Carmen Laforet. El infierno

CARMEN LAFORET

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La celda, iluminada por el ardor rojizo de las velas, tuvo aquella noche un hechizo parado, de retablo.

Como figura central, el monje más joven de la Abadía. El monje de los hundidos ojos azules, que esa noche, al sentirse morir, pidió como última gracia que la imagen milagrosa de Nuestra Señora descendiera desde la capilla enjoyada hasta su celda blanca.

El monje está de rodillas. Arde. Tiembla su boca. Tiemblan sus manos descarnadas. Sus cabellos dorados caen hasta los hombros en un amable desfallecimiento adolescente… Frente a él, un pequeño altar, la tosca imagen de María labrada en madera morena. Los ojos grandes de la Virgen, eternamente bajos. Los labios, plegados en una sonrisa de ligera ironía. Las manos, cruzadas sobre el pecho, que la luz movediza hace palpitar… Lejana, hierática, impasible.

Bajo el hábito blanco del monje la fiebre hace latir su corazón. En la negrura que se extiende en torno al altar encendido, sus ojos alucinados ven mil estampas luminosas bailando como llamas. Estampas que se acercan y se colorean, agrandándose hasta formar un marco a aquel momento: Estampas de su vida, Confesión de su vida sin palabras. La Señora divina las tiene —para juzgar— ante su vista, que no alza, frente a su sonrisa, que no pierde lejanía… Unas vienen con un crujido del oro de las hojas otoñales; un bosque que suspira. Un niño arrodillado con asombro ante la imagen de la Virgen aparecida en el hueco vacío de un árbol. Alegría: imágenes de purpurina. Los monjes de largos cabellos transportan la imagen sagrada a la capilla. Procesiones, incienso. El niño, solo y lejano, mira con ansia a la Virgen suya, que entra entre vítores en la iglesia…

Los ojos azules del monje arden más ahora, y una voz rota, que hace temblar las vagas fantasías del retablo, que hace temblar las luces de las velas, las manos de la Virgen, acusa:

—Entonces, Señora, me mirasteis. Y me mirasteis como mujer humana, de soslayo, bajo los párpados y vuestra boca sonrió para mí… Entonces, cuando os alejaban de mí, cuando entrabais en la iglesia…

Estampas de sacrilegio: el niño es ya un muchacho espigado, y una sonrisa le ha prendido el corazón de amor. Y estas primeras estampas de amor son risueñas, porque él no sabía su pecado. Cantar la salve en la Abadía, esta estampa tan nítida, era un placer celestial. Llevar flores a la Señora y contemplar, acechando el milagro, su bella boca, desde las losas duras de la iglesia.

Hay una estampa oscura ahora: Un ermitaño viejo recibe, con una risa helada, la confesión ardorosa del muchacho y le promete el infierno.

—Mi infierno es el desamor de la Señora.

—La Virgen purísima te aborrece por tu pecado.

El primer llanto sabe a hiel. A vergüenza despiadada.

—”¡Oh, Señora! Después de la confesión, yo anhelé la señal del perdón en vuestra cara, y era lejana y dura como ahora mismo…”

Se suceden los pequeños cuadritos del retablo: Países distintos, ciudades extrañas. Mujeres…

—”Una joven morena os recordaba, y la cubrí de joyas. Confieso mi crimen: al besarla en la boca, besé la boca vuestra y un sudor mortal me sobrecogió… Me sentí excomulgado…”

Peregrinación a Roma. Fatigas del viaje. Oraciones… La vuelta… La Abadía familiar, con su hechizo. El joven da toda su fortuna para la Virgen.

—”Y cuando os miraba a los labios, me sonreíais siempre, pero no con dulzura, sino con ironía amarga. Y yo me he sentido morir y ahora me muero… Pero aunque muriéndome he pedido a vuestra imagen para implorar un último perdón, en vez de hacerlo, besaría vuestros ojos y vuestros labios y vuestro cuerpo…”

Las palabras sacrílegas suenan ásperas en el silencio. Y en el frío encalado de la celda, el monje llora, abrasado de anhelo y gime:

—¡Oh, Piadosa, Dulcísima, Generosa…! ¡Perdón!

Un gran silencio palpita sobre este hondo gemir. Y se siente formarse y estallar un milagro en cada gota de la sangre.

Una mano morena, casi insensible al pronto, acaricia la cabeza inclinada del monje. Una mano morena, fría y ardorosa a la vez. Y él siente, junto a sus ojos cerrados, el perfume rígido de la seda de un vestido y el palpitar de un cuerpo vivo.

La Señora, en pie, junto al monje, sonríe. Con sus manos atrae la cabeza ardiente hasta su pecho enjoyado. Él siente el cuerpo intocable entre los brazos suyos mortales. Y besa, en una torpe locura, el traje fastuoso que lo encierra. Entonces siente que las manos de ella lo alzan y ofrecen a sus labioslos divinos labios ya terrenales, conmovidos de vida humana.

La emoción le inunda en latidos de sangre el cerebro. Y se queda blanco, blanco, hasta que aquel rostro, por primera vez cercano, se le inclina y le pregunta, con la mirada, su vacilación:

—Es el infierno…

—¿Prefieres acaso el Cielo? —La imagen sonreía—.

Te doy lo que anhelabas, porque soy la Dulce, la Piadosa, la Generosa… Soy…

Entonces él besó la boca que había amado siempre y que sabía a flor de almendro, con un anhelo tan intenso, que era dolor, porque temblaba de respeto. Y besándola se le desvaneció, como si no hubiera estado nunca a su alcance… ¿Había sonado el canto del gallo? Amanecía. Todas las negruras se le marcharon de los ojos: la Virgencita de madera tosca, en el altar, con sus ojos bajos, sonreía irónica… Lejana, hierática, impasible como siempre.

***

El monje que debió morir aquella noche amaneció limpio de fiebre —según dijo el Abad— por un milagro de Nuestra Señora.

Y después de alcanzar su cielo, vivió muchos años —y ese fue su infierno presentido—con el corazón florido como la retama…, dorado y amargo.

