Sigmund Freud. Sobre los tipos libidinales

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(Príbor, 1856 – Londres, 1939)

La observación nos demuestra que los distintos individuos humanos realizan la imagen general del ser humano en variedades de casi infinita multiformidad. Si se quiere ceder al legítimo impulso de distinguir tipos particulares en dicha multiplicidad, habrá de comenzarse por seleccionar las características determinadas y los puntos de vista precisos a los cuales deberá ajustarse esa diferenciación. Con tal objeto, es evidente que las cualidades físicas serán tan útiles como psíquicas y las más valiosas serán por fuerza aquellas clasificaciones que se funden sobre la constante y regular combinación de características físicas y psíquicas.

Es curioso que ya hoy se pueda revelar tipos que cumplan dicha condición, aunque seguramente se llegará a descubrirlos en el futuro sobre una base que aún desconocemos. Si limitamos nuestros esfuerzos a definir ciertos tipos puramente psicológicos, las condiciones de la libido son las que mejor derecho tienen para servir de fundamento a tal clasificación. Podríase exigir que esta no se apoye únicamente sobre nuestros conocimientos o nuestras conjeturas acerca de la libido, sino que también sea fácilmente verificable en la práctica y que contribuya a clarificar la suma de nuestras observaciones, permitiéndonos arribar a una concepción global de estas. Admitamos sin vacilar que estos tipos libidinales no necesitan ser los únicos posibles, ni aun en la esfera psíquica y que tomando otras características como base de clasificación podríase establecer toda una serie de distintos tipos psicológicos. Todos ellos deben ajustarse a la regla de no coincidir en modo alguno con cuadros clínicos específicos. Por el contrario, han de abarcar todas las variaciones que, de acuerdo con nuestros criterios prácticos de estimación, caen dentro de la gama de lo normal. En sus expresiones extremas, sin embargo, bien pueden aproximarse a los cuadros clínicos, contribuyendo así a colmar la supuesta brecha entre lo normal y lo patológico.

Ahora bien: es posible distinguir tres tipos libidinales básicos, de acuerdo con la localización predominante de la libido en los distintos sectores del aparato psíquico. No es muy fácil denominarlos, pero, ajustándome a las orientaciones de nuestra psicología profunda, quisiera calificarlos de tipos erótico, obsesivo y narcisista.

El tipo erótico es fácil de caracterizar. Los eróticos son personas cuyo interés principal —la parte relativamente más considerable de su libido— está concentrado en su vida amorosa. Amar, pero particularmente ser amado, es para ellos lo más importante en la vida. Hállanse dominados por el temor de perder el amor y se encuentran por ello en particular dependencia de los demás, que pueden privarlos de ese amor. Aun en su forma pura, este tipo es harto común. Existen variantes que obedecen a las variables combinaciones con otros tipos y el agregado más o menos considerable de elementos agresivos. Desde el punto de vista social y cultural, este tipo representa las demandas instintivas elementales del ello, al que las demás instancias psíquicas se han rendido dócilmente.

El segundo tipo, al que he dado nombre, a primera vista extraño, de tipo obsesivo, se caracteriza por el predominio del super-yo, que se ha segregado del yo bajo elevada tensión. Las personas de este tipo se hayan dominadas por la angustia ante la conciencia, en lugar del miedo a la pérdida del amor; exhiben, por así decirlo, una dependencia interna en vez de la externa; despliegan alto grado de autonomía y socialmente son los verdaderos portadores de la cultura, con orientación predominantemente conservadora.

Las características del tercer tipo, justificadamente calificado de narcisista, son esencialmente de signo negativo. No existe tensión entre el yo y el super-yo, al punto que partiendo de este tipo, difícilmente se habría llegado jamás a establecer la noción de un super-yo; no predominan las necesidades eróticas: el interés cardinal está orientado hacia la autoconservación; las personas de este tipo son independientes y difíciles de intimidar. El yo dispone de una considerable suma de agresividad, que se traduce asimismo por su disponibilidad para la acción; en el terreno de la vida amorosa, prefieren amar a ser amadas. Impresionan a los demás como “personalidades”; son particularmente aptas para servir de apoyo al prójimo, para asumir el papel de conductores y para dar nuevos estímulos al desarrollo cultural o quebrantar las condiciones existentes.

Estos tipos puros difícilmente escaparán a la sospecha de haber sido deducidos de la teoría de la libido. En cambio, nos sentiremos al punto sobre el sólido suelo de la experiencia si encaramos ahora los tipos mixtos, más frecuentemente observados que los puros. Estos nuevos tipos —el erótico-obsesivo, el erótico-narcisista y el narcisista-obsesivo— realmente parecen facilitar una buena clasificación de las estructuras psíquicas individuales, tal como se presentan en el análisis. Si estudiamos estos tipos mixtos, hallaremos en ellos cuadros caractéricos hace mucho conocidos. En el tipo erótico-obsesivo la preponderancia de los instintos está restringida por la influencia del super-yo; la dependencia simultánea de las personas que son objetos actuales y de los residuos de objetos pretéritos, como los padres, educadores y personas ejemplares, alcanza en este tipo su máxima expresión. El erótico-narcisista quizás sea el más común de todos los tipos. Reúne en sí contrastes que en él logran atenuarse mutuamente; estudiando este tipo en comparación con los otros dos tipos eróticos, compruébase que la agresividad y la actividad concuerdan con un predominio del narcisismo. Finalmente, el tipo narcisista-obsesivo representa la variante culturalmente más valiosa, pues combina la independencia de los factores exteriores y la consideración de los requerimientos de la conciencia con la capacidad para la acción enérgica, fortaleciendo al mismo tiempo el yo contra el super-yo.

Parecería una broma si preguntáramos por qué no se ha mencionado todavía otro tipo mixto, teóricamente posible: el erótico-obsesivo-narcisista. Mas la respuesta a esta broma es seria: porque semejante tipo ya no sería tipo alguno, sino la norma absoluta, la armonía ideal. Adviértese así que el propio fenómeno del tipo solo se da en la medida en que, de las tres aplicaciones básicas que la libido puede tener en la economía psíquica, una o dos sean favorecidas a expensas de la o de las restantes.

También cabe preguntarse cuál es la relación de estos tipos libidinales con la patología: si algunos de ellos disponen particularmente el paso hacia la neurosis y, de ser así, cuáles tipos conducen a qué formas de neurosis. La respuesta nos dirá que la postulación de estos tipos libidinales no arroja ninguna nueva luz sobre la génesis de la neurosis. La experiencia nos demuestra, en efecto, que todos estos tipos pueden subsistir sin neurosis. Los tipos puros, con su indisputado predominio de una única instancia psíquica, parecen contar con mejores perspectivas de manifestarse como formaciones caractéricas puras, mientras que de los tipos mixtos cabe esperar que ofrezcan un terreno más fértil para los factores condicionantes de la neurosis. Creo, sin embargo, que no se debe abrir juicio al respecto sin realizar antes detenidas comprobaciones dirigidas especialmente a este fin.

Parece fácil deducir que, en el caso de desencadenarse la enfermedad, los tipos eróticos desarrollarán una histeria, y los obsesivos, una neurosis obsesiva, pero aun esta correspondencia se halla afectada por la incertidumbre mencionada en último término. Las personas de tipo narcisista, que a pesar de su independencia general están expuestas a ser frustradas por el undo exterior, llevan en sí una disposición particular a la psicosis, como también presentan algunos de los factores esenciales que condicionan la criminalidad.

Bien sabemos que las condiciones etiológicas de la neurosis aún no han sido establecidas con certeza. Sus factores desencadenantes son frustraciones y conflictos internos: conflictos entre las tres grandes instancias psíquicas, conflictos producidos en la economía libidinal a causa de nuestra disposición bisexual; conflictos entre los componentes instintuales eróticos y agresivos. La psicología de la neurosis se esfuerza, precisamente, por descubrir qué es lo que confiere caracter patógeno a estos procesos que forman parte del curso normal de la vida psíquica.

 

 

© Ramón Rey Ardid, de la versión al castellano

de: Tres ensayos sobre teoría sexual. Alianza editorial. Madrid. 1973.

 

Djuna Barnes. La posesa

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(Nueva York, 1892 – 1982)

 Cuando Robin llegó a Nueva York con Jenny Petherbridge parecía aturdida. No quiso ni oír hablar de los planes de Jenny de ir a vivir al campo. Dijo que el hotel “bastaba”. Jenny no podía con ella; era como si la fuerza motriz que había accionado la vida de Robin, tanto sus días como sus noches, se hubiera agotado. Estuvo una o dos semanas sin querer salir a la calle, y luego, al creerse sola, empezó a rondar por las estaciones y a subir a trenes a una y otra dirección, a deambular sin rumbo, a entrar a iglesias apartadas, sentándose en el rincón más oscuro o quedándose apoyada en la pared, con un pie vuelto hacia el dedo gordo del otro, con las manos entrelazadas y la cabeza baja. Puesto que había abrazado la fe católica hacía mucho tiempo, ahora entraba a la iglesia como el que abjura de algo; se arrodillaba con la cara entre las manos, mordiéndose la palma, fija en un estupor inmóvil, como el que de pronto oye hablar de muerte; de una muerte que no puede plasmarse hasta que la lengua costernada le da permiso. Con el gesto del ama de casa que viene a poner orden en hogar ajeno, se adelantaba con una vela encendida, la colocaba y daba media vuelta calzándose sus gruesos guantes blancos y, con su zancada lenta, salía de la iglesia. Al cabo de un momento, Jenny, que la había seguido, mirando en derredor para asegurarse de que nadie la observaba, se lanzaba sobre la vela, la sacaba del candelero, la soplaba, volvía a encenderla y la ponía otra vez.

