El alfabeto del amor en Modigliani. John Berger

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(Livorno, 1884 – París, 1920)

Las fotografías muestran a un hombre que se corresponde con la lacónica descripción que él mismo nos ofrece de su persona: nacido en Livorno, judío, pintor. Triste, vitalista, irascible y tierno; un hombre que nunca llega a llenar su propia figura, un hombre que busca detrás de las apariencias. Un hombre que pintaba ojos que no pueden ver (a menudo cerrados y, aun en el caso de estar abiertos, sin iris o pupilas); unos ojos, no obstante, elocuentes por su misma ausencia. Un hombre a cuya intimidad solo podía accederse atravesando grandes distancias. Un hombre, tal vez, semejante a la música: presente y, sin embargo, separado de lo visible. Y, pese a todo, pintor.

Junto con Van Gogh, Modigliani es probablemente uno de los artistas modernos más contemplados. Y digo contemplados en el sentido literal: más mirados por el mayor número de personas. ¿Cuántas paredes tendrán en este momento pegadas postales con cuadros de Modigliani? Atrae en particular, pero no exclusivamente, a los jóvenes. A los jóvenes de una generación tras otra.

Esta fama popular no ha sido fomentada por los museos o los entendidos. Durante los últimos cuarenta años, la figura de Amedeo Modigliani, que murió hace sesenta años, ha sido reconocida y en gran medida dejada de lado por el mundo del arte. En este sentido, se podría decir incluso que Modigliani es el único pintor del siglo XX que ha conseguido un reconocimiento independiente. Al margen de los minoristas de la cultura. Fuera del alcance de los críticos. ¿Por qué había de ser así?

En sí mismas, sus pinturas requieren poca explicación. En realidad, imponen una suerte de silencio, un deseo de escuchar. El engolado zumbido del análisis se vuelve todavía más pretencioso de lo habitual. Y, sin embargo, la respuesta a esa pregunta hay que buscarla en los propios cuadros. Una sociología del gusto popular no nos sería de mucha ayuda. Ni tampoco se le puede dar más peso del que tiene a la “leyenda de Modigliani”. La historia de su vida, que se prestó fácilmente a la cinematografía y a las biografías sensacionalistas, su apoteosis como peintre maudit en los días cumbre de Montparnasse, todas las mujeres que hubo en su vida, su muerte prematura que provocaría el suicidio de Jeanne Hebuterne, su última compañera, hoy enterrada junto al pintor en el cementerio de Père Lachaise: todo ello es de sobra conocido, pero tiene muy poco que ver con las razones por las cuales sus pinturas hablan a tanta gente.

Y en esto, el caso de Modigliani es muy diferente del de Van Gogh. La leyenda de la vida de Van Gogh impregna sus cuadros, los dos tumultos se confunden. En las pinturas de Modigliani, sin embargo, por reconocibles que sean a primera vista, a un nivel más profundo siguen siendo anónimas. Ante ellas no nos enfrentamos a la huella o el esfuerzo del pintor, sino a una imagen acabada, cuya misma integridad impone una suerte de escucha durante la cual el pintor se esfuma y, a través de la imagen, el tema se va aproximando poco a poco.

En la historia del arte existen unos retratos que anuncian a los hombres y mujeres retratados: Holbein, Velázquez, Manet… y hay otros que los evocan: Fra Angélico, Goya, Modigliani, entre otros. El especial atractivo de Modigliani está seguramente relacionado con sus propios méritos pictóricos. No con los procedimientos técnicos como tales, sino con el método por el cual su visión transformaba lo visible. Toda pintura transforma incluso la hiperrealista.

Solo tomando en consideración el método utilizado en una pintura, la práctica de su transformación, podremos estar seguros de la dirección de la imagen, la dirección del paso de la imagen a través del espectador y más allá de él. Todas las pinturas vienen de muy lejos (muchas no consiguen llegar hasta nosotros), pero solo recibimos enteramente una imagen cuando miramos en la dirección por la que ha venido. Por eso, la experiencia de contemplar una pintura es muy diferente a la de contemplar un objeto.

Una sola línea curva (no así una recta) dibujada en una superficie lisa basta ya para jugar con ese poder especial de las imágenes pintadas. La curva permanece en la superficie, como cuando escribimos la letra C y, al mismo tiempo, puede abandonar dicha superficie y ser rellenada por un volumen semejante: un guijarro, una naranja, un hombro.

Modigliani empezaba todas sus pinturas con líneas curvas. La curva de una ceja, los hombros, una cabeza, una cadera, una rodilla, los nudillos. Y tras horas de trabajo, de corregir una y otra vez, de refinar, de buscar, esperaba volver a encontrar, preservar, la doble función de esa línea curva. Esperaba encontrar curvas que fueran simultáneamente letras y carne, que constituyeran algo así como el nombre de una persona para quienes la conocen. El nombre que es al mismo tiempo una palabra y una presencia física. ANTONIA.

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[Nu Assis à la Chemise]

En la época del cubismo y sus collages, no era raro que los pintores introdujeran palabras escritas o incluso letras aisladas en sus pinturas. Por consiguiente, no deberíamos dar demasiada importancia al hecho de que Modigliani haga lo mismo. Pero, sin embargo, en su caso, las letras siempre forman el nombre del modelo o la modelo; hacen, a su manera, lo mismo que la pintura: ambas evocan a la persona.

 

 

Más profundo y más importante es el hecho de que en las pinturas de Modigliani, cuando no hay palabras, aquellas líneas curvas de las que partió siguen siendo bidimensionales como las letras de imprenta y, al mismo tiempo, son tridimensionales, como la línea de una mejilla o un pecho. Es esto lo que que da a casi todas las figuras pintadas por Modigliani cierta cualidad de silueta, pese a que, en realidad, estas figuras tienen luz y son, en muchos aspectos, lo opuesto a una silueta. Pero una silueta es a la vez escritura y existencia.

Consideremos ahora el proceso, largo y a menudo violento, seguido por Modigliani desde las líneas curvas iniciales hasta la vibrante, estática, imagen acabada. ¿Qué es lo que el pintor buscaba intuitivamente mediante este proceso? Deseaba dar con una letra inventada, un monograma, una figura, que imprimiera para siempre la forma viva efímera que él estaba mirando.