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© herederos de Carmen Laforet

de: Carta a don Juan. Cuentos completos. Menoscuarto ediciones. Palencia. 2007

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Elsa Morante. El hombre de las gafas

(Roma, 1912 – 1985)

El tres de diciembre (era jueves) el hombre salió de su sórdido estudio situado en la periferia de la ciudad. Sus cabellos estaban enmarañados, la barga, larga y rígida por el frío y las ojeras ponían en sus mejillas una sombra negra. Tuvo la sensación, vaga y casi extraña, de tambalearse, y el rechinar de la escalera de madera sonó como un estruendo muy cerca de sus oídos.

En la entrada de los estudios, la portera que quitaba la nieve con una pala se detuvo y lo miró.

—¿Qué hora es? —le preguntó.

—Son las nueve —contestó ella y lo siguió curiosamente con sus ojos rojos—. ¿Ha estado usted fuera estos días? —preguntó al final.

—¿Qué días? —dijo él, fatigándose terriblemente al pronunciar las palabras—. No me he movido de la ciudad.

—Lo decía porque no lo he visto —explicó la portera.

El hombre habría querido recordarle que justo la tarde anterior había pasado por su chiribitil a retirar el correo, pero pensó que era inútil perder el tiempo con semejante bruja. Y prosiguió su camino por la calle helada, seguido por su mirada estúpida.

Eran las nueve; iría a la lechería a desayunar y después trataría de pasar de cualquier manera las horas hasta el momento de ir junto a ella. El día antes, por ser fiesta, no había podido verla. “Horrible domingo”, pensó. Recordaba que había errado todo el día por las calles de la ciudad bajo las casas altas y oscuras y por la nieve sucia, tratando de divisar en algún sitio aquellas redondas pantorrillas desnudas, aquellos graciosos ojos de pájaro. Quizás por ello se había despertado con los huesos rotos. Naturalmente, ayer había sido inútil todo su errar de loco; pero hoy, como de costumbre, la vería. Ante esta certeza una niebla cubrió su pupilas y la sangre corrió a su corazón, cortándole el aliento.

Caminaba por la blanda nieve sin mirar, hundiéndose a menudo en las negras pisadas de los caballos. Larguísimos árboles sin sombra sobresalían de las casas de tejado blanco. Ante la lechería, tres hombres habían encendido un fuego; se sentó en su sitio de siempre, dando la espalda al espejo empañado y se quitó las gafas. Presurosa, la lechera acudió junto a él; pero tenía la sensación de ver las caras que le rodeaban extrañamente retorcidas y encogidas, llenas de ojos y sin labios. Una vez más, se sentía tambalear.

—¿El señor ha estado enfermo estos días? —preguntó la voz de la lechera.

—¡Claro que no! —contestó secamente—. Recordará usted que ayer vine por aquí y estaba perfectamente.

—¿Cómo? —exclamó la otra, asombrada—. Usted no viene por aquí desde el domingo.

—Y justamente ayer fue domingo —murmuró, agotado.

—¡Pero si hoy es jueves! —continuó la mujer.

Él sacudió la cabeza y calló, despreciativo. Nadie mejor que él podía recordar que el día antes era domingo; nadie conocía como él la excitada fiebre de los domingos, las continuas vueltas, las inútiles esperas. Ahora una incomprensible niebla se adensaba en torno suyo y experimentaba el oscuro temor de desmayarse en aquel lugar. “Mi frente chocará con el mármol de la mesa”, pensó. Pero sintió que sus dientes penetraban en el pan fresco y que su árida lengua se humedecía. Las manos le temblaban al partir el pan y tragaba a duras penas; pero ahora, tras el cristal opaco, divisaba con claridad los árboles similares a grandes pájaros inmóviles. Creyó oír el silbido del viento y salió a la calle; desde la tienda lo seguían unas miradas compasivas. “Es jueves —pensó— y ayer era domingo. No es posible”. Y se rio con sarcasmo de semejante absurdo.

—Veamos, chico, ¿qué día es hoy? —preguntó al guarda del establo, con pinta de borracho.

—Jueves —contestó el otro, mirándolo torvo, con desconfianza.

—¡Dios mío! —murmuró y trató con esfuerzo de recordar y volvió a ver sin lugar a dudas la tarde anterior, festiva, las tiendas cerradas, la muchedumbre, su ansia y cómo se había encerrado en su estudio, por la noche, tras haber retirado el correo en portería.

Atravesó el puente de hierro, con la barandilla de arabescos, en equilibrio sobre el río helado. El cielo estaba verduzco, pesado. Aparecieron las cúpulas de la ciudad, los campanarios puntiagudos. “¿Dónde se han metido estos tres días?”, pensó oscuramente. Y se rio con fuerza, oyendo cómo su voz repercutía prolongadamente sobre el puente vacío.

—Pues no bebo nunca —dijo en voz alta, como justificándose.

Y de repente advirtió que se encontraba ya cerca de la escuela. El patio estaba cuidadosamente barrido, pero el tejado estaba cubierto de nieve. “Aún faltan dos horas para la salida”, pensó aturdido y caminó de arriba abajo por el patio, con los brazos caídos a los costados, como una marioneta. Por último salió del patio y echó a andar, inerte, por el prado, oyendo el angustioso crujido de la nieve bajo sus pies; se detuvo bajo un árbol no muy alto, de ramas finas y secas, y sonrió, pensando en que ahora solo tenía que esperar ahí y que la vería. Pero le pareció ver su propia sonrisa deformada, nueva, ante sí, en un espejo y tuvo un sobresalto.

Por aquella calle no pasó nadie; en ciertos momentos oía el ruido amortiguado de un carro, las patas de los caballos que golpeaban en la nieve. Pero todo resultaba remotísimo. El frío y la inmovilidad lo dejaron inerte y su inercia lo espantaba; pero la idea de mover un miembro del cuerpo, aunque solo fuera alzar una mano o pestañear, lo llenaba de un espanto aún mayor. Sentía que a duras penas se mantenía en equilibrio ante un enorme vacío y que bastaría de un mínimo gesto para hacerlo resbalar por el borde. “Ahora perderé la razón, me quedaré ciego y me caeré, no puedo impedirlo”, pensó con repentina lucidez.

