Nahui Ollin. Imágenes

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([Carmen Mondragón] Ciudad de Máxico, 1894 – 1978)

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La vida bajo la sensación de vacío

 

—Como la vida es monótona, nada me cautiva, todo me aburre.– Soy una víctima de la necesidad de amar y de comprender esa prisión que es este mundo. Ese suplicio se debe a que nada me es suficiente. He amado tanto que todas mis fuerzas se han agotado; ya no tengo amigos: mis intimidades son demasiado secretas para que alguien las penetre. Todo me es indiferente; no ambiciono nada, ni siquiera la muerte.

—Nada me es nuevo, he abusado demasiado de mis sensibilidades. Tengo un deseo ardiente de correr como una insensata a través de una selva virgen, allá gritaría con todas las fuerzas de mi alma, lloraría un mes, un año, hasta recaer en la tranquilidad, allá pensaría mucho, ya no vería a nadie y estaría sola con todo un nuevo mundo maravilloso tal como soy; y no tendría más escalofríos al oír las palabras que no dan remedio a mi mal. Recuerdo Francia, ¡oh! Francia querida, lugar de ilusiones, me moriría si no te volviera a ver. Hace mucho tiempo que dejé el mundo, quiero apartarme de los humanos para vivir en la soledad de tus multitudes. París, ¡oh! Paraíso de toda inteligencia grande o pequeña, eres huésped complaciente de un palacio de magias que se llama París.–

Cuando pueda contemplar el horizonte sin una palabra que me turbe, ¿me bastará el océano entero para distraer, sumergir mis dos ojos en el mar? Necesito interrogar a mi espíritu, comprenderlo. En mi casa vivo muriendo, navegando por el océano sin saber adónde, sin hallar las miradas de mis padres o de mi familia. Detesto el yugo, sea el que sea y venga de donde venga. Quiero ser, conservar mis sensaciones en un invernadero caliente como mi corazón.–

¿Por qué escribir todavía, haciendo garabatos siempre sobre una hoja de papel? Mi mano quiere traducir mis pensamientos; el infinito puede resumirse en una frase, una hoja, un libro, una biblioteca, nosotros no podemos comprender tampoco el infinito, y los vocablos, las palabras que sirven apenas para expresar las necesidades de nuestro cuerpo son elementos inadecuados para alcanzar una distancia sub límites, una duración sin fin. Ésta es la razón por la que, al querer traducir mis pensamientos en palabras, ellas son opacas, sin armonía alguna como la de los sonidos. Las vibraciones de nuestro cerebro llegan así a este otro mundo que no es nuestro infinito.–

 

 

 

La arena que cubre la pirámide de Bronce

 

La arena que cubre la pirámide de Bronce,

es la arena de un desierto que aterra

—y cuando se levanta, pesa como una ola inmensa que aplasta—

y va subiendo hasta cubrir el bronce de la pirámide

—que no tiene espíritu—

Y su materia va sepultándose sin defensa alguna

bajo la fuerza de la arena de un desierto que aterra.

—De un desierto que ocupa un ínfimo espacio

en un enorme continente,

de un desierto que quema la materia que no tiene espíritu.

—La materia que va sepultando la arena que cubre la pirámide de Bronce.

 

 

 

Bajo la mortaja de nieve duerme la Iztatzihuatl en su inercia de muerte

 

«Bajo la mortaja de leyes humanas, duerme la masa mundial de mujeres, en silencio eterno, en inercia de muerte, y bajo la mortaja de nieve— son la Iztatzihuatl,

en su belleza impasible,

en su masa enorme,

en su boca sellada

por nieves perpetuas,–

por leyes humanas.–

Mas dentro de la enorme mole, que aparentemente duerme, y sólo belleza revela a los ojos humanos, existe una fuerza dinámica que acumula de instante en instante una potencia tremenda de rebeldías, que pondrán en actividad su alma encerrada, en nieves perpetuas, en leyes humanas de feroz tiranía.– Y la mortaja fría de la Iztatzihuatl se tornará en los atardeceres en manto teñido de sangre roja, en grito intenso de libertad, y bajo frío y cruel aprisionamiento ahogaron su voz; pero su espíritu de independiente fuerza, no conoce leyes, ni admite que puedan existir para regirlo o sujetarlo bajo la mortaja de nieve en que duerme la Iztatzihuatl en su inercia de muerte, en nieves perpetuas».