La consecusión de esa forma era el resultado de numerosas correcciones y de volver a empezar una y otra vez con una forma cada vez más simple. A diferencia de muchos artistas, Modigliani empezaba con una simplificación, y el acto de dibujar era el proceso de dejar que la forma viva la hiciera más compleja. En sus obras maestras, como Nu Assis à la Chemise (1917), Elvira Assise (1918), La Belle Romaine (1917) o Chaim Soutine (1916), la dialéctica entre la simplificación y la complejidad llega a hipnotizar al espectador: lo que ven nuestros ojos oscila incesantemente, como un péndulo, entre las dos.

Y es aquí donde encontramos la gran originalidad visual de Modigliani: en su descubrimiento de nuevas simplificaciones. O, para ser más excato, Modigliani permitía que el modelo, en esa vida y en esa pose, le ofreciera nuevas simplificaciones. Cuando sucedía esto, una forma (esa parte de la letra inventada simplificada, que significaba la posición de un brazo sobre una mesa, un codo que descansa sobre una cadera, un par de piernas cruzadas), forjada por primera y única vez en el transcurso de esas sesiones de dibujo, giraba como una llave en la cerradura, y una puerta se abría de par en par sobre la vida misma de los miembros en cuestión.

Una letra inventada, un monograma, un nombre, el perfil de una llave: todas estas comparaciones ponen de relieve la cualidad de emblema acuñado que tiene el dibujo en las pinturas de Modigliani. Pero ¿qué podemos decir de su color? Los colores de Modigliani son tan reconocibles a primera vista como su uso de las líneas y las curvas. E igualmente sorprendentes. Nadie durante los dos siglos anteriores, por lo menos, había pintado una carne tan radiante como la de las figuras de Modigliani. Pero cuando uno lo compara mentalmente con Tiziano o Rubens, se ve claramente aquello que es específico a su uso del color. Es complementario a lo que ya hemos observado a propósito de su método de dibujo.

chaim soutine

[Chaim Soutine]

Sensualmente, misteriosamente (¿cómo logró ese brillo, ese rubor?), su color está articulado con el presente, con lo tangible y con lo que se extiende en el espacio, y también es emblemático. El resplandor del cuerpo se convierte en un campo emblemático de la intimidad. Es al mismo tiempo cuerpo y el aura de ese cuerpo tal como otro lo percibiría cariñosamente. Lo digo así porque el otro no tiene por qué ser un amante en el sentido sexual. Los cuerpos pintados por Modigliani son más trascendentes que los pintados por Tiziano o Rubens. Tal vez guarden cierta afinidad con algunas de las figuras de Botticelli, pero el arte de Botticelli era social, su simbolismo y sus mitos eran públicos, mientras que los de Modigliani son solitarios y privados.

 

Cuando los críticos examinan las influencias en el arte de Modigliani (tenía treinta años y todavía le quedaban otros siete de vida cuando logró una independencia artística verdadera), suelen referirse a los primitivos italianos, al arte bizantino, a Ingres, a Toulusse-Lautrec, a Cézanne, a Brancusi y a la escultura africana. Esta última tuvo de hecho una influencia directa en sus tallas, las cuales, en mi opinión, carecen de toda importancia cuando se las compara con su pintura. Su escultura es siempre una especie de estuche: el espíritu de los temas representados nunca sale al exterior. Nada de lo observado con respecto a la dialéctica visual en Modigliani puede aplicarse a su escultura.

Y, sin embargo, siempre me ha parecido que, de poder compararlo con algo, el arte de Modigliani guarda cierta relación con el icono ruso, aunque en este caso probablemente no se trate de una influencia directa. La profunda afinidad existente entre ambos no es estilística. A veces puede darse cierto parecido superficial en las “siluetas” de las figuras, pero en general las figuras del icono son más fluidas, menos tensas; su gracia era un elemento dado y no tenía que ser rescatada cada vez. El parecido reside en la calidad de la presencia de las figuras.

Están presentes. Han sido convocadas y aguardan. Aguardan con tal paciencia, con tal calma, que casi se podría decir que esperan con abandono y que lo que han abandonado es el tiempo. Están inmóviles, como la costa está inmóvil ante el incesante movimiento del mar. Están ahí para cuando todo haya quedado dicho y hecho. Y esta distancia (que no es una cuestión de superioridad, sino de capacidad de abarcar, en el mismo sentido en que el tejado abarca todo lo que sucede dentro de la casa) significa que en su presencia hay una cualidad de ausencia. Todo esto en un primer nivel. En un segundo nivel, no bien entran en la imaginación del espectador —y es a esto a lo que están esperando—, se vuelven más presentes que lo inmediato.

Es obvio que esta afinidad no puede llevarse muy lejos. Por un lado, tenemos unas imágenes religiosas propias de la fe tradicional; por el otro, unas imágenes profanas arrancadas de una vida moderna solitaria y tempestuosa. Pero la admiración que sentía Modigliani por la poesía mística de Max Jacob, gran parte de sus lecturas y los títulos que dio a algunas de sus pinturas no hacen sino recordarnos que él, por lo menos, no hubiera encontrado del todo sorprendente esta comparación.

Antes de tratar de dar una respuesta a la cuestión con la que hemos comenzado, hagamos un pequeño resumen de las consideraciones hechas hasta el momento. Modigliani quería que sus pinturas nombraran los temas representados. Quería que tuvieran la permanencia de un signo, como un monograma o una inicial e, igualmente, quería que poseyeran la variabilidad, la temperamentalidad, la sensibilidad de la carne. Quería que sus pinturas invocaran la presencia del modelo o la modelo y que al mismo tiempo la difuminaran, la hicieran evanescente como un aura, en su propia imaginación, en su propia memoria, y en las del espectador.

Quería que sus pinturas se dirigieran a la carne y al alma. Y esto es lo que logró en sus mejores obras, no mediante la nostalgia o el anhelo, sino mediante su método pictórico.

Sus cuadros son extensamente aclamados porque hablan del amor. Un amor que unas veces es explícitamente sexual, y otras no. Muchos artistas han pintado imágenes polarizadas por sus propios deseos, pero Modigliani pintó imágenes como las que inventa el amor para representar a la persona amada. (Cuando no había ternura entre él y el modelo o la modelo, no lo consiguió, y el resultado es un mero ejercicio).

