Una palabra para el verano. Yorgos Seferis

Seferis

(Esmirna, 1900 – Atenas, 1971)

 

Hemos vuelto otra vez al otoño; el verano

como un cuaderno que nos cansa escribir, queda

lleno de tachones dibujos barruntados,

signos de interrogación al margen, hemos vuelto

a la estación de los ojos que miran

en el espejo bajo la luz eléctrica

labios cerrados y hombres extranjeros

en los cuartos en las calles bajo los pimenteros

mientras los faros de los coches masacran

miles de pálidas máscaras.

Hemos vuelto; partimos siempre para volver

a la soledad, a un puñado de tierra, a las manos vacías.

 

En algún momento amé la avenida Singrú

el doble balanceo de la gran calle

que nos dejaba milagrosamente en el mar,

el eterno mar; para que nos lavara los pecados;

amé a algunos desconocidos

hallados de pronto al terminar el día,

hablando solos como capitanes de una armada hundida,

prueba de que el mundo es grande.

Y sin embargo amé estas calles, estas columnas;

a pesar de haber nacido en la otra orilla, junto

a las cañas y los juncos islas

sobre cuya arena había agua para que saciara su sed

el remero, a pesar de haber nacido junto

al mar que enredo y desenredo entre mis dedos

cuando estoy cansado —no sé ya dónde he nacido.

 

Aún queda la amarilla esencia el verano,

y tus manos que rozan medusas en el agua

tus ojos de pronto abiertos, los primeros

ojos del mundo, y las grutas marinas;

pies desnudos en la tierra roja.

Aún queda el rubio efebo de mármol el verano

un poco de sal que se reseca en el hueco de una roca

unas cuantas agujas de pino tras la lluvia

dispersas y rojas como una red agujereada.

 

No entiendo estos rostros no los entiendo,

a veces imitan a la muerte y luego otra vez

brillan con la vida queda de una luciérnaga

con un precario esfuerzo, sin esperanza,

apretados entre dos arrugas

entre dos mesitas de café manchadas

se matan uno al otro, menguan

se pegan como estampillas a los vidrios

los rostros de la otra tribu.

 

Caminamos juntos, compartimos el pan y el sueño

probamos la misma amargura de la separación

construimos nuestras casas con las piedras que tuvimos

tomamos las barcas emigramos regresamos

hallamos esperando a nuestras mujeres

apenas nos reconocieron, nadie nos reconoce.

Y los compañeros se vistieron las estatuas se vistieron las desnudas

sillas vacantes del otoño, y los compañeros

mataron sus propios rostros; no los entiendo.

Aún queda el desierto amarillo el verano,

olas de arena que refluyen al círculo final

el golpe de un tambor implacable interminable

ojos en llamas que se hunden en el sol

manos que como pájaros rayan el aire

saludando a las filas de los muertos en posición de firmes

manos perdidas en un punto que no sé determinar y me domina:

tus manos que rozan la ola libre.

 

Otoño, 1936

 

 

© herederos de Yorgos Seferis

© Selma Ancira y Francisco Segovia, de la versión al castellano

de: Mythistórima. Poesía completa. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2012

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Simbolismo general del OJO. Juan Eduardo Cirlot

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(Barcelona, 1916 – 1973)

Es muy posible que los procesos de simbolización se puedan mostrar, pero no demostrar; por el momento esto constituye una dificultad, aunque no la prueba de su falsedad. En el último extremo, simbolismo es conexión y la evidencia de ciertas asociaciones no será negada por nadie, especialmente en los tiempos presentes que han sido testimonio del quebrantamiento de la infalibilidad de la ciencia, cual puede comprobarse leyendo a Poincaré y Heisenberg. La analogía es la ley suprema por la cual se rige todo simbolismo; esta relación no presupone la monovalencia, pero menos aún la polivalencia desorganizada; es decir, un símbolo nunca equivale a una sola realidad profunda, pero tampoco sirve para expresar y significar toda realidad. La ordenación que sustenta su función es la que podemos denominar, mientras se encuentre otra mejor, polivancencia serial.

 

Así, estableciendo series de contraposiciones como: cielo, infierno; bien, mal; luz, oscuridad; vista, ceguera; vigilia, sueño; blanco, negro; amarillo, azul, etc., se patentiza que una misma identidad o, más bien, analogía liga los miembros de cada serie. Nunca se concebirá la ceguera como relacionada con el color blanco, la luz y la vigilia; ni se considerará el color negro como la expresión de la luminosidad. A esta base analógica se une el poder asociativo de los símbolos; la situación espacial, el número, el color, la posición, tienen valor per se y los símbolos se modifican por ese coheficiente de agregación. En este sentido, los ojos colocados en la proa de una nave tendrán sentido distinto que si aparecen en su parte posterior; los ojos pintados en negro ofrecerán un matiz distinto de los diseñados en rojo; los ojos en las palmas de las manos irán cargados de una emoción muy distinta de los que se hallen en la frente; los que se ordenen en forma de rueda se distinguirán de los que aparezcan en desorden; y así podríamos proseguir nuestro análisis indefinidamente. Suponiendo que los ojos equivalgan, fundamentalmente, a visión (luz, bien, fuerza física y espiritual emanación de la energía cósmica) y que la rueda sea un símbolo del tiempo cíclico y del infinito, no cabe duda de que los ojos dispuestos en círculo o en espiral, como los de la cola del pavo real, tendrán un significado complejo dimanado de la interacción de ambos componentes.

