Elvira Hernández. Poemas

hernandezelvira

(Lebu [Chile], 1951)

 

NN

como abrazos y piernas entumidas

como alguna muñeca descabezada

como esa mano hecha añicos con sus tendones al aire

como un ojo muerto y otro de vidrio empañado

como un maniquí de tienda pobre o

un vestido endurecido

como ese revoltijo del Patio 29

como el vaivén grisáceo que se arrastra

 

caminamos por Santiago

y quizás eso no importe ene

 

 

 

Quiero que la crítica diga

que mi poesía es del sur realista-austral

neorrealista como un ladrón de bicicletas

y el realismo mi única imaginación

 

también que a veces siento que el realismo

corrompe mi pretendida realidad

 

 

 

Nadie ha dicho una palabra sobre la bandera de Chile

en el porte……………………………………………..en la tela

en todo su desierto cuadrilongo

no la han nombrado

La Bandera de Chile

ausente

La Bandera de Chile no dice nada sobre sí misma

se lee en su espejo de bolsillo redondo

espejea retardada en el tiempo como un eco

hoy muchos vidrios rotos

trizados como las líneas de una mano abierta

se lee

en busca de piedras para sus ganas

 

 

 

Siempre leo noticias en los diarios

 

Para José Luis Mangieri

 

Una vez vi que la cabeza de Lenin se había

subido al piano y tocaba todas las teclas.

Después la vi por el suelo. Se cayó.

 

He visto páginas en blanco, ojos en blanco,

estómagos y cerebros en blanco, ningún

glóbulo blanco, hombres de blanco, blanqueos

al por mayor y mucha gente levantando bandera blanca.

 

Hojeo de ojeada. Paso por los puzzles,

los consejos caseros, los horóscopos.

 

No veo ningún artículo sobre el azar del espacio

y el Zar del Tiempo.

 

 

 

Hojas quemadas

 

no nos deshacemos por agua como pensaba Heráclito

ascendemos por la humareda de nuestros huesos

las ardidas hojas de un libro que nadie leyó

sobrevolando en sueños las islas del río Océano

contamos con los dedos congelados los renglones de este aire

el humo _ volutas de nada más que originario humus

los ramales de sangre con sus terrones granates

nosotros _ los que en este territorio fuimos también

cuerpos celestes.

 

 

 

Herbario

niña

en descuajamiento

ultra-ajada

desmenuzable

fina hierba

desmembrada

en suma desflorada

¿qué clase de flor es?

 

 

 

Yo, Elvira Hernández, la del barco estertor, la

 

que no tiene lugar ni contactos en la Corte, la

que se rompe la piel para salir de sí misma, la

que se droga con el veneno del pasado, la

que tendría que desaparecer

 

pronto

se hace humo con un pitillo de sueños

…………………………………………………..

cabeza vendada

ojos cerrados

peregrina

un rincón de “A Brasileira”

un pessoa bloody mary doble

un brindis solitario en el boulevard

del Chiado

 

autora de sí misma

camina por la Collique de San Sebastián

repitiendo a media lengua: aitor, aitor

como si dijera: “Padre, por qué me has abandonado”

otro brindis

 

 

 

El horizonte no tiene perspectivas

es una línea que le ha mentido a la imaginación

hasta el cansancio

nos ha mentido y mentido en un círculo vicioso

nos ha dorado la perdiz

nos ha hecho la guerra a muerte

y aquí estamos tirando línea

cuesta arriba

como burro de carga

 

 

 

© Elvira Hernández, de los poemas

© Álvaro Hoppe Guíñez, de la fotografía

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André Breton. El amor loco

andre-breton

(Tinchebray, 1896 – París, 1966)

 

Querida Écusette de Noireuill:

 

En la bella primavera de 1952 cumplirás dieciséis años y quizás te sientas tentada de ojear este libro de cuyo título quiero pensar que, eufónicamente, te será traído por el viento que inclina los espinos blancos… Todos los sueños, todas las esperanzas, todas las ilusiones danzarán, espero, noche y día a la luz de tus bucles y sin duda ya no estaré allí, yo que quisiera estar ahí solo para verte. Los jinetes misteriosos y espléndidos pasarán veloces, en el crepúsculo, a lo largo de los cambiantes arroyos. Bajo los ligeros velos verdes del agua, con paso sonámbulo una muchacha se deslizará bajo altas bóvedas donde parpadeará una sola lámpara votiva. Pero los espíritus de los juncos, pero los gatos minúsculos que simulan dormir en los anillos, pero el elegante revólver-juguete perforado por la palabra “Baile” te impedirán tomar estas escenas trágicamente. Sea cual fuere la parte nunca lo bastante bella, o cualquier otra, que te sea dada —no puedo saberlo—, te complacerá vivir y esperarlo todo del amor. Suceda lo que suceda hasta que puedas conocer esta carta —el futuro parece imprevisible—, déjame pensar que entonces estarás dispuesta a encarnar este poder eterno de la mujer, el único ante el cual me he inclinado. Tanto si acabas de cerrar un pupitre sobre un mundo azul cuervo de fantasía o de perfilarte, a excepción de un ramillete en tu blusa, como una silueta solar en el muro de una fábrica —estoy lejos de conocer tu porvenir—, déjame creer que estas palabras, “el amor loco“, tendrán algún día relación solo con tu vértigo.

