Ángeles. Alda Merini

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(Milán, 1931 – 2009)

 

De los ángeles tenemos un viejo recuerdo. Nos lo han contado las abuelas: que tienen grandes alas y que vuelan alto y que están exentos de mal y de lágrimas. Pero los ángeles lloran, lloran y van y vienen de la tierra al cielo llevando nuestras plegarias, nuestras desolaciones y nuestros espacios vacíos.

Los ángeles no entienden el amor. Si entendieran el amor morirían, pero lo miran con ternura, lo miran y lo reducen a una tierra limitada, tan limitada que la deben abandonar porque están acostumbrados a espacios más altos.

Los ángeles no creen en el amor de los hombres, sino que creen en el vínculo que el hombre tiene con sus alas, en el vínculo que el hombre tiene con su deseo de amor. El amor por el hombre es algo universal: el amor es una tierra, el amor es un hambre insaciable.

Y el ángel desea acompañar al hombre hacia ese amor, hacia esa tierra que parece desolada y que luego revela riquezas increíbles.

 

 

 

Así el ángel que se hace demonio,

el demonio que se hace ángel,

el mal oscuro,

el miedo del mal

se vuelve el infierno vivo de la mente.

Y entonces se siente el pálpito divino

de un renacer que ya no es posible,

y sobre estos márgenes de canto

nace quizás la expansión de una lengua

que nadie conoce,

y de la que nadie nunca hablará.

Mientras la poesía es distancia

entre cuerpo y cuerpo,

mientras la poesía es amor.

 

 

 

a Pierluiggi Puliti

Patria de mi destino es el Ángel,

territorio seguro.

En el estío de los sentidos,

que encuentra su arroyo,

angélica es la muerte

de cada enamorado

cuando coloca las alas

de su primer pensamiento.

 

 

 

Hay un movimiento secreto

en la cerrazón del corazón

cuando los ángeles guardan silencio

y ocultan su propia sangre,

porque nadie sabe que el ángel

está hecho de materia igual que la nuestra.

Nadie sabe que la primera gota

que cae de las rodillas de Dios

tiene forma de ángel.

 

 

 

Los ángeles curan las llagas de aquel que cae

e inconscientemente se hace daño por amor

porque el amor, que es la tragedia del hombre,

es también la tragedia divina,

cuando en un arrebato de violencia

Dios creó no tanto el amor

sino la locura del amor.

 

 

 

a Attilio Bertolucci

Si tú callas

más allá del mar,

si tú conoces

el ala del Ángel,

si tú dejas la madre tierra

que tanto te ha devastado,

entonces puedes decir

que la tierra del pobre,

la tierra del poeta,

está toda ensangrentada por la soledad.

Y ahora que ves a Dios

reconoces en ti mismo

la flor de su lengua.

 

 

 

© herederos de Alda Merini

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

de: Voce di carne e di anima. Mondadori Libri. Milano. 2019.

 

Álvaro Valverde. El cuarto del Siroco

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Postal

 

Este lugar al sur,

con plazas recoletas

que asombran

grandes árboles,

esta ciudad dorada

por el sol de poniente,

encierra algún secreto

que me cuesta encontrar.

 

Se intuye en las fachadas

donde se filtra el ocre

de las casas de campo

que están a las afueras.

En las fuentes con agua

que vierten las acequias

de las huertas cercanas.

En delgadas palmeras

con penachos muy verdes

que, sin estar, flanquean

las callejas del centro.

 

El misterio no es tal.

Es esta atmósfera

que expresa en su quietud

lo que era inmediatez

y es lejanía.

 

 

 

Una metáfora

 

No sé qué es más hermoso

si la visión de estos bancales

rojizos de cerezos

que resaltan al sol

entre el tono oro viejo

de castaños y robles

o el recuerdo de aquéllos

que hace meses brillaron

blanco puro en lo azul.

 

Las hojas son ahora

como brasas que cuelgan.

Entonces eran llamas

ascendiendo a lo alto.