 

Por otro lado, la estructura del símbolo es muy rica en estratos, y así cada efigie simbólica expresa, además de la idea básica y general, valores de la época en que apareció, de la raza y cultura en que fue utilizada y propagada; Grecia, cuyo papel histórico consistió en disminuir lo simbólico e irracional en beneficio del pensamiento lógico, especificó en sus personajes míticos el desprecio que sentía por todo heterotopismo y cómo la multiplicidad de un órgano, que para los hindúes era símbolo infalible de superpotencia actual (Siva, Indra), para los helenos casi constituía una tara (Argos) absolutamente ineficaz. Con un criterio casi mecánico, en todo caso cuantitativo, redujeron a uno el número de ojos de aquellos seres a los que conceptuaban infrahumanos y solo dotados de fuerza material. Basándonos en esto, podríamos producir la asimilación siguiente: 1er ojo, igual a la fuerza física; 2do, a la energía moral e intelectual (en Grecia, ya suficiente para la divinidad); 3er ojo, equivalente a lo que, en simbolismo de los números, se denomina 5ta esencia, es decir, exceso sobre lo suficiente.

 

Simbolismos complejos del tipo de la asociación ojo y herida (diosa Lhamo del Tibet), o bien, ojo y sexo (Indra), tienen una profundidad mística que llega a las honduras del ser y lo intenta explicar en sus despliegues más insondables. Casi relacionaríamos el ojo de la mula de Lhamo con la herida del Amfortas parsifaliano y con el griego y misterioso Filoctetes, cuyo sentido profundo no ha sido aún, que sepamos, suficientemente analizado. Las “heridas divinas”, siempre de matiz sexual, conciernen a la caverna de donde la luz y la sangre nacen confundidas. Por otra parte, la analogía superior entre el macrocosmos (universo) y el microcosmos (hombre), no debe ser olvidada; ella explica la conexión entre el ojo y el sol; entre la multiplicidad de ojos o de heridas y el mundo estelar, cuyas figuras son aún, pese a la astrología, un misterio más hondo que el del destino humano.

 

En la última instancia, por debajo de todos los sentidos simbólicos expuestos, encontramos todavía otro. El espíritu penetrante, el hombre como mensajero del ser, en su actividad y propagación puede sentir la oposición del mundo en uno de estos tres aspectos: como cerrada imposibilidad de avance (agnosticismo, sentimiento de Caverna, de Frobenius); como abertura y libertad gozosa (activismo, sentimiento de Lontananza, del mencionado antropólogo) o como reflejo de sí mismo, y respuesta (religión deísta); podríamos especificar simbólicamente estas tres “situaciones esenciales” en los objetos correlativos: pared, ventana, espejo. El muro de las lamentaciones, hebreo, nos daría el mejor ejemplo cultural del sentimiento de impotencia frente al infinito; el disco de jade con un agujero central, chino, nos lleva al sentimiento de actividad posibilitada, los ojos místicos de todos los símbolos considerados llevan implícita la idea de espejo con la simbolización mencionada de respuesta del infinito a la pregunta humana. Por esta causa creemos que las imágenes de dioses alojadas en nichos, de India, como los ojos en sus cuencas, son otros símbolos del espejo cósmico. Y la capacidad del ojo reside, aparte de este simbolismo, en su superior potencia emotiva, que deriva del efecto sádico de su desplazamiento. Pues, finalmente, en todo heterotropismo, lo que más llama la atención y sacude el sentimiento es la aparición inesperada, el irracional efecto de milagro, de cosa prohibida, temida y a un mismo tiempo deseada, que constituye el ojo extraordinario y fascinador, escapado de su órbita anatómica.

 

No queremos terminar este opúsculo sin insistir en nuestra afirmación preliminar, y es que toda búsqueda de sentidos simbólicos debe ser considerada, aun hoy, como hipótesis plausible. La diversidad casi insondable de fenómenos englobados por la psicología individual, colectiva y mitológica, lo reciente de las investigaciones sobre el inconsciente, que derivan de la filosofía de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche, con un siglo de existencia a lo más, no permiten seguridad excesiva, aun cuando autorizan la esperanzada posibilidad de una síntesis. Las sobredeterminaciones de los símbolos, sus sentidos secundarios, desdoblados, complican hondamente el problema. Así, para Jung, “el ojo representa evidentemente el seno materno… en cuanto a la pupila del ojo es un niño. Así el gran dios vuelve a ser niño, penetra en el seno materno para renovarse”. Sea como fuere, adviértase que este significado no disiente del dado por nosotros, antes lo ratifica y enriquece con una nueva dimensión.

