Bret Harte. El socio de Tennessee

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(Albany, 1836 – Camberley, 1902)

Creo que nunca llegamos a saber su verdadero nombre, aunque es cierto que ignorarlo nunca fue un inconveniente social para nosotros porque, en 1845, en Sandy Bar era frecuente rebautizar a los hombres. A veces, el nuevo apelativo se inspiraba en algún detalle distintivo del vestir, como en el caso de Jack Vaqueros; o en alguna costumbre peculiar, como en el de Bill Bicarbonato, porque el pan que comía llevaba una cantidad desproporcionada de bicarbonato de soda; o en algún desliz desafortunado, como en el del Pirata de Hierro, un hombre tranquilo e inofensivo que se ganó ese título por pronunciar mal “pirita de hierro”. Tal vez esto fuera el germen de una heráldica rudimentaria, aunque me inclino a pensar que, en aquella época, el verdadero nombre de un hombre dependía únicamente de lo que dijera él.

—¿Y dice que usted se llama Clifford? —preguntó Boston con mucha guasa a un tipo apocado que acababa de llegar—. ¡El infierno está lleno de Cliffords!

Después presentó al infortunado, que en realidad se llamaba Clifford, con el sobrenombre de Charly Arrendajo, insultante inspiración del momento que le quedó para siempre.

Pero volvamos al socio de Tennessee, a quien no conocimos por ningún otro nombre más que este título dependiente; hasta mucho más tarde no llegamos a saber que tenía una existencia propia, diferente y separada. Al parecer, en 1853 salió de Poker Flat con destino a San Francisco en busca de una mujer para casarse. No pasó de Stockton. En ese lugar lo atrajo una joven que atendía la mesa del hotel en el que comía. Una mañana le dijo algo que a la joven le hizo sonreír con cierta chispa, romperle coquetamente en la cara, cuando la miraba con seriedad y sencillez, después volvió a salir victorioso, con más tostadas encima. Aquella misma semana los casó un juez de paz y volvieron a Poker Flat. Comprendo que podría dar más detalles de este episodio, pero prefiero referirlo tal como lo contaban en Sandy Bar, en los barrancos y las cantinas, con un gran sentido del humor por lo que hace a los sentimientos.

Poco se sabe de su felicidad conyugal, tal vez se deba a que un buen día Tennessee, que a la sazón vivía con su socio, aprovechó la oportunidad de decirle algo a la novia por su cuenta y riesgo, castamente… hasta Marysville en esta ocasión, adonde la siguió Tennessee y donde se pusieron a jugar a las casitas sin la mediación de un juez de paz. El socio de Tennessee se tomó la pérdida de su mujer con seriedad y sencillez, a su estilo. Pero, para asombro de todos, cuando Tennessee volvió a Marysville sin la mujer de su socio, pues ella había sonreído a otro y se había retirado una vez más, su socio fue el primero en darle la mano y recibirlo con afecto. Los muchachos que se habían congregado en el cañón para presenciar el tiroteo se indignaron muchísimo, como es natural. Habrían expresado la indignación con sarcasmo si no lo hubiera impedido cierta mirada que les echó el socio de Tennessee, una mirada totalmente carente de sentido del humor. Lo cierto es que era un hombre serio que se aplicaba al detalle práctico en los momentos difíciles con una diligencia bastante fastidiosa.

Entretanto, en el pueblo se enconaban los sentimientos en contra de Tennessee: se sabía que era jugador y se sospechaba que robaba. Su socio también se vio comprometido, pues la única explicación posible de que siguieran siendo amigos después del episodio con su mujer era que estuvieran conchabados en el delito. Finalmente, los pecados de Tennessee salieron a la luz. Un día, camino de Red Dog, alcanzó a un desconocido. Después, el desconocido contó que Tennessee le había hecho pasar un buen rato contándole anécdotas y recuerdos, pero que, ilógicamente, concluyó diciéndole:

—Y ahora, jovencito, me vas a dar el puñal, las pistolas y el dinero, porque, verás, estos instrumentos pueden traerte complicaciones en Red Dog, y el dinero es una tentación para los maleantes. Creo que has dicho que vives en San Francisco. Procuraré hacerte una visita.

Hay que reconocer que Tennessee tenía una fluida vena humorística que no se secaba ni en plena negociación mercantil.

Fue su última hazaña. Red Dog y Sandy Bar hicieron causa común contra este salteador de caminos. Le dieron caza con su misma medicina. Cuando lo tenían rodeado, echó una carrera desesperada por todo Bar descargando el revólver contra la multitud que se encontraba a la puerta del saloon Arcade, y siguió corriendo hacia el cañón del Oso; pero al final del desfiladero lo detuvo un hombre de baja estatura que iba en un caballo gris. Se miraron un momento en silencio. Ninguno tenía miedo, estaban seguros de sí, eran independientes; eran dos ejemplares de una civilización que en el siglo XVII se habría calificado de heroica, pero que en el siglo XIX no pasaba de temeraria.

—Qué llevas, pregunto —dijo Tennessee en voz baja.

—Dos sotas y un as —dijo el otro, también en voz baja, al tiempo que enseñaba dos revólveres y una faca.

—Paso —contestó Tennessee.

Y, con este epigrama de jugador, tiró su inútil pistola y regresó con el que lo había atrapado.

Hacía calor aquel atardecer. La brisa fresca que solía levantarse a última hora tras la montaña del chaparral no llegaba es noche a Sandy Bar. El pequeño cañón estaba cargado de olores resinosos recalentados y los maderos podridos de Bar exhalaban efluvios hediondos. En el campamento, la actividad febril y las fieras pasiones del día no se habían apagado todavía. A lo largo de la orilla del río unas luces se movían sin cesar, sin reflejarse en la turbulenta corriente. Las ventanas del viejo desván de la oficina de Correos destacaban como ojos brillantes sobre la mesa negra de los pinos; decidiendo la suerte que correría Tennessee. Y, por encima de todo esto, recortada contra el oscuro firmamento, se alzaba la Sierra, lejana, indiferente, coronada de estrellas aún más lejanas e indiferentes.

El juicio de Tennessee fue tan justo como era de esperar de un juez y un jurado que se sentían obligados hasta cierto punto a aquel veredicto que justificara las irregularidades cometidas en la detención y la formulación de cargos. La ley de Sandy Bar era implacable, pero no vengativa. La emoción y los sentimientos personales de la persecusión ya habían pasado; con Tennessee sano y salvo en sus manos, se dispusieron a escuchar pacientemente cualquier argumento en su defensa, aunque estaban convencidos de antemano que sería inútil. No tenían la menor sombra de duda, pero preferían conceder al acusado el beneficio de alguna que pudiera surgir. Persuadidos de que merecía la horca por principios generales, le concedieron más oportunidades de defenderse de las que el temerario y audaz preso parecía desear. El juez estaba más angustiado que el acusado, el cual, completamente despreocupado por lo demás, se divertía a costa de la responsabilidad que les había echado encima.

—No voy a seguirles el juego —era la respuesta que daba invariablemente, de buen humor, a todas las preguntas.

El juez, quien también era quien lo había detenido, lamentó un momento no haberlo matado de un tiro esa mañana “allí mismo”, pero enseguida dejó de pensarlo por tratarse de una debilidad humana indigna de un juez. Sin embargo, cuando llamaron a la puerta y dijeron que el socio de Tennessee quería hablar a favor del reo, no vaciló en admitirlo sin dilación. Es posible que para los miembros más jóvenes del jurado, que ya estaban aburridos de tanto pensar, fuera un alivio.

Pues, en realidad, no era un tipo imponente, sino de baja estatura, aunque fornido, de cara cuadrada, extraordinariamente colorado por efecto del sol; llevaba un mandilón y pantalones a rayas, salpicados de barro rojo, tenía, en fin, una pinta que hubiera resultado curiosa en cualquier circunstancia y que ahora era incluso ridícula. Cuando se detuvo para depositar en el suelo el pesado morral que llevaba, parece ser, por lo que se constata parcialmente en las leyendas e inscripciones, que la tela de los remiendos de los pantalones no estaba pensada en principio para menester tan ambicioso. Sin embargo, el socio se adelantó con toda solemnidad y, después de dar un apretón de manos a cada uno de los presentes con pomposa cordialidad, perplejo y serio como estaba, se limpió la cara con un pañuelo de un color ligeramente más claro que su piel, apoyó una manaza en la mesa en busca de apoyo y se dirigió al juez con las siguientes palabras:

—Pasaba por aquí —dijo, a modo de disculpa— y se me ocurrió entrar un momento a ver qué tal le iban las cosas a Tennessee, aquí, mi socio. Hace calor esta noche. No recuerdo una noche tan calurosa en Bar.

Hizo una breve pausa pero, como nadie se ofreció a seguir hablando del tiempo, recurrió de nuevo al pañuelo y se enjugó el rostro diligentemente.

—¿Tiene algo que decir a favor del preso? —preguntó el juez por fin.

—Eso es —dijo el socio de Tennessee, aliviado—. Vengo como socio de Tennessee… Hace cuatro años que lo conozco llueva o truene, en lo bueno y en lo malo, en la prosperidad y en la adversidad. No siempre hacemos las cosas de la misma forma, pero no hay nada en él, no hay picardía que haya cometido que no sepa yo. Y usted me dice, dice usted, confidencialmente, de hombre a hombre, dice que si tengo algo que decir a favor  de este hombre. Y yo le digo, digo yo, confidencialmente, de hombre a hombre, ¿qué tiene uno que decir a favor de su socio?

—¿No tiene nada más que alegar? —preguntó el juez, impaciente, al percibir tal vez que una peligrosa corriente de comprensión empezaba a ablandar al jurado.

—Lo dicho —prosiguió el socio de Tennessee—. No soy yo quién para decir nada en contra de mi socio. Pero a ver, ¿de qué se le acusa? Resulta que Tennessee necesita dinero, lo necesita mucho, y no quiere pedírselo a su viejo socio. Entonces, ¿qué hace Tennessee? Va por un desconocido y lo pilla. Y usted va por él y lo pilla; el empate está servido. Y yo le pregunto a usted, qué es un hombre justo, y a todos ustedes, caballeros, que también son justos, si no es verdad lo que digo.

—Preso —dijo el juez interrumpiéndolo—, ¿tiene algo que preguntar a este hombre?

—¡No! ¡No! —se apresuró a decir el socio de Tennessee—. En esta mano voy solo. Vayamos al fondo de la cuestión. La cosa es que Tennessee, aquí presente, se la ha jugado gorda a un forastero en este campamento nuestro. Entonces, ¿qué hay que hacer? Unos dirían que si tal, otros que si cual. Traigo aquí mil setecientos dólares en pepitas de oro y un reloj, es toda mi fortuna y ¡no se hable más!

Y, antes de que alguien pudiera levantar la mano para evitarlo, el socio vació el morral encima de la mesa.

Puso la vida en peligro un momento. Un par de hombres se levantaron, unos cuantos echaron mano al arma que llevaban oculta y solo un gesto del juez impidió que aplicaran en la práctica la idea de “a la ventana con él”. Tennessee se echó a reír. Y, aparentemente ajeno a la conmoción, el socio aprovechó la oportunidad para limpiarse la cara otra vez con el pañuelo.

Cuando las aguas volvieron a su cauce y con mucha prosopopeya retórica se dio a entender al hombre que el delito de Tennessee no podía perdonarse con dinero, se le puso la cara de un rojo sangre y los que más cerca estaban de él vieron que la ruda mano con la que se apoyaba en la mesa le temblaba ligeramente. Vaciló un momento y lentamente volvió a guardar el oro en el morral como si no terminara de comprender el elevado sentido de la justicia del que hacía gala el tribunal, y estaba perplejo, pues creía que no había ofrecido bastante dinero. Entonces, volviéndose al juez, le dijo:

—Esta mano la jugaba yo solo, sin mi socio.