Pero en ese instante advirtió que sonaba la campana de la salida. Inmediatamente después oyó los gritos de las alumnas y vio correr fuera a las primeras, con sus impermeables y sus gorritos y las carteras colgando de las correas. Hablaban en voz alta, se apretaban entre sí y reían; le pareció ver relampaguear entre ellas aquella sonrisa y le acometió un temblor convulso; pero se había equivocado. Ahora sentía un calor abrasador en todo el cuerpo, salvo en las manos, que estaban sudorosas y gélidas.

Por último, vio salir a su grupo. Reconoció en seguida a las tres chicas que salían todos los días con ella, pero hoy ella no estaba. Caminaban tranquilas, sin hablarse y él reconoció desde lejos el abrigo marrón de la más alta y su orgulloso modo de andar, sacando la barbilla. Sentía que no podía soportar la espera y la duda un minuto más, pero no daba un paso. Vio entonces con claridad que una de las tres se apartaba del grupo y caminaba hacia él.

A medida que se acercaba, pudo distinguir mejor aquella adolescente robusta, su rostro redondo de ojos oscuros y vivos, las manos gordezuelas que sostenían la cartera. Llevaba un corto abrigo por el que asomaba un borde del delantal. No tenía, como las otras, las piernas desnudas, sino abrigadas con medias de lana. Se detuvo ante él y lo miró, dubitativa, moviendo apenas los labios. Él sintió una voluntad desesperada de formular la pregunta, pero ningún sonido salió de su pecho.

—Murió ayer —dijo la chica, sin esperar la pregunta—, murió de repente, pero ya estaba enferma.

—¿Cómo? —dijo y se espantó al oír su propia voz distinta y clara.

—El profesor habló de ella y todas nos pusimos de pie —continuó la otra—. También yo dije “presente” cuando en la lista pasaron su nombre.

Al hablar observaba al hombre, con atenta curiosidad. Él estaba inmóvil contra el árbol y las gafas empañadas ocultaban su mirada; tenía extrañas hinchazones en las sienes y la frente y la barba hacía grisácea su cara viscosa y enferma. Sus labios caídos, sin color, balbucieron débilmente, y el cuerpo sobre el cual aquellas ropas sórdidas parecían como pegadas se agitó convulso, mientras sus manos parecían aferrarse al vacío. Sin hablar, se volvió y la niña lo vio bajar por el sendero; con los brazos abandonados y los hombros inclinados, con una pesada torpeza, pareció desvanecerse en la niebla.

La niña retrocedió hacia la escuela; sus compañeras, seguramente cansadas de esperarla, se habían marchado y las ventanas estaban cerradas; también la verja estaba cerrada y ella se asombró de que la escuela, tan animada antes, se hubiera quedado desierta en pocos minutos. Le pareció que tenía ante sí un largo trecho de tiempo que no sabía en qué gastar. Una niebla inesperada, pesada, había recubierto la parte baja de la ciudad, pero las cúpulas y las cimas de las torres aún estaban visibles y parecían colgadas de lo alto. Desde la explanada ella veía las calles, el puente y el río, pero todo indistinto, sumergido. Caminó entre los árboles y ya no se veía la escuela; recorría un sendero de nieve sin pisotear y se dio prisa, pensando: “Voy a verla”.

El lugar al que llegó no le resultaba conocido; era vasto, anegado por la niebla y en él se alzaban elevados edificios cuyas formas y colores no se distinguían bien. Una gente oscura se ajetreaba con una velocidad febril, sin chocar entre sí ni detenerse y ella no conseguía distinguir las caras ni las formas de los trajes de esta multitud innumerable; todos se cruzaban y se adelantaban a su alrededor y el sonido de sus pasos era continuo, similar a una lluvia y como amortiguado por una inmensa distancia.

Entonces ella echó a correr.

—¡María! —llamó con fuerza y un eco replicó a su voz, después otro eco, desde puntos lejanos.

—¡María! —repitió, deteniéndose confusa.

Una voz sofocada, huidiza, como cuando se juega al escondite, contestaba por último:

—¡Clara!

Y ella echó a andar sin dirección entre aquella muchedumbre presurosa, que la rozaba sin tocarla. Gritaba, corriendo, el nombre de su compañera, hasta que la vio inmóvil en medio de la gente, de pie. La distinguía con mayor claridad cada vez; solo llevaba puesto su delantal de la escuela y tenía los ojos fijos y desorbitados.

—¿No tienes frío? —le preguntó, y no obtuvo respuesta—. El viento te ha despeinado —le dijo.

Entonces la otra, con un gesto distraído, se pasó dos dedos entre los rizos.

—¿Sabes? ¡Lo he visto y le he hablado! —continuó Clara, en voz baja. Su amiga se apartó de ella con una mirada asustada, meneando la cabeza.

—No quería meterte miedo —se excusó Clara a toda prisa y la asaltó una angustia penosa.

En el rostro de su compañera se habían formado unas arrugas, sus pupilas se volvían opacas y parecía mucho más flaca.

—Seguramente es su enfermedad —pensó Clara.

—Fue él quien me mató —dijo la otra de inmediato, con una voz tan aguda que ella se estremeció.

No era posible hacerse oír sin gritar; ahora toda aquella gente en fuga hacía nacer a su alrededor un viento fragoroso y era necesario apretarse el cuerpo con los brazos para sujetar los vestidos.

—¿Por qué quieres hablar en medio de tanta gente? —preguntó ella— ¿Por qué no nos retiramos a una esquina?

Pero no consiguió que oyese su pregunta ni su acento de reproche.

María inclinó la cabeza, seria y absorta, como quien recuerda a duras penas. Cuando empezó a hablar de nuevo, bajó el tono de la voz, hasta el punto de que sus palabras se perdían en el silbido del aire y apenas se comprendían por el movimiento de los labios. Parecía no advertir la niebla y la fuga circundante y hablaba ya de prisa ya despacio, como un pájaro perdido que bate las alas.

—Me esperaba todos los días junto al árbol —murmuró, mirando de soslayo a su alrededor.

—Todos los días, junto al árbol.

—Y cuando enfermé —prosiguió la otra, en secreto—, entró de repente en mi cuarto. El aire no era claro, y yo creía encontrarme con vosotras en la calle. Vosotras os reíais de sus gafas y yo os grité que lo echarais; pero después me acordé de que me había quedado en la cama con fiebre y de que aquel era mi cuarto. Él se agrandaba como una mancha negra, avanzando desde el fondo de la pared y decía: “Aquí estoy, he venido”. Sus dientes se entrechocaban, mientras trataba de sonreír. Yo grité: “¡No te conozco! ¡Vete!”.