 

 

© Herederos de Juan Eduardo Cirlot

de: El ojo en la mitología. Su simbolismo. Madrid. Huerga y Fierro editores. 1998.

 

Unica Zürn. Qué hermosa era la vida

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(Berlín, 1916 – París, 1970)

 

El señor Musenius llevaba muriéndose todo el invierno.

—Hijo mío —solía decir—, no te rías de mí, pero sé muy bien que moriré pronto y, después de todo, no tiene nada de particular, ¿verdad? —paseábamos por los estrechos senderos que rodeaban la rosaleda, la nieve cubría la desnudez del jardín y Musenius me hablaba de su muerte. Tosía ligeramente y se sonreía de mi preocupación.

—Yo nunca me atrevería a reírme de usted, señor Musenius. Es solo que no puedo imaginar que vaya a morirse. Estaríamos perdidos sin usted. Y piense qué sería del jardín, de la casa sin usted. Es inconcebible. Los manzanos, sin usted; las rosas, si usted faltara.

—Las rosas, sí, desde luego… —asintió Musenius—, aunque sería lo único. Pero entremos, quiero regalarle una cosa muy bonita.

Se adelantó hacia la casa, silenciosa bajo su carga de nieve. De la chimenea salía humo que ascendía al aire quieto del anochecer. Dentro el ambiente era cálido y acogedor y Musenius dejó de toser. Mi amigo era alto, robusto, ancho de hombros, con cabeza de león, expresión firme y melena blanca.

—Esto es un regalo para usted —dijo, entregándome una tabaquera de barro—. Dentro tiene un pequeño depósito que se llena de agua y, debajo, se pone el tabaco, que así se mantiene fresco, suave y aromático. No hay mejor tabaco. Y todo lo hace esta vieja tabaquera —entonces Musenius se dio media vuelta y se alejó, y por el gesto de la espalda noté que estaba cansado y que ahora deseaba quedarse solo.

Musenius siguió saliendo al jardín todos los días. Llegó marzo. Mi amigo andaba siempre de un lado a otro, con un cestino en el que llevaba hilos, cordeles y podadoras. Una tarde lo encontré subido a una escalera. Estaba recortando las puntas secas de las ramas del manzano.

—Señor Musenius —le dije—, no debería usted subirse a la escalera.

—¿Por qué no? —me preguntó secamente.

—Porque puede caerse —yo sostuve la escalera que se estremecía y crujía bajo su peso.

—Puedo caerme —dijo Musenius y, con la cabeza entre las ramas, levantó la mirada al cielo—. No le entiendo —exclamó entonces—. ¿Puede imaginar muerte más hermosa? ¿Dónde mejor que aquí, entre los árboles?

Aquella noche me acosté temprano. Aún se recortaba sobre las nubes la negra silueta de los viejos árboles y trinaban pájaros cuando empezó a oírse un murmullo grave y un poco trémulo que fue creciendo hasta quebrarse en una monótona melodía. El canto llenó por completo mi habitación. Fuera, junto a la ventana, estaba Musenius, cantando una de sus tristes baladas de Bohemia. Cuando terminó, le di las gracias y le pregunté qué canción era aquella.

—Una canción de amor de mi tierra, que canté por primera vez hace sesenta años; pero ella no me quiso —rió—. Dios mío, qué hermosa era la vida, cuántas tonterías, qué candor, qué gozo… —murmuró algo más que no entendí. Se había sentado en el banco que estaba delante de la ventana.

—Ahora debería acostarse —dije. Había tanto silencio frente a la ventana que creí que se había dormido.

—Ah, vamos, quiere decir que puedo pillar un resfriado y morirme; pero imagine, un juglar que muere cantando, ¿no le conmueve? —entró en casa tosiendo y riendo. Abril lo pasó Musenius escribiendo cartas. Tenía siete hermanas ancianas y cada una recibió una jovial carta de despedida.

Una mañana de principios de mayo, Musenius se quedó en la cama. Nosotros, preocupados, entrábamos a preguntarle cómo se encontraba, y nos respondía que hacía años que no se encontraba tan bien.

—Haced muchos pasteles y café bien cargado, y traedme un par de manzanas invernizas y vino de grosella, y venid todos, porque vamos a celebrar una fiestecilla, ¿qué os parece?

Musenius, con su mejor camisón, estaba sentado en la cama, rodeado por todos los de la casa, familiares y huéspedes, y contaba anécdotas de juventud derrochando buen humor. Solo una vez se puso serio aquel último día, y fue al pensar en las rosas. Entonces meneó la cabeza con gesto de duda.