Saludó al jurado con una inclinación de cabeza y se disponía a irse, pero el juez lo llamó otra vez.

—Si tiene algo que decirle a Tennessee, hable ahora.

Por primera vez en la noche, Tennessee y su curioso defensor cruzaron una mirada. Tennessee sonrió enseñando unos dientes blancos y dijo:

—¿Eucherd, amigo mío! —Y le tendió la mano.

El socio le dio un apretón y dijo:

—Pasaba por aquí y se me ocurrió entrar para ver qué tal iban las cosas. —Soltó la mano sin fuerza y añadió—: Hacía calor esta noche.

Se limpió la cara una vez más y, sin añadir otra palabra, se retiró.

Nunca volvieron a verse en esta vida, pues el incomparable insulto de pretender sobornar al juez Lynch, que por muy parcial, débil o estrecho de miras que fuera, al menos era incorruptible, despejó cualquier sombre de duda que pudiera quedarle al mítico personaje a propósito del sino de Tennessee; y, al rayar el alba, lo condujeron convenientemente escoltado al encuentro con su final en la cima del monte de Marley.

cubierta albaDe cómo lo afrontó y se negó a decir una palabra, de su indiferencia, así como de la perfección con la que la junta lo preparó todo, dio cuenta puntualmente el Red Dog Clarion (rematando el artículo con una advertencia moral y ejemplar para futuros malhechores) el propio director, que estuvo presente y a cuya pluma vigorosa con mucho gusto remito al lector. Sin embargo, de lo que no se dio cuenta, pues no era materia de lección social, fue de la hermosa mañana de mediados de verano, de la bendita amistad entre la tierra, el aire y el cielo, de la vida que despertaba en los bosques libres y en los montes, de la jubilosa renovación de la promesa de la naturaleza y, sobre todo, de la serenidad infinita que emocionaba a todos y cada uno. Con todo, cumplimentada la débil y ridícula hazaña por la que la vida, con todas sus posibilidades y responsabilidades, abandonó a la cosa que colgaba entre la tierra y el cielo, los pájaros cantaron, las flores florecieron y el sol brilló con la misma alegría que antes, y seguramente el Red Dog Clarion tenía razón.

El socio de Tennessee no formaba parte de la comitiva que rodeaba el funesto árbol. Pero, cuando dieron media vuelta para dispersarse, les llemó la atención una aparición insólita: una carreta tirada por un burro parada al lado del camino. Al acercarse, enseguida reconocieron a la venerable Jenny y la carreta de dos ruedas que eran propiedad del socio de Tennessee, con las que se llevaba los escombros de su yacimientos; y, a pocos pasos de la carreta, al dueño en persona sentado al pie de un castaño, secándose el sudor de la cara. En respuesta a una pregunta, dijo que había ido a buscar el cuerpo del “defunto”, “con el permiso de la junta”. No quería “meter prisa a nadie”, podía esperar. No trabajaba ese día y, cuando los caballeros hubieran terminado con el “defunto”, se lo llevaría.

—Si alguno de los presentes —añadió, a su manera sencilla y seria— quiere asistir a la función, puede quedarse.

No sé si por el sentido del humor que, como ya he dicho, caracterizaba a Sandy Bar, o por algo de orden más elevado, pero el caso es que tres cuartas partes de la comitiva aceptó la invitación sin pensarlo.

Era mediodía cuando el cadáver de Tennessee fue depositado en brazos de su socio. Cuando la carreta se acercó al árbol fatídico, vimos que acarreaba una caja tosca, alargada (hecha, al parecer, con una artesa de filtrar oro), llena hasta la mitad de  corteza y conos de pino. Además, estaba adornada con ramas tiernas de sauce y perfumada con ramilletes de agujas de pino. Colocaron el cadáver en el ataúd, el socio de Tennessee lo cubrió con una lona alquitranada, montó solemnemente y, con los pies en las varas de la carreta, arreó a la burra. Inició la marcha despacio, al paso decoroso característico de Jenny incluso en circunstancias menos solemnes. Los hombres, entre bromas y veras, pero siempre con guasa, echaron a andar al lado de la carreta, unos delante y otros detrás del acogedor catafalco. No sé si porque el camino se estrechaba o por respeto y compostura, los que iban delante dejaron pasar la carreta y formaron detrás en parejas, avanzando todos al mismo paso, con la actitud circunspecta de un séquito formal. Jack Folinsbee, que empezó a tocar burlonamente una marcha fúnebre con un trombón imaginario, desistió ante la falta de éxito, quizá por carecer de la capacidad del verdadero humorista para conformarse con la gracia de sus propias ocurrencias.

El camino pasaba por el cañón del Oso, que a esa hora ya estaba cubierto de luto y de sombras. Las secuoyas lo flanqueaban en fila india, con los pies calzados en la tierra roja, derramando una bendición rudimentaria sobre el féretro. Una liebre, sorprendida en total holganza, atisbaba entre los helechos de la orilla del camino el paso del cortège. Las ardillas trepaban rápidamente en busca de una altaya segura en las ramas más altas, y los arrendajos azules abrían las alas y echaban a volar delante de ellos como una avanzadilla, hasta que llegaron a las afueras de Sandy Bar y a la cabaña solitaria del socio de Tennessee.

Ni en circunstancias más halagüeñas habría parecido un sitio alegre. No faltaba nada de lo que distingue la construcción de nidos de los mineros californianos: el emplazamiento nada pintoresco, las formas toscas y carentes de atractivo, los detalles de mal gusto, todo sumando al deterioro y la decadencia. A pocos pasos de la cabaña había un cercado rústico que, en los pocos días que duró la felicidad conyugal del socio de Tennessee, hacía las veces de jardín, pero ahora estaba invadido por los helechos. Al acercarnos, nos sorprendió descubrir que lo que habíamos tomado por un intento reciente de cultivar la tierra era en realidad tierra suelta alrededor de una fosa poco profunda.

La carreta se detuvo antes de llegar al cercado y el socio de Tennessee, rechazando la ayuda que le ofrecían con la misma sencillez y confianza en sí mismo que había mostrado desde el principio, se cargó el rudo ataúd a la espalda y lo depositó él solo en el interior de la fosa. Después clavó un tablón a modo de tapa, se subió al montoncillo de tierra, se descubrió la cabeza y lentamente se limpió la cara con el pañuelo. A los presentes les pareció el preludio de un discurso, así que se distribuyeron entre los tocones y las piedras y se sentaron a esperar.

—Cuando uno —empezó a decir el socio de Tennessee hablando despacio— se ha pasado el día corriendo en libertad, ¿qué es lo más normal que puede hacer? Pues volver a casa. Y, si no está en condiciones de volver, ¿qué puede hacer su mejor amigo? Pues ¡traerlo! Y aquí está Tennessee, que se ha pasado todo el día corriendo en libertad y ahora lo hemos traído a casa. —Hizo una pausa, cogió una piedra de cuarzo, la frotó escrupulosamente contra la manga y prosiguió—: No es la primera vez que me hago cargo a la espalda como me habéis visto hacer ahora. No es la primera vez que lo traigo a esta casa cuando no podía hacerlo él solo; no es la primera vez que Jinny y yo lo esperamos en aquella cuesta, lo recogemos y lo traemos a casa cuando no podía ni hablar y ni siquiera me reconocía. Y ahora que es la última vez, ¿por qué…? —Hizo otra pausa triste para su socio. Y ahora, caballeros —añadió bruscamente, al tiempo que cogía una pala de mango largo—, se acabó la función; les estoy agradecido, y Tennessee también, por las molestias que se han tomado.

Rechazó de nuevo las propuestas de ayuda y se puso a llenar la tumba dando la espalda a la gente, que, después, de unos momentos de vacilación, empezó a retirarse. Cuando cruzaron el promontorio que ocultaba la cabaña de la vista de Sandy Bar algunos se volvieron a mirar y creyeron ver al socio de Tennessee sentado sobre la tumba, con el trabajo hecho y la pala entre las rodillas, tapándose la cara con el pañuelo rojo. Otros, en cambio, decían que, a esa distancia, no se distinguía el pañuelo, y este punto quedó sin aclaración.

 

En la relación que siguió a la agitación febril de aquel día, el socio de Tennessee no cayó en el olvido. Se hizo una investigación en secreto quer lo exoneró de toda sospecha de complicidad con los delitos de Tennessee y arrojó algunas dudas sobre su cordura. Sandy Bar se propuso ir a hacerle una visita para darle el pésame, con torpeza pero con buena intención. De todos modos, a partir de entonces el hombre empezó a perder la salud y la fuerza visiblemente y, cuando llegó la estación de las lluvias a su debido tiempo y en la tumba de Tennessee empezaron a despuntar las primeras hojas de hierba, el socio cayó en cama.

Una noche, cuando la tormenta agitaba los pinos de cerca de la cabaña, que barrían el tejado con sus finos dedos, y abajo se oía el rugido de las crecidas aguas del río, el socio de Tennessee levantó la cabeza de la almohada y dijo:

—Hay que ir a buscar a Tennessee, tengo que enganchar a Jinny a la carreta.

Y se habría levantado de la cama si no se lo hubiera impedido la persona que lo cuidaba. Siguió forcejeando, intentando hacer lo que le dictaba la imaginación.

—Hala, Jinny, tranquila, muchacha, tranquila, amiga mía. ¡Qué noche tan oscura! Ten cuidado con los surcos. Y búscalo, búscalo bien, chiquilla. Porque ya sabes que a veces, cuando lo ciega el alcohol, se cae como una piedra en medio del camino. Sigue todo recto hasta el pino de la cima del monte. ¡Ahí! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! Viene hacia aquí, claro, solo, sobrio, con la cara brillante. ¡Tennessee! ¡Socio!

Y así se encontraron de nuevo.

 

 

© Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, de la versión al castellano.

de: Cuentos del Lejano Oeste. Alba editorial. Barcelona. 2017.

 

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Hans-Georg Gadamer. La filosofía griega y el pensamiento moderno

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(Marburgo, 1900 – Heidelberg, 2002)

 

La filosofía griega y el pensamiento moderno: he aquí un tema que la filosofía alemana se ha planteado desde siempre. Se ha hablado directamente de la grecomanía del filosofar alemán, y es seguro que la expresión no es válida solamente para Heidegger o la escuela neokantiana de Maburgo. También lo es para el gran movimiento del idealismo alemán, el cual, inspirado por Kant, por Fitche, Schelling y Hegel, emprendió un retorno inmediato a los impulsos de pensamiento de la dialéctica platónica y aristotélica. No obstante, esta confrontación constituye, de modo particular, un reto para el pensamiento moderno en un doble sentido. Por un lado, no debería olvidarse nunca que filosofía griega no se refiere a filosofía en ese sentido estricto que hoy día asociamos con la palabra. “Filosofía” mentaba todo lo que tuviera interés teórico y, por ello, científico, y no hay duda de que fueron los griegos quienes, con su propio pensar, dieron paso a una decisión que tuvo consecuencias para la historia universal y decidieron el camino de la civilización moderna creando la ciencia. Lo que distingue a Occidente, a Europa, al llamado “mundo occidental” de las grandes culturas hieráticas de los países asiáticos es, precisamente, esta irrupción del querer saber que va asociado a la filosofía griega, la matemática griega, la medicina griega y toda su curiosidad teórica. De modo que la confrontación del pensamiento moderno con el griego es para todos nosotros una especie de encuentro con nosotros mismos.