 

 

© herederos de Carmen Mondragón

 

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Thomas Kinsella. Tres poemas

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(Dublín, 1928)

 

Ajenjo [1]

 

He vuelto a soñarlo: inmóvil de pronto

en la espesura, entre los árboles húmedos, aturdido,

temblando por momento, escuchando alejarse un eco apagado.

 

Un piso musgoso, casi incoloro, desaparece

bajo la recia lluvia entre las siluetas de los árboles.

Me esfuerzo, apreciando el eco un instante más.

 

Si pudiera conservarlo… familiar si pudiera conservarlo…

un árbol negro de doble tronco —dos árboles

que forman uno— eleva sus ramas confusas.

 

En su infinitesimal danza de crecimiento, los dos troncos

se han entrelazado por completo, su unión

una cicatriz lentamente retorcida, que reconozco…

Un rápido arco destella cruzando el aire,

una pesada espada en vuelo. Un golpe sordo:

el hierro se hunde en el corazón jadeante.

Volveré a soñarlo.

 

 

 

Ancestro

 

Estaba subiendo para decirle algo

y me detuve. Su perfil contra las cortinas

era viejo y sombrío como el de un ave de presa.

 

Fue su forma de posarse en el taburete,

mirando ensimismada, aferrando con una mano

la valla que rodeaba el escritorio

—o la cabeza inmovilizada por algo en su interior.

Y sin importarle nada ni nadie a su alrededor

allí, junto a los estantes.

Percibí un aroma tenue, almizclado y extraño.

 

Debí haber hecho algún ruido —dejó de mecerse

y cerró el puño en el regazo—; entonces se levantó,

bajó la tapa del escritorio y giró la llave.

Deslizó una pequeña botella debajo del delantal

y vino hacia mí, oscureciendo el pasillo.

 

Ancestro… entre cajas de dulces y frutas.

Su negro corazón…

¿Fue aquello un suspiro?

—rozándome al pasar en la penumbra,

el delantal recogido, atravesando las cortinas rojas

del lavadero hacia el cuarto de atrás.

 

 

 

Lágrima

 

Me hicieron entrar a verla.

Un fleco de cuentas de azabache

tintineó en mis oídos

al traspasar la cortina.

 

Me envolvió una penumbra morada.

Mi corazón se contrajo

ante el olor de órganos en desuso

y un riñón putrefacto.

 

El negro delantal donde solía

hundir mi cara

estaba doblado al pie de la cama

en la última pálida luz que llegaba de la ventana.

 

[Ve y dile adiós]

y fui empujado

hacia los abismos insondables.

Giré la vista hacia ella.

 

Miraba el techo fijamente

y se empolvaba una mejilla, distraída,

reclinada contra el espaldar,

descansando hasta el próximo ataque.

 

Las mantas se plegaban tocando casi

su boca,

que las líneas de mal genio

subrayaban todavía. Su cabello gris

 

completamente suelto como el

de una joven, por toda

la almohada, mezclado con las sombras

que le cruzaban la frente

 

y junto a la boca y los ojos,

como una red sujetando su cabeza contra la cama

y cayendo enmarañados hacia la sombra

que carcomía el piso a mis pies.

 

No podía moverme al principio ni lo deseaba,

por miedo a que pudiera darse vuelta y me indicara

[la madre de mi propio padre]

con voz apremiante

 

—con algún feroz susurro lisonjero—

que me escondiera una última vez

contra ella, y me enterrara

en su fango reseco.

 

¿Debía besarla? Cuando besara

la humedad que avanzaba por

las paredes floreadas

de aquella fosa.

