(RATM en Wall Street)

El “yo acuso” de Green Day con “American Idiot”, en comparación con el punk del 70, era más bien irrisorio y poco veraz: Billie Joe Armstrong, su vocalista, nos resultaba cuidadosamente maquillado y peinado para la ocasión, pues más que contagiarnos nos hace desconfiar, aunque a su favor hay que reconocer que ese riff es bastante pegadizo. Ni qué decir de “Their Law”, de The Prodigy, quienes a su manera reivindicaban el derecho a las fiestas abiertas, un poco en la línea de The Who, solo que 30 años después y con menos pedigrí que sus compatriotas. Tal vez la causa de Public Enemy (“Fight the Power”) gozaba de mejor salud entre los desencantos de su época, ya que la problemática racial, el tráfico de drogas o las mafias locales son tan antiguos y prolíficos que todavía siguen generando beneficios y guiones de cine.

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Es por esto que el epílogo presenta más bien un perfil lastimero y derrotista al preguntarse por el futuro de la canción protesta en la cultura popular de hoy. Sin contener su resignación, Linskey acepta que en la actualidad la protesta solo puede triunfar si se convierte en broma, en mera gracia fácil y ramplona, reafirmando tácitamente que el cinismo es mucho más fuerte que cualquiera de nuestras convicciones. De ahí que cualquier artista que desee tomar la palabra sobre este tipo de cuestiones encuentre más rápido conectarse y “despotricar” en una red social (errores ortográficos incluidos), que conectar una guitarra y expresarse mediante una canción: y es que vivimos en una época en la que el individualismo tiene mayor garantía de éxito sobre lo colectivo, y lo lamentable es que ya nada de eso nos sorprende. Es triste que nadie se arriesgue a pronunciarse en contra de nada, porque lo conveniente es quedar bien con todos antes que disentir con algunos, sin importar que con ello perdamos nuestra propia credibilidad. El horror a quedar mal va de la mano con otro muy conocido: el pánico a lo nuevo. En realidad esto viene de muy atrás, pues “innovar” es uno de los verbos que menos conjugamos. Siempre hemos mirado con recelo todo aquello que proviene de fuera, y ahora más que nunca. De ahí que el arte (la música y la poesía, principalmente) sean entendidas más como una forma de reciclaje que como un medio de transformación.

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Si hay algo que no debemos dejar de recordar es que tanto la historia como la naturaleza avanzan intercalando ciclos, hay momentos favorables para la abundancia y la opulencia y otros en los que la sequía y la hambruna asolan con mayor fuerza. Ocurre lo mismo con la canción protesta, hoy en sus horas más bajas, y eso es lo que se resalta en este fantástico libro. En lo que sí es menester ser incisivo es que habría que guardar mayor prudencia respecto a las últimas dos décadas, ya que la historia es mejor analizarla en frío y a la distancia, la perspectiva es tan vital aquí como en un campo de batalla, quizás por ello la última parte cojea un poco. No obstante, resulta amargo admitir que las canciones protesta están indisolublemente ligadas a muchas de las miserias e injusticias que hemos cometido y que continuaremos cometiendo. No nos engañemos, el rótulo de “vida inteligente” todavía nos queda grande, no deja de ser una falacia. El éxito de los grandes cambios o de las grandes revoluciones no depende solo de la persona que guía, sino también —y generalmente— de la masa que lo sigue hasta el final. Así también con la canción protesta: su repercusión y trascendencia está más en las manos de los oyentes, que somos nosotros.

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Son muy pocos los reparos hacia el libro, cuestiones mínimas, pero llamativas, como la omisión de Frank Zappa, cuya protesta estuvo también dirigida contra la siempre aberrante y ladina industria musical, siendo incluso llevado a testificar ante un tribunal en más de una ocasión. Asimismo, es curiosa la escasa atención de Lynskey hacia MC5, sobre todo luego de afirmar que las bandas de rock no se mostraron muy comprometidas con las causas políticas. Ante ese extenso desierto este grupo fue más bien un oasis, una excepcional excepción, activista y musicalmente hablando: su “Kick Out the Jams, Motherfuckers!” se ha convertido en un grito de guerra legendario.