El hecho de que generalmente pudiera lograrlo sin por ello caer en el sentimentalismo es una consecuencia de su extraordinario rigor. Modigliani sabía que el problema era encontrar y revelar las leyes estructurales, la gestalt, de las maneras que tiene el amor de visualizar a la persona amada. Sus cuadros hablan del amor romántico, de la seducción; sus imágenes se refieren al hecho de estar enamorado. Son diferentes, por ejemplo, de las imágenes del amor como conocimiento, como entendimiento mutuo, propias de Rembrandt.

Sin embargo, pese a su romanticismo, Modigliani se negó a recurrir a los símbolos, los gestos, las sonrisas o expresiones obviamente románticas. Por ello, probablemente, suprimió tan a menudo la mirada de los ojos. En su postura más extrema, no estaba interesado en los signos evidentes de amor recíproco. Sino solo en cómo el amor sostiene y transmite su propia imagen de los seres amados. En cómo la imagen se concentra, se difunde, se distingue, y es al mismo tiempo emblema y existencia, como un nombre. ANTONIA.

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[John Berger]

Todo comienza con la piel, la carne la superficie de ese cuerpo, el revestimiento de esa alma. Lo mismo da que el cuerpo esté desnudo o vestido, que la extensión de esa piel se encuentre finalmente limitada por un mechón de cabello, por el cuello de un vestido o por el contorno de un torso, de un costado. Lo que importa es que el pintor haya cruzado o no esa frontera imaginaria de intimidad al otro lado de la cual empieza una ternura vertiginosa. Todo empieza con la piel y lo que la perfila. Y todo concluye ahí también. Modigliani acumuló sus apuestas artísticas a lo largo de ese perfil.

 

¿Pero qué es lo que está en juego? El antiguo —¡y qué antiguo!— encuentro entre lo finito y lo infinito. Ese encuentro, esa cita recurrente, solo tiene lugar, que nosotros sepamos, en el seno de la mente y el corazón humanos. Y es al mismo tiempo muy complicado y muy sencillo. Un ser amado es finito. Los sentimientos que provoca se viven como infinitos. Contra la ley de la entropía solo existe la fe del amor. Pero si esto fuera todo, no habría contorno, solo una mezcla, una confusión de los dos.

Un ser querido es también singular, diferenciado, único. Cuanto mejor acertamos a definir, al margen de todo valor dado, más íntimamente amamos. El perfil finito demuestra su opuesto: la emoción infinita provocada por lo que contiene. Esta es la razón más profunda del frecuente alargamiento que sufren los rostros y figuras pintados por Modigliani. Ese alargamiento es el resultado de la definición más precisa posible, de querer llegar más cerca.

¿Y lo infinito? Lo infinito en las pinturas de Modigliani, como en los iconos, abandona el espacio y entra en el reino del tiempo a fin de intentar vencerlo. Lo infinito busca un signo, un emblema; se vincula a un nombre que pertenece a una lengua y que, a diferencia del cuerpo, es perdurable. ANTONIA.

No estoy intentando sugerir que todo el secreto del arte de Modigliani o de lo que dicen sus pinturas es idéntico al secreto de estar enamorado, pero ambos tienen algo en común. Y puede que sea esto lo que se les escapa a los historiadores del arte, pero no a quienes han pegado postales con pinturas de Modigliani en las paredes de sus cuartos.

(1981)

© Herederos de John Berger

© Pilar Vásquez Álvarez, de la versión al castellano

de: El sentido de la vista. Alianza editorial. Madrid. 2017

Los Melvins están vivos. Kurt Cobain

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(Aberdeen [Washington], 1967 – Seattle, 1994)

Las PALABRAS son una mierda. Es decir, que ya se ha dicho todo. No recuerdo la última vez que mantuve una conversación realmente interesante. Las PALABRAS no son tan importantes como la energía que proporciona la música, sobre todo en directo. No creo haber leído nunca una buena descripción en un libreto con letras de canciones, salvo en el caso de WHITE ZOMBIE, cuyas letras me recuerdan que solo en la lengua inglesa existe tal cantidad de palabras, y que ya han sido utilizadas todas las imágenes buenas, así como todos los nombres de los grupos y los títulos de LP buenos, por no hablar de la maldita música en sí. JO, no quiero parecer tan negativo pero estamos hablando de los MELVINS. En un concierto en vivo de los MELVINS es imposible entender la mayor parte de las letras (como ocurre con otras bandas) pero seguro que SIENTES la ENERGÍA negativa. La música es ENERGÍA. Un estado de ánimo, una atmósfera. SENTIMIENTO. Los MELVINS son y siempre serán los pilares de la EMOCIÓN. No hablo de la puta compasión humana, esta es una de las pocas cosas realistas que sirven para recordarnos que vivimos día a día rodeados de VIOLENCIA.

Esta música tiene su momento y su lugar. Así que si lo que quieres es shake your groove thang al ritmo de un rock primario y sencillo, ¡ve a ver un puto grupo en un bar! Los MELVINS no son para ti. Y es probable que ellos no quieran saber nada de ti.

Como ya he dicho antes no me van mucho las letras, así que no les pido eso. Por lo visto, sus letras son casi tan importantes como la música. En el caso de ellos, debo reconocer que, aunque a duras penas logre descifrar las letras de sus canciones, percibo que expresan tanta emoción como la música y, por tanto, te ruego con hipocresía, “BUZZ”, que en el próximo disco incluyáis un libreto con las letras y, si es necesario, añadáis una explicación en cada verso. Estoy seguro de que haríais las delicias de muchos chicos, colega.

 

Hablando de BUZZ, el pelo a lo afro le queda mejor que a ese tipo de la peli de CAR WASH. Creo que debería sacar provecho de ese prodigio de cabellera y ser el primero en superar los símbolos rapados del hip hop y la genialidad arquitectónica del arte capilar y ESCULPIRSE un cactus estrambótico y alucinante o una cornamenta a lo Bull Winkle.

Buzz compone las canciones, primero los riffs, luego las letras, ¡y vaya si son buenas! Es un TÍO MAJO en todos los sentidos.

DALE ha adelgazado, se ha decolorado el pelo y se lo ha cortado. Toca más duro si cabe y es un TÍO MAJO en todos los sentidos.

LORI le da mil vueltas a John Entwistle, y es un tío majo en todos los sentidos.

Les gustan los GYUTO MONKS, un coro tántrico tibetano.

