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Antonio Gamoneda. Sobre los hongos

antonio gamoneda

(Oviedo, 1931)

 

Plinio y otros autores piensan que los hongos son enfermedad de los árboles, una especie de sarna por abrasamiento del sol y corrupción del rocío, sin otra utilidad que ayudar a los seborreicos en el desprendimiento de la caspa, y Dioscórides, seguido por Laguna, derrama fantasía afirmando la indomable ponzoña de los que nacen cerca de clavos con herrumbre, paños podridos, cueva de serpiente o agua infecciosa.

Siendo verdad que la muerte anda suelta entre los hongos, no lo es esta condenación universal. Tienen razón, en modo general, Dioscórides y Laguna, declarando venenosos a los que cambian de color y terminan siendo violáceos o negros al ser cortados; no yerran avisando que el cornezuelo del centeno gangrena la cresta de los gallos y, en los hombres racionales, los dedos y narices y todos los lugares donde prosperan los sabañones; es verdad que son innumerables los hongos maléficos y, entre ellos, como reina tenebrosa, la amanita faloide, vulgo meaperros, que, enfriando el cerebro, mata en seis horas de convulsiones tetánicas, pero esto no ha de servir para negar, en muchos otros, sus potencias saludables, algunas de las cuales quedan ya dichas, ni las temibles maravillas que, con alguna inocencia, proclama el códice de Kratevas.

Relata este que, habiendo acompañado a Diofanto en una expedición al Quersoneso, tuvo ocasión de trato con pastores de caballos que del Septentrión asiático descendían a Crimea para comerciar con pieles desconocidas en las orillas pónticas. Estos pueblos eran tártaros y obedecían a chamanes que guardaban secretas algunas substancias, y estas eran parte de su dignidad y fuerza. Se decía que tales substancias contenían poder de visión antes y después del instante y en todos los lugares de la tierra, por lejanos que fuesen, hasta alcanzar los montes y lagos donde se esconden los dioses y los muertos.

La naturaleza de los chamanes era conocida, pero no podía decirse entre los suyos porque el nombre llevaba consigo la causa activa por la cual estaban vivos y muertos al mismo tiempo y en sus ojos no había distinción entre lo visible y lo invisible. Era sabido que descendían de unos a modo de dioses, que, en tierras y tiempos también innombrables, habían sido derrotados por seres aún más fuertes.

Con estos chamanes, así lo confiesa, quería tener comercio Kratevas, y debió de lograrlo porque hace promesa de dar cuenta de ello en un códice distinto, que no llegó a escribir o que se ha perdido, y porque ya en este habla de una sera de hongos que, envueltos en turba, se multiplicaban con el calor del camino en su regreso a Pérgamo. Estos hongos, según el hilo de los nombres y la ciencia botánica, eran la amanita muscaria (llamada así porque mueren las moscas que entran en su aura) que brota en el verano asiático y, en Siberia, es una existencia sagrada. También se encuentra entre nosotros y no es imposible hallarla en la profundidad de los hayedos. Los catalanes la llaman rey tiñoso.

Y dice Kratevas finalmente:

    ..   “Los frutos asiáticos se conservaron frescos en la turba que yo mismo humedecía con aguas limpias, y, pasada una lunación, pedí a Mitríades tres hombres de los que retenía en Amasia para las obras públicas, y lo hice porque estos pertenecían a naciones tibarenas y cálibes, próximas y semejantes a la de los pastores nómadas que visitaban el Cáucaso. Eran medianos de estatura pero tenían la espalda fuerte y completos los dientes. Ya en mi casa, hice que les quitaen las cadenas y que los custodiasen en patios separados.

………“Ofrecí al primero de ellos cinco frutos frescos y pequeños, y este, que entendía de nuestras lenguas y conocía, a lo que se ve, la especie frutal me rogó un día de plazo para poder comerlos antes del amanecer, ‘a la hora de hacer sonar las flautas’, dijo, tomado quizás por la sabiduría de los recuerdos. Así lo hice y, al día siguiente, masticados los frutos, vi en media hora que le provocaban vómitos y que los retenía apretando los dientes. Después empezó a mecer acompasadamente la cabeza y a cantar en lengua desconocida; más tarde, se desnudó, y su miembro estaba rígido, y bailó en modo giratorio hasta que su cuerpo no pudo sostenerse y cayó en un gran sueño del que despertó en diez horas, y, habiéndole yo preguntado, besó mis manos y me hizo relato de cómo había remontado suavemente un gran río y llegado a su país en tiempo solar de recolección, y encontró a los suyos en salud, incluso a los muertos muy antiguos. Luego, había bebido espuma dorada con los jóvenes y, según la costumbre, yacido dulcemente con su hermana en el lecho y acariciado los cabellos de su madre.