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(MC5)

Lo que sí resulta cuestionable es el subtítulo del volumen: “Historia de la canción protesta”, lo cual no deja de ser también muy general, amplio y confuso, más que nada porque no hay un límite geográfico o cultural que sirva de orientación o punto de partida. Ello porque el autor opta casi en su totalidad por el estudio de la música popular anglosajona (británica y estadounidense, mayoritariamente), haciendo una grata e interesante excepción al incursionar en la problemática sudafricana y jamaiquina, sin olvidar que se podría escribir volúmenes tan anchos como este sobre la canción protesta en África y Centroamérica. Por esta razón, cuando llegamos al tema de Víctor Jara y del golpe de estado chileno da la impresión de que lo que tenemos al frente es más bien un apéndice ilustrativo y no un capítulo propiamente dicho, ya que es la única canción en lengua no inglesa, aunque debido a su trascendencia histórica es incluida en el compendio. Un poco como ocurre en los Oscar con las películas rodadas en otros idiomas.

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En cualquier caso, esto último no ensombrece ni descalifica ninguno de los numerosos méritos de nuestro valioso ensayo. Independientemente de su sentido histórico, 33 revoluciones por minuto es un inusual y placentero viaje por muchos de los géneros musicales más importantes del siglo XX: folk, rock, blues, R&B, soul, reggae, funk, hip hop o la música electrónica. Además, Dorian Lynskey ha sabido incluir las voces de otros colectivos, en su momento considerados “minorías”: la protesta gay está muy bien relatada en su revisión de la música disco, al igual que el feminismo de las Riot Grrrls, surgido en plena escena alternativa de los 90, cuando el Grunge —hasta el momento el último gran puñetazo del rock— tomó por asalto los medios de comunicación. Ahora bien, la mayor virtud del libro es que lleva al lector más allá de sus páginas, pues es una magnífica invitación a escuchar no solo las canciones citadas, sino también a revisar la discografía de los numerosos grupos y solistas aquí incluidos. Constituyen también un gran y ameno complemento al libro algunos documentales y películas [5], ya que enriquecen y refuerzan la lectura. Pero si hay algo que debemos tener siempre presente en nuestra memoria es que “el enemigo más grande de la creatividad es el dogmatismo”, en especial el borreguismo.
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© Reinhard Huaman Mori, del artículo.

Publicado en Operación Marte, nº 4. México, abril de 2016

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NOTAS

[1] La versión al castellano es de Malpaso Editorial (Barcelona, noviembre de 2015).

[2] El autor sostiene que la melodía original se remontaba a la Europa del siglo XVIII y que al desembarcar en las plantaciones sureñas de Estados Unidos pasó a llamarse “I’ll Be Alright”. Posteriormente, adaptó su contenido a la canción gospel de Charles A. Tindley: “I Will Overcome Someday”, y quedó como “I Will Overcome”. Ya en 1945 Lucille Simmons la utilizó para la proclama de los huelguistas negros contra la American Tobacco, en Carolina del Sur. Fue allí que el “I” fue sustituido por “We” y que el Sindicato ocupó el lugar de Dios en la canción.

[3] Ello no quiere decir que en Inglaterra no existieran grupos que hicieron del gobierno el blanco de su protesta, como pasó con The Kinks, quienes siempre se mostraron muy críticos con los problemas de la sociedad británica.