Entonces se quitó las gafas para darse a conocer y descubrí sus dos ojos inmóviles. “¿Por qué me miras como un ciego?” —pregunté. “Porque duermo —me contestó—, estoy cansado. Ayer fue vacación, tú tenías fiesta y he vagado hasta la noche para encontrarte, olfateando la nieve como un perro para buscar las huellas de tus pies. Estoy cansado, los brazos me pesan, las rodillas se me doblan”. “¡Vete! —le dije—. Este cuarto es mío. Tengo miedo”.

“Quiero darte miedo —contestó balbuciendo—. Pero aún no me atrevo a tocarte”. Y yo comprendí que iba a matarme por la forma en que agitaba las manos. Me daba vergüenza hablar de él a mi madre, que no lo veía, aunque él seguía de pie en un rincón. Durante todo el día y toda la noche se quedó allí y yo lo miré sin poder dormir ni un minuto, porque el colchón quemaba y las mantas pesaban. Por la mañana me dijo: “Mañana”, y repetía “mañana” cada vez más despacio. Me habría escapado a la calle, pero no tenía fuerzas en las piernas. Nadie me liberaba.

Todos caminaban de puntillas y después empecé a gritar, porque la habitación se vació y yo no vi a nadie, excepto a él. Estaba mal vestido, pálido, clavaba en mí los ojos y se tambaleaba, apretando los puños y sonriéndome. Sentía que la nieve caía alrededor y las paredes descendían replegándose sobre mí y sobre él. Entonces fue cuando mi madre dijo: “Incluso con tantas mantas tiene frío. Tiembla, la criatura. Hay que ponerle otro camisón, el de lana”.

Acabada la segunda noche, el tercer día fue corto como un minuto y yo sentí que él se reía con un rumor bajo. Su carcajada corría por el cuarto como un ratón y yo no conseguía expulsarla, ni siquiera tapándome los oídos. Oía a lo lejos vuestras voces que hablaban de mí y comprendía que errabais en torno a mi cama. “No es posible —pensé— que le permitan acercarse”. Y en cambio sentí un aliento en la cara. “¡No! —grité—. ¡No quiero!” Él ya no hablaba y sus manos, cuando me mataron, quedaron flojas como trapos; echó a andar por una calle lejana, subió unos peldaños de madera hasta una puerta y sus ojos se cerraban de sueño. Entonces pude alejarme de él.

—Has gritado tanto, antes observó, pensativa, Clara.

—Nadie lo comprendía —dijo la otra, con voz de llanto, airada; y volvió hacia su amiga con una cara como envejecida, con ojos secos que parecían agrandados por un maquillaje.

—Ya no está —murmuró con un suspiro—. Se ha marchado.

En medio de aquellas casas altas e informes, ella parecía tan pequeña que a Clara le dio pena.

—Hoy —le anunció entonces en secreto— todas hemos contestado “presente”, en la lista, cuando leyeron tu nombre.

María se sacudió y le dijo:

—Ven.

Las dos amigas se cogieron de la mano. María conducía a Clara y caminaba temerosa, empujando hacia adelante su nueva y pequeña cara marchita. El viento se debilitaba y la muchedumbre raleaba a su paso; cuando llegaron junto a un muro bajo, sobre el que crecía la hierba, la niebla se había vuelto transparente como un cristal.

—Ya no hay nadie —bisbisearon.

María se detuvo recelosa, aún jadeando. Después sacudió la cabeza y se arrimó al muro, con una ansiosa y extravagante sonrisa.

—¡Mira! —exclamó con un breve chillido de triunfo. Y despacio, con infinita trepidación y respeto, como quien descubre un misterio, se abrió el escote del delatal.

“No lleva nada debajo”, pensó la otra.

E inclinadas, miraron juntas, conteniendo la respiración, asombradas. Se veía que el pecho empezaba a nacer; en la piel infantil, blanca, a los dos lados, despuntaban dos pequeñas cosas desnudas, parecidas a dos yemas nacientes de una flor.

Se rieron juntas, muy bajito.

© herederos de Elsa Morante

© María Esther Benítez, de la versión al castellano

de: Relatos italianos del siglo XX. Alianza Editorial. Madrid. 1974.

Karl Kerényi. C. G. Jung o la espiritualización del alma

(Timişoara, 1897 – Kilchberg, 1973)

Las revistas psicológicas, médicas, filosóficas, teológicas —y aún podríamos añadir alguna otra, más o menos especializada— estarán ocupadas estos días en honrar, desde muy diferentes puntos de vista, la obra polifacética de C. G. Jung, el octogenario maestro y autoridad incomparable en el reino del alma. El diploma de doctor honoris causa —y ya no se sabe cuántos tiene— que le otorga en este momento la Eidgenössiche Technische Hochshule contiene un escrito que resume a la perfección, y bellamente, todos sus logros, que hoy en día ya se han convertido en clásicos: “Al redescubridor de la integridad y la polaridad de la psique humana, con su natural tendencia a la unidad; a la persona del diagnóstico certero de los síntomas de la crisis del hombre en la era de la ciencia y de la técnica; al intérprete de la simbología original y del proceso de individuación del hombre”, según este documento se le inviste como doctor honoris causa de las ciencias naturales.

Con estas palabras no se agotan los argumentos. Solo se trata de un clásico resumen, como dije antes, que forma parte de lo que ya es clásico y está firmemente instituido para iluminar un futuro. Pero también aquí debe prestarse atención a la inevitable dinámica de ciertas expresiones, como “tendencia” y “proceso”. Así decía Heráclito: “Las fronteras del alma no encontrarás, por ser tan profundo su logos”, el logos, la razón de la comprensión que persigue el espíritu, abriéndose siempre más para él. “Con el espíritu puedes llegar lejos”, decía este gran filósofo de los griegos, “¡y a pesar de ello no podrás alcanzar las fronteras del alma!”. Cuanto más se relaciona la obra de un gran investigador del alma con su objeto —y esto es lo que justamente sucede con el máximo vigor en la obra de Jung—, tanto más ilimitada resulta en sí misma, en el sentido de las palabras de Heráclito, como principio de algo que impulsa desde los comienzos.