En este pensamiento, al encontrarse en casa del hombre en el mundo, la correspondencia interna entre el volverse de casa (heimischwerden) y el hacerse uno mismo de la casa (sich-heimisch-machen) que distingue al artesano, al experto, al creador de nuevas configuraciones y formas, al technites, al hombre que domina una técnica, significa, a la vez, encontrar un sitio propio. Para ello, es menester encontrar el espacio libre que le abre la configuración en medio de una naturaleza previamente dada, una totalidad del mundo ordenada ella misma en formas y configuraciones. Así, en el alba griega, la filosofía es un hacerse cargo por el pensamiento de la enorme situación de expósito del hombre en el ahí, en esa delgada apertura de un espacio de libertad que el todo ordenado del ciclo natural le permite al querer y el poder humanos. Pero precisamente de esta situación de expósito se hace consciente el pensar, y es lo que le lleva a plantear preguntas tan tremendas como: ¿Qué había en el inicio? ¿Qué significa el que algo sea? ¿Qué significa que no haya nada? ¿Significa algo nada? Plantear estas cuestiones es el comienzo de la filosofía griega, y sus respuestas fundamentales son: physis, ser-ahí-desde-sí, en el orden del todo, y lógos, intelección e inteligibilidad de este todo, incluido el lógos de la destreza humana. Pero, de este modo, la imagen griega de la filosofía se halla en las antípodas de la ciencia moderna, y no solo como la precursora que abrió el camino a la capacidad y dominio teóricos. Es de la confrontación entre el mundo comprensible y el mundo dominable de lo que nos hacemos conscientes en el pensamiento griego.

Esta fue la gran irrupción que comenzó en el siglo XVII con la creación de la mecánica galileana, la reflexión de la nueva voluntad y el nuevo camino de conocimiento por los grandes investigadores y pensadores de esa centuria. El mundo se convierte ahora en objeto de una investigación metodológica por el planteamiento de la moderna ciencia experimental, concebida matemáticamente y que trabaja abstrayendo y aislando. Si se quiere dar una fórmula para esta novedad, puede decirse que se trataba de una renuncia al antropomorfismo de la consideración griega del mundo. Por magníficamente simple y convincente que fuera la física de la tradición aristotélica, que nos cuenta que el fuego va hacia arriba porque es su naturaleza querer estar arriba y que la piedra cae hacia abajo porque está en su sitio cuando está abajo —esta interpretación articulada desde el hombre y su comprensión de sí mismo era, como sabemos, y no puede ocultársele a nadie que pertenezca a nuestro mundo moderno, un encubrimiento antropomórfico de la posibilidad de acceso al mundo y de dominar el mundo por medio del conocimiento.

Si a la ciencia moderna no le mueve ningún interés cualquiera que seguir, sino la técnica, la forma, el hacer, cambiar, construir por medio de su propio modo de acceso al mundo, entonces, la herencia de la antigua filosofía sigue existiendo: en el hecho manifiesto de que queremos considerar nuestro mundo como un mundo comprensible y no dominable, y nos sentimos forzados a considerarlo así. Al contrario que el constructivismo de la ciencia moderna, que solo considera conocido y comprendido lo que puede reproducir, el concepto griego de ciencia está caracterizado por la physis, por el horizonte de la existencia, que se muestra desde sí y regulada en sí misma, del orden de las cosas. La pregunta que se plantea por la confrontación del pensamiento moderno con esta herencia griega es, entonces, hasta qué punto la herencia antigua ofrece una verdad que se nos mantiene oculta bajo las particulares condiciones de conocimiento de la Edad Moderna.

Si hay una palabra que nos muestre la diferencia que aquí se manifiesta es la palabra “objeto”. En los extranjerismos “objeto” y “objetividad”[1] nos parece que es un presupuesto obvio del concepto epistemológico el que conocemos “objetos”, es decir, que, en el modo de un conocimiento objetivo, los llevamos a conocimiento en su propio ser. La cuestión que nos plantea la tradición y la herencia antiguas es la de hasta qué punto hay una frontera para esta empresa de objetivación. ¿No hay una inobjetualidad de principio que, con una necesidad interna a la cosa, se sustrae al acceso de la ciencia moderna? Quisiera intentar ilustrar con algunas pruebas que, de hecho, el legado actual y permanente del pensamiento griego es ser consciente de las fronteras de la objetivación.

Me parece que el ejemplo que nos puede guiar en este tema es la experiencia del cuerpo. Lo que llamamos “cuerpo” no es, desde luego, la res extensa de la definición cartesiana de corpus. El modo de manifestarse el cuerpo no es la mera extensión matemática. Se sustrae de modo esencial a la objetivación, pues, ¿cómo sale la corporalidad al encuentro del ser humano? ¿No lo hace en su estar enfrente y, por ende, en su posible objetividad, cuando es una función perturbada? Se hace notar como la perturbación de verse entregado a la propia vitalidad, en la enfermedad, el malestar, etc. El conflicto que se plantea entonces entre la experiencia natural del cuerpo, ese misterioso proceso por el que uno no percibe que se encuentra bien y sano, y el esfuerzo de dominar el malestar por medio de la objetivación, es un conflicto que experiementa todo el que se ve alguna vez en la situación del objeto, en la situación del paciente tratado con medios técnicos. La comprensión que nuestra medicina moderna tiene de sí misma se expresa cuando se quieren hacer dominables con los medios de la ciencia moderna las perturbaciones, las rebeliones de la corporalidad contra la objetivación.

En verdad, el concepto de “objetividad” y el de “objeto” son tan extraños para la comprensión inmediata por la que el hombre se intenta hacer un hogar en el mundo que los griegos no tenían ningún concepto para ella, lo que es muy significativo. Apenas podían hablar de una “cosa”. La palabra griega que solían usar en este ámbito era la palabra, no del todo extraña para nosotros, pragma, es decir, aquello con lo que se está enredado en la práctica de la vida, lo que no se opone y se enfrenta, pues, como algo a superar, sino aquello en lo que nos movemos y con lo que tenemos que ver. Esta es la orientación que ha quedado marginada en el dominio moderno del mundo, estructurado por la ciencia, y en la técnica fundada sobre ella.

Un segundo ejemplo —y tomo aquí uno particularmente provocativo— es la libertad del ser humano. También ella tiene esa estructura que califico de inobjetualidad esencial. Cierto es que esto no se ha olvidado nunca del todo, y el mayor pensador que haya habido de la idea de la libertad —me refiero a Kant— desarrolló con toda conciencia, frente a la orientación fundamental de la ciencia moderna y de su conocimiento teórico, precisamente la idea de que la libertad no puede captarse ni demostrarse con las posibilidades teóricas de conocimiento. La libertad no es un factum de la razón, algo que tenemos que pensar porque no podemos comprendernos en absoluto si no nos pensamos como libres. La libertad es el factum de la razón.

Sin embargo, en el ámbito de la acción humana no solo existe este caso límite de toda objetividad. Creo que los griegos estaban en lo cierto cuando ponían, junto al factum de la razón, el estar socialmente formados, el ethos. Ethos es el nombre que Aristóteles encontró para ello. La posibilidad de la elección consciente y de la decisión libre está soportada siempre por algo que ya somos desde siempre —y no somos “objeto” para nosotros mismos—. Me parece que uno de los grandes legados del pensamiento griego para nuestro pensar es que la ética griega, basado en este fundamento de la vida vivida realmente, le dejaba un amplio espacio a un fenómeno que apenas existe en la Edad Moderna como tema de reflexión filosófica; me refiero al tema de la amistad, de la philía. Es esta una palabra que ha llegado a tener para nosotros una resonancia conceptual tan estrecha que tendremos primero que ampliarla para saber qué es lo que se quería decir con ella. Quizás sea suficiente con acordarse de la cálebre expresión pitagórica: “Los amigos lo tienen todo en común”. En la reflexión filosófica, la libertad es un título para la solidaridad. Pero la solidaridad es una forma de experiencia del mundo y de la realidad social que no se puede tener, que no se puede planificar por un apoderamiento objetivador, ni tampoco se puede producir por medio de instituciones artificiales. Pues, por el contrario, la amistad precede a todo posible valer y obrar de las instituciones, de los órdenes económicos y jurídicos, las costumbres sociales; los sostiene y los hace posibles. El jurista no es el último en saber esto. Me parece que éste es el aspecto de verdad que, en este caso, el pensamiento griego vuelve a tener preparado para el pensamiento moderno.

Y luego, un tercer fenómeno, conectado con esto: me refiero al papel que juega la autoconciencia en el pensamiento moderno. Como es sabido, el auténtico eje del pensar moderno es que la autoconciencia posee el primado metodológico. Para nosotros, el conocimiento metodológico es un proceso autoconsciente que ejecuta cada paso bajo su autocontrol. Así, desde Descartes, la autoconciencia es el punto en el que la filosofía se hace, por así decirlo, con su última evidencia y le proporciona a la certeza de la ciencia su última legitimación. Pero, ¿no tenían razón los griegos cuando veían que la autoconciencia es un fenómeno secundario frente a la entrega y apertura al mundo que llamamos conciencia, conocimiento, apertura a la experiencia?¿No nos ha enseñado precisamente el desarrollo moderno de la ciencia a abrigar algunas dudas al respecto a las afirmaciones de la autoconciencia? Nietzsche decía, frente a aquella duda radical de la fundamentación cartesiana del conocimiento, que hay que dudar hasta el fondo. Freud nos enseñó cuántas máscaras de las tendencias vitales se esconden en la autoconciencia. La crítica social y la crítica de las ideologías nos han mostrado cuántas certezas de la autoconciencia consideradas obvias e incuestionables no son sino reflejos de otros intereses y realidades. En breve: que la autoconciencia posea el primado incuestionado que le atribuye el pensamiento de la Edad Moderna es algo que puede, con justicia, ser puesto en duda. También aquí me parece que el pensamiento griego, en el magnífico autoolvido con el que piensa el propio poder pensar, la propia experiencia del mundo como el gran ojo abierto del espíritu, ofrece una aportación principal para limitar las ilusiones del autoconocimiento.

A partir de aquí, observaremos un último ejemplo, que va más lejos y que precisamente ha pasado a primer plano en la discusión de la filosofía contemporánea, y al que, como los anteriores, solo con coerción y violencia es posible retener desde el concepto de objetividad y de objetivación: me refiero al fenómeno del lenguaje. El lenguaje es, me parece, uno de los fenómenos más contundentes de la inobjetualidad, en la medida en que un autoolvido esencial caracteriza al carácter de ejecución del hablar. Hay siempre una deformación técnica cuando la tematización moderna del lenguaje ve en este un instrumentario, un sistema de signos, un arsenal de recursos comunicativos, como si estos instrumentos o medios de hablar, palabras y expresiones, estuvieran preparados en una especie de reserva y solo hubiera que aplicarlos a algo con lo que uno se encuentra. Aquí, la contraimagen griega es de una evidencia avasalladora. Los griegos ni siquiera tenían una palabra para decir lenguaje. Solo tenían una palabra para la lengua como órgano que produce sonidos —glotta— y una palabra para lo que se comunica en el lenguaje: lógos. Con lógos tenemos a la vista exactamente eso a lo que el autoolvido interno del lenguaje se refiere de modo esencial, el mundo mismo evocado por el hablar, elevado a la presencia, puesto en la disponibilidad y en la participación comunicativa. En el hablar sobre las cosas, las cosas existen ahí; en el hablar unos con otros se estructura el mundo y la experiencia del mundo que tiene el hombre, no en una objetivación que, frente a la transmisión comunicativa de las intelecciones de uno a las intelecciones de otro, invoca la objetividad y quiere ser un saber para todo el mundo. La articulación de la experiencia del mundo en el lógos, el hablar unos con otros, la sedimentación comunicativa de nuestra experiencia del mundo, que lo abarca todo lo que podemos intercambiar unos con otros, forman una forma del saber que, junto al gran monólogo de las ciencias modernas y su creciente acopio de potencial de experiencia, representa todavía la otra parte de la verdad. El tema de la confrontación de la idea moderna de ciencia con el pensamiento de la filosofía griega posee, pues, una duradera actualidad. Pues se trata de informar, en el sentido etimológico, los grandiosos resultados y logros técnicos de la ciencia empírica moderna dentro de la conciencia social y la experiencia vital del individuo y del grupo. Sin embargo, esta información no sucede, en definitiva, por los métodos de la ciencia moderna y su camino de autocontrol permanente. Se ejecuta en la praxis de la vida social misma. Tiene que recoger siempre en su responsabilidad lo que se halla dispuesto en el poder del ser humano, y ha de defender los límites impuestos a la razón humana, y a los que esta se opone con su propio poder y temeridad. No hace falta demostrar que, en este sentido, también para el ser humano de nuestros días, el mundo comprensible, el mundo en el que se es de casa, sigue siendo la última instancia, por más que la industria y la técnica moderna se extiendan por todo el globo.