[4] Las cifras del Live Aid fueron escandalosamente positivas: Inglaterra albergó casi a 72 mil asistentes que se dieron cita en el Estadio de Wembley, en tanto que el Estadio John F. Kennedy acogió 99 mil personas. El evento fue visto por 400 millones de telespectadores y la recaudación dejó 40 millones de libras. Un histórico éxito gracias a la participación de David Bowie, Paul McCartney, Black Sabbath, Ozzy Osbourne, Bob Dylan, Eric Clapton, Tom Petty & the Heartbreakers, Led Zeppelin, The Beach Boys, Joan Baez, Santana, The Cars, Stevie Wonder y otros grandes del momento. En reconocimiento a ello se declaró que el día mundial del rock sería celebrado cada 13 de julio.

[5] Si bien no dejan de ser ficción y hay que ir con mucho cuidado, algunas películas recrean fielmente la atmósfera sociopolítica de la época en la que está situada la trama. Entre ellas menciono Ragtime (Milos Forman, 1981), Malcolm X (Spike Lee, 1992), Singles (Cameron Crowe, 1992), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), Cadillac Records (Darnell Martin, 2008), Milk (Gus Van Sant, 2008), The Iron Lady (Phyllida Lloyd, 2011), Selma (Ava DuVernay, 2014), Pride (Matthew Warchus, 2014), Get On Up (Tate Taylor, 2014), Woodlawn (Andrew Erwin, John Erwin, 2015) o Straight Outta Compton (Gary Gray, 2015). Son también muy ilustrativos los documentales: Hype! (Doug Pray, 1996), The Blues (Martin Scorsese, 2003), Live Forever: The Rise and Fall of Brit Pop (John Dower, 2003), Fahrenheit 9/11 (Michael Moore, 2004), Marley (Kevin Macdonald, 2012), R.E.M. by MTV (Alexander Young, 2014). Es, asimismo, sumamente iluminadora la zaga Zeitgeist, dirigida por Peter Joseph. Mención aparte a la playlist que el diario El País ha creado en Spotify con las 33 canciones del libro.

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Ciento y una noches. Ennio Flaiano

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(Pescara, 1910 – Roma, 1972)

 

Nos habíamos quedado en aquella plaza tras el cierre de los cafés, sentados en las sillas que se dejan al aire libre en las noches serenas. El aire era suave, cálido por el siroco; y nosotros hablábamos de la próxima guerra y de la certeza de que no estallaría. Sandro, el escritor, nos había expuesto sus ideas decididas y tranquilizadoras y muy pronto, considerando la plaza, por fin vacía de los automóviles que durante el día la convierten en un enorme garaje en desorden, la conversación se desvió hacia la arquitectura, inagotable tema nocturno.

En efecto, el dibujo de la plaza reaparecía ahora en toda su perfección, puesto de relieve por la masa oscura del Pincio, dominado por las cúpulas negras, dulcificado por los dos golfos y completado, como en un telón surrealista, por el obelisco, verdadero triunfo de aquella tabla neoclásica. En el silencio llegaba el confortante rumor de las fuentes. Un hombre no muy joven merodeaba a nuestro alrededor, inclinándose bajo las mesas e incluso entre nuestras piernas para recoger colillas de cigarrillos, sin sentirse humillado, e incluso agradeciéndonos con una torva sonrisa cuando le indicábamos con el pie alguna colilla oculta entre los intersticios de los adoquines. Después se sentó en una silla y me miraba fijamente, siguiendo el gesto de mi mano que se llevaba el cigarrillo a los labios. Esperaba a que lo tirara para irse, pero no tenía prisa; y cuando le ofrecí un cigarrillo entero lo aceptó sin entusiasmo, porque este ofrecimiento envilecía de golpe su trabajo y lo trasladaba a una dimensión, a un clima que ya no le eran familiares y que mi cigarrillo podía, por un instante, hacerle añorar. Se lo metió en el bolsillo y dejó de mirarme, más aún, se volvió hacia el obelisco, atraído por algo que allí sucedía.

Se había parado un camión y bajaban de él, saltando, algunas personas.

