Osvaldo Lamborghini. La Divertidísima Canción del Diantre (anexos)

lamborghini

(Buenos Aires, 1940 – Barcelona 1985)

 

1

El cuerpo tiene un órgano metafórico,

es el lugar de todas las transmutaciones,

es el lugar poético por excelencia, el ano,

en el sentido que es el lugar

donde el niño y la niña

se encuentran todavía, subrayando todavía,

sin el corte, sin la diferencia de sexos.

El lugar metafórico, el ano,

mierda, niño, regalo, pene,

todo ahí es intercambio.

Incluso una gran mujer,

mujer de Nietzsche,

mujer de Rilke,

casi mujer de Freud:

Lou Andreas Salomé,

habló de la vagina como

eternamente

arrendada al ano.

 

 

 

2

¿De qué color, coliflor, amada mía,

será tu corazón?

Verde, o seguramente lila.

Selecta caña,

si la vista no me regaña.

Tu excremento es un puro viaje

femenino.

Niño, el excremento femenino,

la raya continúa y abarca,

el buque parte

hacia una una

primavera entrada en años.

 

Te escribo desde el descrédito.

Yo no hice una obra, hice

una experiencia, experience.

Al margen, yo te amo como se ama

al rumor heteróclito,

el clítoris todavía todavía

de la página aún no escrita,

manejo de los sinónimos.

¡Lo que es la lengua castellana!

Afirmación que hay, débese, entender

en estos términos:

Lo que es: la lengua castellana.

Y no mi pésima

bragueta.

Nocturno, nocturno, nocturno.

 

La política llegó, llegó a los ánimos

y entramos como yegua sudada.

Hay que ver lo que son estos campos,

hay que ver el trébol partido

y el municipio de un otario.

Hay que ver la luna, el sol, la aguada

allí donde beben los caballos

bien pero bien de mañana,

y esto ya lo dije en otro lado.

 

Si pudieras, che, estar conmigo,

si yo pudiera acariciarte el pelo

con la dolorosa trenza del m’hijita,

si pudiera mirar tu mano, decirme:

en otro momento besaré su mano.

Pero solo me importan los ángeles

y los dialectos del paraíso.

 

 

 

3

La Divertidísima Canción del Diantre,

pertenece a una modernidad alterna

—no, nada de alternativa—, y es una historia.

Si yo supiera pensar —no, nada de escribir—

archivarla en mi memoria

la instancia de su modulación, alterna,

comprendida en una balanza donde el peso

de la vanguardia:

dos puntos más dos puntos

igual no igual es nulo.

Tranquilamente mis errores planean en un plan

bajo, lo siento, de pasar al guion

—ya ocurrió: ese coronel cinematógrafo,

el cine y su Instituto Nacional hasta las heces

de los cuerpos de un batallón de granaderos

enterrados en los hielos —eternos—

desde la Campaña de los Andes.

 

Éste es el peso nulo de mi haber:

igual, no igual.

Enseñar, en Vermont,

inconsciente y barroco, ¿mejor?

¡Oh, Jerry!

(Ha introducido

en mi parturienta cama

su pelambre, entre mis piernas entalcadas,

donde yo escribo, y lame, y lame.)

La Argentina es azul, Pringles, y cuando ríe

Jerry acaba, eyacula, Frank Brown. ¿Y?

Mis imágenes, diantre

vuelven a estabilizarse en el cine picante

de una conciencia culpable.

Igual, no igual.

A ver si vamos a creer, a ver,

que hemos progresado tanto como para no tener

una conciencia culpable.

¡Oh, Jerry!

 

 

 

 

© Herederos de Osvaldo Lamborghini.

de: Poemas 1969-1985. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona. 2015

Lola Andrés. La matanza

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(València, 1961)

 

¿Soy yo el que está ahí abajo?

[...] Qué extraño, qué curioso es verse morir.

Ray Bradbury, Crónicas marcianas

 

I

Los postulados

de una congregación

a menudo admiten

un nexo en la palabra dada

y he aquí:

 

si se origina un tumulto

producido por pánico o confusión

cabe ocultarse

también cabe

utilizar el camuflaje

esto es

entrarse en otro ente

y comulgar en forma

y comportamiento

 

así la voz

la representación del gesto

lo insinuante —oh sí—

la esfera de bondad

la contención

la bruma inigualable del carácter

cuanto valor sopese la mirada

el ángulo entreabierto

de las piernas —distancia equilibrada—

cualquier ente admitiría

—oh sí—

un implante acerado en su derrota

 

un pánico perdido podría

resquebrajar el verde de las hojas.

 

 

II

Una de ellos.

 

Los observas,

como si tu pertenencia

a la manada te quemara,

como si

tu pupila saliese de tu ojo

y ardiendo —no cenizas aún—

sintiera ese partirse

—la doblez,

la grieta.

 

Ves, en la opacidad,

la rigidez del hambre,

ese nicho de carne

que todavía

respira las mañanas.

 

En llamas,

tu pupila revienta

y te lo dice:

mira cuánta pureza

desorientada, erguida.

 

Escuchas sus gemidos

adelantando el cierre

de la luna nueva.

 

Oyes

tu pupila —ya ceniza—,

la grieta de tu carne,

la inminente obstrucción

de tu circuito.

 

Crece la horda

en la resquebrajadura de tu estómago.

 

Una de ellos. Hora

es de acrecentar también la grieta.

 

Y romperte.

 

Mira

las dos entrelazadas mansedumbres

que te quedan.

 

 

III

La jácena

se quiebra.

 

Las astillas

son viejas

y mojadas

secuencias de tiempo.

 

Un sinfín

de pequeños corazones

clavados

ahora

—sangre en la grieta,

en la rotura

ojos, carne, piel.

 

Se atenazan los siglos,

el tiempo rompe,

cuartea lo nacido, la criatura

lívida que husme en sus entrañas.

 

Gruñen por su muerte,

rasgan a los otros,

los aplastan

por un segundo más

de respiración,

de posibilidad: ahora

una luz cenital

regresa de la tarde

y la vida se ensancha

como un trueno en el cielo.

 

 

IV

Llevas sangre del otro

y sangre tuya.

 

Nacida la mañana, te retuerces.

 

Calibras el dolor, los desgarros.

 

Hueles, todavía,

y ves

la gran matanza.

 

Muchos yacen

inertes, rotos.

 

Tú vives

amputada —la piel es poca cosa.

 

Guardarás la tragedia

en tus colmillos

—puede que en adelante

humilles al destino

devorando al gran macho

que ahora

desprecia al inocente.

 

Se develan certezas,

consumida la voz,

la extrañeza se ocupa del aliento.

 

Un momento te das

para la vida: brisa,

otros seres abriéndose

a la luz, sonidos

cerca y lejos —no sabrías.

 

La matanza, recuerdas,

la matanza terrible, obscena,

la matanza cayendo

en una zanja

 

—sola.

 

Un momento

y aprietas el dolor, hundes la carne

en un pozo profundo que permita

ecos reconocibles.

 

La cuna piadosa

de la pequeña

cuida

de los ojitos quietos,

abandonados

al albur de su sueño.

 

 

V

La lluvia, de pronto

llueve.

 

Oh, ese aroma

de tierra, tus huesos

niños hueles.

 

La tierra ahí

engullendo nostalgia.

 

No existía el viaje,

los trenes eran

costas de cinabrio

o

arrecifes en cúpulas.

 

Entonces, cuando la lluvia,

se colmaba el futuro,

chupabas el ansia

de los caballos jóvenes.

 

Tus heridas

se elevan —el olor

de los tiempos

te calman, silenciosos—,

qué has venido a buscar,

en qué viaje,

que reventó tus ojos,

tu carne, tu esqueleto.

 

En un escalofrío,

los que aún sobreviven,

entrelazan sus bocas

y comienza

algún canto

de estremecidos tonos.