Allí todo era ímpetu

y promesa incumplida.

La esperanza del fruto

que celebra el verano.

Aquí el acabamiento

del invierno que llega.

Allí, la desazón.

Aquí, el sociego.

 

 

viñeta 2

 

 

Un viaje a Lisboa

 

Huíamos en vano de la ciudad cerrada

y acabamos perdidos en la ciudad perfecta.

El piso luminoso, el suelo blanco,

los cuartos despojados y en penumbra,

los pocos pero doctos libros juntos,

acogieron serenos el cansancio.

Luego llegaron días de paseos y calma

donde todo se hizo tan lento como suele

ser todo en un lugar acompasado a un rio.

Tranvías y avenidas y barcos y comercios

fueron haciendo el resto.

Ya no éramos los mismos

que piensan desde el puente lo que cualquier suicida.

Los que ven desde el puerto parecidos naufragios.

Ni los que entre las ruinas de nobles edificios

se dan a ese discurso del fracaso y la muerte.

En la decrepitud, entre la suciedad, bajo la herrumbre,

lo que vimos fue el fuego de una vida distinta.

Todavía nos quema cuando hacemos recuento

y evocamos las tardes sosegadas de junio

en la casa de Ángel, y aquel sol de poniente

hundiéndose, muy rojo, sobre el Tajo.

Volvemos a menudo al sitio donde fuimos

si no felices siquiera afortunados.

Con la melancolía viaja una mirada

que reemplaza aquel mundo

ensayado y vencido.

 

 

 

© Álvaro Valverde, de los poemas

© Salvador Retana, de las ilustraciones

de: El cuarto del Siroco. Tusquets Editores. Barcelona. 2018.

 

Juvenal. El rodaballo de Domiciano

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He aquí otra vez Crispino y más de una vez he de llamarlo

a capítulo, monstruo al que ninguna virtud redime

sus vicios, un petimetre enfermizo, sólo valiente

para el placer. El cachondo de él únicamente desdeña a las viudas.

De manera que, ¿de qué le sirve la extensión del pórtico en que cansa

a sus mulas, la extensión de los bosques a cuya sombra se pasea,

la cantidad de yugadas y las casas que se ha comprado junto al Foro?

Ningún cabrón es feliz, menos si es corruptor y al mismo tiempo

un sacrílego con quien poco ha se acostaba con sus cintas y todo

la sacerdotisa, que se exponía a ser enterrada con el corazón aún palpitando.

Pero ahora hablemos de hechos menos trascendentes. Y sin embargo

si otro hubiese actuado lo mismo, habría caído en manos del censor.

Pues lo que es vergonzoso para los buenos de Ticio o Sejo, sentaba bien a Crispino.

(¿Qué vas a hacer si se trata de una persona aborrecible y más odiosa

que cualquier acusación?). Compró un salmonete por seis mil,

que por cierto igualaba los millares con idéntico número de libras,

según pregonan quienes exageran aún más las cosas importantes.

Alabo el plan del habilidoso individuo si por medio de tan gran regalo

hubiese birlado la página principal del testamento de un viejo sin hijos,

o, cálculo aún mejor, si se lo hubiese enviado a una amiga importante,

que viaja en su litera-gruta cerrada por anchos panales de mica.

No esperes semejante cosa, se lo ha comprado para él. Vemos muchas cosas

que no hizo el pobrecito y austero de Apicio. ¿Esto hiciste tú

Crispino, enfundado otrora en un delantal de papiro de tu tierra?

¿A semejante precio unas escamas? Sin duda, se hubiera podido comprar

más barato el pescador que el pescado. En las provincias se venden

los campos a este precio y más extensos aún los vende Apulia.

¿Qué clase de banquetes pensamos entonces que engullía el mismísimo

emperador, cuando tal cantidad de sestercios (parte

exigua, tomada como plato marginal de una cena mediana),

se ha zampado el bufón en ropa púrpura del gran Palacio,

príncipe de los caballeros ahora y que solía vender a voz

en cuello los siluros de su patria en venta al por menor?