 

 

© Herederos de Hans-Georg Gadamer.

© Antonio Gómez Ramos, de la versión al castellano.

de: El inicio de la sabiduría. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona. 2001.

 

 

N O T A

[1] Las palabras Objekt y Objektivität, de origen latino, suenan evidentemente como extranjeras al oído alemán, a diferencia de Gegenstand, formada a imagen de la palabra latina. [N. del T.]

Layli Long Soldier. Poemas

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Wakȟályapi

 

  1. palabra comúnmente usada para café.
  2. literalmente significa cualquier cosa que es hervida. Como en hervir los cuellos blancos[1], hervir la atadura esperando que afloje. Como en el día, al tiempo que sopla, hervirá los rígidos árboles. Como en la sangre hirviendo, lo que no era suave, traza un camino a través del músculo a la cara. Como en el músculo que hierve separado del cartílago. Como en la olla, con los cuellos blancos y el cartílago. Como en una olla hirviendo sobre la que estás doblado, mirando. Como lo mezclará en tu cabeza igual que las raíces de un árbol. Como en el árbol, debajo del que dejaste algo enterrado. Prefiriendo ser enterrado antes que la furia del hervor. O en el conejo que atraparon, el conejo que hirvieron. Como en el conejo que vino por la noche, la mandíbula de tu patio. Como en la cena que comiste, el mordisqueado hueso de conejo. Como en la sangre hirviente que realmente nunca ves. Como en las adelfas que crecen sobre la valla metálica, donde se mezclan las raíces del árbol y las de las adelfas. Hervido y hervido como en un estofado, los cuellos y el conejo y los fuertes del árbol. Como en el conejo en la jaula afuera bajo el sol. Como en el calor, a medida que hervía el conejo moría. Como en los cheques y los extractos de cuenta que Mamá hirvió en la cocina. Como en la eliminación de la deuda; una ceremonia, un hervor. Como en el dinero eran solo números, debíamos comer y no malgastar. Como en los dos conejos hervidos que recuerdas de aquel verano: uno que fue atrapado, el otro indefenso de pelaje negro —tu pequeño y negro conejo mascota que olvidaste mover a la sombra. Como en lloraste en tu habitación infantil, cómo pudiste olvidarlo. Como en la grácil sombra que era olas de adelfas. Como en las burbujas en el agua, que provienen de este hervor. Como en algo tan liviano, ahora sin sangre debajo.

 

 

 

Waȟpániča

 

Empiezo una línea sobre los white buttes[2] que doblan los cincelados rostros y que se conectan con pétreos párpados en la noche, pero lo dejo. En su lugar, empujo mi amor hacia este mundo y te envío una carta de verano. Del buzón a la puerta, lees las comas en voz alta. Me he convertido en una esposa de agua embotellada coma de delineador negro en la pestaña coma y mangas en la muñeca. Estas semanas sola sola sola coma arrastro mi cuerpo a una mesa con sillas vacías y a veces no puedo detener el impulso de ordenar. Sola sola indico siéntate coma come y escribo con detalle para silenciar un eco coma la ruptura de una línea de falla.

*

Quería escribir sobre waȟpániča una palabra traducida al inglés como pobre coma que con mayor exactitud significa estar destituido no tener nada propio. Pero esta noche no puedo convencerme a mí misma de blandir un desgastado martillo por la pobreza para golpear las condiciones de esa lenta frustración. Así que pregunto ¿qué más hay ahí por oír? Una coma me indica dividir la oración. A darle pausa. La coma ordena una secuencia de elementos la coma es la cesura misma. La coma me interrumpe, silencio.

*

Día del padre coma no estoy contigo. Miro tu foto en blanco y negro coma mi esposo en una camisa de terciopelo coma tu cabello atado y tus ojos en el rostro de nuestra hija que duerme. Cuando escribo coma me acerco a la gente que quiero conocer coma a la lengua que quiero hablar.

*

Luego un amigo comenta Cuando hablamos coma signos de interrogación rayas líneas pequeños puntos negros no palpitan ni se agitan en el aire ante nosotros coma en realidad es el ascenso y el descenso de la voz que debemos capturar para que signifique algo en la escritura. Inclinando su cabeza hacia la página con alguna línea vulnerable añade Y ¿no es interesante cómo una coma es capaz de volcar una frase al sentimentalismo?

*

Así que desarmo la mecánica coma cómo marcar el sonido el movimiento musical en la página. Observo la compasiva coma ralentizar la singular mente de dos amantes. Cuando no podemos decir lo que pensamos la coma enfriará suspirará ensalivará un sobre por nosotros. Porque la lengua de una coma es imparcial, paciente.

*

Aunque no me siento obligada a decidir si pobre realmente significa ásperas manos polvo y bocas manchadas de caramelo los dientes de una niña de la casa de al lado las estanterías de Hamburger Helper[3] en los ultramarinos el apelmazado pelaje de un perro el asiento de una camioneta arrastrado hasta el suelo del salón aquellos niños jugando en la carcasa de un auto un ratón en el suelo de madera mi escalofrío aplastante por el hantavirus un rancio olor un caballo masticado desgarrado su espina dorsal expuesta la multitud de bienhechores sus bonachonas fotos el calor el frío los borrachos que pasamos saludando con dólares una vez más esta noche un golpe en la puerta las historias que nadie aquí puede impedir que se cuenten en las que estoy enterrada. Esta es la forma más barata de ser pobre que decido es el aceite en la superficie que estoy tentada de decir. Pero un amigo afirma que cualquiera que afirme que la pobreza no trata de dinero nunca ha estado enfermo del estómago sobre cómo gastar sus últimos 3 dólares coma en leche o en gasolina o la mitad en ambos con dos niños en el asiento trasero mirando. Estoy de acuerdo con dejar aquí los significados y las discusiones sobre la pobreza con la cabeza metida en la puntuación, respiro.

*

Porque waȟpániča significa no tener nada propio. Nada. Sin embargo, tengo la intención de que la coma signifique lo que tenemos así que me detengo a recordar que es verdad que un niño actúa mejor cuando está muy unido a un padre antes de los cinco años coma íntimamente. Cerca de ti coma nuestra hija cierra sus ojos y ambos descansáis vuestras cabezas lagos azul oscuro coma cristal antiguo sobre la almohada. Ella conservará esto. Y si es cierto que lo que empieza como un problema se duplicará hasta el final levantará su cabeza como un punto en nuestra oración entonces admito que me desempeño mejor con la música entre el ascenso y el descenso de la voz. No obstante indago en mis bolsillos cajones de la cómoda estanterías de libros coma meticulosa búsqueda coma porque debo escribir para verlo coma cómo imploro a un diccionario para saber cuál es nuestra palabra para pobre coma en una lengua que me atrevo a llamar mi lengua coma quien soy. Un frío aplastante mi boca manchada solo aceite en la superficie coma porque me siento waȟpániča me siento sola. Pero esta es una traducción indirecta por lo cual no puedo decir lo que pienso coma el dolor meta-oracional de ser pobre en lengua.

 

 

 

MIENTRAS ella escribía un poema sobre él, él es pariente mío. Ella es una poeta laureada, me da la mano. Cuando ellos eran jóvenes, dice, él tuvo una historia en la escuela india. ¿En serio? Quiero preguntar por la historia. Pero no lo hago y me admiro de cómo la tensión cincela el detalle en la memoria. Recuerdo su mano en la cremallera de plástico de su chaleco, la escultura de sus nudillos un hueso en su muñeca. ¿Cuánto debería decirme, cuánto debería retener? La veo preguntarle a su ser superior. Él se rompió de la manera en que nosotros queríamos, ella ofrece. No he terminado el poema dice. Ahora que nos hemos conocido tal vez lo haré. Te enviaré una copia si lo hago. Pese a que no ha sido enviado, pese a que nunca se lo pediré, imagino el incidente —a él, rompiéndose como quería el resto de nosotros— cómo esto se ve en la página del poema;

 

 

 

MIENTRAS me canso. Por mi esfuerzo de relacionar el esfuerzo de la afirmación: “Mientras los pueblos nativos y los colonos no nativos se embarcaron en numerosos conflictos armados en los cuales, desafortunadamente, ambos tomaron vidas inocentes, incluyendo mujeres y niños”. Me canso

de embarcarme en numerosos conflictos, me canso de la palabra ambos. Ambas como mujer y como niña de aquel Mientras. Ambas palabras y juegos de palabras, agazapadas en los diccionarios. Cansada de comprender agotada, debilitada, exhausta, con las fuerzas reducidas por la labor. Aburrida. En un diccionario de Lakota, cansada es watúkȟa clama el diccionario. En esta entrada, encuentro el término watúkȟayA que significa agotar a alguien o algo, por ejemplo cansar un caballo por no saber cómo llevarlo adecuadamente. ¿Estoy watúkȟa o yo watúkȟayA? Llamo a mi padre para preguntarle

y confirmar mis descubrimientos. Cómo se dice “cansada”, él responde “bluǧo”. Si quieres decir “muy cansada” es “lila bluǧo”. Esta es la manera de mi familia —la manera Oglala— de decir cansado, y quien mejor conoce lo que significa cansado que la gente. Cuánta labor

para darle significado a lo que es real. Realmente, mido un metro 77 centímetros. Realmente duermo en el lado derecho de la cama. Realmente me despierto después de ocho horas y mis ojos penden como cuadrados gris pizarra. Realmente estoy bluǧo. Realmente, escalo el lomo de las lenguas, las cabalgo hasta extenuarlas —tal vez tiro de las riendas cuando quiero decir avanza. Tal vez espoleo sus lados cuando lo que quiero decir es abajo. Eso importa. Estoy lila bluǧo. Atascada, quiero liberarme. Liberarme del impulso de escribir: Cuidado, un caballo no es referencia a mi herencia;

 

 

 

MIENTRAS una mujer que conozco dice que vio en las noticias un reportero informó del fuego de una casa en la cual cinco niños ardieron quizás también su padre ella no se acuerda con exactitud pero recuerda la cámara en la cara de la madre la cara de la madre lloriqueando su hipo y gemido ella se inclina hacia mí dice que nunca supo entonces en aquellos tiempos ese año este país en el estado del norte en el que creció era tan joven ella nunca lo vio antes nadie nunca le habló sobre ellos se refiere a los indios dice y sigue y sigue, pero en aquel momento frente a la tele dice fue como abrir una caja dejada en su puerta abrirla para ver lo que había dentro mientras dice lo comprendió a través del rostro de esa madre puedes creerlo y la dejé terminar queriendo que alguien lo dijera pero ella odiaba decirlo o eso me dijo admitiendo cómo ella nunca supo hasta entonces que ellos podían sentir;

 

 

 

© Layli Long Soldier, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano.