Robin recorría los campos de la misma manera, arrancando flores y hablando a los animales en voz baja. A los que se acercaban a ella los agarraba tirándoles del pelo hacia atrás, hasta que entornaban los ojos y enseñaban los dientes y ella enseñaba los suyos, como si su propia mano de tirara de la piel del cuello.

Puesto que las citas de Robin eran con algo invisible, puesto que en su lenguaje y en sus gestos había un desesperado anonimato, Jenny se ponía histérica. Acusó a Robin de “comunión sensual con espíritus impuros”. Y, al poner su maldad en palabras, se derribó a sí misma. No comprendía nada de lo que Robin sentía o hacía, lo cual era más insoportable que su ausencia. Jenny paseaba por la habitación del hotel, a oscuras, llorando y tropezando.

Robin se acercaba a la zona del país de donde era Nora. Iba estrechando el círculo. A veces, dormía en el bosque; el silencio causado por su llegada volvía a ser roto por los insectos y por los pájaros que regresaban, olvidada la intrusión por efecto de la inmovilidad de Robin, anulada como la gota de agua es anulada al caer en el estanque. A veces, dormía en un banco de la ruinosa capilla (había llevado hasta allí algunos de sus efectos), pero nunca fue más lejos. Una noche, le despertó el ladrido lejano del perro de Nora. Si su aliento llevó al bosque el silencio del temor, ahora el ladrido del perro la hizo incorporarse a ella, rígida e inmóvil.

Medio acre más allá, Nora, sentada junto a un quinqué, levantó la cabeza. El perro corría alrededor de la casa; se le oía a uno y otro lado; corría dando aullidos; ladraba y aullaba cada vez más lejos. Nora se inclinó, escuchando; empezó a tiritar. Al cabo de un momento, se levantó y abrió puertas y ventanas. Luego se sentó con las manos en las rodillas, pero no podía quedarse esperando. Salió. La noche estaba avanzada. No veía nada. Se dirigió hacia la colina. Ya no oía al perro, pero siguió andando. Encima de ella, oyó un roce entre la hierba, tropezó con unas zarzas pero no gritó.

En lo alto de la colina, recortándose débilmente sobre el cielo, se distinguía el blanco borroso de la capilla; había una raya de luz que recorría la puerta. Nora empezó a correr, jurando y llorando, y ciega se precipitó por la puerta de la capilla.

Encima de un altar improvisado, ardían dos velas delante de una Virgen. Su luz se extendía por el suelo y los bancos polvorientos. Delante de la imagen había flores y juguetes. Allí estaba Robin, de cara al altar, con su pantalón de hombre, en actitud sobresaltada y suspensa, con la mano a la altura del hombro. En el momento en que el cuerpo de Nora chocó con la madera, Robin empezó a inclinarse con el pelo ondeando y los brazos extendidos. El perro retrocedía con las patas delanteras en diagonal, el anca trémula, el pelo erizado, la boca abierta, la lengua colgando entre sus dientes brillantes, gimiendo y esperando. Ella siguió agachándose hasta que su cabeza rozó la del animal, gateando, con las venas hinchadas en el cuello, debajo de las orejas y en los brazos y las manos, congestionadas y palpitantes al avanzar.

El perro, con todos sus músculos temblando, dio un salto atrás. La lengua era un arco de terror. El animal retrocedía y retrocedía mientras ella avanzaba, gimiendo a su vez, adelantando el cuerpo con la cabeza ladeada, enseñando los dientes y gimiendo. Acorralado en el rincón, el perro arqueaba el lomo como para huir de algo que le causaba horror y parecía alzarse del suelo; por fin se detuvo, arañando la pared de lado con las patas delanteras que mantenía en alto, vacilantes. Luego, con la cabeza gacha, arrastrando el flequillo por el polvo, ella le golpeó el costado. Él lanzó un aullido de espanto e hizo amago de morderla, corriendo alrededor de ella, saltando a un lado y a otro, manteniéndose siempre de cara a ella, golpeando la pared con los cuartos traseros de un lado y de otro.

Entonces ella también empezó a ladrar, arrastrándose tras él, ladrando con un acceso de risa obscena y conmovedora. El perro, agachado, empezó a correr con ella, cabeza con cabeza, como para pasar junto a ella, golpeando el suelo suavemente con sus patas mullidas. Él corría de un lado al otro gruñendo por lo bajo y ella reía y gruñía con él; gruñían a intervalos más y más cortos, cabeza con cabeza hasta que ella abandonó y se tendió con los brazos a lo largo del cuerpo y la cara vuelta de lado, llorando; y el perro también abandonó y se echó con los ojos inyectados de sangre y la cabeza apoyada en las rodillas de ella.

 

 

© herederos de Djuna Barnes

© Ana María de la Fuentes, de la versión al castellano

de: El bosque de la noche. RBA editores. Barcelona. 1994.

Indro Montanelli. SPQR

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(Fucecchio, 1909 – Milán, 2001)

Desde aquel año de 508 en que fue fundada la República, todos los monumentos que los romanos elevaron un poco en todas partes llevaron la sigla SPQR, que quiere decir: Senatus Populos-Que Romanus, o sea: “el Senado y el pueblo romano”.

Ya hemos dicho lo que era el Senado[1]. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta palabra. En aquellos lejanos días de Roma no incluía toda la ciudadanía, como ocurre hoy, sino tan solo dos “órdenes”, o sea dos clases sociales: la de los “patricios” y la de los équites o “caballeros”.

Los patricios eran los que descendían de los patres, o sea de los fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente, estos acapararon los mejores predios y se consideraron un poco dueños de la casa con respecto a los que vinieron después. Los primeros reyes no habían tenido, en efecto, ningún problema social que resolver, porque todos los súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos encargado por todos los demás del desempeño de funciones determinadas, sobre todo de las religiosas.

Con Tarquinio Prisco había comenzado a llover sobre Roma un montón de otra gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes de los patres mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose dentro de la fortaleza del Senado, accesible solo a los miembros de sus familias. Cada una llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio, Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio.

Fue a partir del momento en que dentro de los muros de la ciudad comenzaron a convivir estas dos poblaciones, los descendientes de los antiguos pioneros y los llegados luego, cuando las clases principiaron a diferenciarse: de un lado, los patricios y del otro, los plebeyos.

No tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en todos los países nuevos, por ejemplo, América del Norte. En lo que es hoy Estados Unidos los patricios se llaman pilgrim fathers, los padres peregrinos, y estaban representados por los trescientos cincuenta colonizadores que fueron los primeros en establecerse allí a bordo de un buque llamado Mayflower, hace poco más de tres siglos. También sus descendientes siguen considerándose aún hoy un poco como los patricios de América pero no han podido mantener ningún privilegio porque las sucesivas oleadas de inmigrantes pronto los sumergieron. Descender de un padre peregrino del Mayflower es solo un título honorífico.

Los patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para defender mejor sus prerrogativas hicieron lo que hacen todas las clases sociales cuando son astutas y se encuentra en minoría numérica: llamaron a los plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a defenderles también a ellos.

Bajo el rey Servio Tulio las clases sociales no eran ya tan solo dos. Entre los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el rey organizó los nuevos comicios centuriados dividiéndolos en cinco clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada contentos porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente “sin cuna”, como se dice hoy, o sea que no tenían antepasados, pero que en compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquinio el Soberbio fue echado y en su puesto se intauró la República, comprendieron que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por aliados a aquellos ricachones que, en el fondo, como todos los burgueses de todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la aristocracia, es decir, del Senado. Si los nobles franceses del siglo XVIII hubiesen hecho otro tanto, se habrían ahorrado la guillotina.

Aquellos ricachones, como hemos dicho, se llamaban équites, caballeros. Procedían todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en senadores. Para lograrlo, no solo votaban siempre, en los comicios centuriados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero lograba convertirse finalmente en senador, no era acogido como pater, es decir, como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de hecho estaba constituida por “padres y conscriptos”, patres et conscripti.

El pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y caballeros. Todo el resto era plebe y no contaba. En esta se incluía un poco de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleaduchos y libertos. Y, naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de sangre y la de las carteras repletas.

Esa lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido, tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban en filas, se habían cargado de deudas, que en aquellos tiempos no era cosa baladí como lo es ahora. Quien no las pagaba se convertía automáticamente en esclavo del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo.

Si los acreedores eran varios estaban autorizados también a repartirse el cuerpo del desdichado tras haberle degollado. Y aun cuando, al parecer, no se llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente incómoda.

¿Qué podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas clases: las que tenían demasiado pocas centurias y, por ende, pocos votos para imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por boca de los más desenvueltos, que sabían hablar, la anulación de las deudas, un nuevo reparto de tierras que les permitiese reemplazar el predio perdido y el derecho a elegir magistrados propios.

Los “órdenes” y el Senado prestaron oídos de mercader a estas demandas. Y entonces, la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a partir de aquel momento no darían ni un bracero a la tierra ni un obrero a las industrias ni un soldado al ejército.

Esta última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos momentos, reestablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa, latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos, desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volscos, que ya estaban sumergiendo las ciudades de la Liga.