—Aunque me parece que aún es temprano, me gustaría que fuerais a ver cómo están. Ven, hijita, toma esto —dijo a la nieta, dándole la podadora—. Córtame una rosa, pero date prisa.

Se quedó esperando, apoyado en los codos, y todos callamos al verlo tan anhelante. La pequeña, quizás por atolondramiento, no trajo solo una rosa sino que toda la mata del rosal. Nosotros lo miramos con temor.

—Bien hecho. Así tendré algo a lo que asirme —hundió la cabeza en la almohada y, después de mirarnos uno a uno, risueño y ya soñoliento, se puso el rosal en la cara, como escondiéndose de nuestras miradas. Aspiró una vez, profundamente, como si las rosas ya hubieran florecido, y el aliento huyó entre sus labios, en silencio.

 

 

© herederos de Unica Zürn.

© Ana María de la Fuente, de la versión al castellano.

de: El trapecio del destino y otros cuentos. Ediciones Siruela. Madrid. 2003.

 

Poemas. Pedro Lastra

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(Quillota, Chile, 1932)

 

Balada

 

Perch'i' no spero di tornar giammai,

ballatella, in Toscana

Guido Cavalcanti

 

Pues cada uno tiene su Toscana

A la cual sabe como Cavalcanti

que no regresará,

que busque en su memoria la música

de un álamo en la tarde,

el destello

de una hoja al caer sobre la hierba húmeda,

el pasaje de un pájaro de altura

que atraviesa sin fin la misma nube,

aves música nubes

extraviadas desde hace mucho tiempo

allá lejos

en región de penumbra o desdicha.

 

 

 

Meditación de Teseo

 

Si las islas que están ahí se unieran

por una vez, si el cielo

que tú miras pasar

fuera el mismo

por una vez,

si el Minotauro fuera por una vez el ángel

que tú llamas en sueños,

bastaría tu nombre y no habría palabras.

 

 

 

Reivindicación del astrolabio

 

El astrolabio ha caído en desuso

y hoy todos celebran la eficacia

de los instrumentos modernos.

Yo sostengo que se trata de un error lamentable

en el que los antiguos no cayeron jamás

(el sol era un pretexto).

Aunque no lo dijeran

no ignoraban

que el astrolabio mide la altura del amor,

de las estrellas

que su poder instala en el espacio.

 

 

 

Mester de perrería

 

Asiduo de mí mismo sobrevivo

encerrado con llave y cerradura,

negando como Pedro la figura

que más me abruma cuanto más la esquivo.

 

Busco sobrellevarla y hasta escribo

la agilidad del agua que me apura

la vida como el mar (la matadura

de la luna y del sol al rojo vivo).

 

Escribo los ladridos a la luna

y al mar y al sol y a otros elementos,

o exalto el modo de las perrerías

 

con que la noche me ha embarcado en una

palabrera piragua de lamentos

por ella y mis trabajos y mis días.

 

 

 

Nostradamus

 

El futuro no es lo que vendrá

(de eso sabemos más de lo que él mismo cree)

el futuro es la ausencia

que seremos tú y yo

la ausencia que ya somos

este vacío

que ahora mismo se empecina en nosotros.

 

 

 

El azar

 

¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo

(ya que amo esos lugares)

serías aquel nombre, la figura que eres

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

existirías tú,

persistiría

la presencia que soy, la que me has dado?

 

 

 

Con letras indecisas

 

Omar Cáceres dice

que escribió su poema

con letras indecisas.

Muchos años después

yo leo en otro mundo

su afilado decir

de la desolación,

cuando escuchaba afuera

la raudal despedida

del auriga nocturno.

Y esa voz me recuerda

los días por venir:

ellos serán ovejas

en la boca del lobo

que las está esperando

sin memoria ni encono,

simulando dormir

en otras vecindades.

 

 

 

Adagio

 

¿Cómo llegué hasta aquí?

Veo muertos

que alimentan la lluvia:

es su trabajo.

Solo yo ignoro el mío en este valle

de arenas corrosivas

que el agua lleva y trae

lentamente,

y destruyen la casa

en donde sigo inmóvil

escuchando

el rumor de allá afuera:

no me deja dormir,

tampoco recordar

o saber

cómo llegué hasta aquí,

cómo puedo salir.

 

 

 

© Pedro Lastra, de los poemas.

 

Kikí Dimulá. POLVO

Kikí Dimulá

(Atenas, 1931)

.