Esta composición del reino del alma, que mantiene sus fronteras ocultas en una vastedad, sin por ello denotar una ocultación espacial, sino una ocultación de nuestras experiencias vividas hasta hoy, invita a una comparación de la psicología con la empírica geográfica o geológica del descubrimiento de países o capas geológicas desconocidas. La teoría científica ofrece, aquí, únicamente los puntos fijos de orientación. Estos puntos ayudan a la búsqueda empírica —de la experiencia— y a través de lo empírico se consolidan. Incluso el psicólogo debe ser un gran empóirico, en el sentido más original de la palabra griega empeiria, “intentarse-en-ello”. De hecho, esto trae consigo una exclusividad en el debate y en el posible intercambio de la experiencia, con la exclusión de los no-experimentados. Una consecuencia de este inevitable estado representa a su vez una discusión superficial que debe permanecer infructuosa, y solo indirectamente, por su mera existencia, acrecienta la importancia de la experiencia.

C. G. Jung siempre se definió, en primer lugar, como un empírico, y como tal posibilitó la orientación hacia un campo de formidable amplitud, existente desde el principio y que, no obstante, aún debía ser descubierto, precisamente a través de haber facilitado la orientación para ello. El mundo de la fantasía, de los sueños, de las vivencias visionarias estaba allí desde siempre y, a pesar de todo, en el sentido más estricto de la palabra estaba “sin-descubrir”, porque su estado no era evidente, se eleveba hasta la luz del espíritu y permanecía alumbrado, espiritualizado. También el mundo de la naturaleza, en el mismo sentido, estaba “sin-descubrir”, antes de que los griegos descubrieran en ella la physis —la natura, en latín—. Esta espiritualización griega de la naturaleza, la búsqueda de su logos, como base de la inteligibilidad, establecería la condición previa para las ciencias naturales de hoy en día. En los hindúes, allí donde la naturaleza nunca fue espiritualizada, donde en realidad nunca fue descubierta, tampoco se desarrollaron las ciencias naturales. En lugar de la naturaleza, subsistió un mundo exterior, incuestionable, aunque también cuestionable en su importancia; tanto como el mundo interior resultaba innegable con sus incontrolables aconteceres, aun negables en su importancia, mientras permaneciera “sin-descubrir”, es decir, sin espiritualizar. Su descubrimiento y espiritualización son idénticos, son dos palabras para una misma cosa y constituyen la condición previa para aquella psicología moderna que hoy vive el descubrimiento de su existencia. Como descubridor y artífice de esta espiritualización solo puede nombrarse a C. G. Jung.

Sigmund Freud, con anterioridad a él, en parte ya había encontrado los rasgos básicos del método —así como ciertos puntos de orientación del mismo campo—, y en parte los había creado con la sugestión de su talento estilístico; solo pretendía reconocer que se pudiera meditar de manera paulatina y espontánea sobre una fase —momentánea o pasada— de su propia historia vital: corrigiéndola, completándola y dándole forma. Semejante manera de meditar se llama soñar. Según Freud, ocurre de modo cifrado, con un contenido inequívoco y sin significado espiritual. Una meditación de tal índole no solo puede tener como objeto lo ya vivido, sino que los sueños pueden desplegarse por sí solos como meditación, en forma de dramas escenificados y conducir al soñador hasta nuevos conocimientos no vividos —de modo que también puede ser importante para los no neuróticos—: Jung, muy al principio, fue consciente de ello y esto le capacitó para dinamizar incluso las fronteras de la vida espiritual europea; y ampliarla, a través de lo que ofrecía el sueño, en el sentido de una vida anímica espiritualizada.

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(Carl Gustav Jung)

 En sueños fue descubierta una forma de vida espiritual: vida espiritual porque conducía al entendimiento que, a veces, incluso se presentaba claramente en los sueños y de aquella manera descubría cómo estos —a partir de una actitud abierta, hasta entonces nunca alcanzada— convertían en accesible una iluminación espiritual. En el proceso del autoconocimiento y del autodesarrollo, que tiene lugar durante los sueños,  como analogía se ofrecía la vivencia de un camino de iniciación; y la semejanza general —y aun la equivalencia de muchos rasgos— con mitologías transmitidas, a menudo totalmente desconocidas para el soñador, alcanzaba un significado nuevo. A los empíricos no se les podía impedir que comparasen estas vivencias nuevas —todavía tibias del sueño— con algo muy antiguo; esos sueños mostraban abiertamente sus características arcaicas, los fenómenos de una vida espiritual arcaica atestiguada por las tradiciones mitológicas de los pueblos. Los presentimientos de los románticos, para ser evaluados, fueron considerados competencia de los científicos. El enlace vino dado —antes de que Jung, con su investigación, admitiera la existencia de un “subconsciente colectivo”— por una gran alma romántica, que con su manera de expresarse unió el romanticismo y la psicología profunda: en una conversación, anotada por Konstantinos Christomanos, ya en 1891, la emperatriz Isabel, reina de Hungría, dijo las siguientes palabras: “El alma de los pueblos es el inconsciente común de cada uno”. Cada individuo podía entonces enriquecerse con la ampliación de su conciencia y tener la oportunidad de derribar la frontera de lo personal y acceder al conocimiento del pasado colectivo de los hombres. ¿Por qué debe excluirse la posibilidad de una herencia anímica, si la herencia física se considera un hecho?

“Difícilmente descubrirás las fronteras del alma”, aún podemos volver a citar al viejo Heráclito, con una frase que también en este sentido resulta repentinamente cierta. E incluso podemos pensar en otra: “Solo los vigilantes disponen de un mundo común, mientras los durmientes se inclinan por el propio”. En acontecimientos de la misma participación —en aquel “inconsciente colectivo”— se está aislado, solitario en el propio sueño. El soñador cae al fondo de la soledad inicial y postrera de cada hombre, como sucede en cada nacimiento o en cada muerte. Y en la concienciación, la luminosidad del contenido espiritual de su sueño, nuevamente solo le afecta a él. Cuanto más auténtico resulta este acontecimiento espiritual, tanto menos puede comunicarse. Sin embargo, precisamente en aquello que no es comunicable —sin por ello existir e influir menos—, estas pocas líneas deberían ser demostrativas de un homenaje muy personal: por los inestimables méritos del gran psicólogo en el tratamiento de la vida más íntima del alma de innumerables individuos; méritos que ningún diploma puede expresar con palabras, que ningún acto público puede solemnizar con la adecuada calidez.

