Lena Pappá. Espejos

lena pappa.jpg

(Atenas, 1932)

 

I

Los espejos muchos

y la persona una.

 

 

II

Mar radiante

mi espejo

y en el fondo de su fulgor yo

de pie ahogada.

 

 

III

Ciertos momentos me asomo,

busco en su interior mi cara

como una vez la reprodujo vigorosa

bellamente viva

—y él me devuelve

una desconocida, borrosa, desleída, engañosa

en su traidora brillantez

de mercurio

 

 

IV

Millares de espejos

para la imagen.

Para el alma

todavía

ninguno

 

 

V

Los espejos múltiples

me multiplico también yo.

Debes tener valor

para mirar

tus múltiples rostros

que te seducen

y te turban

con la repetición de los enigmas.

 

 

VI

Navegándome a mí misma

me esfuerzo

por fondear en mi verdad.

El espejo

unas veces puerto otras vorágine

jamás pude gritar

“Eureka”.

 

 

VII

Huiste: el espejo quedó espléndida

insondable fosa.

 

 

VIII

Qué esplendorosa soledad

el espejo.

 

 

IX

Mágicos todos los espejos

cuando en ellos te miras

sonriendo.

 

 

X

En los espejos oxidados de la memoria

vi

cómo la verde risa, mis frescos

ojos extáticos

el lozano ídolo del mundo

brillaba como la luna

en los telarañosos espejos muertos

vi

cómo me esperaban inmarchitables

la menta de mi madre

los besos mentolados de los azules amores

en los viejos mutilados espejos

vi

la onírica mirada de mi blanco

ángel bueno

antes de que la oscureciera el negro tiempo.

 

 

 

© Lena Pappá, de los poemas

© José Ruiz, de la versión al castellano

de: Palabras de vidrio. Los Vientos. Barcelona. 1984.

 

Anuncios

María Rosa Maldonado. Acúfenos

maria rosa maldonado

 

el asedio de dubrovnik

 

el viento bora pasa y el adriático   se convierte en caldero

peligroso para los navegantes

 

desde el cielo   azul nitrógeno

las bombas bajan sobre la ciudad vieja

 

por la misma razón que la manzana de newton

 

la gravedad   es una fuerza débil

dicen   más de mil veces

menor   que aquella que sostiene unidos a los átomos

pero aun así

caen sin pausa   las bombas

dentro de las murallas

 

en el arboretum de trsteno

entre sulfúricas manchas de energía

el alcanforero

expande su vastedad narcótica

su vapor

que seda a los enfermos

y envenena a los pájaros

 

 

 

en cuanto a la cosa en sí

 

en cuanto a la cosa en sí

la hormiga la transporta

sin susto

asida con la boca

 

camina ligera   ligera   sobre la ciénaga del ser

entre la nada y otra vez la nada

a recoger muestras del dios

y hacer con ellas su comida

 

desconoce su propia oscuridad

pero habla en lenguas

de mayor antigüedad que el arameo

 

no necesita llegar a la luna: forma parte de ella

 

su corazón —largo tubo dorsal por donde fluye la hemolinfa—

es más sabio que el tractatus de Wittgenstein

 

 

 

la hoguera de champel

 

en un universo paralelo

servet   y sus libros

no fueron   quemados vivos en la hoguera

por acción   u omisión   de juan calvino

 

vapores fuliginosos no cubrieron el cielo de champel

extramuros   de la culta ginebra

 

magno artificio

la circulación sanguínea es alma emanada del eterno

 

pero   quién viene a nombrar la trinidad

con la boca de un ave de corral?