No se trataba de esos obreros nocturnos que abren zanjas en el empedrado para reparar algún conducto subterráneo; parecían turistas. Un poco retrasados, dada la temporada, pensamos, pero turistas, sí. La forma de su camión, larga y cuadrada, recordaba los coches usados en las sábanas o en los desiertos de África; y estaba lleno hasta el capot de depósitos suplementarios, ruedas y maletas. Incluso había una tienda que los turistas, en rápida maniobra, plantaron en el suelo, clavando los palitroques con pocos y secos mazazos. Entre tanto uno de los turistas, una mujer, había encendido un hornillo de petróleo, poniendo encima de él una cafetera.

—Vayamos a ver —dijo el escritor Sandro.

Por otra parte, ya un grupo de jóvenes noctámbulos —conocíamos a algunos— estaba rodeando admirado a los turistas. Discutían sobre la potencia de su camión, descifraban la marca en el capot, querían ser útiles, y no bastaba para desarmarlos el silencioso desprecio con que se acogían sus tentativas.

Nos mantuvimos apartados al principio; después, convencidos de que la lección de despreocupación de los turistas valía también para nosotros, ciudadanos y huéspedes, fuimos a sentarnos en la base del obelisco y desde allí seguimos lo que ya era uno de los muchos espectáculos que Roma puede ofrecer de noche.

Nos sorprendió que el cutis de los turistas fuera muy claro, desde luego no tostado por el sol de un largo viaje. Todos eran jóvenes y se movían con la ligereza y el silencio de animales prudentes, lanzándose con precisión y aferrando al vuelo ora un martillo, ora una pala, dando a sus gestos casi un ritmo de danza, que revelaba un largo hábito de vida ambulante. Cuando hirvió el agua del hornillo, la mujer preparó una bebida, la completó con un aguardiente fortísimo cuyo olor nos llegó y la sirvió en vasos de metal, tendiéndoselos a los hombres —cuatro en total—, que bebieron juntos.

Los jóvenes los contemplaban admirados.

El jefe de los turistas, un hombre enorme que llevaba anudado al cuello un pañuelo rojo, empezó entonces a dar órdenes que fueron cumplidas con un aire militar que no nos desagradó. Pensábamos en una acampada hecha por nosotros, en los miles de incidentes que habríamos provocado, negándonos a hacer algo que nos ordenara otro (¿con qué derecho?), entonando en seguida canciones, aceptando por último la propuesta, lanzada alegremente, de abandonar el camión y de emprender la caza de placeres.

Un turista que había subido al camión tiró los fusiles a sus compañeros. Eran pesados fusiles automáticos, de enormes cañones, pero los turistas los atraparon al vuelo, manejándolos como juguetes. El jefe dio otra orden y todos se pusieron cascos de acero. Dos turistas se apartaron del grupo en direcciones opuestas. Caminaban con la cabeza erguida, el fusil embrazado y con el cañón dirigido al suelo, y cuando estuvieron junto a las dos fuentes de los semicírculos se detuvieron al unísono, dieron media vuelta y un segundo después estaban en el suelo, apuntando con los fusiles hacia la entrada del Corso.

—¿Qué querrán hacer? —preguntó Sandro, inquieto.

Yo no sabía qué contestarle, esperaba una explicación suya. Convinimos en que nuestra única tarea, en vista del desarrollo de los acontecimientos, era no atraer sobre nosotros la atención de los turistas. Pero sentía que su corazón latía con violencia, como el mío.

El hombre que recogía colillas, ganado al fin por aquella escena, venía ahora hacia el obelisco, andando un poco de través, como ciertos perros vagabundos y desconfiados. Pero acabó sentándose en el estribo del camión, y a la luz del farol que brillaba sobre él nos pareció alegremente intrigado. En cuanto a los jóvenes, admiraban un cañoncito que había asomado por el techo del camión y que estaba ahora limpiando el turista destinado a los servicios. Trataban de adivinar el calibre, burlándose cada uno de las hipótesis de los demás.