 

© Herederos de Karl Kerényi

© Brigitte Kiemann, de la versión al castellano

de: Introducción a la esencia de la mitología. Ediciones Siruela. Madrid. 2012.

 

Ernest Hemingway. El viejo en el puente

(Oak Park, 1899 – Ketchum, 1961)

Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río y lo atravesaban los carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.

Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.

—¿De dónde viene? —le pregunté.

—De San Carlos —dijo y sonrió.

Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.

—Cuidaba de los animales —explicó.

—Oh —dije, sin entenderlo del todo.

—Sí —dijo—, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.

No tenía pinta de pastor ni de vaquero y, tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije:

—¿Qué animales eran?

—Animales diversos —dijo negando con la cabeza—. Tuve que dejarlos.

Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.

—¿Qué animales eran? —pregunté.

—En total tres clases de animales —explicó—. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.

—¿Y los ha dejado? —le pregunté.

—Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.

—¿Y no tiene familia? —pregunté, vigilando al otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.

—No —dijo—, solo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.

—¿En que bando está usted? —le pregunté.

—Yo no tengo bando —dijo—. Tengo ya setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.

—Este no es un buen lugar para pararse —dije—. Si puede llegar, hay camiones en el desvío de Tortosa.

—Esperaré un poco —dijo—, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?

—A Barcelona —le dije.

—No conozco a nadie en esa dirección —dijo—, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.

Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:

—Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?

—Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.

—¿De verdad lo cree?

—¿Por qué no? —dije mirando a la otra orilla, donde ya no había carretas.

—Pero, ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?

—¿Dejó abierta la jaula de los palomos? —pregunté.

—Sí.

—Entonces saldrán volando.

—Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás —dijo.

—Si ya ha descansado, yo de usted me iría —le insistí—. Levántese e intente andar.

—Gracias —dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.

—Yo solo cuidaba de los animales —dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo—. Solo cuidaba de los animales.

No se podía hacer nada por él. Era Domingo de pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre.

 

 

 

© herederos de Ernest Hemingway

© Damian Alou, de la versión al castellano

de: Cuentos. Lumen. Barcelona. 2013

 

Alice Munro. Prue

Prue vivía con Gordon. Eso fue después de que Gordon hubiese dejado a su mujer y antes de que volviese con ella (un año y cuatro meses en total). Algún tiempo después, él y su mujer se divorciaron. Después vino un período de indecisión, de vivir juntos de vez en cuando; luego la esposa se fue a Nueva Zelanda, probablemente para siempre.

Prue no volvió a la isla de Vancouver donde Gordon la había conocido cuando estaba trabajando como camarera en un hotel de temporada. Consiguió un empleo en Toronto, en una floristería. En aquella época tenía muchos amigos en Toronto, la mayoría de ellos amigos de Gordon y de su mujer. Les gustaba Prue y estaban dispuestos a sentirlo por ella, pero ella se burlaba hasta que lo dejaban. Es muy agradable. Tiene lo que los canadienses del este llaman un acento inglés, aunque nació en Canadá, en Duncan, en la isla de Vancouver. Su acento le sirve para decir las cosas más cínicas de forma simpática y despreocupada. Ella presenta su vida en anécdotas y, aunque el sentido de la mayoría de sus anécdotas sea que las esperanzas se han desvanecido, que los sueños son ridículos, que las cosas nunca resultan ser como se esperaba, que todo se altera de un modo grotesco y nunca hay una explicación, las personas siempre se sienten animadas después de escucharla; dicen de ella que es un alivio encontrarse con alguien que no se tome demasiado en serio, que sea tan poco vehemente, tan civilizada, y que nunca formule ninguna petición ni queja auténticas.

La única cosa de la que se queja fácilmente es de su nombre. Prue es de colegiala, dice, y Prudence es de doncella vieja. Los padres que le dieron aquel nombre debían de haber sido demasiado cortos de vista incluso para tener en cuenta la pubertad. ¿Qué hubiera sucedido, dice, si se hubiese desarrollado mucho de pecho, o si hubiera llegado a tener una mirada voluptuosa? ¿O era el mismo nombre una garantía para que no llegase a ello? Ahora, a sus cuarenta y muchos, delgada y agradable, atendiendo a los clientes con una respetuosa vivacidad, complaciendo a los invitados, podría no hallarse lejos de lo que aquellos padres tenían en mente: brillante y atenta, una espectadora jovial. Es difícil admitir su madurez, su maternidad, sus problemas reales.

Sus hijos ya adultos, fruto de un prematuro matrimonio en la isla de Vancouver que ella llama un desastre cósmico, vienen a verla y, en lugar de querer dinero, como los hijos de otras personas, le traen regalos, intentan arreglarle las cuentas, hacen que le pongan aislamiento en la casa. Ella está encantada con sus regalos, escucha sus consejos y, como una hija alocada, olvida responder a sus cartas.

Sus hijos esperan que no esté en Toronto por Gordon. Todo el mundo lo espera. Ella se reiría de la idea. Da fiestas y va a fiestas; a veces sale con otros hombres. Su actitud hacia el sexo es muy tranquilizadora para aquellos de sus amigos que caen en terribles estados de pasión y de celos y quieren zafarse de sus amarras. Parece considerar el sexo como un capricho saludable y algo tonto, como el bailar o la buena comida, algo que no debería interferir con que las personas sean amables y agradables las unas para con las otras.

Ahora que su mujer se ha ido para siempre, Gordon va a ver a Prue de vez en cuando, y a veces la invita a cenar fuera. A veces no van a un restaurante, a veces van a su casa. Gordon es un buen cocinero. Cuando Prue o su mujer vivían con él, era incapaz de cocinar, pero en cuanto se puso a ello se convirtió, y lo dice en serio, en mejor que cualquiera de ellas.

Hace poco, él y Prue estaban cenando en casa de Gordon. Había hecho pollo Kiev y crema quemada de postre. Como la mayoría de los cocineros recientes y serios, hablaba de comida.