No mantendrán su promesa ya que no hacen sino aclararte el misterio de tu nacimiento. Durante mucho tiempo pensé que la peor de las locuras era dar vida. En cualquier caso, estaba resentido contra los que me la habían dado. Es posible que me detestes ciertos días. Por eso mismo he elegido contemplarte a los dieciséis años, porque entonces ya no podrás detestarme. Qué digo contemplarte, de ningún modo, solo de tratar de ver por tus ojos, de contemplarme en tus ojos.

Mi pequeña niña de solo ocho meses, siempre sonriente, hecha a la vez como el coral y la perla, has de saber que todo azar fue rigurosamente excluido de tu llegada, que esta se produjo justo cuando había de producirse, ni antes ni después, y que ninguna sombra te aguardaba sobre tu cuna de mimbre. Incluso la gran miseria que era y sigue siendo la mía por algunos días me daba tregua. Por otra parte, yo no estaba predispuesto contra ella: aceptaba tener que pagar la ración de mi no esclavitud a la vida, de pagar el derecho que yo mismo me había otorgado de una vez por todas de no expresar otras ideas que las mías. No estábamos tan… Ella pasaba a lo lejos, muy embellecida, casi justificada, un poco como sumida en lo que un pintor que fue tu primer amigo denominó la época azul. Aparecía como la consecuencia casi inevitable de mi rechazo a pasar por donde todos o casi todos los demás pasaban, fuese en un campo o en otro. Piensa que esta miseria, hayas tenido o no el tiempo de calibrar su horror, solo era el reverso de la milagrosa medalla de tu existencia: sin ella habría sido menos fulgurante la Noche del Girasol.

Menos fulgurante porque entonces el amor no hubiera tenido que desafiar todo lo que desafió, porque para triunfar no habría tenido que contar para todo y en todo consigo mismo. Quizá fue una terrible imprudencia pero fue justamente esta imprudencia la más bella joya del cofre. Por encima de esta imprudencia no quedaba sino cometer otra mayor: la de engendrarte, imprudencia de la cual eres el aliento perfumado. Fue necesario que al menos de una a la otra se tendiera una cuerda mágica, tendida para romperse sobre el precipicio, para que la belleza te escogiera como una imposible flor aérea, ayudándose solo del balancín. Que al menos un día te complazcas en pensar que eres esta flor, que naciste sin ningún contacto con el suelo, desgraciadamente no estéril, de lo que se ha convenido en llamar “los intereses humanos”. Surgiste del único centelleo de lo que fue, bastante tarde para mí, el descenlace de la poesía a la que yo me había entregado en mi juventud, de la poesía a la que he continuado sirviendo, despreciando todo lo que no sea ella. Tú te encontraste allí como por encantamiento, y si alguna vez descubres una señal de tristeza en estas palabras que por primera vez te dirijo a ti sola, respóndete que ese encantamiento continúa y continuará en una unidad contigo misma, que es capaz de vencer en mí todos los desgarramientos del corazón. Siempre y mucho tiempo, las dos grandes palabras enemigas que se enfrentan desde los orígenes del amor, nunca han intercambiado tantos ciegos lances de espada como hoy por encima de mí, en un cielo enteramente como tus ojos en los que el blanco todavía permanece tan azul. De estas palabras, las que ostenta mis colores, incluso si su estrella decae en este momento, incluso si acaba por perder, es siempre. Siempre, como el juramento que exigen las muchachas. Siempre, como sobre la arena blanca del tiempo y por la gracia de ese instrumento que sirve para contarlo, pero solo hasta ahora te fascina y te da hambre, reducido a un chorreoncito de leche sin fin fluyendo de un seno de vidrio. Hacia todo y contra todo, habría yo mantenido que este siempre es la gran llave. Lo que he amado, lo haya retenido o no, lo amaré siempre. Como tú también estás llamada a sufrir, deseo al acabar este libro explicártelo. He hablado de un cierto “punto sublime” en la montaña. No fue nunca mi intención quedarme a vivir en ese punto. Además, habría dejado a partir de ese momento de ser sublime y yo habría cesado de ser un hombre. Ante la imposibilidad de poder razonablemente establecerme allí, tampoco me he alejado tanto como para perderlo de vista, como para no poderlo mostrar. Había elegido ser ese guía, me había obligado en consecuencia a no desmerecer del potencial que, en la dirección del amor eterno, me había hecho ver y concedido el privilegio más infrecuente de hacer ver. Nunca lo he desmerecido, yo no he cesado nunca de fundirme con la carne del ser que amo y con la nieve de las cimas al levantarse el sol. Del amor no he deseado sino conocer las horas del triunfo, cuyo collar cierro aquí sobre ti. Estoy seguro de que tú comprendes qué debilidad me ata a la perla negra, la última, qué suprema esperanza de conjuración he puesto en ella. No niego que el amor tenga disputas con la vida; afirmo que aquél debe vencer y por eso elevarse a una conciencia poética tal de sí mismo que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria.