El Senado, con el agua en el cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Y Menecio Agripa, para convencerles, les contó la historia de aquel hombre cuyos miembros, para fastidiar al estómago, se habían negado a procurarle comida; con lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se habían convertido en esclavos porque no las habían pagado y autorizaba a la plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba en el Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir Roma.

Finalmente, en Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían caído en la esclavitud por ellas y puso a la plebe bajo la protección de dos tribunos y de tres ediles elegidos por esta cada año. Fue la primera gran conquista del proletariado romano, la que dio el instrumento legal para alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 es muy importante en la historia de la Urbe y de la democracia.

Con el retorno de los plebeyos fue posible poner en campaña un ejército para la amenaza de los volscos y de los ecuos. En esta guerra, que duró cerca de sesenta años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El peligro común le mantuvo fieles no solo a los aliados latinos y sabinos, sino también a otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos.

En los combates que en seguida se encendieron con éxito incierto, se distinguió, cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una ciudad que había expugnado. Era un conservador intransigente y se oponía a que el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. Los tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio. Coroliano se pasó entonces al enemigo, hizo entregarse el mando y, como buen estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.

También a él los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No hubo manera. Solo cuando vio acercárseles, suplicantes, a su madre y a su esposa, ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron derrotados y obligados a retirarse.

Sobre su remolino aparecieron los ecuos que ya habían despanzurrado a Frascati. Lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes de dictador a L. Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército, liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431, a una definitiva victoria; luego, depuesto el mando después de haberlo ejercido solamente durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido.

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Pero aún antes de esta feliz conclusión una nueva guerra se había encendido en el Norte por parte de la etrusca Veyes que no quería perder aquella favorable ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las manos libres las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador. Este fue Marco Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea, la “soldada”. Hasta entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio gratis y si tenían mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes.

Esta gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los romanos: cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros cuadrados, pero abrigaron hondos recelos de quien se los había procurado. Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria, empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se marchó voluntariamente al exilio, en Árdea.

Tal vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos, el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que, venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos, los senones: mas una de estas, al mando de Breyo, dirigióse hacia el sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia y marchó sobre Roma.

Los historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que debió ser muy desagradable para la Urbe. Dicen que cuando los galos intentaron escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno se pusieron a chillar despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores, rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huído en masa para refugiarse entre los montes circundantes. Dicen también que los senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solamente sentados en los toscos sillones de madera de su curia y que uno de ellos, Papirio, al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Brenno, tras haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no sé cuántos kilos de oro e impuso, para pesarlo, una balanza apañada. Los senadores protestaron y entonces Brenno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la famosa frase: Vae victis!, “¡ay de los vencidos!”. A lo que Camilo, reapareciendo de milagro respondería: Non auro, sed ferro, recuperanda est patria, “la patria se restaura con el hierro, no con el oro”, se pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo.

La verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la Emilia y Lombardía, facilitando a Camilo, llamado urgentemente de Árdea, a reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos. Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir la ciudad y el ejército.

Los mismos que le habían llamado ambicioso y ladrón le llamaron ahora “el segundo fundador de Roma”.

Pero mientras sucedía todo esto en el frente exterior, la Urbe alcanzaba en el interior una importante meta con la Ley de las Doce Tablas.

Fue un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no cesaban de pedir que las  leyes no fuesen dejadas más en manos de la Iglesia, que a su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en caso de inflingirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen humor un asesino podía salir de apuros; si el dios tenía mal día un pobre ladronzuelo de gallinas podía terminar en la horca. Dado que quienes interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los plebeyos se sentían indefensos.

Bajo la presión del peligro exterior, de los volscos, de los ecuos, de los veientos, de los galos y la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado, tras muchas resistencias, capituló y mandó a tres de sus miembros a Grecia para estudiar lo que había hecho Solón en este terreno. Cuando los mensajeros volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio, redactaron el código de las Doce Tablas que constituyó la base, escrita y pública, del derecho romano.

Esta gran conquista lleva la fecha del año 451, que correspondía, aproximadamente, al tricentenario de la fundación de la Urbe.

No anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a los decenviros para realizarla les gustó tanto a estos que al finalizar el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había dado. Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar ejerciéndolos para reducir la esclavitud y vencer la resistencia de una bella y apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que dejar a su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota. Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro (ya había aprendido) y el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los decenviros (con profunda satisfacción, creemos) que no podía mantenerles en el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en bandido y el poder ejecutivo fue devuelto a los cónsules.

No era aún el triunfo de la democracia, que solo había de venir un siglo después, con las leyes de Licinio Sextio, pero era ya un gran paso adelante. La P de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populus, tal y como nosotros lo entendemos hoy.

 

 

© herederos de Indro Montanelli

© Domingo Pruna, de la versión al castellano

de: Historia de Roma. Plaza y Janés editores. Barcelona. 1985

 

 

N O T A

[1] Institución cuyo nombre proviene del Consejo de Ancianos. Nació durante la monarquía romana como un órgano consultivo y que luego adquirió mayor relevancia con los siglos y los cambios de modelos políticos. Al inicio su número era de 30 senadores, con la República llegó a 300 y en época imperial hasta los 900. Se encargaba de ratificar las leyes, dirigir la política exterior, las finanzas y la religión en Roma.

El mortal inmortal. Mary Shelley

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(Londres, 1797 – 1851)

16 de julio de 1883. Este es un aniversario memorable para mí. ¡En esta fecha celebro mi cumpleaños trescientos veintitrés!

¿El Judío Errante? Por supuesto que no. Sobre su cabeza han pasado más de dieciocho siglos. En comparación con él, yo soy un Inmortal muy joven. Entonces, ¿soy un inmortal? Es una pregunta que me he formulado durante trescientos tres años y aún no soy capaz de contestarla. Hoy mismo detecté una cana entre mi pelo castaño… sin duda significa decadencia. No obstante, puede que haya permanecido oculta durante trescientos años, ya que algunas personas han encanecido por completo antes de cumplir los veinte años.

Contaré mi historia y el lector juzgará por mí. Contaré mi historia y así procuraré pasar algunas horas de una larga eternidad, tan agotadora para mí.

¡Para siempre! ¿Puede ser? ¡Vivir para siempre! He oído hablar de encantamientos en que las víctimas fueron arrojadas a un profundo sueño, para despertar después tan jóvenes como siempre; he oído hablar de los Siete Durmientes [1], sin ser agotador ser inmortal así: pero, ¡oh!, la carga del tiempo interminable, el paso tedioso de las horas. ¡Qué feliz era el legendario Nourhajad![2] Vuelvo a mi tarea.

Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan inmortal como sus artes me hicieron a mí. Todo el mundo ha oído hablar también de su alumno, quien, sin saberlo, despertó al espantoso espíritu durante la ausencia de su maestro y fue destrozado por él [3]. El informe, cierto o falso, fue escuchado con grandes inconvenientes para el renombrado filósofo. Todos sus discípulos le abandonaron en el acto… sus sirvientes desaparecieron. No tenía a nadie cerca de él para que alimentara con carbón sus fuegos siempre llameantes mientras dormía o cuidara de los colores cambiantes de sus medicinas mientras estudiaba. Experimento tras experimento fracasó, ya que un par de manos no bastaba para acabarlos: los espíritus oscuros se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo moral a su servicio.

Entonces yo era muy joven —muy pobre— y estaba muy enamorado. Había sido durante un año el pupilo de Cornelius, aunque me encontraba ausente cuando este accidente tuvo lugar. Al regresar, mis amigos me imploraron que no me quedara en la morada del alquimista. Temblé mientras escuchaba la terrible historia que me narraron, no me hizo falta una segunda advertencia. Y cuando Cornelius llegó y me ofreció una bolsa de oro si permanecía bajo su techo, sentí como si el mismo Satanás me estuviera tentando. Me castañetearon los dientes, el pelo se me puso de punta y corrí a la velocidad que me permitieron las débiles rodillas.

Mis titubeantes pasos me condujeron al mismo lugar al que durante dos años había sido atraído cada noche: una fuente de puras aguas blancas y burbujeantes junto a la cual una muchacha de cabellos oscuros, cuyos ojos brillantes estaban clavados en el sendero que yo solía recorrer todas las noches. No puedo recordar la hora en la que no amé a Bertha. Habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde la infancia. Sus padres, como los míos, eran humildes pero respetables, y nuestra relación había sido una fuente de gozo para ellos. En una hora nefasta, una fiebre maligna se llevó a su padre y a su madre, dejando a Bertha huérfana. Habría encontrado un hogar bajo mi techo paterno, pero, lamentablemente, la vieja dama del castillo próximo, rica, sin hijos y solitaria declaró su intención de adoptarla. A partir de ese instante Bertha vistió con sedas, habitó en un lugar de mármoles y se la consideró favorecida por la fortuna. Sin embargo, en su nueva familia, Bertha siguió siendo leal al amigo de días más humildes; a menudo visitaba la cabaña de mi padre y, cuando se le prohibió venir, se desviaba hacia el bosque cercano y se encontraba conmigo junto a su umbría fuente.

A menudo declaró que no le debía lealtad a su nueva protectora, igual de sagrada a la que nos unía a nosotros. No obstante, yo seguía siendo demasiado pobre para casarme y ella se cansó de verse atormentada por mi culpa. Tenía un espíritu altanero pero impaciente, y se encolerizó por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos encontrábamos después de un período de ausencia y ella había estado profundamente molesta, mientras yo me encontré lejos; se quejó con amargura y casi me reprochó por ser pobre. Yo me apresuré a responder:

—¡Aunque pobre, soy honesto! ¡Si no, pronto podría ser rico!