 

Sales, salen,

limpiáis cada rotura,

queda

el estruendo.

 

 

 

© Lola Andrés, de los poemas.

de Travesía. Ediciones contrabando. Valencia. 2016

Robert Duncan. Poemas

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(Oakland, 1919 – San Francisco, 1988)

 

El segador [1]

 

Creado por los poetas para cantar mi canción,

o creado por mi canción para cantar.

 

La fuente de la canción debe extinguirse.

 

Durante todo el día, la noche de la música se cierne

sobre el abeto, se balancea y brilla.

Oh, muéveme a que no cante

porque mi deseo es permanecer en silencio con mi primer Señor.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Glorioso es el sol ardiente.

En su juventud el segador tala el grano vivo.

Vemos el brillo de la curva ardiente de su guadaña.

Su extenuante labor nos abate

aún en vida.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

No arrases las cuerdas de mi oscura lira,

mi cuerpo, música. Acalla

el árbol de tu corazón, pues deseo

ir hacia mi Señor invalorable.

La Tumba de las Musas en el mármol de la piel

es como un monumento a la canción,

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Toda la noche el pestilente segador asesina.,

Desaparecemos bajo el filo de su guadaña.

Nuestra juventud se siega a diario como el trigo

de los campos de nuestro primer Señor.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

Pero mira, glorioso es el sol ardiente.

El Segador derriba mi ardiente juventud.

Me arranca de mi primer Señor

mientras aún vivo.

 

La fuente de la canción se extinguirá.

 

 

 

Adoración a la Virgen

 

La muda estatua de la Virgen se yergue

entre los susurros de las formas sombrías.

El llamado mágico se extiende

más allá de su figura envuelta en la adoración de la luz.

La sólida madera del druida, magia-contenida

de una virginidad viviente, muestra a través de un baño dorado

el rojizo lustre de oro.

 

Los amantes del poetaen el pasillo de la tarde

entran en el clamor de las tenues campanas

que redoblan, redoblan la caída de la noche.

Esperan, perturbados,

como si la rígida imagen de la Virgen fuese a revivir

y a hablar. El milagro parece inminente.

 

Ella no es inocente, pero, virgen,

ha conocido a Dios. Su ropaje

vuela, se extiende y queda atrapado

en una batalla con el aire que lo rodea,

tallado de asombro y pintado de oro.

 

A ella su hijo no se le apareció.

A nosotros, que no lo conocimos

se nos apareció, como un pálido baldur [2]

en el madero sangrante.

 

Camino con mi amante. Nos entristecemos por un tercero.

Un tercero camina con nosotros. Esplendor herido.

No ya puro, sino transformado. Pero más.

Lleva nuestras heridas, lágrimas que son sangre,

coronas que son espinas.

 

Oh aureolada Madre, cúranos a

mi amante y a mí. Ave

María llena de gracia.

 

La imagen solitaria de la Virgen se

articula llena de gracia.

Sostiene al Niño Mago

como una exclamación.

 

Perdona, perdónanos en nuestro amor y cúranos.

 

La madera de druida perturba.

Habla por debajo de la hoja de oro.

Su desdicha es más antigua de lo que imaginamos.

El oro, Su sangre, sobre el rígido ropaje

nos concede la gracia.

 

Los poetas amantes sienten su contacto

como si ese contacto les fuese robado a sus corazones.

 

 

 

Los albigenses [3]

 

Nos movemos como dragones aletargados.

El espíritu de nuestro Señor se mueve por el universo

que nos habló de cosas diabólicas.

Oímos crujir la luminosidad de una serpiente.

 

Mira cómo se inflama el esplendor mundano.

La oscuridad de nuestro Señor es de odio vegetal.

 

Los espíritus de la Luz se mueven en la oscuridad.

Se esfuerzan para poder tocar. Tenemos algunas noticias,

tenues memorias, de su castidad.

 

Sé de una serpiente sabiduría de la sangre,

del sufrimiento, de la magia coital.

La luz de nuestro espíritu se vacía

en la piel. El útero,

el sol rojo-sangre, el universo,

brilla con presencias malignas,

ángeles de un fuego leproso.

 

El espíritu del deseo se mueve en todas las cosas animadas,

una belleza que brilla en las hojas de los árboles.

 

El Papa de Roma admirable por sus masacres

es Lucifer. Él se repite, se repite en nosotros, crea

su imagen diabólica. La novia entrega la lacra

de su forma diabólica y quiere conocer

la diabólica masculinidad de su novio.

Comen el cuerpo de nuestro Señor.

Gólgota cabalga con la mirada fija en ese paraíso.

 

Los amantes del poeta mientras copulan saben

que el dragón surge de todas las cosas.

Se consumen en la cólera de un Dios colérico.

Negro es el momento más bello del día más brillante.

 

Oh déjame morir, pero si me amas, déjame morir.

Tu agonía y tu furia hieren mi segunda vida.

 

Iré al origen de la luz olvidada.

Los Dorados se mueven en reinos invisibles.

Si pudiéramos conocer su castidad. Nos esforzamos para tocar.

El consuelo de Dios se extingue con la vida.

Nos estiramos, nos estiramos para detenerlos.

Se vuelven invisibles para nuestro deseo.

 

Oh déjame morir, pero si me amas, déjame morir.

 

 

 

Poesía desordenada

 

No un desarreglo de los sentidos [4] pero sí, hay otro sentido oculto del significado en todo des-orden. Des en su orden significa. ¿Qué me imaginé que sería el idioma? No un mito, excepto por la verdadera tarde mítica, un ambiente o preconcepción en el mejor de los casos la oscuridad de una noche verdadera. Ningún visionario excepto cuando la visión es real en su intensidad —esta es una escena en el sentido de las palabras—. Pero una choza de palabras primitiva para nuestra naturaleza. El idioma en su desorden natural.

 

Al no estar en la historia parecemos vivir en y ya no encima de la tierra. Y el lector como un viajante preocupado tal vez vea “esa tenue luz en la vasta oscuridad del bosque” y venga a nuestra puerta, a indagar adentro y se siente por una noche al titilar de nuestras oraciones, oyéndonos contar un relato en algún lugar del que no quiero acordarme hacia un así era una vez que relatamos. Y sería parte de ese reino de la historia al que él tal vez nunca pueda volver a regresar otra vez. Regresar para encontrar el lugar, ya no puede reconocer su entorno.

 

Lo que me imagino es una poesía hilada por una tarde como un todo hilado con la malla de una lana gastada. Y alejada, en esa eterna cabaña en el lugar más profundo del bosque de esos relatos que se cuentan alrededor de una hoguera. Lo que me imagino es un viejo chal gastado, sin ninguna importancia terrenal, una poesía otra vez reducida a sus hilos. El entretenimiento de una tarde sin gran importancia. Habla en un cuarto vamos hacia donde venimos. Una interrogación aislada. El discurso que si fuera oído no le hubiera molestado al oyente no haberlo oído.

 

Ahí no podría haber tiempo para el deseo o para la ambición estructural, uno solo escucharía las posiciones relativas, lapsos y divisiones, amontonadas, entretejidas y decisiones.

 

Un poeta que se sienta a la luz de las palabras como un gato a la luz moteada del sol en una ventana. Donde está él en la oración es ahí. Y escucha mientras su poesía dibuja su escuchar.

 

 

 

El comienzo de la escritura

 

una composición

 

Empezar a escribir. Continuar finalmente para escribir. Escribir finalmente para continuamente empezar.

 

Para superar el comienzo. Para superar la urgencia. Para superar el escribir escribiendo.

 

Sin nunca superar el comienzo. Ahora escribir escribiendo. No superar el comienzo.

 

*

El amor es a veces adelante e incluir. El amor es a veces superar y no comenzar. El amor como una parte constante de algunas composiciones es imaginar la expansión del amor para incluir el comienzo como continuación.