Al menos esa habrá sido permanentemente mi gran esperanza, a la cual no resta nada mi incapacidad, en ocasiones, para estar a su altura. Si alguna vez ha tenido que conciliarse con otra, me he asegurado de que esta no te afectase menos. Como he deseado que tu existencia conociera esta razón de ser que yo había demandado a lo que había sido para mí, con toda la fuerza del término, el amor —el nombre que yo te doy al comienzo de esta carta no da solo cuenta, en su forma anagramática, de tu aspecto actual ya que, mucho después de haberlo inventado para ti, caí en la cuenta de que las palabras que lo componen me habían servido para caracterizar incluso el aspecto que había tomado para mí el amor: el de la semejanza—, he querido aún que todo lo que yo esperaba del devenir humano, todo por lo que, según creo, vale la pena luchar para todos y no solo para uno, dejase de ser una manera formal de pensar, siendo la más noble, para confrontarse con esta realidad de ser viviente que eres tú. Quiero decir que he temido, en una época de mi vida, ser privado del contacto necesario, del contacto humano con lo que sería después de mí. Después de mí, esta idea continúa perdiéndose pero vuelve a encontrarse maravillosamente en un ademán que tú tienes como (y para mí sin como) todos los niños pequeños. Cuánto he admirado, desde el primer día, tu mano. Giraba, golpeando casi hasta la inanidad, en torno a todo lo que yo había intentado edificar intelectualmente. Esta mano es algo insensato, ¡pero cómo compadezco a los que no han tenido la ocasión de constelar con ella la más bella página de un libro! Indigencia, súbita, de la flor. Basta con mirar esta mano para pensar que el hombre vuelve irrisorio lo que cree saber. Todo lo que comprende de ella es que está hecha, en todos los sentidos, para lo mejor. Esta ciega aspiración a lo mejor bastaría para justificar el amor tal como yo lo concibo, el amor absoluto, como único principio de selección física y moral que pueda responder de la no vanidad del testimonio y del paso humanos.

Pensaba en esto, no sin vehemencia, en septiembre de 1936, solo contigo en mi famosa casa inhabitable de sal gema. Pensaba en esto en los intervalos de los periódicos que relataban más o menos hipócritamente los episodios de la guerra civil en España, de los periódicos tras los cuales tú creías que yo desaparecía para jugar contigo al escondite. Y era verdad también porque, en tales minutos, el inconsciente y el consciente, bajo tu forma y la mía, existían en plena dualidad tan cerca el uno del otro, manteniéndose en una ignorancia total el uno del otro y sin embargo comunicándose placenteramente por medio de un solo hilo todopoderoso tendido entre nosotros mediante el intercambio de miradas. Cierto, mi vida entonces pendía solo de un hilo. La tentación de ofrecérsela a los que, sin error posible y sin distinción de tendencias, deseaban, costara lo que costase, acabar con el viejo “orden” fundado en el culto de esa trinidad abyecta, la familia, la patria y la religión, era grande y sin embargo tú me retenías por ese hilo que es el de la felicidad, tal como se transparenta incluso en la trama de la desgracia. Amaba en ti a todos los niños de los milicianos de España, parecidos a los que había visto correr desnudos en los barrios de pimienta de Santa Cruz de Tenerife. ¡Que el sacrificio de tantas vidas humanas pueda un día hacer de ellos seres felices! Y sin embargo no hallaba valor para exponerte conmigo y contribuir a que esto fuese posible.