Publicado en Quimera, nº 414. Barcelona, junio 2018

 

 

N O T A S

[1] Denominación usada para los “trabajadores de cuello blanco”, esto es, oficinistas o administrativos.

[2] Butte es la denominación dada en Estados Unidos y Canadá a una prominente colina aislada, con una pequeña cima plana y con los laterales muy pronunciados. El “White Butte” es el punto natural más alto en el estado de Dakota del Norte, mide 3,508 pies de altura (1,069 m.) y está ubicado en el condado de Slope.

[3] Producto alimenticio empaquetado, propiedad de General Mills que se vende como parte de la marca Betty Crocker. Es, principalmente, pasta con sobres de salsa en polvo y condimentos.

 

Germán Carrasco. Metraje encontrado

1

 

Ventolerías

 

Pisagua. Porvenir. Quebrada de Camiña.

Cómo te gusta venir en pleno invierno

a los lugares más Marte del territorio

en donde los milicos relegaban a la gente.

 

¿Quieres llenar cada espacio del mundo,

como en The Cantos? ¿Bendecirlos?

¿Filmarlos? ¿Darles tarjeta verde, visa de existencia?

“No quiero llenar el mundo con mi presencia,

me busco y te busco en esos lugares. En la intemperie

se escucha mejor el propio rezo, aunque no sé rezar

y creo que cuando uno cree hacerlo

en realidad una se habla a sí misma”.

No hay que ocupar cada palabra existente. Para qué

¿De dónde nace esa idea colonialista y atropelladora?

Voracidad. Samsara. Mejor

siente el viento. Te lo traduzco:

 

NO HAY QUE OCUPAR PALABRASSS

HAY QUE OCUPAR PALASSSSSSSSSS

HAY QUE OCUPAR LUGARESSSSSSS

 

como Pisagua o Porvenir.

 

Tomas. Conquistas. Equipos. Visitas.

El sol ilumina el lenguaje por dentro

El sol es un gato montés luminoso

que enciende los senderos a su paso

Ustedes se reúnen a trabajar y a comunicarse.

A meditar y a trabajar el cuerpo.

De la palabra al cuerpo.

De la palabra a la acción.

A terreno.

 

Cuerpo y terreno.

¿Quieres dejar en cada rincón la luz

de tu presencia?

¿Quieres iluminar los lugares sombríos con tu presencia?

¿Por eso incluso estás conmigo.

por el contraste brutal con mi grisura?

 

Aquí no manda dios sino el viento

y da la impresión de que no hay nadie

en las casas. Por ahí un niño juega solo.

Hay un pequeño museo croata:

los instrumentos rústicos, rifles y botellas de whisky

de gente aperrada y loca que buscaba

migajas de oro en el fin de la galaxia.

 

2

 

Pisagua

 

Un hombre se fugó de la cárcel de Pisagua. Su intención no era escaparse, no hay cómo: mar por un lado, desierto por el otro. Se fugó para no darles el gusto de ser torturado y hablar, o presenciar torturas. Lo encontraron en el muelle, en cuyos pilares se posan hoy los cormoranes y le dieron un tiro. De alguna manera, fue su triunfo.

……………………………………………………………………………………………………

En las orgías de Heliogábalo había un caballo de bronce hueco en donde éste metía a un esclavo o esclava. Luego recalentaba con fuego el caballo para que los alaridos agónicos de la víctima fueran la música de fondo de la orgía y dieran la impresión de relinchos. Hubo uno de esos esclavos que no quiso ser la música de fondo, y se obligó a no emitir sonido alguno. Murió sin dar ese gusto a Heliogábalo. Similar al fugitivo de Pisagua, fue su triunfo.

……………………………………………………………………………………………………

El pueblo está lleno de automóviles abandonados de los años 70 y 80 deportivos, de colección. Se echaban a perder y como Iquique está lejos, hay cuestas y es difícil el transporte a Pisagua, salía más a cuenta dejarlos abandonados y comprar uno nuevo en Iquique, zona libre de impuestos. La aerodinámica en estos automóviles espera la carcoma del tiempo de la misma manera que en Porvenir –al otro extremo del país– se oxida un barco. Porvenir, donde van a buscar trabajo los que no lo encuentran en ningún otro lugar, y que son capaces de habitar el frío y tener aptitud para la inmensidad. No aptitud para alardear con la inmensidad ni para intentar reproducir su extensión y su inefabilidad sino para interiorizarla, un espacio que se reproduzca dentro de la mente.

 

 

 

Costa y cordillera

 

una pareja siempre tendrá la oportunidad

de huir al hielo a los glaciares al oxígeno

en caso que algo se destemple

luego de 5, 7 o 50 años de matrimonio.

Ahí podrán fugarse y soñar

que son pumas o güiñas o zorros,

o mejor: un hombre y una mujer de hielo

que enfrían todo pensamiento que anulan

la esclavitud de los sentidos

y luego se derriten y son agua

pura que baja hacia el valle.

 

 

 

Las sobras y huellas de oruga del trajín neoliberal

 

Las sobras y huellas de oruga del trajín neoliberal

Y que alguien trata de vender en un paño

apoyado en un poste a la salida de la estación Retiro

se confunden con la basura que arrincona el viento

en el vértice de la reja de 70 cm. de la plaza.

Nunca he sabido para qué sirven esas rejas

si hasta los perros las saltan con facilidad

ni sé para qué sirve lo que venden

o si lo logran vender.

 

Partes de radios,

una hebilla sin pasador,

la mitad de un globo terráqueo,

juguetes

sin su control remoto

y mutilados,

cuadernos usados por alumnos anónimos

libretitas de cosas pedidas fiado.

 

¿Qué piensa el que vende eso?

¿Acaso piensa que lo va a vender?

¿Que dos huellas de oruga se van a cruzar

como las huellas de una bicicleta

con las ruedas mojadas

y que el botón único perdido en el mundo

va a dar por fin con su familia

como en un melodrama japonés infantil?

 

¿Es una actitud zen de espera

o una forma de entablar una especie

de plan para establecer una conversación,

como me imagino esperan los que venden libros

toda la tarde en una manta

sin que nadie compre?

 

¿Y qué atuendo va a llevar la chica pobre

en todas las fiestas venideras,

en todos los terremotos venideros?

 

¿No es eso la historia de la literatura?

¿No es eso la poesía?

¿Intentar vender algo del todo inservible

o tal vez mostrarlo como en un museo?

 

¿No hay algo de poeta de verdad

en ese desquiciado maloliente

que ofrece fotocopias con poemas

escritos en letra cursiva

a la salida del cinematógrafo,

del que huimos?

 

¿Por qué siempre, además,

aparecen estos chiflados

a la salida del cinematógrafo?

Ese lugar sagrado por la oscuridad

y el anonimato de la audiencia

 

 

¿Por qué a la gente le gustan tanto

esos chiflados: que el divino anti cristo,

que la stella, que rodrigo lira,

que los personajes de bolaño,

que panero, etc? A quienes no les dieron

ni una sopa caliente en vida y ni hablar

de una ayudita terapéutica de índole alguna?

 

El tremendo esfuerzo que hay que hacer

para ser normal, Germán, escuchame bien che,

¿Sabés que es heroico ser normal, no?

Nítido de palabra y de mirada, no?

En Bs As era una anciana que se ponía

a la salida del Centro Cultural San Martín.

Nunca hay poemas realmente sorprendentes

en esa gente. Los he leído. Por ahí alguna imagen.

 

En tanto, el Estado, la prensa y algunos comerciantes

insisten en las ventas fomento impactos cifras

rankings ratings. Quizás ahí están las dos imágenes

lejanas y precisas de las que habla Godard,

puede que me equivoque:

1) unos burócratas, comerciantes y operadores

que hablan de fomento a la lectura, ventas

y hasta de bestsellers sobre-modulando y de traje

y 2) estos vagabundos y majaretas que leen

agendas ajenas del año pasado.

El sujeto del carrito manicero p ej compró

una libreta de anotaciones de abarrotes y precios:

y eso lee.

Bueno, en ese caso tuvo éxito el que recogió

esa libreta de la basura: pudo venderla. Y la libretita

encontró un lector. Y el lector descifró

 

como los que pescan en un lago y esperan pacientes

toda la noche bajo la luna y hablan en monosílabos

o como los que instalan una editorial

en un país no ilustrado en el culo del mundo

cuya población no alcanza a cubrir sus necesidades básicas.

 

Como los que piensan que la reutilización o el reciclaje

son una realidad posible, puede ser

pero las grades industrias contaminan ríos, glaciares

y hacen desaparecer especies y montañas en un día.

O como quienes creen que alguien que perdió

un repuesto, un enchufe, una pata de muñeca

o la pieza de un tocadiscos del todo descontinuado

encontrará al remoto objeto que la desea, a la máquina

que existe en alguna parte y que no funciona

por la falta de ese enchufe, esa piecita, esa aguja específica,

esa pierna de muñeca que se dispersó

por el mundo o el país como en un juego

de mecano y exilio o quiebre amoroso

 

¿Podrá ese enchufe hembra discontinuo

encontrar a su macho discontinuo

y mandarse una gozosa enchufada

con chispas que provoquen un corto circuito

debido a la ansiedad del encuentro amoroso

desperdiciado por dos personas que se aman?

 

Más fácil sería comprar

aún más ítems  nuevos hechos en oriente

a los que no les falte ninguna pieza

–pero les faltará, tarde o temprano–

para llenar el mundo. O Comprar

perfumes o cosas falsificadas

que venden dos sujetos que se dieron el trabajo

de elaborar un discurso elocuente

y vestirse de traje y corbata

¿Venderán alguna cosa falsificada

para poder por lo menos almorzar por ejemplo?

 

Me senté en un boliche en Retiro

y escuche varias conversaciones.

Hasta hubo uno que decía

muy serena y racionalmente

que mucho mejor era delinquir

Al menos, Azúa y Carreño venden libros:

a veces toman el paños con rapidez de pumas

y arrancan de Carabineros por las galerías de San Diego.

 

3

 

Versos e imágenes encontradas en el mercado persa

 

 

Usar metraje ajeno

y con eso hacer un poema

 

Tomar historias ajenas

no como el viejo del saco o la bruja

roban niños y recuerdos

 

Pequeñas resurrecciones

de la historia y la imagen

 

Las metáforas son siempre las mismas

según algunos. No lo sé:

se supone que los ríos son el tiempo

pero podrían ser la posibilidad de fuga

desde un pueblo asfixiante

hacia mar abierto:

los ríos son una autopista de agua

así como las venas

son autopistas de sangre

por eso ella lava la ropa y su cuerpo

para una travesía larga con su amado.

 

 

© Germán Carrasco, de los poemas.

© Tiziana Panizza, de los fotogramas.

de: Metraje encontrado. Editorial Hueders. Santiago de Chile. 2018.

 

José García Obrero. La piel es periferia

José García Obrero

(Santa Coloma de Gramenet [Barcelona], 1973)

.

Parto

 

Hubo un instante

en que nadie en el mundo

había muerto.