………“Al segundo le puse en las manos cinco frutos entre pequeños y grandes, y rehuía dos que le hice tragar por la fuerza. No tuvo vómitos, sin embargo. Vi aumentar el diámetro de sus pupilas, que fulgían en la oscuridad como si el fuego abriese círculos en sus ojos consumiendo las partes del agua. Habiéndole ofrecido un cuenco de leche fresca, la derramó con violencia y, en sus movimientos, que eran como danza convulsa, ponía gran fuerza corporal, de modo que hubo instantes en que vi sus piernas por encima de mi cabeza. Durante algún tiempo, se inmovilizó vigilante, y pude darme cuenta de que sentía los pasos y el olor de las mujeres de la casa que abandonaban sus lechos, de la misma forma que un animal cuyo oído y olfato le avisaran agudísimos. De pronto, comenzó a sollozar y, después, a pronunciar palabras incomprensibles sumidas en alaridos, al tiempo que con las uñas abría sus propias carnes. Hubo un tiempo en que pareció sosegarse, pero solo fue el necesario para orinar varias veces en el regazo formado por sus manos y beber el líquido, caliente y amarillo como el de una acémila, el cual debía llevar consigo la substancia frenética, ya que fue a más aullando y, con inalcanzable ligereza, trepó sobre el medianil de los claustros y se perdió en la profundidad de la casa, donde, más tarde, los criados lo hallaron ahoracado por sí mismo.

………“Hice que el tercero, después de mostrárselos, comiese, majados, cinco frutos grandes, los que, aterrorizado, quería rechazar, y pronto presentó síntomas de paroxismo mediante durísimas convulsiones en las que se oía la contracción de los huesos al tiempo que sus globos oculares salían de entre los párpados y manaban sangre sus oídos. Al cabo de estas violencias, se derrumbó como un animal corpulento y, ahogado en sus propios líquidos, dejó de latir.

………“Pude saber, pues, que el fruto asiático es causa de locura feliz o de desesperanza y muerte según la cantidad, y pensando en la alegría y salud del primer cálibe, al que mantuve en mi casa largo tiempo y por ella me seguía silencioso y prudente como un animal agradecido, quise sentir en mí la suavidad de tales sueños, para lo cual, en el secreto de mi cámara y antes de un amanecer, puse en mi boca dos frutos pequeños y limpios, los cuales eran amargos como hiel de perro, pero dejaban finalmente una gran frescura que se extendió por todo mi cuerpo de modo que llegué a notar algún frío, y, más tarde, lo que me pareció vaciamiento de espíritus, como si estos, sin hacerse sentir, saliesen del corazón y se aquietasen suspendidos sobre mi cuerpo.

………“Quedaba en mí una alegría sin causa que no cesó al sobrevenir fuertes náuseas, que contuve como había visto hacer al cálibe, y, habiendo cesado, vi los muros verdes de la cámara arder en su geometría, y que, de un gran espacio, descendían hacia mí, sin llegar a tocarme, sucesivas pirámides de luz que no cegaba porque era a la vez poderosa y sutil. Estas pirámides salían unas de otras, habitadas por colores ante los que nada eran los colores de la existencia. Después vi construcciones de oro que crecían incesantes, y sobre ellas se cernían grandes pájaros blancos que se movían con lentitud precisa y semejaban astros vivientes. Sentí también una música que carecía de divisiones y en su razón y grados no era distinta del silencio, y mi cuerpo participaba de sus átomos, los cuales se movían componiendo vientos pacíficos.

………“Todas aquellas cosas eran tan verdaderas que, puestas al lado de los seres y materias de la convivencia natural, estos no serían más que apariencias vacías. No parecía existir tampoco el tiempo; sin embargo, en cierto punto, empecé a descender y lo hacía creyendo que aquel abismo no cesaría nunca en su profundidad, mas no fue así porque, sin advertir el modo, me encontré caído y desnudo en mi  cámara, y, aún dentro del sueño, pude escuchar mi propio llanto.

………“No queriendo despertar, me arrastré hasta alcanzar el vaso de plata que contenía aún algunos pequeños frutos, y comí tres de ellos y volví a estar libre de pesadumbre. Entonces, mis visiones entraron en mudanza: sentí ríos anchos y profundos en los que mi cuerpo era uno con su caudal, y en ellos pude llegar a una tierra blanca y carente de sombras, que, siempre en silencio, fue poblándose de animales sin especie y de seres humanos cuyos rostros eran y no eran los de algunos muertos amados. Se sentía que el tiempo de la eternidad era menos que un relámpago y, quizás por ello, que aquella existencia se daba en grados de naturaleza desconocida, aunque sus formas sin peso se inclinaban a la tristeza.

………“En este lugar, comencé a sentir, sin llegar a verlo, un vapor que se extendía sobre arenales y ruinas y estaba formado por agregación de espíritus. Y supe que aquello no era otra cosa que el futuro mortal, que aquí se entendía como pasado. Pude ver la ruina de las naciones pónticas y que, en el espesor de la niebla, no se distinguía la consistencia de los reyes de la de los esclavos, sino que todos eran parte informe de una misma desaparición.

………“Otra vez sentí mi llanto y, habiéndose sumido la niebla, me encontré cerca de las ruinas y, dentro de ellas, pude ver cómo, también llorando, Pysto, el servido gálata de Mitríades, muy envejecido, hacía entrar su cuchillo en la garganta del señor, y este era un pálido anciano que, sintiendo entrar el acero, solo manifestaba indiferencia, como si contemplase una inmensidad vacía.