Esta exclamación provocó mil preguntas. Temí asustarla contándole la verdad, mas logró sacármela. Y, entonces, lanzándome una mirada de desdén, dijo:

—¡Dices amarme, pero temes enfrentarte al Diablo por mí!

Protesté que solo había temido ofenderla, pero ella siguió pensando en la magnitud del premio que recibiría. Así animado, humillado por ella, empujado por el amor y la esperanza, riéndome de mis últimos temores, con pasos rápidos y el corazón ligero regresé a aceptar la oferta del alquimista y al instante me instalé en mi puesto.

Pasó un año. Me convertí  en poseedor de una considerable cantidad de dinero. La costumbre había desterrado mis temores. A pesar de la más dolorosa vigilancia, jamás había detectado rastro de un pie satánico, ni el estudioso silencio de nuestra morada se vio perturbado alguna vez por un aullido demoníaco. Aún mantenía mis citas robadas con Bertha y la Esperanza vivía en mí —Esperanza—, pero no el gozo perfecto, pues Bertha imaginaba que el amor y la seguridad eran enemigos y su placer era el de dividirlos en mi pecho. Aunque de corazón leal, tenía una naturaleza algo coqueta y yo era celoso como un turco. Me menospreciaba de mil maneras, aunque nunca reconocía estar equivocada. Me enloquecía de ira y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces manifestaba que yo no era demasiado sumiso y entonces me contaba alguna historia de un rival, favorito de su protectora. Estaba rodeada por jóvenes vestidos de seda —ricos y despreocupados— ¿qué posibilidad tenía el humilde aprendiz de Cornelius comparado con ellos?

En una ocasión el filósofo me exigió tanto tiempo personal que fui incapaz de reunirme con ella, tal como era mi deseo. Este se hallaba ocupado en un importante trabajo y yo me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando sus hornos y vigilando sus preparados químicos. Bertha me aguardó en vano junto a la fuente. Su altivo espíritu se encendió ante mi descuido, y cuando por fin logré escaparme durante los pocos minutos que se me concedían para dormir, esperando consolarla, me recibió con desdén, me despidió con desprecio y juró que cualquier hombre poseería su mano en lugar de aquel que no podía estar en dos lugares al mismo tiempo por su amor. ¡Sería vengada! Y en verdad que lo fue. En mi sucio refugio oí que había ido de caza en compañía de Albert Hoffer. Este tenía el favor de su protectora y los tres pasaron en sus caballos delante de mi humeante ventana. Me pareció que mencionaban mi nombre… seguido por una risa despectiva mientras sus oscuros ojos se alzaban con menosprecio hacia mi morada.

Los celos, con todo su veneno y su miseria, entraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas al pensar que jamás la llamaría mía y lancé mil maldiciones a su inconstancia. No obstante, aún tuve que avivar los fuegos del alquimista y atender los cambios de sus ininteligibles medicinas.

Cornelius había guardado vigilancia durante tres días y tres noches sin cerrar nunca los ojos. El progreso de sus alambiques era más lento de lo que esperaba: a pesar de su ansiedad el sueño le pesaba en los párpados. Una y otra vez hacía a un lado la somnolencia con energía más que humana, una y otra vez penetraba en sus sentidos. Observó sus crisoles con añoranza:

—Todavía no están listos —murmuró—; ¿ha de trancurrir otra noche antes de que el trabajo esté conseguido? Winzy, tú eres vigilante, eres leal… tú has dormido, muchacho, has dormido anoche. Mira ese frasco de cristal, el líquido que contiene es de un rosa pálido. En el momento en que su tonalidad cambie, despiértame; hasta ese momento podré cerrar los ojos. Primero se volverá blanco y luego emitirá destellos dorados, pero no aguardes hasta entonces. Cuando el rosa se desvanezca, levántame.

Apenas oí las últimas palabras, ya que habían sido musitadas casi en sueño. Y aún así no cedió del todo ante la naturaleza.

—Winzy, muchacho —repitió— no toques el frasco, no te lo lleves a los labios; es un filtro… Un filtro para curar el amor, tú no quieres dejar de amar a tu Bertha. ¡Cuídate de beberlo!

Y durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho y oí débilmente su respiración regular. Durante unos minutos observé el frasco… la tonalidad rosada del líquido permaneció inalterada. Luego, mis pensamientos vagaron: visitaron la fuente y repasaron mil escenas encantadoras que jamás serían renovadas… ¡Jamás! Vívoras y culebras se cobijaban en mi corazón mientras la palabra “jamás” se formaba a medias en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y cruel! Nunca más me sonreiría como le sonrió esa noche a Albert. ¡Mujer despreciable, detestable! No me quedaría sin ser vengado… vería morir a Albert a sus pies, ella moriría también bajo mi venganza. Había sonreído con desdén y triunfo, sabía de mi desgracia y de su poder. Sin embargo, ¿qué poder poseía? El de estimular mi odio, mi absoluto desprecio, mi… ¡Oh, todo menos mi indiferencia! Si tan solo pudiera conseguir eso, mirarla con ojos indiferentes, transfiriendo mi amor rechazado a una mujer más hermosa y más leal. ¡Eso sí que sería una victoria!

Un relámpago brillante surgió ante mis ojos. Había olvidado la medicina del adepto, la miré maravillado: relámpagos de admirable belleza, más brillantes que los destellos que emite un diamante cuando se posan los rayos del sol en él, salían de la superficie del líquido, un olor de lo más fragante y grato invadió mi olfato. El frasco parecía un globo de brillo vivo, adorable al ojo y de lo más invitador al paladar. El primer pensamiento que tuve, inspirado por los sentidos menos nobles, fue: beberé, debo beber… Alcé el frasco a los labios.

—¡Me curará del amor… de la tortura!

Ya había vaciado la mitad del licor más delicioso que jamás hubiera probado paladar humano, cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé caer el frasco de cristal: el líquido llameó y danzó sobre el suelo, mientras yo sentía la mano de Cornelius en mi cuello al tiempo que gritaba:

—¡Desgraciado! ¡Has destruido el trabajo de mi vida!

El filósofo ignoraba que yo había bebido algo de su droga. Creía, con mi asentimiento tácito, que había levantado el frasco por curiosidad y, asustado por su brillo y por los destellos de intensa luz que emitía, lo había dejado caer. Nunca le saqué de su engaño. El fuego de la medicina estaba apagado, la fragancia desapareció… y él se calmó, como todo filósofo bajo la prueba más dura y me mandó a descansar.

No intentaré describir el sueño de gloria y felicidad que bañó mi alma en el paraíso durante las restantes horas de aquella noche memorable. Las palabras serían opacas y huecas para explicar mi gozo o la alegría que dominaba mi pecho cuando desperté. Caminaba en el aire… mis pensamientos moraban en el cielo. La tierra parecía el cielo y mi herencia en ella era la de un trance de júbilo.

“Esto de estar curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy y encontrará a su amor frío y distante, demasiado feliz para ser desdeñoso, ¡pero terriblemente indiferente hacia ella!”

Las horas transcurrieron rápidamente. El filósofo, seguro de que había tenido éxito en una ocasión y creyendo que podría tenerlo de nuevo, comenzó a mezclar la misma medicina una vez más. Se encerró con sus libros y drogas y yo disfruté de vacaciones. Me vestí con esmero, me miré en un viejo, pero bruñido escudo que me sirvió de espejo. Creí que mi apariencia había mejorado de manera maravillosa. Me apresuré a salir de los límites de la ciudad con el alma bañada por el júbilo y rodeado por la belleza del cielo y de la tierra. Encaminé mis pasos hacia el castillo y ya podía ver sus altas torretas con el corazón ligero, pues estaba curado del amor. Mi Bertha me vio a lo lejos mientras subía por la avenida. No supe que impulso súbito animó su pecho, pero al verme bajó con la agilidad de un fauno por las escaleras de mármol y corrió hacia mí. Sin embargo, otra persona me había observado. La vieja bruja de noble cuna, esa que se llamaba su protectora y que era su tirana, también me había visto. Cojeó, jadeante, terraza arriba, mientras un paje, tan feo como ella, la ayudaba y la abanicaba según avanzaba y detuvo a mi hermosa niña con las siguientes palabras:

—¿Adónde va, mi intrépida señora… adónde con tantas prisas? De regreso a tu jaula… ¡los halcones andan sueltos!

Bertha juntó las manos… con los ojos clavados en mi silueta cada vez más próxima. Vi el enfrentamiento. Cuánto odié a la vieja bruja que frenaba los amables impulsos del suavizado corazón de mi amada Bertha. Hasta ahora, el respeto por su posición social me había hecho evitar el castillo de la anciana dama. En esta ocasión desdeñé tales consideraciones triviales. Estaba curado del amor y elevado por encima de todos los temores humanos. Aceleré el paso y pronto llegué a la terraza. ¡Qué hermosa se veía Bertha! Sus ojos lanzaban llamas, las mejillas le brillaban con impaciencia y furia. Estaba mil veces más encantadora y grácil que nunca… Yo ya no la amaba. ¡Oh, no! ¡La adoraba, la idolatraba!