 

azufaifo   fruta de la inmortalidad

drupas dulces y comestibles

son los dioses

 

pasto para las cabras

 

 

 

keeling descubrió la respiración exquisita de la tierra

 

keeling descubrió la respiración exquisita de la tierra

el lento ritmo de inspiración y exhalación

dióxido de carbono

entrando y saliendo de sus profundos   alveolos vegetales

 

mientras

la vida engorda y adelgaza en los bosques del norte

 

intercambio preciso

delicado equilibrio   del calor corporal

del planeta azulino

su historia

sellada en el frío límpido de las nieves antiguas

 

volcanes y cianobacterias preparando la fuente

el ácido y volátil alimento

 

pero también   también

podríamos   haber nacido de la energía venenosa del cadmio

 

 

 

sokushinbutsu

 

el hombre que bebió y bebió el té venenoso del urushi

está desapareciendo de este mundo

y apareciendo en el mundo

del árbol

él ya no ve

es el árbol ahora quien en amorosa meditación

lo mira

contempla su oscura corteza de hombre seco

que se contrae sin ruido

en el pozo de piedra donde espera

sin certeza ninguna

la restitución

la visitación

la habitación de la luz

 

 

 

 

© María Rosa Maldonado, de los poemas

de: Acúfenos. Zindo & Gafuri Ediciones. Buenos Aires. 2017

 

Alfredo Bryce Echenique. El hombre, el cinema y el tranvía

a. bryce.jpg

(Lima, 1939)

El jirón Carabaya atraviesa el centro de Lima, desde Desamparados hasta el Paseo de la República. Tráfico intenso en las horas de afluencia, tranvías, las aceras pobladas de gente, edificios de tres, cuatro y cinco pisos, oficinas, tiendas, bares, etc. No voy a describirlo minuciosamente, porque los lectores suelen saltearse las descripciones muy extensas e inútiles.

Un hombre salió de un edificio en el jirón Pachitea y caminó hasta llegar a la esquina. Dobló hacia la derecha, con dirección al Paseo de la República. Eran las seis de la tarde y podía ser un empleado que salía de su trabajo. En el cine República, la función de matiné acababa de terminar y la gente que abandonaba la sala se dirigía lentamente hacia cualquier parte. Un hombre de unos treinta años y un muchacho de unos diecisiete o dieciocho, parados en la puerta del cine, comentaban la película que acababan de ver. El hombre que podía ser un empleado se había detenido al llegar a la puerta del cine y miraba los afiches, como si de ellos dependiera su decisión de ver o no esa película. Se escuchaba ya el ruido de un tranvía que avanzaba con dirección al Paseo de la República. Estaría a unas dos cuadras de distancia. Los afiches colocados al lado izquierdo del hall de entrada no parecieron impresionar mucho al hombre que podía ser un empleado. Cruzó hacia los del lado izquierdo. El tranvía se acercaba y los afiches vibraban ligeramente. No lograron convencerlo, o tal vez pensaba venir otro día, con un amigo, con su esposa o con sus hijos. El ruido del tranvía era cada vez mayor y los dos amigos que comentaban la película tuvieron que alzar el tono de voz. El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel.

Voló tres metros y allí lo cogió nuevamente el tranvía. Lo arrastraba. Se le veía aparecer y desaparecer. Aparecía y desaparecía entre las ruedas de hierro y los frenos chirriaban. Un alarido de espanto. El hombre continuaba apareciendo y desapareciendo. Cada vez era menos un hombre. Un pedazo de saco. Ahora una pierna. El zapato. Uno de los rieles se cubría de sangre. El tranvía logró detenerse y el conductor saltó a la vereda. Los pasajeros descendían apresuradamente y la gente que empezaba a aglomerarse retrocedía según iba creciendo el charco de sangre. Ventanas y balcones se abrían en los edificios.

—No pude hacer nada por evitarlo —dijo el conductor, de pie frente al descuartizado.

—¡Dios mío! —exclamó una vieja gorda que llevaba una bolsa llena de verduras—. En los años que llevo viajando en esta línea…

—Hay que llamar a un policía —interrumpió alguien.

La gente continuaba aglomerándose frente al descuartizado, igual a la gente que se aglomera frente a un muerto o a un herido.