 

Deseo : no en el escribir. Urgencia : en el no escribir. Mentir en la espera de no escribir. El deseo es lo anterior no el comienzo del principio. La urgencia es un no sentir que finalmente comienza.

 

*

Cuando me imagino el no superar sino el incluir, el amar toma el lugar del deseo. Cuando diariamente me imagino comenzando continuamente, ser no es más re-formar sino repetir.

 

Un gigante del día se despierta.

Un gigante de la noche se duerme.

 

¡Ser un universo! ¡Ser un universo!

Absorto en su continuo hablar.

Ser regresado al sueño.

 

Cuando me imagino a mí mismo como amante

el Amor está otra vez aquí, aquí digo,

hace su aparición durante el Día una vez más

desde el simple anhelo, pertenecer

al decir.

 

La mañana se transforma

silenciosa como las palabras al hablar:

un soliloquio de silencios audibles.

 

*

¡Un soliloquio! ¡Un soliloquio!

tanta frivolidad al hablar con los diferentes colores de luz, con las tretas

de personas imaginadas, en persona.

 

El gran Funcionario engreído rueda su eterna existencia como rueda

un bidón

sobre las medidas de un sueño desordenado.

Un habla desordenada.

 

 

 

Origen

 

O: Trabajo el idioma como un salto de agua trabaja la roca, para encontrar un curso, y así, ciegamente. En esto no soy un creador de las cosas, pero si fuera un creador, creador de un camino. Por el camino en sí mismo. Está muy bien hablar de que el agua tiene su destino en el mar, y así imaginarse llegar casi a conocer el curso; pero el mar es solo el fin de los caminos, si pudiese la corriente encontrar un curso más lejano, continuaría. Y vasto como es el idioma, no es el final sino la resistencia por la cual el poema puede moverse, mientras fluye o baila o se embarra en el tiempo, inventándolo en la marcha y no obstante solo continuar hasta donde se rompe la resistencia del idioma.

Cuando tenía unos doce años, supongo que sería aproximadamente la edad de Narciso, me enamoré del arroyo de una montaña. Allí, de lo más intenso durante todo el verano, me quedé mirando a su límpido correr frío, conocí el pleno dolor del anhelo. Ser de ello, enteramente estar fuera de mi ser y entrar en el Otro claro elemento imposible. La imaginación, vieja tergiversadora de la forma, se expande dolorosamente para concebir la forma amada.

Entonces todo serpentea y hace un fondo común, se apresura, constante inconstancia, no sabemos de dónde sale como torrente del arroyo, todo precipitación de los sentidos y del insecto a través del tiempo del ser —me estimula; como si el pulso de mi piel sangrienta, del boqueo de un aliento a otro aliento (como un pez fuera del agua) hubiera otro continuum, un arroyo como un murmullo regular, claro y hondo, allí abajo, un fluir de aguas. Escribo esto solo para explicar alguno de los viejos dolores que el anhelo revive cuando otra vez aprehendo la corriente del lenguaje, se precipita sobre la ruta o sobre los estanques, las energías vacantes debajo del significado, se esconde de nuestros propósitos. A menudo, mientras leo o escribo, regresa el más pleno dolor, y veo u oigo o casi conozco el más puro elemento de la claridad, un movimiento pronunciado, una precipitación absoluta en el curso de su propio camino, que hace que aún desde las mismas palabras de mi bolígrafo un elemento extranjero que ansío —como reino o salvación o libertad— pero nunca se sabe.

 

 

 

A menudo se me permite regresar a un prado

 

como si fuera una escena imaginada por la razón,

que no es mía, pero es un lugar creado

 

que es mío, tan cercano al corazón,

un pastizal eterno plegado en toda su idea

así hay un vestíbulo allí dentro

 

eso es, un lugar creado, producido por la luz

desde donde las sombras que se forman caen.

 

Desde donde se caen todas las arquitecturas que soy

digo que se asemejan al Primer Amado

cuyas flores arden para alumbrar a la Dama.

 

Ella eso [5] es la Reina Bajo la Colina

cuyas huestes son un disturbio de palabras dentro de las palabras

es decir, un campo plegado.

 

Es solo un sueño donde la hierba sopla

hacia el este en contra del origen del sol

en una hora, antes de que baje el sol

 

en cuyo secreto vemos el juego de los niños

un corro de rosas dicho.

 

A menudo se me permite regresar a una pradera

como si fuera una de las propiedades de la razón

ciertos límites detienen previniendo el caos,

 

ese es el lugar del primer permiso,

eterno presagio de lo que es.

 

 

 

© Herederos de Robert Duncan

© Marta López-Luaces, de la versión al castellano y de las notas.

Tomado de Tensar el arco y otros poemas. Antología poética (1939-1987). Bartleby Editores. Madrid. 2011.

NOTAS

[1] Personaje masculino con que en inglés y otras lenguas anglosajonas se representa a la Muerte.

[2] Baldur: dios de la justicia, de la luz y de la verdad en la mitología nórdica, hijo de Odín y de Frigg. Tras un sueño que teme que resulte profético, su madre hace prometer a todos los objetos y las criaturas de la Tierra que jamás le harán daño a Baldur. Todas las criaturas se avienen a la promesa, excepto el muérdago, que tiempo después será el causante de la muerte del dios —aunque muy probablemente el muérdago solo fuera la forma que tomara el vengativo Loki para darle muerte—. Ante el inmenso dolor de Frigg, Hermodur, el divino mensajero, parte en su caballo de ocho patas al Reino de los muertos, con la intención de rescatar a Baldur y volverlo a la vida. Hel, la diosa de las tinieblas, le promete liberar a Baldur solo si se logra que absolutamente todas las criaturas de la Tierra, sin excepción, lloren por él. Todas las criaturas lo lloran, excepto una gigante —otra de las posibles metamorfosis de Loki para seguir haciendo el mal—. Pero la promesa de que algún día, cuando el mal ya no existan en la Tierra, Baldur volverá a la vida, es precisamente el elemento del relato que lo une tanto a la “suspendida muerte” del Rey Arturo, como a la Resurrección de Cristo, con la que Duncan lo asocia en el poema.

[3] Movimiento religioso declarado herético por la Iglesia católica que se extendió en la región de Languedoc durante el siglo XII. La cruzada albigense (también conocida como cruzada contra los cátaros) fue un conflicto armado que tuvo lugar entre los años 1209 y 1244 y que comienza por iniciativa del papa Inocencio III con el apoyo de la dinastía de los Capetos, reyes de Francia.

[4] Alusión a la poética de Arthur Rimbaud quien, en su Carta del vidente, propone “un sistemático arreglo de los sentidos”.

[5] Aquí Duncan presenta dos pronombres de sujeto en tercera persona, el femenino y el neutro. De ahí la traducción como “Ella eso”.

Joseph Sheridan Le Fanu. Carmilla [fragmento]

carmillaa

“Conocerá usted, sin duda, esa aterradora superstición extendida por Estiria Superior e Inferior, Moravia, Silesia, la Serbia turca, Polonia e incluso Rusia: la superstición, así debemos llamarla, del vampiro”.

Una extrañísima angustia

.

Cuando entramos en el salón y nos sentamos a tomar nuestro café y chocolate, aunque Carmilla no tomó nada, parecía estar totalmente recobrada, y Madame y Madmoiselle de Lafontaine se unieron a nosotras y jugamos una partidita de naipes en el curso de la cual papá vino a por lo que él llamaba su “taza de té”.

Cuando hubo terminado el juego, se sentó junto a Carmilla en el sofá, y le preguntó con cierta inquietud si desde su llegada había tenido alguna noticia de su madre. Ella dijo:

—No.

Le preguntó, entonces, si sabía adónde podría mandarle una carta.