………“La sangre de Mitríades avanzaba creciente hacia mí, y, con el temor de ver también mi propia muerte, desperté”.

 

 

 

© Antonio Gamoneda, del texto.

de: Libro de los venenos. Ediciones Siruela. Madrid. 1997.

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Herta Müller. La oración fúnebre

Herta_Muller

(Niţchidorf, Rumania, 1953)

 

En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra.

Apagué el televisor.

Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.

Llevaba su vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía en traje de novio. Solo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba sudando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.

En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.

En las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera en verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de  arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.

El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una mujer en un campo de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más. Tu padre le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante unas semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.

El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.

El otro hombrecillo borracho siguió hablando:

Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante unas semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.

El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.

Luego colocó una piedra gruesa sobre el ataúd.

El predicador estaba junto a una cruz de mármol blanco. Se dirigió hacia mí. Tenía ambas manos sepultadas en los bolsillos de su hábito.

El predicador se había puesto en el ojal una rosa del tamaño de una mano. Era aterciopelada. Cuando llegó a mi lado, sacó una mano del bolsillo. Era un puño. Quiso estirar los dedos y no pudo. Los ojos se le hincharon del dolor. Rompió a llorar en silencio.

En tiempos de guerra uno se entiende con sus paisanos, dijo. No aceptan órdenes.

Y el predicador colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd.

De pronto se instaló a mi lado un hombre gordo. Su cabeza parecía un tubo y no tenía cara.

Tu padre se acostó durante años con mi mujer, dijo. Me chantajeaba estando yo borracho y me robaba el dinero.

Se sentó sobre una piedra.

Luego se me acercó una mujer flaca y arrugada, escupió a la tierra y me dijo ¡qué asco!

La comitiva fúnebre estaba en el extremo opuesto de la fosa. Bajé la mirada y me asusté, porque se me veían los senos. Sentí mucho frío.

Todos tenían los ojos puestos en mí. Unos ojos vacíos. Sus pupilas punzaban bajo los párpados. Los hombres llevaban fusiles en bandolera, y las mujeres desgranaban sus rosarios.

El predicador se puso a juguetear con su rosa. Le arrancó un pétalo color sangre y se lo comió.

Me hizo una señal con la mano. Me di cuenta de que tenía que decir unas palabras. Todos me miraban.

No se me ocurría nada. Los ojos se me subieron por la garganta a la cabeza. Me llevé la mano a la boca y me mordí los dedos. En el dorso de mi mano se veían las huellas de mis dientes. Unos dientes cálidos. Por las comisuras de los labios empezó a gotear sangre sobre mis hombros.

El viento me había arrancado una de las mangas del vestido, que ondeaba ligera y negra en el aire.

Un hombre apoyó su bastón de caminante contra una gruesa piedra. Apuntó con un fusil y disparó a la manga. Cuando cayó al suelo ante mi cara, estaba llena de sangre. La comitiva fúnebre aplaudió.

Mi brazo estaba desnudo. Sentí cómo se petrificaba al contacto con el aire.

El predicador hizo una señal. Los apausos enmudecieron.

Estamos orgullosos de nuestra comunidad. Nuestra habilidad nos preserva del naufragio. No nos dejamos insultar, dijo. No nos dejamos calumniar. En nombre de nuestra comunidad alemana serás condenada a muerte.

Todos me apuntaron con sus fusiles. En mi cabeza retumbó una detonación ensordecedora.

Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una.

Mi madre había vaciado todas las habitaciones.

En el cuarto donde habían velado el cadáver se veía ahora una gran mesa. Era una mesa de matarife. Encima había un plato blanco vacío y un florero con un ramillete ajado de flores blancas.

Mamá llevaba puesto un vestido negro y transparente. En la mano tenía un cuchillo enorme. Se acercó al espejo y se cortó la gruesa trenza gris con el cuchillo enorme. Luego la llevó a la mesa con ambas manos y puso uno de sus extremos en el plato.

Vestiré de negro toda mi vida, dijo.

Encendió uno de los extremos de la trenza, que iba de un lado a otro de la mesa. La trenza ardió como una mecha. El fuego lamía y devoraba.

En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo. Apenas podía caminar de hambre. De noche me metía a rastras en un campo de nabos. El guardián tenía un fusil. Si me hubiera visto, me habría matado. Era un campo silencioso. El otoño tocaba a su fin y las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada.

No volví a ver a mi madre. La trenza seguía ardiendo. La habitación estaba llena de humo.

Te han matado, dijo mi madre.

No volvimos a vernos por la cantidad de humo que había en la habitación. Oí sus pasos muy cerca de mí. Estiré los brazos tratando de aferrarla.

De pronto enganchó su mano huesuda en mi pelo. Me sacudió la cabeza. Yo grité.

Abrí bruscamente los ojos. La habitación daba vueltas. Yo yacía en una esfera de flores blancas ajadas y estaba encerrada.

Luego tuve la sensación de que todo el bloque de viviendas se volcaba y se vaciaba en el suelo.

Sonó el despertador. Era un sábado por la mañana, a las seis y media.