Gordon es rico, comparado con Prue y con la mayoría de gente. Es neurólogo. Su casa es nueva y está construida en una colina al norte de la ciudad, donde antes había granjas pintorescas e improductivas. Ahora allí hay casas muy caras, singulares, diseñadas por arquitectos, en parcelas de medio acre. Prue, cuando describe la casa de Gordon, dice:

—¿Sabes que hay cuatro cuartos de baño? De modo que si cuatro personas quieren tomar un baño al mismo tiempo no hay problema. Parece un poco exagerado, pero está muy bien, realmente, y nunca tienes que atravesar el salón.

La casa de Gordon tiene una zona de comedor elevada, una especie de plataforma rodeada de un hueco para conversar y otro para escuchar música y de un bancal con muchas plantas bajo el cristal inclinado. Desde el comedor no se puede ver el vestíbulo, pero no hay paredes intermedias, de modo que desde una zona se puede oír algo de lo que ocurre en la otra.

Durante la cena sonó el timbre. Gordon pidió disculpas y bajó las escaleras. Prue oyó una voz de mujer. La persona a quien pertenecía todavía estaba fuera, de modo que no pudo oír las palabras. Oyó la voz de Gordon, un tono bajo y cauteloso. La puerta no se cerró, parecía que no se hubiese invitado a pasar a la persona, pero las voces siguieron, sordas y enojadas. De repente se escuchó un grito de Gordon y apareció a mitad de las escaleras, haciendo ademanes con los brazos.

—La crema quemada —dijo—. ¿Podrías encargarte?

Bajó corriendo mientras Prue se levantaba e iba a la cocina para salvar el postre. Cuando volvió, él estaba subiendo las escaleras más despacio, con aspecto inquieto y cansado.

—Una amiga —dijo abatido—. ¿Estaba bien?

Prue se dio cuenta de que hablaba de la crema quemada y dijo que sí, que perfecta, que había llegado justo a tiempo. Él le dio las gracias, pero no se animó. Parecía que no era el postre lo que le preocupaba, sino lo que fuera que había sucedido en la puerta. Para alejar su mente de ello, Prue empezó a hacerle preguntas profesionales sobre las plantas.

—No sé nada de eso —le dijo—. Y tú lo sabes.

—Pensé que podías haber aprendido. Como la cocina.

—Ella se encarga de las plantas.

—¿La señora Carr? —dijo Prue, nombrando a su asistenta.

—¿Quién pensabas?

Prue se sonrojó. Odiaba que pensasen que recelaba.

—El problema es que creo que me gustaría casarme contigo —dijo Gordon, sin ningún apreciable cambio en su humor. Gordon es un hombre grande, de rasgos duros. Le gusta llevar ropa gruesa, suéters abultados. Sus ojos azules están a menudo enrojecidos y su expresión indica que hay un alma indefensa y confundida retorciéndose dentro de esa formidable fortaleza.

—Qué problema —dijo Prue jovialmente, aunque conocía a Gordon lo suficiente como para saber que lo era.

El timbre sonó de nuevo, sonó dos, tres veces, antes de que Gordon pudiese llegar a la puerta. Esta vez hubo un estrépito, como de algo arrojado y que caía con fuerza. La puerta se cerró de golpe e inmediatamente después se veía de nuevo a Gordon. Vaciló en los escalones y se llevó una mano a la cabeza haciendo al mismo tiempo un gesto con la otra mano para indicar que no había sucedido nada grave, que Prue se sentase.

—Condenado maletín —dijo—. Me lo ha tirado.

—¿Te dio?

—Pasó rozando.

—Hizo mucho ruido para ser un maletín. ¿Estaba lleno de piedras?

—Probablemente de botes. Su desodorante y demás.

—Oh.

Prue le miró mientras se servía una copa.

—Me gustaría tomar un café, si es posible —dijo ella. Fue a la cocina a poner el agua y Gordon la siguió.

—Creo que estoy enamorado de esa persona —dijo él.

—¿Quién es ella?

—No la conoces. Es muy joven.

—Oh.

—Pero realmente creo que me quiero casar contigo, dentro de unos cuantos años.

—¿Cuando ya no estés enamorado?

—Sí.

—Bueno. No creo que nadie sepa lo que puede pasar en unos cuantos años.

 

 

Cuando Prue cuenta esto dice:

—Creo que tenía miedo de que me fuera a reír. No sabe por qué se ríe la gente ni por qué le arrojan sus maletines de fin de semana, pero se ha dado cuenta de que lo hacen. Realmente, es una persona muy correcta. Una estupenda cena. Entonces llega ella y le tira la maleta. Y es totalmente razonable que piense en casarse conmigo dentro de unos años, cuando ya no esté enamorado. Creo que primero pensó en decírmelo de manera que no le diera vueltas a la cabeza.

Ella no menciona que a la mañana siguiente cogió uno de los gemelos de Gordon de su cómoda. Los gemelos son de ámbar y los compró en Rusia, en las vacaciones que hicieron él y su esposa cuando volvieron a juntarse. Parecen cuadrados de azúcar cristalizada, dorados, translúcidos, y éste se aprecia rápidamente en su mano. Lo deja caer en el bolsillo de su chaqueta. Coger uno no es realmente un robo. Podría ser un recuerdo, una travesura íntima, una tontería.

Está sola en casa de Gordon; él se ha ido temprano, como siempre. La asistenta no llega hasta las nueve. Prue no tiene que estar en la tienda hasta las diez. Se podría hacer el desayuno, quedarse y tomar café con la asistenta, que es amiga suya de antaño. Pero en cuanto tiene el gemelo en el bolsillo no se detiene. La casa parece un lugar demasiado desolado como para pasar ni un sólo momento más en ella. Fue Prue, en realidad, quien ayudó a escoger el terreno para la construcción, pero ella no es la responsable de la aprobación de los planos… la esposa estaba de vuelta para entonces.