¡Ante todo que la idea de familia sea enterrada! Si he amado en ti la realización de la necesidad natural, es en la medida exacta en que tu persona se ha fundido con lo que era para mí la necesidad humana, la necesidad lógica, y en que la conciliación de estas dos necesidades me ha parecido siempre la única maravilla al alcance del hombre, la única oportunidad que tiene de escapar de vez en cuando de la maldad de su condición. Tú has pasado de no ser a ser en virtud de uno de estos acuerdos establecidos que son los únicos por los cuales me ha complacido tener una oreja. Tú has sido dada como posible, como cierta en el momento mismo en el cual, en el amor más seguro de sí, un hombre y una mujer te han deseado.

¡Alejarme de ti! Me importaba demasiado, por ejemplo, oírte un día responder con toda inocencia a las preguntas insidiosas que los mayores plantean a los niños: “¿En qué se piensa? ¿Con qué se sufre? ¿Cómo se ha sabido tu nombre? ¿Por el sol? ¿De dónde viene la noche?” ¡Como si ellos mismos pudieran contestarlas! Siendo para mí la criatura humana en su autenticidad perfecta, tú debías contra toda la verosimilitud enseñármelo…

 

Te deseo que seas locamente amada.

 

 

© herederos de André Breton

© Juan Malpartida, de la versión al castellano.

de: El amor loco. Alianza Editorial. Madrid. 2018

Luciano de Samósata. Elogio de la mosca

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(Samósata [Siria], 125 d. C. – 181 d. C.)

La mosca no es el más pequeño de los volátiles, al menos comparada con los mosquitos, los cínifes y otros seres aún más diminutos, sino que los aventaja en tamaño tanto como ella misma dista de la abeja. No está dotada de plumas como las aves[1], que tienen algunas de plumaje cubriendo su cuerpo y utilizan las más largas para volar, sino que, como los saltamontes, las cigarras y las abejas, tiene alas membranosas y más delicadas que estos, como el vestido indio es más sutil y delicado que el griego; y, asimismo, ofrece el colorido floral de los pavos reales, si la miramos fijamente cuando abre sus alas en vuelo hacia el sol.

Su vuelo no es, como en los murciélagos, un continuo remar; ni va, como en los saltamontes, acompañado de saltos; ni, como las avispas, con zumbido, sino que describe una curva perfecta hasta el punto del aire al que se dirige. Además tiene la cualidad de volar, no en silencio, sino con cántico nada desagradable, como cínifes y mosquitos, ni con el grave zumbido de las abejas, o el terrible y amenazador de las avispas; es mucho más melodiosa, como las flautas son más dulces que la trompeta y los címbalos.

En cuanto al resto de su cuerpo, la cabeza se une muy delicadamente al cuello y es muy flexible en sus movimientos, y no de una pieza como la de los saltamontes. Sus ojos son promientes y tienen mucho de cuerno. Su pecho es robusto y las patas parten de su propio entorno sin apretarse como en las avispas. Como en estas, su abdomen se halla reforzado, y se asemeja a una coraza dotada de bandas planas y escamas. No se defiende por la parte posterior, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, que tiene de igual modo que los elefantes, con la que se alimenta, coge las cosas y se adhiere a ellas, semejante en su extremo a una ventosa. De ella sale un diente, con el que pica y chupa la sangre —aunque beba leche, también le gusta la sangre— sin gran dolor para sus víctimas. Aun cuando tiene seis patas anda solo con cuatro y usa las dos delanteras a guisa de manos. La puedes ver caminando sobre cuatro patas, llevando algo comestible en sus dos manos, de modo muy semejante a nuestra humana costumbre.

No nace ya así, sino que primero es una larva, surgida de los cadáveres de hombres o animales. Luego, poco a poco, desarrolla las patas, echa las alas y de gusano pasa a volátil, que cría y da a luz a un pequeño gusano, mosca más tarde. Vive en sociedad con los hombres, compartiendo sus alimentos y su mesa y toma de todo menos aceite, pues al probarlo le produce la muerte. Y, aunque es de corta existencia —su vida queda estrechamente limitada—, se complace especialmente en la luz y por ella se rige. De noche descansa y no vuela ni canta, sino que se oculta y permanece inmóvil.