Una de las pocas formas de comunicación religiosa que han llegado a impactarme emocionalmente junto con los MELVINS y quizás, eh, los STOOGES y el EP Raping a Slave de los SWANS. Lo único bueno que ha hecho MICKEY HART en toda su vida ha sido traer de gira a este grupo sagrado de monjes que, según he oído decir a muchos, parecía algo así como un circo impersonal o la parada de los monstruos. Bueno, necesitaban dinero para construir un nuevo monasterio. Probablemente no repararan en los repulsivos fans de Grateful Dead que había entre el público. ¡Qué asco!

La técnica especial de vocalización de dichos monjes consiste en un prolongado estudio que tiene como fin emitir tres notas o un acorde entero en forma de largas salmodias, las cuales transmiten una sensación inquietante y balsámica.

 

 

© Herederos de Kurt Cobain

© Ángeles Leiva, de la versión al castellano

de: Kurt Cobain. Diarios. Reservoir Books. Barcelona. 2016.

Octavio Paz. Lenguaje-espacio-tiempo

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(México, 1914-1998)

La fijeza es siempre momentánea. ¿Cómo puede serlo siempre? Si lo fuese, no sería momentánea —o no sería fijeza. ¿Qué quise decir con esta frase? Probablemente tenía en mientes la oposición entre movimiento e inmovilidad, una oposición que el adverbio siempre designa como incesante y universal: se extiende a todas las épocas y comprende a todas las circunstancias. Mi frase tiende a disolver esa oposición y así se presenta como una taimada transgresión del principio de identidad. Taimada porque escogí la palabra momentánea como el complemento de fijeza para atenuar la violencia del contraste entre movimiento e inmovilidad. Una pequeña superchería retórica destinada a darle apariencia de plausibilidad a la infracción de la lógica. Las relaciones entre la lógica y la moral son inquietantes: es turbadora la facilidad con que el lenguaje se tuerce y no lo es menos que nuestro espíritu acepte tan dócilmente esos juegos perversos. Deberíamos someter el lenguaje a un régimen de pan y agua, si queremos que no se corrompa y nos corrompa. (Lo malo es que régimen-de-pan-y-agua es una expresión figurada como lo es la corrupción-del-lenguaje-y-sus-contagios). Hay que destejer (otra metáfora) inclusive las frases más simples para averiguar qué es lo que encierran (más expresiones figuradas) y de qué y cómo están hechas (¿de qué está hecho el lenguaje? y, sobre todo, ¿está hecho o es algo que perpetuamente se está haciendo?). Destejer el tejido verbal: la realidad aparecerá. (Dos metáforas). ¿La realidad será el reverso del tejido, el reverso de la metáfora —aquello que está del otro lado del lenguaje? (El lenguaje no tiene reverso ni cara ni lados). Quizás la realidad también es una metáforta (¿de qué y/o de quién?). Quizás las cosas no son sino palabras: metáforas, palabras de otras cosas. ¿Con quién y de qué hablan las cosas-palabras? (Esta página es un saco de palabras-cosas). Tal vez, a la manera de las cosas que hablan con ellas mismas en su lenguaje de cosas, el lenguaje no habla de cosas ni del mundo: habla de sí mismo y consigo mismo. (Thoughts of a dry brain in a dry season). Ciertas realidades no se pueden enunciar, pero cito de memoria, “son aquello que se muestra en el lenguaje sin que el lenguaje lo enuncie”. Son aquello que el lenguaje no dice y así dice. (Aquello que se muestra en el lenguaje no es el silencio, que por definición no dice, ni aquello que diría el silencio si hablase, si dejase de ser silencio, sino…) Aquello que se dice en el lenguaje sin que el lenguaje lo diga, es decir (¿es decir?): aquello que realmente se dice (aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es ni silencio ni voz, aparece) es aquello que el lenguaje calla (la fijeza es siempre momentánea).

 

Vuelvo a mi observación inicial: por medio de una sucesión de análisis pacientes y en dirección contraria a la actividad normal del hablante, cuya función consiste en producir y contruir frases, mientras que aquí se trata de desmontarlas y desacoplarlas —desconstruirlas, por decirlo así—, deberíamos remontar la corriente, desandar el camino y de expresión figurada en expresión figurada llegar hasta la raíz, la palabra original, primordial, de la cual todas las otras son metáforas. Momentánea es metáfora —¿de qué otra palabra? Al escogerla como complemento de fijeza incurrí en esa frecuente confusión que consiste en atribuir propiedades espaciales al tiempo y propiedades temporales al espacio, como cuando decimos “a lo largo del año”, la “carrera de las horas”, el “avance del minutero” y otras expresiones de ese jaez. Si se sustituye la expresión figurada por la directa, aparecerá el contrasentido: la fijeza es (siempre) movimiento. A su vez, fijeza es una metáfora. ¿Qué quise decir con esa palabra? Tal vez: aquello que no cambia. Así, la frase podría haber sido: lo que no cambia es (siempre) movimiento. El resultado no es satisfactorio: la oposición entre no-cambio y movimiento no es neta, la ambigüedad reaparece. Puesto que movimiento es una metáfora de cambio, lo mejor será decir: no-cambio es (siempre) cambio. Al fin parece que he llegado al desequilibrio deseado. Sin embargo, cambio no es la palabra original que busco: es una figura de devenir. Al sustituir cambio por devenir, la relación entre los dos términos se altera, de modo que debo reemplazar no-cambio por permanencia, que es una metáfora de fijeza como devenir lo es de llegar-a-ser que, por su parte, es una metáfora del tiempo en sus transformaciones incesantes… No hay principio, no hay palabra original, cada una es una metáfora de otra palabra que es una metáfora de otra y así sucesivamente. Todas son traduccines de traducciones. Transparencia en la que el haz es el envés: la fijeza siempre es momentánea.