 

 

© Herta Müller

© Juan José del Solar, de la versión al castellano.

Milo de Angelis. Veremos domingo

milo_de_angelis

(Milán, 1951)

 

 

Contar los segundos, los vagones del Eurostar[1], verte

bajar del número nueve, el carrito, la sonrisa,

las palpitaciones, la noticia, la gran noticia.

Esto sucedió, en 1990. Sucedió, ciertamente

sucedió. Y antes de eso, el chapuzón en el Ticino,

mientras el balón desaparecía. Sucedió.

Hemos visto la apertura y el nacimiento de un instante.

Las hadas regresaban a las viviendas populares, el huracán

llenaba un cielo alucinado. Cada cosa estaba allí,

desierta y llena, para nosotros que esperamos.

 

 

 

*

Milán era asfalto, asfalto derretido. En el desierto

de un jardín se produjo la caricia, la penumbra

endulzada que invadió las hojas, hora sin juicio,

espacio absoluto de una lágrima. Un instante

en equilibrio entre dos nombres avanzó hacia nosotros,

se hizo luminoso, se posó respirando sobre el pecho,

sobre la gran presencia desconocida. Morir fue aquel

desmoronamiento de las líneas, nosotros allí y el gesto

por todos lados, nosotros dispersos en las

supremas tensiones del verano,

nosotros entre los huesos y la esencia de la tierra.

 

 

 

*

No es posible. El llanto que se transformaba

en una risa loca, las noches pasadas

corriendo por Via Crescenzago, persiguiendo el neón

de un quiosco. No es posible. No es tampoco nuestra

la palpitación de esperar la medianoche, esperar

hasta que la medianoche entra en su verdadero tumulto,

en el frenesí de todas las horas, de todas las horas.

No es posible. Uno solo es el tiempo, una sola

la muerte, pocas las obsesiones, pocas

las noches de amor, pocos los besos, pocas las calles

que nos alejan de nosotros, pocos los poemas.

 

 

 

*

Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda

la respiración se concentraba en el collar. Las sombras

de Lambrate[2] cerraron la puerta. Toda la habitación,

absorta, se convirtió en el primer latido. El negro

de tus cabellos contra el amarillo del último rayo.

Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.

El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba

ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único

y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía

permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.

 

 

 

*

No quedaba tiempo. La habitación había entrado en un vial.

Ya no era posible compartir la esencia. Ya no tenías

el collar. No te quedaba tiempo. El tiempo era una luz

marina entre las persianas, una fiesta de hermanas,

la herida, el agua en la garganta, Villa Litta[3]. Ya no había

día. La sombra de la tierra llenaba los ojos

con el miedo de los colores perdidos. Cada molécula

permanecía a la espera. Hemos visto el remiendo

de las manos. No había luz. Todavía nos siguen

llamando, juzgados desde una estrella que no se mueve.

 

 

 

*

En el verano del tiempo humano, en el último verano,

estaban todas las calles. La Prenestina

con sus rondas llegaba al mar

de Taranto vieja y a los jardines de Porta Venezia,

geografía de uniones inesperadas, tiempo que no se pierde,

todas las calles, todos los amores inmersos en uno solo

y renacidos, todos los pasos ante el portal, las miradas

en el intercomunicador, todas las voces, los acentos, las sílabas,

tú que salías sonriente con tu colbac

y caminabas decidida hacia el autobús.

 

 

 

*

Hubo un cumpleaños, al inicio, ciertamente.

Cinco velitas azules, los familiares que nunca vemos,

los vivas. Hubo, hubo todo aquello.

El decimoquinto fue en Monferrato, recuerdo,

con Luisella y Cristiana, el torneo de lucha en el Po,

el cuerpo vencido, el seno entrevisto. Ocurrió allí.

En el misterioso tumulto se formaba una osamenta, el sentido

de las horas truncadas. Todo estaba más cerca de la sangre

que del arco iris. Ocurrió. Ocurrió. Los ojos

buscaban, en la materia inquieta, una incisión.

En el rostro envejecido de una mujer, el mundo

entero se marchitaba. Luego, en una heroína, renacía. Leche

y cruz. Vía de los desaparecidos. Tarea escrita.

 

 

 

*

En ti se reúnen todas las muertes, todos

los vidrios hecho pedazos, las páginas secas, los desequilibrios

del pensamiento, se reúnen en ti, culpable

de todas las muertes, incompleta y culpable,

en la vigilia de todas las madres, en la tuya

inmóvil. Se reúnen allí, en tus

débiles manos. Están muertas las manzanas de este mercado,

estos poemas regresan a su gramática,

a la habitación de hotel, a la cabaña

de aquello que no se une, alma sin descanso,

labios envejecidos, corteza arrancada del tronco.

Están muertos. Se reúnen allí. Han fallado,

han fallado en la operación.

 

 

 

*

El lugar inmóvil, la palabra oscura. Aquel era

el lugar designado. Adiós recuerdo de noches

luminosas, adiós gran sonrisa. El lugar era allí.

Respirar era una oscuridad de persianas, un estar primitivo.