Compadezco a las amas de casa
por el modo en que luchan
para quitar el polvo de su hogar cada mañana;
polvo: última carne de lo descarnado.
Escobas escobillas
escurridores plumeros sacudidores
bayetas y estropajos payasos
ruidos y formas lo mismo que acróbatas,
como látigo caen los movimientos
sobre el polvo doméstico.
Cada mañana balcones y ventanas
amputan una acción y una excitación:
cabezas incorpóreas saltan como un yoyó,
manos sobresalen, se retuercen
como si algo las matara desde dentro,
cuerpos rotos por la mitad
que al agacharse fueron serruchados.
Otra rotura más de lo Entero,
que sin cesar se rompe,
antes de existir se rompe
como si eso fuera exactamente su objetivo,
no existir.
La vida entera dicen otros.
A santo de qué entera
con un metro roto que lleváis siempre
¿y nosotros medimos?
Palabra deplorable lo Entero.
Corpulenta trastornada deambula.
Por eso los tronados metros la llaman trastornada.

E

Sacudiendo siempre sacudiendo
para quitar el polvo de las superficies poco profundas
para quitarlo de los profundos nidos del sueño,
sábanas y cobertores.
Y las ocasiones
en las que el cuerpo salta asustado
de noche aullando Dios mío me disminuyo,
se sacudirán también ellas como polvo,
polvo la reducción y el susto.
No aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.
Infladas almohadas del sueño
golpeadas con furor y yo temo,
tiemblo para que no se estropeen:
son de cristal los testamentos de los sueños allí dentro.
Todos los sueños tienen por heredero un sueño
jamás una persona.
Tiemblo, tanta desheredación universal,
no aguanto que se sacuda como polvo.
Golpean las alfombras
para quitar el polvo de los nidos dibujados,
que se arroje de los puentes de los colores.
Y el paso presuroso que se distingue
enloquecido aquí y allá dentro de la casa
sobre la plana confianza de las alfombras
que no oigan los del piso de abajo qué camina
que no oigan qué no camina a la par,
se sacudirá él también como polvo.
No aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.

E

Compadezco a las amas de casa
por su trabajo estéril.
El polvo no se quita, no se agota.
Cada vez que el tiempo se encuentra con el tiempo
se firma un nuevo acuerdo de polvo.
Las precauciones que él —lo Limpio
y lo Estable— adopta, acaban siendo medios para su regreso.
Lo trae el mejor, el número uno.
No he visto superficies más polvorientas que ellos.
Hasta la Luz, siempre limpia
se vuelve una transportadora alegre del polvo:
es un milagro verla
cómo avanza inmóvil sobre el rayo solar,
igual que si pisara sobre una escalera mecánica
de aquellas modernas, las hipnotizadas,
con los escalones castrados.
Se transporta
visible como aire molido grueso
para volver a entrar por las ventanas abiertas,
sus leyes abiertas.
Nuestra existencia es su casa y su futuro.

f

Yo, desordenada como soy, lo dejo sentarse
a estudiar sobre el lomo de un libro
que trata de la Vejez.
Sobre la fotografía juiciosa de mis hijos
cuando me llevaban puesta
blanca, almidonada, redonda Madre
cosida flojamente por dentro
con puntadas invisibles, ligeras
en su uniforme escolar.
Ahora mis hijos se han vestido de Personas Mayores,
el polvo tiene ahora puesto su uniforme escolar
el cuello redondo,
el polvo se viste de Madre
—así habrá de coser
las relaciones y las dependencias,
con costuras ligeras y flojas,
para que las puedan descoser fácilmente.
Yo nunca quito el povo
del atleta de bronce
que adorna el gran reloj de bronce.
Sus miembros tan musculosos
parecen enfadados.
Quizá porque lo obligan a ejercitar
algo muy invisible,
tal vez ejercite el tiempo,
tal vez el tiempo quiere y puede
correr más rápido de lo que corre.
Rendimiento que hace feliz al polvo.

w

Se posa sobre mi espejo,
es suyo, se lo regalé.
¿Qué haría yo con un campo baldío?
Dejé de cultivar mis caras allí dentro,
no tengo ganas de arar cambios
y de duplicarme distintamente.
Lo dejo sentarse
lo dejo llegar
que llegue con la bolsa
lo dejo que se desparrame sobre mí
como si fuera el cuento molido de una gran historia,
lo dejo que venga rápido muy rápido
como si fuera el tiempo que se ejercitó
para correr más velozmente de lo que corre
y el polvo pesado, gordinflón está sentado,
lo dejo sentarse, retrasarse,
gordinflón me cubre, lo dejo
que me cubra lo dejo
gggggg me cubre
que me olvides lo dejo
que me olvides dejo
gggggg que me olvides
gggggg que te olvides
gggggg te dejo
porque no aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.

E

.

.e

© Kikí Dimulá, del poema
de Símbolos solubles. Ediciones Linteo. Ourense. 2010.
Nina Anghelidis, de la versión al castellano.