 

Pero debía besarla.

Me arrodillé junto al cuerpo en el lecho de muerte

y hundí mi cara en el frío y el olor

de su delantal negro.

 

Rapé y almizcle, los pliegues contra mis párpados

me transportaron a un sitio abandonado

que olía a ceniza: paredes y techos irreconocibles

crujían pareciendo respirar.

 

Me vi revolviendo cenizas apagadas

buscando algún vestigio

de calor, cuando a lo lejos

en las bóvedas, oí caer

 

una gota. Y encontré

lo que estaba buscando

—ni fuego ni calor,

ni alivio alguno,

 

sino su voz, suave, hablándole a alguien

sobre mi padre… “Dios lo ayude, derramó

grandes lágrimas allí junto a la máquina

por la pobrecita”. Gotas

 

brillantes sobre la tapa de madera

por mi pequeña hermana. Mi lamento de

cachorro cesó pronto,

con toda temprana conjetura

 

de triste melancolía y tedioso pesar

y permanece amargo en riguroso cautiverio.

¡Cómo lo sentía ahora—

su corazón latiendo en mi boca!

 

Resolló entrecortadamente,

empujó las mantas

y se estremeció con un gesto de cansancio.

Me incorporé

 

y dejé la habitación

prometiéndome que

la besaría realmente

cuando estaría realmente muerta.

 

Mi abuelo alzó apenas la vista del hogar

cuando asomé por la puerta, encogió los hombros

y volvió a clavar en el fuego

la mirada ausente.

 

Me quedé un momento a su lado,

incómodo, y salí hacia el taller.

Todavía había luz allí

y sentí que volvía a respirar.

 

La vejez puede digerir

cualquier cosa: la conmoción

ante las puertas del Cielo —la lucha que afrontamos

durante toda la vida.

 

Qué largo y duro se hace

hasta llegar al Cielo, a menos que uno,

como la pequeña Agnes,

se desvanezca en lágrimas tempranas.

 

 

© Thomas Kinsella, de los poemas.

© Gerardo Gambolini, de la versión al castellano.

 

 

N O T A

[1] Nombre de la estrella referida en el Apocalipsis [8, 10-11], en la que al caer a la Tierra transformó un tercio de las aguas en ajenjo, por lo cual los hombres se volvieron agrios y murieron.

Parménides de Elea. Poema (frag. 1)

Parménides

(Elea, 530 a. C. y el 515 a. C)

 

Las yeguas que me llevan, tan lejos como alcance mi ánimo

me transportaban, una vez que en su arrastre me abocaron al camino de múltiples palabras

de la deidad, el que con respeto a todo lleva por él al hombre que sabe.

Por él era llevado, pues por él me llevaban las muy discretas yeguas

que tiraban del carro; mas el camino unas muchachas lo marcaban.

El eje, en los bujes producía un ruido de siringa,

al rojo (pues se veía urgido por dos tornátiles

ruedas a uno y otro lado), cuando se apresuraron a escoltarme

las jóvenes, hijas del Sol —dejada atrás la morada de la noche—,

hacia la luz, tras haberse destocado la cabeza con sus manos.

Allí están las puertas de las sendas de la Noche y del Día

y las enmarcan dintel y umbral de piedra.

Situadas en el éter, cubren el vano con grandes portones;

las correspondientes llaves las tiene Justicia pródiga en dar pago.

Las muchachas, hablándole con suaves palabras,

las convencieron hábilmente para que el cerrojo con fiador

de las puertas en un vuelo descorriese. Y de los portones;

el vasto hueco dejaron al abrirse, una vez que los muy broncíneos

quiciales giraron en sus quicios, el uno tras el otro,

provistos como estaban de espigas y clavijas. Por allí, a su través

en derechura guiaban las muchachas carro y yeguas por el camino real.