Silencio y desierto intercambiaban el rostro y nosotros

hablábamos a una luz. El lugar era aquel. Los tranvías

casi no pasaban. Venus regresaba a su cabaña.

De la garganta guerrera se desprendían episodios. No dijimos

nada más. El lugar era aquel. Era allí

donde estabas muriendo.

 

 

 

 

*

Las naciones se ahogan, las torres se derrumban, un caos

de lenguas y de colores, traumas y nuevos amores,

entra en Bovisasca[4], elimina el siglo XX

de la soledad maestra, de nuestro verso

colgado en el vacío. Otras mujeres evitan

los desperdicios del mercado, en la nueva miseria

de este instante. Me siento en el café debajo de casa,

observo el paisaje de Sironi[5], en un solitario

doce de agosto, empiezo a convocar las sombras.

 

Observo nuevamente a mi padre en una ciudad de mar, un aire

a Belle Époque y una sonrisa extraviada de muchacho.

Y luego a Paoletta que sobre el tatami consiguió

la victoria a tres segundos del final. Y a Roberta

que ha dedicado su vida. Y a Giovanna,

en un silencio de hospital, cuando el tiempo

revela sus grandes paradigmas.

 

“Volverán vivos los amores tenebrosos

que en medio de los años dejaron

una espina, volverán, volverán luminosos”.

 

 

© Milo de Angelis, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

.

.

.

N O T A S

[1] Nombre comercial de los servicios ferroviarios de alta velocidad prestados por Eurostar Group y que comunican Londres con París y con Bruselas a través del Eurotúnel, ubicado en el Canal de la Mancha.

[2] Barrio de Milán situado en la periferia oriental de la ciudad.

[3] Edificio que se encuentra en el barrio de Affori construido hacia finales del siglo XVII a pedido del marqués Pier Paolo Corbella. Con el correr del tiempo sus jardines fueron creciendo hasta convertirse en uno de los lugares más pintorescos de la capital lombarda.

[4] Otro de los barrios de Milán, ubicado al norte y que pertenece al Municipio 9.

[5] Se refiere a uno de los cuadros de Mario Sironi (Sassari, 1885 – Milán, 1961), gran parte de su obra pictórica estuvo dedicada a los paisajes urbanos y zonas industriales enmarcadas en un contexto de angustiosa soledad y de un alienante sentido de progreso.

Julio Ramón Ribeyro. Dichos de Luder

ribeyro

(Lima, 1929 – 1994)

 

*

—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.

—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.

 

 

*

—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.

 

 

*

—Un libro magistral —dice Luder— puede ser un agregado de frases banales, del mismo modo que con una sucesión de frases geniales no se hace un libro magistral. En el arte literario, curiosamente, el todo no es la suma de las partes.

 

 

*

—Grandes artistas son los que dan origen a una escuela —dice Luder—. Pero prefiero a los que desalientan con su obra toda tentativa de imitación.

 

 

*

Encuentran a Luder abatido ante una revista abierta.

—¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección!

—¿Y eso te molesta?

—¡Naturalmente! El gran arte consiste no en el perfeccionamiento de un estilo, sino en la irrupción de un nuevo estilo.

 

 

*

Le muestran un artículo en el que se habla de todos los escritores de su generación menos de él.

—Me libré de la redada —dice Luder.

 

 

*

—Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a uno.

 

 

*

—Literatura es impostura —dice Luder—. Por algo riman.

 

 

 

© herederos de Julio Ramón Ribeyro

de Dichos de Luder. Jaime Campodónico Editor. Lima. 1992.

Lucrecio. DE RERUM NATURA

Lucrecio

(c. 99 a. C. – c. 55 a. C.)

 

No debes creer asimismo eso de que los dioses tengan su santa casa en alguna parte del mundo; porque la naturaleza de los dioses, sutil y muy alejada de nuestros sentidos, a duras penas con la inteligencia del alma se advierte; como ella escapa a toques y palpamientos de manos, nada realmente palpable debe ser que nos toque, pues no puede tocar lo que a su vez no puede tocarse; también por tanto las moradas de ellos deben ser diferentes de las nuestras y de materia sutil; estas cosas más adelante te las demostraré hablando por extenso. [1]

 

Decir además que por causa de los hombres los dioses decidieron disponer la naturaleza preclara del mundo y que por eso conviene alabar su obra como merece, pensar que será eterna e inmortal, y que no es lícito que aquello que según una antigua razón divina a los pueblos de hombres se les ha cimentado en tiempo eterno se lo intente con algún ataque remover de sus asientos o de palabra se ofenda y el conjunto desde su base lo echemos abajo, y otras doctrinas por el estilo que se imaginen y aquí se añadan, Memio[2], es un disparate: pues ¿qué recompensa puede nuestro agradecimiento ofrecerle a los inmortales y felices para que por causa nuestra se pongan a hacer alguna cosa? O ¿qué novedad pudo seducir a quienes antes estaban tranquilos hasta el punto que luego quisieran cambiar su precedente conducta? Pues parece que debe alegrarse con una situación nueva aquel a quien la angustia molesta; pero a quien nada incómodo le pasa en un tiempo anterior en que llevaba una vida estupenda, ¿qué podría despertar en él tal deseo de novedad? ¿Y qué hubiera de malo en que no nos creasen? ¿O es que, digo yo, la vida estaba postrada entre tinieblas y penas hasta que lanzó su brillo el engrandamiento inicial de las cosas? Porque quienquiera que ya nació debe intentar permanecer en la vida, mientras en ella lo retenga placer lisonjero; pero quien nunca saboreó el deseo de vivir ni estuvo en el lote, a ese ¿qué daño le hace que no lo crearan?