El jefe dio una breve orden y el joven turista que se había quedado a su lado, junto con la mujer, vino hacia nosotros y se acurrucó a nuestros pies, dándonos la espalda y teniendo el arma con la culata en el suelo, dispuesto a embrazarla. Sentíamos su olor, un intenso olor de calor y de cansancio, aunque de animal joven. Al moverse tropezó con una pierna del escritor Sandro y se volvió a mirarlo en silencio.

—Perdone —dijo Sandro, con una sonrisa humilde, retirando la pierna.

Ahora el jefe, sentado junto a la joven, había empezado a hablarle al oído. Le decía palabras de amor, seguro, porque la joven se reía, escondiendo el rostro en el amplio pecho de él, y por último se dejó besar castamente.

El lejano ruido de una motocicleta que venía por el Corso interrumpió este idilio, que nos había tranquilizado un poco. El hombre embrazó el fusil y se tiró al suelo, imitado por su compañera. Cuando la motocicleta apareció en la entrada del Corso, la plaza retumbó con su petulante estruendo.  Un instante después oímos un seco disparo y vimos al motociclista volar al suelo como un fantoche, mientras el vehículo se daba la vuelta y quedaba funcionando con las ruedas libres y el motor encendido.

Estalló el aplauso sincero de los jóvenes simpatizantes. El jefe se puso de pie y corrió hacia el motociclista caído, un vigilante nocturno, nos pareció. Con un cuchillo de caza le cortaba ahora la garganta, para acelerar su muerte. La mujer, regocijada, se reunió con el jefe y oímos que reían, contentos. Después la mujer se acurrucó junto al cadáver del motociclista, apoyándole una rodilla en el pecho y se dejó fotografiar así por el jefe. El grupo de jóvenes simpatizantes había acudido y aplaudía, y alguno trataba de entrar en el encuadre de la fotografía, para ser eternizado. Todos felicitaban al jefe por su excelente puntería y la calidad del fusil.

El hombre que recogía colillas no pareció inmutarse demasiado, e incluso aprovechó aquel momento de felicidad para hacer su trabajo de búsqueda en torno al camión.

Como en ese mismo instante se anunciaba, con amables canciones, la llegada de la vía del Babuino de una comitiva de jóvenes y muchachas, de vuelta de algún baile, el jefe y su compañera regresaron a toda prisa a sus puestos, seguidos desordenadamente por los jóvenes espectadores, que se agazaparon riendo detrás de la tienda.

El escritor Sandro y yo nos deslizamos en torno al obelisco, dirigiéndonos rápido hacia la puerta del Popolo, trastornados por lo que habíamos visto.

—¿Qué significa esto? ¿Es la guerra?  —susurré al escritor Sandro, que me precedía jadeando y lívido de miedo.

—¡Siempre estás exagerando! —me contestó irritado, para hacerme callar.

Apenas habíamos llegado a la puerta cuando oímos cinco disparos bien medidos e incluso —nos pareció, aunque ahogados por los aplausos— gritos de dolor y de sorpresa. Cogimos a la carrera la calle hacia el río.

Allí todo estaba en calma, una noche dulcísima, pasaban los tranvías. Tras un largo silencio, atentos a escuchar si llegaba algún ruido de la plaza, y como no se oía nada, salvo el correr del río y un reloj lejano que daba las horas, el escritor Sandro sonrió con esfuerzo:

—No, nada de guerras. ¿Oyes? Ya acabó.

Y para cortarme en seco, mientras se alejaba, añadió el saludo de todas las noches:

—¡Adiós! ¡Nos telefoneamos mañana!

 

 

© Herederos de Ennio Flaiano

© María Esther Benítez, de la versión al castellano.

Tomado de Relatos italianos del siglo XX. Madrid. Alianza editorial. 1974.

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