Una línea finísima

de tiempo impreciso

en que todas las cosas

chocaban

suspendidas

en el fluido

caliente

de la casa.

Vino después

un giro brusco:

la luz blanca

y el primer golpe

y un ruido

de engranajes

y esta penumbra.

 

 

 

Una casa

 

Hemos comprado una casa un día de lluvia

para que circule la sangre tan resguardada

que vuelva a florecer en primavera.

Hemos comprado una casa para limpiar,

en las estancias, el lodo frío de la soledad.

Hemos comprado una casa para ver al fracaso

pasear su perro cojo alrededor de la fuente;

para escuchar cómo se aleja la gran oscuridad;

para resistir como esas plantas que las gotas

están dejando heridas de pavor.

Hemos comprado esta casa para colocar fuera

lo que nunca sabremos poner a cubierto.

 

 

 

Jordaan

 

Las ventanas enormes de la casa

parecían dos peceras

que a fuerza de embestirse

modulaban la claridad.

Y nosotros nadábamos dentro de la casa,

más polizontes que peces, más capitanes

de un filibote holandés,

que campesinos de los huertos

líquidos del interior.

La fachada se inclinaba hacia delante

buscando soltar amarras

y alejarse de puentes y de aceras.

Y nosotros nadábamos por la casa,

por encima de los muebles,

siempre hacia las ventanas

por ver la tormenta del mar de Galilea

o la luz que mancha de miel la piel de la aguadora.

Cortamos los nenúfares del techo;

masticamos sus flores orientales.

Y la sombra de las paredes se convirtió en verano

del círculo polar;

y nuestros ojos tomaron la belleza

del color de los ladrillos de Manhattan;

y la imagen de nosotros en nosotros fue igual que nuestra imagen:

todo multiplicándose

como peces y panes, como espejos,

y a lo lejos una música débil en su concha

creciendo como orquesta

que irrumpe de repente en un tsunami.

 

 

 

Céfiro

 

I used to be a sort of blind
now I can sort of see
Bill Callahan

 

Nos adorna el paisaje.

Por ejemplo,

ella deja que el sauce le roce con sus ramas

y yo que el céfiro caliente deposite jazmín

en mi barbilla.

 

Estiramos los cuerpos junto al río

como si fuesen rocas decorando la tarde.

 

Ella contempla el agua ondulando la luz,

la luz contempla el agua ondulándola a ella.

 

Se aleja la ciudad desde nuestras riberas,

pero vienen abejas con su baile celeste

y caballos y vacas jugando como perros.

—Las bestias— me susurra —son caricias del agua.

 

El céfiro caliente se cuela entre nosotros

llevándose las ramas de sauce de su pelo

y el jazmín que perfila de blanco mi barbilla.

Observamos la luz ensortijar el río

y el río nos observa envueltos en el céfiro.

Ya no somos dos ciegos que tiemblan ante el alba,

ahora somos videntes desvelando las sombras.

 

 

© José García Obrero, de los poemas

de: La piel es periferia. Visor Libros. Madrid. 2017.

María de Francia. Lais

 

El ruiseñor

Una aventura os voy a contar de la que los bretones hicieron un lai. Se llama El ruiseñor, según me parece, y así le llaman en su tierra; es decir, russignol en francés y nihtegale en correcto inglés[1].

En la región de Saint-Malo había una famosa ciudad. Vivían allí dos caballeros que tenían sendas casas fortificadas. Por la bondad de los dos nobles era famosa la ciudad. Uno se había casado con una mujer discreta, cortés y agradable; se portaba muy bien según las costumbres y el uso[2]. El otro era un joven muy conocido entre sus iguales, por su valentía y por su gran valor, y con gusto llevaba a cabo acciones dignas de honra: participaba frecuentemente en torneos y era generoso y liberal con lo que tenía[3]. Amaba a la mujer de su vecino; tanto la requirió, tanto le suplicó y esta vio en él tanta virtud, que acabó amándolo sobre todas las cosas, por el bien que oía de él y porque estaba siempre cerca de ella. Se amaron con discreción y se ocultaron y escondieron para no ser descubiertos, sorprendidos o vistos; lo podían hacer sin dificultad, pues sus casas estaban cerca: muy cerca estaban sus casas, sus torres y sus salas; no había entre ellas barrera ni cerca, más que un alto muro de piedra gris[4]. Desde las habitaciones en la que dormía la dama, cuando se ponía a la ventana, podía hablar a su amigo que estaba a la otra parte, y él a ella, y cambiar regalos y echarse prendas y lanzárselas. No había nada que les desagradara, estaban los dos muy a gusto, aunque no podían estar juntos a su placer, pues la dama era estrechamente custodiada cuando aquél estaba en la región. Pero tenían al menos eso para ellos, fuera de noche o fuera de día: que podían estar hablando juntos. Nadie podía impedir que fueran a la ventana y se vieran desde allí.

Mucho tiempo se han amado de esta forma, hasta que llegó la primavera, cuando los matorrales y los prados ya reverdecen, y los jardines están en flor, cuando los pájaros con gran dulzura muestran su alegría sobre las flores, cuando quienes tienen amor a su gusto, no extraña que se entiendan[5].

Os diré la verdad sobre el caballero: se entregó con todas sus fuerzas y también la dama por su parte, tanto hablando como mirándose. Por la noche, cuando la luna lucía y su señor estaba acostado, se levantaba frecuentemente de su lado y se ponía el manto; venía a estar a la ventana, por su amigo, pues sabía que haría lo mismo, y la mayor parte de la noche velaba. Tenían deleite al verse, pues no podían tener más. Tantas veces estuvo allí, tantas se levantó, que su señor se enfadó y muchas veces le preguntó por qué se levantaba y a dónde iba.

—Señor —le responde la dama—, no tiene en este mundo alegría quien no oye cantar al ruiseñor[6]. Por eso voy a estar ahí; por la noche lo oigo con tanta dulzura que resulta muy agradable, tanto me deleito con él y tanto lo quiero que no puedo dormir con los ojos.

Cuando el señor oye lo que dice, de rabia y de desprecio se ríe. Pensó una cosa: hará que el ruiseñor caiga en una trampa. No hubo criado en su casa que no preparara trampas, redes y lazos, y luego los colocaron todos en el jardín. No hubo avellano ni castaño en el que no pusieran lazo o liga, hasta que lo cogen y lo atrapan. Cuando tuvieron al ruiseñor, se lo entregaron vivo al señor; este se puso muy contento al tenerlo. Va a las habitaciones de la dama:

—Señora —pregunta—, ¿dónde estáis? Venid a hablar con nos. He atrapado al ruiseñor por el que tanto habíais velado. A partir de ahora podéis dormir en paz: no os volverá a despertar nunca.

Cuando la dama lo oye, se pone triste y afligida. Se lo pide a su señor, que lo ha matado por maldad: le ha roto el cuello con las dos manos.

Obró muy mal. Le arroja el cuerpo a la dama de tal forma que le mancha de sangre la camisa, un poco por encima del pecho. Luego, sale de la habitación.

La dama toma el pequeño cuerpo y llora amargamente, maldiciendo a quienes traicionaron al ruiseñor, a los que hicieron trampas y lazos, pues le han quitado una gran alegría.

—¡Ay, desdichada —dice—, en mala hora! Ya no podré levantarme más por la noche, ni ir a estar a la ventana en la que veía a mi amigo. Una cosa sé en verdad: él pensará que lo abandono; tengo que tomar una decisión. Le haré llegar el ruiseñor, le contaré lo ocurrido.

En un trozo de jamete bordado de oro[7] y escrito por entero, envuelve al pajarillo; llama a un criado suyo y le entrega el mensaje, enviándolo a su amigo. El criado ha llegado ante el caballero; lo saluda de parte de su dama y le cuenta todo el mensaje, presentándole el ruiseñor. Cuando le hubo contado y dicho todo, que el caballero ha escuchado bien, este se entristece mucho por lo ocurrido; pero no fue villano ni lento. Mandó hacer un cofrecillo, en el que no había ni hierro ni acero, sino oro puro con buenas piedras, muy preciosas y muy caras; colocó una tapa bien sujeta. Metió al ruiseñor dentro y después hizo sellar la caja. Siempre hace que la lleven con él.

Este suceso fue contado, no pudo permanecer oculto mucho tiempo. Los bretones hicieron un lai: El ruiseñor se llama.

 

 

 

La madreselva

Bastante me agrada y bien lo deseo contaros la verdad del lai que se llama Madreselva, por qué fue hecho, cómo y dónde. Muchos me han contado y hablado, y yo lo he encontrado por escrito[8], de Tristán y la reina[9], de su amor que fue tan puro, por el que recibieron abundantes dolores y después murieron en un solo día.

El rey Marco estaba enfadado, encolerizado con Tristán, su sobrino; lo alejó de su tierra porque amaba a la reina. A su país ha vuelto, a Gales del Sur donde había nacido. Un año permaneció sin poder regresar; luego, se arriesgó a la muerte y a la destrucción. No os sorprendáis, pues el que ama lealmente está triste y afligido y meditabundo, por eso se marcha de su tierra. Entra a solas en el bosque: no quería que nadie lo viera. Por la tarde salía, cuando era hora de recogerse en casa. Con los campesinos, con gente pobre buscaba albergue por la noche y les preguntaba las nuevas del rey, cómo le iba.

Un día le dicen que han oído que los nobles habían sido convocado y que tenían que ir a Tintagel[10]: el rey quería tener corte allí; para Pentecostés estarán todos, habrá gran alegría y solaz, y la reina también estará. Tristán al oírlo se alegró mucho: ella no podrá ir sin que él la vea pasar.

El día en que el rey se puso en marcha, Tristán regresó al bosque. Sobre el camino por el que sabía que debía pasar el cortejo puso una rama de avellano cortada por la mitad y la partió de forma cuadrada[11]. Cuando hubo preparado esta vara, con su cuchillo escribió su mensaje en ella. Si la reina lo veía, que solía ir muy atenta y ya otra vez se había dado cuenta[12], reconocería la rama de su amigo al verla. El sentido de lo escrito era que le hacía saber y le decía que ya había estado, esperado y permanecido mucho tiempo allí, para espiar y saber cómo poder verla, pues no podía vivir sin ella. Entre ellos dos ocurría como con la madreselva, que se agarra al avellano: cuando está sujeta y prendida y se pone alrededor de la madera, juntos sobreviven sin dificultad; pero cuando luego se separan, el avellano muere rápidamente y la madreselva también[13].

—Bella amiga, así nos ocurre: ni vos sin mí, ni yo sin vos.

La reina iba cabalgando. Mira la pendiente alrededor y vio la vara, se dio cuenta, reconoció las letras. A los caballeros que la acompañaban y que cabalgaban junto a ella les dijo que se detuvieran: quiere desmontar y descansar. Cumplen sus órdenes. Se va lejos de su gente; llama a su lado a su criada, Brengaín[14], que era de toda confianza.

Se alejó un poco del camino, en el bosque encontró al que amaba más que a nada vivo: ambos tuvieron una gran alegría. Habló con él a su gusto y le dijo lo que le apeteció; luego le mostró de qué manera se reconciliaría con el rey, y que le había pesado mucho que lo alejara de aquella forma de su lado: lo hizo por las acusaciones.

Con esto se marcha, deja a su amigo; pero cuando llegó el momento de la separación, empezaron a llorar. Tristán volvió a Gales, hasta que su tío lo llamó.

Por la alegría que tuvo al haber visto a su amiga y por lo que escribió según dijo la reina, para recordar las palabras, Tristán, que sabía tañer el arpa muy bien, hizo un nuevo lai[15]; lo diré brevemente: Gotelef lo llaman los ingleses, Chievrefoil los franceses.