Empieza, Calíope. Podemos también tomar asiento, no es

un asunto para cantar, sino que se trata de un suceso real. Contadlo

vosotras, niñas Piérides. Que me sirva de bien haberos llamado niñas.

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Cuando el último de los Flavios despellejaba al mundo ya

medio exangüe y Roma era esclava del Nerón calvo,

un rodaballo del Adriático de tamaño excepcional cayó

o delante del templo de Venus que está sobre la doria Ancona,

y llenó la red. Afianzado allí no era menor que aquéllos

que cubre el hielo de la Meótide y que, finalmente disuelto

por el sol, libera éste hacia la desembocadura del Ponto,

lentos y perezosos y engordados por los largos fríos.

El capitán de la barca y de la red destina este monstruo

al pontífice máximo. Pues, ¿quién osaría ponerlo a la venta

o vender semejante pez, estando como estaban hasta las costas

llenas de innumerables delatores? Apostados por un lado y otro

los inquisidores de las algas, al punto perseguirían al remero desnudo,

para afirmar a no dudarlo que era un pez fugitivo que se había

criado largo tiempo en las piscifactorías del César y que de allí

se había escapado y que debía volver a su antiguo amo.

Si creemos en la opinión de Palfurio o en la de Armilato,

cuanto existe en el mar entero que sea singular y hermoso,

es propiedad del fisco, en cualquier parte que nade. Así que se hará

un regalo de ello para que no se pierda. Cuando ya el otoño mortífero

cedía a las escarchas y los enfermos ya temían las fiebres cuartanas,

el desaborido invierno silbaba y conservaba fresca

la presa. No obstante, el pescador se da prisa como si le acosara el austro.

Y conforme iban apareciendo los lagos, donde aunque derruida conserva

Alba el fuego troyano y venera a una Vesta menor,

le salió al paso, obstaculizándole la entrada un rato, la multitud asombrada.

Así que le abrió paso, las puertas cedieron fácilmente sobre los goznes.

Los padres, dejados fuera, contemplan la vianda que introducen.

Se encaminan al hijo de Atreo. Entonces, el piacentino dijo: —“Recibe

este regalo que es mayor que el fogón de un particular. Celebremos

el día como una fiesta. Apresúrate a vaciar tu estómago de sus cargas

y consume el rodaballo conservado para esta época tuya.

Él mismo deseó ser capturado.” ¿Qué cosa más a las claras? Y sin embargo,

al emperador le hacían los ojos chiribitas: no existe nada que no pueda

creerse sobre sí mismo, cuando es alabado el poder que iguala a los dioses.

Pero faltaba un plato a la medida del pez. De manera

que llaman a consejo a los próceres, a los que el jefe odiaba,

y en el rostro de ellos se aposentaba la palidez que infundía aquella

mísera e ilustre amistad. Al gritar Liburno: “Corred, ya ha tomado

asiento”, el primero que se daba prisa, recogiéndose la capa, era Pegaso,

quien poco antes había sido puesto al frente de la estupefacta ciudad como administrador.

(¿Acaso los prefectos eran entonces otra cosa? El mejor de ellos,

Pégaso, el más sagrado intérprete de las leyes, consideraba que pese

a lo terrible de los tiempos había que tratar todo con una justicia

permisiva). Llegó también Crispo, viejo espiritoso y carácter

bondadoso, cuya forma de hablar reflejaba tal cual su manera de ser.

¿Qué compañero hubiese sido más útil para quien gobierna

sobre los mares, sobre las tierras y los pueblos, si bajo aquella peste,

aquella calamidad, hubiera sido posible condenar la crueldad

y ofrecer buenos consejos? Pero, ¿qué hay más arriesgado que el oído

de un tirano, del que dependía la suerte de un amigo que se proponía

hablar con él de lluvias o de veranos o de primavera lluviosa?

Crispo, desde luego, jamás extendió su brazo en contra

de la corriente ni era un ciudadano con capacidad para expresar

libremente las palabras que sentía ni para arriesgar su vida por la verdad.