Cayo Julio Higinio. Artofílace

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1. Se dice de él que se llamaba Arcas, hijo de Calisto y Júpiter, y que Licaón[1], al ofrecer su hospitalidad a Júpiter, se lo sirvió picado con otras carnes en una comida, pues deseaba saber si quien ambicionaba su hospitalidad era un dios. Este hecho le supuso un castigo importante. Pues, enseguida, Júpiter tras derribar la mesa[2], incendió la casa con su rayo y al propio Licaón lo convirtió en lobo[3]. Recogió y juntó los miembros del joven para que lo criara un etolio. Siendo ya adolescente, mientras cazaba en un bosque, se encontró, sin saberlo, con su madre convertida en osa. Con la intención de matarla la persiguió hasta el templo de Júpiter Liceo, en donde quien entraba merecía la pena capital, según la ley arcadia. Así pues, como era forzoso matar a uno y otro, Júpiter se compadeció de ellos y, sacándolos bruscamente, los incluyó entre las estrellas, como dijimos anteriormente[4]. De hecho, se le puede ver persiguiendo a la Osa, y como guardián de Arctos, se llamó Artofílace[5].

2. Algunos dijeron que se trataba de Icario[6], a quien, a causa de su integridad y piedad, se cree que el venerable Líber le entregó el vino, la vid y la uva, para que enseñara a los hombres cómo se sembraba y cuál era su fruto; y una vez obtenida la cosecha, cómo se debía utilizar. Cuando hubo plantado la vid e hizo que floreciera con facilidad, habiéndose ocupado de ella con sumo cuidado, se dice que un macho cabrío se arrojó al viñedo y arrancó las hojas más tiernas que vio. Icario, enojado por este hecho, se lo llevó y lo mató. De su piel hizo un odre, lo llenó de aire, lo ató y lo lanzó en medio de sus compañeros, a quienes obligó a saltar alrededor de él. Así dice Eratóstenes: “A los pies de Icario se danza por primera vez alrededor de un macho cabrío”[7].

3. Otros dicen que Icario, como había recibido del venerable Líber el vino, inmediatamente colocó unos odres llenos en un carro; por este motivo se le llama también Boyero[8]. Mientras recorría el territorio ático, se los mostró a unos pastores y algunos de ellos, llenos de avidez y seducidos por una nueva bebida, se quedaron dormidos y se tumbaron cada uno en un lugar. Como estaban echados, medio muertos y hablaban de un modo extraño, los demás, que pensaban que Icario había dado una poción a los pastores para llevarse el ganado a su país, lo mataron y lo arrojaron a una fosa. Otros cuentan que lo enterraron junto a un árbol. Los que habían bebido se quedaron dormidos profundamente y, al despertarse, reconocieron que nunca antes habían descansado mejor. Buscaron a Icario para darle las gracias por tan buena acción. Sus asesinos, perturbados por los remordimientos de conciencia, inmediatamente se dieron a la fuga y llegaron a la isla de Ceos[9], donde fueron recibidos como huéspedes e instalaron allí su residencia.

4. Pero Erígone, hija de Icario, conmovida por la añoranza de su padre, como veía que este no volvía, emprendió su búsqueda. La perra de Icario, que se llamaba Mera, aullando, como si llorara la muerte de su amo, volvió junto a Erígone. Le mostró una prueba nada desdeñable de la muerte que presentía, pues la joven, temerosa, sospechaba que su padre había muerto, después de varios días y meses de ausencia. La perra, que tenía entre sus dientes un vestido de Icario, la condujo hasta el cadáver. Tan pronto como su hija lo vio, angustiada por la soledad y la pobreza, perdió la esperanza y, lamentándose con abundantes lágrimas, decidió quitarse la vida, colgándose del mismo árbol en donde estaba enterrado su padre. La perra apaciguó los manes de la difunta con su propia muerte. Hay quienes dicen que la perra se arrojó a un pozo, llamado Anigro[10]. Como consecuencia, cuenta la tradición que nadie bebió de ese pozo. Júpiter se compadeció de su muerte y representó sus cuerpos entre las estrellas. Así pues, muchos llamaron a Icario Boyero y a Erígone Virgo, de la que más tarde hablaremos. Por su parte llamaron a la perra Canícula por su nombre y por su apariencia[11]. Los griegos la llamaron Proción[12], porque sale antes que el Can Mayor. Otros dicen que el venerable Líber los representó entre las constelaciones.

5. Mientras tanto, numerosas jóvenes doncellas atenienses se quitaban la vida colgándose sin motivo, porque Erígone, al morir, pidió que las hijas de los atenienses recibieran la misma muerte a la que ella se iba a entregar, si no vengaban y castigaban la muerte de Icario. Y como los hechos sucedieron tal y como acabamos de decir, Apolo respondió a quienes se lo habían pedido que si querían librarse de tal desgracia, debían satisfacer a Erígone. Una vez que ella se colgó, los atenienses decidieron que, suspendiéndose de unas cuerdas intercaladas en tablas de madera, se balancearían, de modo que el que permaneriera colgado sería agitado por el viento. Establecieron así una ceremonia solemne[13]. La celebran tanto en privado como en público y se llama Alétide porque, mientras Erígone buscaba a su padre con su perro, como era desconocida y estaba solitaria por necesidad, la llamaban mendicante, que en griego se dice aletides.