—No sabría decirlo —respondió ella, ambiguamente—, pero he estado pensando en dejarles; han sido ya demasiado hospitalarios y amables conmigo. Les he causado innumerables molestias, así que quisiera tomar un coche mañana y enlazar con la diligencia para ir en su busca; sé dónde la puedo encontrar en última instancia, aunque no me atrevo a decírselo.

—Ni sueñe siquiera cosa semejante —exclamó mi padre, con gran alivio por mi parte—. No podemos permitirnos el perderla de este modo y no consentiré que nos abandone, a menos que sea bajo el cuidado de su madre, que tuvo la bondad de consentir en que usted se quedara con nosotros hasta que ella volviera. Me sentiría realmente feliz si supiera que usted tiene noticias suyas; pero, esta noche, lo que se dice de los progresos de la misteriosa enfermedad que ha invadido los alrederores es aún más alarmante; y, mi hermosa huésped, la responsabilidad, sin contar con la opinión de su madre, me pesa mucho. Pero haré lo que pueda; y una cosa es segura: no debe pasársele por la imaginación dejarnos sin una precisa indicación de su madre a tal efecto. Sufriríamos demasiado separándonos de usted para que consintamos en ello tan fácilmente.

—Mil gracias, caballero, por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo con rubor—. Han sido todos demasiado amables conmigo; pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en su hermoso château, bajo su cuidado y con el trato de su querida hija.

A esto él, galantemente, con sus anticuadas maneras, le besó la mano sonriendo, complacido con aquellas palabras.

Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.

—¿Piensas —le dije finalmente— que siempre confiarás plenamente en mí?

Se volvió en redondo, sonriendo, pero no respondió. Tan solo siguió sonriéndome.

—¿No me vas a responder? —dije—. Eso es porque no puedes darme una respuesta agradable; no debería habértelo preguntado.

—Haces muy bien en preguntarme eso, o cualquier otra cosa. No sabes hasta que punto te quiero, ni puedes imaginar una confianza mayor. Pero estoy atada por unos votos; ninguna monja los ha hecho la mitad de terribles. Y todavía no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a ti. Se acerca ya el momento en que habrás de saberlo todo. Me creerás cruel y muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta. No sabes lo celosa que estoy. Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte u odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.

—Otra vez vas a empezar a hablar de ese modo absurdo, Carmilla —me apresuré a interrumpirla.

—No voy a hacerlo, aun siendo tan tonta como soy y estando llena de caprichos y fantasías; por amor a ti hablaré como una sabia. ¿Has estado en algún baile?

—No. Cuéntamelo. ¿Cómo son? Debe de ser realmente maravilloso.

—Casi lo he olvidado; hace tantos años…

Me reí.

—No eres tan vieja. No puedes haber olvidado tu primer baile.

—Lo recuerdo todo… si hago un esfuerzo. Puedo verlo todo igual que los buzos ven lo que tienen arriba, a través de un medio denso, ondulante, pero transparente. Esa noche ocurrió una cosa que emborronó la imagen y difuminó sus colores. Casi me asesinan en mi cama; me hirieron aquí —se llevó la mano al pecho— y ya no he vuelto a ser la misma.

—¿Estuviste a punto de morir?

—Sí, muy cerca de morir… De un amor cruel… Un amor extraño que estuvo a punto de arrebatarme la vida. El amor ha de tener sus sacrificios. No hay sacrificio sin sangre. Ahora vayámonos a dormir. Me siento tan fatigada… No puedo levantarme ni para cerrar la puerta con llave.

Estaba tendida, con sus pequeñas manos hundidas en su abundante y ondulada cabellera que enmarcaba sus mejillas, y su cabecita sobre la almohada. Sus ojos brillantes seguían todos mis movimientos, acompañados de una especie de sonrisa tímida que yo no alcanzaba a descifrar.

Le di las buenas noches y me deslicé fuera de la habitación con una sensación incómoda.

A menudo me pregunté si nuestra bonita huésped rezaba sus oraciones. Desde luego, yo no la había visto nunca de rodillas. Por la mañana, nunca bajaba hasta mucho después de que hubieran terminado nuestras plegarias familiares, y por la noche jamás abandonaba el salón para asistir a nuestros breves rezos vespertinos en la sala.

De no haber salido casualmente en una de nuestras charlas despreocupadas el que la habían bautizado, habría tenido mis dudas de que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el que nunca le había oído decir una sola palabra. Si yo entonces hubiera conocido mejor el mundo, esa particular dejadez o antipatía no me habría sorprendido tanto.

Las preocupaciones de la gente nerviosa son contagiosas y las personas de temperamento similar acabarán sin duda, al cabo de un tiempo, por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave el dormitorio, tras meterme en la cabeza todas sus caprichosas inquietudes sobre atacantes nocturnos y asesinos al acecho. Había adoptado también sus precauciones consistentes en efectuar un breve registro por toda la habitación para quedarme tranquila y asegurarme de que en ella no se había “apostado” ningún asesino o ladrón al acecho.

Una vez tomadas tan sabias medidas me metía en la cama y me dormía. En mi habitación había siempre una luz encendida. Era esta una vieja costmbre que databa de mis primeros años y de la que nada  me habría inducido a apartarme.

Fortificada de este modo podía descansar con tranquilidad. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones oscuras u oscurecen las iluminadas y sus personajes realizan sus entradas y salidas a su placer y se ríen de los cerrajeros.

Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una extrañísima angustia.

carmillaNo puedo calificarlo de pesadilla, porque tenía plena conciencia de estar dormida. Pero tenía igualmente conciencia de encontrarme en mi habitación, tendida en mi cama, precisamente tal como realmente estaba. Vi, o imaginé ver, la habitación y su mobiliario exactamente tal como los acababa de ver; solo que había mucha oscuridad, y advertí que algo se movía por el pie de la cama, algo que, en un primer momento, no pude distinguir con precisión. Pero no tardé en percibir que se trataba de un animal negro como el hollín parecido a un gato monstruoso. Me pareció que tendría como cuatro cinco pies de largo, ya que medía tanto como la alfombra junto al hogar cuando pasó sobre ella; y continuamente iba y venía con la elástica y siniestra inquietud de un animal enjaulado. Yo no podía gritar, aunque, como podrá suponer, estaba aterrada. Su paso iba haciéndose cada vez más rápido y la habitación cada vez más oscura; finalmente, se volvió tan oscura que ya no pude ver nada en ella, salvo sus ojos. Lo sentí saltar ágilmente sobre la cama. Los dos grandes ojos se acercaron a mi rostro y súbitamente sentí un dolor punzante, como si dos grandes agujas separadas por una pulgada se me clavaran profundamente en el pecho. Me desperté dando un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que ardía en ella durante toda la noche y vi una figura femenina erguida al pie de la cama, un poco hacia el lado derecho. Llevaba un vestido oscuro y suelto, y el cabello le caía sobre los hombros, cubriéndolos. Un bloque de piedra no hubiera podido estar más inmóvil. No había en ella el menor signo de respiración. Mientras yo la miraba, la figura pareció cambiar de sitio, encontrándose entonces más cerca de la puerta; luego, cuando estuvo ya junto a ella, la puerta se abrió y aquello salió de la habitación.

Entonces me sentí aliviada y capaz de respirar y de moverme. Mi primera idea fue que Carmilla me había gastado una broma y que yo me había olvidado de cerrar la puerta con llave. Corrí hacia la puerta y me la encontré, como de costumbre, cerrada por dentro. Tenía miedo de abrirla: estaba horrorizada. Me metí en la cama de un salto y me tapé la cabeza con las sábanas, permaneciendo así, más muerta que viva, hasta el amanecer.

 

 

 

© Herederos de Joseph Sheridan Le Fanu

© Emilio Olcina, de la versión al castellano.

Tomado de Carmilla. Madrid. Alianza Editorial. 2016.