De este modo, vio muchos inviernos y ochenta solsticios, seguro

incluso en una corte como aquélla gracias a estas armas.

El siguiente que se daba prisa era Acilio, de la misma edad,

junto a su hijo, que no merecía la muerte tan cruel que le aguardaba,

y que tanto urgió la espada del amo. Pero ya hace tiempo

que la vejez entre la nobleza es algo semejante a un prodigio,

por lo que sucede que yo preferiría ser el hermanillo de un gigante.

Así que de nada le sirvió al desgraciado liquidar cuerpo a cuerpo

osos númidas en la arena de Villa Albana, como cazador

sin armadura. ¿Quién no es capaz de comprender hoy día las artes

de los patricios? ¿Quién admira, Bruto, aquella perspicacia tuya

de otros tiempos? Es fácil engañar a un rey con barbas.

No más risueño de cara, bien que no era noble, marchaba

Rubrio, reo de un crimen antiguo e inconfensable, pero no obstante

más impúdico que un marica que escribiese sátiras.

También se presenta el estómago de Montano, retardado por su prominencia,

y Crispino, sudando de buena mañana el perfume

que apenas exhalan dos funerales, y Pompeyo, más cruel

que él en hacer abrir gargantas con un leve susurro,

y Fusco, que guardaba sus entrañas para los buitres

dacios, después de haber ensayado la guerra en su casa de mármol,

y el precavido Veyentón junto con el mortífero Catulo,

que se abrasaba de amor por una muchacha que jamás había visto,

grande y conspicuo monstruo incluso para nuestro tiempo,

adulador ciego y abominable, digno, cual un paria

de los puentes, de mendigar tras los carros de la ruta de Aricia

y de lanzar besos de agradecimiento a la carreta cuando baja la cuesta.

Nadie se maravilló más del rodaballo; pues hizo múltiples manifestaciones

dirigiéndose a la izquierda, aunque el bicho le quedaba a él

a la derecha. De la misma manera alababa los combates de Cilicio,

los golpes, el armatoste y los niños que éste arrebataba hasta los toldos.

Veyentón no se queda atrás, sino que como un fanático estimulado

por tu estro, Belona, se pone a vaticinar: «He aquí el extraordinario

augurio de un triunfo importante y preclaro para ti.

Cogerás prisionero a algún rey o bien Arvírago se tambaleará

desde la lanza de un carro británico. Es éste un animal de otras

tierras; ¿observas las espinas tiesas del lomo?” Sólo faltó

a Fabricio dar la patria y los años del rodaballo,

“¿Qué opinas tú, pues? ¿Lo partimos?” “Lejos de él semejante desdoro”

—dijo Montano— “vamos a preparar una bandeja profunda

para que quepa dentro de su delgada muralla el espacioso círculo.

Grande e imprevisto Prometeo requiere el plato.

Disponed aprisa arcilla y una rueda. Pero desde este momento,

César, ya pueden unos alfareros acompañarte en el cuartel.”

Se impuso el parecer digno de aquel varón. Conocía él

la antigua molicie del Imperio, las trasnochadas hasta más

de media noche con Nerón y la vuelta a tener hambre, cuando los pulmones

ardían de Falerno. Nadie poseyó en mi época más práctica que él

en cosas de comida: al primer mordisco sabía distinguir

si las ostras eran naturales de Circeyos o si se habían criado

entre las rocas del Lago Lucrino o provenían de los bajos de Richborough.

Y con ver un erizo de mar decía la costa de dónde venía.

Se levanta la sesión y terminado el Consejo ordenan salir

a los próceres que el gran Conductor había convocado en la colina

de Alba, llenos de asombro y con obligación de darse prisa,

como si aquél fuese a comunicarles algo sobre los Catos o los malencarados

Sigambros, como si de puntos apartados del Universo

hubiese llegado una carta angustiosa en alas del pánico.