—Circulen. Circulen —ordenó un policía que llegaba en ese momento.

—No pude hacer nada por evitarlo, jefe.

—¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.

—Hay que llamar a una ambulancia.

Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años y el muchacho que podía tener dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.

—Vestía de azul marino —dijo el muchacho.

—Está muerto.

—Es extraño.

—¿Qué es extraño? —preguntó el hombre de unos treinta años.

—Vas al cine y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones y uno se divierte.

—El arte y la vida.

—Humm… El arte, la vida… Pero el periódico…

—Ya lo sabes —interrumpió el hombre—. Si tienes un accidente y ves que empiezan a cubrirte con periódicos… La cosa va mal…

—Tú también vas a morirte…

—Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro… Eso no es soñar, mi querido amigo.

—¿Siempre es así? —preguntó el muchacho.

—¿Conoces los chistes crueles?

—Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?

—¿Acaso no vas a la Universidad?

—No te entiendo.

—¿Sabes lo que es la catarsis?

—Sí. Aristóteles…

—Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.

—Eres increíble —dijo el muchacho.

—Hace años que camino por el centro de Lima —dijo el hombre—. Como ahora. Hace años que tenía tu edad y hace años que me enteré que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí —dijo, mientras abría la puerta de un bar—. ¿Una cerveza?

—Bueno —asintió el muchacho—. Pero no todos los días.

—Diario. Y a la misma hora.

Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres de ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan solo la cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente y pensaba que algunos venían para beber en silencio y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.

—Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla —dijo el hombre.

—¿Es verdad que vienes todos los días? —preguntó el muchacho.

—¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará y le traerán su aperitivo.

—¿Y si hoy prefiere una cerveza?

—Sería muy extraño —respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.

—¿Dos cervezas, señor Alfonso?

—No sé si quiero una cerveza —intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba y se dirigía a la mesa vacía del fondo.

—Tengo que prepararle su aperitivo al viejito —dijo el mozo.

—Decídete, Manolo —dijo el hombre y agregó mirando al mozo—: se llama Manolo…

—Un trago corto y fuerte —ordenó el muchacho—. Un pisco puro.

 

 

© Alfredo Bryce Echenique, del relato.

de: Cuentos completos. Alianza editorial. Madrid. 1981.

 

De la verdad del ser. Martin Heidegger*

1-p2AnEzqNoiSRA4ygCnNF1g.jpeg

(Messkirch, 1889 – Friburgo de Brisgovia, 1976)

 

El hombre moderno tiene una “vivencia” del mundo y lo piensa vivenciándolo, es decir, por sí mismo como el ente que, en cuanto fundamento, sirve de base a toda explicación y ordenamiento del ente como un todo. En el lenguaje de la metafísica, lo que sirve de base al fundamento es “subjectum“. El hombre moderno es por esencia “sujeto”. Solo porque él es “sujeto” puede su Yo o su Yoidad llegar a ser esencial. El hecho de que el Tú sea contrapuesto al Yo y que el Yo sea de este modo colocado en sus límites e imponga así la relación Yo-Tú, y el hecho de que el lugar del individuo sea tomado por la comunidad, la nación, el pueblo, el continente y el planeta, de ninguna manera significa que, comprendida metafísicamente, sea superada la subjetividad del hombre moderno, sino que es conducida por primera vez a su estado incondicionado. La “antropología”, cuya forma anglo-americana es la sociología, ha superado el pensar esencial. Solamente cuando el hombre se hace sujeto, el ente no-humano se hace objeto. Solo en el dominio de la subjetividad puede surgir una disputa sobre la objetividad, sobre su validez, sus beneficios y sus pérdidas, y sobre sus ventajas y desventajas en un caso particular.