Ya os he dicho la verdad del lai que os acabo de contar.

 

 

© Carlos Alvar, de la edición castellana

de: Lais. Alianza Editorial. Madrid. 1994.

 

 

N O T A S

 

[1] El lai se titula Laustic, resultado de la aglutinación del artículo determinado y de un término bretón aostic, ‘ruiseñor’. Igual que en otras ocasiones, María de Francia da los equivalentes en otras lenguas, naturalmente, medievales. Para el tema del ruiseñor, en general, veáse W. Pfeffer, The Change of Philomel: The Nightingale in Medieval Literature, New York-Berna-Frankfurt, P. Lang, 1985. Los motivos narrativos que aparecen en este lai se recogen en A. Guerreau-Jalabert, Index des motifs narratifs dans les romans arthuriens en vers (XIIe-XIII siècles), Ginebra, Droz, 1992, p. 323.

[2] La dama es un dechado de virtudes que, en definitiva, encarna un ideal femenino en el que se incluyen aspectos abstractos, como el saber estar entre la gente de la corte (discreción, cortesía) o el tener buen comportamiento (que en María designa con la expresión «se teneit chiere»); tanto los adjetivos utilizados, como la expresión «se teneit chiere» forman parte del léxico técnico del amor cortés; chiere se corresponde con el provenzal cara y el sustantivo carestia, ‘reserva, castidad’. Para la interpretación de estos versos, véase L. Polack, «Two Lines form Marie de France’s Laüstic», French Studies, 34, 1980, pp. 657-658.

[3] La generosidad es una cualidad esencial de los nobles o de quienes son corteses. Véase M. de Riquer, Los trovadores. Historia literaria y textos, Barcelona, Planeta, 1975, § 77.

[4] Los colores que utiliza María de Francia son muy escasos, y, por tanto, cuando aparecen se les suele buscar un significado simbólico; es frecuente que el color gris se asocie a los malos presagios. Para otros aspectos, véase la nota correspondiente en Lanval (edición de C. Alvar), y la bibliografía allí citada.

[5] Se trata de un término procedente también del léxico del amor cortés y representa el grado más elevado en la relación amorosa, antes de llegar a la consumación.

[6] En Boccaccio (Decamerón, V, 4) el ruiseñor es un símbolo fálico. María de Francia no necesariamente participa de la misma simbología, pero no se puede rechazar en modo alguno debido al paralelismo con el relato del italiano. Entre las muchas interpretaciones simbólicas que puede sufrir el ruiseñor, más o menos ideales, más o menos reales, el pájaro podría representar una figura masculina (la del caballero enamorado) y el cofrecillo en el que es recogido sería un símbolo femenino. La riqueza de significados enriquece, también, la narración misma. Véase G. S. Burgués, «Symbolism in Marie de France’s Laustic», Bulletin Bibliographique de la Société Internationale Arthurienne, 33, 1981, pp. 258-268, en especial p. 259.

[7] El jamete era una tela de seda, de los más variados colores. Las letras a las que se refiere el texto deben ser —suponemos— la carta de la dama a su amigo escrita en el tejido mismo, en la que le explicaría todo lo ocurrido.

[8] Estas palabras de María de Francia indican no solo que la historia de Tristán tenía una amplia difusión oral, sino que también había versiones escritas (como las de Thomas y Béroul, por ejemplo, o la perdida de Chrétien). Es muy difícil saber en cuál de ellas se apoya nuestra autora. El texto escrito que cita se suele considerar como una versión primitiva de la leyenda de Tristán, hoy perdida, pero cuyo contenido se puede reconstruir gracias a las versiones medievales existentes en las más variadas lenguas. Un buen resumen de las dificultades de interpretación que plantea este lai se encontrará en R. Lejeune, «Le message d’amour de Tristant à Yseut (Encore un retour au Lai du Chèvrefoil de Marie de France)», en Mélanges de Langue et Littérature françaises offerts à Ch. Foulon, vol. I, Rennes, Université de Haute Bretagne, 1980, pp. 187-194; en las notas aprovechamos abundantes materiales procedentes del estudio de la sabia belga. Los motivos narrativos que aparecen en este lai se recogen en A. Guerreau-Jalabert, Index des motifs narratifs dans les romans arthuriens en vers (XIIe-XIII siècles), Ginebra, Droz, 1992, p. 222.

[9] Tristán de Leonís era hijo del rey Meliadús y de Elyabel, descendiente del bíblico rey David. En general —salvo María de Francia—, se le considera natural de Leonís; huérfano de madre desde su nacimiento, es educado por su escudero Governal que lo hace un excelente caballero y músico. A los 15 años pasa a la corte de su tío, el rey Marco de Cornualles, y vence al gigante Morholt. Gravemente herido, en una nave a la deriva, llega a Irlanda, donde Iseo la Rubia lo cura de su herida. Su tío le encarga que le lleve a la hija del rey de Irlanda (Iseo) para casarse con ella; en la travesía ambos beben accidentalmente un filtro amoroso: comienza así la historia de pasión de los dos jóvenes, perseguidos por la maledicencia de los cortesanos. Así, víctimas de la trampa del enano Frocín, Tristán es condenado a la hoguera, pero consigue escapar y rescata a Iseo, refugiándose ambos en el bosque de Morrois, donde un día los sorprende dormidos el rey Marco con una espada entre ellos que los dividía (lo que Marco interpreta como signo de la castidad mantenida). Por esto, el rey conmuta la pena de Tristán por el destierro y perdona a Iseo. Sería en este punto donde se inserta la narración de María de Francia. Véase C. Alvar, El rey Arturo y su mundo: diccionario de mitología artúrica, Madrid, Alianza Editorial, 1991, s.v. Tristán de Leonís, y bibliografía allí citada.

[10] Ciudad o fortaleza situada en Cornualles, junto al mar. Está vinculada a los orígenes del rey Arturo (en ella fue concebido) y es, también, corte del rey Marco, castillo encantado con torres construidas por gigantes y que desaparece dos veces al año. De este lugar parece ser originario Frocín, el malvado enano servidor de Marco. Véase C. Alvar, El rey Arturo y su mundo: diccionario de mitología artúrica, Madrid, Alianza Editorial, 1991, s.v. Tintagel, y bibliografía allí citada.

[11] La crítica ha tenido serias dificultades para la interpretación de estas palabras; parece claro que Tristán se dispone a tallar una vara de avellano para escribir en ella un mensaje. Las dificultades surgen cuando se considera la extensión del mensaje que Tristán ha podido escribir en la vara: a los más racionalistas les parece exagerado que haya más de una palabra, mientras que no les sorprende que Iseo descubra la vara en medio del bosque. A los menos racionalistas les preocupa dar una explicación racional, y justificar cómo ha sido posible que Tristán grabara todo lo que quería decir. La forma de tallar la rama podría estar emparentada con una costumbre todavía viva en una zona de Normandía (véase P. Durand-Monti, «Encore le bâton du Chievrefoil», Bulletin bibliographique de la Société Internationale Arthurienne, 12, 1960, pp. 117-118. Se encontrará, además, un buen resumen de los diferentes puntos de vista y de las soluciones propuestas, con abundante bibliografía en M. Cagnon, «Chievrefueil and the Ogamic Tradition», Romania, 91, 1970, pp. 238-255.

[12] Todo parece indicar que en el original seguido por Maria de Francia ya había habido otro encuentro de similares características: las versiones alemanas de la leyenda de Tristán (Eilhart von Oberge y Gottfried von Strassburg), además de la inglesa (Sir Tristrem) son las únicas que conservan este episodio, según el cual, Iseo descubre la presencia de Tristán por las astillas que flotan sobre un riachuelo.

[13] Las alusiones al avellano y a la madreselva han sido interpretadas, también, de las más variadas formas: como símbolo masculino y femenino, respectivamente (Ch. Martineau-Génieys, «Du Chievrefoil, encore et toujours», Le Moyen Age, 78, 1972, pp. 91-114); como integración armónica en la naturaleza, recuperando su «tiempo sagrado» (E. Dochy, «À propos du lai du Chievrefoil», PRIS-MA, II-2, 1986, pp. 67-71) ; como elemento de ritos paganos de magia y brujería (E. B. Savage, «Marie de France’s Chievrefoil as Drama and Image: a Study in Breton Oral Tradition», Cairo Studies in English, 1960, pp. 139-153), etc. Es posible, como indica Ph. Ménard (Les Lais de Marie de France, Paris, PUF, 1979, p. 234) que no haya que buscar más explicaciones: el amor de Tristán e Iseo es como una ley de la naturaleza.

[14] Es la fiel criada de Iseo, que suministra el filtro amoroso a los dos jóvenes y que sustituye a su señora en el lecho del rey Marco para evitar que se descubra la anterior relación de Iseo y Tristán, y, por tanto, para salvaguardar a la reina de la deshonra. Véase C. Alvar, El rey Arturo y su mundo: diccionario de mitología artúrica, Madrid, Alianza Editorial, 1991, s.v. Brengaín y Marco, y bibliografía allí citada.

[15] Es posible que el término lai designe en este caso la variedad de ‘lai lírico’, de los que se citan 32 en textos artúricos —y cuyo contenido no se copia— y que expresan las quejas amorosas o los anhelos de distintos personajes, como Perceval, Palamedes o el mismo Tristán. Véanse J. H. Marshall, The Razos de trobar of Raimon Vidal and associated texts, Londres, Oxford University Press (University of Durham Publications), 1972, pp. 95-98 y 136 (22-7) y 139-140 (81-6), y E. Köhler, «Descort und Lai», en Grundriss der Romanischen Literaturen des Mittelalters, vol. II-1 (fasc. 4), Heidelberg, Carl Winter, 1980, pp. 1-8. En la tradición de la Materia de Bretaña, Tristán es el gran compositor e Intérprete del arpa de lais.

 

 

Historia de Antonio. Georges Bataille

bataille

(Billom, 1897 – París, 1962)

 

1

Pocas semanas más tarde, había llegado incluso a olvidar mi enfermedad. Me encontré con Michel en Barcelona. Súbitamente me hallé delante de él. Sentado en una mesa de La Criolla. Lazare le había dicho que me iba a morir. La frase de Michel me recordaba un pasado penoso.

Pedí una botella de coñac. Empecé a beber, llenando el vaso de Michel. No tardé demasiado en estar borracho. Hacía tiempo que conocía la atracción de La Criolla. Para mí no tenía ningún encanto. Un muchacho vestido de mujer hacía un número de baile en la pista: llevaba un traje de noche cuyo escote le llegaba hasta las nalgas. Los taconazos del baile español retumbaban sobre el suelo…

Experimenté un profundo malestar. Miraba a Michel. Él no estaba acostumbrado al vicio. Michel era tanto más torpe cuanto más borracho iba estando: se agitaba en su silla.

Yo estaba muy molesto. Le dije:

—Me gustaría que te viera Lazare… ¡en un tugurio!

 

Me interrumpió, sorprendido:

—Pero si Lazare venía con mucha frecuencia a La Criolla.

Me volví inocentemente hacia Michel, como desconcertado.

—Te digo que sí, el año pasado Lazare estuvo en Barcelona y a menudo solía pasar la noche en La Criolla. ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Efectivamente, La Criolla es una de las curiosidades más conocidas de Barcelona.

Sin embargo, yo pensaba que Michel estaba bromeando. Se lo dije: aquella broma era absurda, la sola idea de Lazare me ponía enfermo. Sentí subir en mí la cólera insensata que contenía.

Grité, estaba loco, había cogido la botella en la mano:

—Michel, si Lazare estuviese delante mío, la mataría.