 

Empiezo de nuevo: si es un contrasentido decir que la fijeza siempre es momentánea, no lo será decir que nunca lo es. La luz del sol de esta mañana ha caído sin interrupción sobre la inmóvil superficie de la mesita negra que está en un rincón del patio de vecinos (al fin tiene una función en estas páginas: me sirve de ejemplo en una demostración incierta) durante el poco tiempo en que se despejó el cielo anubarrado: unos quince minutos, lo suficientes para mostrar la falsedad de la frase: la fijeza nunca es momentánea. El tordo plateado y oliváceo, posado en un filo de sombra, él mismo sombra afilada vuelto luz erguida entre y contra los diversos resplandores de los vidrios rotos de botella encajados en los bordes de un muro a la hora en que las reverberaciones deshabitan el espacio, reflejo entre reflejos, instantánea claridad aguzada hecha de un pico, una plumas y el brillo de un par de ojos; la lagartija gris y triangular, espolvoreada por una finísima materia apenas verdosa, quieta en una hendedura de otra barda de otra tarde en otro lugar: no una piedra veteada sino un trozo de mercurio animal; la mata de hojas frescas sobre las que de un día para otro, sin previo aviso, aparece un orín color de fuego que no es sino la marca de las armas rojas del otoño y que inmediatamente pasa por diversos estados, como la brasa que se aviva antes de extinguirse, del cobre al tinto y del leonado al requemado: en cada momento y en cada estado siempre la misma planta; la mariposa aquella que vi un mediodía en Kasauli, clavada sobre un girasol negro y amarillo como ella, las alas abiertas, ya una muy tenue lámina de oro peruano en la que se hubiese concentrado todo el sol de los Himalayas —están fijos, no allá: aquí, en mi mente, fijos por un instante. La fijeza siempre es momentánea.

 

Mi frase es un momento, el momento de fijeza, en el monólogo de Zenón de Elea y Hui Shih (“Hoy salgo hacia Yüeh y llego ayer”). En ese monólogo uno de los términos acaba por devorar al otro: o la inmovilidad solo es un estado del movimiento (como en mi frase) o el movimiento solo es una ilusión de la inmovilidad (como entre los hindúes). Por tanto, no hay que decir ni siempre ni nunca, sino casi siempre o casi nunca, solo de vez en cuando o más de lo que generalmente se piensa y menos de lo que esta expresión podría indicar, en muchas ocasiones o en rarísimas, con cierta constancia o no disponemos de elementos suficientes para afirmar con certeza si es periódica o irregular: la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) es momentánea (siempre, nunca, casi siempre, casi nunca, etc.) la fijeza… Todo esto quiere decir que la fijeza nunca es enteramente fijeza y que siempre es un momento del cambio. La fijeza es siempre momentánea.

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© Herederos de Octavio Paz

de: El Mono Gramático. Seix Barral. Barcelona. 2014

 

Luis Miguel Hermoza. PUEBLO JOVEN

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(Trujillo, Perú – 1977)

 

V

Peces de dos cabezas sueltan burbujas

que en la superficie revientan

Niños de una cabeza les lanzan piedras

Es la única forma de cazarlos

a los niños

 

El puente cayó anoche

y ha dejado mi ciudad sumida

en una isla

 

Muchas horas dormimos pero también jugamos

a que podemos caminar sobre el agua

pierde el que se ahoga primero

en otras palabras el que se atreve

 

No hay tormentas

ni lluvia de granizo

 

No hay huracanes

que nos quiten el sueño

 

Recorremos la autopista

hasta la Cueva de Murciélagos

no tienen mucho que contarse pero hablan entre sí

y cuando se asustan apestan

 

Ellos salen de noche pero cada vez

quedan menos horas

 

 

VI

Perros callejeros van

por lo que queda de la calle

 

Sus familias desaparecieron cuando el cielo les cayó encima

otros perros se hicieron cargo de los restos

aves de rapiña de distintos colores

poblaron el cielo como una nube

gatos salvajes

hienas venidas del desierto

niños que buscaban comida

hasta que llegó la noche y con ella el olvido

 

Todos nos hacemos a un lado cuando llegan

si es que no nos escondemos

las veces que a lo lejos vemos el polvo que levantan

 

Entonces oramos a nuestra suerte que nos abandona

para que esta vez

no

lo haga

 

No son guerreros de ejércitos enemigos

Pero como si lo fueran

 

 

*

Podemos doblar barrotes con las manos

romper vidrios con los dientes

 

hacer polvo las rocas con los dedos

mover montañas

 

perforar paredes con el láser rojo de nuestros ojos

mandar de vuelta a casa las olas

 

las lluvias con sus tormentas bajo el brazo

la arena enloquecida con su vorágine en la espalda

 

las cumbres con sus barbas blancas en la maleta

derrumbar acantilados con la energía acumulada de nuestras palmas

 

derribar aves de hierro de un escupitajo

apagar volcanes con la orina

 

desviar tormentas con un soplo

incendiar bosques con un tronar de dedos

 

convertirlos en desiertos y los desiertos llenarlos de agua

secar los ríos

 

secar los lagos

bebernos hasta la última gota de las fuentes

 

eructar el pasado que comienza ahora

hacer vibrar las cuevas

 

hacer huir los animales

hacer caer los frutos verdes de un solo grito

 

hacer el amor cien veces antes de que la noche

caiga

 

ahogar en placenta cada una de nuestras consciencias

apagar los remordimientos como una vela

 

mirar el horizonte saber que es nuestro

porque sí es nuestro n u e s t r o

 

que es lo mismo a MÍO pero

cuando se abre la tierra y nos traga

 

pero cuando se abre la tierra y nos traga

pero cuando se abre la tierra

 

y nos

traga

 

de: Pueblo Joven
(Londres, Trafalgar Square, 2011;
México D.F., Cátedra Miguel Escobar G., 2012)

 

 