Aquella mañana había sido hostigada con algo más que la vehemencia habitual para que consintiera un matrimonio inmediato con mi rival. Se le reprochó el aliento que le había mostrado y se la amenazó con echarla en desgracia y humillación. Ante esa amenaza, su orgulloso espíritu se sublevó; pero cuando recordó el desdén con el que me había tratado y cómo, quizás, de esa manera había perdido a la única persona que ahora consideraba su amigo, lloró con remordimiento y con furia. En ese momento aparecí yo.

—¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a la cabaña de tu madre, rápido, deja que abandone los lujos odiados y la perfidia de esta noble morada. Llévame a la pobreza y la felicidad.

La abracé con arrebato. La vieja dama estaba muda de ira y comenzó a soltar imprecaciones cuando nos encontramos ya de camino a mi casa natal. Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, que había escapado de una jaula de oro en busca de la naturaleza y la libertad con ternura y júbilo. Mi padre, que la amaba, le dio una calurosa bienvenida. Fue un día de gozo que no necesito de la poción celestial del alquimista para sumirme en el deleite.

Poco después de aquel memorable día me convertí en el marido de Bertha.

Dejé de ser el alumno de Cornelius, pero seguí siendo su amigo. Siempre sentí gratitud hacia él por haberme conseguido, aunque involuntariamente, esa espléndida pócima de un elíxir divino que, en vez de curarme del amor, (¡triste cura!, solitario e infeliz remedio para males que parecen bendiciones al recuerdo) me había inspirado valor y decisión, haciéndome ganar un inestimable tesoro en la persona de mi Bertha.

A menudo recordaba maravillado ese período embriagador casi de trance. La bebida de Cornelius no había cumplido la misión para la que él afirmaba que había sido preparada, pero sus efectos eran más potentes y felices de lo que pueden expresar las palabras. Poco a poco habían pasado, aunque aún permanecían, y coloreaban la vida con tonalidades de esplendor. A veces Bertha se preguntaba por mi ligereza de corazón y mi inusual júbilo, ya que antes yo había sido más bien de disposición seria, incluso triste. Me amaba más por mi temperamento vivaz y nuestros días estuvieron en alas de la alegría.

Cinco años después fui llamado repentinamente al lecho del moribundo Cornelius. Me había mandado a buscar, solicitando mi presencia inmediata. Lo encontré tumbado en su camastro, debilitado hasta la muerte. La vida que aún le quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban clavados en un frasco de cristal, lleno con un líquido rosado.

—¡Mira —dijo, con voz rota y remota— la vanidad de los deseos humanos! Por segunda vez mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas y por segunda vez fueron destruidas. Mira ese licor… Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban probar el Elíxir de la Inmortalidad… ¡Tú me lo quitaste! Y ahora ya es demasiado tarde.

Habló con dificultad y volvió a caer sobre la almohada. No pude evitar preguntar:

—¿Cómo, maestro, puede una cura para el amor restaurar una vida? Una débil sonrisa le iluminó la cara mientras escuchaba con atención su respuesta apenas inteligible.

—Una cura para el amor y para todas las cosas: el Elíxir de la Inmortalidad.

¡Ah! ¡Si ahora pudiera beber, viviría para siempre!

Mientras hablaba el líquido lanzó un destello dorado: una fragancia que recordaba perfectamente inundó la atmósfera. Cornelius se incorporó, débil como estaba —la fuerza pareció invadir milagrosamente su cuerpo—, alargó la mano… una explosión sonora me sobresaltó. ¡Una lengua de fuego salió disparada del elíxir y el frasco de cristal que lo contenía quedó reducido a átomos! Giré los ojos hacia el filósofo. Había vuelto a echarse: tenía los ojos vidriosos, las facciones rígidas… ¡estaba muerto!

¡Pero yo vivía y viviría para siempre! Eso dijo el desafortunado alquimista y durante unos días creí sus palabras. Recordé la gloriosa ebriedad que había seguido a la pócima que tomé. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi cuerpo… en mi alma. La extraordinaria elasticidad del primero, la vigorosa ligereza de la segunda. Me observé en un espejo y no pude percibir ningún cambio en mis facciones en el período de cinco años que había transcurrido. Recordé los colores radiantes y el grato aroma de aquella pócima deliciosa: era valioso el don que concedía. Entonces, ¡yo era inmortal!

Unos pocos días después me reí de mi incredulidad. El viejo proverbio de que “uno no es profeta en su propia tierra” era cierto con respecto a mí y a mi difunto maestro. Lo amé como hombre y lo respeté como sabio, pero despreciaba la noción de que podía dominar los poderes de la oscuridad y me reí de los temores supersticiosos con que lo contemplaba el vulgo. Era un filósofo sabio, pero no tenía relación alguna con ningún espíritu, salvo los de carne y hueso. Su ciencia era, sencillamente, humana. Y la ciencia humana, pronto me convencí a mí mismo, jamás sería capaz de conquistar las leyes de la naturaleza, hasta llegar a aprisionar el alma para siempre en su morada carnal. Cornelius había preparado un brevaje que tonificaba el alma —más embriagador que el vino—, más dulce y aromático que cualquier fruta: probablemente poseía fuertes poderes medicinales que impartían júbilo al corazón y vigor a las extremidades, pero sus efectos pasarían. Ya estaban disminuyendo en mi cuerpo. Yo era afortunado por haber bebido salud y gozo y, quizás, larga vida de manos de mi maestro, mas mi suerte terminaba ahí. La longevidad era bastante diferente de la inmortalidad.

Seguí manteniendo esa creencia durante muchos años. A veces me invadía un pensamiento… ¿De verdad había estado engañado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que me encontraría con el destino de los hijos de Adán a su debido tiempo… quizás un poco más tarde, pero a una edad natural. No obstante, no cabía duda de que mantenía un aspecto maravillosamente juvenil. Se reían de mí por mi vanidad de consultar el espejo tan a menudo, pero lo consultaba en vano: mi frente permanecía sin arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan impecable como en mi vigésimo cumpleaños.

Me sentí atribulado. Miraba la belleza desvanecida de Bertha… más bien parecía su hijo. Poco a poco nuestros vecinos comenzaron a realizar observaciones similares y al final descubrí que se me conocía por el nombre de Sabio encantado. La propia Bertha empezó a sentirse inquieta. Se volvió celosa e irritable y por último empezó a cuestionarme. No teníamos hijos, estábamos solos los dos. Y aunque a medida que envejecía su espíritu vivaz se tornaba un poco malhumorado y su belleza disminuía tristemente, yo la amaba en mi corazón como la amante que había idolatrado, la esposa que había buscado y ganado con un amor tan perfecto.

Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable. Bertha tenía cincuenta años, yo veinte. Con vergüenza yo había adoptado en cierta medida los hábitos de una edad más avanzada. En el baile ya no me mezclaba con los jóvenes y alegres, sino que mi corazón se unía a ellos, mientras contenía los pies y me convertí en una penosa figura entre los jóvenes de nuestra villa. Pero antes del tiempo que ahora menciono las cosas se vieron alteradas y nos encontramos universalmente aislados. Se decía que nosotros —al menos yo— habíamos mantenido una relación perversa con algunos de los supuestos amigos de mi maestro. Sentían pena por la pobre Bertha, mas la abandonaron. A mí se me observó con horror y odio.

¿Qué debía hacer? Nos sentábamos delante del fuego invernal: la pobreza se había hecho sentir, pues nadie compraba los productos de mi granja y a menudo me veía obligado a viajar treinta kilómetros hasta algún lugar donde no era conocido para venderlos. Es verdad que habíamos ahorrado algo para un día aciago… y ese día había llegado.

Nos sentábamos junto a nuestro solitario fuego invernal: el joven de corazón viejo y su vieja esposa. Una vez más Bertha insistió en conocer la verdad. Rememoró todo lo que había oído decir acerca de mí y añadió sus propias observaciones. Me invocó a soltar el hechizo, describió cuánto más hermoso era el cabello cano que mis rizos castaños, habló sobre el respeto y el honor que se ganaban con la edad. Cuán preferibles a la poca consideración que se les prestaba a los jóvenes. ¿Es que yo imaginaba que los despreciables dones de la juventud y la buena apariencia superaban la desgracia, el odio y el desdén? No, al final se me quemaría como un practicante del arte negro, mientras que a ella, a quien no me había dignado comunicarle ni una parte de mi buena fortuna, podría ser lapidada como cómplice mía. Por último, insunuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle los mismos beneficios de los que yo disfrutaba, de lo contrario, me denunciaría. Entonces, prorrumpió en lágrimas.

Así acosado, consideré mejor contar la verdad. Se la revelé con toda la ternura que fui capaz de mostrar y solo hablé de una vida muy larga, no de inmortalidad. Representación que, por cierto, coincidía, más con mis propias ideas. Cuando finalicé, me levanté y dije:

—Y ahora, Bertha mía, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tú debas sufrir por mi mala suerte y las malditas artes de Cornelius. Te dejaré, tienes suficientes riquezas y los amigos regresarán con mi ausencia. Me iré, como joven parezco y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el sustento entre extraños, desconocido y sin levantar sospechas. Te amé en la juventud, Dios es testigo de que no te abandonaría en la vejez, pero tu felicidad y seguridad así lo requieren.

Cogí la gorra y me dirigí hacia la puerta. Al instante los brazos de Bertha me rodearon el cuello y presionó sus labios contra los míos.

—No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo, llévame contigo. Nos iremos de este lugar y, como tú afirmas, entre extraños pasaremos desapercibidos y estaremos seguros. No soy tan vieja como para avergonzarte, mi Winzy, y me atrevo a decir que el hechizo pasará pronto y, con la bendición de Dios, adquirirás un aspecto mayor, como es lo correcto. No me dejarás.