Puedo hablar también de su inteligencia, nada pequeña, para escapar de su cazadora y enemiga, la araña. Si esta trama la emboscada, la acecha y cuando se ve frente a ella cambia su rumbo, para no caer en la red y dar en las telas del animal. De su valor y arrojo no debemos hablar nosotros, sino el poeta de más potente voz: Homero. Al tratar de ensalzar al mejor de los héroes[2], no compara su arrojo con el del león, el leopardo o el jabalí, sino con la audacia de la mosca y la intrepidez y persistencia de su ataque, y no le atribuye temeridad, sino audacia[3], pues incluso apartada —dice— no abandona, sino que está ansiosa por picar. Tanto ensalsa y aprecia a la mosca que no la menciona ocasionalmente una vez ni en escasos pasajes, sino con frecuencia: así su recuerdo adorna sus versos. Ora describe su vuelo en enjambre hacia la leche[4], ora —cuando Atenea aparta el dardo de Menelao, para que no dé en sus partes vitales y la compara con una madre que vela a su hijo dormido[5]— introduce de nuevo la mosca en la comparación. Además, las adornó con un bellísimo epíteto al calificarlas de “espesas” y llamar “naciones” a su enjambre[6].

Es tan fuerte que cuando pica atraviesa no solo la piel del hombre, sino la del buey y la del caballo, y hasta al elefante daña penetrándolo en sus arrugas y lacerándolo en su trompa en proporción a su tamaño. De celo, amor y uniones tienen gran libertad, y el macho no monta y desciende al instante, como en los gallos, sino que se mantiene mucho rato sobre la hembra y ella lleva al novio y unidos vuelan sin romper en su evolución ese coito aéreo. Con la cabeza cortada, vive el cuerpo de la mosca mucho tiempo y sigue respirando.

Mas quiero referirme al aspecto más extraordinario de su naturaleza. Es este el único dato que Platón omite en su tratado acerca del alma y su inmortalidad. Cuando muere una mosca resucita si se la cubre de ceniza, operándose en ella una paligenesia y segunda vida desde un principio[7], de modo que todos pueden quedar completamente convencidos de que también su alma es inmortal, si parte y regresa de nuevo, reconoce y reanima su cuerpo, haciendo volar la mosca: así confirma la leyenda acerca de Hermótimo de Clazómenas, de que su alma muchas veces le abandonaba, se alejaba por propia iniciativa y después regresaba, volvía a ocupar su cuerpo y a reanimar a Hermótimo.

No trabaja: sin fatiga disfruta de los esfuerzos ajenos y tiene la mesa llena en todas partes, pues las cabras son ordenadas para ella, las abejas no trabajan menos para las moscas que para el hombre, los cocineros condimentan para ella los alimentos, que prueba antes que los propios reyes; se pasea por las mesas, participa de sus festines y comparte todos sus goces.

No establece su nido o habitación en un único sitio, sino que remonta el vuelo errante como los escitas, y allí donde le sorprende la noche establece su hogar y lecho. Pero en la oscuridad, como dije, no hace nada: ni pretende realizar acción alguna a hurtadillas ni cometer algo vergonzoso que, hecho a la luz, la avergüence.

Cuenta la leyenda que en la antigüedad existió una mujer llamada Mía[8], muy hermosa pero charlatana, entrometida y aficionada al canto, rival de Selene por amar ambas a Endimión. Como despertaba continuamente al mozo mientras dormía con sus charlas, canturreos y bromas este se irritó y Selene, encolerizada, convirtió a Mía en mosca. Por eso siente envidia de todos cuantos duermen, y en especial de los jóvenes y niños, en recuerdo de Endimión. La misma mordedura y su deseo de sangre no es signo de fiereza, sino de amor y afecto al hombre, pues en lo posible goza de él y algo extrae de la flor de su belleza.

Hubo también, según los antiguos, una mujer de su mismo nombre, poetisa muy bella e inspirada; y también otra, famosa cortesana del Ática, de la que el poeta cómico dijo: “Mía le mordía hasta el corazón”[9]; por tanto, la gracia cómica ni despertó ni excluyó de la cena el nombre de la mosca, ni los padres se avergonzaban de llamar así a sus hijas. La tragedia también menciona a la mosca con gran alabanza, como en estos versos:

Terrible es que la mosca, con indómita fuerza,
salte sobre los hombres para hartarse de sangre,
y a los hoplitas su lanza hostil perturbe[10].

 

Mucho más podría añadir acerca de Mía, la pitagórica[11], si su historia no fuera conocida por todos.

Existen también unas moscas muy grandes, comúnmente llamadas “guerreras” y “perros voladores” por algunos, de zumbido extremadamente ronco y muy veloces en el vuelo; gozan de larga vida y resisten todo el invierno sin comer, adheridas con frecuencia a las techumbres; merece admiración su peculiaridad de realizar la función de ambos sexos, autofecundándose igual que el hijo de Hermes y Afrodita, de dos naturalezas y de doble belleza.

Y, aun cuando todavía puedo añadir mucho más, pondré fin a mi discurso, no parezca, como dice el refrán, que hago un elefante de una mosca.