Y la diosa me acogió, benévola. En su mano mi mano

diestra tomó. Y así me dirigió la palabra y me decía:

Joven acompañante de aurigas inmortales,

llegado con las yeguas que te traen a nuestra casa,

salud, que no fue un hado malo quien te impulsó a tomar

este camino (pues es cierto que está fuera de lo hollado por los hombres),

sino norma y justicia. Preciso es que todo lo conozcas,

tanto el corazón impertubable de la verdad bien redonda,

como placeres de mortales en que no cabe verdadera convicción,

aunque, aún así, lo aprenderás, como preciso era

que las apariencias sean genuinamente, permeando todas a través de todo.

 

 

© Alberto Bernabé, de la versión al castellano

de: Poema. Fragmentos y tradición textual. Ediciones Itsmo. Madrid. 2007.

 

Lena Pappá. Espejos

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(Atenas, 1932)

 

I

Los espejos muchos

y la persona una.

 

 

II

Mar radiante

mi espejo

y en el fondo de su fulgor yo

de pie ahogada.

 

 

III

Ciertos momentos me asomo,

busco en su interior mi cara

como una vez la reprodujo vigorosa

bellamente viva

—y él me devuelve

una desconocida, borrosa, desleída, engañosa

en su traidora brillantez

de mercurio

 

 

IV

Millares de espejos

para la imagen.

Para el alma

todavía

ninguno

 

 

V

Los espejos múltiples

me multiplico también yo.

Debes tener valor

para mirar

tus múltiples rostros

que te seducen

y te turban

con la repetición de los enigmas.

 

 

VI

Navegándome a mí misma

me esfuerzo

por fondear en mi verdad.

El espejo

unas veces puerto otras vorágine

jamás pude gritar

“Eureka”.

 

 

VII

Huiste: el espejo quedó espléndida

insondable fosa.

 

 

VIII

Qué esplendorosa soledad

el espejo.

 

 

IX

Mágicos todos los espejos

cuando en ellos te miras

sonriendo.

 

 

X

En los espejos oxidados de la memoria

vi

cómo la verde risa, mis frescos

ojos extáticos

el lozano ídolo del mundo

brillaba como la luna

en los telarañosos espejos muertos

vi

cómo me esperaban inmarchitables

la menta de mi madre

los besos mentolados de los azules amores

en los viejos mutilados espejos

vi

la onírica mirada de mi blanco

ángel bueno

antes de que la oscureciera el negro tiempo.

 

 

 

© Lena Pappá, de los poemas

© José Ruiz, de la versión al castellano

de: Palabras de vidrio. Los Vientos. Barcelona. 1984.

 

María Rosa Maldonado. Acúfenos

maria rosa maldonado

 

el asedio de dubrovnik

 

el viento bora pasa y el adriático   se convierte en caldero

peligroso para los navegantes

 

desde el cielo   azul nitrógeno

las bombas bajan sobre la ciudad vieja

 

por la misma razón que la manzana de newton

 

la gravedad   es una fuerza débil

dicen   más de mil veces

menor   que aquella que sostiene unidos a los átomos

pero aun así

caen sin pausa   las bombas

dentro de las murallas

 

en el arboretum de trsteno

entre sulfúricas manchas de energía

el alcanforero

expande su vastedad narcótica

su vapor

que seda a los enfermos

y envenena a los pájaros

 

 

 

en cuanto a la cosa en sí

 

en cuanto a la cosa en sí

la hormiga la transporta

sin susto

asida con la boca

 

camina ligera   ligera   sobre la ciénaga del ser

entre la nada y otra vez la nada

a recoger muestras del dios

y hacer con ellas su comida

 

desconoce su propia oscuridad

pero habla en lenguas

de mayor antigüedad que el arameo

 

no necesita llegar a la luna: forma parte de ella

 

su corazón —largo tubo dorsal por donde fluye la hemolinfa—

es más sabio que el tractatus de Wittgenstein

 

 

 

la hoguera de champel

 

en un universo paralelo

servet   y sus libros

no fueron   quemados vivos en la hoguera

por acción   u omisión   de juan calvino

 

vapores fuliginosos no cubrieron el cielo de champel

extramuros   de la culta ginebra

 

magno artificio

la circulación sanguínea es alma emanada del eterno

 

pero   quién viene a nombrar la trinidad

con la boca de un ave de corral?