 

Además un ejemplo de la producción de seres y la propia noción de hombre ¿de dónde a los dioses se les metió primero, de manera que supieran y en sus adentros vieran qué pretendían hacer?, o ¿cómo se conoció alguna vez el poder de los principios y de qué eran capaces al cambiar unos con otros el orden, si la naturaleza por su cuenta no suministró un modelo de creación? Porque es que muchos primordios de seres[3], de tantos modos empujados ya desde tiempo infinito por golpes y arrastrados por sus propias masas, constantemente se movía, se juntaban de muchos modos y así ensayaban todo aquello, fuera lo que fuera, que al agruparse entre sí pudieran crear, que no es de extrañar que incluso desembocaran en tales posiciones y llegaran a tales trayectorias como las que ahora manejan el conjunto este de los seres, renovándolos.

 

Supongamos que desconociera yo cuáles son los primoridios de la realidad; pese a ello, me atrevería a confirmar, a partir de las propias explicaciones sobre cielo, y a manifestar, a partir de otras muchas cosas, que en modo alguno obra de dioses dispuso en favor de nosotros la naturaleza de las cosas: de tan grandes fallos es ella responsable. Para empezar, de cuantas tierras cubre el empuje enorme del cielo, al menos la parte que dominan montañas y bosques de alimañas, que ocupan pedregales e inmensos pantanos y el mar que mantiene alejadas regiones costeras, casi dos terceras partes de ahí además el calor ardiente o la continua caída de nieve se las roabn a los mortales; lo que de campo queda la propia naturaleza con su vigor lo cubre de abrojos si el esfuerzo humano no lo impide, acostumbrando, en busca del sustento, a resollar con el azadón en la mano y romper el suelo con la presión del arado: <después, en efecto, los muchos primordios de seres que dentro se esconden,> [4] si, volteando con la reja terronales fecundos y montando el suelo de la tierra, no los empujamos a nacer, no podrían por propia iniciativa salir a los aires claros; y a veces pese a ello los cultivos logrados con gran esfuerzo, cuando ya verdean por los sembradíos y todos florecen, o los agosta con sus excesivos calores el sol desde la altura, o los arrasan lluvias repentinas y frías heladas, y rachas de viento en recio torbellino los maltratan. Además, ¿por qué la naturaleza cría y acrecienta la raza espantosa de las fieras? ¿Por qué las estaciones del año traen sus epidemias? ¿Por qué acá y allá suceden muertes prematuras? Y también aquí, el niño, como marinero echado a tierra por olas implacables, se queda tirado en el suelo, desnudo y sin habla, necesitado de toda ayuda para vivir, en cuanto en las orillas de la luz a empellones la naturaleza lo descarga del vientre materno, y llena la estancia de tristes lamentos, lo propio de uno al que en la vida le queda por recorrer un trecho tan largo de males. Crecen de otra parte piaras y manadas y fieras variopintas y no tienen necesidad de sonajas ni a ninguna hay que suministrarle las fierecillas mimosas y entrecortadas de un ama de cría, y tampoco exigen cambiarse de ropa según la estación del año; no tienen, en fin, necesidad de armas ni de altos muros que protejan lo suyo, pues la tierra sola y la naturaleza fabricadora de seres todo para todos en abundancia producen.

(DE RERUM NATURA, libro V, versos: 146-233)

 

 

© Francisco Socas, de la edición y versión al castellano.

de: La Naturaleza. Editorial Gredos. Madrid. 1982.

 

 

N O T A S

[1] Lucrecio no hablará de los dioses y sus cosas extensamente como aquí promete (largo sermone). De ello pueden aducirse varias explicaciones: a) el poema, como algunos pretenden, está inacabado; b) el autor mientras componía su obra tuvo la imagen del resultado pretendido diversa de la que logró en la ejecución; c) en realidad toda la fundamentación racional del mundo (lib. V) y de los fenómenos celestes (lib. VI) es una suerte de molde negativo que plasma en la mente del lector lo que no son los dioses. U. Pizzani, Il problema del testo e della composizione del De rerum natura di Lucrezio, Roma, 1959, págs. 174-180, sostiene, conforme al supuesto ‘c)’, que el poeta promete tratar de las recién mencionadas sedes de los dioses (el cielo) y no de su naturaleza.

[2] Es muy probable que se trate del noble Gayo Memio (Caius Memmius). Su biografía es más rica en datos que la del poeta y no es imposible que fuera su mecenas; véase B. K. Gold, Literary Patronage in Greece and Rome, Chapel Hill, Londres, 1987, págs. 50-54.

[3] Átomos.

[4] El texto entre paréntesis angulares es traducción de un añadido o suplencia de A. García Calvo.