Pero, que la esencia del hombre, para los griegos, no es determinada como sujeto, un conocimiento del inicio histórico de Occidente es difícil y extraño para el “pensar moderno”, si se asume que la “vivencia” moderna no es interpretada simplemente hacia atrás en el mundo griego, como si el hombre moderno poseyera una relación de intimidad personal con los griegos, solo porque organiza periódicamente los “Juegos Olímpicos” en las principales ciudades del planeta. Aquí, la fachada del título derivado es lo único griego. Con ello no es dicho nada en contra de los Juegos Olímpicos mismos, pero sí en contra de la opinión errada de que ellos tienen alguna relación con la esencia griega. Y debemos saber esto si queremos conocer la esencia completamente diferente de la historia moderna, es decir, si queremos experimentar al mismo tiempo nuestro propio destino en su determinabilidad esencial. Sin embargo, esta tarea es demasiado inquietante y demasiado seria para que la opinión sin pensamiento y el parloteo puedan ser tomados en la más leve consideración. Quien toma lo dicho en esta lección por lo que simplemente es dicho, a saber, como una palabra de atención y de incipiente cuidado en el pensar, también aprenderá con el tiempo a dejar de lado todos los “afectos” sentimentales que se abren paso tan rápidamente en una “toma de posición” sin pensamiento y locuaz. Quien solo está sentado aquí con el fin de coger al vuelo algún material para sus afectos políticos o antipolíticos, religiosos o antirreligiosos, científicos o anticientíficos, está errado y sustituye lo que justamente llega a su mente en una tarde en particular por lo que ha sido la tarea del pensar en Occidente por los últimos dos milenios y medio, desde su inicio histórico. Por cierto, la estupidez en circulación no puede ser, para los pensantes, una razón para renunciar a la tarea de orientarse por lo esencial. El parloteo vacío no puede ser interrumpido. Pero, del mismo modo, la consideración del nivel de quienes son demasiado perezosos para pensar pone en peligro el pensamiento esencial.

Nuestras discusiones sobre “lo romano” son interpretadas como resultado de una hostilidad anti-cristiana. Dejemos de lado la teología para decidir si la meditación sobre la esencia de la verdad, tomada en su contexto, no podría ser más fructífera para la preservación de la cristiandad que el deseo aberrante de construir nuevas pruebas fundadas “científicamente” para la existencia de Dios y para la libertad de la voluntad, sobre la “base” de la física atómica moderna.

Inicialmente, la esencia emergente del ser dispone y determina el modo del albergamiento de lo desoculto como la palabra. La esencia de la palabra dispone y determina primero la esencia de la humanidad, correspondiente a ella, y de este modo remite esta a la historia, es decir, al inicio esencial y a la transformación de la esencia de la verdad del ente. Pero en ninguna parte hay una humanidad que forme por sí misma una mirada del ser y se establezca luego a sí misma con esta mirada, como si el ser y la mirada de este fueran como las astas que se forman en un buey, y con el cual luego vegeta. Solo porque el ser y la verdad del ser son esencialmente más allá de todos los hombres y humanidades, el “ser” o el “no-ser” de la esencia del hombre pueden y tienen, por consiguiente, que estar en juego allí donde el hombre es determinado como histórico, para la preservación de la verdad del ser. Una decadencia nunca es superada simplemente porque sea detenida o de cierto modo frenada y conducida en un progreso hacia “mejores tiempos”. Todo progreso podría ser solo un paso “fuera del” dominio esencial del inicio. Solamente en vista del inicio puede ser pensada y experimentada una decadencia. La decadencia solo puede ser superada cuando el inicio es salvado, pero luego es ya superado. Y el inicio solo puede ser salvado cuando puede ser el inicio que es. El inicio solo es inicial cuando el pensar mismo es inicial y cuando el hombre en su esencia piensa inicialmente. Esto no significa la tarea imposible de repetir el primer inicio, en el sentido de una renovación del mundo griego y de su transformación en el aquí y el ahora. Al contrario, significa ingresar, por medio del pensamiento inicial, en una confrontación y en un diálogo con el inicio, con el fin de percibir la voz de la disposición y determinación del futuro. Esta voz solo puede ser escuchada allí donde es experiencia. Pero la experiencia es en su esencia el dolor, en el cual el ser otro esencial del ente se revela en oposición a lo usual. La más alta forma de dolor es el morir de la muerte como un sacrificio para la preservación de la verdad del ser. Este sacrificio es la experiencia más pura de la voz del ser. ¡Pero los sacrificios no tienen que ser entonces tantos como las causas que los ocasionan inmediatamente, puesto que el sacrificio tiene en sí mismo su propia esencia y  no requiere de metas y de usos! ¿Entonces, y si la voz del inicio se anunciara a sí misma en nuestro destino histórico?