Devolví el abrazo con calor.

—No lo haré, mi Bertha. Solo por tu bien había pensado en algo semejante. Seré tu esposo fiel y leal mientras estés conmigo y cumpliré con mi deber haci ti hasta el último momento.

Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra partida. Nos vimos obligados a realizar grandes sacrificios pecuniarios, no pudo evitarse. Por último, conseguimos una cantidad suficiente para mantenernos, como mínimo, mientras Bertha viviera. Y, sin despedirnos de nadie, abandonamos nuestro país natal para refugiarnos en un lugar remoto de la Francia occidental.

Fue cruel trasladar a la pobre Bertha de su ciudad natal y de sus viejos amigos a un nuevo país, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El extraño secreto de mi destino hizo que este traslado fuera insignificante para mí, pero sentí gran compasión por ella y me alegró ver que encontraba compensación a sus desgracias en una variedad de circunstancias mínimas y ridículas. Lejos de todos los chismosos se afanó por reducir la aparente disparidad de nuestras edades con mil artes femeninas: maquillaje, vestidos juveniles y vivacidad de modales. No podía enfadarme, ¿acaso yo mismo no llevaba una máscara? ¿Por qué irritarme con la de ella por tener menos éxito? Me afligió profundamente recordar que esta era mi Bertha, a quien tanto había amado y a quien había ganado con tanto arrebato. La joven de ojos y cabellos oscuros, con sonrisas de encantadora astucia y paso de fauno. Esta anciana remilgada, bobalicona y celosa. Debí haber reverenciado sus rizos grises y mejillas marchitas, ¡pero esto! Era mi obra, lo sabía, pero no por ello deploraba menos esta clase de debilidad humana.

Sus celos jamás descansaban. Su principal ocupación era descubrir que a pesar de la apariencia exterior yo mismo envejecía. Sinceramente, creo que la pobre alma me amaba de verdad en su corazón, pero jamás una mujer tuvo una manera más atormentadora de expresar afecto. Veía arrugas en mi cara y decrepitud en mi andar, mientras que yo marchaba con vigor juvenil, siendo el más joven entre los jóvenes. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En una ocasión, imaginando que la bella del poblado me contemplaba con ojos de aceptación, me compró una peluca gris. Su discurso constante entre sus conocidos era que, aunque parecía tan joven, mi cuerpo estaba enfermo. Y afirmaba que mi peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y que debía estar preparado constantemente, si no para una muerte súbita y terrible, al menos sí para despertar una mañana con el pelo cano y encorvado con todas las marcas de los años avanzados. Sus advertencias se mezclaban con mis interminables especulaciones respecto a mi extraño estado y adquirí un vivo interés, aunque doloroso, a escuchar todo lo que su rápida inteligencia y exitada imaginación podían decir sobre el tema.

¿Por qué seguir con estas nimias circunstancias? Vivimos durante muchos y largos años. Bertha tuvo que permanecer en cama por una parálisis: la cuidé como una madre haría con su hija. Se tornó irritable y aún seguía obsesionada con el tiempo que yo la sobreviviría. Siempre ha sido una fuente de consuelo para mí el hecho de que realicé mi deber con escrupulosidad hacia ella. Había sido mía en su juventud y era mía en la vejez. Y, por fin, cuando la cubrí con la mortaja, lloré al saber que había perdido todo lo que en verdad me unía a la humanidad.

Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y aficiones y cuán pocos y vacíos mis gozos! Me detengo aquí en mi historia, no continuaré más. Un marinero sin temor ni compás arrojado a un mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo sin hito ni estrella para guiarle. Ese he sido yo, pero más perdido y desvalido que ellos. A estos podría salvarlos un barco que se acerca o una cabaña lejana, pero yo no tengo ningún faro, excepto la esperanza de la muerte.

¡Muerte! ¡Misteriosa amiga de cara lúgubre de la débil humanidad! ¿Por qué a mí, de entre todos los mortales, has apartado de tu brazo protector?¡Oh, por la paz de la tumba, el silecio del féretro, deja de trabajar en mi cerebro y que mi corazón no lata más con emociones afectadas solo por diversas sombras de tristeza!

¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más probable que la pócima del alquimista tuviera más bien longevidad que vida eterna? Tal es mi esperanza. Y he de recordarse que solo bebí la mitad de la poción. ¿No sería necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la mital del Elíxir de la Inmortalidad solo es ser medio inmortal… así, mi Siempre se ve truncado y anulado.

Pero, una vez más, ¿quién es capaz de numerar los años de media eternidad?

A menudo trato de imaginar por qué regla puede dividirse el infinito. A veces tengo la fantasía de que los años caen sobre mí. He encontrado una cana. ¡Necio!

¿Me lamento? Sí, a menudo el temor de la edad y la muerte reptan fríamente en mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte, aunque aborrezca la vida. Ese enigma es el hombre nacido para perecer, cuando lucha, como yo, contra las establecidas leyes de su naturaleza.

Pero seguro que por esta anomalía de sentimiento quizás muera: la medicina del alquimista no será resistente al fuego, a la espada o a las asfixiantes aguas. He mirado las azules profundidades de muchos lagos plácidos y el tumultuoso torrente de muchos ríos poderosos y he dicho: la paz mora en esas aguas. Sin embargo, me he alejado de allí para vivir un día más. Me he preguntado si el suicidio sería un crimen para alguien al que solo de esa manera se le abrirían los portales del otro mundo. He hecho todo, salvo presentarme como soldado o duelista, un objeto de destrucción para mis… no, no mis compañeros mortales, razón por la que lo he evitado. No son mis compañeros. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo y su efímera existencia nos separa como los polos. No podría alzar una mano contra el más débil de los más poderosos de entre ellos.

De este modo he vivido durante muchos años, solo y cansado de mí mismo, deseoso de la muerte, pero sin morir jamás, un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden invadir mi mente y el amor ardiente que roe mi corazón jamás será devuelto. Jamás encontrará un igual en quien abrazarse, vive solo para atormentarme.

Hoy he ideado un plan con el que tal vez acabe con todo, sin la autodestrucción y sin hacer de otro hombre un Caín… una expedición a la que ningún cuerpo mortal podrá sobrevivir, incluso imbuido con una juventud y fuerza que habitan en mí. Así atacaré mi inmortalidad y descansaré para siempre o retornaré para ser la maravilla y benefactor de la especie humana.

Antes de partir, una miserable vanidad me ha hecho escribir estas páginas.

No moriré sin dejar un nombre atrás. Tres siglos han pasado desde que bebiera la fatal poción. No transcurrirá otro año antes de que, encontrando gigantescos peligros, luchando contra los poderes de la helada en su propio terreno, asolado por el hambre y la tempestad, entregue este cuerpo, una jaula demasiado tenaz para un alma que anhela la libertad, a los elementos destructivos del aire y del agua… O, si sobrevivo, mi nombre será grabado como el más famoso de los hijos entre los hombres. Y, una vez conseguido mi objetivo, adoptaré unos medios más decisivos y, esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi cuerpo, liberaré la vida aprisionada en su interior, tan cruelmente frenada para partir de esta sombría tierra a una esfera más afín con su esencia inmortal.

 

© Mary Shelley

 

N O T A S

[1] Alusión a la leyenda cristiana “Los siete durmientes de Éfeso”.

[2] Protagonista de la novela La historia de Nourhajad, escrita por el escritor irlandés Frances Sheridan, en 1767.

[3] Se trata de Fonske, pupilo del alquimista y nigromante Cornelius Agrippa. Un día, a espaldas de Agrippa, Fonske invocó al demonio Quasiloco por error y acabó siendo asesinado, víctima de su propia negligencia. De acuerdo con la leyenda, esto ocurrió en Lovaina, durante una de las estancias de Agrippa, que era perseguido por el rey Francisco I de Francia. A consecuencia de esta tragedia, el maestro tuvo que huir de dicha ciudad.

 

Jorge Luis Borges. El tiempo circular

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo

(Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986)

Yo suelo regresar eternamente al Eterno Regreso; en estas líneas procuraré (con el socorro de algunas ilustraciones históricas) definir sus tres modos fundamentales.

El primero ha sido imputado a Platón. Este, en el trigésimo noveno párrafo del Timeo, afirma que los siete planetas, equilibradas sus diversas velocidades, regresarán al punto inicial de partida: revolución que constituye un año perfecto. Cicerón ( De la naturaleza de los dioses, libro segundo) admite que no es fácil el cómputo de este vasto período celestial, pero que ciertamente no se trata de un plazo ilimitado; en una de sus obras perdidas, le fija doce mil novecientos cincuenta y cuatro “de los que nosotros llamamos años” (Tácito:  Diálogo de los oradores, 16). Muerto Platón, la astrología judiciaria cundió en Atenas. Esta ciencia, como nadie lo ignora, afirma que el destino de los hombres está regido por la posición de los astros. Algún astrólogo que no había examinado en vano el Timeo formuló este irreprochable argumento: si los períodos planetarios son cíclicos, también la historia universal lo será; al cabo de cada año platónico renacerán los mismos individuos y cumplirán el mismo destino. El tiempo atribuyó a Platón esa conjetura. En 1616 escribió Lucilio Vanini: “De nuevo Aquiles irá a Troya; renacerán las ceremonias y religiones; la historia humana se repite; nada hay ahora que no fue; lo que ha sido, será; pero todo ello en general, no (como determina Platón) en particular” (De admirandis naturae arcanis, diálogo 52). En 1643 Thomas Browne declaró en una de las notas del primer libro de la Religio medici: “Año de Platón —Plato’s yeares un curso de siglos después del cual todas las cosas recuperarán su estado anterior y Platón, en su escuela, de nuevo explicará esta doctrina”. En este primer modo de concebir el eterno regreso, el argumento es astrológico.