Cuando llega a su casa pone el gemelo en una vieja lata de tabaco. Sus hijos compraron esta lata de tabaco en una chatarrería y se la regalaron. En aquel tiempo ella fumaba y sus hijos estaban preocupados por ella, así que le dieron esta lata llena de toffees, de caramelos y de pastillas de gelatina, con una nota que decía: «Por favor, en vez de fumar, engorda». Eso fue para su cumpleaños. Ahora la lata tiene dentro varias otras cosas además del gemelo. Todo cosas pequeñas, no de gran valor, pero tampoco despreciables. Un pequeño plato de esmalte, una cuchara de sal de plata de ley, un pez de cristal. No son recuerdos sentimentales. Ella nunca se los mira, y se olvida a menudo de lo que tiene allí. No son botines, no tienen un significado ritual. Ella no se lleva algo cada vez que va a casa de Gordon, ni cada vez que se queda, ni para señalar lo que ella podría llamar visitas memorables. Ella no lo hace ofuscada y no parece sentir ningún apremio. Sencillamente coge algo de vez en cuando, y lo oculta en la vieja lata de tabaco, y más o menos se olvida de ello.

 

 

 

© Alice Munro, de la narración

© Esperanza Pérez Moreno, de la versión al castellano

de: Las lunas de Júpiter. Random House Mondadori. Barcelona. 2013.

 

Rodolfo Hinostroza. El Señor de París

El alcaide me dijo: “Lemaire, debe usted saber que su petición de gracia ha sido rechazada por el Presidente de la República. Esto significa que, dentro de ocho días, será usted ejecutado. Se le trasladará a otro pabellón y gozará de algunos privilegios: podrá recibir visitas en su celda, tendrá una mejor alimentación y cosas de ese tipo. El vicario está a su disposición”.

Recuerdo que me quedé mirando una mancha de humedad en el muro, que parecía un tigre. La primavera entraba ya a París y reprimí unos furiosos deseos de llorar hasta el agotamiento. Los guardias me llevaron. De esa noche no tengo memoria, pero a la mañana siguiente mis sábanas aparecieron manchadas de vómito y esperma, y los carceleros me miraron con una especie de piedad y de asco. Estaba ronco de tanto aullar, me ardía la cabeza, las piernas me sostenían apenas, pero tenía un plan. El único posible.

Mi mujer me visitó al día siguiente y se lo expliqué minuciosamente. Ella no me creyó. No conocía ciertas tradiciones francesas. “¡Estás loco!”, me dijo. “¡Esto no va a marchar!”. “¡Hay que probar!”, repuse. “Una costumbre que no ha cambiado durante siglos no va a cambiar por mí”. “Y si el plan no resulta, si algo falla, ¿qué pasaría conmigo?”, dijo Odette nerviosamente. “Seremos dos, entonces. Ya he matado por ti. ¿Por qué vacilas?”.

Tres días después, Antoine Rocquancourt, también conocido como El Señor de París, el legendario verdugo que me iba a ejecutar, murió atropellado por un automóvil negro que se dio a la fuga cerca de Meudon. Según algunos testigos, el chofer era un hombre de tipo norafricano, que la policía nunca llegó a atrapar.

Así salvé mi vida, porque, según una tradición secular francesa, después de la muerte del verdugo se conmuta la pena del primer reo que habría de subir al cadalso, que era yo, y mi sentencia fue conmutada a cadena perpetua. Pero yo sabía que algún día saldría en libertad.

Salí de la prisión de Fresnes veinte años más tarde, un día domingo. Odette, que seguía siendo bella a sus 45 años, me esperaba en un convertible blanco. Me llevó a su apartamento cerca del Parc Monceau, y de pasada me mostró la librería de la que era propietaria. Ya en su cuarto me echó los brazos al cuello, sollozamos y ella me dijo: “todo será como antes. Ya verás”.

Nada fue como antes, naturalmente. Yo venía de largos años de masturbación forzada, de locas fantasías eróticas irrealizables, no había tocado una mujer en 20 años y algo no marchó en la cama desde la primera noche. Descubrí, poco a poco, con horror y vergüenza, que me había vuelto impotente y tuvimos que vivir con eso. Me hice cargo de la librería y, al cabo de un tiempo, ella volvió a tener amantes de una noche que la dejaban saciada, pero su amor seguía siendo mío. Era un acuerdo tácito y nunca hablamos de eso.

Hasta que un día Max apareció en nuestras vidas. Max, un don nadie de 25 años, un guapo mocetón demasiado seguro de sí mismo, un ridículo Don Juan de barrio por el que mi mujer empezó a enloquecer. Comprendí demasiado bien, y demasiado tarde, que no era el capricho de una cuarentona que ve acercarse la vejez, sino la pasión abrasadora de una mujer que había perdido su juventud esperándome. Reconocí en ella esa misma pasión que nos había llevado, años atrás, al crimen.

Max se burlaba de ella, la humillaba, la hacía pasar de la exaltación más sublime al sufrimiento más abyecto. “Debido a la inconsistencia de su juventud”, pensaba yo equivocadamente. Y ella venía a llorar sus penas sobre mi hombro, todo pudor perdido, por ese mequetrefe.

Hasta que un día regresó al alba, sollozando, cubierta de moretones y me dijo a bocajarro: “¡Pierre, se lo he contado todo!”. “¿Todo?, ¿qué todo?”, repuse, temiendo lo peor. “Lo que le hicimos al verdugo… ¡Todo!”, replicó desafiante. La abofeteé hasta dejarla casi inconsciente. Cogí mi pistola y salí en busca de Max.

La policía me esperaba en las escaleras de su casa. “¡Quieto, Lemaire!”, aulló un sargento. “¡Las manos en la nuca!”. Disparé.

Así se cierra el círculo. Dentro de unos minutos vendrán a buscarnos, a Odette y a mí, al Pabellón de los Condenados. Esta vez no habrá conmutación de pena alguna, porque Max es hijo del verdugo Antoine Rocquancourt y acaba de tomar el puesto que le dejó su padre hace más de 20 años, porque el oficio de verdugo se hereda de generación en generación y todos son de la misma maldita dinastía. Su plan para vengar a su padre ha sido eficaz y diabólico, y pronto hará rodar mi cabeza y la de su amante bajo la guillotina. No podremos ver su victorioso rostro, porque El Señor de París trabaja encapuchado y es imposible adivinar sus sentimientos.

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© herederos de Rodolfo Hinostroza

de: Cuentos de extremo Occidente. PUCP. Lima. 2002.

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