Y ojalá hubiese dedicado mejor a estas idioteces todo aquel tiempo

de crueldad, a lo largo del cual arrebató a la Ciudad ilustres

y preclaras vidas, sin castigo y sin que nadie hiciera justicia.

Pero se esfumó, así que empezó a resultar temible a los obreros:

esto fue lo que hizo pupa a quien goteaba sangre de los Lamias.

 

 

 

© Bartolomé Segura Ramos, de la versión al castellano

de: Sátiras. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid. 1996.

Sheila O’Hagan. Poemas

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(Dublín, ? – 2017)

 

Marte florecido

 

Por ejemplo si lloviera

en la Planicie de Crise

esas arenas ámbar

podrían engendrar cosas anfibias

en estanques mohosos

cinco ojos tal vez un abanico de miembros

sarcófagos helados dejarían escapar

los pájaros luminosos

vistos por los viejos astrónomos románticos

y en mares fríos

hombres peces susurrarían

mi amor oh mi amor

a las sirenas

 

puesto que dicen los sabios

un pequeño misil aquí

un temblor allá

y las blancas capas polares

se partirán

y el agua sepultada fluirá

en canales apacibles

por la faz arrugada

rumores de banco de bruma y cielo azul

Marte florecerá como un caleidoscopio

 

 

 

En la selva tropical

 

Primero el humo, vapores azules

sobre los árboles húmedos,

después un jadeo en la maleza;

astas de acero se precipitan,

una gran copa sobresaliente recibe la estocada,

un crujir de madera y brazos de raíz

afloran de la tierra sedienta;

los claros del cielo, flechas amarillas

atraviesan la oscuridad esmeralda.

 

 

 

El sueño del centurión

 

Los muertos, como rojas incisiones, son pájaros de fuego

entre los campos de flores de Panfilia.

Lo depositan solemnemente en la pira funeraria;

sus ojos doblegados por el sueño de la muerte.

 

Como el aire se une con el aire, su espíritu parte.

Puede verse. Es un ángel

con alas de origami que crujen suavemente.

Se remonta sobre el oro de los ríos

hasta ver desvanecerse el destello de las ciudades

y entra en el resplandor de Dios.

Ante una malla de cuerdas luminosas

la mirada de Dios lo retiene:

“Vuelve y sé mi mensajero”.

 

Vienen a quemar a los muertos.

Una aureola lo cubre.

Sus camaradas se inclinan y escuchan susurradas las palabras:

“¿No huelen el paraíso en mi toga?”.

 

 

 

© herederos de Sheila O’Hagan

© Gerardo Gambolini, de la versión al castellano

 

Luciana Frezza. Mitológicas

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(Roma, 1926 – 1992)

 

Danae

 

¿Qué hizo Danae luego de la lluvia dorada?

Morir inmersa en el privilegio negado.

Objeto de luz contenido

por los pretendientes embalada

en el mar gira

por sí sola clepsidra insaciable

por el peso dentro de aquel polvo de oro.

 

 

 

Narciso

 

Nieves eternas de amor

de las que descendieron todos mis

tiempos empinados o planos

la ficción reflejada—

verdad de mi rostro no otro

para amar ponerme en rojo

para la exclusión salvar

más que la vida

una imagen.

 

 

 

Ofelia

 

Las pequeñas epifanías del Dolor

con el ápice atascado en los fondos fangosos

ocurren las lloviznas del siroco

y aparece sobre el agua su celebración

barca florecida inútil

no existe peso

que la hunda.

 

 

 

Eurídice

 

Si hubieses caído del sueño

allá afuera sobre la hierba

en el surco de la serpiente

me hubieras visto Orfeo

traspasado sin peso

la prohibición de los Lugares

sonreído sin mirar atrás

alcanzado en un instante

 

en el sueño único

de la cercanía

vivo dos veces

te lo dice una

dos veces muerta

 

 

 

© herederos de Luciana Frezza

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

de: Comunione col fuoco. Editori Internazionali Riuniti. Urbino. 2013.