Una palabra para el verano. Yorgos Seferis

Seferis

(Esmirna, 1900 – Atenas, 1971)

 

Hemos vuelto otra vez al otoño; el verano

como un cuaderno que nos cansa escribir, queda

lleno de tachones dibujos barruntados,

signos de interrogación al margen, hemos vuelto

a la estación de los ojos que miran

en el espejo bajo la luz eléctrica

labios cerrados y hombres extranjeros

en los cuartos en las calles bajo los pimenteros

mientras los faros de los coches masacran

miles de pálidas máscaras.

Hemos vuelto; partimos siempre para volver

a la soledad, a un puñado de tierra, a las manos vacías.

 

En algún momento amé la avenida Singrú

el doble balanceo de la gran calle

que nos dejaba milagrosamente en el mar,

el eterno mar; para que nos lavara los pecados;

amé a algunos desconocidos

hallados de pronto al terminar el día,

hablando solos como capitanes de una armada hundida,

prueba de que el mundo es grande.

Y sin embargo amé estas calles, estas columnas;

a pesar de haber nacido en la otra orilla, junto

a las cañas y los juncos islas

sobre cuya arena había agua para que saciara su sed

el remero, a pesar de haber nacido junto

al mar que enredo y desenredo entre mis dedos

cuando estoy cansado —no sé ya dónde he nacido.

 

Aún queda la amarilla esencia el verano,

y tus manos que rozan medusas en el agua

tus ojos de pronto abiertos, los primeros

ojos del mundo, y las grutas marinas;

pies desnudos en la tierra roja.

Aún queda el rubio efebo de mármol el verano

un poco de sal que se reseca en el hueco de una roca

unas cuantas agujas de pino tras la lluvia

dispersas y rojas como una red agujereada.

 

No entiendo estos rostros no los entiendo,

a veces imitan a la muerte y luego otra vez

brillan con la vida queda de una luciérnaga

con un precario esfuerzo, sin esperanza,

apretados entre dos arrugas

entre dos mesitas de café manchadas

se matan uno al otro, menguan

se pegan como estampillas a los vidrios

los rostros de la otra tribu.

 

Caminamos juntos, compartimos el pan y el sueño

probamos la misma amargura de la separación

construimos nuestras casas con las piedras que tuvimos

tomamos las barcas emigramos regresamos

hallamos esperando a nuestras mujeres

apenas nos reconocieron, nadie nos reconoce.

Y los compañeros se vistieron las estatuas se vistieron las desnudas

sillas vacantes del otoño, y los compañeros

mataron sus propios rostros; no los entiendo.

Aún queda el desierto amarillo el verano,

olas de arena que refluyen al círculo final

el golpe de un tambor implacable interminable

ojos en llamas que se hunden en el sol

manos que como pájaros rayan el aire

saludando a las filas de los muertos en posición de firmes

manos perdidas en un punto que no sé determinar y me domina:

tus manos que rozan la ola libre.

 

Otoño, 1936

 

 

© herederos de Yorgos Seferis

© Selma Ancira y Francisco Segovia, de la versión al castellano

de: Mythistórima. Poesía completa. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2012

Simbolismo general del OJO. Juan Eduardo Cirlot

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(Barcelona, 1916 – 1973)

Es muy posible que los procesos de simbolización se puedan mostrar, pero no demostrar; por el momento esto constituye una dificultad, aunque no la prueba de su falsedad. En el último extremo, simbolismo es conexión y la evidencia de ciertas asociaciones no será negada por nadie, especialmente en los tiempos presentes que han sido testimonio del quebrantamiento de la infalibilidad de la ciencia, cual puede comprobarse leyendo a Poincaré y Heisenberg. La analogía es la ley suprema por la cual se rige todo simbolismo; esta relación no presupone la monovalencia, pero menos aún la polivalencia desorganizada; es decir, un símbolo nunca equivale a una sola realidad profunda, pero tampoco sirve para expresar y significar toda realidad. La ordenación que sustenta su función es la que podemos denominar, mientras se encuentre otra mejor, polivancencia serial.

 

Así, estableciendo series de contraposiciones como: cielo, infierno; bien, mal; luz, oscuridad; vista, ceguera; vigilia, sueño; blanco, negro; amarillo, azul, etc., se patentiza que una misma identidad o, más bien, analogía liga los miembros de cada serie. Nunca se concebirá la ceguera como relacionada con el color blanco, la luz y la vigilia; ni se considerará el color negro como la expresión de la luminosidad. A esta base analógica se une el poder asociativo de los símbolos; la situación espacial, el número, el color, la posición, tienen valor per se y los símbolos se modifican por ese coheficiente de agregación. En este sentido, los ojos colocados en la proa de una nave tendrán sentido distinto que si aparecen en su parte posterior; los ojos pintados en negro ofrecerán un matiz distinto de los diseñados en rojo; los ojos en las palmas de las manos irán cargados de una emoción muy distinta de los que se hallen en la frente; los que se ordenen en forma de rueda se distinguirán de los que aparezcan en desorden; y así podríamos proseguir nuestro análisis indefinidamente. Suponiendo que los ojos equivalgan, fundamentalmente, a visión (luz, bien, fuerza física y espiritual emanación de la energía cósmica) y que la rueda sea un símbolo del tiempo cíclico y del infinito, no cabe duda de que los ojos dispuestos en círculo o en espiral, como los de la cola del pavo real, tendrán un significado complejo dimanado de la interacción de ambos componentes.