6. Además de esto, la Canícula, que sale con el calor, privaba de sus frutos a la tierra de Ceos y a sus campos y, afectados por este sufrimiento, les obligaba a pagar dolorosamente por la muerte de Icario, pues habían acogido a sus asesinos. El rey Aristeo, hijo de Apolo y de Cirene, padre de Acteón, pidió a su padre consejo sobre cómo actuar para poder liberar de tal desgracia a su pueblo. El dios le ordenó que expiara la muerte de Icario con numerosas víctimas y que pidiera a Júpiter que, cuando saliera la Canícula, soplara durante cuarenta días un viento que aliviara su calor. Aristeo cumplió lo ordenado y consiguió de Júpiter que soplaran los vientos etesios, como así los denominaron algunos, porque aparecen todos los años en la misma época: en efecto étos, en griego, es lo mismo que annus en latín. Algunos, incluso, los llamaron aetesios[14], porque fueron solicitados a Júpiter y les fueron concedidos. Pero dejemos el tema en el aire, para que no parezca que vamos demasiado deprisa.

7. Volviendo a nuestro asunto, Hermipo[15], que había escrito sobre las estrellas, dijo que Ceres había mantenido relaciones con Yasión, el hijo de Electra, lo que le costó ser fulminado por un rayo, según cuentan numerosos autores, como Homero[16]. Fruto de esta relación, como indica Petélides, mitógrafo de Gnosos, nacieron dos hijos, Filomelo y Pluto, de los que se afirma que no se ponían de acuerdo entre ellos. Pues Pluto, que era el más rico, no quería ceder ninguno de sus bienes a su hermano; Filomelo, por su parte, movido por la necesidad, compró dos bueyes con lo que tenía y fue el primero que construyó un carro. De este modo, se alimentaba de lo que cultivaba y de lo que producía el campo. Su madre, admirada por el descubrimiento, lo colocó entre las estrellas como si fuera un labrador y lo llamó Boyero. Se ha señalado que de él nació Parias, que dio su nombre a los parios y a la ciudad de Pario.

 

 

de: Fábulas. Astronomía. Ediciones Akal. Madrid. 2008.

© Guadalupe Morcillo Expósito, de la edición.

 

NOTAS

[1] Padre de Calisto.

[2] Allí se fundó la ciudad llamada Trapezunte.

[3] Cfr. Fab. CLXXVI; CCXXIV; Ov., Met. I, 196-262; Erat., Cat. 8.

[4] Cfr. supra, libro 1, 2.

[5] “Que acompaña a la Osa”.

[6] Padre de Erígone, que pasó por haber difundido el uso de la vid en Grecia, siendo rey de atenas Pandión.

[7] Esta frase pertenece al poema Erígone, que no se ha conservado. Cfr. Fab. CXXX; Nono de Panópolis 47, 34-264.

[8] ‘Conductor de bueyes’.

[9] Una de las islas Cícladas, en el mar Egeo, situada entre la punta meridional del Ática y la de la isla de Andros. Actualmente Zea, cuna de Simónides y Baquílides.

[10] No se trata de un pozo, sino de un río de la Élide meridional, en el Peloponeso, originario del monte Minthes, que desemboca en la laguna costera de la Trifilia, a la vista del mar Jónico y al sur de la antigua Samicum: es el Minyéios mencionado en la Ilíada, 11, 722.

[11] Es decir, “perrilla” o “perra pequeña”.

[12] Del gr. Prokýōn, el llamado Can Menor. Se le llama así por estar situado ‘por delante del perro’, del Can Mayor.

[13] Cfr. Fab. CXXX, 4: diem festum oscillationes. Se trata de la Aiora o Fiesta de los Columpios, en la que, en recuerdo del ahorcamiento de Erígone, las jóvenes atenienses se balanceaban colgadas de los árboles, en donde, además, colocaban unas figurillas (oscilla) que también eran columpiadas por el viento. Cfr. Virg. G., 2, 389.

[14] Del gr. aiteín, ‘pedir’.

[15] Hermipo de Esmirna, historiador, autor de unas célebres Vidas de hombres ilustres y de unos Fenómenos.

[16] Cfr. Od., 5, 125-129; Cfr. Apo., Bibl. III, 12, 1.