¿Pero, y si el inicio ha caído en el olvido? ¿No tendríamos, entonces, que experimentar primero que este olvido no es una mera negligencia o una omisión del hombre, si no que es un acaecer-propicio que pertenece a la esencia del ser mismo, es decir, al desocultamiento?

¿Y si no solo el hombre ha olvidado la esencia del ser, sino que además el ser mismo ha olvidado al hombre y lo ha olvidado en el auto-olvido? ¿Hablamos aquí de λήθη solo para aparentar erudición?

Los griegos guardan silencio por largo tiempo sobre λήθη. Pero a veces dicen una palabra. Hesiodo menciona λήθη a una con λιμός, la ausencia de alimento, como una de las hijas de la noche encubridora. Píndaro habla de ella e indica la dirección que nuestra mirada debe seguir en su esencia oculta.

 

 

© Herederos de Martin Heidegger

© Carlos Másmela, de la versión al castellano.

de: Parménides. Ediciones Akal. Madrid. 2005.

 

N O T A S

[*] El siguiente texto es un primer proyecto de la repetición de las páginas 72-74 [del manuscrito], las cuales no fueron incluidas por Heidegger en su lección.

Olga Orozco. Poemas

olga

(Toay, 1920 – Buenos Aires, 1999)

 

Las muertes

 

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,

lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,

inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;

arena sin pisadas en todas las memorias.

Son los muertos sin flores.

No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.

Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.

Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,

mas su destino fue fulmíneo como un tajo;

porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha,

porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.

Esa y no cualquier otra.

Esa y ninguna otra.

Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

 

 

 

Sol en Piscis

 

Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras.

Solamente las piedras conocen el reverso de los muertos.

Lo sé.

A veces las estatuas vuelven a abrir en mí ciertas heridas

o toman el color de las acusaciones que me impiden dormir.

Pero hay pruebas que nadie quiere ver.

Se atribuyen al tiempo, a las tormentas,

a la sombra de pájaro con que los días se alzan o se dejan caer sobre la tierra.

Nadie quiere pensar que hay muchas muertes por cada corazón.

Tantas como muertos nos lloren.

Tantas como piedras los sigan lamentando.

 

Existe una canción que entre todos levantan desde los fríos labios de la hierba.

Es un grito de náufragos que las aguas propagan borrando los umbrales para poder pasar,

una ráfaga de alas amarillas,

un gran cristal de nieve sobre el rostro,

la consigna del sueño para la eternidad del centinela.

 

¿Dónde están las palabras?

¿Dónde está la señal que la locura borda en sus tapices a la luz del relámpago?

Escarba, escarba donde más duela en tu corazón.

Es necesario estar como si no estuvieras.

 

He aquí el pequeño guijarro recogido para la gran memoria.

De este lado no es más que un pedazo de lápida sin inscripción alguna.

Y sin embargo desde allá es como un talismán que abre las puertas de mi vida.

Por sus meandros azules llego a veces más allá de mis venas:

cerraduras que giran contra la misteriosa rotación de los años,

vértigos de continuas despedidas que ahora me despiden a través de mis lágrimas de entonces,

hasta ser nada más que una cinta brillante,

un fulgor que ilumina ese fondo de abismo donde caigo hacia el fondo del cielo,

tan ávido como el tambor que invoca las tormentas.