 

 

© Andrés Espinosa Alarcón, de la versión al castellano

de: Obras I. Editorial Gredos. Madrid. 1982.

 

N O T A S

[1] El griego dice literalmente “como los demás” (sc. volátiles)”.

[2] Ilíada XVII 570. Atenea infunde en el pecho de Menelao la “audacia de la mosca”.

[3] La distinción sutil entre conceptos tan afines como thrásos (= “temeridad”) y thársos (= “audacia”), propia de los sofistas, es ajena a la lengua de Homero y al uso común del griego.

[4] Ilíada II 469; XVI 641.

[5] Ilíada IV 130.

[6] Ilíada II 469.

[7] Eliano, Historia animal II 29.

[8] Transcripción del sustantivo griego Myîa (= “Mosca”).

[9] Texto de origen desconocido.

[10] Texto igualmente desconocido.

[11] Al parecer, fue hermana de Pitágoras y esposa de Milón de Crotona, el famoso atleta.

Sharon Olds. El salto del ciervo

Sharon+Olds

(San Francisco, 1942)

 

La última hora

 

De pronto, a última hora

antes de llevarme al aeropuerto, se puso en pie,

golpeándose contra la mesa y dio un paso

hacia mí, y como un personaje de una antigua

película de ciencia ficción se inclinó

hacia delante y hacia abajo, y extendió un brazo,

topando con mi pecho, y trató de

agarrarme, me levanté y trastabillamos,

luego nos pusimos en pie, alrededor de nuestro núcleo,

su ronco grito de asombro, en el centro,

al final, de nuestra vida. Rápidamente, entonces,

lo peor había pasado, pude consolarlo,

sosteniendo su corazón por detrás

y apaciguándolo por delante, su propia vida

continuaba y aquello que

lo hubo atado, alrededor de su corazón —y atado

a mí— yacía ahora sobre y alrededor de nosotros,

agua de mar, óxido, luz, esquirlas,

los eternos y pequeños rizos de Eros

alisados a golpes.

 

 

 

Frontis Nulla Fides[1]

 

Algunas veces, ahora, pienso en la parte trasera

de su cabeza como una fisionomía,

roma, rica como si tuviese vello facial,

las formas convexas del pétreo muro craneal

como frente nariz mejillas, tan difíciles de leer

como las superficies de la Tierra. Él me resultaba

tan misterioso como aquella frenología

—occipucio, lamboideo—, pero conocido

como un afloramiento de roca y, para mí,

su calma poseía la honestidad de algo

más antiguo que lo humano. Conocía y no conocía

su cerebro y su revestimiento de montaña boscosa,

pero la auténtica familiaridad

de su frente era como una especie de conocimiento,

tenía mis poros favoritos en su piel,

y el caos, la multiplicidad y la

generosidad de ellos eran como

las vastas estrellas sobre el desierto.

Casi nunca fruncía el ceño, parecía

sereno, como si estuviera por encima o ajeno

a la ira. Ahora puedo ver que sus ojos

eran a veces sombríos u hoscos, pero los veía

como lagos —uno podría hacerlos sonar

y no percibir sus límites ni sus lechos. Algo en

la escasez de sus mejillas, los pómulos

hundidos, siempre me conmovió. El pronunciado

cartílago inglés de la nariz, la amplia

y elocuente curva en el arco del arquero, la

aljaba a veces vacía como si la falta de lenguaje

fuese un paso más, en la evolución,

desde el parloteo de la conciencia. Ahora

que recorro la tierra de la máscara de sí mismo

sellada en la memoria, otra vez, tocando

sus contornos, como si yo fuera el ciego cantor,

siento que el amor ignorante me dio

una vida. Pero desde el interior de mi ilusión sobre él

no podía verlo, o llegar a conocerlo. No tuve

la habilidad o no existe la habilidad

para descifrar la estructura mental en un rostro:

él fue el caballero sobre el cual erigí

una confianza absoluta.

 

 

 

Encontrándome contigo

 

Al verte de nuevo, después de tanto,

al verte con ella, y en realidad casi

sin querer tu regreso,

no parece que me haga sentir alejada de ti. Pero tú te veías

cubierto de ella, como un niño usando pegamento

que es muy pequeño para usar pegamento. “Si pudiese

escoger, un lugar donde morir”,

no habría sido nunca en tus brazos, viejo amor,

pensábamos que te vería marchar, en los míos,

nunca estuvo en duda que habías sufrido más que yo

cuando joven. Eso me conmovió tanto de ti,

la forma de ser un pasmado

y aún así parecías saber todo

lo que yo no sabía, lo cual era todo

excepto el don de la palabra —y, oh, bueno,

bailar pegados y cómo disculparse.