 

azufaifo   fruta de la inmortalidad

drupas dulces y comestibles

son los dioses

 

pasto para las cabras

 

 

 

keeling descubrió la respiración exquisita de la tierra

 

keeling descubrió la respiración exquisita de la tierra

el lento ritmo de inspiración y exhalación

dióxido de carbono

entrando y saliendo de sus profundos   alveolos vegetales

 

mientras

la vida engorda y adelgaza en los bosques del norte

 

intercambio preciso

delicado equilibrio   del calor corporal

del planeta azulino

su historia

sellada en el frío límpido de las nieves antiguas

 

volcanes y cianobacterias preparando la fuente

el ácido y volátil alimento

 

pero también   también

podríamos   haber nacido de la energía venenosa del cadmio

 

 

 

sokushinbutsu

 

el hombre que bebió y bebió el té venenoso del urushi

está desapareciendo de este mundo

y apareciendo en el mundo

del árbol

él ya no ve

es el árbol ahora quien en amorosa meditación

lo mira

contempla su oscura corteza de hombre seco

que se contrae sin ruido

en el pozo de piedra donde espera

sin certeza ninguna

la restitución

la visitación

la habitación de la luz

 

 

 

 

© María Rosa Maldonado, de los poemas

de: Acúfenos. Zindo & Gafuri Ediciones. Buenos Aires. 2017

 

Alfredo Bryce Echenique. El hombre, el cinema y el tranvía

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(Lima, 1939)

El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltearse las descripciones muy extensas e inútiles.

Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con dirección al Paseo de la República. Eran las seis de la tarde y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar y la gente que abandonaba la sala se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años y un muchacho de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no esa película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada no parecieron impresionar mucho al hombre que podía ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel.

Voló tres metros y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y desapareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse y el conductor saltó a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente y la gente que empezaba a aglomerarse retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.

—No pude hacer nada por evitarlo —dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.

—¡Dios mío! —exclamó una vieja gorda que llevaba una bolsa llena de verduras—. En los años que llevo viajando en esta línea…

—Hay que llamar a un policía —interrumpió alguien.

La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual a la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.

—Circulen. Circulen —ordenó un policía que llegaba en ese momento.

—No pude hacer nada por evitarlo, jefe.

—¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.

—Hay que llamar a una ambulancia.

Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años y el muchacho que podía tener dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.

—Vestía de azul marino —dijo el muchacho.

—Está muerto.

—Es extraño.

—¿Qué es extraño? —preguntó el hombre de unos treinta años.

—Vas al cine y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones y uno se divierte.

—El arte y la vida.

—Humm… El arte, la vida… Pero el periódico…

—Ya lo sabes —interrumpió el hombre—. Si tienes un accidente y ves que empiezan a cubrirte con periódicos… La cosa va mal…

—Tú también vas a morirte…

—Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro… Eso no es soñar, mi querido amigo.

—¿Siempre es así? —preguntó el muchacho.

—¿Conoces los chistes crueles?

—Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?

—¿Acaso no vas a la Universidad?

—No te entiendo.

—¿Sabes lo que es la catarsis?

—Sí. Aristóteles…

—Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.

—Eres increíble —dijo el muchacho.

—Hace años que camino por el centro de Lima —dijo el hombre—. Como ahora. Hace años que tenía tu edad y hace años que me enteré que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí —dijo, mientras abría la puerta de un bar—. ¿Una cerveza?

—Bueno —asintió el muchacho—. Pero no todos los días.

—Diario. Y a la misma hora.

Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres de ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan solo la cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente y pensaba que algunos venían para beber en silencio y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.

—Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla —dijo el hombre.

—¿Es verdad que vienes todos los días? —preguntó el muchacho.

—¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará y le traerán su aperitivo.