 

Heroína de miserias, balanceándote ahora casi al borde de tu alma,

no mires hacia atrás, no te detengas,

mientras arde a lo lejos la galería de las apariencias,

las máscaras del sueño que labraste sobre ciegas cortezas para poder vivir.

 

A solas con tu nombre, contra el portal resplandeciente,

a solas con la herida del exilio desde tu nacimiento,

a solas con tu canción y tu bujía de sonámbula para alumbrar los rostros de los desenterrados;

porque ésa es la ley.

A solas con la luna que arrastra en las mareas del más alto jardín de la memoria

un rumor de leyendas desgarradas por la crueldad de la distancia:

“Cuando llegues del otro lado de ti misma

podrás reconocer el puñal que enterraste para que ti vinieras despojada de todo poderío.

Si avanzas más allá

encontrarás la fórmula que yace bajo los centelleos de todos los delirios.

Si consigues pasar

alcanzarás la Rueda que avanza hacia el poniente.”

 

Pero no hay arma alguna que arrebate a mi vida su inocencia,

ni retablo enterrado en cuyo espejo de oro se abran las flores de otros mundos,

ni carruaje que avance con el rayo.

 

Sin embargo, esta palabra sin formular,

cerrada como un aro alrededor de mi garganta,

ese ruido de tempestad guardada entre dos muros,

esas huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias de la arena,

conducen a este círculo de cavernas salvajes

a las que voy llegando después de consumir cada vida y su muerte.

Celdas tornasoladas del adiós para siempre, para nunca,

y cada una se abre hacia las otras con la fisura de una gran nostalgia

por donde pasa el soplo de los siglos,

la mariposa gris que envuelve con sus nieblas al huésped solitario,

a ese que ya fui o al que no he sido en este y otros mundos.

El que entreteje sus coronas con la ceniza de la tierra,

el que reluce con cabeza de león como un sol heráldico entre las tinieblas,

el que sueña conmigo como con una cárcel de muros transparentes,

esta que soy queriendo guardar la eternidad en el polvo de cada sonrisa,

el que se cubre con ropajes de águila para volar más lejos que la mirada de los hombres,

los que habitan aquí o en otro lado lejos de las investiduras de la sangre

y no puedo nombrar,

y el que rescatará las corazas de luz

—su día levantado palmo a palmo con la noche de los otros—

para cruzar la última puerta el arcano.

 

Oh, sombra de claridad sobre mi rostro,

relámpago entrevisto desde el fondo del agua:

tu signo está grabado sobre todas las frentes para la ceremonia de la duración,

para la travesía de todos los recintos en cuyo fondo te alzas como una llamarada de la gran añoranza,

como los espejismos de un perdido país anunciado por el sueño y la sed,

el miedo y la nostalgia,

y el insaciable tiempo que llevamos de migración en migración

como una brasa que quema demasiado.

 

Todos los grandes vértigos del alma nacen del otro lado de las piedras.

 

 

 

La cartomancia

 

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,

óyelos desgarrar la tela del presagio.

Escucha. Alguien avanza

y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.

Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.

Pero alguien ha llegado.

Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos

donde ya no eres más que una bujía desgarrada,

una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,

por helechos.

 

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.

Siete respuestas tienes para siete preguntas.

Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:

a tu derecha el Ángel,

a tu izquierda el Demonio.

 

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte

con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?

¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?

Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.

Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara

porque su luz es de otro reino.

Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

 

Vale más descifrar el nombre de quien entra.

Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.

Es el huésped de siempre.

Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.

No preguntes quién es. Tú lo conoces

porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos

y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:

un poema en que todo fuera ese todo y tú

—algo más que ese todo—.

Pero nada ha llegado.

Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.

Y acaso sea tarde.

 

Veamos quién se sienta.