Jean Cocteau. TRES POEMAS

coctea1

(Maisons-Laffitte, 1889 – Milly-la-Forêt, 1963)

.

EL DERECHO Y EL REVÉS [1]

 

Veo la muerte abajo, en lo alto de esta bella edad

donde me encuentro, por desgracia, a mitad del viaje;

la juventud me abandona y he recibido su golpe.

Se lleva riendo mi corona de rosas;

muerte, viva en nuestro revés, compones

la trama de nuestro tejido.

 .

No podemos verte y te notamos mezclada

con los placeres, al amor cuyo calor alado

endurece los corazones, como nieve disuelta;

si bien tus habitantes reposasen en la hierba,

nosotros caminábamos despreocupados sobre la tela soberbia

y, de repente, estamos debajo.

.

Estamos tan cerca de la dulce vida

que solo por la muerte nos alegra,

abre el pasaje y nos deja la mano.

Algunas veces buscamos vencer el misterio,

y por el mismo camino volver a la tierra:

no existe más el camino.

.

Vivos podemos, toda nuestra existencia,

medir la distancia de la tierra al sol

y para no morir urdir preparativos;

leemos un lado de la página del libro;

el otro se nos oculta. No podemos seguir más,

saber qué pasa después.

.

Veo la mar demasiado corta que siempre arrebata

a la orilla un beso para besar la otra orilla;

la mentirosa arregla muy bien esos instantes.

Pronto la imitará mi amante fiel,

buscando en otra parte Abril, como la golondrina.

Voy a cumplir treinta años.

.

¡Treinta años! ¿Me tomáis el pelo? Es la gracia de los mármoles,

el sol de mediodía que cae sobre los árboles,

vuestro andar de treinta años es vuestro primer andar.

Hasta entonces sois una loca semilla;

vais… callaos. Miradme. Bostezo.

No os escucharé.

..

No quiero mentir a quien me engaña,

la rosa de mi corazón separa sus pétalos,

y pese a que aún deba vivir largo tiempo

poco importan el sol y los mármoles griegos;

hasta aquí aprendía la vida; me hiere.

Debo aprender la muerte.

.

Vuestra posada, ¡oh muerte!, no lleva ninguna enseña.

Me gustaría ver, de lejos, un hermoso cisne que sangra

y canta mientras le torcéis el cuello.

De este modo conocería aquello de lo que no dudo:

el lugar donde el sueño interrumpirá mi ruta,

y si debo caminar mucho.

.

En efecto, os acostáis como un ángel níveo,

más que el bronce pesado, más ligero que el corcho,

sobre el amante cuyo espasmo al fin os alcanza[2];

sobre vuestro fuego helado la carne deviene estatua,

pero, a la larga, hace falta, muerte, que me acostumbre

a recibiros en mi cama.

.

Vuestro deseo no conoce ni la edad ni el sexo,

ninguno de entre los más bellos que veja vuestro desdén;

pese a todo, vuestro amor atrae a los amantes.

Vuestro beso, a veces, los venga de una vergüenza,

o bien os acostáis entre los dos, bello ángel,

para oscuras satisfacciones.

.

Mejor que Venus, ¡oh muerte!, habitáis nuestras capas,

paráis nuestros corazones, atormentáis nuestras bocas,

nos cerráis los ojos y nos ensordecéis.

Dais a Venus un rostro ordinario,

porque, hasta donde creo gustaros,

tengo asimismo miedo del amor.

.

Rival de Venus, que me rompa y que me cosa

para siempre en las sábanas donde vuestro ángel me esposa;

que jamás me abandone, soy hijo de rey.

Y, acostado al revés, sintiendo su ala pegada,

me habla de usted, pero jamás me enseña

todo lo que dejo en al derecho.

.

.

.

EL PAQUETE ROJO

 

Mi sangre se ha transformado en tinta. Convendría evitar a toda costa esta repugnancia. Estoy envenenado hasta la médula. Canté en la oscuridad y ahora es esa canción la que me da miedo. Más aún: soy leproso. ¿Conocéis las manchas de moho que simulan un perfil? No sé que encanto de mi lepra engaña al mundo y lo autoriza a abrazarme. ¡Peor para él! No me conciernen las continuaciones. Solo he expuesto llagas. Hablan de graciosas fantasías: es culpa mía. Es de locos exponerse inútilmente.

.

Mi desorden se amontona hasta el cielo. Los que amaba están unidos al cielo por un elástico. Vuelvo la cabeza… Ya no están más ahí [3].

.

Por la mañana me inclino, me inclino y me dejo caer. Caigo por la fatiga, el dolor, el sueño. Soy inculto, nulo. No conozco ninguna cifra, ningún dato, ni nombres de ríos ni lenguas vivas o muertas. Cosecho ceros en historia y geografía. Si no fuera por algunos milagros, me perseguirían. Por otra parte he robado los papeles a un tal J. C. nacido en M. L. el… muerto con 18 años tras una brillante carrera poética.

.

Esta cabellera, este sistema nervioso mal plantado, esta Francia, esta tierra, no me pertenecen. Me repugnan. Los cancelo mientras sueño de noche.

.

La madre no ve más que fuego. La amo. Me lo da. No digáis que la engaño. Como contrapartida le doy la ilusión de tener un hijo.

.

He dejado el paquete. Que me encierren, que me linchen. Que lo entienda quien quiera: Soy una mentira que siempre dice la verdad.[4]

.

.

.

FINAL

Aún en el aire un dedo preparado para el descenso sueña

Es perder su corazón que de perder su sangre

Lo dudo porque la muerte perezosa se alarga

y en la reina doliente el dedo pensativo desciende

.

Celeste era el envés de vasos transparentes

Una mano izquierda hábil en este derrocamiento

Dulcemente desataba dos figuras familiares

Hermanas de los hijos de Cefiso a quien miente el agua dulce

.

Pueda el arte de malvivir ser mi único estudio

Y de mi propio jefe poner precio a mi cabeza

Para que vuestro odio orne mi soledad

Es a mí a quien entrego los peones que cobré

f.

.

NOTAS

[1] Vocabulaire fue publicado en 1922 por Las Éditions de La Sirène.

[2] Alusión a la nouvelle de Mérimee La Vénus d’Ille (1837), en la que una estatua de bronce estrangula al hombre que se había comprometido a casarse con ella.

[3] Cocteau, pese a tener menos de 40 años, ya había perdido a muchos amigos fundamentales como Apollinaire, Le Roy, Satie o Radiguet.

[4] En Journal d’un inconnu Cocteau afirma que esta frase significa que el hombre es una mentira social. El poeta se refuerza en combatir la mentira social una vez se alía contra su verdad singular y la acusa de mentira.

 Journal d’un inconnu Cocteau afirma que esta frase significa que el hombre es una mentira social.

.

© Herederos de Jean Cocteau

© Jordi Corominas i Julián, de la versión al castellano

Tomado de La mentira que siempre dice la verdad. Salto de página. Madrid. 2015

El cliente y el azafrán de primavera. Virginia Woolf

virginia-woolf

(Londres, 1882 – Lewes, 1941)

A los hombres y mujeres jóvenes que se inician en la escritura se les suele dar el verosímil, aunque del todo imposible de llevar a cabo, consejo de escribir tan brevemente como sea posible, tan llanamente como sea posible y sin otro pensamiento en sus mentes que no sea el de decir con exactitud qué hay en ellas. Nadie añade nunca en estas ocasiones lo único que resulta útil: “Y asegúrate de que sabes escoger al cliente”, aunque esto es lo esencial en este asunto. En efecto, un libro siempre se escribe pensando en alguien, y puesto que el cliente no es simplemente la persona que paga, sino también, de una forma muy sutil e insidiosa, el instigador y la fuente de inspiración de lo que está escrito, es de suma importancia que sea un hombre deseable.