IV. en la pantalla de mi ordenador, tres adolescentes se disponen a desnudarse, tienen entre once y trece años y van a una escuela de New Auckland, todo esto lo sé porque he seguido la conversación que entablan con el mundo desde que la casualidad me hizo toparme con ellas, el mundo somos veintisiete individuos, la mayoría, como yo, anónimos y silenciosos, otros sin embargo seres de carne y hueso, adolescentes semidesnudos que además muestran sus caras y que esperan, con su inglés lleno de jerga, alentarlas hasta que nada las cubra, ellas responden al nick xxlovefallingyouxx y yo les creo, morado, el presidente, su mano impecable en alto está jurando por Dios, los seres vivos, los muertos que tuvimos y tendremos, su mentón como una melodía afilada frente a una ventana que da al río, las aguas corren lentas por el río, al final de la tarde el sol se refleja como un ojo de fuego que las entibia, pero es mentira, afuera hace un frío de inicios de primavera y el agua que baja recoge toda la severidad de las cumbres, Morgane toma café o té frente a otra ventana, tiene veintidós años y cuando no está de vacaciones va a la universidad de Aix-en-Provence, todos los jóvenes de la región dejan sus ciudades y pueblos para estudiar en Aix-en-Provence, se aburren, follan, y se vuelven a aburrir, se emborrachan, y ni bien pueden huyen, las chicas a países tropicales donde reposar los senos, los chicos a la gran ciudad que los espera con sus piernas abiertas que huelen a cloaca, todos nos internamos en las ciudades y como niños ahí crecemos y volvemos a crecer, hoy desenfundé un disco de Cocteau Twins y me acordé de mis amigos de la infancia, las naves que montábamos eran caballos que iluminaban la avenida polvorienta, había planetas sin nombre, habitantes sin alguna cosa, personajes que nunca antes habíamos visto y nunca más volveríamos a ver, algunos, de nosotros, se perdieron, es decir no regresaron, entre las selvas que saltaban de las esquinas como olas del pantano, troncos, moho y un carbunclo es lo que pudimos recuperar de ellos y lo que mostramos a sus familias como prueba, al acabar la tarde, nuestras madres o niñeras gritaban nuestros nombres desde la boca del pozo, sonrientes y pintadas parecían todas un eclipse, he escuchado cientos de veces Pandora, antes de dormir y al levantarme, cuando mi madre asomaba la cabeza para comprobar si aún dormía Arturo o no, cuando venía Grieg, Liszt y sus amigos compositores de nombres monosilábicos a beber y danzar, los he visto sacar la cabeza por las escotillas y vomitar, los he visto pegar gritos que rasgaban tímpanos, los he visto hablar con demonios que solo existían en sus cabezas, retozar en el lodo, destrozar cintas de los grupos que odiaban, los he visto reducir perros, robar libros, hacer rugir guitarras eléctricas, mear en los árboles de las casas que alojaban la fiesta, asesinar, desatar su odio, jugar a la pelota con una cabeza Maya, los he visto integrar sectas, copular, chatear, cantar boleros, partir por las vías del tren con una mochila en los hombros, crear una gran mentira que de decirla tanto terminaban creyendo, me siento orgulloso de ellos y de todo lo que hicimos y dejamos de hacer, también me siento orgulloso de estas tres chicas que muestran la vorágine de sus sexos y convierten la penumbra de nuestras habitaciones en un pequeño caos fluvial, la gente se lanza de las embarcaciones abandonando sus objetos personales que tragará el río, ellas siguen las indicaciones de un individuo, el más simpático de todos, que porta una máscara anti-gas, de alguna manera, me hacen pensar en los pequeños monstruos con los que me crucé cuando niño, con los que fui creciendo, un día me dejaron, un día decidieron no quedarse, pero cuando vuelven a rendirme una visita no queda cabeza que se parezca a algo, mi psicólogo me cuenta historias de terror, mi psiquiatra me receta pastillas de colores, mi psicoanalista me quiere cobrar 90 euros la hora, mi jefe dice que debo producir más, los caballos pastan en la jungla seca, las culebras buscan pareja entre los matorrales que prenden fuego, el agua se fue huyendo del ganado y el ganado no sabe qué hacer

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V. una mañana descubrí algo nuevo en mi cara, en la punta de mi nariz había un punto dorado, resplandecía como un pequeño sol sobre una gran montaña, que derrite la nieve y la convierte en río donde solo los peces escamas de bronce sobreviven, osos, zorros y marmotas acometían con sus acciones cotidianas que les demandaban sus respectivas supervivencias, era un sol de inicios de primavera, no me preocupé, salí a la calle, saludé a mi amigo el cojo que vende suerte, al jorobado que vende fruta, al tuerto que vende almas, juntos parecían una banda de rock en busca de bajista, pero esta vez los saludé por separado, de camino a la estación cayó una tormenta en la que desde luego no traía paraguas, así que me empapé bajo el toldo de un comercio abandonado, que tampoco resistió la violencia del agua ni de su amigo el viento que lo arrancaron de cuajo y volando se lo llevaron hasta otra península, por un momento la gente corrió despavorida a refugiarse bajo lo que fuera, un sombrero sin copa, un poste sin electricidad, la entrepierna peluda de una madre que además es callejera sin calle ni paseantes, sin esquina ni Pedro, la barriga llena sin corazón contento que asomaba de la fiesta de la niña-medio-adulta, chambelán y un río rosado se deslizaban por debajo de la puerta, todos desaparecieron y no vi ni un alma, los imaginé bien protegidos y cobijados, durmiendo otro sueño, de noche desperté, el pequeño día continuaba ahí como zanahoria que cuelga, resplandeciendo en mi nariz sin vergüenza, yo continué mi camino entre las calles inundadas, abandonadas y malolientes de las ciudades, Lima, Barcelona, París, Budapest, que en su momento dieron a más de uno en el pecho como un flechazo que desangra hasta la última gota pero que ahora no son más que nombres en el mapa confuso de cualquier memoria, yo juraría, LO JURO, juraría que las vi incendiarse bajo una batalla que no era otra cosa que lluvia de fuego que caía una tarde en plena hora de la cena de un día tan festivo como familiar, el pavo, el cerdo, la lechuga, el cuy, el puré de manzana, lo que fuese que conformase el bolo alimenticio del momento se atragantó ante nuestra sorpresa, la ceniza y el desierto se los llevó el viento, la palabra y el grito los arrastró el agua, escuché a una señora decir qué bello es el olor a tierra mojada por la lluvia, a un señor pedir vino y, entre gritos, reclamarle al camarero que no le había traído el pan, su acento era de otro mundo, y así fue, se fue tras su último cigarrillo como un parpadeo sin dejar propina, en el parque, niñas y niños de colores discutían por tocar mi bola, yo les dejaba hacer frente a las sonrisas complacidas de sus padres infieles y despreocupados, así se me pasó la tarde, entre el pasto y las caricias de los niños, babeé, a la mañana siguiente, el pequeño sol ya no lo era tanto pero en mi nariz continuaba, bajo él corrían búfalos y caballos salvajes de cuyas bocas salía fuego, corrían para aplacarlo en las aguas tibias del río donde todas las especies confluyen, había ciervos y zebras, zorros y avestruces, bisontes, jirafas y leones, cocodrilos y todo lo que pudiese perder la cabeza de un mordisco y que viviese a cincuenta kilómetros a la redonda, con mi sábana caliente pegada a mi nariz salí a buscar comida al pueblo, esa noche dormí, con las puertas y ventanas abiertas, el viento me leyó libros antiguos, me acarició con sus yemas antes de introducírmelas, el médico me dijo que se trataba de un cáncer que había hecho metástasis, me dio cuatro semanas de vida, una por cada sinfonía de Bhrams