 

Por otro lado, la estructura del símbolo es muy rica en estratos, y así cada efigie simbólica expresa, además de la idea básica y general, valores de la época en que apareció, de la raza y cultura en que fue utilizada y propagada; Grecia, cuyo papel histórico consistió en disminuir lo simbólico e irracional en beneficio del pensamiento lógico, especificó en sus personajes míticos el desprecio que sentía por todo heterotopismo y cómo la multiplicidad de un órgano, que para los hindúes era símbolo infalible de superpotencia actual (Siva, Indra), para los helenos casi constituía una tara (Argos) absolutamente ineficaz. Con un criterio casi mecánico, en todo caso cuantitativo, redujeron a uno el número de ojos de aquellos seres a los que conceptuaban infrahumanos y solo dotados de fuerza material. Basándonos en esto, podríamos producir la asimilación siguiente: 1er ojo, igual a la fuerza física; 2do, a la energía moral e intelectual (en Grecia, ya suficiente para la divinidad); 3er ojo, equivalente a lo que, en simbolismo de los números, se denomina 5ta esencia, es decir, exceso sobre lo suficiente.

 

Simbolismos complejos del tipo de la asociación ojo y herida (diosa Lhamo del Tibet), o bien, ojo y sexo (Indra), tienen una profundidad mística que llega a las honduras del ser y lo intenta explicar en sus despliegues más insondables. Casi relacionaríamos el ojo de la mula de Lhamo con la herida del Amfortas parsifaliano y con el griego y misterioso Filoctetes, cuyo sentido profundo no ha sido aún, que sepamos, suficientemente analizado. Las “heridas divinas”, siempre de matiz sexual, conciernen a la caverna de donde la luz y la sangre nacen confundidas. Por otra parte, la analogía superior entre el macrocosmos (universo) y el microcosmos (hombre), no debe ser olvidada; ella explica la conexión entre el ojo y el sol; entre la multiplicidad de ojos o de heridas y el mundo estelar, cuyas figuras son aún, pese a la astrología, un misterio más hondo que el del destino humano.

 

En la última instancia, por debajo de todos los sentidos simbólicos expuestos, encontramos todavía otro. El espíritu penetrante, el hombre como mensajero del ser, en su actividad y propagación puede sentir la oposición del mundo en uno de estos tres aspectos: como cerrada imposibilidad de avance (agnosticismo, sentimiento de Caverna, de Frobenius); como abertura y libertad gozosa (activismo, sentimiento de Lontananza, del mencionado antropólogo) o como reflejo de sí mismo, y respuesta (religión deísta); podríamos especificar simbólicamente estas tres “situaciones esenciales” en los objetos correlativos: pared, ventana, espejo. El muro de las lamentaciones, hebreo, nos daría el mejor ejemplo cultural del sentimiento de impotencia frente al infinito; el disco de jade con un agujero central, chino, nos lleva al sentimiento de actividad posibilitada, los ojos místicos de todos los símbolos considerados llevan implícita la idea de espejo con la simbolización mencionada de respuesta del infinito a la pregunta humana. Por esta causa creemos que las imágenes de dioses alojadas en nichos, de India, como los ojos en sus cuencas, son otros símbolos del espejo cósmico. Y la capacidad del ojo reside, aparte de este simbolismo, en su superior potencia emotiva, que deriva del efecto sádico de su desplazamiento. Pues, finalmente, en todo heterotropismo, lo que más llama la atención y sacude el sentimiento es la aparición inesperada, el irracional efecto de milagro, de cosa prohibida, temida y a un mismo tiempo deseada, que constituye el ojo extraordinario y fascinador, escapado de su órbita anatómica.

 

No queremos terminar este opúsculo sin insistir en nuestra afirmación preliminar, y es que toda búsqueda de sentidos simbólicos debe ser considerada, aun hoy, como hipótesis plausible. La diversidad casi insondable de fenómenos englobados por la psicología individual, colectiva y mitológica, lo reciente de las investigaciones sobre el inconsciente, que derivan de la filosofía de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche, con un siglo de existencia a lo más, no permiten seguridad excesiva, aun cuando autorizan la esperanzada posibilidad de una síntesis. Las sobredeterminaciones de los símbolos, sus sentidos secundarios, desdoblados, complican hondamente el problema. Así, para Jung, “el ojo representa evidentemente el seno materno… en cuanto a la pupila del ojo es un niño. Así el gran dios vuelve a ser niño, penetra en el seno materno para renovarse”. Sea como fuere, adviértase que este significado no disiente del dado por nosotros, antes lo ratifica y enriquece con una nueva dimensión.

 

 

© Herederos de Juan Eduardo Cirlot

de: El ojo en la mitología. Su simbolismo. Madrid. Huerga y Fierro editores. 1998.