El segundo está vinculado a la gloria de Nietzsche, su más patético inventor o divulgador. Un principio algebraico lo justifica: la observación de que un número n de objetos átomos en la hipótesis de Le Bon, fuerzas en la de Nietzsche, cuerpos simples en la del comunista Blanqui es incapaz de un número infinito de variaciones. De las tres doctrinas que he enumerado, la mejor razonada y la más compleja, es la de Blanqui. Este, como Demócrito (Cicerón: Cuestiones académicas, libro segundo, 40), abarrota de mundos disímiles no solo el tiempo sino el interminable espacio también. Su libro hermosamente se titula L’eternité par les astres; es de 1872. Muy anterior es un lacónico pero suficiente pasaje de David Hume; consta den los Dialogues Concerning Natural Religion (1779) que se propuso traducir Schopenhauer; que yo sepa, nade lo ha destacado hasta ahora. Lo traduzco literalmente: “No imaginemos la materia infinita, como lo hizo Epicuro; imaginémosla finita. Un número finito de partículas no es susceptible de infinitas trasposiciones; en una duración eterna, todos los órdenes y colocaciones posibles ocurrirán un número infinito de veces. Este mundo, con todos sus detalles, hasta los más minúsculos, ha sido elaborado y aniquilado, y será elaborado y aniquilado: infinitamente” (Dialogues, VIII).

De esta serie perpetua de historias universales idénticas observa Bertrand Russell: “Muchos escritores opinan que la historia es cíclica, que el presente estado del mundo, con sus pormenores más ínfimos, tarde o temprano volverá. ¿Cómo formula esta hipótesis? Diremos que el estado posterior es numéricamente idéntico al anterior; no podemos decir que ese estado ocurre dos veces, pues ello postularía un sistema cronológico since that would imply a system of dating que la hipótesis nos prohíbe. El caso equivaldría al de un hombre que da la vuelta al mundo: no dice que el punto de partida y el punto de llegada son dos lugares diferentes pero muy parecidos; dice que son el mismo lugar. La hipótesis de que la historia es cíclica puede enunciarse de esta manera: formemos el conjunto de todas las circunstancias contemporáneas de una circunstancia determinada; en ciertos casos todo el conjunto se precede a sí mismo” (An inquiry into meaning and truth, 1940, pág. 102).

Arribo al tercer modo de interpretar las eternas repeticiones: el menos pavoroso y melodramático, pero también el único imaginable. Quiero decir la concepción de ciclos similares, no idénticos. Imposible formar un catálogo infinito de autoridades: pienso en los días y las noches de Brahma; en los períodos en cuyo inmóvil reloj es una pirámide, muy lentamente desgastada por el ala de un pájaro, que cada mil y un años la roza; en los hombres de Hesíodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro; en el mundo de Heráclito, que es engendrado por el fuego y que cíclicamente devora el fuego; en el mundo de Séneca y de Crisipo, en su aniquilación por el fuego, en su renovación por el agua; en la cuarta bucólica de Virgilio y en el espléndido eco de Shelley; en el Eclesiastés; en los teósofos; en la historia decimal que ideó Condorcet, en Francis Bacon y en Uspenski; en Gerald Heard, en Spengler y en Vico; en Schopenhauer, en Emerson; en los First Principles de Spencer y en Eureka de Poe… De tal profusión de testimonios básteme copiar uno, de Marco Aurelio: “Aunque los años de tu vida fueren tres mil o diez veces tres mil, recuerda que ninguno pierde otra vida que la que vive ahora ni vive otra que la que pierde. El término más largo y el más breve son, pues, iguales. El presente es de todos; morir es perder el presente, que es un lapso brevísimo. Nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues a nadie pueden quitarle lo que no tiene. Recuerda que todas las cosas giran y vuelven a girar por las mismas órbitas y que para el espectador es igual verla un siglo o dos o infinitamente” (Reflexiones, 14).

Si leemos con alguna seriedad las líneas anteriores (id est, si nos resolvemos a no juzgarlas una mera exhortación o moralidad), veremos que declaran, o presuponen, dos curiosas ideas. La primera: negar la realidad del pasado y del porvenir. La enuncia este pasaje de Schopenhauer: “La forma de aparición de la voluntad es solo el presente, no el pasado ni el porvenir: estos no existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la conciencia, sometida al principio de razón. Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro; el presente es la forma de toda vida” (El mundo como voluntad y representación, primer tomo, 54). La segunda: negar, como el Eclesiastés, cualquier novedad. La conjetura de que todas las experiencias del hombre son (de algún modo) análogas, puede a primera vista puede parecer un mero empobrecimiento del mundo.

Si los destinos de Edgar Allan Poe, de los vikingos, de Judas Iscariote y de mi lector secretamente son el mismo destino —el único destino posible—, la historia universal es la de un solo hombre. En rigor, Marco Aurelio no nos impone esta simplificación enigmática. (Yo imaginé hace tiempo un cuento fantástico, a la manera de León Bloy: un teólogo consagra toda su vida a confutar a un heresiarca; lo vence en intrincadas polémicas, lo denuncia, lo hace quemar; en el Cielo descubre que para Dios el heresiarca y él forman una sola persona.) Marco Aurelio afirma la analogía, no la identidad, de los muchos destinos individuales. Afirma que cualquier lapso —un siglo, un año, una sola noche, tal vez el inasible presente— contiene íntegramente la historia. En su forma extrema esa conjetura es de fácil refutación: un sabor difiere de otro sabor, diez minutos de dolor físico no equivalen a diez minutos de álgebra. Aplicada a grandes períodos, a los setenta años de edad que el Libro de los Salmos nos adjudica, la conjetura es verosímil o tolerable. Se reduce a afirmar que el número de percepciones, de emociones, de pensamientos, de vicisitudes humanas, es limitado, y que antes de la muerte lo agotaremos. Repite Marco Aurelio: “Quien ha mirado lo presente ha mirado todas las cosas: las que ocurrieron en el insondable pasado, las que ocurrirán en el porvenir” (Reflexiones, libro sexto, 37).

En tiempos de auge la conjetura de que la existencia del hombre es una cantidad constante, invariable, puede entristecer o irritar; en tiempos que declinan (como estos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos.

 

 

© herederos de Jorge Luis Borges

de: Historia de la Eternidad. Alianza Editorial. Madrid. 1979.

Lai de Doon. [Anónimo]

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Son muchos los que conocen el lai de Doon. No hay ni un solo buen arpista que no sepa su melodía. En cuanto a mí, os voy a contar la aventura que hizo que los bretones llamaran a este lai Doon.

Me parece, si recuerdo bien,  que hace mucho tiempo vivía cerca de Edimburgo, en el norte, una doncella asombrosamente bella y cortés. Había heredado aquel reino y no había en él otro señor. Vivía en Edimburgo porque era el lugar que más le gustaba y era llamado el Castillo de las Doncellas, a causa de ella y de sus doncellas.

La doncella de que os hablo se llenó de orgullo a causa de su riqueza, y despreciaba a todos los hombres del país. No había ninguno, por mérito que tuviera, a quien ella quisiera tomar por esposo y amar, ni siquiera aceptar sus ofrecimientos porque no quería someterse a nadie a causa de su matrimonio. Los prohombres de su reino iban continuamente a suplicarle que tomara marido, pero ella rehusaba siempre.

—Nunca tomaré marido —decía—, a no ser que logre por mi amor hacer en un solo día el trayecto desde Southampton hasta donde yo vivo. A este sí le aceptaré. De esta manera pensaba librarse de un marido y que la dejaran en paz; pero esto no podía quedar así.

Cuando los del país lo supieron, es verdad todo lo que os voy contando, muchos de ellos quisieron intentarlo por los caminos que solían tomar. Montaban caballos resistentes, fuertes y buenos para ir más de prisa y no retrasarse. Pero también fueron muchos los que no pudieron continuar ni acabar la jornada. Otros lo conseguían, pero quedaban agotados y desfallecidos. Al llegar al castillo ponían pie a tierra y la doncella se dirigía a ellos y les colmaba de honores, luego les conducía a sus aposentos para que pudieran reposar. Entonces les tenía preparado un lecho que, con sus confortables sábanas y colcha era para ellos una trampa mortal, pues ellos, cansados y exahustos, se acostaban y se dormían, y en aquel cómodo lecho morían mientras dormían. Los chambelanes los encontraban muertos y lo contaban a su señora y esto la llenaba de felicidad, porque así se había vengado de ellos.

Los rumores acerca de esta orgullosa doncella llegaron hasta muy lejos. Al otro lado del mar, en Bretaña, un caballero oyó hablar de esto. Era valiente y noble, prudente, cortés y atrevido; este caballero se llamaba Doon. Tenía un buen caballo llamado Bayart que era muy veloz: no lo hubiera cambiado ni por dos castillos. Por la confianza que le tenía, el caballero quiso intentar la prueba para saber si podía conseguir a la doncella y su reino. Atravesó el mar y llegó a Southampton, desde allí envió un mensajero a la doncella para decirle que había llegado al país y que enviara alguno de sus privados para que atestiguaran que había partido el día fijado. Cuando ella hubo recibido al mensajero le envió, muy a disgusto, a sus hombres y fijó e indicó el día en que él debía llegar a su país.