 

Hermann Broch. Mientras nos abrazábamos

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(Viena, 1886 – New Haven, 1951)

 

Mientras nos abrazábamos

trotaban afuera los corceles apocalípticos.

¿No los hemos oído? ¡Claro que sí!

Los hemos oído, pero el sonido era tan lejano

que solo era un estorbo para nosotros,

un titular de periódico, una voz radiofónica.

 

Me perseguían ya una vez más;

de milagro he escapado

ileso de ellos; sí, ileso,

y por ello no vale nada esta muerte

que ya entonces me había amenazado.

Yo soy solo uno de tantos.

 

Titulares de periódicos y noticias radiofónicas

construyeron las paredes de la caverna en la que nos hallábamos,

y rojo era el tejado del brillo centelleante

de las ciudades que se quemaron por todas partes.

No fue un placer verte, pero al alzar la mirada

tuvimos que verlo.

 

No cerramos los ojos por cobardía y

tampoco por indiferencia ante un cuerpo extraño

quisimos no oír;

no para huir quisimos encerrarnos en nosotros,

sino porque ahora tal vez cada uno ha de buscar

a aquel a quien le valga un último pensamiento,

cuando se trata

de que la muerte no sea un completo sinsentido.

 

¡Oh, no debemos morir en un completo sinsentido!

Muchos se han restablecido de una enfermedad grave

o han escapado de otro modo a la muerte, pero solo

quien ya se ha puesto ante la puerta,

detrás de la cual los hombres son torturados hasta alcanzar el estado animal

hasta que han de entregarse a la muerte sin su yo,

solo ese sabe lo que es el sinsentido.

Así me ocurrió a mí y quizás tú lo sospechabas

cuando me buscaste.

 

De otro modo no habría sido posible que

nos abrazáramos, aunque afuera

trotaban los corceles apocalípticos,

y supimos que su coz

parte un cráneo lo mismo que una nuez.

 

 

© herederos de Hermann Broch

© Montserrat Armas y Rafael-José Díaz, de la versión al castellano

de: En mitad de la vida. Poesía completa. Ediciones Igitur. Barcelona. 2007.

 

Susanna Rafart. En tu nombre

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(Ripoll, 1962)

 

La mano pide

entre jacintos darse;

tocados por el rayo

los torsos hacen un bosque

donde no hay pájaros ni ángeles.

 

 

 

Días rotos

esparcen en la luz pobres astillas,

días que no han tenido

el fango húmedo de los cántaros,

el hierro que verdea sobre los campos,

el fuego que sigue tras el rocío.

Días vencidos que niegan

terciopelos del aire lento,

tu beso en el mío,

el tiempo que hemos asaltado y el que nos rebasa.

 

 

 

La tarde se hace noche

en la plaza cerrada

con muros de piedra y nieve.

Un árbol grande, la arcada,

y el viento en el balcón, callado.

Pájaros antiguos en el aire

beben de las pozas que son nacimiento.

 

 

 

Los álamos saben

en la sombra de las ramas

amar a los hombres.

Dulces los troncos de vida

se levantan perdurables.

 

 

 

La luz sobre los papeles,

un ramo que medio se seca, cerámicas

que han envejecido hace tiempo.

Retratos nacidos en las casas de otros,

las tazas que habrán quedado.

 

También las sábanas y el espino blanquísimo,

crepúsculos breves, silencios largos,

ciega claridad de un orden nuevo.

 

 

 

Mediodía blanco, silencio,

todas las naves esperan.

Las llaves en la cerradura; en la mesa

maduran los membrillos;

la ropa húmeda

al fondo del armario.

 

Quien quiere partir aprende canciones.

 

 

 

Pequeño libro, sin mí

De tu país no sabes

cómo se rebela la lengua

contra el terror antiguo.

Hablar de amor castiga

y el frío que ahora te rodea

no llevará el barco

a los umbrales que te sueñan.

 

 

 

© Susanna Rafart, de los poemas

© Reinhard Huaman Mori, de la versión al castellano

de: En el teu nom. Perifèric Edicions. Valencia. 2014.