Ahora bien, ¿quién es, entonces, el hombre deseable, el cliente que se apropiará de lo mejor del cerebro del escritor y dará a luz la más variada y vigorosa progenie de que es capaz? Diferentes épocas han respondido a la pregunta de distintas formas. Los isabelinos, por así decirlo, elegirían a la aristocracia a quien iban dirigidas las obras y al público asistente del teatro. El cliente del siglo XVIII era una combinación de persona ingeniosa de cafetería y librero de Grub Street. En el siglo XIX los grandes escritores escribían para las revistas de media corona y las clases acomodadas. Y si miramos atrás y aprobamos los magnñificos resultados de estas alianzas distintas, todo parece envidiablemente sencillo, y más claro que el agua por comparación con nuestro propio apuro: ¿para quién deberíamos escribir? Porque el repertorio actual de clientes es de una variedad sin  precedente y desconcertante. Tenemos la prensa diaria, la prensa semanal, la prensa mensual; el público inglés y el público americano; el público de los superventas y el público de los menos vendidos; el público intelectual y el público fervoroso; todas las entidades con conciencia de la propia identidad ahora organizadas que son capaces, a través de sus diversos portavoces, de hacer saber sus nececidades y de hacer saber sentir su aprobación o desagrado. De este modo, el escritor que se ha emocionado al ver los primeros azafranes de primavera en Kensignton Gardens debe, antes de ponerse a escribir, escoger de entre una multitud de participantes al cliente concreto que más le conviene. Es inútil decir: “Descártalos a todos. Piensa tan solo en tu azafrán de primavera”, porque escribir es un método de comunicación, y el azafrán de primavera es un azafrán de primavera imperfecto hasta que ha sido compartido. El primer hombre o el último puede que escriba solo para él mismo, pero él es una excepción y nada envidiable en este sentido, y los necios son bienvenidos a sus obras si los necios son capaces de leerlas.

Suponiendo, entonces, que todo escritor tiene a un públicou a otro en el extremo de su pluma, los altruistas dirán que debería ser un público dócil, que acepte con obediencia todo lo que desee darle. Aunque la teoría es verosímil, no está exenta de grandes riesgos. En efecto, en este caso el escritor permanece consciente de su público, pero es superior a él —una combinación violenta y desafortunada, como las obras de Samuel Butler, George Meredith y Henry James podrían demostrar. Cada uno de ellos despreicó profundamente al público; cada uno deseó a un público; ninguno de ellos logró conquistar a un público, y cada uno descargó su fracaso en el público mediante una sucesión, que poco a poco aumenta en intensidad, de angulosidades, oscuridades y afectaciones que ningún escritor cuyo cliente fuera su igual y amigo habría considerado necesario inflingir. Sus azafranes de primavera, en consecuencia, son plantas atormentadas, preciosas y llenas de vida, pero con algo que recuerda a la tortícolis en ellas, deforme, marchitado por un lado y demasiado abierto por el otro. Un poco de sol els habría ido de maravilla. ¿Nos precipitamos, pues, hacia el lado opuesto y aceptamos (aunque sea tan solo una fantasía) las propuestas halagüeñas que los directores del Times y del Daily News cabe suponer que nos harán: “Veinte libras en efectivo por tu azafrán de primavera en exactamente mil quinientas palabras, que florecerá encima de todas las mesas del desayuno desde John o’Groats hasta Land’s End mañana antes de las nueve de la mañana acompañado del nombre del escritor”?

No obstante, ¿será suficiente un solo azafrán de primavera, y no debe ser de un amarillo muy reluciente para que brille hasta tan lejos, para que valga tanto y para que vaya acompañado del nombre de uno? La prensa es, sin duda, un gran multiplicador de azafranes de primavera. Pero si miramos algunas de estas plantas, comprobaremos que no son más que parientes lejanos de las originales florecitas amarillas o violetas que cada año a principios de marzo brotan en el césped de Kensington Gardens. El azafrán de primavera  del periódico es una planta asombrosa, aunque muy distinta. Llena con precisión el espacio que se le asigna. Irradia un brillo dorado. Es jovial, afable, afectuoso. Está precisamente acabada, también, para que nadie piense que el arte de “nuestros críticos sensacionales” del Times o del señor Lynde del Daily News es sencillo. No es una proeza desdeñable el hecho de que un millón de cerebros se pongan en marcha a las nueve en punto de la mañana para dar a dos millones de ojos algo que resulte brillante, fresco y divertido para la vista. A pesar de todo, llega la noche y estas flores se apagan. Del mismo modo que los pequeños trozos de cristal pierden su lustre si los llevamos al mar, célebres divas aúllan como hienas si las encerramos en cabinas telefónicas, y el más brillante de los artículos, al ser apartado de su elemento, es polvo y arena y briznas de paja. El periodismo embalsamado en un libro es ilegible.

El cliente que queremos, pues, es uno que nos ayude a impedir que nuestras flores se descompongan. Ahora bien, dado que sus cualidades cambian de una época a otra, y se precisa una integridad y convicción considerables para no quedar deslumbrado por las pretensiones o caer en la trampa de las opiniones de la multitud rival, este asunto de encontrar al cliente es una forma de poner a prueba y medir la autoría. Saber para quién se escribe es saber cómo se debe escribir. Algunas de las características del cliente moderno están, de todos modos, bastante claras. El escritor exigirá en este momento, es obvio, a un cliente que tenga por costumbre leer y no a uno que sea aficionado al teatro. Hoy en día, asimismo, debe estar instruido en la literatura de otros tiempos y géneros. Sin embargo, existen otras características que le exigen nustras debilidades e inclinaciones particulares. Está la cuestión de la indecencia, por ejemplo, que nos asedia y nos desconcierta mucho más que los isabelinos. El cliente del siglo XX no debe ser impresionable. Debe distinguir de forma infalible entrte el pequeño terrón de estiércol que permanece pegado al azafrán de primavera por necesidad y a ese que está enyesado a él para alardear. Debe ser un juez, también, de aquellas influencias sociales que de modo inevitable juegan un papel muy destacado en la literatura moderna, y ser capaz de decir cuál madura y fortalece, y cuál inhibe y hace estéril. Además, existen sentimientos sobre los que debe pronunciarse, y si hay algo en lo que puede ser de máxima utilidad es en ayudar a un escritor a combatir el sentimentalismo, por un lado, y el temor cobarde de expresar sus sentimientos, por el otro. Es peor, argumentará, y quizás más habitual, tener miedo de sentir que sentir demasiado. Añadirá, quizá, algo sobre la lengua, y señalará cuántas palabras Shakespeare utilizó y cuánta gramática Shakespeare violó, en tanto que nosotros, aunque mantenemos los dedos con mucho recato sobre las notas negras del piano, no hemos mejorado de forma perceptible Antonio y Cleopatra. Y si puedes olvidarte de tu sexo por completo, dirá él, tanto mejor; un escritor no tiene. Pero todo esto es, por cierto, básico y discutible. La principal característica del cliente es algo distinta, que tan solo se puede expresar quizás mediante el uso de esa oportuna palabra que encubre tanto, ambiente. Es necesario que el cliente proteja y envuelva el azafrán de primavera en un ambiente que lo presente como una planta de suma importancia, a fin de simular que es la única atrocidad que no se perdonaría en vida. Debe hacernos sentir que un solo azafrán de primavera, si fuera un azafrán de primavera  de verdad, le basta; que no desea que le den clase, lo asciendan o lo instruyan, y tampoco mejorar; que se arrepiente de haber instigado a Carlyle a vociferar, a Tennyson a ser idílico, y a Ruskin a caer en la demencia; que ahora está dispuesto a pasar inadvertido o a hacerse valer como exigen sus escritores; que lo une a ellos más que un vínculo maternal; que son gemelos: de hecho, uno muere si el otro muere, uno florece si el otro florece; que el destino de la literatura depende de su feliz alianza, todo lo cual demuestra, como dijimos al principio, que la elección de un cliente reviste la mayor importancia. Pero ¿cómo saber elegir? ¿Cómo escribir bien? Estas son las cuestiones.