 

Una “raison de coeur”. John Barth

John Barth

(Cambridge, Maryland, 1930)

 

Así es, yo pago cada día la cuenta del hotel, y también me registro cada día, pese al hecho de que el hotel ofrece precios semanales y mensuales e incluso de temporada para los huéspedes que residen a largo plazo. No se trata de ninguna excentricidad, amigo mío, ni de ninguna señal de tacañería por mi parte: tengo una razón excelente para hacerlo, pero es una raison de coeur, si me permite, una razón del corazón y no de la cabeza.

Indudablemente así; literalmente así. Escucha: once veces se contrajo el músculo de mi corazón mientras yo escribía las cuatro palabras de la frase anterior. Quizás seiscientas veces desde que empecé a escribir este breve capítulo. Setescientos treinta y dos millones, ciento treinta y seis mil trescientas veinte veces desde que vine a este hotel. Y no menos de mil setenta millones seiscientas treinta y seis mil ciento sesenta veces ha latido mi corazón desde un día de 1919, en Fort George G. Meade, cuando un médico militar, el capitán John Frisbee, me informó, durante el transcurso de mi examen médico para darme la baja, que cada suave latido que emitía mi enfermo corazón podía ser el último. Este hecho —que habiendo empezado esta oración, quizás no viva lo suficiente para terminarla; que habiéndome servido una copa, quizás no viva para beberla, o que puede el líquido pasar por la lengua de un hombre vivo para llegar al estómago de un muerto; que habiéndome dormido, podría no despertarme— ha sido durante treinta y cinco años la condición de mi existencia, el gran hecho de mi vida: ya lo había sido por dieciocho años, o quinientos cuarenta y nueve millones sesenta mil cuatrocientas ochenta latidos, para el 21 o 22 de junio de 1937. Este es un interrogante inmenso en sus mil formas insignificantes (habiendo oído tic, ¿oiré toc?; habiendo servido, ¿podré hacer la volea?; habiendo puesto azúcar, ¿pondré crema?; si me pica, ¿me rascaré?; si toso, ¿volveré a hacerlo?), en respuesta al cual se han orientado todos mis pensamientos y mis actos, todos mis sueños y energías. Este es el problema para el cual esta mañana, después de haberlo intentado tres veces antes sin resolverlo, me había despertado con la clave, gratuitamente, gratis, ¡como si nada! Este interrogante, el hecho de mi vida, es, lector, también, el hecho de este libro: el interrogante que, ahora contestado y aún por explicar, contesta, lector, todo, lo explica todo.

Bueno, tal vez no todo, o al menos quizás no claramente. Por ejemplo, no explica directamente por qué elegí y elijo pagar mi cuenta a diario, cada mañana, en vez de semanalmente o por temporada. Te ruego que no pienses que temo morir y perder el dinero si he pagado por adelantado: podría perder dinero, pero tener miedo a perder dinero, jamás. Yo no tengo nada parecido a la señorita Holiday Hopkinson, mi vecina nonagenaria y miembro fundadora del CED, que compra sus vitaminas diarias en el frasco más pequeño posible —para ella el verdadero tamaño económico—  y duerme completamente vestida, los brazos cruzados fúnebremente sobre el pecho, a fin de causar con su muerte el menor problema posible a los demás. No, yo pago mi dólar cincuenta cada mañana para recordarme —¡en caso de olvidarme!— que le estoy alquilando otro día a la eternidad, pagando el interés en tiempo prestado, alquilando mi cama por las dudas de que viva para dormir allí una vez más, al menos por el principio de otra noche. Me ayuda a mantener una perspectiva correcta, me recuerda que los planes a largo plazo, al menos para mí, no tienen ningún valor.

Seguro que nadie quiere vivir como si cada día pudiera ser el último cuando en realidad hay alguna posibilidad de que simplemente se trate del siguiente. Incluso en mi posición, uno necesita algo para equilibrar lo perentorio de una existencia de un-día-por-vez, una vida a plazos. De allí que mi Investigación, tal como yo la veo e incluso para prepararse adecuadamente para su inicio, requeriría más vidas de las que necesita un perezoso monje budista para llegar al Nirvana. En efecto, mi Investigación es eterna; es decir, procedo como si poseyera la eternidad para investigar. Y debido a que los procesos que persisten largo tiempo tienden a convertirse en fines en sí mismos, para mí es suficiente dedicar una hora al trabajo, o dos horas de trabajo a mi Investigación cada noche después de la cena, a fin de sentirme un poco fuera del tiempo y de los latidos del corazón.

De modo que empiezo cada día con un gesto de cinismo y lo cierro con un gesto de fe; o si tú prefieres, lo empiezo recordándome que, al menos para mí, los fines y los objetivos no tienen ningún valor, y lo termino demostrando que ese hecho carece de significado. Un gesto de temporalidad, un gesto de eternidad. En la tensión entre estos dos gestos, yo he vivido una vida adulta.

 

 

© John Barth

de: La ópera flotante. El Aleph Editores. Barcelona. 2002.

© Marcelo Covián, de la versión al castellano