Cuando me dirigí hacia ustedes dos, en la exhibición de arte,

sentí que no tenía nada por lo cual disculparme,

me sentí como una especie de criatura flotante

con pies de no sé qué, recuperada de la tristeza,

que me sostenían fantásticamente al suelo de la galería como

a la superficie de un planeta, algún orbe lunar

que alguna vez fue parte de la Tierra.

 

 

 

 © Sharon Olds, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

 


N O T A S

[1] Escrito originalmente en latín, su equivalente en castellano sería “No te fíes de la apariencia”. (N. Del T.)

 

Kostas Steryopulos. Poemas

kostas

(Atenas, 1926)

 

Al otro lado de la verja

 

Sobre el hilo de una araña brilla y se balancea la luz

como en un columpio imaginario,

tras algunos signos y engendros que presagian un invierno tan grave,

la ligereza del viento te trae algunos recuerdos.

 

Una música tan lejana y tan profunda—

mas qué cabe esperar…

 

¡Tiempo ha que conozco este jardín!

Fresco corría el aire de la hojarasca,

antes de que las ramas quedasen reducidas a esqueletos

y antes de que espinas y culebras lo invadiesen todo.

Las umbrías arboledas plagadas de pájaros.

Los arriates bien granados y llenos de colorido.

 

Esta soledad te trae todavía

ladridos apenas perceptibles y sonidos nocturnos,

los perros que a tu sueño acompañaban

y recordaban “bucólicas vidas en el campo“,

y después de todo, solo queda el silencio en la llanura.

 

Ya no puedo dormir y despertar reposado.

Me falta la Gran Ignorancia,

me falta el sueño de la bestia.

Y quedé al otro lado de la verja,

del lado de tanto silencio y soledad,

viendo este jardín con más años que yo.

 

(Siempre te gustaron los jardines en ruinas.)

 

 

 

 

El sol de la medianoche

 

“Es la fe…”
(“A los Hebreos”, 11,1)

 

Como el sol de la medianoche,

descendamos.

No es el sol; es su reflejo,

que todavía luce, cuando aquel ya se ha puesto.

 

Abandonaré nuevamente la esperanza de que pase por el “ojo de la aguja“.

Con sus plumas empapadas la naturaleza no puede volar,

llevando en moléculas de materia algo del alma de los antepasados.

 

Descendamos.

 

Nuestros ojos que anhelan ver,

nuestros labios impacientes para saborear.

Linaje pecador,

olvidamos incluso la maravilla.

Nuestras manos en perpetuo movimiento, dispuestas a agarrar.

 

¿Quién se encuentra en lo más alto y en lo más bajo

en medio de calaveras desnudas,

que observan ya con las cuencas vacías de sus ojos?

La guapísima con la rosa y la calabaza bizca.

El cráneo de Yorick y de Alejandro Magno.

 

Es la fe la garantía de lo que se espera,

la prueba de las cosas que no se ven.

¿Cuánto más hondo sumergirme?

No hay otro lugar por donde pueda escapar.

 

Descendamos,

descendamos aún más.

Esta luz no cesa.

 

 

© Kostas Steryopulos, de los poemas.

© Javier Sanz Becerril, de la versión al castellano.

de: El sol de la medianoche. Visor Libros. Madrid. 1999.

Jacques Roubaud. Que la poesía es difícil

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(Caluire-et-Cuire [Francia], 1932)

.

I

—Ya no se lee a los poetas, son poco leídos porque son difíciles. ¿Qué me dice a esto?

—Primera respuesta: “quien a su perro quiera matar, rabia le ha de levantar”. Le parece que la poesía es difícil porque no ve por qué razones tendría que haber poesía. Y esto, bien porque la considera superada, aburrida, bien porque estima que la misión que antes le correspondía (se trata de la misión ‘poética’ en el sentido más débil de la palabra), puede ser desempeñada hoy día por otras cosas, la canción, la publicidad,…

—No perdamos los nervios, se lo ruego.

 

 

II

—¿Niega usted que la poesía sea difícil?

—No. Hay poesía difícil y poesía sin dificultad. El reproche de la dificultad no es más que un pretexto.

—Bueno, esa era su primera respuesta.

—Segunda respuesta. Una poesía presenta dificultades. ¿Y qué? ¿Es que es indispensable no tener que enfrentarse con dificultad alguna? ¿Es indispensable no tener que hacer ningún esfuerzo de penetración, de comprensión?

—¿Y se desvanece la dificultad?