Un sábado por la mañana Doon se puso en camino de tal manera que al atardecer ya había hecho todo el trayecto de una jornada. Llegó a Edimburgo, donde fue recibido con grandes manifestaciones de júbilo. Entre los caballeros y los sirvientes no hubo ni uno solo, importante o no, que no le sirviera, le honrara y le acogiera con agrado. Cuando hubo hablado con la doncella fue conducido al aposento para descansar si lo deseaba. El caballero ordenó que le trajeran ramas secas y que luego le dejasen reposar porque estaba muy cansado del viaje. Hicieron lo que él les ordenó y él cerró la puerta y la atrancó, ya que no quería que nadie le espiase. Hizo fuego con el eslabón y se arrimó a la hoguera para calenmtarse; no se acostó en toda la noche en el lecho que le habían preparado. Por muy cansado y agotado que estuviera, si en aquel lecho tan confortable se acostaba pronto le sucedería un gran mal. El que se acuesta sobre duro sufre menos y recobra sus fuerzas con mayor facilidad. Por la mañana cuando amaneció fue a la puerta para desatrancarla, luego se acostó en el lecho y se tapó; tan a gusto estaba que se durmió. Los que debían guardar aquel aposento creían que lo encontrarían muerto, pero cuando lo vieron sano y salvo se pusieron muy alegres y contentos. En las primeras horas de la mañana se levantó y se vistió; quería ir a hablar con la doncella y pedirle que cumpliera su promesa. Ella le contestó:

—Amigo, no puede ser. Todavía vais a soportar una cosa más vos y vuestro caballo. Tendréis que ir en un solo día tan lejos como lo que pueda volar un cisne. Luego os aceptaré sin reservas.

El caballero pidió un aplazamiento para que Bayart descansara y para reponer él también sus fuerzas. Tres días después acabó el plazo y Doon se puso en camino. Bayart corría y el cisne volaba. Fue un prodigio que el caballo no se hiciera daño porque el cisne no podía, volando, seguir la marcha de Bayart. Por la noche llegaron a un castillo muy rico y Doon se albergó muy bien y su caballo tuvo cuanto quiso. Permaneció allí todo el tiempo que deseó y cuando tuvo ganas se encaminó a Edimburgo para reclamar lo que se le había prometido. La doncella no podía seguir adelante en su falsedad y convocó a todos sus barones. Aceptó sus consejos y tomó a Doon y le hizo señor de su país.

Cuando se hubo desposado con la doncella, Doon reunió su corte, noble y suntuosa, durante tres días. El cuarto día se levantó al alba, hizo traer su caballo y encomendando su mujer a Dios le dijo que quería volver a su país. La dama se puso a llorar y demostró gran dolor porque su amigo se iba. Le imploró con piedad, con dulzura, pero sus palabras no causaron ningún efecto. Le suplicó que se quedara, pues si no parecería traición, pero el no quiso oír hablar de nada más, tan impaciente estaba por marcharse.

—Señora —le dijo— me voy y no sé si os volveré a ver nunca más. Os dejo encinta y tendréis un hijo, lo sé. Quedaos con mi anillo de oro. Cuando sea mayor se lo daréis y le recomendaréis que lo guarde porque por este anillo me podrá encontrar. Enviadlo al rey de Francia, a su corte, para que lo eduque y enseñe.

Le entregó el anillo y ella lo tomó; no se entretuvo más y se fue en seguida. Ya se había ido y ella ha quedado muy triste y lamentándose mucho; y es verdad, estaba encinta.

Cuando nació su hijo sus amigos se pusieron muy contentos. La dama cuidaba del niño y le rodeó de afecto hasta el día en que el niño supo cabalgar y cazar en el bosque. Entonces le entregó el anillo de su padre pidiéndole que lo guardase. El muchacho fue equipado convenientemente y lo enviaron al rey de Francia. Llevó oro y mucha plata y supo distribuir con generosidad. En la corte se le tenía gran afecto por la esplendidez de sus dones, y tenía, además, todas las cualidades. Se quedó en Francia mucho tiempo, hasta que el rey lo armó caballero y se fue de allí en busca de fama participando en los torneos de los alrededores y en los de más lejos. Y no sé de ningún combate en el que no quedara vencedor. Todos los caballeros le amaban mucho y su fama era extraordinaria porque no había en todo el país hombre más valeroso. Le rodeaba una gran compañía de caballeros. El joven caballero fue al Mont Saint Michel, en Bretaña, para participar en un torneo, pues quería conocer a los bretones. Ningún caballero tomaba parte en tantos torneos como él y ninguno ganaba con solo la fuerza de sus brazos un botín mayor.

Su padre estaba al otro lado del campo, lleno de impaciencia por justar con el joven. Con la lanza levantada se colocó en su sitio envidiando el valor de su adversario. Se lanzaron con gran ímpetu uno contra otro y se asestaron terribles golpes, y el hijo derribó al padre. Si hubiera sabido que aquel era su padre mucho se hubiera apenado, pero no sabía quién era y tampoco Doon le había reconocido.

Le había herido gravemente en el brazo. Al acabar el torneo Doon hizo venir al joven para hablar con él y este acudió espoleando su caballo. Doon le interpeló:

—¿Quién eres, buen amigo, que me has derribado del caballo?

El joven contestó:

—Señor, no sé cómo ha sucedido; los que allí estaban deben saberlo.

Ante estas palabras Doon le dijo:

—Rápido, enséñame las manos.

El joven no se comportó como un villano y se quitó los guantes en seguida y le extendió y le mostró las manos. Cuando Doon se las vio reconoció el anillo que le había dado a su mujer y su corazón se llenó de gozo y de felicidad. Gracias al anillo que había visto reconoció a su hijo, porque él era su hijo, él lo había engendrado. En presencia de todos, tomó la palabra y explicó:

—Muchacho, me di perfecta cuenta mientras hoy nos enfrentábamos que eras de mi linaje. Eres muy valiente. Jamás me había derribado del caballo el golpe de ningún caballero y nunca me derribará nadie ni me asestará un golpe tan fuerte. Abrázame, que soy tu padre. Tu madre es una mujer muy orgullosa; tras unas pruebas muy difíciles pude conseguirla y después de haberme casado con ella me fui y nunca la he vuelto a ver. Le entregué este anillo de oro diciéndole que te lo diera cuando te enviara a Francia.

Se abrazaron y besaron manifestando un gran gozo. Se alojaron en el mismo albergue y luego se dirijieron a Inglaterra. El hijo llevó al padre hasta su madre, que tanto lo amaba y deseaba su vuelta. Para recordar la historia de Doon, la de su buen caballo y la de su hijo al que tanto amaba y la de las cabalgadas de una jornada que tuvo que hacer por el amor de la dama, los bretones hicieron la melodía de un lai que se llama Doon.

 

 

de: Nueve lais bretones y La sombra de Jean Renart. Ediciones Siruela. Madrid. 1987.

Isabel de Riquer, de la edición y versión al casellano.

 

Siri Hustvedt. Paralelos hermafrodíticos

La estadounidense Siri Hustvedt gana el Premio Princesa de las Letras

(Northfield, 1955)

1.

Las filas de nubes, trenzadas sobre el cobertizo y las líneas telefónicas,

se desenredan

y caen talladas, lentamente, mientras avanza la noche.

Dispone de su propio tiempo para trenzarse

y romperse, precisa y transformada,

mientras el clima perdido en una tormenta eléctrica

prendió en fuego el granero.

Tardó horas en derrumbarse y el techo colgaba de los pilares.

Fue un final confuso.

Se quemó y soltó humo durante toda la tarde

y la estructura de piedra se quedó absolutamente erguida—

como los padres de aquel imbécil, asombrados

por la ingenuidad que mostraba ante su propia destrucción.

 

2.

La pena es tan muda

como aquel niño que vagaba por el pastizal

y se adentró en el bosque, se acostó y encontró sumideros

donde sentarse con los pantalones mojados dos veces,

pálido como Jesús en la cruz

con pestañas blancas

y los ojos rojos y un sexo monstruoso

que arrastraba en pañales.

No podían dejarlo en ningún sitio,

entraba y salía del granero

con un palo para pegar a las gallinas, y los dientes

tan bellos, como en la tele,

enamorado de velas y fogatas. Dios mío,

ese niño repugnante corría hacia la luz.

 

3.

Los padres no dijeron nada pero se quedaron,

separadas historias de un pecado vulgar, cerca del edificio ardiente,

con su responsabilidad mermada,

mientras dieron las diez

y alguien agarró al niño chamuscado, a ambos niños

en una manta, envuelto y bautizado generosamente una vez,

de bata larga y blanca con el encaje de la hermana.

Más tarde, el espacio se volvió solemne, una hoguera

en el jardín de atrás, familiar y extraño como el viejo granero,

rústico y desangelado,

como el deseo vivo en ese cuerpo inactivo e hinchado.

A veces la niña de los Lunestad juega allí.

Ella mecía una piedra pequeña, tiznada, como si fuera una muñeca,

hasta aburrirse y dejarla caer.

 

 

© Siri Hustvedt, de los poemas

© Julia Piera y Chiara Merino, de la versión al castellano

de: Leer para ti. Bartleby Editores. Madrid. 2007.