 

de: II
(Lima, Nos Es Nada ed., 2013)

 

 

*

ayer después de comer salí a buscar los poemas completos de

Trakl el incestuoso el perro que se mató a los 27

amaba a su hermana y su

 

hermana le correspondía hacían el amor como culebras y

como culebras vivían lamían el suelo

de las habitaciones más

 

silenciosas de su tibio hogar y oscuras y húmedas cuanto más

pestilentes mejor: les aseguraba que nadie

fuera con las narices

 

a meterlas en sus agujeros no obstante siempre hay un/unahijo

/hijadeputa introduce la cabeza con los ojos

por delante afirma son focos

 

que puede ver en la oscuridad que puede que lo sabe Hölderlin

me lo dijo es decir me lo susurró yo lo leía tirado

en la cama sin haberme

 

duchado por tres días sosteniendo su edición bilingüe 500

páginas con bacterias rojas que lamían mi

cuerpo mientras el cielo

 

que amenazaba con caer no caía yo dejaba que recorriesen

cada poro cada milímetro cuadrado entre poro

y poro su banquete era

 

yo Hölderlin me recordó que alguna vez tuve a Trakl entre

mis manos sucumbí a su edición también

bilingüe que leí entre

 

temblores [hace años]: —¡qué fácil olvida la gente! —y tenía

razón: fácilfácil me levanté furioso y entré

en la ducha ¿cómo era

 

posible que lo hubiese olvidado? por respeto a los que no

me conocen me bañé por respeto a mis

antepasados me bañé

 

muertos están apestan de cualquier forma sin embargo lo hice

por ellos bajo las aguas realicé cálculos:

amigos enemigos conocidos

 

desconocidos todos y cada uno de aquellos con los que me

crucé hacía 10 años pasó por mi mente eran

sospechosos eran culpables

 

recordaba el libro tirado como un holgazán al lado de mi cama

en el pequeño cuarto de Barcelona como una

biblia al lado de La Biblia

 

era tan real podía tocarlo entonces apareció un agujero en mi

pecho que el agua pronto comenzó a recorrer

unos dirán lavándome yo

 

diré vaciándome frente a mi hamburguesa con queso a través

de la ventana vi el cielo furioso casi negras las

nubes corrían llevaban

 

todo lo que puede llevar una nube a dónde sea que vaya

el aire electrificado hacía ver los seres vivos

luminosos los pájaros eran

 

estrellas titilantes los árboles cabelleras resplandecientes las

cebollas puntos de luz por un momento fue

gracioso dudé pero salí ni

 

bien puse el pie en la vereda la amenaza se hizo agua

 

sobre MÍ

sobre MI MÍ

 

 

*

hace un par de días en la ciudad de los 9000000 alguien

cometió un atentado murieron 200 embutidos

enteros jamón chorizo

 

butifarra todo tan cancerígeno que mata sabotea cuelga

gotea grasa un poco de queso patatas fuego:

tienes ya una raclette

 

por algún lugar acontece una batalla al norte de la ciudad

los disparos se suceden nadie los ha escuchado

pero lo sabemos las

 

granadas se lanzan intuimos los gritos las maldiciones

hablaban lenguas ancestrales en toda su

descomunal potencia: —no

 

es mi novio —dijo gritó ¿quién va a creerle ahora? ¿qué dirá

su familia? ¿quién tomará su declaración?

hay un video unas

 

animaciones una infografía y un relator en la tele no la veo

pero no hay forma de escapar no creo en lo que

se cuenta ni de lo que se

 

muestra y esto desde luego no le importa un carajo a

nadie: —Hölderlin si hay algo cierto es que

estamos en peligro sea

 

quien sea el malo sea quien esté en el frente el viajero

que se ha sentado a mi costado huele a pólvora

sus axilas huelen a pólvora

 

de su entrepierna sube humo amarillo sus zapatos están

a punto de estallar es guerrero y va vestido

de civil me miro en el

 

reflejo de la ventana soy una piña con detonador que se

arregla la peluca el vagón del tren está vacío y

este criminal ha decidido

 

sentarse a mi costado recorremos juntos los 15 minutos entre

La Défense y Châtelet-Les Halles la estación

más segura de Francia

 

ahora hoy día en este instante el asesino en serie me sigue

cuando me levanto el asesino en serie se

detiene junto a mí frente

 

a la puerta este asesino en serie baja conmigo toma la misma

escalera eléctrica que yo se dirige a mi misma

salida camina tras de mí

 

el sabueso y en la puerta principal me abandona siento que lo

extraño siento que lo quiero: —desconocido ven

sigue mi camino

 

desconocido acompáñame ayúdame a soportar la lluvia

que lava mi ciudad-lago que arrastra

perros marmotas cae

 

como si nos odiara

AGUA en el charco

cántaro al AGUA

 

 

de: Tan igual pero distinto
[ I N É D I T O ]

 

 

 

A los pobres, ¡matémoslos a palos! Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

(París, 1821 – 1867)

 

Me había recluido durante quince días en mi habitación, rodeándome de los libros entonces de moda (hará dieciséis o diecisiete años); es decir, de los libros en los que se trata del arte de hacer a los pueblos felices, buenos y ricos, en veinticuatro horas. Había, por lo tanto, digerido —esto es, engullido—, todas las lucubraciones de todos aquellos empresarios de felicidad pública —de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos y de aquellos que los persuanden de que son todos reyes destronados. No resultará sorprendente que estuviese entonces en un estado de espíritu próximo al vértigo o a la estupidez.

Tan solo me había parecido que, recluido en el fondo de mi intelecto, sentía el oscuro germen de una idea superior a todas las fórmulas caseras, cuyo diccionario había recorrido no hacía mucho. Pero tan solo era la idea de una idea. Algo infinitamente vago.

Y salí con una enorme sed, pues el gusto apasionado por las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Conforme entraba a una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno o la de un Demonio que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger [1]?

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél solo se le manifiesta para prohibir, advertir e impedir; mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates solo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Solo es el igual de otro quien lo demuestra, y solo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpeándole fuerte la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como hubiese derribado a aquel débil sexagenario de una patada lo suficientemente fuerte para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un bistec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi como aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera podido sospechar en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así pues, con mi enérgica medicina habíale devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico [2], le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.[3]

 

 

de: Pequeños poemas en prosa / Los paraísos artificiales. Ediciones Cátedra. Madrid. 2005.