—A veces.

—¿Por ejemplo?

—Cuando por primera vez aparece formulada la alteración del orden de una forma métrica, no se entiende la nueva disposición: todo lo nuevo es percibido en un principio como ruido.

En ciertas experiencias rítmicas, la métrica de fondo, siendo real, es invisible y hay que dejar tiempo para que el espíritu la perciba (más o menos sin darse cuenta) (es algo que ocurre normalmente con cantidad de músicas tradicionales complejas) (pero también ocurre en el caso de Bach).

 

 

III

—La poesía, según dice usted, es difícil. Sobre todo si le es desconocida la poesía que se hace. Quédese tres meses en cama sin salir y verá lo difícil que le resulta andar.

Desde el momento en que la poesía se encuentra ligada a la memoria, lo está a la memoria de cada uno; si no se halla, o ya no, en su memoria, entonces usted desconoce ya lo que es la poesía. La poesía que le llega es por fuerza rara, inhabitual, difícil por tanto, por no familiaridad, por pérdida de familiaridad con la poesía, con cualquier tipo de poesía.

 

—Una variante del mismo reproche: la poesía actual es difícil; ¡ah, si usted escribiera como X, como Y, como tal o cual poeta del pasado!

—La respuesta a esa variante es una variante de la respuesta dada a la forma pura: dice eso porque la poesía del pasado ya ha penetrado en la memoria, en la memoria de la lengua, indirectamente por tanto en la suya; como ya la tiene ahí, ocurre que cuanto ella ha obtenido ya en la lengua se absorbe sin el necesario esfuerzo de penetración, de percepción de la poesía en cuanto poesía, de reconocimiento de la poesía en los poemas (lo que constituye el primer momento de la memorización).

La dificultad de la poesía, en tal caso, se presenta también como dificultad para admitir los cambios en la poesía. Eso es, además, una figura particular de un fenómeno que afecta a todo tipo de memoria y que, como corresponde a su naturaleza, tiene especial relevancia en el caso de la poesía.

Se trata de la memoria inmóvil, quieta. La memoria interior, en cualquiera de sus dos formas, no puede pervivir más que modificándose sin cesar, más que poniéndose sin cesar a prueba interiormente. La hipertrofia del papel que se atribuye a las memorias externas favore la inmovilización de la memoria, por cuanto que pasa a ser el paradigma dominante.

La poesía ultracontemporánea presenta aún otra característica, que da origen a una dificultad real, muy distinta de lo que corrientemente se entiende por dificultad (vocabulario, construcciones, formas, presentación, ideas, …): si se toma en consideración lo que representa la memoria, la hipótesis de la memoria implica que la poesía se adelanta a los cambios que se dan en la lengua (el tiempo de la poesía es también un futuro anterior), los anuncia, incluso es posible que participe en su eclosión.

Puesto que la poesía contiene el futuro de la lengua, la lengua parece rara, insólita, difícil, en la poesía del presente.

La lengua parece rara en la poesía ultracontemporánea porque en ella muestra ciertos rasgos propios de su futuro.

La lengua parece rara en la poesía ultracontemporánea porque en ella muestra ciertos rasgos olvidados de su pasado.

La poesía preserva el pasado de la lengua en su presente. Da una imagen agustiniana de la lengua.

La poesía devuelve un sentido olvidado a las palabras de la tribu.

—Muy elocuente se nos pone usted, así de repente.

 

 

IV

—Conque, al fin y al cabo, usted también admite que la poesía es difícil.

—La poesía es difícil, sí; pero esa dificultad no radica en el hecho de utilizar palabras desconocidas por los presentadores de televisión, o una sintaxis ausente de los periódicos.

La dificultad de la poesía es una e indivisible. Dimana de que es poesía.

Lo que a priori repele es la idea de que es posible emplear una manera tan poco corriente de ejercer las funciones del lenguaje.

—¿Qué hacer?

Lo que puede servir para reducir la dificultad de la poesía es dejar de lado cualquier mala razón para no leerla, para no prestarle oído, para no guardarla en memoria, y afrontar ese rechazo como lo que vale, una sumisión indolente a las formas contemporáneas de existencia.

—¿Lo dejamos aquí?

—Aquí lo dejamos.

 

 

 

© Jacques Roubaud, del texto.

© José Luis del Castillo Jiménez, de la versión al castellano.

de: Poesía, etcétera: puesta a punto. Ediciones Hiperión. Madrid. 1998.

Yulino Dávila. ulmaria o ichu (goce del ermitaño)

Yul 3 a 75

(YD – Perú)

 

 

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© Yulino Dávila, del poema.