 

 

 

© Herederos de Virginia Woolf

© Llüisa Moreno Llort, de la traducción

Tomado de La muerte de la polilla. Madrid. Capitán Swing Libros. 2010.

Archibald MacLeish. CONQUISTADOR [fragmento]

archibald-macleish

(Glencoe, 1892 – Boston, 1982)

 

Prefacio de Bernal Díaz a su libro

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

Soy un hombre ignorante: y este sacerdote este

Gómara con su escrito, basura aprendida en la academia

 

Los latines pomposos los festines apropiados

Los grandes nombres la decoración imperial

Las hermosas batallas y los valientes muertos

 

Las marchas triunfales los salvajes pueblos indios

Las conquistas sitios incursiones guerras campañas

(y un ojo siempre en los relatos actuales)

 

Él con su famosa historia de Nueva España—

Este sacerdote es un entendido: no un ignorante:

Y yo pobre: sin oro: sin valor:

 

Mis tierras desiertas en Guatemala, mi higuera

Los filosos arbustos: las espinas de mis uvas: mis hijos

ya crecidos: barbudos: el mayor

 

Rompiéndose la cintura en los prostíbulos

Y una joven por casar y todos ellos gruñendo en casa

Con la mirada india en sus ojos como si asesinaran un gato:

 

Y este profesor Francisco López de Gómara

Sin hijos; sin pobreza: y yo un viejo: más de ochenta:

Agotado por las noches sin dormir: bisoño en el arte

 

De combinar bellas palabras para construir una historia:

Y él es un hombre joven: de prestigio: iluminado

Por el buen dormir: hábil en los trazos del lápiz—

 

Soy un ignorante un viejo enfermo: ciego

Con la sombra de la muerte sobre mi cara y sólo mis manos me guían:

y él no es ignorante: no está enfermo—

 

¡Pero

Yo peleé esas batallas! ¡Aquellas fueron mis hazañas!

Esos nombres que escribe citándolos como lo haría un estudioso

Nombres en Heródoto —muertos y sus guerras para leer—

 

Esos fueron mis amigos: aquellos muertos mis compañeros:

Yo: Bernal Diaz: llamado Del Castillo:

Bautizado en mis primeros combates El Galán:

 

Estoy aquí al final del día con la sensación

De la oscuridad que se avecina: trasladando mi silla:

Pensando demasiado cómo las palomas girarían

 

Al atardecer durante mi juventud y en el aire extraño:

Pensando demasiado en mi viejo pueblo de Medina

Y en el polvo de España y el olor de una verdadera lluvia:

 

Yo: pobre: ciego por el sol: contemplé

Con estos ojos esos combates: vi a Moctezuma:

Vislumbré a los ejércitos de México en marcha:

 

El viento recargado en sus ropajes: los rostros pintados: las plumas

Flotando en el aire iluminado: vi la ciudad:

Caminé de noche sobre esas piedras: en los sombríos cuartos

 

Escuché el tintineo de mis talones y a los murciélagos chillar:

Yo: pobre como soy: fui joven en ese país:

Esas palabras fueron mi vida: esas letras transcritas

 

Fríamente sobre el papel con la tinta dividida y el impulso

De tercos pulgares: esas huellas en mis dedos:

Esas letras dan forma a mi vida…

 

¡Y cacé

En el oeste pájaros desconocidos de hermosas alas!

 

Los ancianos deberían morir con el paso del tiempo:

Pues lo triste no es la muerte: lo triste

 

Es la derrota para la vida cuando los vivientes mueren:

Todo aquello que fue delicioso al paladar: desvaneciéndose:

El canto y las marchas bajo el sol: las tierras lluviosas:

 

Los fugaces amores: el sueño: los despertares: el soplido

De los vientos: todo aquello que conocimos:

Todo ello finalmente arrastrado tal como

 

El agua se lleva las hojas río abajo: y los pocos—

Tres o cuatro de nosotros que lo recuerdan—

Muertos: y ese tiempo se detuvo como una vieja melodía:

 

¡Y los jóvenes y brillantes maestros con el amargo tiple

Lo entienden todo como si fuera un juego antiguo!

Y el mohín del arte en sus labios como la pepa de un limón—

 

“Ese aburrido veterano celoso de su fama”

¿Qué es de mi fama o de la fama de aquellos mis compañeros?

Sus tumbas son los estómagos de los indios: suyos son los vergonzosos

 

sepulcros en la tierra salvaje: en el polvo impío:

Nadie sabe donde descansan sus huesos: y muy pronto

Extranjeros cavarán para mí una tumba en el suelo rocoso:

 

Aún mis hijos tienen una oscura extrañeza en ellos:

Perros indios ladrarán en mi tumba al atardecer:

¿Qué es de mi fama? Pero en aquellos días: el resplandor

 

Del sol: el viento: el paso

De la luna sobre noches vertiginosas: el aguanieve

En el pasto seco, el olor del polvo en que dormíamos—

 

Esas cosas eran reales: esos soles nos entibiaron:

Era salmuera en la boca: la más amarga espuma:

Tierra: agua para beber: pan para ser comido—

 

No el sonido de una palabra como en el escrito de Gómara:

No el pasado: un año: el nombre

De una batalla perdida –“el Emperador Carlos volvió a casa

 

Ese año: y ese fue el año, el mismo

Que pelearon en Flandes y que el Duque fue colgado”—

Las fechas del imperio: ¡el cráneo seco de la fama!

 

Nada sino nuestras vidas: los días de nuestras vidas: éramos jóvenes entonces:

El poderoso sol se alzaba entre árboles densos:

Bebíamos en las fuentes: las correas de nuestras espadas descolgadas:

 

Vimos la ciudad levantada sobre el azul de un mar interior,

Con torres entremedio: y Moctezuma coronado de verde

Caminaba entre jardines de sombra: y zigzagueantes abejas:

 

Y las jóvenes portaban sobre sus negros cabellos las cestas tejidas

De flores: sus senos libres: y los cazadores

Cargaban en sus hombros garzas con sus plumas erizadas:

 

Fuimos los primeros en hallar esa hermosa ciudad:

Marchamos tras el nombre de un rey: cruzamos las Sierras:

Enfrentamos adversidades desconocidas: hambre:

 

La muerte por cuchillo de piedra: sed: anduvimos

en las corrientes amargas: hasta que llegamos a esas aguas:

Empinadas eran las torres en el aire revuelto:

 

Fuimos señores de todo aquello…

Pero el tiempo nos ha dado un escarmiento:

La muerte ha subyugado a la mayoría: penas y dolores,

Enfermedades y días terribles llenan nuestras vidas:

 

Ahora incluso nuestra juventud nos ha sido arrebatada:

Ahora nuestras hazañas son palabras: nuestras vidas crónicas:

Después nadie se acordará de la noche lluviosa:

 

¡Cómo puede un hombre enfrentar la voluntad de Dios

Y los días y el silencio!