© José Antonio Millán Alba, de la versión al castellano.

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Notas

[1] Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica la obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science psychologique à celle de l’historie.

[2] Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del Estoicismo con Zenón de Elea.

[3] Edición póstuma; poema rechazado por la Revue Nationale en 1865. En el manuscrito, el final de este poema terminaba con la siguiente pregunta: “¿Qué dice a esto, Ciudadano Proudhon?”.

 

 

Emil Cioran. San Pablo

cioran

(Răşinari, 1911 – París, 1995)

……….Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsable de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.

……….De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo ni el acento elegiaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, histeria, jadeos de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.

……….Ni Lao-Tsé ni Buda invocan un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.

……….¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo… supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Solo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.

……….Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad —su sentimiento predominante— se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la “verdad”, se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso, san Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.

……….Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones, de las que se guardaba mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la “verdad”, en la que no se interesaban en los “casos”. Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera, debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.

……….La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la Antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizás sus odios se hubieran suavizado. Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.

 

……….Un Judío no judío, un Judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarían sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.

……….Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y enseguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se inflingen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.

……….Una civilizacvión podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir… Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.

……….Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos “enemigos de las Musas”, de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.

……….Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en “corazones”. El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término, repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.

……….El crepúsculo greco-romano era empero digno de otro enemigo, de otra empresa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar el estoicismo! Si este hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces, a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pensar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquella no convienen a esta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra a quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. ¡Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el “ideal” y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

 

 

 

© Herededos de Emil Cioran.

© Fernando Savater, de la versión al castellano.

de: Adiós a la filosofía y otros textos. Alianza editorial. Madrid. 2016.

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Como un río de piedras. Raúl Zurita

raul-zurita

(Santiago de Chile, 10 de enero de 1950)

 

La enorme costra de sal le otorgaba al desierto esa blancura delirante que solo pueden comprender los locos, los fanáticos o los puros. El tajo del horizonte se cortaba al borde como un abismo, y el cielo comenzaba a remontar desde él suavemente, sin prisa, curvándose hasta alcanzar esa impertérrita lozanía que posee todo aquello que nunca ha dependido del error de la mirada. Se puede afirmar entonces que ese marco está de fondo, inmutable y perfecto, no horadado por el dolor, la pasión o la agonía del hombre que había llegado hasta dos veces y miraba.

 

Era también la luminosidad del salar encegueciéndolo. Entre su propio nacimiento y la blancura del desierto habían pasado minutos o años, daba lo mismo; el resplandor sin memoria que lo inundaba todo atestiguaba que esas nociones son recientes y que jamás han residido en la profundidad de las cosas. Alguna vez el océano había cubierto por completo las extensiones de ese territorio mostrándole de paso lo nimio de su respiración, de su hálito afanoso y corto que no obstante contenía todo el misterio de la vida. La transparencia del aire parecía emerger así desde la textura del paisaje otorgándole a esa planicie un tinte irreal donde él era apenas un tono más, un simple capricho de la luz que lo engañaba con la ilusión de una sombra. La sensación de irrealidad se estrellaba sin embargo con un núcleo duro e impenetrable, anclado en el fondo de sí, cuyo peso lo tiraba hacia abajo pegándolo al suelo como si en ese punto se hubiera concentrado toda la fuerza de gravedad de la Tierra.

 

Se había recostado boca arriba, con los brazos abiertos, sobre la larga llanura de sal, y si alguien en ese momento lo hubiese visto habría recordado la forma de una cruz, de una cruz botada y oscura. Era como si la Tierra entera subiera desde el centro de ella hasta chocar con su espalda mientras que la inmovilidad de sus brazos extendidos parecía afirmar que el dolor se opone también a la rotundez de las cosas, a la extensión del horizonte y de los paisajes, y que los milenios o instantes anteriores en que el mar se retiró dejando conchas de moluscos y peces fosilizados en las cumbres, no podían sin embargo, con toda su majestuosidad y grandeza, alterar un solo segundo del sufrimiento del ser que allí yacía.

 

Extendido sobre esa sequedad tórrida, sus ojos semicerrados alcanzaban a adivinar la encandilante claridad del cielo, pero ni siquiera como algo que las palabras o los sentidos pudiesen describir, sino más bien como esa mudez que toman los hechos si se tiene la impresión de que están ocurriendo en sueños. De esa manera, como un sueño que lo fuese arrastrando, se le venían encima las caras que alguna vez sintió cerca porque intuía, aunque en ese momento no lo supiera, que en las formas de estos farellones estaba más presente el torbellino de los rasgos humanos que en los vestigios siempre relativos de la vida. Esas dos soledades entonces, la del hombre y la del desierto, se estrellaban como dos bloques dejando apenas un mínimo resquicio entre ellos, una línea casi inexistente de aire para la existencia de los otros.

 

El que escribe conoció a esos otros. Los vio asomarse en el pequeño antejardín de una casa con un magnolio joven y luego vio la pureza de esos cuatro rostros (una abuela con un niño de corta edad aferrado a su falda, una madre a la que llamó Ana, una hermana menor a la que llamó Ana María) que se alejaban disolviéndose en un enjambre de sucesos y tiempos donde tal vez lo único permanente era la necesidad nunca colmada de una estación con olor a jazmines, de una primavera incontrarrestable y definitiva. También vio la fotografía enmarcada en metal donde un hombre vestido con esmero sostiene en brazos a su hijo de meses y lo mira. En la imagen el cielo es blanco y por un momento la fijeza de ambos recuerda el fulgor opaco de los peces petrificados en las rocas.

 

Es la misma granulosidad del desierto, del salar redondo e inmenso. Tendido sobre él, la enceguecedora superficie le rememora el olor del océano, ese olor pretérito que una vez lo copó todo. A lo lejos, apenas audible, le pareció oír el sonido de unas trompetas y recordó entonces que aunque la elegancia de su traje lo hacía ver mayor, en la fotografía su padre tendría a lo sumo veintinueve, treinta años. Ahora, agrapado a la tierra con los brazos abiertos, como si el planeta entero fuera su crucifijo, le había parecido que esa cara lloraba sobre la suya y le habló. Era un grito a las nubes, al aire, largo, como un río de piedras.

 

 

© Raúl Zurita, del texto.

de El día más blanco. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2016.