—¿Y si hoy prefiere una cerveza?

—Sería muy extraño —respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.

—¿Dos cervezas, señor Alfonso?

—No sé si quiero una cerveza —intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba y se dirigía a la mesa vacía del fondo.

—Tengo que prepararle su aperitivo al viejito —dijo el mozo.

—Decídete, Manolo —dijo el hombre y agregó mirando al mozo—: se llama Manolo…

—Un trago corto y fuerte —ordenó el muchacho—. Un pisco puro.

 

 

© Alfredo Bryce Echenique, del relato.

de: Cuentos completos. Alianza editorial. Madrid. 1981.

 

De la verdad del ser. Martin Heidegger*

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(Messkirch, 1889 – Friburgo de Brisgovia, 1976)

 

El hombre moderno tiene una “vivencia” del mundo y lo piensa vivenciándolo, es decir, por sí mismo como el ente que, en cuanto fundamento, sirve de base a toda explicación y ordenamiento del ente como un todo. En el lenguaje de la metafísica, lo que sirve de base al fundamento es “subjectum“. El hombre moderno es por esencia “sujeto”. Solo porque él es “sujeto” puede su Yo o su Yoidad llegar a ser esencial. El hecho de que el Tú sea contrapuesto al Yo y que el Yo sea de este modo colocado en sus límites e imponga así la relación Yo-Tú, y el hecho de que el lugar del individuo sea tomado por la comunidad, la nación, el pueblo, el continente y el planeta, de ninguna manera significa que, comprendida metafísicamente, sea superada la subjetividad del hombre moderno, sino que es conducida por primera vez a su estado incondicionado. La “antropología”, cuya forma anglo-americana es la sociología, ha superado el pensar esencial. Solamente cuando el hombre se hace sujeto, el ente no-humano se hace objeto. Solo en el dominio de la subjetividad puede surgir una disputa sobre la objetividad, sobre su validez, sus beneficios y sus pérdidas, y sobre sus ventajas y desventajas en un caso particular.

Pero, que la esencia del hombre, para los griegos, no es determinada como sujeto, un conocimiento del inicio histórico de Occidente es difícil y extraño para el “pensar moderno”, si se asume que la “vivencia” moderna no es interpretada simplemente hacia atrás en el mundo griego, como si el hombre moderno poseyera una relación de intimidad personal con los griegos, solo porque organiza periódicamente los “Juegos Olímpicos” en las principales ciudades del planeta. Aquí, la fachada del título derivado es lo único griego. Con ello no es dicho nada en contra de los Juegos Olímpicos mismos, pero sí en contra de la opinión errada de que ellos tienen alguna relación con la esencia griega. Y debemos saber esto si queremos conocer la esencia completamente diferente de la historia moderna, es decir, si queremos experimentar al mismo tiempo nuestro propio destino en su determinabilidad esencial. Sin embargo, esta tarea es demasiado inquietante y demasiado seria para que la opinión sin pensamiento y el parloteo puedan ser tomados en la más leve consideración. Quien toma lo dicho en esta lección por lo que simplemente es dicho, a saber, como una palabra de atención y de incipiente cuidado en el pensar, también aprenderá con el tiempo a dejar de lado todos los “afectos” sentimentales que se abren paso tan rápidamente en una “toma de posición” sin pensamiento y locuaz. Quien solo está sentado aquí con el fin de coger al vuelo algún material para sus afectos políticos o antipolíticos, religiosos o antirreligiosos, científicos o anticientíficos, está errado y sustituye lo que justamente llega a su mente en una tarde en particular por lo que ha sido la tarea del pensar en Occidente por los últimos dos milenios y medio, desde su inicio histórico. Por cierto, la estupidez en circulación no puede ser, para los pensantes, una razón para renunciar a la tarea de orientarse por lo esencial. El parloteo vacío no puede ser interrumpido. Pero, del mismo modo, la consideración del nivel de quienes son demasiado perezosos para pensar pone en peligro el pensamiento esencial.