Otra bailarina —otro bailarín— hizo su aparición en la pista entre carcajadas y chillidos. Llevaba una peluca rubia. Era bello, repugnante, ridículo.

—Quiero pegarle, golpearla…

Era tan absurdo que Michel se levantó. Me cogió por el brazo. Tenía miedo: yo perdía toda compostura. Él también estaba borracho. Adoptó un aire extraviado al volver a derrumbarse sobre su silla.

 

Me tranquilicé mirando al bailarín de la cabellera solar.

—¡Lazare! No es ella la que se ha portado mal, gritó Michel. Por el contrario, ella me dijo que la habías maltratado violentamente; de palabra…

—Ella te lo ha dicho.

—Pero no te guarda rencor.

—No me vuelvas a decir que ha venido a La Criolla. ¡Lazare a La Criolla!…

—Ha venido aquí varias veces, conmigo: se interesó mucho por esto. No quería irse. Debía estar sofocada. Nunca me habló de las tonterías que le dijiste.

Yo casi me había calmado:

—Ya te lo contaré en otra ocasión. ¡Vino a verme en un momento en que yo estaba a punto de morir! ¿No me guarda rencor?… Pues yo no se lo perdonaré jamás. ¡Jamás! ¿Me oyes? Bueno, ¿vas a decirme ya lo que venía a hacer a La Criolla?… ¿Lazare?…

 

No me podía imaginar a Lazare sentada allí mismo donde yo estaba, ante un espectáculo escandaloso. Estaba embrutecido. Tenía la sensación de haber olvidado algo —que sin duda sabía en el instante anterior, que absolutamente hubiera debido recuperar. Habría deseado hablar, con mayor entereza, hablar más fuerte; tenía consciencia de una perfecta impotencia. Estaba acabando de emborracharme.

Michel, con la preocupación, se volvía aún más torpe. Sudaba copiosamente, era desgraciado. Cuanto más reflexionaba, más extraviado se sentía.

—Quise torcerle una muñeca —me dijo.

—…

—Un día… aquí mismo…

Yo sentía una gran opresión, habría estallado.

En medio de la barahunda. Michel prorrumpió en carcajadas:

—¡Tú no la conoces! ¡Me pedía que le clavase alfileres en la piel! ¡Tú no la conoces! Es intolerable…

—¿Por qué alfileres?

—Quería entrenarse…

Yo grité:

—¿Entrenarse a qué?

Michel se rió aún con más ganas.

—A soportar las torturas…

 

De pronto, recuperó la gravedad, torpemente, como podía. Quiso adoptar un aire apresurado, cobrando un aire estúpido. Al punto se puso a hablar. Se enrabiaba:

—Hay otra cosa que es absolutamnte necesario que sepas. Ya lo sabes, Lazare fascina a quienes la oyen. Les parece no ser de este mundo. Hay quienes aquí, obreros, a los que conseguía incomodar. Ellos la miraban. Luego, se la encontraban en La Criolla. Aquí, en La Criolla, parecía una aparición. Sus amigos, sentados a la misma mesa, estaban horrorizados. No podían comprender que se encontrase allí. Un día, uno de ellos, harto, se puso a beber… Estaba fuera de sí; hizo como tú, pidió una botella. Bebía vaso tras vaso. Yo pensé que se acostaría con ella. Ciertamente habría podido matarla, habría preferido que la matasen por ella, pero nunca le habría pedido que se acostase con él. Ella le seducía y nunca hubiese comprendido si yo hubiera hablado de su fealdad. Pero, a sus ojos, Lazare era una santa. Y, además, debía seguir siéndolo. Era un mecánico muy joven que se llamaba Antonio.

 

Yo le hice lo que había hecho el joven obrero; vacié mi vaso y Michel, que raramente bebía, se puso a mi altura. Entró en un estado de extrema agitación. Yo estaba ante el vacío, bajo una luz que me cegaba, ante una extravagancia que nos superaba.

Michel enjugó el sudor de sus sienes. Prosiguió:

—Lazare estaba irritada al ver cómo bebía. Le miró a los ojos y le dijo: “Esta mañana le he dado un papel para que lo firmase y usted lo ha firmado sin leerlo”. Hablaba sin la menor ironía. Antonio repuso: “¿Qué más da?”. Lazare replicó: “¿Pero, y si le hubiera dado una profesión de fe fascista?”. Antonio, a su vez, miró fijamente a Lazare. Estaba fascinado, pero fuera de sí. Respondió lentamente: “La mataría”. Lazare le dijo: “¿Lleva un revólver en el bolsillo?”. Él contestó: “Sí”. Lazare dijo: “Salgamos”. Salimos. Quería un testigo.

Acabé por respirar mal. Le pedí a Michel, que perdía su ímpetu, que continuase de inmediato. De nuevo se secó el sudor en la frente:

 

—Fuimos a la orilla del mar, a ese lugar donde hay escalones para bajar. Despuntaba el alba. Andábamos sin decir ni una palabra. Yo estaba desconcertado, Antonio excitado hasta el límite, pero atontado por todo lo que había bebido, Lazare ausente, serena como una muerta…

—Pero, ¿se trataba de una broma?

—No era una broma. Yo los dejaba actuar. No sé por qué estaba angustiado. Al borde del mar, Lazare y Antonio descendieron hasta los escalones más bajos. Lazare le pidió a Antonio que tomase en la mano su revólver y que le pusiese el cañón en el pecho.

—¿Y Antonio lo hizo?

—Él también tenía un aire ausente, sacó un “browning” de su bolsillo, lo montó y colocó el cañón contra el pecho de Lazare.

—¿Y entonces?

—Lazare le preguntó: “¿No me dispara?”. Él no contestó nada y se quedó dos minutos sin moverse. Por último dijo “no” y retiró el revólver…

—¿Eso fue todo?

—Antonio parecía agotado: estaba pálido y, como hacía fresco, se puso a temblar. Lazare cogió el revólver, sacó la primera bala. Aquella bala estaba en el cañón cuando ella lo tenía apoyado en el pecho, luego habló con Antonio. Le dijo: “Démela”. Quería quedársela de recuerdo.

—¿Y Antonio se la dio?

—Antonio le dijo: “Como guste”. Ella la metió en su bolso.

 

Michel se calló: parecía estar más a disgusto que nunca. Yo pensaba en la mosca en la leche. Ya no sabía si había que reírse o estallar. Verdaderamente se parecía a la mosca en la leche, o, también, al mal nadador que traga agua… No soportaba la bebida. Al final estaba a punto de llorar. Gesticulaba extrañamente a través de la música, como si tuviese que espantar a algún insecto:

—¿Podrías imaginarte una historia más absurda? —me dijo también.

El sudor, al correr por su frente, había sido el responsable de su gesticulación.

 

 

2

La historia me había dejado estupefacto.

Aún pude preguntarle a Michel —nos manteníamos lúcidos a pesar de todo— como si no estuviésemos borrachos, sino obligados a prestar una desesperada atención:

—¿Puedes decirme qué hombre era ese Antonio?

Michel me señaló a un muchacho en una mesa vecina, diciéndome que se le parecía.

—¿Antonio? Tenía un aspecto fogoso… Hace quince días, le detuvieron: es un agitador.

 

Pregunté de nuevo con la mayor gravedad que me era posible:

—¿Puedes decirme cuál es la situación política en Barcelona? No sé nada.

—Va a saltar todo…

—¿Por qué no viene entonces Lazare?

—La estamos esperando de un día para otro.

Lazare se disponía, pues, a venir a Barcelona, con objeto de participar en la agitación.

Mi estado de impotencia se volvió entonces tan penoso que, de no haber estado Michel, aquella noche podía haber acabado mal.

El propio Michel tenía la cabeza del revés, pero consiguió que me sentase de nuevo. Intentaba, no sin dificultad, recordar el tono de voz de Lazare, que, un año antes, había ocupado una de aquellas sillas.

Lazare hablaba siempre con sangre fría, pausadamente, con un tono de voz íntimo. Yo me reía al pensar en cualquiera de las frases lentas que pudiese haber oído. Hubiese deseado ser Antonio. La habría matado… La idea de que tal vez yo amaba a Lazare me arrancó un grito que se perdió en el tumulto. Habría podido morderme a mí mismo. Estaba obsesionado con el revólver —la necesidad de tirar, de vaciar el tambor… en su vientre… en su… Como si cayese en el vacío con una serie de gestos absurdos, como, en sueños, solemos hacer impotentes disparos.

Ya no podía más: para recuperarme, tuve que hacer un gran esfuerzo. Le dije a Michel:

—Odio a Lazare hasta un punto que a mí mismo me aterra.

 

Ante mí, Michel tenía el aspecto de un enfermo. Él también hacía esfuerzos sobrehumanos por sostenerse. Se echó las manos a la frente, sin poder evitar una risa a medias:

—Efectivamente, según ella, le habías manifestado un odio tan violento… Hasta ella pasó miedo. Yo también la detesto.

—¡La detestas! Hace dos meses vino a verme a mi cama cuando creyó que yo iba a morir. La hicieron pasar; se acercó hasta mi cama de puntillas. Cuando la vi en medio de la habitación, se quedó de puntillas, inmóvil: tenía la pinta de un espantapájaros inmóvil en medio de un sembrado…

—Estaba a tres pasos, tan pálida como si hubiera mirado a un muerto. Había sol en la habitación, pero ella, Lazare, era negra, era negra como lo son las cárceles. Era la muerte lo que le atraía, ¿me comprendes? Cuando de pronto lo vi, tuve tanto miedo que grité.

—¿Pero, y ella?

—Ella no dijo una palabra, no se movió. La insulté. La llamé sucia gilipollas. La llamé cura. Llegué incluso a decirle que estaba sereno, que tenía perfecta sangre fría, pero temblaba con todos mis miembros. Tartamudeaba, perdía la saliva. Le dije que morir era lamentable, pero que tener que morir viendo a un ser abyecto, era demasiado. Hubiera deseado que mi orinal estuviese lleno, le habría tirado la mierda a la cara.

—¿Y ella qué dijo?

—Le dijo a mi suegra que más valía que se fuese, sin alzar la voz.

 

Yo reía. Me reía. Veía doble y perdía la cabeza.

Michel, a su vez, rompió a reír:

—¿Y se fue?

—Se fue. Empapé las sábanas de sudor. Creí morir en aquel preciso momento. Pero, al final del día, sentí que estaba mejor, sentí que me había salvado… Entiéndeme bien, tuve que darle miedo. Si no, ¿no crees tú? ¡Estaría muerto!

Michel estaba postrado, se irguió de nuevo: sufría, pero, al propio tiempo, tenía el aspecto que habría tenido si acabase de saciar su venganza; deliraba:

—A Lazare le gustan los pajaritos: lo dice, pero miente. Miente, ¿me oyes? Huele a tumba. Lo sé: un día la cogí en mis brazos…

Michel se levantó. Estaba lívido. Dijo, con una expresión de profunda estupidez:

—Será mejor que me vaya a los servicios.

Yo también me levanté. Michel se alejó para ir a vomitar. Con todos los alaridos de La Criolla en la cabeza, yo estaba de pie, perdido en el tumulto. Ya no comprendía: de haber gritado, nadie me habría oído, incluso de haber gritado a voz sin cuello. No tenía nada que decir. Aún no había acabado de perderme. Me reía. Me hubiera gustado escupirles a los demás a la cara.

 

 

© Herederos de Georges Bataille.

© Ramón García Fernández, de la versión al castellano.

de: El azul del cielo. Tusquets editores. Barcelona. 2008.