La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana

tiene por corazón la mariposa negra.

Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.

Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,

donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida

en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.

Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

 

Cuídate del amor que es quien se queda.

Para hoy, para mañana, para después de mañana.

Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.

Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.

Pero jamás conocerás la paz,

porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.

No dormirás del lado de la dicha,

porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,

y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

 

¿Quieres saber quién te ama?

El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.

Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.

Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.

Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,

y se quedó llorando sobre cada vergüenza.

Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:

una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.

En tanto el Carro aguarda la señal de partir:

la aparición del día vestido de Ermitaño.

Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.

Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,

ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,

y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.

 

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,

porque voy a mostrarte quién te odia.

¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?

¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?

Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,

la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,

la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,

la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.

No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma, pues su poder no es otro que el ser otra que tú.

Tal es su sortilegio.

Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,

y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,

hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,

que su triunfo no es triunfo

sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,

un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

 

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.

Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.

No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.

No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,

porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.

Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer

y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos

con espadas, con oros y con bastos.

Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.

Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.

La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.

Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

 

He aquí que los Reyes han llegado.

Vienen para cumplir la profecía.

Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte

hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

 

 

 

© herederos de Olga Orozco

 

Casia de Constantinopla. Versos

casia.jpg

(ca. 810 – ca. 867)

 

Ama a todos. Mas en todos no confíes.

 

En un estúpido el conocimiento

es otra estupidez.

 

Mejor en verdad la uva                caída de lo justo

que la recolección               de la injusticia impía.

 

Mejor para el necio no nacer nunca

y, si aparece

sobre la tierra, no ser bautizado,

sino al instante ser               al Hades enviado.

 

Mejor ser derrotado               que vencer sin razón.

 

Mejor lo poco y bueno por ley justa

que lo máximo por               la ilegalidad.

 

Entenderse un sensato con estúpidos

no puede sostenerse,

pues se agotará por su oposición,

¿cómo habría de vencer su atrevimiento?

Es preferible compartir pobreza

con personas sensatas

que ser rico con tontos e ignorantes.

Ojalá que Cristo me concediera

sobrellevar lo malo

junto a hombres bien prudentes y muy sabios

antes que disfrutar

al lado de necios irracionales.

 

Es mejor que un furtivo amor la guerra,

pues cualquiera está de ella prevenido,

pero a él, en cambio, se ve uno arrastrado.

 

Todo lo forzado se altera rápido,

mientras lo natural resiste eterno.

 

Preferible es una gota de fortuna

en buena lógica

al obsequio de una belleza excesiva.

 

Se sobrepone el sexo               de la mujer a todo:

con la verdad testigo de ello es Esdras.

 

¿Deseas alabanzas?               ¡Haz cosas encomiables!

 

 

 

© Óscar Prieto Domínguez, de la versión al castellano.

de: Poemas. Ediciones Cátedra. Madrid. 2019.

 

El mito de Sísifo. Albert Camus

albert-camus.png

(Mondovi, 1913 – Villeblevin, 1960)

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si damos crédito a Homero, Sísifo era el más sabio y más prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, propendía al oficio de bandido. No veo contradicción en ello. Difieren las opiniones sobre los motivos que lo llevaron a ser el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha ante todo cierta ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le extrañó su desaparición y se quejó a Sísifo. Este, que estaba enterado del rapto, ofreció a Asopo informarlo de todo, a condición de que le diera agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestiales. Y en castigo acabó en los infiernos. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, que liberó a la Muerte de manos de su vencedor.

Cuentan también que Sísifo, en trance de muerte, quiso poner imprudentemente a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojase su cuerpo insepulto a la plaza pública. Sísifo fue a parar a los infiernos y allí, irritado por obediencia tan contraria al amor humano, consiguió permiso de Plutón para regresar a la tierra y castigar a su mujer. Pero cuando volvió a ver el rostro de este mundo, a disfrutar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, no quiso regresar a las sombras infernales. Nada consiguieron llamadas, cóleras y advertencias. Durante muchos años siguió viviendo delante de la curva del golfo, el mar resplandeciente y las sonrisas de la tierra. Fue preciso un decreto de los dioses. Mercurio vino a agarrar al audaz por el pescuezo y, arrebatándolo a sus goces, lo devolvió a la fuerza a los infiernos, donde su roca estaba ya preparada.