En el mundo anterior a nosotros,

Ni en Cuba ni en las islas de más allá—

 

Ni Fonseca mismo, esa puta perezosa—

Ni el Consejo la Audiencia ni aún los indios—

Sabían de la tierra en el oeste: ellos rodearon la Florida,

 

Recorrieron las islas con el soplo de los desnudos vientos del polo:

Alcanzaron la Vieja Tierra y las costas interiores:

Vieron el sol hundirse en la entrada del golfo:

 

Nadie había navegado hacia el oeste y retornado hasta Córdova:

Yo iba en ese navío: Alvarez lo pilotaba:

Confiando en la suerte: guiándose por el ocaso delante suyo:

 

Buscando después de 3 semanas tierra

Pero no hubo avistamiento en ese océano:

Los indios limpios: usando delicadas fajas:

 

Cabo Catoche lo llamamos, “cones catoche”—

Entonces los sentimos gritarnos sobre la crecida del océano:

Muchos ídolos tenían en devoción,

 

Algunos de mujeres, otros acoplados en sodomía:

Seguimos navegando: llegamos a Campeche:

Ahí junto al dulce pozo ellos encendían el fuego con madera:

 

Palabras como Castilán se escucharon en su discurso:

Nos advirtieron mediante señas irnos antes que los leños se quemaran:

Así que retrocedimos hacia las suaves playas:

 

Sus botes nos seguían de cerca: partimos:

Después sopló un norte con fina neblina:

Avanzamos hacia Potonchán a través del hervidero de los estrechos:

 

Ahí nos atacaron cruzando el verde de los campos de maíz:

Tres veces me flecharon y cincuenta de los nuestros murieron

Y todos fuimos heridos y dos capturados enloquecidos

 

por el dolor, y corrió viento y el polvo se alzó,

Y la sed agrietó nuestras lenguas y delante nuestro

El océano corrompió los pozos donde el río corre:

 

Y dimos la vuelta y el viento nos condujo a Florida:

Ahí en la tierra descubierta en las marchitas literas—

Al lado del océano nos encontramos con indios que amenazaban con guerra:

 

Así que regresamos medio muertos a las islas:

Y Córdova murió: y le escribimos a Velásquez—

Diego el Gobernador— redactamos una carta: y dijimos—

 

“Excelencia: hay tierras en el oeste: el paso

Es limpio para la navegación: están cubiertas las vergüenzas de los hombres:

Las casas son de albañilería: tienen oro: las cestas

 

Son pintadas con hierbas: las mujeres son castas en el amor”—

Y mucho de ese tipo que no recuerdo:

Y Velásquez tomó el crédito por ese descubrimiento:

 

Y a nosotros nos quedaron sólo nuestras heridas: y teníamos suficiente de ellas:

Y Fonseca Obispo de Burgos (porque así era llamado)

Presidente del Consejo: escribió al Emperador

 

Contándole las maravillosas noticias de un solo golpe:

Y ni una palabra de nuestras hazañas o nuestros dolores o nuestros combates:

Y Carlos se fue: y la pobre reina Juana encerrada

 

En Tordesillas haciendo sonar la matraca:

Y Barbarroja lamiéndose el mentón en Argel:

Suficientes problemas había en España con todo eso

 

El Cardenal agonizando y Sicilia en todos los oídos—

Suficientes problemas sin ahora tener estas nuevas tierras por conquistar

estos desnudos indios prisioneros ovejas salvajes esquiladas:

 

Y los que regresamos de los países del oeste—

No podíamos yacer en nuestros pueblos recordando el sonido del mar:

No teníamos descanso en nuestros pensamientos: éramos jóvenes entonces:

 

Mirábamos hacia el oeste: recordábamos los árboles extraños

Elevados en las riberas de ríos desconocidos

Y las nubes como colinas en al aire que nuestros ojos habían visto:

 

Y Grijalva fue el próximo en navegar y nosotros que estábamos vivos—

Nosotros que teníamos equipo para nuestra carne y oro por encontrar

Y una vieja lanza en el establo con el mango astillado—

 

Nos embarcamos y navegamos con la primera ola:

Y peleamos en Potonchán durante ese viaje: recuerdo

Las langostas cubriendo la tierra como un falso brillo en ella:

 

Huían haciendo un sonido estridente como el de las flechas:

A veces confundíamos el zumbido de los dardos con el de las langostas:

A veces cubríamos nuestras bocas con los escudos al oírlas venir:

 

Recuerdo que nuestros combates fueron perjudicados por las langostas:

Y ese viaje que hicimos al río Tabasco:

Vimos las trampas y aún así entramos y el humo

 

Del océano sobre la barra: y llenamos los barriles ahí:

Fue la primera vez que escuchamos de esa tierra lejana—

“Colúa” decían “México” –nosotros que habíamos pedido

 

Oro en aquella costa ese atardecer sobre las arenas:

“Colúa” decían: apuntando hacia el ocaso:

Hicieron un signo con manos solemnes:

 

Después: norte: en el océano: y los barcos navegando

Vimos la empinada montaña de nieve en el cielo:

La contemplamos como si fuéramos hombres despertando de un sueño asombroso:

 

Y ese viaje fue que regresamos a la Isla:

Bien recuerdo la costa y el sonido de ese lugar

Y el olor a humo sobre las dunas y el viento agonizando:

 

Bien recuerdo los muros y el espeso olor

De la sangre recién derramada en el aire: muchos

Vieron a los sacerdotes con sus pequeños y arrogantes rostros:

 

Vieron los pechos de los niños muertos y a los ídolos adornados

Con los secos despojos de corazones como cáscaras de cigarras

Y sus ojos humanos y sus lenguas pintadas

 

Y suplicaron a la Sagrada Madre de Dios:

Y algunos de los que estuvieron ahí fueron perforados en la piedra:

Y los cuerpos de algunos devorados por bestias salvajes:

 

Ninguno de nosotros en sus corazones sospechaba

El mal por venir pues habría abandonado la tierra entonces:

Pero los destinos de los hombres están velados y no se muestran:

 

Sólo más tarde en la vejez cuando el tiempo se acaba

La tierra retrocede y el camino aparece:

Y al día siguiente navegamos y el océano se volvió contra nosotros

 

Y nuestro pan estaba sucio de gorgojo y era escaso,

Y comenzaron las lluvias y las judías apestaban en las cacerolas,

Y nosotros soldados estábamos hartos de las cosas del mar:

 

Así que regresamos de ese viaje por la gracia de Dios:

Y no se hablo de nada más en Cuba:

Y gentilhombres vendieron sus granjas para ir a los descubrimientos:

 

Y nosotros que habíamos peleado en los pantanos sin comida—

Nos sentamos en la plaza bajo las palmeras en el verde crepúsculo

Con delicadas muchachas sobre nuestras rodillas y la noche para perder:

 

Nosotros que habíamos peleado en esas tierras…

 

Y el elocuente Gómara:

Los profesores con sus plumas: las educadas lenguas de la fama:

Qué escribieron sobre nosotros: pobres soldados:

 

Aquellos que fuimos heridos casi siempre sin paga:

Aquellos que morimos y fuimos arrojados fríos dentro de sacos de pan:

El estómago descubierto: las aves sobre nosotros: flotando por días:

 

Y nadie recuerda quién era el que murió allí

Ya fuera de Burgos o Yuste o Villalár:

¿Dónde escribieron nuestros nombres? ¿Qué dijeron de nosotros?

 

Ellos bautizan a las ciudades en honor a reyes que no tienen cicatrices:

Ellas fijan los nombres de los grandes en el tiempo—

Los obispos los ricos generales gallos en armas:

 

Esos con el vidrio frío en sus ojos y los finos modales:

Los nacidos líderes de hombres: las voces resonantes:

Les dan las tierras por tumbas: la llaman América

 

(¿Y quién ha escuchado de Vespucio en esta tierra

o abajo por el lado de sotavento o hacia la Habana?)

Y nosotros que peleamos aquí: que con gran dificultad

 

Cubrimos las poderosas ciudades de esta tierra—

¿Qué somos? ¿Cuando vendrá nuestra fama?

Un viejo de pueblo en la colina

un puñado

 

De polvo bajo la hierba seca de Otumba

 

Nombres desconocidos

 

manos que se desvanecieron

rostros

 

Muchos perdidos del día

 

incontables

 

Vidas olvidadas

 

hazañas honradas en extraños

 

“Aquello que yo mismo he visto y los combates”…

 

 

 

© Manuel Illanés, de la versión al castellano

© Herederos de Archibald MacLeish