Nuestras discusiones sobre “lo romano” son interpretadas como resultado de una hostilidad anti-cristiana. Dejemos de lado la teología para decidir si la meditación sobre la esencia de la verdad, tomada en su contexto, no podría ser más fructífera para la preservación de la cristiandad que el deseo aberrante de construir nuevas pruebas fundadas “científicamente” para la existencia de Dios y para la libertad de la voluntad, sobre la “base” de la física atómica moderna.

Inicialmente, la esencia emergente del ser dispone y determina el modo del albergamiento de lo desoculto como la palabra. La esencia de la palabra dispone y determina primero la esencia de la humanidad, correspondiente a ella, y de este modo remite esta a la historia, es decir, al inicio esencial y a la transformación de la esencia de la verdad del ente. Pero en ninguna parte hay una humanidad que forme por sí misma una mirada del ser y se establezca luego a sí misma con esta mirada, como si el ser y la mirada de este fueran como las astas que se forman en un buey, y con el cual luego vegeta. Solo porque el ser y la verdad del ser son esencialmente más allá de todos los hombres y humanidades, el “ser” o el “no-ser” de la esencia del hombre pueden y tienen, por consiguiente, que estar en juego allí donde el hombre es determinado como histórico, para la preservación de la verdad del ser. Una decadencia nunca es superada simplemente porque sea detenida o de cierto modo frenada y conducida en un progreso hacia “mejores tiempos”. Todo progreso podría ser solo un paso “fuera del” dominio esencial del inicio. Solamente en vista del inicio puede ser pensada y experimentada una decadencia. La decadencia solo puede ser superada cuando el inicio es salvado, pero luego es ya superado. Y el inicio solo puede ser salvado cuando puede ser el inicio que es. El inicio solo es inicial cuando el pensar mismo es inicial y cuando el hombre en su esencia piensa inicialmente. Esto no significa la tarea imposible de repetir el primer inicio, en el sentido de una renovación del mundo griego y de su transformación en el aquí y el ahora. Al contrario, significa ingresar, por medio del pensamiento inicial, en una confrontación y en un diálogo con el inicio, con el fin de percibir la voz de la disposición y determinación del futuro. Esta voz solo puede ser escuchada allí donde es experiencia. Pero la experiencia es en su esencia el dolor, en el cual el ser otro esencial del ente se revela en oposición a lo usual. La más alta forma de dolor es el morir de la muerte como un sacrificio para la preservación de la verdad del ser. Este sacrificio es la experiencia más pura de la voz del ser. ¡Pero los sacrificios no tienen que ser entonces tantos como las causas que los ocasionan inmediatamente, puesto que el sacrificio tiene en sí mismo su propia esencia y  no requiere de metas y de usos! ¿Entonces, y si la voz del inicio se anunciara a sí misma en nuestro destino histórico?

¿Pero, y si el inicio ha caído en el olvido? ¿No tendríamos, entonces, que experimentar primero que este olvido no es una mera negligencia o una omisión del hombre, si no que es un acaecer-propicio que pertenece a la esencia del ser mismo, es decir, al desocultamiento?

¿Y si no solo el hombre ha olvidado la esencia del ser, sino que además el ser mismo ha olvidado al hombre y lo ha olvidado en el auto-olvido? ¿Hablamos aquí de λήθη solo para aparentar erudición?

Los griegos guardan silencio por largo tiempo sobre λήθη. Pero a veces dicen una palabra. Hesiodo menciona λήθη a una con λιμός, la ausencia de alimento, como una de las hijas de la noche encubridora. Píndaro habla de ella e indica la dirección que nuestra mirada debe seguir en su esencia oculta.

 

 

© Herederos de Martin Heidegger

© Carlos Másmela, de la versión al castellano.

de: Parménides. Ediciones Akal. Madrid. 2005.

 

N O T A S

[*] El siguiente texto es un primer proyecto de la repetición de las páginas 72-74 [del manuscrito], las cuales no fueron incluidas por Heidegger en su lección.