Se habrá comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su pasión por la vida le valieron ese suplicio indecible en el cual todo el ser se dedica a no rematar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. Nada nos dicen sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. En el caso de este, vemos solamente todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, empujarla y ayudarla a subir por una pendiente cien veces recomenzada; vemos el rostro crispado, la mejilla pegada contra la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de greda, un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de este prolongado esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, llega a la meta. Sísifo contempla entonces cómo la piedra rueda unos instantes hacia ese mundo inferior del que habrá de volver a subirla a las cumbres. Y regresa al llano.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. ¡Un rostro que pena tan cerca de las piedras es ya de piedra! Veo a ese hombre bajar con pasos pesados aunque regulares hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esa hora que es como un respiro y que se repite con tanta seguridad como su desgracia, esa hora es la de la conciencia. En cada uno de esos instantes, cuando abandona las cimas y se hunde poco a poco hacia las guaridas de los dioses, Sísifo es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Lo trágico de este mito estriba en que su héroe es consciente. ¿En qué quedaría su pena, en efecto, si a cada paso lo sostuviera la esperanza de lograrlo? El obrero actual trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero solo es trágico en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la amplitud de su miserable condición: en ella piensa durante el descenso. La clarividencia que debería ser su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se supere mediante el desprecio.

Si el descenso se hace ciertos días con dolor, puede hacerse también con gozo. La palabra no es exagerada. Me imagino otra vez a Sísifo regresando hacia su roca, y el dolor existía al principio. Cuando las imágenes de la tierra se aferran con demasiada fuerza al recuerdo, cuando la llamada de la felicidad se hace demasiado apremiante, entonces la tristeza se alza en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, es la propia roca. Una angustia inmensa es demasiado pesada de llevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes desaparecen al ser reconocidas. Edipo, por ejemplo, obedece primero al destino sin saberlo. A partir del momento en que sabe, su tragedia comienza. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único lazo que lo ata al mundo es la fresca mano de una jovencita. Una frase desmesurada resuena entonces: “Pese a tantas pruebas, mi avanzada edad y la grandeza de mi alma me llevan a juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoyevski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado de escribir algún manual de felicidad. “¿Y cómo así? ¿por caminos tan angostos…?” Pero no hay más que un mundo. La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. El error consistiría en decir que la felicidad nace forzosamente del descubrimiento absurdo. A veces ocurre que el sentimiento de lo absurdo nace de la felicidad. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esa frase es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que no todo está agotado, no ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que deberá arreglarse entre los hombres.

Todo el gozo silencioso de Sísifo está en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su casa. De la misma manera el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, manda callar a todos los ídolos. En el universo que de pronto ha recobrado su silencio se alzan las mil vocecitas maravilladas de la tierra. Llamadas inconscientes y secretas, invitaciones de todos los rostros, son el reverso necesario y el precio de la victoria. No hay sol sin sombra, y es menester conocer la noche. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo no cesará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior o al menos no hay sino uno, que juzga fatal y despreciable. En lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en el que el hombre se vuelve sobre su vida, Sísifo, regresando hacia su roca, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado con su muerte. Así, persuadido del origen plenamente humano de cuanto es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

¡Dejo a Sísifo al pie de la montaña! Uno siempre recupera su fardo. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. También él juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin dueño no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esa piedra, cada fragmento mineral de esa montaña llena de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.

 

 

© herederos de Albert Camus.

de: El mito de Sísifo. Alianza Editorial. Madrid. 2018.

© Esther Benítez, de la versión al castellano.